Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 47 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo IV

 

Arminio retrocedió como en medio de un sueño. Irreal, el mundo se desplazó a su alrededor, hierba, viento y árboles. No podía alejar de su pensamiento la imagen de su mujer y de su hijo viviendo cautivos en la casa del romano… ¡y su hermano se hallaba a su alcance, tenía que matarlo a cualquier precio! ¡Había estado tan cerca de conseguirlo…!

Las tropas de Germánico iniciaron el cruce del río Visurgis, cohorte tras cohorte, apoyándose en las posiciones conquistadas por los bátavos a cambio de casi toda su sangre. Germánico hizo los honores funerarios a Cariovald, y su padre recibió, algún tiempo después, las medallas que su hijo había ganado en heroico combate a favor del Imperio romano.

 

El querusco, mientras tanto, conocedor del terreno, retrocedió por aquellas tierras salvajes hacia el lugar que había escogido para presentar batalla de manera masiva: el Monte de Thunar.

Era uno de los muchos montes consagrados al dios del trueno y diseminados por la vasta geografía germana, no solo apto para levantar la moral de sus hombres gracias a sus atributos divinos y mágicos, sino por su posición estratégica en la única línea de avance posible del ejército imperial si se había propuesto seriamente invadir los territorios de los queruscos.

Germánico siguió a las hordas al frente de sus ocho legiones desplegando su orden. Llegó hasta allí y acampó en campo abierto. Levantó empalizadas y esperó, mientras el crepúsculo teñía de sangre un infierno de nubecillas suspendido sobre los confines de la tierra.

Por la noche, un desertor germano atrajo la atención del campamento. Germánico lo recibió maniatado junto con el alto mando. Las luces de las palmatorias iluminaron un rostro amedrentado.

—¿Por qué lo has hecho?

El germano no respondió.

—Supongo que se te acusaba de algo y por eso has preferido desertar a quedarte con ellos.

—Los que se acobardan durante una batalla son condenados a muerte por los jefes germanos —aclaró Casio.

—Está bien, ahora ha entrado en Roma, y un desertor que está dispuesto a defender las águilas es bienvenido hasta que se demuestre su invalidez —aseveró Germánico.

»Dile que hable.

El germano explicó en su lengua que Arminio había planeado lanzar un ataque en plena noche.

—Podría ser cierto o no, pero doblaremos las guardias y haremos turnos de vigilancia para las cohortes. No es nada nuevo, todos imaginábamos que Arminio podría intentarlo. Le servirá de poco —explicó Germánico.

La noticia de que un desertor había entrado en el campamento fue muy bien recibida, Germánico se disfrazó de portaestandarte y se puso la capucha de piel de leopardo, para no ser descubierto por los legionarios. Deambuló de fuego en fuego, escuchando las conversaciones de sus hombres, y constató que la moral de su ejército estaba alta, y eso le pareció un augurio de victoria como muy pocos que pudiera imaginar. Poco tiempo después las advertencias se cumplieron y los germanos atacaron las empalizadas. Los legionarios, que ya estaban preparados para esta situación que tiempo atrás se consideró más que probable, fueron a defender las empalizadas y el foso. Los germanos arrojaban lanzas y piedras, pero en buena parte del espacio posterior a las murallas los legionarios formaban bajo sus escudos. Germánico ordenó que las máquinas de guerra empezasen a trabajar. Catapultas, onagros y balistas iniciaron un incesante ataque. Los germanos sufrieron la caída de los proyectiles, que abrían las tinieblas con un desgarro invisible barriendo varias vidas de un solo golpe. Esta intervención los disuadió de la escalada de las murallas, aunque se dieron varias tentativas. Los romanos veían cómo los berserkr y wulfaskinth, los hombres-oso y hombres-lobo, poseídos por la furia de sus dioses tenebrosos, se arrojaban trepando por sus escalas y aullaban envueltos en pieles negras, las greñas enmarañadas, los rostros embadurnados, las fauces abiertas. Los reducían en medio de luchas de diez romanos contra uno, y esto amedrentó a los legionarios.

A pesar de todo, la noche pasó rápidamente, y los legionarios contemplaron la salida del sol agotados y nerviosos. Las hordas germanas retrocedieron y se dispersaron en las faldas boscosas del monte que dominaba aquella llanura conocida como Idistaviso. Pero si las misteriosas diosas que le daban nombre estaban de parte de Arminio, eso todavía estaba por ver.

