Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 22 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo XII

 

A pesar de todas sus preocupaciones y llenos de suficiencia y arrogancia, los queruscos decidieron viajar al norte animados por Arminio. Los mensajeros hablaban de una multitudinaria reunión y no quisieron faltar. Pero por vez primera en muchos años, los queruscos comprendieron que muchos régulos de su entorno territorial los temían y los envidiaban en un secreto a voces.

Estaba claro. No querer reunirse con ellos en Wulfmunda era una forma de no querer reconocer el nuevo poder dominante que representaban y la nueva victoria que ostentaban: habían sido los artífices del desastre de Teutoburgo. Y el poder de su líder era demasiado grande. Todo era una estratagema política para desacreditar su gloria, pero Arminio era demasiado astuto, y convocó las hordas con tal ferocidad e ímpetu como si fuesen en busca de una batalla contra los romanos.

 

Arminio no viajó como un lobo cazador ni como el emisario de su pueblo. Decidió humillar a quienes ya de por sí se sentían ofendidos con su presencia. Se echó la piel de lobo sobre los hombros, por encima dejó que colgasen la espesa capa de oso que ostentaba multitud de símbolos y runas de los téncteros grabados a fuego sobre el pellejo interior. Se ciñó el yelmo de acero que Cerunno puso sobre sus sienes el Día de la Gloria, cuando el puño del sacerdote exprimió el corazón de Varus y dejó que su sangre chorrease sobre su frente y sus barbas. Se afeitó como hacía tiempo que no lo hacía y, acto seguido, se embadurnó con la grasa de lobo teñida de negro. Su rostro volvió a ser fiero, con facciones brillantes y lisas, recubiertas de grasa negra, y solo los ojos y sus párpados emergieron como sargazos enrojecidos, de una ferocidad desconocida en el género humano. Se puso los anillos más gruesos, en los que había inscritas poderosas y propicias runas. El acerino yelmo penígero era alto y, alzado a la grupa de Draupnaz, Arminio decidió seguir una ruta de serpiente, visitando el mayor número de aldeas y a su vez las más importantes que encontrase a su paso en el camino hacia Gunthabrud. Dado que se trataba de pueblos aliados, nadie le impediría atravesar y visitar el entorno. Pero sabía que era una amenaza velada hacia los demás jefes, una demostración de poderío. De cualquier modo, Arminio reunió a casi medio centenar de arrogantes jefes queruscos de los más diversos y alejados clanes, y les pidió que viajasen armados y protegidos con sus guardias personales; al mismo tiempo, una vez reunidos, todos ellos serían la guardia personal del Kuningaz de los Queruscos. De este modo demostrarían a sus vecinos cómo se organizaba la casta guerrera de los peores enemigos de Roma. Les pidió que guardasen sus mejores galas y trofeos para ese momento, y que anunciasen cacerías sin fin para los que deseasen acompañarlos.

Así fueron más de quinientos los queruscos que se pusieron en marcha. Comprobó que la gloria de su nombre ejercía un poder ilimitado sobre la tierra que lo rodeaba. Los jóvenes se peleaban por formar parte de la escolta, y la guardia personal se convirtió en un verdadero ejército de hombres de todas las edades, especialmente zagales pendencieros y violentos. Si Guntram quería invitar a los queruscos, entonces debía aceptar que el kuningaz más grande de Germania no viajara rodeado de una pequeña manada de lobatos… Él era el poder del más grande de los líderes germanos en las tierras del oeste, y eso se lo haría tragar al Rey del Norte. Además, a los mensajeros que fueron por delante les ordenó que lo nombrase Arminio el Querusco, Rey del Oeste.

El yelmo de acero se puso en camino hacia el norte. El rostro afeitado y embadurnado con la grasa de lobo negra visitaba los territorios de los angrívaros en las praderas del oeste, y más tarde de los longobardos. Entre los angrívaros se enteró de algo sorprendente: que estos se habían unido más de lo que era habitual en ellos, y que habían empezado a construir un largo muro que pretendía marcar la frontera con los territorios de los brúcteros y los tubantios. Arpo era el nombre de su nuevo jefe, un régulo que unía todos sus clanes. No vino a recibirlo cuando se enteró de que Arminio visitaba sus tierras. Los angrívaros y los casuarios lo recibían con respeto y con presentes. Se dijo que Arpo ya estaba en camino hacia el norte, y que había partido unos días antes. Hacía sol y Arminio contempló las praderas verdes que se prolongaban hacia las grandes aguas divisorias. Los trofeos romanos encabezaban su comitiva. Todos los líderes que habían obtenido un estandarte romano en Teutoburgo los exhibían a su paso, y los campesinos salían a saludarlos como a dioses, y las jóvenes arrojaban plantas aromáticas ante sus caballos antes de que hundiesen sus primeras nieves en el camino al entrar en las aldeas.

