Crepúsculo de los Ases
Bajo el Muro de los Angrívaros
I
Wulfila ya estaba muerto cuando el querusco llegó al campamento de su clan. Wulfsung lloraba su pérdida. Wulfrund todavía no había aparecido. Pasaron las horas y cayó la noche. Arminio dejó que se ocupasen de su herida. Tras el último embate de la furia, había sentido un gran dolor. No entendía ni siquiera por qué estaba vivo. Trató de reponerse y pasada la medianoche se encontró con el clan. Wulfrund ya había llegado y maldecía el mundo ante el cadáver de su padre.
Wulfila había sido un noble guerrero. Arminio vio su cuerpo inmóvil y se hizo mil preguntas sin respuesta. No importó lo mucho que había compartido con aquel hombre, que le había salvado la vida en numerosas ocasiones. Él había hecho lo mismo. Simplemente imaginó una larga sucesión de muertes. Aquel día le tocaba a Wulfila, legendario señor de hordas armadas con hachas en el clan del lobo negro, el inseparable compañero de su padre Segimer. Se iba al fuego una parte de su padre con aquel hombre. Y ese era el fin. Quizá mañana le tocaría a él. Sintió sumo desprecio hacia su propia vida, pero también hacia la vida de los demás. Estaban allí para luchar hasta la muerte y eso era todo.
Las llamas crepitaron ante el canto de los sacerdotes. La antorcha hizo circular un cálido torbellino en el aire frío. Wulfila había partido a los salones del Padre de la Guerra.
Al día siguiente Arminio reunió a los queruscos. La cantidad de bajas había sido muy elevada. Germánico se jactaba de la victoria porque al fin había conseguido una matanza germana en venganza del desastre de Varus. Sin embargo, siguiendo su línea de retirada, al día siguiente, cuando desmontaron el campamento, Arminio, a pesar de las heridas, asumió el liderazgo de nuevo y propuso esperar a Germánico en el Muro de los Angrívaros. Este sentimiento creció entre los germanos al saber que Germánico había erigido un túmulo en la pradera de Idistaviso para conmemorar la victoria, a base de armas y cuerpos enemigos, donde los romanos orinaron.
Furiosos a causa del símbolo de su derrota, los oriundos no tardaron en dispersar el monumento a la victoria cuando los romanos se hubieron marchado hacia el norte.
Los germanos incineraron a sus muertos. Los hechiceros hicieron hogueras sagradas que ardieron hasta el amanecer, pero para entonces Arminio ya viajaba al norte para reunirse con los angrívaros. La herida le dolía cada vez más; ni siquiera los ungüentos de los sacerdotes pudieron aplacar la descarnada mordedura que el acero había dejado a la altura de sus costillas. Pero quería imponerse a Germánico a cualquier precio, y si Arpo deseaba demostrar que era un aliado, ese era precisamente el momento de hacerlo.
Durante los días sucesivos, numerosas hordas siguieron incordiando a la columna romana mientras esta se retiraba hacia el sureste. No había sido una victoria definitiva ni devastadora. Roma había demostrado que era capaz de desplazarse muy lejos en el corazón del territorio enemigo y que estaba preparada para vencer debido a la superioridad técnica y numérica de su ejército… pero no había conquistado Germania.
Si las hordas seguían efectuando ataques amargarían la sensación de triunfo de Germánico, y Arminio lo procuró.
Mientras tanto, el grueso del ejército germano reunido tras los estandartes queruscos viajó en dirección noreste trazando un rodeo, en la línea de avance de Germánico hacia los territorios queruscos, que era donde deseaba efectuar una operación de castigo contra la población.
Allí, en su camino, se oponía el Muro de los Angrívaros. Si el muro sucumbía y dejaba paso a las legiones, Germánico lograría rodear por el norte las grandes ciénagas que habían actuado como una protección natural desde tiempos remotos ante las invasiones romanas y arrasar las aldeas de los clanes queruscos, emulando el avance de su padre años atrás. Esto es algo que los queruscos querían impedir a toda costa.