Los bronces sonaron y Germánico, decidido, ordenó que las tropas se dispusiesen para el ataque total.

 

El cielo estaba despejado. Las nubes se dispersaban en el norte, pero era como si un viento aliado hubiese hecho acto de presencia en el campo de batalla. La llanura todo alrededor, vasta y amplia y las faldas revestidas de árboles de las colinas, parecía preparada para las maniobras de un gran ejército como aquel; ante ellos se elevaban los hombros gibosos de un monte que, según los romanos, los germanos consagraban a una divinidad semejante a Hércules: el Monte de Thunar, y a unas sacerdotisas llamadas Idis.

Todo lo que vieron fueron nemorosas laderas tras una prolongada pendiente y túmulos de gran tamaño que se apoyaban unos a otros, encumbrando una cima especialmente alta y redonda, desde la que, así lo suponían, Arminio los vigilaba.

Germánico ordenó la formación de su ejército al ver que las hordas de su enemigo tomaban posiciones en las faldas del monte, a lo lejos, inundándolo como una marea hormigueante que alteraba el color del paisaje. Se escuchaba la algarabía desordenada de sus trompas de caza, vociferantes corros en la lejanía.

Arminio se disponía a frenar el avance de las legiones, y por fin parecía decidido a una postura frontal, y no a una permanente y artera emboscada. Cuando las puertas se abrieron y las legiones empezaron a disponerse, se encontraron con las hogueras rituales que vieron encendidas durante toda la noche. Ahora humeaban. En ellas, los sacerdotes germanos habían ordenado la quema de cuerpos romanos y aliados de Roma. Germánico, a la grupa de un gran caballo blanco, se había armado para la victoria. Se coronaba con el yelmo de su padre, la gran capa de múrice a su espalda, la coraza bruñida con el rostro de Medusa mirando hacia el frente. Se inclinó sobre la imagen que un centurión le mostraba. Al cuerpo de un soldado romano, del que todavía se distinguían las partes carbonizadas de su armadura, habían atado aves que habían ardido con él. Posiblemente cuervos u otras alimañas despreciadas por los druidas, que unían como símbolo de la derrota o para provocarla. La hoguera, que se interponía al paso de la legión, dejaba escapar unas volutas acres, y los cráneos carbonizados devolvían miradas de horror a quienes, acobardados, osasen contemplarlos.

—Traed a los zapadores a primera fila y que destruyan y entierren cada uno de estos sacrificios —ordenó el legado imperial. Uno de los augures que acompañaba su séquito, alzó el lituus e imploró:

—¡Oh, Germánico! ¿Dejaremos a nuestros muertos sin digno funeral?

Los ojos de halcón de Germánico cayeron sobre él con la intensidad de un ataque mortal.

—Digno funeral tendrán todos, pero no te impacientes, aún habrá más. Sin embargo, no es momento de amedrentar a los hombres con funerales, sino de encorajinarlos y enardecer sus corazones. Cuando hayamos acabado con Arminio, entonces haremos los honores. ¡Ahora preparaos para la guerra!

El mismo augur dio unos pasos por delante de los caballos. Por detrás, y ambos lados, por diferentes calles entre las cohortes, los regimientos de zapadores empezaban a ocupar la vanguardia, desplazándose por delante para ir destruyendo las huellas de los sacerdotes germanos y sus sacrificios humanos.

El augur alzó su vara y la sostuvo contra el cielo como si quisiese atrapar al sol con la horquilla. Después se volvió. El sordo rugido de las hordas empezó a elevarse delante. El brazo del augur se elevó y señaló los bosques, por encima del sol.

—¡Allí! ¡Las águilas están con Germánico! —gritó.

Se volvió, vibrante y sudoroso a causa de la marcha y la emoción.

—¡Las águilas están con Germánico! ¡Tres águilas!

Germánico y su alto mando se fijaron y distinguieron las tres figuras. No podía darse augurio de victoria más propicio que aquel que contemplaban: en nombre de las legiones que sucumbieron bajo el imprudente mando de Varus, ahora tres águilas se confabulaban para bendecir el despertar del ejército vengador de Roma.