La columna de los queruscos continuó hacia el norte y visitó los territorios de los longobardos. Entraron en los valles principales como un ejército poderoso. Los longobardos se reunieron para recibirlos. Había pocos caballos y nadie esperaba una columna tan numerosa de queruscos, pero les dieron permiso para cazar y les entregaron algunos animales en prueba de amistad. Arminio los sacrificó en rituales multitudinarios y repartió su carne en ágapes sagrados bendecidos por los líderes espirituales de cada región, y siguió hacia el norte su parsimoniosa y gloriosa marcha. En las aldeas más populosas los niños se reunían y los seguían, los campesinos y cazadores salían al camino y se agrupaban para verlos marchar. Pero todos los ojos se fijaban en el caballo que encabezaba aquel ejército, en el yelmo con alas de acero que coronaba la frente del formidable guerrero que, oculto tras una máscara de cieno negro, los miraba con lúgubre semblante. Todos lo saludaban a pesar de su implacable mutismo, y escuchó cómo lo aclamaban a su paso, y siempre le agradecían su liderazgo y bendecían la batalla de Teutoburgo.

Régulos caucos, reudigios y varinios, familias de los sajones, se unieron a la columna de los queruscos. En el gran vado del Río Blanco, que separaba las tierras de los longobardos, los esperaron. Encontraron un recibimiento de más de doscientos guerreros en la orilla opuesta. Arminio recordó las numerosas ocasiones en las que había viajado al norte. No solo cacerías, sino también las visitas a Guntram, que habían sido costumbre desde su infancia. No pocas veces había escuchado el relato del viaje de su padre, tiempo después de que su madre muriese. Había llegado como un lobo espantado hasta las orillas de aquel vado. Oltfrost era el nombre que los sajones daban al lugar, quizá porque al helarse, en invierno, se extendía como una simple prolongación del camino. Arminio sabía que los hijos de Guntram habían recibido a Segimer, sin saber quién era, como a un vagabundo al que le pidieron las armas. Ahora contempló el recibimiento. Un terraplén herboso subía al otro lado de las piedras por encima de las cuales la gran corriente del Río Blanco se fragmentaba en cientos de torrentes como si de la piel de una gran serpiente se tratase. Un jefe longobardo se unió a él y lo saludó.

—Espero que Guntram no crea que venimos a hacerle la guerra —comentó, divertido. Cientos de trompas de caza emitieron sones de guerra.

—Ha convocado a la Alianza, ¿no? ¿Qué demonios esperaba? —respondió Arminio tras la máscara negra.

—¡Paso al kuningaz! —gritaron algunas voces. Otras lo repitieron.

Draupnaz entró en las aguas frías y comenzó a vadear. Las formas de los guerreros que los esperaban al otro lado se perfilaron sobre el terraplén. Eran orgullosos sajones. Ninguno descendió hasta la entrada del vado; preferían aguardar en lo alto. Aun así, Arminio esbozó una maliciosa sonrisa. Draupnaz iba seguido de una auténtica invasión de caballería. El corcel negro pateó el barro y trepó con alegría, animado por su jinete. Arminio llegó hasta lo alto del terraplén y, sin mirar los rostros ceñudos que le esperaban, protegidos tras yelmos y máscaras cobrizas pero sin alas, se volvió para ver cómo el ejército que le seguía atravesaba las aguas en medio de la ruidosa algarabía.

Entonces giró y clavó sus ojos en los hombres que le cortaban el paso. Mientras tanto, docenas de caballos queruscos y longobardos se agolpaban a su alrededor, creando el frente vociferante de una violenta horda.

—No reconozco rostro alguno —dijo Arminio. Tenía que haber esperado a que le dirigiesen la palabra, pues era un invitado en tierra ajena, pero decidió que había esperado demasiado.

—No lo reconoces porque no lo conoces, pero yo sí que te conozco a ti, hombre-lobo —dijo uno de los jinetes. Era corpulento, se inclinaba indolentemente sobre el cuello de un caballo robusto y blanco, y tenía las manos cargadas de gruesos anillos de oro.

—Supongo que eso no es difícil —admitió Arminio con indiferencia.

—Sois bienvenidos en las tierras de los sajones, aunque no pensábamos que fueseis… tantos —dijo el guerrero, intercambiando miradas con sus compañeros.

—Habéis invitado al Kuningaz de Germania —afirmó Wulfila—. ¿Qué es lo que esperabais?

La expresión «Kuningaz de Germania» pareció paralizar el cerebro de aquel varinio.

