Clementine
trece.
Y, de repente, llegó la semana de su cumpleaños.
30/10/16 - Es el 5 de noviembre y cae en sábado, y no voy a invitar a mucha gente pero
voy a comprar azúcar moreno a toneladas para que puedas pedirme todos los mojitos que quieras. He aprendido a hacerlos, Monica me ha enseñado.
7:24 p. m. - Oh, ¿eso es que me estás invitando?
7:24 p. m. - ¿Te estás haciendo la tonta? Prácticamente la estoy organizando para poder
verte, así que tienes que venir sí o sí. Quiero decir… Mi hermano te echa de menos, y si no vienes se llevará una decepción.
7:24 p. m. - Tu hermano, ¿no?
7:25 p. m. - Sí, sí, hazlo por él.
La llamé al móvil mientras Mark estaba en el trabajo —a modo de excepción, claro— y ella salió de clase para cogérmelo, lo cual hizo que el corazón me saltara de la alegría.
—No quiero regalos, lo que quiero es que vengas —me respondió cuando le pregunté qué le gustaría que le llevara—. Has estado muy desaparecida últimamente y… de verdad que te echo de menos.
—¿Segura?
—¿De que te echo de menos? Segurísima.
—No —me reí—, de que no quieres que lleve nada. Aunque sea algo de comer, no sé. No tengo las mismas dotes culinarias que tú, pero siempre puedo buscar alguna receta en internet…
—Paul ha dicho que ya se encuentra lo suficientemente bien como para intentar encargarse él del menú, y yo haré los postres. Va a estar todo cubierto, no tienes de qué preocuparte.
—Vale, entonces supongo que nos vemos allí.
Llamé a Liv y a Kristen para preguntarles si irían. Kristen gritó que sí, emocionada, y mi amiga se rio de ella y dijo que se acercarían a eso de las nueve y media y que si me preparaba en su casa podría ir con ellas en el coche.
—Espero que te pongas guapa. Tengo esperanzas de que rompas muchos corazones, aunque la verdad es que ya lo estás haciendo fenomenalmente bien tú por tu cuenta.
—¿A quién le voy a romper el corazón yo?
Soltó una carcajada y no dijo nada más y, cuando colgué el teléfono, noté que me recorría el cuerpo una excitación muy extraña.
El día de la fiesta llegamos tarde porque Kris lo había tenido un poco difícil para aparcar. Liv la estaba pinchando y decía que si se emborrachaba tendría que arrastrarla por al menos dos calles, pero yo me puse de su parte y le di las gracias por habernos traído. «¡A mí nunca me das las gracias por conducir para ti!», protestó mi amiga, y Kris y yo la dejamos atrás mientras subíamos del brazo las escaleras hasta la puerta.
Nos abrió Monica. Llevaba puesto un gorro de cartón y una sonrisa pegada entre las mejillas que parecía un poco resignada, pero no molesta. La estiró levemente al vernos y se apartó para dejarnos entrar.
—Encantada de veros, chicas. Blythe está por ahí, hablando con la gente. Si queréis verla vais a tener que esperar, me temo; está abrazando a todo el mundo.
—¡Que me abrace a mí! —exclamó Liv—. ¿Cómo se atreve a no venir a recibirnos? Voy a montarle un pollo.
Monica se rio y Kris corrió detrás de ella con cara de tener miedo de que fuera a hacerlo de verdad.
Estaba un doscientos por ciento no preparada para ver a Blythe en aquel momento, y le pregunté a la dueña de la casa si necesitaba mi ayuda con la esperanza de que dijera que sí y poder seguirla. Debió ver algo en mi expresión que la hizo asentir, porque me indicó un camino que yo ya había hecho y entré por segunda vez en aquella sala blanca tan limpia y terriblemente iluminada.
El estómago me dio un vuelco al volver a ver a Paul y otro cuando le vi sonreír, saludar con un movimiento breve de cabeza y decirme: «¿Qué, es que te has perdido?». Sinceramente, casi ni recuerdo qué excusa estúpida le di.
