Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 63 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo II

 

En un rincón olvidado del paisaje más negro de la noche, lejos de los caminos de Molda, Wulfmunda y Awala, un puñal de fuego rojeaba en la masa negra de los árboles. Los perfiles de la leña, abiertos en una fría hendidura, sostenían el chisporroteo incandescente como si, en virtud de una magia más antigua que la tierra y anterior a ella, fuesen inaccesibles a la ambición de las llamas.

El postrero en llegar al cónclave se apartó del último roble y pisó el calvero con la precaución del que rompe un círculo mágico. Sus dedos se cerraron alrededor del asta, pero la lanza le serviría de poco. Los rostros apenas le prestaron atención, todos vueltos hacia las llamas. Junto a ellas, a corta distancia, cuatro bloques de escasa altura sostenían sobre sus cabezas una monolítica espalda de piedra. Encima, espesas pieles de oso la recubrían y una mujer yacía sobre ellas. Sus manos hacían magias sobre un cuerno rebosante de sangre; en otra roca, frente a ella a través del fuego, yacía un lobo abierto en canal. Su cabeza desmoronada se derrumbaba con el cuello vuelto hacia las llamas, y Adgandest sintió un horror mortal al encontrarse con los ojos de la bestia asesinada con tan negros fines.

Caminó lentamente y reconoció a los miembros de la conjura. Su sitio estaba libre, y los ojos se volvieron para recibirlo con mutismo. Los esclavos de las walas, dos deformes durgi, atendían sus peticiones. La que iniciaba el conjuro dejó el cuerno en el centro del altar, justamente entre sus piernas abiertas, y entonces inició el trance, pues parecía que el encantamiento obraba su efecto. Las otras dos walas, mucho más mayores que ella, la asistieron por la espalda, manteniéndola inclinada como si fuese a dar a luz.

Entonces la ansiedad venció el miedo en el corazón de quienes a través de la bruja deseaban escrutar las entrañas del futuro.

—¿Quién podrá detenerlo ahora?

—¿Qué será de los nobles hijos de Germania, de los hombres de Ingwaz?

—¿Quién será el primero en morir?

La bruja elevó los ojos bajo sus sucias greñas. Desnuda, solo la colección de amuletos y torques, las runas labradas en ámbar y trenzadas con crines de caballo, adornaba su pecho descubierto. Pero sus ojos eran como ascuas opacas en medio de la grasa negra y la sangre de lobo con la que se había embadurnado parte del cuerpo.

—Al conjuro de la venganza vienen los hombres sedientos de sangre… —Se rio, insatisfecha—. Antes de responder mezclarse la sangre ha…

El durgi más horrible de los dos empuñó el cuerno sangriento. Lo elevó cuidadosamente y al tenderlo a las manos de Arpo sonrió mostrando sus dientes cariados, la boca deforme, la gran nariz chata, las orejas de bestezuela que le sobresalían entre rizos apelmazados sobre los que reposaba un birrete de piel de topo.

Arpo se llevó con miedo y repugnancia el cuerno a los labios. Se lo pasó a Adgandest y lo mismo hizo él. Después, este se lo entregó al tercer conspirador, que seguía cubierto con una gran capucha de lobo.

Después el enano dejó chorrear el resto del contenido sobre el sexo de la wala. Esta pareció consumirse en un espasmo de magia, y la orden de las asistentes al maleficio fue clara. Arpo fue el primero en subir al altar y tenderse entre las piernas de la ansiosa bruja, a la que penetró en un espasmo de placer y miedo.

La bruja se dejó poseer por todos; uno tras otro los jefes se inclinaron entre las piernas de la mujer cuyo rostro estaba embadurnado con sangre y cieno. Ella los recibía entre gemidos y gritos, como si sostuviese una conversación con un demonio invisible para ellos. Pero empujaron y llegaron hasta el final, consumando la penetración como aquel ritual lo exigía.

