Donde Wenling
Capítulo 7
Hoy Wenling tiene un mal día. Por las retahílas de palabras secas que se
mandan de un extremo al otro de la peluquería, diría que está cruzada con el
cantante de pop. Será mejor que haga como que no me entero mientras
espero.
Me resulta fácil elegir un objetivo: la abuelita que está rematando el
peluquero más joven. Le asegura una malla blanco nuclear, compacta y
esponjosa, a prueba de ventoleras. Es lo que llamaban un retoque en la
peluquería de mis abuelas. Se parece un poco al final touch actual, pero sin el
sobreprecio que siempre conllevan los anglicismos. Rápido, en seco y con la
única colaboración del mango de un peine, Maria del Àngels obraba un
prodigio: alargar la vida útil de aquellas cabezas atareadas que solo podían
mirarse en el espejo de la peluquería una vez al mes, en el mejor de los casos.
El lustre capilar semanal también es una exclusiva de gente acomodada.
El peluquero más joven le rocía la dosis justa de laca para que se
mantenga, y le enseña cómo queda la fortaleza por detrás. ¡Bien, muy bien!,
dice la abuelita, y empieza el ratito de masaje en la nuca. Le da tanto gusto
que cierra los ojos. Vengo más que nada por la friega, ¿eh?, le dice,
saboreándola. Lleva descosido un trozo del bajo de la falda, los puños de la
blusa raídos y unas gafas de los tiempos de Maricastaña. El mismo estilo que
las clientas a las que mi pescadera llamaba preferenciales. Se me atasca una
maldición en la garganta. Se la dedico a los que votan, aprueban y firman la
vergüenza de pensiones que a muchas no les llega ni para los diez euros que
vale aquí lavar y marcar.
Se termina la friega y la abuelita vuelve al mundo. Me sienta mejor venir
aquí que ir al médico, y se toca la pierna perezosa. El peluquero más joven le
acerca el bastón y la acompaña a la puerta. No la suelta hasta que la pierna
buena agarra la batuta de los pasos y cojeando cojeando ya puede encarrilarse
sola. Verlos así del brazo. Ese adiós señora Mundeta. Cómo la mira hasta que
se pierde calle arriba. La ternura dibujada en la cara cuando vuelve a entrar. A
lo mejor todavía se salva algún trozo, de esta humanidad tan irremediable.
¡Tú, conmigo, guapa!, me llama Wenling. ¡Voy! Cortitas, cuadradas y color
número… ¡Yo sé, yo sé! ¡Vale, lista, pues me callo!, y me sigue la broma. Yo
también enfadada, ayer mi marido no quiere pasear y todo domingo en casa
porque él muy cansado, mejor no dice nada, y se cierra una cremallera. Hoy
me viene bien la manicura en silencio: todavía tengo en la garganta todas las
señoras Mundeta que habrá por esos mundos.