Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 4 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo II

 

Vitórix corrió como loco tras Arminio. Los [6] harjatuga siguieron sus huellas, pero no pudo ir muy lejos, medio cegado por la quemadura del sol. Treparon un terraplén cubierto de hojas, atravesaron una trama de ramas cubierta de brotes. Las botas de oso del galo se hundieron en los charcos de lodo que tatuaban indistintamente el suelo del bosque. El sol continuaba burlándose entre las copas, pero el aire parecía haberse vuelto repentinamente frío. Los ojos ansiosos del galo descubrieron la figura de su amigo. Había tropezado con alguna raíz y yacía dolorido al pie de una nueva ondulación del terreno que trepaba hacia el cielo y su resplandor de oro como una sombra de musgo revestida de troncos. Arminio se arrastraba hundiendo los dedos en el barro y la hierba, agitando la cubierta de hojas secas que se amontonaba desde hacía decenios. Vitórix llegó junto a él, pero vaciló al verlo. El cuerpo del querusco parecía tapizado por una mezcla de sangre seca y grasa de oso desfigurada por las emanaciones de su sudor, que había chorreado creando complicados tatuajes. Todavía se leían ristras de runas, largas inscripciones con las que habían protegido su cuerpo del acecho de los malos espíritus. Allí estaba. Arminio, el enemigo de Roma, arrastrándose entre las hojas como un loco que rebusca joyas perdidas en el lodo. Sus greñas estaban sucias, y parecían enredarse con su nueva barba gracias a una pestilente mugre.

La cabeza de Arminio giró y sus ojos ardientes ascendieron lentamente, recorriendo las piernas, la cadera, los brazos de aquel hombre que le observaba. Su mirada estaba desenfocada y borrosa debido al milagro de la luz, pero insistió hasta que la imagen comenzó a cobrar forma en el aturdido mundo de sus recuerdos. A medida que se acostumbraban al día fue reconociendo los ojos azules y ansiosos, algo infantiles, la boca entreabierta, los pliegues sobre las cejas que se comprimían hasta cerrar un ceño fruncido por el miedo y la incomprensión. Lo había reconocido, pero no deseaba saludarlo. Pronto las voces resonaron alrededor. Los amigos jadeantes se detuvieron, los brazos en jarretas, y retrocedieron al ver cómo el querusco empezaba a levantarse lentamente, apoyándose primero en una mano, después en la rodilla izquierda, por último enderezándose completamente, las manos engarfiadas como garras de alimaña. Se restregó la frente. El barro frío le prestó cierto alivio. Reconoció sus vagos rostros uno a uno.

Allí le esperaban todos los que habían sobrevivido. Wulfsung y Wulfrund, los hermanos, y detrás de ellos el legendario Wulfila, compañero de aventuras de su padre. Vitórix, el loco galo al que había conocido en los bosques de Colonia, en los tiempos en los que había prestado servicio en las legiones de Augusto, legiones que después aniquiló en los bosques de Teutoburgo. Pero la victoria le supo amarga. Detestaba recordarla. Si el precio de la gloria había llegado a cambio de estar vendido al capricho de los dioses, mejor habría sido que Germania hubiese sido aniquilada por Augusto; él aún conservaría su familia. Pero la evocación de la victoria solo parecía venir a su mente a cambio del recuerdo del rapto de su mujer embarazada.

No saludó a ninguno de ellos. Ni a su tío Segmir, que los alcanzó al poco tiempo, ni a ningún otro de los queruscos que se acercaban a ellos atravesando rudamente las malezas. No rompió el silencio para aceptar una bienvenida, no quiso recordar que los conocía, porque había decidido ser un nuevo hombre. Esa era la única forma de sobrevivir al pasado. Convertirse en otro. Enajenarse. Muy pocos conocían las verdaderas intenciones con las que había abandonado la caverna. Nadie sospecharía cuáles serían sus auténticos planes. La venganza no era bastante, tenía que ir más lejos: vengarse de los dioses. Ni siquiera él habría sabido concretar lo que realmente deseaba y cómo iba a conseguirlo, pero ya estaba allí, latiendo en su interior como una brasa incandescente.

Avanzó hacia Vitórix sin apartar su mirada de los ojos del galo. Al principio este esbozó alegría en la comisura de sus párpados, pero su ceño volvió a fruncirse, preocupado, al sentirse atrapado en la mirada funesta y oscura que lo atravesaba sin parpadear. Arminio extendió su brazo lentamente y empuñó el cuchillo de Vitórix. Lo desenfundó y miró la hoja reluciente. La alzó y arrojó su vaho sobre el metal. Los dibujos ocultos por la herrería de los Carnutos emergieron momentáneamente. Luego volvió a empuñarlo, impasible, y apoyó el filo sobre su antebrazo izquierdo. Lo deslizó con indiferencia. Su propia sangre manó rápidamente, viva y roja, formó un reguero y creó una pulsera goteante alrededor. Apoyó la hoja de plano sobre la sangre y la arrastró, de tal modo que su brillo plateado emergió a través de una película espesa y granate. Alzó el cuchillo y, sin apartar los ojos de la mirada expectante de Vitórix, apoyó la hoja de plano en su propio rostro y lo cruzó en diagonal, desde su sien derecha hasta su masetero izquierdo, de tal modo que la sangre creó una ancha y tosca línea sobre su párpado, su pómulo, sus labios y parte de su barbilla. La saboreó levemente, como una prueba necesaria para saberse vivo, y entregó solemnemente el puñal a Vitórix; si el odio tuviese sabor, sería el de esa sangre.

