Clementine

Clara Cortés · Capítulo 25 de 34

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Clementine

veinticinco.

 

La vida era completamente diferente en casa de Blythe. Las cosas se movían a un ritmo distinto, aunque me parece que yo, por venir de fuera, era la única capaz de darse cuenta.

Se pasaron dos días preparando la Nochevieja como si fuera a aparecer el papa en su casa para felicitarles el año nuevo. Verlos me gustaba, pero también me daba un poco de envidia; en el fondo me preguntaba si su influencia conseguiría que algo me importara a mí de aquel modo y, mirándoles moverse de un lado a otro de semejante manera, pensé que su ilusión parecía la de un niño. Sobre todo la de Paul Lyle. Se le ponía en la cara una expresión resplandeciente fuera por lo que fuera: cuando Monica le llamó para decirle que volvería de casa de sus padres a la mañana siguiente, cuando Blythe le preguntó qué vino prefería, cuando sonó el teléfono y era su madrastra preguntando qué quería que llevara para cenar.

—¿En serio, Caroline? Ya te dije que pescado no. No, no tengo nada en contra de tu receta, simplemente… Bueno, pues dile a mi padre que prepare una tarta, si tantas ganas tiene de ayudar… Vamos a ver. Que no. ¿Cómo podéis ser los dos tan dramáticos? Sí, ya te lo he dicho. Sí, es mi última palabra. Ay, no, Caroline, dile que carne tampoco. ¿Pero le has explicado lo que significa «vegetariana»? Pásamelo, anda… No, no, dile que quiero hablar con él.

Blythe se colocó a mi lado y, con una sonrisa, se quedó mirándole también.

—Todo un show, ¿eh?

—Es fascinante.

Se rio, sacudiendo la cabeza.

—Pues si esto te lo parece, tenías que haber venido el día de Navidad. Eso sí que fue una escena.

—¿Por qué le gusta tanto?

—Antes eran los únicos días que nos veíamos todos y se ponía muy contento. Ahora que Mon y él tienen una casa y eso, sobre todo desde que vivo con ellos, Caroline y mi padre vienen mucho y nos vemos más, pero supongo que una parte de él aún siente absoluta predilección por las fechas especiales. Le gusta mantener el espíritu, y todo eso.

—Me encanta Paul. Creo que es de las personas más buenas y puras que he conocido.

—Le viene de familia —bromeó, haciendo un gesto de suficiencia fingida. Sin embargo, yo sonreí.

—Ya lo sé.

Se puso un poco roja y, alzando un poco las comisuras de los labios, volvió la cara. Paul colgó y, cuando le pregunté si podía ayudarle en algo, respondió que necesitaba unos doce millones de patatas peladas y cortadas y que si me veía capaz de hacer eso.

Me acobardé, pero Blythe se subió las mangas y respondió que lo haría conmigo.

Era 30 de diciembre. Parecía que había saltado a otra realidad.

En este espacio nevaba todo el día y Blythe y yo cortábamos patatas como si lo hubiéramos hecho muchas otras veces. El mundo era tranquilo y el tiempo se doblaba de modo distinto, porque estábamos una dimensión extraña donde todo se congelaba temporalmente y era mucho más fácil vivir aquí. Lo cierto es que no podía determinar si este lugar me pertenecía o si yo le pertenecía a él, aunque daba lo mismo, supongo; allí dentro, nada dolía. Podía plantearme quedarme, especialmente si ella iba a estar allí.

Blythe me hacía sentir que estaba en casa, y eso tiene mérito viniendo de alguien que acaba de darse cuenta de que nunca ha tenido un hogar.

—¿Qué te vas a poner para la cena?

—¿Qué me vas a dejar? —No estaba muy segura de si suponer que me iba a dejar algo era abusar de su hospitalidad, pero aun así hice la broma.

—Lo que quieras, porque te queda todo bien. Por poder, si quisieras podrías ir hasta desnuda —comentó, con una sonrisita.

Me reí, y ella lo hizo también, pero un par de segundos después. Luego añadió que más tarde podíamos echar un vistazo a su armario.

