Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 8 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Capítulo VI

 

—He escuchado tantas historias de enanos y elfos negros que temo encontrarme con ellos a cada paso que doy —protestó Vitórix junto al hombro de Arminio.

—No creo que tengas esa suerte —respondió Wulfsung.

—¿Qué se supone que hay que hacer si te encuentras con uno de esos… enanos? —preguntó Vitórix, intrigado.

—Responder a sus acertijos —aclaró Wulfila.

—Jugarme la cabeza con un enano en medio de uno de esos torneos de la sabiduría… —murmuró el galo—. ¿Quién puede saber más que un enano, si permanecen con vida desde el comienzo de los tiempos? ¿No decían los sacerdotes que nacieron de la carne de Tuisto, cuando con sus cabellos crearon los árboles y el cielo con la bóveda de su cráneo? De los restos inútiles de su carne se supone que nacieron esas razas de enanos…

—Te han asustado los cuentos de los sacerdotes —aseveró Wulfila.

—¿Y cómo no? En Gergovia no hay enanos, esa es la verdad, escuché cuentos de niño, pero los druidas hablaban más de los animales que de todos esos seres… ¡Que Vercingetórix me libre de los pestilentes enanos!

—¡No hables de ese modo de ellos! —lo recriminó Wulfsung.

—Los cuentos de animales son más comunes entre esos locos druidas… —siguió Vitórix.

Como cada vez que Vitórix mencionaba la locura ajena, Wulfsung y Wulfrund intercambiaron una mal disimulada sonrisa.

Durante varios días cabalgaron hacia el oeste y hacia el norte. Las colinas se volvieron menos escarpadas, mientras una sombra crecía en el horizonte. Los grandes montes de su patria se perfilaron entre las nubes y el tiempo empeoró. La compañía

avanzó hasta los límites de la Garganta de Grund, [15] Grundabgrundja, y una vez allí acamparon a la espera de un nuevo día. Arminio no deseaba llegar a Wulfmunda por la noche, nadie le preguntó por qué, pero quizá no quería hacerlo como un ladrón en la oscuridad.

 

Llegó una mañana ventosa. Aquel sendero trepaba las lomas hasta el lugar en el que los fresnos señalaban un sagrado calvero en lo más alto; desde allí descendía en busca del valle de las ciénagas.

—Haz sonar tu cuerno, Wulfsung.

Su amigo apresó la cuerna y sopló con fuerza. El sonido chillón inundó el valle y se alejó resonando hacia la Colina de Irminur. Arminio miró su tierra con un extraño presentimiento. Mientras Wulfsung volvía a llamar, indicó a Draupnaz que trotase y se alejó colina abajo, seguido de los suyos.

Pronto las llamadas se encontraron en el aire, atravesándose unas a otras hasta crear un enjambre sonoro. Unas respondían lejos, otras se acercaban progresivamente. Arminio sabía distinguir perfectamente aquellas que procedían exactamente de Wulfmunda. Las lluvias habían anegado gran parte de sus terrenos y los árboles emergían entre muñones de raíces, amasando el fango. El verdadero camino que serpenteaba entre pozos profundos y blandos los llevaba bajo las ramas colgantes hasta los umbrales de la aldea. Allí era donde había nacido. Había llegado a amar ese lugar, y aprendió a odiarlo. ¿Era posible que los romanos hubiesen cruzado todas las barreras hasta sorprender a sus familiares sin previo aviso? Solo gracias a la ayuda de su propio hermano. Todavía recordaba la mañana en que lo abandonó en pleno campo de batalla, siendo un niño… ¿Estaría muy lejos el día en que podría mirarle a los ojos mientras le arrancaba las entrañas?

 

Las aguas turbias se volvieron más claras y el vado de un riachuelo que fluía perezosamente les mostró la pradera despejada, los altos astiles, los paños con la cabeza del lobo negro, los pendones de pieles que colgaban de las cruces de los pabellones de la aldea. Hilos de humo se elevaban tranquilamente disolviéndose en el viento de la mañana. Pero allí delante, al otro lado, una multitud se agolpaba. Posiblemente muchos habían deseado aclamar al kuningaz a su llegada. Pero al verlo se quedaron callados. Posiblemente fue su aspecto barbado y su delgadez. Arminio detuvo su caballo en medio del arroyo y los miró de un modo tan hosco y frío, tan duro, que nadie se atrevió a decir una palabra, salvo los griteríos de los chiquillos, que al encontrarse con el rostro barbado del querusco enmudecieron formando corros expectantes. Sus compañeros se detuvieron detrás de él. Nadie osaría pisar las praderas de Wulfmunda antes de que su caballo lo hiciese.