Me senté frente a él en la encimera alta donde trabajaba y eché un vistazo a mi alrededor antes de mirarle. Había un montón de cosas colocadas a la altura de la vista, aunque no eran necesariamente ingredientes que estuviera usando para preparar la cena: cereales, tazas, botes de café y té, una montaña de ollas… Él, en el centro, cortaba cebolla y se movía despacio para coger las cosas que iba necesitando. Monica chasqueó la lengua al verle acercarse a una sartén en el fuego y, cuando llegó hasta él, le empujó ligeramente con el culo y se encargó ella misma de levantarla.
—Te recuerdo que no puedes coger peso.
—Tiene razón, perdón, señora.
La chica le lanzó una mirada de soslayo y luego sonrió un poco.
Me fascinó cómo sus movimientos se acoplaban incluso aunque hubiera variado su velocidad, como si fuera un baile que hubieran estado ensayando y que pudieran repetir fueran cuales fueran sus circunstancias. Se me ocurrió que probablemente no necesitaran nada de mí pero que habían sido lo suficientemente amables como para dejar que me quedase. Los observé con un poco de envidia y, cuando acabaron de rematar lo que quisiera que estuvieran haciendo, Paul sacudió las manos suavemente sobre el fregadero, se las aclaró con un poco de agua y por fin acabó volviéndose hacia mí.
—Perdona, es que quería dejar eso terminado cuanto antes. Me alegro de volver a verte, Clementine. Blythe me dijo que te ibas a pasar, y la verdad es que si no lo hubieras hecho le habría dado algo, porque se pasa hablando de ti todo el día. ¿Cómo es que has venido aquí y no has ido directa a buscarla?
—Bueno, eh…, quería… Esperaba que me dejarais ayudar un poco. Suponía que volveríais a estar los dos en la cocina, y no sé a cuánta gente habrá invitado, pero… —Carraspeé, intentando quitarle importancia al asunto con un leve encogimiento de hombros—. Bueno, ¿qué tal vas?
Monica soltó una risa que por alguna razón no me había esperado de ella y, cuando alcé la vista, la vi sonreír.
—Estoy bien —respondió Paul—, y realmente nos las apañamos bien aquí, pero gracias por querer echar una mano. No sabía que también cocinabas.
—No lo hago, al menos no mucho. No se me da muy bien. Pero Blythe me ha pasado algunas recetas, y, bueno… Digamos que estoy interesada. En aprender, digo.
—Mira que es lianta. Vale, bueno, pues acepto la ayuda. Seis manos serán siempre mejor que cuatro, sobre todo cuando dos de esas cuatro se comen todo lo que corto en cuanto me doy la vuelta…
—¿Qué? Me gusta el queso, no es mi culpa.
Monica se encogió de hombros y Paul sonrió.
—¿A lo mejor quieres coger un trapo o un delantal para no mancharte, Clementine? Sería una pena que te pringaras con lo guapa que has venido.
—Toma el mío —dijo ella, desabrochándoselo ágilmente para dármelo. Cuando le pregunté si estaba segura, asintió un par de veces—. Tranquila, yo siempre puedo subir y cambiarme, no te preocupes.
—Gracias. —Me sentía un poco abrumada porque me hubieran incluido de esa manera en un segundo, pero era un buen sentimiento—. ¿Por dónde empiezo?
Estar allí sentada con ellos calmó un poco mis nervios. No había sido consciente de que íbamos a reencontrarnos hasta después de comer, cuando me había acercado tímidamente a Mark para decirle que tenía una fiesta y que me quedaría a dormir en casa de una amiga («¿Qué amiga?», preguntó, y respondí rápidamente: «Se llama Kristen», lo que le dejó lo suficientemente contento; le sonaba el nombre, pero al parecer no lo tenía asociado a nada maldito). Había cogido mis cosas con toda la tranquilidad, preparado el vestido que iba a ponerme en una bolsa y esperado para arreglarme en casa de las chicas, tal y como les había dicho. También había fingido no estar nerviosa hasta que las tres salimos por la puerta, pero creo que el tembleque de mi pierna cada vez que me sentaba no era demasiado convincente.