—Eso es algo muy Liv. Me lo hacía siempre. Y luego me maquillaba, para rematar la faena.

—Yo no sé hacer eso, lo siento. Pintar las caras de la gente me da un poco de cosa, perdón.

—¿No pintas caras cuando dibujas? —pregunté, sonriendo.

Soltó una carcajada.

—Pero eso es distinto. En un cuaderno es todo mucho más fácil. Tú, por ejemplo… podría pintarte con acuarelas, no con sombra de ojos.

—¿En serio?

Asintió.

—Puedo intentarlo, si quieres. Uhm. Estaba esperando para preguntarte si te importaría que lo hiciera, de hecho.

—Sería todo un honor, la verdad.

Desvió la vista, centrándose con más ímpetu en las patatas. Seguíamos con eso. A lo mejor ya habíamos estado haciéndolo durante horas. A lo mejor habíamos pelado todas las patatas del mundo. ¿Era un requisito necesario, hacerlo, para quedarse en aquel lugar? ¿Nos pasaría algo si parábamos?

Ante mis preguntas, y soltando una amarga risa que detuvo en mí todo movimiento, algo que llevaba días colgando de mi espalda se levantó despacio, como si mi fantasía estúpida lo hubiera despertado. Creo que sabía qué iba a encontrarme antes de mirar. El monstruo todopoderoso que tenía las facciones mejoradas de Mark y al que obedecía mi madre me sonrió con sorna, desde arriba, enseñándome una fila de dientes rectos y blancos que hizo chocar para intimidarme.

Me maravillé ante su fuerza, pero, sobre todo, ante la amenaza silenciosa de que, o me comportaba, o me iba a comer.

«¿Es eso lo que quieres, mi niña? ¿Qué vuelva a hacerlo? ¿Quieres que la vuelva a llamar?».

Sacudí la cabeza y él cerró los dedos para que yo viera lo fácil que le resultaría destruirme.

Intenté ignorarle, pero su silueta había alcanzado a reflejarse en todas las superficies. Cerré los ojos e incluso allí encontré su boca, doblándose al reírse, llamándome tonta por aquel intento patético.

Aquel monstruo había aparecido por el eco de las palabras de mi madre, que me había gritado y había seguido empujándome a pesar de mis súplicas para que parara, y porque había estado guardándome demasiadas cosas que le habían hecho crecer. Además, sentía cómo aquel discurso en diferido aún le reforzaba. Su cara seguía siendo la de Mark, y le veía crecer donde yo menguaba, y era… enorme.

Intenté invocar a su versión real para tranquilizarme: probablemente estaría en el sofá a estas horas, viendo una película o el fútbol. Tal vez jugando a un videojuego. Se habría hecho unas palomitas, porque le gustaba mucho que solo tuviera que meterlas en el microondas y no preocuparse más, y puede que estuviera pensando…

No, eso no. Porque no iba a estar pensando en mí.

Fue como un choque gigante, darme cuenta de que no me estaba pensando. Las posibilidades eran mínimas. El pecho me dolió y el monstruo soltó una carcajada.

Imagínate que alguien te expulsara de dos lugares y que luego no se molestara en pensar en ti.

Intenté amoldarme bien a él, a aquel castigo divino, pero cuando fui a deshacerme de parte de esa carga, las sombras volvieron a sentarme en mi sitio y me ataron de pies y manos para que no me pudiera escapar.

Quise regresar al mundo de las patatas, salir de allí. Intenté volver y vi a Blythe dentro, mirándome mientras me esperaba a las puertas de su seguridad, con cara de pena y frunciendo el ceño. Alargué la mano en su dirección, suplicando. Clavó la vista en mis dedos y, apartándose con un puchero, cogió todo lo que habíamos preparado y se alejó.

—¿Clementine? Eo, ¿Clementine, estás ahí?

Volví al mundo real, pero no del todo, porque el espíritu de Dios seguía disfrutando de aquella pesadilla, esperando a mi espalda, y yo empecé a sentirme culpable por algo que no me había dado cuenta de haber estado haciendo.