Su voz articuló lentamente las runas:

—¿Quién me seguirá al este?

La pregunta los cogió tan desprevenidos como la llegada de la noche.

—Vercingetórix te seguirá —respondió Vitórix resueltamente—. Y yo también.

—Y… —Wulfsung vaciló—. Yo iré.

—Y yo —añadió su hermano celosamente.

—En nombre de tu padre, también yo te seguiré como una sombra, lobo —afirmó Wulfila.

Arminio se abrió paso de vuelta a la caverna, y Vitórix juraría que ya no parecía una alimaña desvaída. Recuperaba su entereza por momentos, a pesar de su evidente debilidad.

—Pero… ¿a qué iremos al este? —se atrevió a preguntar Wilunt detrás.

Arminio respondió sin volverse, mientras caminaba entre los árboles, rodeado por los expectantes guerreros de su más fiel clan.

—A cortar la cabeza de Maroboduus.

Se miraron unos a otros. Alguien sonrió efusivamente. Al fin muestras de vida, a ellos les parecía una versión más violenta y poderosa del Arminio que ya conocían. Vitórix aferró su cuchillo ensangrentado, como si hubiese sido bañado en una sangre sagrada, lo alzó y aulló como loco que era.

 

La algarabía lo perseguía cuando Arminio volvió a la caverna. Sus amigos proferían maldiciones y gritos amenazadores, aullaban. El sol rojeaba y su último resplandor cubría las copas de los árboles. La línea de luz que había recorrido las irregulares protuberancias de la pared de la caverna había dejado de arder como una advertencia, y la gelidez de la noche se acurrucaba al amparo de las piedras.

—¡Encended los fuegos! —ordenó Cerunno, sin apartar su mirada de Arminio—. Traed la caza.

Las luras emitieron sones taciturnos.

Arminio no miró siquiera al hechicero y se adentró en la caverna. No muy lejos, tomó las pieles de oso y se cubrió con ellas, a la espera de la carne asada.

No prestó atención a los rumores que cruzaban la entrada de la caverna, algo alejados de él. Solo se dejó arrastrar por una enfermiza marea de pensamientos odiosos que no le dejaba ni siquiera cuando creía ser seducido por el cansancio y el sueño.

Cerunno le tendió su palma abierta.

—Mastica el fruto que te ofrezco —dijo el adivino, que se sentó en una gran piedra a su lado.

Arminio tomó la rugosa semilla y se la introdujo en la boca. La apresó con sus muelas haciéndola crujir mientras la deshacía y un sabor amargo fluyó entre sus encías. Poco después cualquier otro efecto ya había pasado.

—¿Podré decirle a Teiwaz lo que pienso?

Cerunno lo miró de un modo extraño.

—¿Desde cuándo los hombres transmiten sus pensamientos a los altos dioses? ¿Desde cuándo tienen derecho a protestar ante sus decisiones?

—Si encuentro a Teiwaz en sueños le diré lo que pienso, y tendrá que oírlo — advirtió Arminio, con voz amenazadora.

—Y… ¿qué le dirás? Al menos yo debería saberlo. He sido confidente de los dioses desde hace mucho tiempo…

—Sí, debes saberlo, para que nadie te engañe. —Arminio se recostó sobre el codo con dificultad y miró desafiantemente al adivino—. Le diré que me ha traicionado a cambio de haber servido a todos sus propósitos, le diré que es un asqueroso cobarde, le diré que se meta la barba por el culo. Eso le diré. —El querusco soltó una forzada carcajada que delató la debilidad de su pecho—. Le diré que me enfrentaré a Germánico porque me viene en gana, le diré que sus sacerdotes son un atajo de mentirosos, le diré que ya no le sirvo… y que si quiere esclavos que los busque en Roma.

Mientras hablaba los ojos de Cerunno se habían abierto más de lo habitual. Los párpados arrugados y amoratados del anciano mostraban una evidente crispación que no lograba hacerle perder los estribos, quizá consciente de que Arminio solo deseaba provocarlo.

—Eso harás…

—Eso mismo haré, y si en el futuro mis pensamientos te incomodan, lo mejor será que no indagues en ellos.

