Crepúsculo de los Ases
Wardawulf: El Hombre Lobo
WARDAWULF:
EL HOMBRE LOBO
GERMANIA
I
BOSQUES DE HERCYNIA
Algunos señores queruscos[1] se congregaban en la entrada de la cueva. Habían ido llegando a lo largo de los últimos días. Especialmente la noche anterior, con el rumor de que él vendría a compartir la caza. Pero no fue así. Asaron y comieron, pero el líder no vino de las profundidades de la tierra en las que, según se decía, se sumergían aquellas cavernas, retorciéndose en la roca madre como un laberíntico nido excavado por gusanos mitológicos que acaso eran capaces de roer el mundo hasta alcanzar las mismas Fuentes de la Prudencia, donde varios demonios custodiaban un mágico manantial capaz de bendecir a su bebedor con el don de la sabiduría y el misterio de las runas. En aquellos rincones de sacerdotes, en esos santuarios que ningún mortal quisiera visitar llevaba ya semanas encerrado el Libertador de Germania, el guerrero en posesión del nombre más glorioso de todos los tiempos.
Un héroe, y, entre los germanos, un descendiente de los dioses, un elegido de destino invencible, un líder en cuya frente se había posado la invisible estrella cuya luz era capaz de guiar a los pueblos hacia la victoria.
Se contaba que Arminio [2] el Querusco había descendido a las Fuentes de la
Prudencia en busca del consejo de un demonio llamado Ingmo, cerca de Nerthus[3], quien había dado muerte a criaturas monstruosas que jamás vieron la luz para evitar que se apoderasen del misterio del manantial. Se narraban cuentos, horrísonos en los oídos de los niños y rutilantes en la imaginación de los señores más ambiciosos, mas todos ellos habían evitado mostrar la verdad: que un hombre desesperado se había debatido entre la locura y la muerte durante semanas, medio ahogado por la ira; que el poderoso héroe de Teutoburgo se había sentido impotente ante el rapto de su mujer embarazada; que había rehusado volver al mundo de los hombres mortales, harto de sí mismo.
El vasto salón subterráneo, un antro de dragones propio de las sagas nórdicas, se ensanchaba al pie de los árboles y había dado cobijo a la comitiva convocada por los hechiceros. La mayor parte de estos hombres eran miembros de la guardia personal de Arminio, muchos de ellos amigos de la infancia. Ahora la mañana envejecía y el sol descendía en la trama de la floresta: una lanza de luz atravesaba al bies el muro de árboles y penetraba en el antro, extendiendo por encima de la piedra una veta de fuego que separaba claramente la luz de las tinieblas.
Podría haber sucedido en cualquier otro momento, pero fue entonces cuando escucharon pasos y un murmullo en las paredes. Algunos sacerdotes vinieron con sus barbas ralas y sus andrajos, apoyándose en sus largos cayados, otros se detuvieron, en pie, junto a las llamas. Un fantasma caminaba detrás de las sombras, y ninguno de los presentes pudo imaginar que se trataba del hombre que había vencido a Roma.
Aquello que los demás esperaban de él no tenía nada que ver con lo que él mismo había concebido. Lo que otros se atrevieron a considerar se hallaba lejos de la verdad. Incluso Cerunno se había derrumbado ante sus cavilaciones.
A Arminio le había costado semanas aceptar la realidad; sin embargo, una vez asumida descubrió un nuevo mundo a su alrededor, un mundo que desconocía. No importaba que se situase en el mismo entorno geográfico, que fuese a encontrarse con los mismos rostros, o incluso no le importaba tampoco que a su alrededor todos tuviesen sus propios pensamientos sobre él. Se habían quedado encadenados al pasado y seguían viviendo en el pasado. Esas pocas semanas habían sido un lapso de tiempo demasiado breve y distendido para los que se quedaron a la luz: las tinieblas, siempre abismales, le habían ayudado a comprender el horror, a familiarizarse con su rostro moral, a entablar amistad con su ominosa presencia, y el tiempo, como decían algunos sacerdotes, no transcurría de igual modo en las profundidades del mundo, lejos de la luz del sol. Los demás se habían quedado atrapados en una realidad que ya no era la suya.
