Crepúsculo de los Ases
Capítulo IV
Germánico se fijó en aquella figura ágil y oscura que galopaba colina arriba, arrastrando con sus órdenes a una buena cantidad de caballos. El movimiento del caballo negro escapó con un giro y torció a una masa de árboles situada en el este.
—¡Seguidme!
Las turmas romanas obedecieron al general, que trazó un plan desesperado y loco. Cientos de caballos emprendieron un galope rodeando aquel sector del ejército y dirigiéndose hacia el destino aparente de Arminio y de sus hordas montadas. Germánico los siguió azuzando al caballo. No pensó en ninguna otra cosa que en enfrentarse a Arminio cara a cara, brazo contra brazo. La horda germana entró en los árboles. Los romanos galopaban sobre sus propios muertos. Muchos de los queruscos y brúcteros que combatían a pie se replegaban mientras los legionarios les seguían el paso entre pedradas y lanzadas.
Pero el caballo de Arminio se detuvo en la linde de aquel bosque, en medio de una guardia no demasiado numerosa. Germánico se dio cuenta de que daba órdenes. Pero no importaba lo que dijese o lo que fuese a hacer. Tenía claro el esquema de aquel frente. No podían emboscar cuatro legiones tal y como estaban dispuestas y estaban huyendo. Sabía que Arminio solo deseaba causar bajas en su ejército de la manera más limpia y efectiva posible, sin arriesgar sus propias fuerzas. Pero no quería consentírselo… No sería tan sencillo si lograba enfrentarse a él. Cuando dos líderes se enfrentan sus seguidores cobran fuerza y se animan. No podía detenerse. Por un momento le pareció que decenios enteros de conquista romana palpitaban en los ríos de su sangre. El aire era frío y bramaba en sus oídos a pesar de un sol alto, y se sentía arder, arder como una brasa. Vio por un instante los rostros afilados y furiosos de sus caballeros romanos, las lanzas que apuntaban junto a él, las patas de los caballos, que arañaban los pastos, batiéndolos para ascender más rápido sin importarles lo que aplastaban en su camino, que a veces eran legionarios heridos y no necesariamente moribundos…
Aquel tiempo transcurrió rápidamente y los árboles crecieron de pronto. Las hordas vociferaban a su izquierda. Las nubes blancas se asomaban por encima de la floresta, que crecía invadiendo la pendiente. Y Arminio había desaparecido.
Tiró de las riendas e inició un peligroso freno. Lo resistió, a pesar de lo vertiginoso, y gritó a las turmas que avanzasen hasta los árboles.
Deseaba con todas sus fuerzas seguirlos, pero era el general, y por eliminación el cabecilla de un ejército no podía ponerse en peligro: para eso estaban sus tropas. Estaba seguro de que no podía estar muy lejos.
—¡Perseguidlos! —gritó, furioso.
¿Por qué se comportaba Arminio como un cobarde? Porque lo era, pensó Germánico, esa era la única explicación, de otro modo le habría esperado.
—¡Id tras ellos! ¡Vamos!
El general escuchaba a los caballos galopar y refrenar hasta la linde del bosque, donde entraron por una senda que se retorcía entre los árboles. Parecía bastante ancha, y no tuvieron duda de que los germanos habían subido por allí.
—¡No temáis esos escudos de madera! ¡Blandid las lanzas!
Las turmas entraron por diversos puntos en la floresta. Mientras tanto, Germánico vio cómo el frente, más abajo, se convertía en un caos en el que los germanos retrocedían rápidamente hacia las espesuras del oeste, pues ya habían logrado lo que esperaban.
Arminio había dejado que los caballos se acercasen. Sabía que lo habían reconocido. No era difícil darse cuenta de eso, dado que su nombre había sido gritado a lo ancho y largo del frente, y su forma de dar órdenes, a escasa distancia de los romanos, no habría dejado lugar a dudas. Eso era exactamente lo que quería.
Era el propio Germánico el que venía tras él. El despliegue de los caballos había sido una jugada arriesgada, pero ahora, detrás, varias cohortes de la segunda legión en disposición de cuadro se habían desprendido y ascendían hacia aquel bosque, para apoyar a Germánico.
Arminio había tirado de las riendas, miró a Vitórix con ojos desorbitados y ordenó el ascenso. Dejó que Draupnaz trotase sin prisas, para dejarse alcanzar. Fue entonces cuando se volvió para descubrir que los escuadrones romanos le seguían. Importantes tropas montadas, los mejores caballos de aquellas cuatro legiones, los que secundaban de cerca al propio Germánico, se adentraban en la selva para dar caza al lobo. Uno de ellos dio la voz de alarma al descubrirlo. Venían por diversos senderos, unos reales y otros abiertos entre los muros de helechos gracias a la fuerza de sus bestias.
