Crepúsculo de los Ases
Capítulo IX
Germánico vigilaba la gran armada en vanguardia. Los días pasaron y los legionarios, cargados cada uno con cuatro varas para el montaje de su tienda, harina para dos meses, y el equipo individual, se dieron cuenta de que no trazaban un periplo que volvía hacia las rutas, ya arrasadas, de los brúcteros, sino que se adentraban en la Germania Magna, la malhadada provincia que el padre de Germánico, Druso el Mayor, nunca logró cohesionar ni dominar. No temían tanto un ataque de aquellos pueblos, como la cercanía de un lugar maldito para las legiones. Germánico siguió adelante. Cada noche examinaba los mapas, consultaba a los batidores y guías de confianza, y las millas huían bajo las cáligas de sus legionarios día tras día. Se adentraron en paisajes mucho más solitarios, y las fuentes del Lupia y del Amisia fueron mencionadas por los centuriones, con la certeza de que los brúcteros y los cáttos los seguían de cerca.
Germánico se reunió con su alto mando esa misma noche.
—Estamos cerca de Varus —anunció, mirando el mapa extendido sobre la mesa a la luz de las palmatorias—. Llamad a Casio Querea.
Poco tiempo después el prefecto romano apareció en la tienda.
—Hace algún tiempo que no hablamos, Casio. Siéntate.
Casio aceptó la invitación del general, que iba acompañada de un gesto elegante.
—Tú has recorrido estos parajes, Casio, durante tu gran huida. ¿Cuántos de los hombres que lograron huir están aún aquí?
Casio pensó.
—Puede que un centenar. O algunos más.
—¿Podríais reconstruir el viaje de Varus?
—No es difícil —respondió el prefecto—. Varus siguió la vieja ruta del oeste desde Mattium. Es una pista conocida que se introduce en los bosques de Teutoburgo. Poco después se estrecha. Pero más tarde se desvía hacia el suroeste.
—Quiero llegar hasta los restos de Varus por una ruta diferente a la que Varus siguió. —Germánico sonrió—. Desde luego, no quiero seguir su camino y acabar en el mismo lugar.
—Para eso habría que seguir el curso del Amisia. Creo que estamos cerca. Serpentea entre las colinas tras abandonar los bosques más salvajes y espesos, después sigue hacia el suroeste. Esa es la ruta que Varus tenía que haber alcanzado, pero una vez en el interior de Teutoburgo resultaba difícil, por no decir imposible, abandonar el bosque en esa dirección, ya que las colinas son intrincadas y pedregosas, y los germanos fueron apoyados por una tormenta, y las aguas turbulentas bajaban muy crecidas gracias a la lluvia…
Germánico hizo un gesto de impaciencia.
—No es necesario que sigas, demasiado bien conozco esa historia. ¿Sabréis guiarnos tú y tus hombres hasta los restos de Varus?
Casio guardó silencio por unos instantes. Los tribunos intercambiaron miradas en las que no podía ocultarse la inquietud.
—Lo haremos. Esos hombres conocen la región. Solo habrá que trazar un gran rodeo.
—Así sea. En Roma deben saber que hemos vuelto hasta ese sitio y que hemos dado digna sepultura a los legionarios que allí cayeron.
A la mañana siguiente la columna volvió a ponerse en marcha. Los rumores no tardaron en extenderse, a pesar de que Germánico había deseado mantenerlo en secreto. Consciente de que eso era contraproducente, el general decidió hablar a sus hombres en grandes corros organizados en cada una de las legiones. Varios legados y centuriones repetían lo que él gritaba a las primeras cohortes:
—Estamos cerca de Varus. Es cierto. Iremos a dar digna sepultura a los huesos de nuestros hombres. ¡No es un secreto! Mirad a vuestro alrededor, los germanos huyen. Seguiremos una ruta diferente a la de Varus y una vez allí haremos lo que como buenos romanos debemos hacer. ¡Por la ciudad y el Pueblo Romano! ¡Por el Imperio de Roma!
