Crepúsculo de los Ases
Triumphator: La Victoria de Germánico
TRIUMPHATOR:
LA VICTORIA DE GERMÁNICO
ROMA
I
Se había temido el despertar del sol.
Dos días antes de la importante celebración, las nubes visitaron el Campo de Marte, demorándose en el horizonte como la indeseable embajada de unos dioses rebeldes que asistían con prerrogativas al consejo del panteón romano. Tiberio, a pesar de todo, no quiso que los preparativos fueran interrumpidos, y mientras dejaba que los dioses resolviesen sus disputas, él confió en la fecha y animó a los terrenales organizadores. Nadie deseaba una mañana lluviosa para semejante festejo, pues hacía años que en Roma no se presenciaba nada semejante. Finalmente, las plegarias de todos los augures dieron sus frutos y una aurora elíptica comenzó a incendiar el horizonte, asomando sobre las colinas del corazón del imperio. El cielo se despejaba y la luz creció con un grumo de gloria: los dioses estaban con Germánico.
La actividad, que de cualquier modo y cualquier día del año era grande en Roma, fue tres veces mayor desde primeras horas de la mañana, aunque no eran pocos los que habían trabajado durante la noche para que todo estuviese a punto. Las vías de acceso se colapsaron al poco tiempo. El populacho abarrotó las calles. Su hedor se quedó flotando como una tenue calina compuesta de sudor y ansiedad. Ricos y pobres pelearon por un puesto privilegiado. Las cohortes de vigilancia trabajaron para ribetear el itinerario que seguiría la procesión de la victoria. La plaza central, el lugar al que iría a desembocar aquella corriente cargada de dorada gloria, fluyendo entre el dédalo abarrotado de la miseria y de la mediocridad, fue custodiada por las cohortes pretorianas.
El semicírculo gigantesco, afianzado en los cimientos del imperio, de las altas columnas marmóreas, vigilado por los pedestales de las más altas victorias aladas, se elevó ante miles de ojos expectantes.
Las palomas volaron amedrentadas en bandadas hacia los templos de las colinas. Llegó la hora y un sol feroz pareció extraer un chorro de vapor de aquellas tinieblas humanas.
La primera legión ya había iniciado su entrada en Roma, cohorte tras cohorte, escuadrón tras escuadrón, bajo una lluvia de rosas, y el clamor creció como un trueno que, primero levemente, después reclamando su presencia, avanzaba inexorable hacia el centro de Roma. Tiberio había solicitado un último servicio a todos aquellos soldados que hacía tiempo se les debía el retiro: les prometió una entrada triunfal en la ciudad. Marcharon orgullosamente, más orgullosamente que a ninguna otra batalla. Las líneas eran perfectas, cada pieza estaba en su sitio, cada paso avanzaba en absoluta armonía con sus compañeros de fila. Las multitudes los aclamaban; se comía y se bebía, se brindaba, los borrachos eran felices. Tiberio había comprado cuantas flores estuviesen en venta, para que el paso de aquellos soldados acostumbrados a tempestades, enfermedades, vientos y cieno fuese premiado con la mayor de las glorias.
El sol ardía, alto y fuerte, cuando el Carro del Triunfador se puso en movimiento, detrás de un destacamento de caballos blancos dirigido por Emilio: la guardia de élite trotaba parsimoniosamente, un muro de armados y orgullosos caballeros. Las viseras resplandecían tocadas con oro, los mentones apuntaban al frente como trirremes que se abren paso en el oleaje del júbilo, y el gentío gritó el nombre de Germánico con tal devoción que hasta los mismos dioses podrían haberse sentido celosos en sus fríos pedestales.
Calígula iba, como sus hermanos, en un carruaje junto a su madre. Los abrazaba como la nueva madre de Roma, tanto o más aclamada cuanto dirigía saludos a aquella muchedumbre que se arracimaba por delante como una costa. Y como una costa para un marinero incauto era aquella Roma desconocida que Calígula devoraba con ojos muy abiertos, sitibundos y deshidratados por la emoción que lo consumía, como una costa que era un enigma a cada recodo, como una jungla humana y ominosa que descendía entre los márgenes de un continente desconocido, corporeizado ante la invocación de los poderes. Logró ponerse ante su madre, aparentemente en su regazo. Sin nada que se interpusiese entre él y la fama, miró los caballos que tiraban del carruaje y sus ojos tropezaron con aquella cuadriga que rodaba ante él con Germánico al mando. Se detuvo en la imagen de su padre y la escrutó. Era como la llama en el centro de un resplandor, como la luna en el corazón de su halo, como el cetro solar en el puño del cielo.
