Crepúsculo de los Ases
Capítulo VIII
La noticia del magnicidio cabalgó día y noche, al tiempo que Cerunno enviaba hacia las cuatro esquinas del mundo a sus mensajeros. El sagrado hechicero vistió un sago negro en el que inscribió las runas de Merkwu, y empuñó una antorcha.
—Todavía está vivo —dijo ante la multitud congregada—. Será porteado hacia Wulfmunda ahora.
Callaron todos y solo el relincho de los caballos enturbió el silencio cuando las parihuelas del héroe aparecieron a hombros de sus tenebrosos guardianes. La marcha se inició hacia la medianoche. Cientos de jinetes queruscos precedían el paso de Arminio. Otros miles lo escoltaban por los caminos de su patria.
La noche era negra y profunda, y las antorchas creaban un resplandor de conspiración a su alrededor. Recordaba las escenas de niño ante el thingaz de Wulfmunda, las palabras de Guntram, los gritos de los guerreros, la mirada de su padre: nada podía compararse a aquellos ojos tal y como logró verlos en aquel momento, cuando su alma se había deshecho de todo dolor y las imágenes se sucedían livianas y superiores por el nebuloso resplandor de las antorchas, que apenas lograba acceder a su mente entre los párpados fatigados. Una fantasmagoría de espíritus parecía haber sido invocada por los días de la niñez, y de los penachos de las antorchas brotaban los rostros de los trulla, los alfar y los albar de los que tantos horribles cuentos había escuchado. Parecía que al fin se manifestaban, para observarlo a los ojos antes de partir y cruzar las negras puertas de la noche. Y al volverse hacia la oscuridad levemente, creyó ver recortada en oscuro zinc contra la negrura del mundo, al fin la silueta de Merkwu, gigante entre los hombres. Su figura encorvada se unía a la marcha fúnebre de los espíritus de la tierra, y a Arminio le pareció enorme en su horror como larga e impenetrable era su capa de tinieblas.
Y en el centro de sus delirios, al fin, emergió el anhelo más profundo. ¿Cómo sería su hijo? ¿Y ella, Thusnelda, qué estaría haciendo? Merkwu extendió la mano y la capa de sombra se apartó para mostrarle la imagen de un rincón lejano en una villa romana. ¿Por qué creía que la estaba viendo, de espaldas, en una estancia de piedra soleada, muy lejos de aquel mundo que se sumergía ebrio en las tinieblas de Merkwu? Sin embargo, la luz creció detrás y un resplandor aureorrojizo arreboló el rostro de Thusnelda y el de su hijo.
Era el amanecer, y Demarunga caminó por el horizonte sosteniendo su gran antorcha, incendiando las nieblas de las grandes ciénagas. La máscara impenetrable de Merkwu se volvió hacia los árboles y arrastró su capa por encima de las antorchas, y al pasar Arminio creyó ver al fin sus ojos abismales, las garras de sus manos y la infinita desdicha de su espíritu, y sus uñas descendieron para tocar su herida abierta.
El verde de los bosques se difuminó en una visión borrosa. Los sonidos cambiaron y creyó escuchar la respiración de los árboles. La luz se transfiguraba y ya no era capaz de soportar el persistente dolor. Sus fuerzas se extinguían y era como si pudiese sentirlas escapando de sus músculos en pusilánimes pulsos.
El fin estaba cerca.
—Yo…
Vitórix se volvió, como si lo hubiese alcanzado un rayo.
La comitiva se detuvo. El viento ululaba en las ramas de unos árboles ominosos a la orilla del sendero. La aurora ardía en los confines de la tierra.
Cerunno se volvió a ellos con los ojos entreabiertos, misteriosamente raptado de sus pensamientos; sostenía la antorcha encendida, como un símbolo del héroe todavía vivo. Wulfsung, Witold, Wulfrund, Vitórix, Werwin y Hadubrandt depositaron las parihuelas en la hierba cuidadosamente. La vida retornó a los ojos del líder como una criatura de los abismos que de nuevo asomaba con un reflejo diamantino a la superficie especular de sus pupilas.
—Yo…
—Habla, Arminio… —Cerunno se inclinó solícitamente y tomó la cabeza del querusco entre sus manos. Este hizo un esfuerzo sobrehumano por enfocar su mirada, por articular las palabras que deseaba pronunciar a cualquier precio.
—Yo… vencí a Roma… ¿verdad?
Cerunno sostuvo la cabeza del noble guerrero como si fuese la reliquia más valiosa del templo de la tierra, una prestigiosa piedra tallada en el círculo de fuego de los ídolos. La sangre desbordó por la comisura de sus labios. Los ojos del mago se humedecieron de rabia y de dolor.
—Claro, hijo, claro que sí… —le dijo—. Descansa tranquilo en la gloria eterna, hijo de Segimer. Tú venciste a Roma. Nadie lo hizo como tú. Te recordarán durante milenios. Mientras haya memoria, venerado será tu recuerdo. Eres el héroe, por encima del bien y del mal. Más allá del tiempo y de la transitoria necedad humana, ¡el héroe absoluto!
Vitórix rompió a llorar ruidosamente, como un crío.
Al fin los ojos de Arminio se quedaron fijos y abiertos, mirando un cielo sin fondo por encima de quienes contemplaban la escena, conmovidos y silenciosos. Sus ojos se enrojecieron. Se acercaba la cita ineludible.
Cerunno se inclinó sobre él y besó su frente. Después extendió los dedos temblorosos y le cerró los párpados.
Dejó reposar la cabeza del héroe en su lecho. Lloraba en silencio.
Todos los que presenciaban aquel momento se sintieron tocados por una hora definitiva. Esperaron el estallido de un trueno, el paso fulminante de un rayo, que la tierra se abriese a sus pies… pero ninguna de esas catástrofes vino a sacudirlos.
No era el hijo de un dios, solo un hombre. Había liberado a muchos pueblos. Había propiciado libertad a quienes ni siquiera serían capaces de apreciarla o entenderla, o incluso recordarla. Era fruto de una grandeza humana con pocos pares en la historia de los hombres y mujeres mortales, quizá resultado de una casualidad predeterminada, quizás en posesión de una inteligencia genialmente primitiva, más que de un designio divino.
Pero ese era el fin de toda la facultad inoculada por el azar de los dioses en los cimientos de su cuerpo.
No importaba lo que cualquiera pudiese pensar o sentir. Estaba hecho.
No obstante, para los que estaban allí, parecía increíble e inconcebible que un hombre tan grande pudiese morir de un modo tan sencillo, que la muerte fuera un hecho tan fácil de consumar para la traición.
Había vuelto a las tinieblas de las que toda vida surge y en las que toda vida se extingue.
Cerúnburas el Waniraz inclinó la antorcha y la apagó, hundiéndola en la tierra húmeda. Luego se inclinó sobre Arminio y colocó el Anillo de Cerúnburas sobre su frente. La piedra de fuego, que parecía brillar con luz propia, como si el llameante ojo de Laugi hubiese sido encerrado en ella, ardió en el círculo de oro que la atrapaba.