Mientras el discurso se repetía, Germánico miró a sus legionarios. Muchos no podían ocultar su descontento, y no se produjo la euforia que todo general hubiese deseado. Solo en las primeras filas hubo eco a sus arengas, pues por ser los soldados conmiserados con los males de Germánico, general muy querido, no quisieron hacerle sentir lo que pensaban, sin embargo, más allá de esas filas, solo creció un rumor de preocupación y de miedo. Germánico sabía que no querían ir. Pero mientras el camino fuese seguro, estaba en la obligación de hacerlo… Además tenía que levantar la moral de sus hombres, no solo eso, la de todo el ejército de Roma en todas las provincias. Arminio, Varus y Teutoburgo eran palabras que despertaban el terror de los ejércitos imperiales no solo en la frontera de Germania, sino ya en todos los cuarteles. Si consiguiese llegar hasta allí sin mayores percances habría logrado algo muy importante: convencer a sus tropas de que Arminio no era invencible, y a Roma, de que el peligro germano y el de su barbarie invasora no era tal.
Durante tres días de marcha atravesaron aquel paisaje funesto y solitario. La serpiente de cuero y acero se introdujo en la llanura, rodeada de colinas, y divisaron las estribaciones desiguales de los bosques de Teutoburgo en el norte. Siguieron avanzando junto al curso de un río gris. Temieron durante todo aquel tiempo el ataque de un ejército enemigo, pero no había rastro alguno de vida humana a su alrededor, y los batidores, sometidos a una estricta rotación en un importante perímetro de varias millas a la redonda, no vieron nada; incluso el ejército de los brúcteros y de los cáttos parecía más alejado.
La conmiseración de Germánico y la ausencia de peligro aparente se extendió a todo el ejército romano y al fin marcharon entonando canciones patrióticas de mil en mil pasos. Los territorios pantanosos fueron extendiendo su mancha hedionda y vadearon varias corrientes hacia el norte, sobre la que los regimientos de zapadores trazaron puentes improvisados que construían en pocas horas. Una vez allí, bordearon el pie de las colinas boscosas. No dejaba de ser peligroso, si allí hubiesen estado escondidos los ejércitos de Arminio, pero Germánico fue cuidadoso y todos los oteadores regresaron sanos y salvos. El paisaje parecía desierto.
Entonces ocurrió. Una mañana luminosa, llegaron al escenario de la muerte y de la vergüenza. Seguían pensando en parientes y amigos y en el incierto destino de las guerras, cuando los huesos aparecieron como cal esparcida en un gran campo. Las ciénagas quedaron atrás. Las matas de hierba se habían abierto paso entre numerosos restos de madera podrida. Pero el blanco de los huesos era persistente en el verde de la pradera, a pesar del tiempo transcurrido.
El sol se elevó alto sobre la tiniebla impenetrable de aquellas florestas. El aire soplaba del oeste, racheado, y había en su indiferencia una milagrosa melancolía. Sobrecogido, Germánico se retiró el casco de guerra y avanzó a pie entre huesos y calaveras. Vio la colina ante sí, donde habían sido acumulados cientos de cadáveres. Allí se elevaban unos fresnos viejos como la tierra. A sus pies había altares de piedra. Pero entre los altares y el campo de muertos apenas se veía una brizna de hierba, tal era la profusión de huesos acumulados en aquel lugar, testimonio de una matanza sin par en la historia militar de Roma.
Los legados se detuvieron tras él. Sin embargo, Germánico siguió avanzando. Cada paso parecía conducirle a una revelación mística, como si fuesen peldaños ascendentes que le introducían en nuevas y más densas realidades. Dejó de escuchar el viento o las voces de los legionarios, gritos de sorpresa y de horror, maldiciones itálicas, y llegó hasta la colina de cadáveres. Caminó a tientas, los huesos rodaron bajo sus pasos, cayó de bruces y una pira de calaveras descendió apresurada, para dejar su rostro ante la mirada vacía y la mandíbula suelta de un cráneo. Germánico sintió náuseas y quiso vomitar, pero de pronto cayó en la cuenta de que solo habría llegado allí para vomitar sobre los restos de sus hombres, de los legionarios del imperio, y se retuvo haciendo un esfuerzo sobrehumano. Entonces todo pasó y volvió a sentir el aire fresco y el sol acuoso. Se inclinó y apresó la calavera. La elevó y la miró.
—Si este es el destino de todo hombre… ¿para qué vivir temiendo la muerte?