Germánico ordenó avanzar a su caballo y se distanció del mando. Desenfundó el gladio de argénteo puño y lo levantó en medio de una ráfaga de ira como jamás la había sentido, y al encabritarse su caballo pareció que la punta iba a sumergirse en la bóveda del cielo, hiriendo el palacio de aquellos dioses traidores de Germania.

—Roma Victrix!

El orden se completaba: mirando su ejército de frente, a su derecha se extendían las larguísimas filas de las tropas auxiliares, detrás, las de arqueros. Más allá, cuatro legiones enteras, y en medio, la caballería de Emilio y dos cohortes pretorianas enviadas por Tiberio para reforzar la campaña. Con simétrica disposición, a izquierda, otras cuatro legiones, dos cohortes pretorianas, y la caballería pesada bajo el mando de Stertinio, así como mil quinientos arqueros montados. La formidable fuerza se enfrentaba a un arco de tropas germanas que se extendían entre los bosques y las elevaciones próximas al río, rodeando el campamento romano en medio de las grandes praderas.

 

Germánico comenzó a pronunciar su discurso ante el frente creado por las ocho legiones. Dejó que sus legados repitiesen las palabras que iba pronunciando, mientras los centuriones lo hacían más adentro en el cuerpo de las cohortes. Los hombres escuchaban mientras en el horizonte se formaba la masa del ejército enemigo. Sin prestar atención al desordenado bramido de las trompas germanas, Germánico dijo:

—Estamos en un terreno propicio. La llanura está de nuestra parte. Aquí podemos luchar mejor que en ningún otro lugar. Los bosques también son mejores, porque los inmensos escudos y las largas lanzas germanas tienen mal manejo entre las malezas. Sus endebles tablas coloreadas no pueden compararse con nuestros escudos imperiales, tienen que multiplicar los golpes para alcanzar vuestros rostros porque las armas ceñidas al cuerpo os protegen mucho mejor. Y a pesar de su fuerza, esos bárbaros son poco resistentes. ¡Tenemos un día soleado, los dioses están con nosotros! ¡Resistid! ¡Resistid en todo momento y esperad a que flaqueen! ¡Hoy no pueden vencer, estad seguros! ¡He visto tres águilas volando en la dirección de avance de mi ejército! ¡Marte está con nosotros!

Después volvió a su posición con el alto mando. Los zapadores habían acabado de soterrar los sacrificios al fuego, y las legiones se pusieron en marcha, línea tras línea. El movimiento fue pausado por la presencia de los arqueros montados. Las primeras unidades empezaron a formar en tortuga, cerrándose con los escudos, de los que salían las puntas afiladas de sus pilum. Por delante, las tropas auxiliares se preparaban cantando canciones de guerra galas y batiendo sus escudos a cada paso.

El acero chirriaba. El muro vociferante crecía ante ellos. Los germanos esperaban furiosos, reteniéndose unos a otros. Ahora podían distinguir las formas de sus jefes, sus rostros feroces, pintados de barro.

Los auxiliares galos aduatucos y toxandrios, los auxiliares germanos y los arqueros a pie iban al frente; cuatro legiones, con Germánico y dos cohortes pretorianas, el cuerpo de guardia de élite imperial y la caballería selecta formaban inmediatamente detrás. Después avanzaban otras cuatro legiones, la infantería ligera y los arqueros a caballo.

Las turmas de caballería se desplegaron por detrás de las unidades auxiliares, que se desplazaron creando un inmenso casillero entre las cohortes acorazadas. La fortaleza del ejército imperial se orientó en su mejor orden de batalla y progresó lentamente por la llanura, hasta que empezó la larga pendiente del monte sagrado, cuyo santuario daba nombre a la pradera de las Idisi. Poco después escucharon lo que se avecinaba. Los ojos medrosos de las unidades de vanguardia espiaban entre las rendijas de los escudos, y en ellos se reflejaba la luz de una imagen terrible: los bárbaros esperaban tras otro larguísimo muro de escudos.

No se disponían a atacar enceguecida y frontalmente. Así es como más bajas habrían sufrido ante aquel despliegue, planeado por Germánico ante la posibilidad de un ataque masivo al más puro estilo germano.

Pero no era así. Ahora el general romano se daba cuenta.

Arminio estaba allí y eso significaba argucia.