Era el momento.
Arminio apretó las piernas y Draupnaz ascendió al galope. Recorrió la senda saltando entre raíces. Afortunadamente no soplaba viento, eso podría haber echado por tierra todos sus planes… y en más de un sentido. Miró temeroso los troncos de algunos de aquellos árboles. No podía prestar atención a los crujidos de la madera, ahora la algarabía romana inundaba el aire.
El calvero de la cima se abrió ante él. Varios de sus compañeros esperaban allí, inquietos y alegres a la vez.
Arminio saltó del caballo. Le entregó las riendas a Vitórix, que retrocedió hacia el norte, y empuñó una gran hacha que aguardaba sobre las rocas con aspecto ceremonial, como si hubiese sido elegida para un gran sacrificio, para separar la cabeza de un buey sagrado y desangrar todo su cuerpo sobre el altar sagrado de aquella pedregosa cima de los vientos.
Varias docenas de queruscos se dispersaron por la maleza, dirigiéndose al pie de los troncos más robustos. Arminio corrió con el hacha junto a Wulfsung y Wulfila.
—¿No es cierto que los árboles germanos pueden caminar? ¿No decía Helgolast que él mismo los vio avanzar hacia Hercynia? ¡Pues que estos caminen en busca de Germánico!
Alzó el arma y asestó un golpe furioso contra la base del tronco, donde una profunda muesca evidenciaba que había sido aserrado previamente.
—¡Caminad, entes! [23] Etunaz! Etunaz!
Wulfrund llamó con su cuerno de caza. Los queruscos blandieron sus hachas contra los troncos. La caballería romana ya estaba muy cerca.
Arminio y Wulfila giraban sobre sí mismos como péndulos armados. Las astillas del tronco herido saltaban con cada golpe. Vitórix entendió el gesto de Arminio y ató unas cuerdas a un tiro de tres caballos. Las cuerdas se tensaron. Vitórix hostigó a las bestias. El árbol crujió secamente. Arminio y Wulfila retrocedieron en el último momento. Vitórix abandonó el tiro de caballos, tratando de guiarlos hacia el calvero a la vez que el gigantesco roble se derrumbaba arrastrando otros árboles con sus ramas en un aterrador estruendo.
Un instante después otro de los árboles, empujado por la caída del primero y cuyo tronco había sido debidamente aserrado, iniciaba el mismo baile mientras caía lenta e inexorablemente. Las ramas parecían vivas. Y al descender los primeros cinco colosos, otros árboles eran empujados y se venían abajo, tirando a su vez a otros troncos que también habían sido aserrados. Sus troncos gruesos y pesados y sus ramas fueron desplomándose y haciendo caer la selva entera, porque los troncos más viejos habían sido preparados con anterioridad y no resistían el peso que se les venía encima.
El bosque había echado a andar.
El horizonte se ensanchó ante los germanos desde la cumbre, allí donde antes había una maleza boscosa ahora se extendía el campo de batalla. Un caos avanzó ladera abajo, en gigantesca caída aterradora. Dejaron de escuchar la algarabía romana, acallada por el clamor de los gigantes arbóreos.
Arminio montó sobre Draupnaz. Las trompas de caza bramaban a su alrededor. Los leñadores seguían dejando caer algunos árboles en el extremo este del calvero, pero el desastre ya había llegado para los escuadrones que, enviados por Germánico bosque adentro, se proponían dar caza al lobo.
Extrajo a Zankrist y la alzó por encima de sus cabezas, y se burló del cielo y de la tierra y se rio de su enemigo como un demonio.
Germánico no dio crédito a sus ojos cuando vio lo que estaba pasando. Pero tuvo que creerlo. Había gigantes en aquellos bosques, auténticos gigantes germanos que venían a ayudar a sus vecinos… Después creyó que los árboles podían haber echado a caminar, al ver cómo las copas se zarandeaban en toda su holgura… Algunos romanos lograban escapar en el último momento. Los supervivientes trataban de retroceder en medio de la maltrecha selva. Las filas, a su alrededor, retrocedían, acobardadas como en pocas ocasiones había tenido la ocasión de observar, pero él se mantuvo firme, no incrédulo, pero sí dispuesto, por el honor de su nombre y el de su padre, a enfrentarse a gigantes o incluso a árboles que caminasen.
Pero entonces las copas se vinieron abajo y se dio cuenta de que los troncos se derrumbaban, y con un latigazo de furia que hubiese sido propinado sobre su espalda por un espíritu castigador, gritó:
—¡Entrad! ¡No dejéis a vuestros hombres en la estacada!
Y él mismo fue hacia los árboles.