El último fue Adgandest. Vaciló ante aquel cuerpo cubierto de horror, que hedía. Miró los hambrientos labios de la mujer, descarnadamente lascivos en medio de la desnudez teñida de sangrienta sombra. Era reticente a la práctica mágica. Pero lo que él llamaba deseo de venganza y precaución en realidad solo era miedo, una fuerza enorme que palpitaba en su interior.

Había visto los ojos de Arminio, pues la mirada penetrante y llena de poder del Kuningaz de Germania había caído sobre su rostro en varias ocasiones, y lo temía. Lo temía como a la mordedura del lobo, el zarpazo del oso o la picadura de la víbora. Sabía lo que escondía aquel poder superior concentrado y rebosante en las manos de un líder fiero e implacable como Arminio. Muy pronto sus rivales podrían sufrir las consecuencias de aquella victoria. El líder de los Ases había proclamado el fin de Guntram como arbitro de la Alianza, el fin de la hegemonía de los sajones y los herulios. Los queruscos se habían investido en los últimos decenios de una soberbia justificada tras la batalla de Teutoburgo, y su líder parecía ya ser invencible.

«Pero ha insultado a los dioses», dijeron muchos jefes en silencio, jefes de otras tribus vecinas que estaban amedrentados y escondidos en la larga sombra que proyectaba la figura de Arminio a su alrededor.

«Ha despreciado a Ingwaz», aseguraban los hechiceros. «No quiso entregar la victoria a los dioses…».

Y muchos rememoraron la proclamación que hizo el querusco al ver cómo Marbod se retiraba del campo de batalla, huyendo de la inminente victoria de los aliados del oeste. Juntos vencerían a Roma, y juntos vencieron al Rey Brujo. Pero el sacrilegio estaba hecho, se repetían en los fuegos de campamento y en las reuniones, de camino a su patria, y siguieron el cortejo victorioso de Arminio el Usurpador cavilando sobre su poder mermado y sobre cómo recuperarlo. Y recordaron el momento de las leyendas en el que Ingwaz despertaba con su sacrificio el poder de las walas para conocer el destino y provocar maleficio, y amparados en la esperanza de esta magia urdieron los pasos de la conjura.

Adgandest volvió en sí a la escena y se dio cuenta de que todos esos pensamientos habían cruzado su mente con un solo latido de su apresurado corazón. Se apartó las pieles y se arrodilló entre las piernas de la bruja venciendo el asco en aras de la venganza, y consumó la magia sexual a la que eran obligados por la hechicera. Al final y con gran frenesí, ella lo envolvió con sus brazos y lo arañó mientras él depositaba toda su fuerza en el interior y languidecía, flojo como la cuerda de un arco que ha recorrido el filo de un cuchillo demasiado afilado. Entonces se apartó y cayó frente a los conspiradores y la bruja volvió a calmarse. Se acariciaba la grasa del cuerpo y se retorcía. Luego los miró como transfigurada. Después se inclinó en cuclillas sobre un pequeño recipiente de cobre y escondió la cabeza entre los brazos. Los cuatro jefes la miraban. El fuego de la hoguera iluminaba sus rostros barbados. La noche era profunda a su alrededor.

La bruja se puso en pie y se envolvió en una piel de oso, temblando, y volvió a ocupar su trono, y ahora las otras dos walas se sentaron junto a ella. El más horrible de los durgi tomó el caldero sobre el que se había inclinado la bruja y lo depositó ante ellas. Los hombres comprobaron que allí había cierto líquido depositado, en el que ella escupió. La esencia de los conspiradores estaba allí reunida.

Extendió las manos y acarició el caldero por uno y otro extremo. Luego comenzó a echar pequeñísimas cantidades de extraños ingredientes que ninguno supo identificar; algunos eran hierbas trituradas, otros parecían pedazos de piel o inmundos restos de animales.