No lo sabían, pero eso era todo lo que restaba de él. Buena parte de su persona se había quedado en esas tinieblas subterráneas, como un espectro o una esencia fantasmal que había huido de su cuerpo y de su mente. Arminio volvía a la luz del día y no sabía con quién iba a encontrarse al ver su rostro reflejado en las aguas de un estanque o en un espejo de bronce bruñido.
Varias palabras hirvieron en su mente, peligrosas como la simiente del rayo, mientras caminaba cabizbajo y pensativo, oculto tras la salvaje barba que desvirtuaba su semblante. Una de esas palabras no le abandonaba ni en sueños: Germánico, el
hombre que había ordenado el secuestro de su esposa embarazada. Thusnelda[4] y un hijo que no tardaría en venir al mundo ya vivían demasiado lejos, más allá incluso de las fronteras de Germania, de eso no le cabía la menor duda. El general romano no habría dudado en alejarlos cuanto antes, consciente del valor que atesoraban. Pero en su ofuscación Arminio había comprendido una idea: cuanta más importancia le concediese a su mujer y a su hijo ante el enemigo, cuanto más negociase y cuanto más discutiese por ellos, más valor representarían para los captores, y más peligro correrían. Convencer a Germánico de que Arminio era un ser insensible y violento, incapaz de valorar la vida de su mujer y de su hijo, serían la mejor salvaguarda de aquellos. Si dejaban de ser valiosos para Arminio, dejaban de ser valiosos para el enemigo, y se convertían en trofeo y ornamento. Y en cuanto a Germánico, sabía que era un hombre de honor, los mantendría presos como un triunfo, un valiosísimo trofeo que exhibir, pero no se atrevería a ordenar su muerte gratuita. Sabía que así se convertirían en una atracción más para adornar su victoria, mientras que matándolos pasarían desapercibidos. Y con todo, ese sería el fin de su familia. Tenía que esperar a Germánico. Volvería. De eso tampoco le cabía la menor duda. No serviría de nada inquietarse ni tampoco ir en su busca. Tenía que reservarse. Otro nombre se interponía sin remedio en cualquiera de sus intenciones: Marbod. El Rey Brujo. El enemigo del este. El germano advenedizo de Roma. Marbod tenía que caer, y cuanto antes sucediese, tanto mejor para sus expansivos planes. Por otro lado, Segest: soñaba con matar de mil maneras al que era padre de su mujer y, para mayor vergüenza, el instigador de su rapto, y a su hermano, Segmund el Manco. Y en cuanto a su propio hermano, Segifer… lo descuartizaría con sus manos y echaría los desperdicios a los cuervos. No sabía si lo conseguiría, si lograría abrirse paso entre la maraña de adversidades, pero esas eran las razones que le obligaban a seguir vivo.
Todo lo que los demás vieron, con gran sorpresa, fue un hombre demacrado, de descuidada e hirsuta barba, más delgado y encorvado que unas semanas atrás. Sus pieles parecían harapos y no se cubría las sucias greñas con la cabeza de lobo que lo
había distinguido como [5] kuningaz de los clanes queruscos. Quizá lo que les sorprendió fue eso: que vieron solo un hombre, cuando pretendían admirar al idealizado héroe invencible de vigor inagotable y mando infalible. Pero las personas se construyen sus ídolos y para que estos tengan validez han de ser a semejanza de sus ideales: lo que los demás consideraban un héroe debía ser representado, y no lo que el héroe en realidad fuese por sí mismo.
La indiferencia del querusco podría ser, quizás, el rasgo más atrayente de su personalidad en aquel momento para observadores atentos. No importaba el silencio que reinaba en la penumbra de la caverna, ni los cien jefes que lo recibían, recelosos y a la vez respetuosos ante su persona y su nombre, ya legendario en Germania. Toda la ceremonia parecía ser ajena a Arminio. Y se habrían sentido ofendidos si hubiesen entendido la real y absoluta impersonalidad de cuanto sentía este hombre ante ellos, la combinación de asco y de negación que controlaba su espíritu. Era como si no estuviese allí. Todo eso carecía de valor. Deseaba desaparecer en las tinieblas de los bosques, hablar a través de mensajeros, vivir en la sombra, volver a ser un funesto y amenazador lobo, como en los tiempos en los que había preparado su obra maestra: la batalla de Teutoburgo.
