Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 9 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 7

 

Hoy Wenling tiene un mal día. Por las retahílas de palabras secas que se

mandan de un extremo al otro de la peluquería, diría que está cruzada con el

cantante de pop. Será mejor que haga como que no me entero mientras

espero.

Me resulta fácil elegir un objetivo: la abuelita que está rematando el

peluquero más joven. Le asegura una malla blanco nuclear, compacta y

esponjosa, a prueba de ventoleras. Es lo que llamaban un retoque en la

peluquería de mis abuelas. Se parece un poco al final touch actual, pero sin el

sobreprecio que siempre conllevan los anglicismos. Rápido, en seco y con la

única colaboración del mango de un peine, Maria del Àngels obraba un

prodigio: alargar la vida útil de aquellas cabezas atareadas que solo podían

mirarse en el espejo de la peluquería una vez al mes, en el mejor de los casos.

El lustre capilar semanal también es una exclusiva de gente acomodada.

El peluquero más joven le rocía la dosis justa de laca para que se

mantenga, y le enseña cómo queda la fortaleza por detrás. ¡Bien, muy bien!,

dice la abuelita, y empieza el ratito de masaje en la nuca. Le da tanto gusto

que cierra los ojos. Vengo más que nada por la friega, ¿eh?, le dice,

saboreándola. Lleva descosido un trozo del bajo de la falda, los puños de la

blusa raídos y unas gafas de los tiempos de Maricastaña. El mismo estilo que

las clientas a las que mi pescadera llamaba preferenciales. Se me atasca una

maldición en la garganta. Se la dedico a los que votan, aprueban y firman la

vergüenza de pensiones que a muchas no les llega ni para los diez euros que

vale aquí lavar y marcar.

Se termina la friega y la abuelita vuelve al mundo. Me sienta mejor venir

aquí que ir al médico, y se toca la pierna perezosa. El peluquero más joven le

acerca el bastón y la acompaña a la puerta. No la suelta hasta que la pierna

buena agarra la batuta de los pasos y cojeando cojeando ya puede encarrilarse

sola. Verlos así del brazo. Ese adiós señora Mundeta. Cómo la mira hasta que

se pierde calle arriba. La ternura dibujada en la cara cuando vuelve a entrar. A

lo mejor todavía se salva algún trozo, de esta humanidad tan irremediable.

¡Tú, conmigo, guapa!, me llama Wenling. ¡Voy! Cortitas, cuadradas y color

 

número… ¡Yo sé, yo sé! ¡Vale, lista, pues me callo!, y me sigue la broma. Yo

también enfadada, ayer mi marido no quiere pasear y todo domingo en casa

porque él muy cansado, mejor no dice nada, y se cierra una cremallera. Hoy

me viene bien la manicura en silencio: todavía tengo en la garganta todas las

señoras Mundeta que habrá por esos mundos.