—Hubo una batalla contra Roma, ¿no lo recuerdas? —siguió Wulfila—. Y en esa batalla hubo sajones, varios de los hijos de Guntram estuvieron allí, y el esposo de su hija, Gailswinther, un querusco, vino con caballos sajones… y todos supieron que Arminio era el kuningaz de los germanos.

—Ya lo sé, porque estuve allí con mi caballo —admitió el varinio.

—Entonces, ¿de qué te quejas?

—De nada.

—Pues cállate y no nos hagas perder más tiempo —cortó Wulfila—. ¿A qué viene este parlamento…? ¿No es Guntram quien quiso que los queruscos viniesen a su morada? ¡Pues aquí los tiene!

Arminio siguió callado. En otras circunstancias habría amonestado a sus hombres. Pero no le gustaba la idea de que los sajones los recibiesen con reticencias.

—Nos seguiréis, nosotros también hemos sido convocados a la reunión de la Alianza —dijo el varinio. Y después se volvió, arrojando una extraña mirada al viejo Wulfila.

Los sajones giraron sobre sí mismos y comenzaron a avanzar.

Arminio alzó el brazo y detuvo su columna. Los sajones lanzaban recelosas miradas hacia atrás. Los queruscos esperaban como una horda de piedra. Los sajones finalmente se distanciaron y formaron una columna compacta en el camino. Arminio aguardó. Todos los queruscos y los longobardos ya esperaban detrás de él. Solo cuando una distancia significativa los separaba de los sajones y varinios, dio la orden de ponerse en marcha, y avanzó lentamente al frente de su ejército. Evidentemente, aquello no gustó a los sajones, pero aceptaron la situación. Sabían que Arminio no se dejaría amedrentar ni dominar por nadie, e intuyeron que los queruscos no se dejaban convocar de buena gana, y que ponían en duda la supremacía en la autoridad de los pueblos del norte.

 

Arminio supo durante aquel viaje que Segest se había trasladado a una ciudad de las Galias cercana a la frontera, pero cuyo nombre nadie conocía a ciencia cierta. Se mantenía en secreto, y era probable que utilizase otro nombre para evitar ser ajusticiado por los espías de Arminio.

Además, se enteró de que circulaba un rumor en el oeste. Había llegado hasta los régulos angrívaros y de ellos había seguido hacia el norte hasta los régulos longobardos: Arminio era padre de un niño, cuyo nombre era Thumélico.

¿De dónde había salido aquel nombre? No podía ser idea de su mujer. Tenía que haber sido alguna clase de adaptación romana o gala. No entendía lo que podía significar, y desconocía la lengua germánica de la que pudiese haber sido extraído. Tras investigar se dio cuenta de que era un dialecto corrompido de los marcómanos, de que la palabra procedía de thumlig, un vocablo extraño que significaba algo así como «renegado». Además, un thumlig también era alguna clase de alimaña de los bosques… Ese era el nombre que habían dado a su hijo, y lo dejaban vivo para que su escarmiento siguiese presente y para que, durante los muchos o pocos años de vida que le sobrasen a él, estuviese condenado a escuchar comentarios contradictorios acerca de su vástago.

Fueron hacia Roma, eso era todo lo que habían dejado que se filtrase sobre su mujer y su hijo. Posiblemente serían esclavos de Germánico, de eso no le cabía duda alguna. Pero ¿dónde?

 

Aquella noche Arminio se aisló de los jefes. Werwin juntó las manos en la espalda y comenzó a recitar. Al principio nadie se enteró demasiado bien de lo que hablaba, pero poco a poco fueron entendiendo y el mito del nieto de Ingwaz creció en la imaginación de su auditorio:

Vosotros, aquilones,

que arrolláis las nieblas de Morven

en blancas orlas, ¡despejad mi memoria!

He escuchado de lo eterno

un golpe de trueno,

muchos de mis muertos

elevaron el rostro

en las moradas de piedra,

abrieron los ojos de espanto,

las armaduras de hueso sin manto:

¡en el oeste habita el hijo del rayo!

He escuchado las nubes tronar a su paso, indiferente, por las praderas de mi patria

cabalga en busca de guerra.

He visto el viento huir por la ladera

de la colina de mis antepasados, y las olas del mar he visto escupir

la niebla blanca y su espuma de oro.

Yo de la negra eternidad

dormía sinfín el sueño,

cuando supe del niño sin miedo

que duerme en la gruta del norte.

El héroe que las espadas rompe

habita con solitarios enanos,

huérfano de padre y de madre,

terrible matador de dragones:

círculos llameantes atraviesa el audaz

antes de apartar la cota de malla, el yelmo alado, el rostro blanco, la hija repudiada y durmiente

del As de ojos manco.