Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 75 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo II

 

Descorazonado y solo ante tanta grandeza y maravilla, era un pobre loco privado de todo. Arminio había muerto. Cerunno se había marchado con los dioses… ¿Y él?

Cada piedra con la que tropezaba al apartarse del precipicio hería su alma. No entendía lo que sentía. No tenía nombre para ese desamparo. No quería seguir allí, en un mundo que era incapaz de comprenderlo, y al que él tampoco entendía. Aquel mundo humano y vil no podía tener sentido para él sin los enigmas de Cerúnburas el Mago y sin la presencia de una heroicidad total, corporeizada en el mejor amigo que podía haber encontrado. No podría vivir sin la sombra del líder urdiendo un nuevo ataque, sin el ardor de aquella guerra que iluminó los decenios, sin el resplandor de las victorias, cuya luz sería recordada durante milenios. No era posible para él volver a una vida que carecía de toda esencia, para ocuparse de comer, dormir, recordar… ¿Cuál era ahora el mandato de los dioses? ¿En qué signos lo leería…? ¿Qué sentido tenía el mundo? La vida misma tenía que acabarse, y el fin era un sentido completo para el principio, y sin él, el principio era la nada, la destrucción de la perfección oculta en el anillo de la existencia.

Se volvió lentamente hacia atrás y vio de nuevo las elevaciones oscuras, veladas por la luz del sol, el resplandor de las cúspides de hielo, el filo del precipicio. La indiferencia de aquel poderío le estaba partiendo por dentro y sin embargo…

 

Una súbita ráfaga de ira y un vigor lo atraparon como en los días de aquellas heroicas batallas. Dio media vuelta y corrió hacia el abismo con el mismo ímpetu con el que había corrido hacia los muros de escudos de sus enemigos, sin miedo a la muerte. Corrió empujando sus piernas cobardes, y un grito de locura abandonó el cerco de sus dientes cuando alcanzaba la última franja de hierba. Superó el borde de la roca, el despliegue de la inmensidad, el vértigo absoluto. Saltó y abrazó el mundo. Sus piernas se movieron y todo su cuerpo se debatió al ser succionado por el aire. En un solo instante comenzó a ver cuanto había quedado oculto a la vista del espectador acobardado que había sido, del caminante sin alas, y una extraña energía descendió por sus piernas al verlo, enervando todo su ser, tratando de paralizarlo antes de perderlo todo. Las paredes de roca se deslizaron raudas a ambos lados, cortadas a pico, sumergiéndose en el fiordo. Luchó con el aire pero no sirvió de nada, era una batalla perdida, la última. Vitórix había saltado para siempre. Miedo y alegría y, finalmente, la redención y el vacío.

Las montañas parecieron responderle y escuchó el eco de su grito en sus gargantas atronadoras. El aire silbó en sus oídos mientras lo volteaba en torpe vuelo.

Las manos que viniesen a rescatarlo no llegaban, dejándolo caer hacia el fondo.

Las divinidades lo despreciaban. Al fin, la muerte le esperaba al fondo del abismo. Su vuelo sin alas acabaría.