Sin soltar la calavera, sosteniéndola como un valioso testigo que no dejaba de observarle, Germánico siguió caminando por la pila de huesos hasta llegar a su cumbre. La mayor parte de los astiles que allí habían sido clavados ya estaban desmoronados y podridos. Pero otros se mantenían en pie como símbolos de una ruina sin comparación posible. Las cabezas que habían sido colgadas de estos armazones ahora eran calaveras descarnadas, en su día destrozadas por las aves carroñeras, atadas por hebras carcomidas por la humedad y el viento.
Continuó su paseo hasta los grandes árboles y observó los altares de piedra. Una mancha negra los recorría por encima y por los lados, recubriéndolos como hace la humedad con las rocas junto al mar, solo que Germánico sabía que el origen de aquellas manchas, a las cuales se habían adherido otras sustancias de la naturaleza, era la sangre que había chorreado durante días por encima de ellas, la sangre romana vertida por los soldados de Roma al ser sacrificados por los hechiceros, santones y sacerdotes germanos.
Volvió hasta el túmulo de huesos y allí, desde la desoladora cumbre, miró a su alrededor: los huesos se extendían en medio de sus propias cohortes, dispersas y silenciosas formando un gigantesco escudo defensivo alrededor de la mayor vergüenza de la historia militar romana. Los caballeros lo miraban desde la periferia. Como él, nadie podía salir de su asombro. Germánico elevó la calavera como un trofeo. Respiró profundamente como cuando se disponía a decir un grave discurso, pero no quiso pronunciar palabra alguna, pareciéndole el silencio el más grande de los respetos tributables a los caídos. La fuerza del aliento abandonó sus pulmones y se incorporó al viento, decidiendo no hablar por encima de aquellos muertos. Todo estaba dicho. Sobraban las palabras.
Una vez abajo, se reunió con centuriones y legados y consultó a los augures, y después anunció:
—Reuniremos todos los huesos humanos. Como no podemos darles inhumación, pues desenterrarán sus huesos y volverán a dispersarlos, los incineraremos y les daremos dignos honores funerarios. Que se pongan a trabajar de inmediato.
Cuando las órdenes se dispersaban a su alrededor, Germánico se apartó junto a Casio Querea y quiso hablar con él.
—¿Cómo está Flavus?
—Sus fiebres acabaron. Es tuerto, de momento no puede respirar por la nariz… pero está vivo. Ha sobrevivido.
—¿Ha hablado?
—Ni una palabra —respondió Casio—. Si antes odiaba a su hermano ahora…
—Claro. Vigílalo siempre. Organiza a los cuerpos de zapadores, quiero que ese túmulo de huesos arda cuanto antes y que los germanos no puedan vanagloriarse nunca más de su obra cuando vuelvan a este paraje.
—Será imposible reunir todos los huesos humanos… —añadió Casio, pensando en la longitud del frente que sorprendió a Varus.
—Lo sé. Pero al menos esta parte, la más abierta y donde celebraron la victoria, debe ser barrida por nuestro paso. Su monumento a la victoria no ha de ser, Casio.
Los legionarios pusieron manos a la obra con muchas reticencias. Los augures que acompañaban a la legión murmuraron en voz baja. El sentimiento patriótico entraba en conflicto con la superstición. El túmulo funerario, a pesar de todo, fue erigido. Germánico contempló el montículo de huesos, que pronto se convirtió en un montículo de leña. Mandó derribar los árboles más viejos, consciente del valor que los germanos otorgaban a esos monumentos vivientes, pues organizaron los altares entre sus raíces sobre grandes piedras. Una vez derribados y aserrados, los amontonó creando un gran lecho y los huesos fueron amontonamos encima de la inmensa hornija.
Cuando la operación fue completada, Germánico ordenó que prendiesen fuego a la gran pira. La llama humeante elevó una gran columna gris que fue como dar señal de su presencia a plena luz del día, esperando que Arminio entendiese que no se escondían de ellos. Dejaron que las brasas se consumiesen completamente durante un día entero. A la mañana siguiente, aunque la pira dejaba escapar volutas de consunción, el cielo estaba muy nublado y los legionarios se inquietaron. Las nubes eran muy densas y no había rastro del sol, y escucharon el batir de truenos. Para evitar mayor escarnio propiciado por el cielo, e impedir que fuese la lluvia la que extinguiese el sagrado fuego de las cenizas, Germánico ordenó que se iniciase la preparación del túmulo. Excavaron la tierra de aquellas zonas en las que un eventual desbordamiento a causa de las lluvias pudiera conducir a la dispersión del túmulo honorífico, acaudalando los arroyos y las ciénagas de su entorno, y con esa masa terrea cubrieron la tumba de las legiones elevando una pequeña loma de sesenta pies de altura y mil pasos de diámetro desde su primer reborde. Luego extendieron un manto herboso por encima y construyeron un pequeño monumento de piedra, perfectamente cuadrado y macizo, en el que dejaron las siglas S·T·T·L, de Sit tibi terra levis.