Aquel muro pretendía señalar el límite de las tierras de los angrívaros con sus vecinos queruscos. Los angrívaros, acostumbrados a que los ataques del imperio procediesen del sureste, habían erigido esa amenaza para protegerse de ellos y para limitar los desplazamientos de los brúcteros y de los sugámbrios… su sorpresa vino cuando Germánico, gracias a la gran flota construida durante el invierno, penetró en su territorio por una ruta inesperada: el estuario del Amisia, atreviéndose a cruzar las aguas del Visurgis. Tras la batalla de Idistávis, Germánico se preparó para conquistar un nuevo triunfo: derribar el Muro y amenazar una vez más a los queruscos en sus propios territorios. Infligir un castigo por vez primera a sus rivales germanos más denostados sería sin lugar a dudas una gran victoria para el erario de las guerras germánicas, aunque muchos dudaban en Roma del riesgo que conllevaba movilizar ocho legiones tan lejos de la conquista, además del enorme coste económico.
Arpo, el príncipe de los angrívaros, no se había unido al ejército de Arminio en parte por el miedo que despertaba en él la figura del kuningaz querusco. Ahora Arminio cavilaba a la grupa de Hamaraz (que era menos nervioso y más fuerte, por ello más apto para cargar con un herido y su panoplia) sobre todos aquellos aspectos mientras el dolor arañaba su costado como el zarpazo de una alimaña.
Por fin se detuvo. Los caballos relincharon a su alrededor. Los más aventajados le esperaban frente a las hordas angrívaras. Habían sido recibidos con honores, pero no quisieron moverse de la cima de la colina hasta que llegase el kuningaz. Arminio ascendió la loma verde y se detuvo entre sus hombres. Muchos miraban su aspecto con cierta preocupación, pero la mayoría suponía, por el semblante del líder, que no se trataba de una herida seria. El rostro de Arminio había cambiado: su máscara negra era ahora casi escarlata a causa de la propia sangre con que había mezclado el cieno. Brutales y siniestros, sus rasgos eran más implacables de lo que habían aparecido jamás. Las molestias de la herida enturbiaban la rigidez de sus rasgos. Sus ojos vigilaban, no miraban, cada objeto de su entorno. Los ojos inyectados en sangre a causa del cansancio y del insomnio producían un funesto contraste con el tono de aquella grasa que apelmazaba sus greñas sucias por encima de la frente ancha y alta y por debajo del alto yelmo con alas de águila que vestía.
Contempló la pradera, las suaves pendientes, las manadas de caballos, y en el centro del paisaje, el nuevo y extraño palacio de hierba, el thingaz de los Angrívaros.
No muy lejos del muro, y apartada de los asentamientos y de los establos, se elevaba aquella extraña construcción por encima de un antiguo terraplén de incierto origen en la mañana de aquellos pueblos. Contaba con una estructura de madera, pero esta ya era invisible: habían erigido muros de hierba apelmazada con barro que crecían hasta una altura muy considerable, ocultando un tejado de dos aguas, de tal modo que lo encerraban con una forma poco o nada usual entre los germanos. Arpo estaba convencido de que la hierba y el barro, dos componentes muy extendidos en sus territorios, se habían aliado para crear aquellas amalgamas resistentes al viento y a la lluvia. Arminio se dejó distraer por un momento por el extraño aspecto del thingaz, estudiando la pendiente del terraplén, jalonada de grandes piedras que impedirían el avance romano.
—Alto y soberbio, endeble y frágil ante el viento, como Arpo —dijo Arminio con gran desprecio.
Vitórix no apartó ni un instante sus enloquecidos ojos azules de la mirada fija y perforadora de su idolatrado líder. Para muchos, Arminio era un dios invencible, y se sintieron decepcionados al comprobar que, por vez primera, había resultado herido. No obstante, la forma como Arminio había escapado del campo de batalla empezaba a convertirse en leyenda, gracias a que un escaldo como Werwin había comprobado de primera mano la veracidad de su temeridad y ya había compuesto versos sobre el asunto.
—Adelante, hablemos con Arpo. ¿Qué dicen esos potrillos? —inquirió Arminio con indiferencia, refiriéndose a los guerreros angrívaros que aguardaban en la pradera, por delante de ellos.
Wilunt le respondió:
—Arpo espera a Erminer en el thingaz, será bienvenido. Solo piden una cosa, que depongas tu arma y que vayas en compañía de cinco de tus hombres.
Arminio sonrió con el más burlón y despreciante de los gestos que hubiesen visto.
De pronto empezó a reírse pausadamente, como si evitase hacerse daño con la convulsión de los pulmones. Tiró de las riendas, sus hombres empezaron a reírse a carcajadas.