Germánico sostenía las riendas con la fuerza de un auriga divino. Elevaba el brazo a intervalos, y con solo hacerlo, mirando hacia un sector de la multitud, de allí se elevaba un torbellino de vulgaridad y adulación sin límites. Sus ojos, ahora atrapados en la aquilina cerrazón del ceño fruncido, eran capaces de hacer caer miradas tan cortantes como el vuelo de un hacha. La expresión de sus labios resultaba ambigua, contrastando con aquel semblante; se había vuelto furtiva. Aparecía de un modo inquietante y no podía saberse si se trataba del más despreciativo de los gestos, algo que confería a su personalidad una elevación absolutamente inescrutable. Calígula sintió un vuelco en el corazón cuando llegó una vuelta y aquel río improvisado, aquella serpiente invisible e hipnotizadora que lo arrastraba por las entrañas de una selva de oscuridad humana, le mostró a su padre en toda su gloria, de perfil, recortado como una estatua viviente contra miles y miles de seres anónimos que lo vitoreaban hasta dejarse la garganta en el empeño; sintió admiración y, a su vez, un nuevo y desconocido sufrimiento que había estado pugnando por clarificarse y que, en aquel momento, decidió afianzarse cobrando la forma definitiva de un símbolo que es capaz de marcarse a fuego en la morfología del alma. Calígula sufría ante aquel espectáculo, a la vez que languidecía de placer. Quería ir en aquella cuadriga junto a su padre, empuñar las riendas como él, quedarse solo en ella y lucir los laureles.
La toga picta que colgaba de los anchos hombros de Germánico ondeó delatando el paso de una errática criatura del viento que acaso improntase su forma furtivamente contra los pliegues. El múrice ondeó y entonces los ojos de Calígula, extasiados, contemplaron la llegada del Triunfador ante las escalinatas: las cohortes de honor formaban como un ejército perfectamente organizado, firme e inmóvil. El pueblo se agolpaba más allá a ambos lados. Las mismas escalinatas detrás, al final de una explanada bélica, marmórea, y allí arriba los altares humeaban caliginosa y pesadamente bajo el sol, allí arriba el emperador de los romanos esperaba en su trono, por encima del mundo, junto a su bisabuela Livia y los altos dignatarios del Colegio de Augures y del Senado. Miró hacia atrás y vio los carros que rodaban a sus espaldas. Atados a ellos, unidos por cadenas que les impedían dar pasos largos, venían centenares de germanos capturados en las campañas de su padre. La mayor parte de ellos ya había sido privada de lengua, para impedir improperios. Otros carecían de manos. Lucían largas y enredadas barbas, que era lo que la gente esperaba ver a simple vista de los germanos como signo distintivo. Un torrente de verduras podridas se precipitaba contra ellos por donde pasaban, algunas arrojadas con gran impulso. Más de un germano había recibido el impacto de una piedra escondida dentro de alguna verdura en mal estado, porque los vigilantes del Triunfo prohibieron la lapidación, y sangraba o se arrastraba, penosamente sostenido por sus compañeros de calvario. Detrás del primer contingente de esclavos, amenizado por el clamor de los látigos que unos centuriones azuzaban sobre sus espaldas, venían varios carros de vistosas proporciones, tirados por bueyes traídos del norte.
En el primero de todos iba una mujer en lugar privilegiado, con un niño en brazos, ambos encadenados por el cuello. Un cartel delante del carro mostraba claramente el nombre de la cautiva: Thusnelda, la esposa de Arminio, y el hijo de ambos, Thumélico. Si hubiese sido maravilloso traer al propio Arminio aherrojado y mudo ante el emperador, resultaba todavía más vistoso y humillante traer a su mujer con el fruto de sus entrañas. Era el gran presente de Germánico. Aquel carruaje también llevaba otras mujeres, la mayor parte de ellas princesas bárbaras capturadas en los territorios arrasados de los sugámbrios y de los cáttos. Se les pidió que vistiesen a la manera de las germanas, que se engalanasen y que exhibiesen su encanto bárbaro. Después de años de cautiverio, la mayor parte de ellas se había acomodado a las exigencias de sus señores, y ahora venían como presente ante el emperador.
Detrás vinieron cuadros vivientes que representaban a los dioses germanos de las montañas y de las aguas dominados por soldados romanos. Apareció otro carro que pronto fue cubierto de frutos que estallaban contra las armas allí expuestas. Era una especie de fantástica construcción de madera de la cual habían sido colgadas gran cantidad de armas germanas, creando un monumento inconexo, con abusivo desprecio, de las defensas conquistadas. Otro carruaje mostraba una enorme pared de paja y barro. Delante un cartel decía: Murum Angrivarii. Germánico había ordenado reconstruir con esmero un trozo de aquel muro, junto a pedazos originales, para exhibirlo como prueba de su victoria. Un carruaje más mostraba las armas conquistadas en la batalla de Idistaviso. Nuevos contingentes de soldados marchaban para dividir aquella parte de la siguiente, pues eran presentes de los aliados germanos y galos, para fortalecer la impresión del poder que Roma ostentaba en sus fronteras. Los carteles se sucedían con los nombres de los pueblos germanos que se mostraban proclives a la política imperial. Bátavos, frisios, úbios, toxandrios, menapios, batenios, corcóntios marchaban en batallones selectos. Germánico deseaba hacer a los hijos de los príncipes aliados partícipes de su victoria, demostrándoles que luchar con él significaba triunfar con él.