Tal vez por eso había decidido que necesitaba un poco más de tiempo para prepararme, aunque para hacerlo hubiese tenido que esconderme en la cocina. De todas formas, tras unos minutos de estar allí supe que había sido la decisión correcta: bajo las instrucciones de Paul y aquellos focos, lo único que sabía era que estaba reuniendo fuerzas y que aquel era un lugar seguro.
No era que no pensara en ella, sino que al hacerlo no me moría.
De vez en cuando, ellos levantaban la vista hacia mí, dedicándome mínimos vistazos, y me observaban durante un par de segundos antes de preguntar de forma trivial cosas rutinarias y no muy comprometidas. Era agradable. Trabajábamos y aquellas palabras hacían que pareciese que manteníamos un silencio tibio, agradable e ininterrumpido, y me alegraba sinceramente de estar allí con ellos dos.
Pero, de repente, unos brazos me rodearon desde atrás y casi lanzo por los aires la cuchara que estaba usando.
—¡Has venido!
Paul chasqueó la lengua.
—Menos mal que no tenía el cuchillo.
De la impresión y del susto casi no pude ni reírme. Blythe aflojó un poco los brazos a mi alrededor y me volví despacio para mirarla a la cara.
—¿Has acabado ya de saludar a todo el mundo? —pregunté con más tranquilidad de la que sentía.
—Parece ser que me faltaba la más importante. —Sonrió de forma exagerada y pensé: «Dios, cómo echaba de menos su boca»—. ¿Qué haces aquí, si puede saberse? ¿Ya está este esclavizándote o…?
—Eh —dijo Paul—, que se ha ofrecido voluntaria.
Blythe le ignoró deliberadamente.
—Acabo de encontrarme a Liv y casi me ha dado algo al no verte, pero estás aquí. —Me cogió las manos, manteniendo aún esa sonrisa dulce y pequeña, y me apretó suavemente los dedos—. ¿Qué tal todo? ¿Has tenido problemas para venir?
—No, no, todo controlado. Cero problemas.
—¿De verdad?
—De verdad de la buena.
Asintió, emocionada, y yo me desaté el delantal y lo dejé sobre la mesa, a mi espalda.
Monica estaba fingiendo no mirarnos y no sonreír al mismo tiempo y, al verla intentarlo tan fuerte, me sonrojé y me di prisa en salir de la cocina.
Tan pronto como cerramos la puerta Blythe volvió a cogerme la mano, emocionada. Me la apretó entre sus dos palmas, mirándome sonriente, y se la llevó a los labios un momento para rozarla contra ellos. Ni siquiera fue un beso, pero a mí me alteró como si lo hubiera sido.
—¿Estás bien?
—Estoy perfectamente —respondió—. Aw, cuánto te he echado de menos. —Sonrió otra vez y me di cuenta de que, cuando lo hacía, conseguía que todo mi cuerpo se despertase—. Ven, vamos al salón. Tengo que presentarte a mucha gente.
La seguí por el mismo pasillo que la vez anterior y me gustó comprobar que reconocía a algunas de las personas que habían estado también en la otra ocasión. Ya no era una extraña, al menos no tanto, y era un sentimiento muy agradable.
Blythe le fue diciendo mi nombre a todos los que venían a hablar con ella. Había algo grandioso en la forma que tenía de pronunciarlo, como si estuviera presentando a la reina o algo así. Hablé con algunos chicos, con dos amigas y con un primo que había volado desde Orlando solo para estar allí y, cuando reencontré a Liv en el salón, hasta me presentaron a la famosa madrastra. Era una mujer mayor de las que parece que no envejecen, con la piel de un color marrón que invocaba un moreno muy antiguo y pecas en las mejillas de haber estado mucho al sol. Su pelo, castaño, rizado y lleno de mechas rubias, estaba plagado de horquillas con diamantitos falsos que lo hacían brillar como si su cabeza fuera una bola de disco.
—¿Así que tú eres la famosa Clementine? —preguntó, con ojos brillantes—. ¡Por fin nos vemos, menudo placer! Blythe no deja de hablar de ti, estaba deseando conocerte.
A mí me hizo mucha ilusión oír aquello, pero Blythe se sonrojó, tal vez un poco avergonzada.