La bruja los miró uno a uno y pareció volver a estar allí, con sus ojos transfigurados y su demente mirada.

Arpo, que había presenciado casi todo el proceso con sorpresa y sumo asco, volvió a inquirir:

—¿Leerás el futuro de los hombres, wala?

—Skrattaz, unhulþa, ungadæmja… —repetían incesantemente las otras dos, en un susurro persistente y aterrador, cuando la hechicera respondió con voz gutural:

—Su futuro se cuece en la caldera.

—Ulfskrattaz, ulfunhulþa, ulfungadæmja… —repetía el coro.

—Dinos ahora, en el nombre de Laugi, quién será el primero en morir.

La bruja musitó algo extraño y sacudió las greñas. Arpo abrió una pequeña bolsa de piel y extrajo una pepita de oro, que tendió a las manos ávidas de la bruja. Ella la arrojó en la caldera y allí se manchó en la densa repugnancia.

—El cátto será el primero en morir, eso dicen las voces de abajo.

Adgandest la miró, como si un escalofrío hubiese recorrido su espinazo. Solo había un cátto en aquella reunión, y era él.

—¿Será Erminer quien lo mate?

La bruja sibiló y masculló y aulló exigiendo silencio al jefe, prohibiéndole que pronunciase cierta palabra, se arrojó adelante y le cerró la boca con la mano ensangrentada.

—¿Será… él quien lo mate?

—Una sombra vendrá y lo matará. ¡Pero no será el cobarde quien lo haga!

—¿Y Arpo? ¿Qué será de él? —preguntó Adgandest con alevosía.

—Vivo veo al que mucho pregunta, muerto estará cuando se quede callado.

Arpo sonrió. Estaba claro para él, que quien está muerto no puede hablar palabra alguna, de modo que no entrevió amenaza alguna.

—¿Y el hijo de Ucróner? —inquirió Adgandest.

Una espantosa voz brotó de la boca del tercer conspirador al tiempo que se retiraba el lobuno capuz.

Allí estaba: había sobrevivido al ataque de Segimer tantos años atrás. Recordaba el ajusticiamiento de padre y madre como si hubiese sido ayer. Segimer Wulfalahaub, Cabeza-de-lobo, lo había pasado a cuchillo junto al astil de justicia, pero no había sido un corte profundo. La piedad del líder querusco había sido el mayor desprecio al que podía haber sido condenado para toda su vida.

Sesítaco era él, aunque había vivido lejos de su tierra y de sus familiares, dado por muerto, y desde entonces lo habían llamado Cumaralic, de jēmaralïka, por su rostro siempre triste, aunque las brujas de los bosques, a las que había servido desde entonces, lo conocían como Skadugan, caminante de lo sombrío. Se retiró el paño con el que envolvía la vergüenza que tatuaba su cuello: allí estaba la larga cicatriz que el sacerdote de Molda le cosiera rápidamente. El corte no había seccionado ninguna de las vías de sangre principales, pero le había dejado la imposibilidad de hablar como un hombre normal para toda su vida. Pasó una larga temporada debatiéndose en el fondo de una cueva, a punto de morir, ingiriendo brebajes y caldos… pero sobrevivió para odiar.

La sombra de Sesítaco, Skadugan, extendió la mano y abrió la palma ante la bruja. Ella tomó un cuchillo y abrió un pequeño corte, del que manó algo de sangre, que goteó en el interior del caldero, el cual ahora humeaba y empezaba a homogeneizar su contenido gracias a un brasero ubicado justo debajo.

—El hijo de Ucróner entregará la venganza al hombre-cuervo, y él empuñará la uña desgarradora…

—¿La consumará? —preguntó Adgandest con ansiedad—. ¿Lo conseguirá?

—Laugi ayuda pero los dioses disponen… —respondió ella vagamente.

