Crepúsculo de los Ases

Artur Balder · Capítulo 74 de 79

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Crepúsculo de los Ases

Thunarabgrundjaz: El Abismo de Thor

THUNARABGRUNDJAZ:

EL ABISMO DE THOR

I

 

—Él te eligió entre sus amigos. Siempre confió en ti. Pero nadie mejor que tú podrá protegerlo. La urna de oro contiene las cenizas de su pira funeraria, el último aliento de su vida habitaba en ese fuego, son sus restos. Quiero tributar un último honor.

La tarde caía y con ella una ligera bruma que disolvía el paisaje. Atrás habían quedado los negros bosques y sus eternos lagos. Ahora la hierba era alta y los árboles viejos en las márgenes del camino abandonado.

Vitórix miró la urna que el hechicero le mostraba, y se preguntó qué habría sido lo que realmente Arminio hubiese deseado… Sin embargo, no osaría contradecir los deseos de aquel sabio del pueblo. Se limitó a asentir, pensativo.

—Quisiera que me acompañes en este que será mi último viaje. Seré tu guía, y tú, el portador de las cenizas.

Vitórix no lo pensó ni un instante.

—Lo haré.

El hechicero parecía más cansado y viejo que nunca. El vigor que animaba sus nervios parecía haberse relajado, su rostro se transfiguraba mirando hacia otro mundo, constantemente alejado, como si fuese capaz de ver y oír lo que se hallaba más allá del reino de los animales.

—La naturaleza sigue su curso, el mundo avanza sin fin hacia la cuna de los tiempos —comentó Cerúnburas, pensativo.

Vitórix se volvió hacia él, y el sabio le dijo:

—Es hora de que coronemos los altos hielos en nombre de amigos queridos.

 

El camino fue como una cinta que trepaba por las lomas verdes y despejadas de los reinos del norte. Los jefes herulios los saludaron a su paso, y Cerunno le enseñó cosas que en el mundo de Vitórix carecían de nombre y acontecieron historias que ya no pertenecen a este relato.

Cruzaron los páramos pedregosos y unas landas en las que se acumulaba el limo de los lagos, donde los túmulos funerarios se elevaban solemnes y cubiertos de piedras. Los círculos de rocas mágicas, tatuados con intrincadas runas por pueblos que abandonaron aquella patria siglos atrás, ribetearon el sagrado camino. Después, los viajeros llegaron a los bosques montañosos, y las ramas arrojaron sombras sobre sus espíritus.

El báculo del anciano escogía sabiamente cada recodo y cada encrucijada, y en el oeste ascendieron inhóspitas colinas sin nombre. Aunque Cerunno ya casi no comía, vivieron de la caza y de las vituallas que les entregaron en los últimos poblados de la costa, y continuaron caminando y encendiendo fuegos en las tinieblas.

Cerunno hablaba poco y Vitórix se había jurado que lo seguiría hasta aquel misterioso altar perdido en el norte.

El camino les llevó hacia el oeste, y el sol empezó a ponerse en medio de afiladas gargantas montañosas y colmillos pétreos. Las nubes, preñadas de rayos, se detenían en sus faldas y dejaban anillos enganchados en sus cumbres. El tiempo empeoraba en los confines de la tierra conocida, y los valles profundos resucitaron en la imaginación del galo cuanto había escuchado sobre aquellas tierras lejanas, donde solo moraban gigantes desmañados y grises, y voraces y secretos dragones. El fin del mundo estaba cerca, no necesitaba que el adivino se lo confirmase, pero no sintió miedo.

Los valles abruptos ascendieron excavando surcos por los lomos de una montaña. Los bosques quedaron atrás, la nieve cayó levemente, y un sendero áspero y solitario siguió hacia la cima. No hubo más encrucijadas. Dejaron de oír el canto de los pájaros o el paso de los animales por la maleza.

El viento azotó a Vitórix, y al cabo de una larga caminata y de tres días terribles, las nubes se apartaron y las vieron en el oeste, por debajo de ellos: un mar de niebla en el que sobresalían, como islas olvidadas, las cimas de unos picos montañosos.

Y Cerúnburas le anunció:

—Ya estamos cerca. ¿No ves acaso la niebla de los siglos a nuestras espaldas…?

El tiempo fue más benigno y el sol brilló con ferocidad, solitario y rutilante, en un cielo más azul de lo que el galo había visto jamás, de un azul tan profundo en el centro de su bóveda que a veces parecía un óbolo de cristal negro rodeado por otro más claro e intensamente luminoso.

 

Al fin miró hacia el norte y vio las Montañas: la poderosa corona que, torre sobre torre, se remontaba hasta el cielo y crecía perdiéndose en la vastedad nórdica.

—¡Asgard! —musitó Vitórix, con los ojos llorosos a causa del viento y de la emoción.

Los ojos del adivino lo miraron, cansados. Sus brazos se apoyaban trabajosamente en el báculo de manzano. Su zurrón parecía doblarlo a causa de la carga. Pero bajo ningún concepto aceptó que Vitórix le ayudase.

Las Montañas se elevaban con una expresión de grandeza tan inabarcable, tan imponente y llena de desafío, que Vitórix se echó en la hierba y se quedó mirándolas, exhausto, con un inexplicable deseo de echarse a llorar.

—Aquí termina el camino. Sígueme y verás algo hermoso —pidió el hechicero, y Vitórix lo siguió.

Aquel altiplano descendió ligeramente y las rocas se hicieron grandes a sus pies, y los árboles, achaparrados a causa de las inclementes alturas, se elevaron a su alrededor en grupos desiguales.