Al menos en aquella parte del bosque el derrumbamiento ya había acabado. Se había convertido en una maleza intransitable. Escuchaban gritos aislados. Tenían que mover pesadas ramas. Algunos caballos mugían y chillaban medio aplastados por los troncos. Tuvieron que ser degollados por su bien. No eran pocos los legionarios que habían muerto en el acto al ser alcanzados por algún tronco de gran envergadura, pero la mayor parte había sobrevivido a costa de contusiones, fracturas óseas, arañazos o extremidades inutilizadas. Otros rabiaban atrapados a la espera de que los zapadores y sus hachas los pusiesen a salvo. Para algunos ya sería tarde.
Germánico escuchó combates, y no le cabía duda de lo que estaba pasando: los germanos recorrían la espesura más arriba para rematar a sus enemigos atrapados en el caos. Muchos de sus hombres, heridos y desarmados, serían sacrificados por los queruscos.
—¡Arminius! —gritó furiosamente Germánico—. ¡Arminius! ¡Ven! —gritaba en latín—. ¡Sé que puedes entenderme!
Germánico gritaba a las malezas y sus hombres repetían la llamada.
Varias trompas germanas resonaron más cerca y con gran intensidad, como si su música arrítmica, su jolgorio tonante y alegre, fuese alguna clase de respuesta.
—¡Germánico! —le respondió una voz—. ¡Dile a mi hermano que venga!
—¡Tu mujer está aquí y quiere verte! —Germánico trataba de descubrir de dónde venía aquella voz. Al menos una veintena de hombres de confianza le seguían de cerca.
—¡Ahí están tus caballeros romanos, Germánico! ¡Tú mismo los has enviado al matadero, hijo de mala madre!
Germánico parecía sumamente excitado y no supo qué responder.
—¡No necesito robarte esposa e hijos para ganarte en combate, bastardo de Augusto! —gritó la voz. Germánico trató de atravesar un muro infranqueable de ramas.
—¡No te marches si eres hombre! —gritó el general romano.
—¡Dile a mi hermano que en su tierra todos se burlan de él! ¡Que es un esclavo maldito! ¡Dile que me vengaré y que clavaré sus entrañas de un árbol!
La voz ahora sonaba más lejos.
Germánico se enfureció contra las ramas.
Una traicionera lluvia de frámeas atravesó de pronto la espesura. Trató de ponerse a cubierto. Los centuriones hicieron un muro de escudos a duras penas para proteger al general. Las puntas de hierro tintinearon rayando cuero y acero. Una de ellas atravesó el cuello de un hombre al que Germánico conocía muy bien, que cayó muerto.
Había intentado atrapar a Arminio y había caído en su trampa. Ahora lo entendía. Era un hombre frío. No solo le había servido en bandeja varias turmas de caballería, sino que lanzándole el desafío personal solo había logrado que localizase el sonido de su voz y que ahora sus hombres tratasen de ensartarlos como a jabalíes. Continuaban lloviendo lanzas como navajas, junto a piedras de gran tamaño.
—¡Príncipe, retrocedamos!
La voz de Cazarratas sorprendió a Germánico.
Los hombres del centurión crearon un pequeño y confuso frente y Germánico, a gatas, huyó tras los escudos hasta el siguiente grupo de hombres, más numeroso, que había venido en su ayuda. Uno de sus legados favoritos yacía con una gran lanza clavada en el vientre. El escudo imperial se había desprendido de sus dedos fláccidos. Un reguero de sangre abandonaba la comisura de sus labios. Respiraba entrecortadamente. Sus ojos miraban fijamente a Germánico, aunque este no estaba seguro de que fuesen ya capaces de verlo.
—¡Por todos los dioses! —Germánico abandonó la protección de los escudos y tomó la mano de aquel hombre, que apretó contra su pecho acorazado—. ¿Es que ya no me ves?
La voz de Cazarratas increpó al príncipe.
—¡Es hora de marcharse o no saldremos ninguno vivo!
Germánico no se dio por aludido y nadie más se atrevió a dar órdenes al nieto de Augusto. Los queruscos, que sabían que Germánico estaba allí, se concentraron letalmente alrededor.
Los temblores abandonaron el cuerpo del legado y su mirada se quedó vacía. Germánico dejó su mano lentamente y después le cerró los párpados.
—¡Traed estos cuerpos! ¡No dejaremos ningún cadáver! ¡No estoy dispuesto a que esos bárbaros les arranquen los corazones en sus altares de piedra!
Germánico se inclinó, tomó el pesado cuerpo del legado y se lo cargó a la espalda.
—¡No hagáis eso! ¡Marchaos, príncipe! ¡Cada vez son más los que nos esperan detrás de esos árboles caídos!
—¡Están rodeando la colina! —gritó una voz más abajo—. ¡Tenemos que retirarnos o nos quedaremos solos!