El general quiso echar la primera tira de césped en la cima. Uno de sus augures, el más viejo de los que acompañaba al destacamento, quiso impedírselo, pero el general fue tajante y lo dejó con la palabra en la boca, al tiempo que giraba impetuosamente y caminaba hacia la cima. Allí tomó la pala y extendió el rollo de hierba húmeda hasta que quedó a su gusto.
Se hizo un gran silencio entre los hombres que lo contemplaban. Germánico miró las cimas de las colinas a su alrededor. Estaba seguro de que los espías de Arminio les vigilaban, pero no era momento de prestarles atención. Deseaba que se diesen cuenta de lo que estaban haciendo. Dio una orden y trajeron las tiras de césped arrancadas como tiras de piel en otra zona de aquella llanura invadida ahora por la formación imperial. La primera de todas ellas fue extendida por Germánico. La pisoteó ante el asombro del cuerpo sacerdotal. Después dejó que cientos de hombres se pusiesen a imitarlo, y se alejó pensativo, mientras el túmulo funerario se volvía verde.
Antes de abandonar aquel emplazamiento, Germánico ordenó que se levantase un altar a los dioses romanos en la llanura, en honor al imperio y a sus legiones caídas. El templete parecía recio y fuerte en medio del verde. Destacaban en él las placas de piedra que aquellos cinceles habían grabado a toda prisa. Aquella misma tarde, el ejército se puso en marcha hacia el oeste, abandonando el lúgubre escenario de la matanza.
Germánico, pronunció las solemnes palabras antes de iniciar la partida:
—Ollus quiris leto datus. Exsequias, quibus est commodum, ire iam tempus est. Ollus est. Aedibus effertur. No habrá familia que os reconforte. Ni conclamación de hijos, ni manos que cerrasen vuestros ojos. No lavaron vuestros cadáveres con agua ni los ungieron con aceites, tampoco os tendieron en el lecho fúnebre de hogar alguno, ni hubo ramas de pino ni de ciprés a las puertas de vuestras casas. No tuvisteis nueve días de dolor, sino nueve meses, y el dolor del Pueblo Romano. Aquí tenéis nuestro respeto y nuestra ofrenda merecida para el descanso.
»Que la tierra os sea leve, compañeros.
Arminio presenció los actos con paciencia, disuadiendo a sus aliados de intervenir, y estudió los movimientos de las legiones. Muchos de sus hombres quisieron hostigar a los romanos durante la construcción del túmulo e impedirles hacerlo.
—¿Para qué? —les preguntó Arminio con indiferencia, al conocer su pesar—. Miradlos, están recogiendo los huesos de la derrota… ¿Merecen esos huesos que sacrifiquemos vidas ahora que sus ocho legiones forman un campamento inexpugnable? ¡Dejadlos ahí! Solo han venido a constatar lo que algunos ni siguiera creían, y así queda testimoniado lo que sucedió, con mayores creces. Así los historiadores hablarán más de Teutobergaz y de los queruscos, no solo porque derrotaron a Varus y eliminaron sus legiones para hacerse libres, sacudiendo el yugo de Germania Magna, la provincia romana que nunca pudo ser, sino también porque el nieto de Augusto vino a dar sepultura a una parte de los huesos. Qué importa ese monumento… En cuanto se marchen destruiremos el altar y esparciremos las piedras, y ese templo ridículo será hecho pedazos por nuestros martillos en nombre de Irminur.
Los ojos del querusco no se apartaron de la gran columna, mientras formaba y se ponía en movimiento hacia la ruta de las ciénagas. Arminio lo esperaría más adelante, en un paso peligroso donde cobrarse un tributo mayor por adentrarse en casa ajena.
A espaldas de Teutoburgo, sus mensajeros ya habían recorrido los territorios vecinos, reuniendo los contingentes de las hordas, y un inmenso ejército se preparaba para recibir al nieto de Augusto.