Tampoco había invitado a tantísimos amigos. Debíamos ser en total unas veinte personas, y eso era poquísimo en comparación a los que nos habíamos juntado en la otra fiesta. En cuanto nos colocamos en el salón, con un par de platos medio vacíos de los canapés que había estado preparando Paul antes, me sentí como en casa. Como si ya fuera un miembro regular en aquel ambiente. Blythe y yo nos sentamos juntas, pierna con pierna, hombro con hombro, y hablara de lo que hablase yo pensaba que estaba allí y que me sentía muy bien con ella y que nos estábamos tocando.
Notaba el calor de su cuerpo y cómo la conversación seguía y cómo todo el mundo participaba aunque nosotras éramos el centro, y aquella responsabilidad (que era lo más agradable que había sentido en muchos días) me abrumaba de manera maravillosa. Parecía que todos me miraban y querían conocerme. Su madrastra, Caroline, se sentó a mi otro lado y se mostró extremadamente amable; me daba palmaditas en la pierna cada vez que hablaba y siempre sonreía, y en cierto momento dijo: «Coincidimos en las pecas y casi también en el nombre, ¡lo quiero saber todo de ti! Además, mi niña aquí no es ninguna tonta; si le gustas tendrá que ser por algo, así que desembucha».
Sabía que se refería a que le gustaba como persona, a que le caía bien, pero aun así cuando oí el «le gustas» casi se me sale el corazón.
Llegado un momento, no sé exactamente cuándo o cómo pasó, la gente se fue dispersando y Blythe y yo nos quedamos solas. Sus amigos se habían ido dividiendo en pequeños grupitos o habían decidido irse ya a casa, y las conversaciones se multiplicaron lejos de nosotras, aunque no me importó porque yo estaba hechizada. No quería alejarme de ella. Blythe se dio cuenta de nuestra soledad en algún punto, dijo algo como «Mierda, les dije a Ana y a Grace que las despediría antes de que se marcharan», y yo empecé a reírme, a lo que ella se unió. Después miró el reloj de pulsera que le había regalado su padre, abrió mucho los ojos y silbó.
—¿Cómo es ya tan tarde? ¡Clementine, me absorbes del todo!
Madre mía, ¡menudo cumplido! O tal vez no fuera para tanto, pero había bebido un poquitín, estaba muy contenta y me lo parecía.
—Lo siento —contesté—, pero si tú no tuvieras una conversación tan interesante…
Me tocó la nariz con la punta del dedo. Yo empujé la cabeza en esa dirección y ella soltó una carcajada.
—¿Estás borracha?
—Qué va, no he bebido tanto. Estoy… lo suficientemente desinhibida y lo suficientemente atenta como para no cortarme. Pero soy yo al cien por cien, puedo jurarlo.
—Me alegro. —Me reí—. Yo también estoy atenta y pendiente. Aunque haya perdido a Kris y a Liv. Aunque ni siquiera me he preocupado por ellas en toda la noche, sinceramente.
Solté otra carcajada. Me sentía tan libre, tan llena, que por un instante casi quise llorar.
Blythe suspiró y ladeó un poco la cabeza para apoyarla contra la mía. Habíamos estado cogidas de la mano casi todo el rato y en ese momento empezó a jugar con mis dedos distraídamente.
—Estoy muy feliz de que hayas venido. De verdad. Hacía mucho que necesitaba verte. Si no fuera, si no… si no fuera por ese novio tuyo…
—Es un poco imbécil, a veces, ¿no crees? —dije, y sonreí—. Pero tiene sus partes buenas. Solo que están al fondo, en su interior.
—¿En su interior? —se burló.
—Sí, ya sabes. Aquí. —Le puse una mano en el pecho, un poco más abajo del espacio entre sus clavículas, y me pareció que le recorría un escalofrío.
—Qué va —respondió—, eres tú. Estoy segura. Estoy segura de que eso lo ves solo tú, que sabes quererle.
—Puede, pero puede que no. En realidad no lo sé, ¿sabes? Porque no… Lo que preguntaste aquella vez, yo nunca… yo nunca he estado enamorada, ni de él siquiera. ¿Te acuerdas de esa conversación? Parece que fue hace muchísimo tiempo.