Y la abrumadora procesión al fin se detuvo.
Había un aire de demencia en aquella actividad aduladora. No se había visto nada igual desde el Triunfo de Augusto tras la batalla de Accio. «Germania ha sido vencida», se gritaba. «Teutoburgo y Varus, vengados por Germánico». Roma, invencible. Roma Victrix, Germania Victa. Su pueblo floreciente, elegido por los dioses entre la pútrida barbarie de la tierra que lo rodeaba más allá de sus fronteras de civilización y derecho.
Para Calígula, no importaba lo que hubiese que hacer para retener la gloria, estaba ahí, a su alcance, en el aire, solo tenía que extender la mano y atraparla, ser un dios de riqueza y poder. Despertaba y eso era algo propio de un pequeño dios, pensó. ¿Acaso no era él nieto de Augusto el Dios?
Su padre abandonó el carro y comenzó a ascender la escalinata con solemne resolución; después fue su madre quien lo imitó y él, junto a sus hermanos, se apresuró a ser el primero en subir. En ese momento trató de librarse de la dominadora presencia de su madre, pero Agripina notó la intención y, guardando el protocolo apretó con tanta fuerza la muñeca de Calígula que este, intentando librarse, se volvió con un gesto de ira hacia los ojos severos de ella. Volvió a insistir pero entendió que no podría alcanzar la gloria deseada cuando su madre apretó con más fuerza y debió acompasarse al paso de sus hermanos que, dóciles y amedrentados, seguían sumisamente la sombra de su madre.
—Bienvenido, Germánico —dijo solemnemente Tiberio.
Calígula se fijó en el rostro picado del emperador, su abuelo político, el heredero de Augusto. Una representación de senadores presenciaba la escena, y los augures la consagraban. Como una apoteosis, vio cómo el emperador depositaba la corona de laurel sobre las sienes de su padre. Tiberio era más alto que Germánico, y se preguntó si esto era condición indispensable para llegar a ser emperador, o si por el contrario los dioses soslayarían ese defecto. Siendo hijo, como decían, de Germánico, tenía posibilidades de ser demasiado bajo, y por un momento deseó ser hijo de Tiberio y despreció a su padre, amedrentado.
Las palabras atrajeron su atención y un instante después la profunda angustia que le generaba la posibilidad de no ser el elegido se transformaba en febril curiosidad.
—Te ofrendo Germania —dijo Germánico.
—Roma te ofrece el Triunfo.
Germánico miró los ojos indiferentes e impenetrables del emperador.
—Gracias, padre.
Se hizo el gran silencio.
—Te traigo a los presos, pero entre ellos ofrezco a Roma la cabeza de Thusnelda, la esposa de Arminius, y la de su hijo, Thumélico, así como muchos otros esclavos.
Tiberio miró con interés los carruajes, que se habían detenido en la gran explanada, rodeados de rectángulos centelleantes y armados.
—También ofrezco las armas de los enemigos, las ofrendas de nuestros aliados, y cuantas insignias pude rescatar del campo de Varas, incluidas dos de las Águilas de Plata, al fin rescatadas.
Tiberio miró con suprema y extraña indiferencia los ojos de Germánico.
—Acepto en nombre del Senado y del Pueblo Romano tus presentes, que te han sido concedidos en el noble ejercicio de las armas de Roma. Perdono la muerte a Thusnelda y a su hijo, a los esclavos los condeno a seguir siendo esclavos.
Calígula vio cómo el emperador avanzó hasta el borde de la escalinata y abrió los brazos, como si acogiese al mundo en un gesto paternal. Después los dejó caer, las manos vueltas hacia delante, como un ídolo de piedra. Dio media vuelta y abandonó el glorioso escenario, como si se esfumase de nuevo en los inciensos. Las trompas y metales anunciaron el inicio de los festejos. Extasiado, el niño ya casi adolescente se dio cuenta de que solo el hombre más poderoso de la tierra, solo el dueño del mundo, solo un dios podía permitirse el lujo de abandonar aquella escena, de esfumarse ante las multitudes como la aparición de una divinidad, despreciándola a placer o agraciándola por completo.
Y sintió que eso fue lo más grandioso que había visto jamás.
El Triunfo abandonó la ciudad por otro camino, ya sin la presencia de Germánico ni de su familia. Las celebraciones siguieron y solo cuando el sol se sumergía en un deslumbrante y ebrio crepúsculo empezaron las fiestas. Habría juegos durante diez días, comida y bebida. Las villas de los ricos se llenaron de manjares y el Triunfo de Germánico continuó festejándose hasta altas horas de la madrugada. Cerca del Templo de Saturno se erigió un gran arco para conmemorar la recuperación de dos de las Águilas de Plata perdidas en la batalla de los Bosques de Teutoburgo.