—Dinos lo que veas, bruja, ¡dínoslo! No importa lo que sea; aquí hemos venido a prestar juramento para conjurar su muerte y para poner de nuestra parte a todos los alfi… No importa y habla: ¿lo conseguiremos?

—¡No lo conseguiréis! —gritó la loca—. ¡No lo veo! ¡Vosotros no lo mataréis! Pero la promesa está hecha, si no lo hacéis la maldición de Laugi perseguirá también a vuestros hijos y a los hijos de vuestros hijos…

La bruja empezó a reír atormentadamente, y los ecos de aquel espanto se alejaron por las tinieblas, amplificados unos en otros. El fuego había decaído junto a las piedras y el resplandor se retiraba como un telón de bruma.

Skadugan le robó el puñal y rápidamente le abrió el cuello de parte a parte.

La bruja cayó de espaldas bañada de pronto en su propia sangre y ahogando un espantoso grito. Las walas huyeron profiriendo agudos gritos, pero Skadugan las persiguió y las asesinó a las dos. Los enanos se habían marchado, cuando el asesino, ante la mirada horrorizada de los presentes, empujó el cuerpo ensangrentado de la bruja sobre las brasas, donde empezó a escucharse un siseo entre las llamas.

—¡Traed leña si no deseáis morir por el maleficio! —ordenó con su jadeante voz.

—¡Maldito loco! —gritó Arpo, saliendo de su aparente impasividad y tratando de detenerlo. Pero ya era tarde. La bruja se atragantaba con su propia sangre y su cuerpo estaba entre las llamas.

Adgandest obedeció y buscó leña a su alrededor.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué me has seducido a este encuentro? Me atraes a maldiciones… Mira a tu alrededor —gimoteaba el jefe—. Laugi ha conjurado un plan fatal e incierto, la hechicera degollada y este loco… que no servirá para nada… — protestaba Adgandest, amedrentado.

—Confía en los dioses de la muerte y te darán venganza —gimió Skadugan—. Ya no se podía hacer otra cosa. He vivido demasiados años en compañía de estas gentes sombrías, y sabía cómo detener la engañosa maldición de esa bruja. Hecho el conjuro, y harta de vuestras preguntas, retorció el destino en vuestra contra, y solo se puede torcer la palabra de una wala en un sacrificio de muerte abriendo su propio cuello para… ¡sacarle las últimas palabras y enmendarlas!

Miraron a la bruja, que se desangraba rápidamente. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Las otras dos yacían no muy lejos, alcanzadas por el puñal mortal de Skadugan.

Arpo tomó el espantoso caldero y lo elevó cuidadosamente para mirar en su interior. Skadugan empuñó una lanza y, después de calentar la punta entre las llamas que abrasaban el cuerpo de la bruja, sumergió la punta ardiente en el contenido del caldero. El vapor deletéreo se elevó en pestilencia fantasmagórica y la densa neblina se enroscó tenazmente alrededor de la punta de la lanza.

Luego Skadugan roció el resto del líquido por el astil de la lanza y la dejó sobre el altar de piedra, del que había apartado las pieles de las walas, mientras la bruja se consumía en las llamas emitiendo un horrible olor.

—Y devolvamos el destino a su lugar —dijo Skadugan. Vertió el último resto del contenido del caldero en la boca entreabierta de la bruja. Desde allí manó a borbotones, disolviendo parte de la sangre que había dejado un reguero en las comisuras de sus labios.

—¿Y eso bastará?

—Seguirás adelante, Adgandest. Y Sesítaco nos ayudará —aseguró Arpo.

Skadugan permaneció en pie ante la lanza tendida sobre el dolmen, y volvió a cubrirse con su capuz de lobo.

—Atrás ahora, señores de Germania, pues la lanza de la venganza debe secarse antes de que vuelva el amanecer sobre los árboles. ¡Marchaos, y esperad la mortal cacería!

Arpo y Adgandest retrocedieron hacia las tinieblas, donde desaparecieron en busca del sendero y los caballos.