La luz lo acosó entre las ramas. Arminio se cubrió los ojos y sintió frustración. No miró a nadie y arrugó el rostro alzando el brazo. Cerunno se detuvo a unos pasos e hizo un gesto imperioso a los demás. Los sacerdotes se paralizaron por su señal, y los amigos de Arminio, que trataban de acercarse a él como solicitando su saludo y esperando ser reconocidos, también se quedaron quietos como convertidos en piedra.
Arminio deambuló en la luz al pisar aquella línea de fuego que penetraba en la caverna y cuyo resplandor ascendía dorando el arco superior de la roca. Se detuvo, al parecer mareado, pues se tambaleaba. La luz era un suceso terrible después de semanas enteras en las tinieblas. Sintió que desfallecía, pero no apartó el brazo derecho de sus ojos. Se detuvo extendiendo torpemente el brazo izquierdo, igual que un ciego que busca refugio en hombro ajeno; entonces cayó de rodillas y escucharon su jadeante respiración. Apartó lentamente el brazo con el rostro contraído y sintió aquella fuerza sin nombre rutilando por encima de sus párpados cerrados, una mirada insolente y obscena que penetraba hasta el último rincón de su alma, un ojo de cuya presencia era imposible zafarse: el astro todopoderoso y omnipotente del dios de la guerra.
Solo Cerunno se aproximó a él cautamente, rodeándolo, hasta situarse a cierta distancia, a su diestra. A diferencia de lo que muchos esperaban, el santón de Wulfmunda no pronunció ninguna runa. Sentían la lucha interior de aquel hombre.
El rostro de Arminio parecía crispado por la ira. Cerunno extendió la palma de su mano abierta.
—No lo hagas, no todavía… —murmuró el mago.
La respiración entrecortada de Arminio atemorizó a los presentes, conscientes de que podría haber sido poseído por extrañas divinidades nocturnas en su retiro de las cavernas. Un profundo cambio se había obrado en el alma del querusco: ya no obedecería jamás a nadie.
Arminio abrió los ojos y trató de respirar profundamente.
Desafió al sol tal y como le habían prohibido. No estaba dispuesto a mostrar ni un gramo más de pleitesía ante dioses supremos que premiaban su liberación de Germania con exitosas traiciones. Detestó el nombre de Ingwaz y el de Teiwaz, maldijo en su ira el nombre de Thunar, escupió al rostro de las valquirias, a las que imaginaba a su alrededor, burlonas y gélidas, y los presentes escucharon las sacrílegas palabras. Ya no le importaba el designio para el que pudiese haber sido escogido. A partir de aquel momento no respetaría la voluntad de sus dioses, ni dialogaría con ellos a través de sus intermediarios. No valoraría sus opiniones ni sus augurios. Él mismo, un destructor de civilizaciones, un usurpador de imperios, sería omnipotente… Sus propios dioses le parecían vulgares traidores. Los ideales de Cerunno existían solo para volver serviles a los hombres frente a los designios de los dioses… No volvería a ser un hombre que sirviese a nadie, ni siquiera a los supremos amos de los nueve mundos. A partir de aquel momento se proclamaba libre, y como dueño de sus victorias estaba dispuesto a hacer con ellas lo que considerase oportuno.
La luz quemó sus retinas y sintió un agudo dolor de cabeza. Extendió los brazos y respiró como en un rugido.
El dominio de Cerúnburas el Sabio había acabado.
Era la hora de aquel a quien Roma ya conocía como el Rey de los Bárbaros.
Se levantó, ladeado. El hechicero trató de socorrerlo, pero Arminio lo arrojó a un lado con violencia y cayó al suelo en su rechazo, para volver a levantarse de nuevo con dificultad. Escapó de aquella luz acusadora, entró en el claro bajo los árboles y huyó al sotobosque como una sombría alimaña. Detrás de él, sus amigos corrieron a su encuentro, lobos despavoridos que al fin persiguen a su líder.