—Es que lo fue.
—Me quedé pensando. No sé si le quiero. ¿Cómo lo voy a saber, si no sé cómo… se siente?
Alcé la vista hacia ella. Ya me estaba mirando y tenía algo en los ojos, algo distinto, algo precioso e intenso que me hizo sentir mucho calor.
Y no moví un músculo, aunque no porque estuviera paralizada. Con ella no era así, Blythe no era un depredador que necesitase cazarme. No, si no me moví lo hice de forma voluntaria, porque estaba excitada y me latía rápido el corazón y, ante todo, tenía una curiosidad infinita por hacer que pasara.
¿Que pasara, el qué?
A lo mejor para eso sí tendría que haberme movido.
—Son las tres de la mañana —murmuró, apartando un poco la cara—. No te lo he dicho. No te lo he dicho cuando lo he mirado, pero, eh…, son ya las tres de la mañana. No sé a qué hora querías volver.
—A ninguna. A ninguna, en realidad.
Pareció sorprendida.
—¿Eso es que vas a quedarte?
—¿Puedo?
Asintió. Seguía jugando con mis dedos, recorriéndolos con los suyos, como si quisiese dibujar la silueta de mi mano en el aire. Empezaba a notar el sueño muy pesado, tanto que casi ni podía seguir ese contorno, pero ante todo estaba nerviosa. ¿Cómo podía alterarme tanto Blythe? ¿Cómo podía lograr que todo mi cuerpo estuviera atento al tacto de su mano se moviera sobre la mía?
—Claro —susurró—, puedes quedarte aquí siempre que quieras. Quiero decir, es la casa de Monica, pero tengo una habitación. Y seguro que a ella le encantaría tenerte. Le caes muy bien.
—Y ella a mí. Es tan callada… Pero parece que siempre está ahí por si acaso, protegiéndoos. Como si estuviera pendiente de que estéis siempre bien. Os mira y cuando ve que lo tiene todo controlado, sonríe de aquella forma… Es muy buena. Tu hermano tiene… mucha suerte…
—Sí que la tiene. Eh, ¿te estás durmiendo ya, Clem?
—Si no tuvieras una voz tan agradable…
Me pasó los dedos suavemente por el pelo.
—¿Debería llamar a estas para avisarles de que te quedas?
—Iba a dormir en su casa de todas formas. Hasta se lo dije a Mark. Bueno, en realidad casi estaba pidiéndole permiso… Qué patético, ¿no crees? Como si tuviera diecisiete años y tuviera que pedirle a mi madre que me dejara salir hasta tarde… Da igual, de todas formas; creo que lo mejor es dejarlas, probablemente hayan encontrado tu habitación antes y se estén liando…
—Pues qué suerte.
Me reí y la miré. Ella me observaba como si de verdad las envidiara, y sentí el calor y burbujas dentro y volví a fijarme en su boca, que había dejado de mover pero que aún me atraía, y noté que quería inclinarme hacia delante.
Un ruido como de platos rotos sonó en el piso de arriba y ambas dimos un bote, separándonos. Blythe chasqueó la lengua, echando la cabeza hacia atrás con expresión de fastidio, y se dio un poco de impulso para levantarse. El frío que sentí en el costado que había estado en contacto con ella me desconcertó lo suficiente como para retenerme allí sentada un momento, pero al final acabé reaccionando y también me puse en pie. «¿Qué ha pasado, quién ha sido, dónde estáis?», preguntaba ella, y yo la seguía. Recorrimos el piso de abajo buscando y luego nos dirigimos hacia las escaleras y, al ir a subirlas, me di cuenta de que aún seguíamos de la mano.
Teníamos los dedos entrelazados y ella le daba pequeños tirones a mi brazo a cada paso que avanzaba. Me pesaban las piernas y solo podía pensar en el sofá que habíamos dejado y en volver a sentarme, pero habría sido más raro que me hubiera quedado esperando, por eso subí. Se oía una conversación en alguna de las habitaciones. Blythe volvió a chasquear la lengua justo cuando llegamos arriba.
Al abrir la primera puerta, que era la de su cuarto, dos figuras se tensaron dentro.