Arminio animó a Draupnaz y este chapoteó con cautela, como si entendiese todo lo que sucedía a su alrededor. Entró en la pradera. Las llamadas de las trompas continuaban alejándose y respondiéndose por los valles. La multitud se apartó para abrirle paso. Arminio miraba los rostros de los guerreros jóvenes y viejos, hombres que conocía y a los que había conducido a numerosos campos de batalla irrigados con sangre. Sus saludos eran leves y comedidos, mientras Draupnaz avanzaba por el sendero de hierba pisada hacia el pabellón del thingaz.

Con paso pausado y tranquilo, tanto que todos podían seguirles a pie animando las zancadas, Arminio atravesó el centro de la aldea. Su figura rígida avanzaba en medio de la multitud. Un herrero detuvo la canción del martillo, y salió para observar la comitiva. Los caballos siguieron adelante hasta que el corazón de Wulfmunda quedó atrás y el sendero torció entre grandes matorrales, al pie de un tejo que crecía allí desde que era un niño. Por fin alcanzó la pendiente de la colina. De las casas que salpicaban aquellos prados salieron mujeres y perros. Los campesinos se acercaron y los siguieron.

Arminio se detuvo junto a las musgosas verjas que marcaban la propiedad del kuningaz. La hierba que había pertenecido a sus antepasados ondulaba ante él, y la morada estaba allí, podía verla a lo lejos, en lo más alto. Desmontó, ató las riendas de Draupnaz a la valla y siguió a pie.

Las praderas verdecían. El viento huía dejando huellas invisibles, rastros de juguetonas zancadas que saltaban las vallas colina arriba. Las siluetas de los árboles agitaban sus ramas. Las nubes agrisaban aquel extraño día.

Había vuelto, pero era como regresar a ninguna parte. Wulfmunda era el último lugar de la tierra al que quería ir. No había estado seguro de soportar la presencia de su hogar. De ver de nuevo las vigas calcinadas por su hermano. Pero siguió adelante, mientras su guardia personal avanzaba por detrás. Los habitantes de Wulfmunda habían corrido hacia allí, atraídos por el sonido de las trompas. El gran lobo había

regresado. Wulfmund[16] volvía, decían las alegres llamadas. Vitórix miraba la ladera de la gran colina y veía cómo niños y ancianos venían detrás de ellos. Pero los adultos se detenían ante las vallas musgosas y desvencijadas que años atrás había

plantado en los linderos de su tierra Segimer [17] Wulfalahaub, Segimer Cabeza-de-lobo. Apoyaban sus brazos y murmuraban y vigilaban la silueta del caballo negro. Draupnaz relinchaba orgulloso; el guerrero más famoso de Germania, el Gran Lobo, se alejaba caminando por la pradera de sus antepasados.

El querusco paseó su mirada por las empalizadas de su propiedad. Los árboles y zanjas que marcaban el terreno parecían más descuidados que en los tiempos en los que él mismo los había podado con el hacha. La hierba estaba demasiado alta en algunas partes. Los bueyes ya no pastaban allí. Miró arriba y descubrió su propio hogar. La ancestral morada de los jefes de Wulfmunda. El aire silbaba entre sus vigas resecas; las puntas, calcinadas por el fuego de su hermano Segifer, herían el viento. Parte del techo estaba abierta, en peor estado de lo que imaginaba. Sus enseres estaban en su sitio, pero el desorden causado por la lluvia y el viento habían hecho mella en el desaliño general. La puerta estaba abierta.

Arminio se volvió hacia ellos y con vivos gestos gritó:

—¡Que nadie reconstruya esta casa! ¡Que nadie afile una estaca o ponga una piedra en esos muros! ¡Así se quedará, como mi hermano la dejó! ¡Así quiero recordarla!

Vitórix miró a Wulfsung a través del viento. El sol parpadeaba entre las nubes. Las sombras grises de estas se deslizaban rápidamente por las praderas.

Nadie se atrevería a decir nada, hasta que el joven hechicero inquirió, ofendido:

—¿Quieres dejar indemne el signo de tu enemigo? ¿No destruirás su obra? — preguntó Ortwin.

El querusco se volvió, su rostro temible encaró al hechicero. Los ojos no parpadearon y se clavaron en la mirada del joven sacerdote que en la infancia había sido su compañero de juegos.

—¡Haz callar a tus dioses traidores, Ortwin!

Arminio se volvió, malhumorado y lleno de desprecio, hacia la morada de sus antepasados.

El sonido de aquella frase pareció ser acompañado de un rumor en la naturaleza, como si un instrumento poderoso y grave hubiese empezado a tremolar en el zumbido que el viento despertaba al recorrer las arboledas de Wulfmunda.

Guardaron silencio ante aquel imperdonable sacrilegio, el desafío a los dioses pesó sobre ellos como la presencia de una maldición. La multitud empezó a dispersarse, temerosa de Arminio, temerosa de los dioses, temerosa del destino.

Ortwin desapareció esa misma mañana y no volvieron a verlo en mucho tiempo, como ya había sucedido con Cerunno.