Entonces alcanzaron el filo de un precipicio. Vitórix se acercó cautamente, con la sensación de que cada paso le conducía a una emoción tan grande que no era capaz de contenerla en su pecho, y quiso tener alas para volar más allá de lo que veía y todo cuanto había presenciado quedó empequeñecido por la grandeza sobrecogedora de las manos que habían modelado aquel mundo bello y a la vez incontenible.

Cerunno llegó hasta él. Vitórix creyó que la vitalidad del anciano crecía a medida que se aproximaba, y entonces sospechó que el mago era en realidad un miembro menor de la familia de los Vanes. Del mismo modo, ahora lo entendía todo en la revelación final, Cerunno, como nombre en el lenguaje, contenía la dimensión humana con la que lo conocían los hombres sencillos por los que en realidad el espíritu del mago y waniraz Cerúnburas velaba, y Cerúnburas y su Anillo eran un solo emisario de los Vanes, oculto en Cerunno.

Y ambos, el hombre y la divinidad, se detuvieron a un paso del fin del mundo.

 

Una vasta soledad abrazaba el aire con un destello. La brisa ululaba en sus oídos. El precipicio caía cortado a pico. Las montañas parecían haber sido separadas unas de otras y al fondo, sin ser capaces de vislumbrar un solo peldaño de las cornisas que se deslizaban vertiginosamente hasta lo profundo, la espada del mar relumbraba como la piel de una serpiente de norte a sur, separándolos de otro precipicio al otro lado, del que caían, como delgadas colas de caballo, fuentes y cascadas que descendían en cursos blancos desde los hielos sempiternos y las nórdicas elevaciones del Asgard.

La mansión de los Ases, no cabía duda, estaba allí, ante ellos. Vitórix lo sabía, solo Cerunno podía encontrar el camino, solo a él las divinidades le permitirían abandonar los círculos de los nueve mundos para adentrarse hasta las proximidades del Sol y del Hielo, hasta el umbral de aquella gloria que había sido reservada para los hombres elegidos.

Pero el fin estaba solo a un paso, y la permisibilidad de los dioses exigía un último sacrificio. Así lo intuía. Ese era el límite, la línea de sombra que preside el destino, la frontera entre la divina luz y los humanos poderes de las tinieblas. A no ser que tendiesen el mágico puente que unía la fortaleza divina y gigante con las rocas terrenas, la frontera significaba un sacrificio sagrado de la individualidad.

Vitórix quiso llorar. Lo entendía. Arminio no estaba muy lejos. Se acercaba la hora de marchar junto al amigo inseparable e irreemplazable. Cerunno había oído sus plegarias, por eso le había dejado acompañarlo.

—El Thunrabergaz, el Abismo de Thunar, galo, se sumerge a tus pies.

El viento agitaba levemente los cabellos escasos y la barba hirsuta del hechicero.

—Este es el fin. El fin de muchos y elaborados planes. El fin de los días en los que tratamos, en vano, de morir por aquello que deseábamos. Me duele dejarte libre, pero ese es el precio de otra libertad largamente esperada por un siervo vagabundo.

Cerunno tomó la urna con ambas manos y la sostuvo sin esfuerzo. Vitórix comprobó que la fuerza del anciano se multiplicaba, y sin saber precisarlo apreció una vitalidad radiante en su presencia, que era como una hoguera blanca.

—Has luchado como un héroe. —Y al decir aquello la mano de Cerunno se posó en su hombro. Jamás había hecho algo así, y no le vio hacerlo con hombre alguno antes—. Yo, que he desconfiado de todas las piedras que se oponían a mis pasos en el camino, he aprendido a confiar en ti más que en ningún otro. Tú has sido un amigo.

Los ojos de Cerunno se humedecieron y su rostro se descompuso, congestionado. Se llevó los dedos de la otra mano a la cara y se restregó los gastados párpados.

—Tu grandeza, Vitórix, ha sido la de un noble amigo.

Cerunno arrojó la ceniza de Arminio al precipicio y el viento la esparció al tiempo que la hacía desaparecer.

—Márchate a cumplir con tu cometido, dictado por tu voluntad, y no mires atrás.

Vitórix se sintió triste ante aquellas palabras. ¿No le invitaba a seguirlo al más allá… a él, el más fiel de los hombres de Arminio? El galo agachó la mirada, igual que un perro que mendiga cariño y recibe una patada por toda respuesta.

—No te digo lo que has de hacer, encuentra tú mismo el camino. Ahora márchate. Mi última hora también ha llegado, y he de partir a reunirme con los señores a los que sirvo humildemente en la tierra. Sin embargo, allí adonde voy no podrás seguirme en cuerpo.

Desorientado e indeciso, y a sabiendas de que Cerunno casi siempre se expresaba en enigmas, Vitórix se alejó tal y como le había pedido; sin embargo, desobedeció, por vez primera, las estrictas órdenes del mago, y al volverse se dio cuenta de que Cerunno había desaparecido.

Vitórix se acercó al precipicio aterrorizado, y al mirar a la profundidad del Abismo de Thunar para ver dónde habría caído su cuerpo no encontró ni rastro del mago. Aturdido, miró el cielo, donde entonces descubrió la figura de un gran cuervo que se alejaba hacia las Montañas después de trazar un círculo sobre aquella cima y graznar.

Y entonces Vitórix creyó entender en ese graznido la voz de Cerúnburas, y se dio cuenta de que sus familiares eran los Vanes, y de que regresaba a algún lugar en el que reunirse con sus señores, pues se daba por concluida su gran misión en la tierra.