—¡Ha sido sin querer! —exclamó Liv rápidamente, tapándose la boca —. Estábamos… bueno… he tirado el bote de una patada.
Blythe encendió la luz y todas parpadeamos. Ella fue la primera en ver lo que se había caído. Se acuclilló junto a una mancha marrón oscura de algo que parecía muy líquido, alargando la mano hacia un montón de cristales, y Liv se mordió el labio pidiendo disculpas y diciendo que no se había dado cuenta de que la habían liado tanto. Yo me acerqué un poco más. Kristen, que seguía sobre la cama con los pantalones por las rodillas y la camiseta levantada, soltó una risa y me pregunté cuál de las dos ganaría en una competición de quién-estará-más-borracha-ahora.
Sonreí un poco, porque la cara de Liv era todo un cuadro de preocupación, pero entonces pensé que, si estaba tan preocupada, tal vez era porque lo que había roto era importante.
Blythe se incorporó con las manos en las caderas y soltó un suspiro.
—Solo has tirado los botes del agua sucia. Te diría que ha sido mi culpa por haber acumulado tantos encima de la mesa, pero creo que a) en ninguna situación que se me ocurra tu pierna debería haber alcanzado el escritorio, y b) no deberíais haber venido a hacer cochinadas a mi cuarto. —Les echó una mirada divertida.
Liv miró hacia abajo.
—No quería hacerlo otra vez en el cuarto de Monica… Luego me cuesta mucho mirarlos a ella y a Paul a la cara.
Blythe se rio.
—Me alegro de que cuentes con que yo no voy a juzgarte por mancillar mi habitación.
—Anda, ni que tú no hubieras subido nunca a nadie.
Mi amiga, que parecía más relajada, pareció reparar en mí de repente. Por alguna razón no me había visto hasta el momento, y tras decir aquello sus ojos se abrieron bastante hasta que, de repente, un lado de su boca se levantó. Tardé unos quince segundos en sonrojarme, porque la información y lo que significaba tardó un poco en llegarme al cerebro; abrí la boca, sacudí un par de veces la cabeza y entonces ella alzó una ceja de manera bastante interesante y suspiré.
Blythe no vio aquel intercambio de miradas. Mientras recogía los cristales rotos, respondió:
—Ya, tía, pero es que es mi cuarto.
—Aunque en realidad sea la casa de Mon.
—De Mon y Paul. ¡Y les estoy pagando el alquiler!
—Creo que es un poco tarde para hablar de esto ahora —murmuró Kris tímidamente, ya vestida bien del todo, plantando los pies en el suelo—. Mañana antes de marcharnos lo limpiamos nosotras, te lo juramos; podemos ponerle una toalla por encima mientras tanto. Si quieres hasta te compramos nuevos pinceles para compensar el desastre, a lo mejor te hemos estropeado alguno…
—Te acepto lo de la limpieza, pero no te preocupes por los pinceles. Aunque gracias.
—Vamos contentillas, ¿te importa que durmamos en el sofá?
—Creía que ibais para allá ahora mismo.
Liv soltó una carcajada, cogió la mano de Kristen y se colgó su sujetador del hombro. Volvió a mirarme de aquella forma antes de salir, lo que me hizo sonrojarme aún más fuerte. También apagó la luz y cerró la puerta. Blythe dijo algo entre dientes, algo tipo «mira que la odio», y no pude evitar estar totalmente de acuerdo con ella.
Encendió la luz de la mesilla y se sentó sobre la cama.
—Mira cómo me han dejado la colcha.
Me moví hacia delante y me senté junto a ella. La mancha que había a nuestra derecha, junto a su escritorio, se extendía lentamente sobre el suelo.
—No sabía que pintabas.
—Estudio Bellas Artes, para mi desgracia. Una idea regular. —Miró también hacia aquel rincón—. Deberíamos echar algo por encima, para no cortarnos si se nos olvida.
Se levantó, cogió una toalla que colgaba de detrás de la puerta y la dobló un par de veces para que cubriera el estropicio.
—Hale.