—Adelante. ¡Todos hasta las puertas de Arpo!
Sin prisa, Arminio se puso en marcha. Su sonrisa no había desaparecido del rostro y bastó para desarmar al casi centenar de guerreros que se esparcía sin mayor alerta en la pradera. Le abrieron paso con cierta confusión. Solo los más viejos entendieron lo que pasaba. Pero algunos de ellos conocían a Arminio desde los tiempos de la batalla del Destino y lo saludaron al encontrarse con sus ojos. La comitiva avanzó y los ejércitos se unieron. Arminio continuó sin prisas hasta el otro lado de la pradera, donde el sendero ascendía más allá de las casas de una aldea hasta el gran thingaz.
Entró en su sombra —caía la tarde— y contempló el gran portal de madera. Desmontó y, seguido por cuantos hombres quisieron hacerlo, Arminio ascendió los peldaños de la entrada. Los guerreros que custodiaban las puertas se apartaron instintivamente. Arpo apareció en la oscuridad interior y salió al encuentro de Arminio. Varios de sus hombres de confianza hicieron lo mismo y una mujer de anchas caderas y largas trenzas rubias se apoyó en el marco de la gran puerta.
—¡Wardawulf! ¡Sé bien recibido en mi hogar!
La mujer rubia avanzó hacia el querusco con un gran cuerno rebosante.
—¡Bebe del sagrado cuerno de los angrívaros! —lo invitó Arpo.
Arminio sabía que se trataba de alguna clase de ritual propio de la casta guerrera. Tomó el cuerno de las manos de la hermosa joven. Tenía la piel muy clara, y en su cuello quedaba retratada la belleza de la fuerza.
El querusco miró los ojos de la incitante mujer y leyó el deseo en ellos.
Tomó el cuerno y sintió el peso de la forja de oro. Se lo llevó a los labios, los mojó y escupió de nuevo el líquido en el interior. Fingió que tragaba lo que ni siquiera había entrado en su boca. Después se limpió los labios enérgicamente, como un gran bebedor, y entregó el cuerno a la mujer.
—¿Tan poco? —le preguntó ella.
—Soy un hombre herido —reconoció Arminio— y no he venido a festejar la paz sino a preparar la guerra. ¡Hablemos, Arpo!
—Mi hija Gudrun te ofrece el más valioso honor de los angrívaros, beber del Cuerno de Oro.
—Prefiero tu espada a su cuerno, Arpo. Germánico se acerca. —Y diciendo eso Arminio caminó hacia el interior del thingaz sin ser invitado.
Después de intercambiar una mirada con Gudrun, Arpo siguió los pasos de Arminio en su propia casa.
La sala era amplia y oscura. Por alguna extraña razón le pareció que se trataba de una vivienda de pájaros, quizás a causa de aquella mezcla de barro y paja que amurallaba la estructura de madera. Un fuego ardía en el centro con altas llamas. Grandes paños teñidos de albayalde colgaban a ambos lados. Al fondo, una tarima elevaba el trono de los señores de aquellas tierras. Muchos jefes estaban allí congregados, y todos permanecieron indiferentes ante la sangre que todavía embadurnaba el rostro enmascarado con grasa de lobo del kuningaz querusco.
—La Alianza de los Ases reclama tu ayuda, Arpo.
Arpo guardó silencio. Los queruscos, sin dejar sus armas a la entrada del thingaz, siguieron a Arminio y abarrotaron la sala junto a la guardia personal de Arpo. Arminio sabía que el consejo reunido se sentía ofendido por aquella irrupción, pero no era momento de ceremonias ni de riesgos inútiles. Y además detestaba a Arpo.
—Germánico viene hacia el Muro —anunció Arminio.
—Germánico va en busca de los queruscos —añadió un reyezuelo angrívaro.
—Los angrívaros tendrán que luchar contra los romanos o contra sus vecinos. Mi ejército no ha sido vencido, sino dispersado. Hemos resistido a ocho legiones, no es poco… Y podríamos haber vencido si los aliados de Guntram hubiesen hecho lo lógico… Me pregunto si Arpo esperaba a Erminer o a Germánico. Solo habría tenido que abrirle paso y ofrecerle su mano, y Germánico habría sido feliz de superar esta barrera sin resistencias, y así poder destruir… Wulfmunda, y toda Querúsquia.