 

Arminio eligió como aposentos la casa del thingaz. No habló con nadie y regresó al caer la noche. Trató de dormir, pero finalmente se dio por vencido ante el insomnio; abandonó las pieles y deambuló entre las sombras del exterior. Se aseguró de que nadie lo seguía. Una luna vagarosa había aparecido entre los árboles y arrojaba su melancólico resplandor.

Fuera del abrigo del bosque el soplo del viento no solo era más frío, sino también más fuerte. Las rachas huían sobre la hierba, iluminadas por aquel resplandor mágico y lunar. La colina de Wulfmunda ascendía ante él y dejó que sus pasos le llevaran hacia la cima. Atravesó las praderas zarandeado por el viento, como un espectro que vaga en busca de sus antepasados. Vio los despojos de su hogar y se acercó a ellos. Los árboles parecían negros vigías despojados de sus armas, que agitaban sus ramas ominosamente. Tuvo la sensación de hallarse en el lugar más solitario y triste de la tierra, como no podía ser de otro modo, tratándose del sitio en el que había sido más feliz. La alegría de aquellos días había quedado atrás. Las mañanas luminosas, las noches de festejos, la presencia de su mujer, todo era barrido por aquel viento funesto que huía sobre la tierra arrastrando una parte de su vida que jamás volvería.

Se aproximó a su hogar. El silbido en las vigas del techo y el chirrido de la puerta, que se balanceaba descabezada, parecieron hipnotizarlo. Se inclinó en el marco de la entrada, que contenía la amalgama de piedras con la que se había creado aquel espeso muro, y miró el interior.

Una oscuridad vacía. Y el viento. Hasta que algo pareció moverse rápidamente y detenerse con astucia. Su presencia no había escapado a los inquisitivos ojos de Arminio. Echó mano de su puñal. Fuera lo que fuese, era demasiado grande para ser un animal. ¿Quién podría haberse atrevido a pernoctar en su hogar?

Caminó lentamente hacia el interior y penetró en la oscuridad. No hubo respuesta. Se inclinó y escrutó la gran sala. Algo tropezó y corrió con repentina, calculada, determinación hacia él. No importaba lo rápido que Arminio fuese. Esquivó hábilmente el movimiento de su brazo. Escuchó el gruñido a sus espaldas, el chirrido de las uñas contra las piedras, la fricción de su sombra contra el viento.

Arminio volvió a la entrada y oteó la pradera. A la luz de la luna vio claramente cómo la silueta negra de un lobo se detenía a cierta distancia para observarlo. Los ojos eran un par de puntos de luz en los que el resplandor lunar se detenía para observarlo. La bestia se volvió y corrió de nuevo entre las altas hierbas. El querusco emprendió la carrera en su busca. Cada vez estaba más lejos; apenas veía su silueta aparecer y desaparecer entre los arbustos que el viento agitaba. Huía hacia el norte, por la falda de la colina.

Casi sin aliento, Arminio trató de alcanzarlo. Las matas de hierba se hicieron más espesas y salvajes a medida que ascendía. Los matorrales achaparrados eran más grandes y el viento los movía, confundiendo la sombra del lobo. Perdió su paso, pero supuso a dónde se dirigía. Colina arriba, en la cima, en la Columna de Irminur.

Siguió hasta la cumbre y una vez allí miró el amplio valle. La roca se erguía solitaria, un monolito ajeno al paso del tiempo, en el centro de un círculo de piedras. La rodeó mirando sus misteriosas runas, las marcas que los rayos habían dejado en ella a lo largo de los siglos. Se acercó y vinieron a su mente las advertencias de Cerunno. Pero extendió las manos sin miedo y apoyó ambas palmas en la superficie intocable. Estaba fría y húmeda. Miró hacia su cumbre y el cielo parecía arremolinarse contra ella, como si conjurase las mareas del tiempo.

En ese momento el aullido del lobo rompió no muy lejos, largo y lastimero. Poco después las manadas imitaron el canto del líder.

 

Al día siguiente dejó que todos se marchasen de caza; acompañado por Vitórix, visitó la cueva de los herreros.

—Tomad esta espada mellada, si os sirve de algo. —Y al decir aquello Arminio arrojó a Zankrist a los pies de Gristmund. El sonido pareció causar dolor en los oídos del ciego, cuyo rostro fue atravesado por un espasmo de ira. Se agachó tanteando el suelo hasta que encontró el metal. Deslizó los dedos por el filo cuidadosamente y después lo empuñó, dejando descansar la punta en el suelo.

—No está rota —dijo.

—Peor que eso —añadió Arminio, abandonando la cueva—. Está mellada y torcida.

—Será enderezada —replicó el viejo herrero, y dejó caer el metal sobre un yunque. Varios de sus ayudantes la examinaron.

Arminio dio media vuelta y abandonó la sagrada gruta.