 

El día 31 Monica volvió de casa de sus padres y Paul y ella se besaron como Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados, aunque no durante tanto tiempo. Jamás había visto un beso así fuera de una película antigua, y tener a dos personas que se abrazaban de aquella manera y se querían tanto me llenó de emoción. Me pregunté, si lo hacían así ahora, cómo sería cuando bajase la bola esa misma noche, y la vista se me desvió sin querer hacia Blythe, que esperaba a un lado para saludar también a su cuñada.

—Oye, Paul, ya vale, que vas a borrarle la cara.

Me imaginé que ella me sujetaba a mí así durante un momento y deseché esa idea enseguida, horrorizada por mi mente fantasiosa y por haberme atrevido a aventurar algo así.

Aquella misma noche, los padres Lyle vinieron a eso de las nueve, justo a tiempo para empezar a comer. Paul había preparado una cena prácticamente vegetariana porque Monica quería empezar a serlo. Nunca se me habría ocurrido la de cosas que se podían preparar con verduras, y disfruté tanto de todo que me dio la sensación de que los otros me miraban como si fuera una niña pequeña emocionada. Paul hizo un chiste sobre ello y todo, me parece, pero no me importó. Por primera vez en tres días la presión que tenía en el pecho disminuyó un poco, y decidí que me sentía feliz de poder estar allí.

Blythe me sirvió vino blanco y luego se puso un poco a ella. Me dijo que, para que la gente pensase que eras un experto al tomarlo, tenías que darle vueltas, olerlo y luego dar un pequeño traguito. Paul le empujó un poco la copa cuando estaba en el paso tres, haciendo que se le empapara toda la cara y tuviera que echar la silla hacia atrás corriendo para no mancharse. Aunque ella le fulminó con la mirada, eso no impidió que él empezara a reírse.

—¿Qué, señora experta, está rico?

—Pero serás imbécil. —Blythe se pasó un brazo por la barbilla y luego sacó la lengua para lamerse los lados de la boca, tras lo que alzó las cejas y sonrió en su dirección—. Pues mira tú por dónde, sí que lo está.

—¿Lo califica usted entonces como bueno?

—Obviamente, pero eso ya lo sabía antes de beberlo, que lo he comprado yo.

Caroline me cogió por banda nada más terminar y se puso a hablar conmigo como si tuviese muchísimas ganas de verme. Me preguntó qué tal estaba y qué tal se habían portado «sus niños» conmigo, lo cual me conmovió, no por el comentario en sí sino porque la forma que tuvo de decirlo me recordó a cómo Blythe me había hablado en aquella primera fiesta de su hermano, donde nos habíamos conocido oficialmente. Acabé preguntándole qué tal ella y, no sé cómo, la conversación derivó en las primeras Navidades que había pasado junto a la familia y cómo a partir de entonces había decidido quedarse. «Es curioso, ¿sabes, hija? Conocí antes a los hermanos que a su padre. Y me invitaron a cenar porque sabían que en aquel momento no tenía nadie más con quien quedarme. Vaya dos, ¿no crees? Desde entonces, y aquí estamos». Ella era una activista feminista que trabajaba dando charlas en institutos y otros centros cuando le dejaban hacerlo, y Paul y Blythe la habían conocido cuando ella estaba en su último año de instituto y su hermano la había llevado a un bar que frecuentaba con amigos de la uni. Allí organizaban algunos eventos culturales, y resultó que aquel día Caroline presentaba un pequeño recital de poesía al que se había apuntado una amiga de Paul. Lo primero que dijo fue algo así como «Me llamo Caroline, respondo a ella y voy a estar por aquí toda la noche presentando a los maravillosos talentos que han decidido deleitarnos hoy en este escenario». El Paul de hace siete años se acercó a ella en un descanso, muerto de vergüenza, y le dio las gracias por haber ido y por haber hablado tan bien. Caroline dijo que le enterneció aquella personita de voz balbuceante, y le sonrió conmovida porque se notaba que no frecuentaba esos espacios.