—Arpo es enemigo de Roma —dijo el líder angrívaro con energía. El querusco pudo comprobar lo impenetrable de aquella mirada una vez más. Desconfiaba de aquel hombre como de una víbora en el lecho.
»Germánico no resistirá a los angrívaros —declaró Arpo con decisión. Se aproximó a Arminio y puso sus manos en los hombros del querusco.
»Tenías el juramento de Arpo ante Guntram, y lo tienes ahora. ¡Los angrívaros lucharán! —Miró a su entorno con firmeza y se sirvió de una retórica de gestos que al querusco le era repugnante. Se preguntó si era así como había acaparado el poder entre los clanes angrívaros, él, que no era más que un sapo mendaz.
Arminio contempló los ojos azules y la extraña mirada de Gudrun, y se alegró de no haber bebido ni una sola gota de lo que le había ofrecido, al tiempo que por momentos deseó poseerla sin compasión. Estaba seguro de que se trataba de la herida, la pérdida de sangre y al mismo tiempo alguna sustancia contenida en la bebida que Arpo había pretendido que él bebiese.
—¡Wotan! —gritó Arpo con repentina furia. Empuñó un gæso emplumado y mostró a todos las runas en él inscritas.
—¡Wotan! —gritaron los jefes.
Después de aquel emotivo acto, muchos de los presentes alzaron sus armas y comenzaron a exhortar al dios de la guerra. Arminio abandonó el thingaz seguido de vociferantes hordas. Repartió órdenes y pareció tomar a partes iguales decisiones con Arpo, que en realidad había tomado él solo. Asumía el mando de la batalla y el líder angrívaro se conformaba con parecer ante los poderosos de su pueblo como la mano derecha del Kuningaz de Germania.
El ejército se desplazó hasta el Muro de los Angrívaros, que apareció en las primeras sombras de la noche como una silueta gris contra el cielo toda coronada por antorchas llameantes. Los rostros iluminados de los guerreros fueron apagándose y convirtiéndose en sombras a medida que avanzaba la noche. Se había repartido comida en todos los campamentos y hubo quienes tuvieron tiempo para dedicarse a la caza en los bosques del sur. Se sacrificaron caballos como ritual de guerra y su carne fue repartida entre los angrívaros, y los jefes bebieron su sangre cruda, como era sagrado entre aquellos hijos de las praderas, jinetes libres desde tiempos ancestrales.
El ejército tribal de la confederación dominado por los queruscos fue llegando durante la noche y preparándose para la lucha a pesar de las pérdidas sufridas en Idistaviso. Hubo actividad en los alrededores. Arminio se alejó hacia un campamento improvisado por los jefes queruscos, donde su guardia personal lo preservó de visitas inesperadas. Ortwin y Riann habían venido a cuidar su herida y las de otros hombres de su guardia. Ahora Vitórix vigilaba como una sombra insomne recortada contra las estrellas. Arminio lo veía afilar su cuchillo pacientemente.
Fue Vitórix el que le anunció que Gudrun había venido para visitarlo. Gudrun, que al parecer tenía todas las cualidades que le faltaban a su padre, impresionó a los queruscos con su armadura y su yelmo penígero de gaviota intrépida. El mar no estaba lejos en el oeste, y Arminio se dio cuenta de que la joven tenía ese aire de las germanas que vivían próximas a las grandes aguas. Pero negó y prohibió que se acercase, temiendo una traición, y se retiró a un monumento rocoso, cuyos monolitos habían sido levantados por los gigantes teutones cientos de años atrás.
Las estrellas garabateaban extrañas epopeyas en los ojos del líder herido. Sus racimos de cristales se confundían centelleando detrás de la sombra del Muro, convertido en el símbolo de las esperanzas perdidas y reencontradas en el largo camino de una vida de lucha. Más todavía que las pérdidas humanas, lo que enfurecía a los germanos era que Germánico avanzase lentamente, cantando canciones de victoria y burlándose de ellos.
En cambio, la serenidad de los estelares cantos resplandecientes confundía las aguas profundas del tiempo, que se había detenido en sus abismos nocturnos. El astro de la tiranía no tardaría en emerger del horizonte, esperando un nuevo sacrificio humano para calmar lo insaciable, pero hasta entonces muchas voces podían emitir su luz antes de ser anuladas ante la omnipotente presencia solar.