—¡Retroceded! —increpó Cazarratas a sus hombres—. ¡Coged los cuerpos que tengáis alrededor y retroceded, malditos insensatos!
Julius hizo caso omiso y dejó tirado a un herido incapaz de hablar.
—¿Quién espera que pueda defenderme de esa horda y a la vez cargar con un cuerpo medio muerto? —se preguntó a sí mismo en voz alta.
Mientras tanto, la retirada continuaba. Las hordas se acercaban entre los árboles. Las lanzas seguían imitando la lluvia. Los legionarios caían heridos.
Cazarratas vio cómo un pequeño legionario era herido por la espalda.
—¡Africano! —El centurión se acercó al herido, uno de los mejores hombres de su centuria, y lo recogió por el hombro—. ¡No te quedarás a morir aquí, por Júpiter!
Sus enemigos se acercaron. No parecía real y sin embargo estaba pasando. Las defensas del gran general se habían alejado. La selva se llenó de gritos. Algo había cambiado en el aire. La suerte o el destino mudaban su piel.
Julius parecía furioso. Los escudos apenas resistían el acoso de las frámeas. Sus enemigos los habían estado esperando. Les habían aguardado con centenares de estacas de madera endurecidas al fuego.
Un grano de arena después los rostros de los bárbaros aparecieron entre los helechos. No había más de una veintena de romanos dispersa entre los árboles caídos; no lograron agruparse en el desorden de la selva tronchada. Dejaron caer a los muertos, se zafaron del asalto, pero sirvió de poco. Muchos fueron apresados, aunque ninguno entregó sus armas. Cazarratas y Julius se dieron cuenta de que la muerte se acercaba. Dejaron a Africano en el suelo y se protegieron espalda contra espalda. Los germanos los rodearon mientras reducían otras unidades insignificantes. Los gritos del veterano no amedrentaban a sus captores, pero alguien los quería vivos. Julius se volvió y descubrió cómo un germano montado a caballo los miraba penetrantemente a la grupa de un gran caballo negro y delgado.
Era el mismo que habían perseguido. El rumor se había convertido en dicho en las filas de vanguardia de las cohortes.
Arminio. Un yelmo penígero y aquilino coronaba la frente del querusco. Tenía los brazos y los hombros runificados. La cara pintada de negro, y allí los ojos casi herían con solo mirarlos, sargazos rojos e implacables.
—¡Tú! —gritó Cazarratas con desprecio.
En ese momento una piedra voló contra su cabeza y el centurión cayó abatido sin sentido.
Julius se volvió nerviosamente. Estaba solo. No podía romper el círculo.
Desesperadamente, hizo lo más inútil y arriesgado que pudiera imaginarse, y lo que cualquier cobarde hubiera omitido: lanzarse contra Arminio al grito de Roma, a pesar de que un muro de ramas caídas le cortaba el paso, a pesar de que eran docenas de guerreros los que se lanzarían para despedazarlo a cualquier precio…
En un desesperado intento arrojó su cuchillo. El movimiento de Arminio fue rápido pero no lo bastante. El puñal, lanzado por una mano experta, fue a clavarse en el cuarto trasero derecho de Draupnaz, que inmediatamente se encabritó fuera de control y derribó, como no había ocurrido en muchísimos años, al único jinete que lo montaba.
Arminio cayó por tierra al tiempo que un grito extraño y desesperado llegaba a sus oídos, y sintió que algo importante se le escapaba entre los dedos.
—¡No! —gritó—. ¡No lo matéis!
Cuando llegó hasta Julius solo vio un ser ensangrentado. Ya había sido herido por el hacha de Wulfila y eso rara vez no resultaba mortal.
Tenía el hombro abierto, el brazo izquierdo inutilizado y la mano sostenía un puñado de sangre que se empeñaba en gotear sin pausa.
—¡No! —gritó Arminio. Llegó hasta ellos. Había perdido el yelmo alado en la caída. Los rostros ceñudos y violentos rodearon el campo de visión de Julius. Se sabía herido, pero no de muerte.
—Deja de rabiar y habla: has mencionado su nombre.
—Flavus, el León Rojo, ¡tu hermano!
—¿Está aquí? ¿Dímelo? Si lo haces te perdonaré la vida por mi nombre, solo tendrás que contemplar una muerte doblemente cruel para tus mejores amigos, a los que ya tenemos capturados.
—¡Está aquí! ¡Viene en camino! ¡Germánico y él te buscan!
Arminio se detuvo en los ojos ansiosos y sufrientes del romano.
—Si mintieses… yo mismo te arrancaré piel, párpados y ojos para repararlo…
—¿Mentir? —gruñó Julius—. ¿Crees que merece dar la vida por ellos? ¡Yo he matado a quien me han ordenado…!
Arminio sonrió como un maníaco.
—¡Dejadlo atado y dadme un caballo!