Cerunno se alzó, y ahora parecía de nuevo un anciano frágil y un mendigo barbiluengo.

—Te he salvado de la muerte y es así como me lo recompensas.

—Me has salvado de la muerte porque consideras que es oportuno para tus propios fines, pero en adelante habrás de saber quién manda. Todos habrán de saberlo. He vuelto para ejercer mi poder, no para ser un instrumento de adivinos y sacerdotes ambiciosos… En adelante podrás ayudarme, cuando yo te lo pida y para lo que yo te pida, pero las decisiones serán mías, oh Cerunno el Sabio. —Las palabras perseguían al adivino como maldiciones.

—Si así lo deseas… —meditó Cerunno.

—Así lo deseo, y no quiero escuchar tus opiniones. Si me lo permites, descansaré antes del asado, aunque si consideras que ya no sirvo a tus planes siempre puedes dejar algunas víboras entre las mantas, así podrás ubicar a otro jefe más conveniente en mi lugar. Pero lleva cuidado, y asegúrate de conseguir que me muerdan, porque de lo contrario…

—¡Cuidado, hijo de Segimer! —le cortó violentamente el sacerdote, cuya figura había recobrado la dignidad del caminante odínico que era, y ahora irradiaba energía como una hoguera—. Aquí la única víbora que parece haber es tu lengua. Ahórrale las palabras necias, antes de que te ahogue en su propio veneno…

Cerunno se apoyó en su vara y lo miró, meditabundo. Se alzó frente a Arminio y lo contempló largamente. Después sonrió.

—Creo que he conseguido lo que quería, incluso más de lo que quería. —Y tras pronunciar esas palabras, se alejó riendo apagadamente, como hacen los ancianos cuando pretenden mostrarse maliciosos.

Arminio maldijo entre dientes y se quedó mirándolo, hasta que su silueta se perdió en el silencioso enjambre de sombras que se recortaba contra el vago resplandor de la hoguera, en la entrada de la caverna.

Mientras caía dormido le pareció que retornaba a unos años que habían quedado atrás y muy lejos, a los tiempos de su infancia, y creyó tener otra vez aquel sueño en que los dioses se enfrentaban con los gigantes en la mañana de los mundos.

Vio una especie de gigante, mitad toro, mitad hombre, de talla más que humana, untado de negro. Un yelmo en el que se enroscaban enormes cornamentas de macho cabrío surgió de las tinieblas. Se movía lentamente, con la pesadez de un coloso. La profundidad de un extraordinario bosque lo envolvía, un bosque que a los ojos interiores de Arminio le pareció el abuelo de todos los bosques, tan viejos eran sus troncos, tan tupidas y decrépitas las excrecencias que colgaban de las densas copas. Asustado, Arminio soñó que aquel gigante desaparecía en las sombras. El cielo, por encima de impenetrables tinieblas, se volvió rojo rusiente de hierro recién martillado, y la bóveda del mundo llameó con clamor de truenos ante la aparición en combate de los sagrados Ases.

Presenció hileras de encolerizados gigantes, grandes como colinas, que amenazaban con sus puños al cielo. Vio bólidos de metal fundido que surcaban el aire arrojados por sus manos ciclópeas y nudosas, una tormenta de hierro que se abatía a su alrededor. Pero de las tinieblas imprecisas de aquel mundo brotó una cúpula de rayos, un altar titánico de nimbos tormentosos que se precipitaban en revuelta y atronadora caída. Iba a su cabeza un carro tirado por enormes machos cabríos, cuyas riendas tensaba un As de barba roja que blandía el pesado martillo. El rayo y el trueno brotaban del chirrido de sus ruedas. Un ejército de nubes traía retumbando el galope de mujeres armadas de largos cabellos cuyas hermosas frentes coronaban yelmos alados, y más allá, por encima de la procelosa marea que atormentaba a los rudos gigantes, tronó el trote de un caballo de ocho patas más raudo que todos los vientos, a cuya grupa iba montado un anciano de porte orgulloso y meditabundo. El Padre de la Guerra, tocado con el yelmo penígero, lucía las alas del águila, un parche cubría la cavidad opuesta de su rostro y una hirsuta barba la mitad de su pecho; empuñaba la larga lanza de las runas, contemplaba el cielo y la tierra con su único ojo.

Armin se sabía insignificante en la profundidad de su sueño, y no obstante, cuando aquel viejo, a la vez decrépito y omnipotente, se volvió en su busca desde las nubes, al sentir que la mirada del ojo divino, perturbado, caía sobre él, lo entendió todo: cuanto le había parecido distante, temible y frío le resultó de pronto ardiente, funesto y colérico. La mirada del ojo único se encendió como un torbellino de fuego y sacrificios, cuyo rayo lo envolvía y lo apresaba, haciendo hervir los torrentes de su sangre igual que lo hace una mortífera ráfaga de ira.