Le preguntó cómo se llamaba y él dijo «Soy Paul» como si presentarse fuera la cosa más emocionante que hubiera hecho en toda la noche. Cuando Caroline le preguntó si le gustaba la poesía, él dijo que no mucho pero que había ido a ver a alguien y a acompañar a su hermana.

La mujer se enamoró de ambos al instante. No me cuesta ver por qué.

Caroline me contó que Blythe tenía por aquel entonces una carita pequeña llena de luz que la hacía parecer unos cinco años menor de lo que era en aquel momento, y que verla sonreír junto a su hermano le llenó el corazón de emociones. Se pasaron horas hablando después del recital, ella les llevó a casa en el coche que había alquilado y, antes de despedirse, Blythe le pidió que quedara con ellos a tomar un café al día siguiente. Después de eso hubo más encuentros, como cuando fue a dar una charla a su clase, y apenas dos semanas después tuvieron una cena donde conoció al padre.

Me dijo que, aunque no fue amor a primera vista («Porque eso no existe», añadió con voz sabia), encontró en él a una persona maravillosamente interesante con la que acabaría viviendo.

—La verdad es que ya no imagino mi vida sin ellos. Es curioso, pero estoy orgullosa de nosotros, ¿sabes? De cómo somos todos por haber estado juntos, de cuánto hemos crecido los cuatro hasta llegar hasta aquí. Bueno, ahora con Monica, los cinco. —Me puso una mano en la rodilla de forma cariñosa y sonrió como lo hacían las madres en las películas—. Estoy muy contenta de que hayas venido, Clementine.

Paul apareció por detrás y nos llamó vagas por haber huido cuando había que recoger la mesa. Su madrastra le dijo que respetara a sus mayores si no quería que le echase una maldición y, cuando él le dijo que «los mayores» no llevaban todo el día trabajando y sufriendo a la vez el dolor de la regla, Caroline se levantó y le siguió a la cocina para preparar lo que habían llevado de postre.

Escuchar la historia de Caroline me hizo sentir infinitamente mejor. El hecho de que alguien de fuera expresara esa maravilla que yo había percibido, me la confirmó como algo real, no como si simplemente hubieran salido de mi cabeza como La Familia Idealizada. Había dejado de ser un poco un pez, gracias a la mujer de las pecas negras; me había abierto la puerta de la pecera y ahora compartíamos todos el mismo agua. Blythe volvió y se dejó caer a mi lado, suspirando y cogiendo mi mano inconscientemente, y cuando la miré me alegré muchísimo de haberla conocido. De que todo hubiera salido lo suficientemente bien como para que yo pudiera estar allí.

Giró la cabeza hacia mí y sonrió solo un poquito, así que le pregunté qué tal estaba y gimoteó.

—¿Sabes? Mi hermano me cansa. Le quiero, pero estoy agotadísima.

—Pero ya está, ¿no? No hay que hacer nada más, ahora.

Miró el reloj.

—Quedan veinte minutos para que caiga la bola, va a estar morreándose con Mon desde justo antes para poder decir que lleva besándola desde el año pasado y todo 2017. —Puso los ojos en blanco—. Será un gran padre, algún día, porque lo de los chistes malos lo lleva de serie.

Quince minutos más tarde todos estábamos de nuevo en el salón, esperando. Cuatro después de eso, Paul le preguntó a Monica si quería concederle el honor de darle un beso y ella le agarró e, inclinándole con cuidado por debajo de su cuerpo, se puso a besarle apasionadamente. Otro minuto más tarde Caroline y el padre se miraron a los ojos y se dijeron «te quiero» y, treinta segundos después, los últimos treinta del año, miré a Blythe con el corazón en la garganta y ella, que no me había soltado la mano en todo aquel tiempo, suspiró solo un poco y me dijo:

—Todavía no. Esta vez, no te muevas.

Me dio un beso en la mejilla y, aunque me dolió en el alma, creo que entendí por qué lo hacía y lo acepté.

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