Me tumbé de lado, cansada. Sentía el sueño como una nube que se hubiera quedado atascada en mi cabeza y no me dejase atender bien. Hasta había dejado de pensar ya en lo que había insinuado Liv. Blythe volvió a sentarse y me dijo que rodara y me pegué un poco a la ventana para dejarle sitio. Cogió el edredón, se tumbó a mi lado y nos tapó.
Fue terriblemente natural. Lo hicimos como si fuera una costumbre, no sé si porque estábamos cansadas o porque teníamos ganas desde hacía tiempo. Nos tumbamos enfrentadas, sobre nuestros costados, y ella alargó la mano, me rozó con cuidado la cara y luego la dejó caer sobre mí.
—Si nos quedamos así voy a dormirme.
—No importa.
Nos estábamos mirando. Bueno, eso pretendíamos. Las dos teníamos los ojos casi cerrados y en sus labios había una sonrisa muy muy pequeña. No quería dejar de verle la cara; quería estar y estar y estar. Estar allí y con ella, y dormirse era el límite. Cuando cerrara los ojos, el día habría acabado y eso supondría el fin de uno de los mejores que había vivido, y no quería que pasara. Mi cuerpo se resistía.
Se le entreabrían los labios al respirar y cada vez que pestañeaba tardaba una eternidad en hacerlo.
—Estoy contenta de que estés aquí —murmuró, casi dormida.
—Y yo. —Sonreí un poco—. Gracias.
—No tienes que darlas.
—Lo sé, pero quiero.
Sonrió un poco más y cerró los ojos y ya no los abrió.
Lo siguiente que recuerdo es despertarme con un ruido que venía del exterior, creo que un camión de la basura. La habitación seguía oscura, pero no tanto como antes, y cuando me giré para mirar por la ventana vi que estaba empezando a amanecer. No debía haber dormido más de tres horas en total, apenas una buena siesta, pero eché la cabeza hacia atrás y sonreí.
No nos habíamos movido ni un poco. Ella seguía tumbada sobre un lado con la boca entreabierta y roncaba suavemente. Su brazo también seguía estando encima de mí. Volví a mirar el cielo, que empezaba a iluminarse, primero azul y luego lila y más tarde, un poco naranja, y pensé que estaba siendo feliz en ese momento. Plenamente feliz, siendo consciente y estando tranquila y contenta. Era perfecto.
La miré y levanté mi mano libre para quitarle un mechón de la cara. Me hubiera gustado despertarla para que viera el amanecer conmigo, pero parecía tan cansada el día anterior y en aquel momento estaba tan a gusto que no quise molestarla. Además, así tenía un momento para mí. Así podía pensar en ella, en nosotras o en mí misma por separado, que también era importante.
Pensé que nunca había creído que yo también fuera importante y quise besarla porque era quien me había llevado a esa conclusión.
También me sorprendí por querer hacerlo. Por pensar en ello abiertamente y por ser consciente de la sensación de libertad que experimentaba cada vez que estaba o hablaba con Blythe.
Abracé la sensación, pero no la toqué, solo me tumbé sobre mi espalda y seguí observando el amanecer en silencio mientras crecía allí fuera, despacio.
Blythe había dicho que, de perfil, mi cara parecía la luna. No llena ni nueva, sino un cuarto menguante, cóncava y afilada, y que brillaba un poco. Lo dijo porque tengo la cara un poco plana y, cuando sonrío y mis músculos faciales tiran de mis mejillas hacia atrás, parece que mi rostro se hunde hacia dentro. Comentó que eso le parecía bonito y, aunque entendía que no debía importarme —que ante todo Blythe era una persona buena y amable que sabía hacer sentir bien a todo el mundo con palabras—, que ella lo pensase me hacía sentir una especial turbación. Me hacía creerlo y aceptar la belleza que veía y colgármela de la chaqueta momentáneamente como si fuera un broche o un imperdible.
En aquel momento de la noche no había podido responderle, porque me había atascado, pero había hinchado el pecho y me había envuelto con sus palabras como si fueran una manta que me hizo sentir segura y posible y bonita. La miré. En su cama, allí, con todas sus barreras bajadas y las mías en descanso, reconocí que, si yo era la luna, ella era el sol que estaba saliendo. Que tenía el sol en la cara y que lo había tenido siempre.
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