Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 21 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 19

 

Me gustaba más el Top Christmas Songs. Hoy los gritos son para perder el

juicio. Los da ese niño, pobre madre. La conozco, es la de Cal Pep, la frutería,

un mango insuperable, siempre en su punto, y el marido lo corta tan bien…

Es mi pecado secreto cuando vuelvo de trabajar. La próxima vez que vea un

take away en la Boquería, cremallera. Qué feo decir que cada diez tarrinas de

fruta asesinan un puesto de toda la vida cuando todavía estás relamiendo el

tenedorcito del mango.

Al final la frutera se ha ido. Y no por mí, porque todo eso de la fruta

envasada lo he pensado para mis adentros. Ha tenido que levantarse y recoger

velas con el pelo mojado y todo. La verdad es que los berridos del niño tenían

a toda la peluquería al borde de un ataque de nervios. La chica que hace la

pedicura le ha cantado una canción, el marido de Wenling no paraba de

distraerlo con los cepillos, pero nada, él como si oyera llover. O lo que es lo

mismo: niño cabeza muy dura, dice Yang cuando han salido.

Las fiestas se acaban y las manicuras también. En Navidad era la locura

por causar impresión, pero por Reyes, manga ancha. Hoy somos muy pocos.

Saco el guion que tengo para corregir y no lo miro. Echo un vistazo a los

chismes del Lecturas del chico que está a mi lado, a ver qué información

primordial para la vida saco de ahí. Cumplen años: Serrat, 73. Ricky Martin,

45 —⁠caramba⁠—. Ana Torroja, 57. Edurne, 31, ¿quién narices es esta?

Una marisabidilla muy veterana le busca las cosquillas al marido de

Wenling con los champús. Que sea del bueno, porque algunos lo rellenan con

jabón a granel en cuanto nos volvemos… Cómo le ha herido en el honor. Pero

Yang le ha contestado solo con cuatro palabras: Tú mira, por favor. Le ha

metido el dispensador de L’Oreal por los ojos para que leyera fabriqué en

France y le ha enseñado el albarán del último pedido. De acuerdo, de

acuerdo, dice arrugando la nariz. Y sigue con la auditoría. Ahora quiere saber

si los Reyes pasan también por allí de donde sois. No, en China no, responde

Wenling. Le he visto la pesadumbre, como si no representar semejante charlotada fuera una tara. Dios bendito… ¡¿Reyes no?! Aunque también ha

contribuido mucho que Marisabidilla alargara la sorpresa casi hasta el drama.

Wenling le dice que ponga las manos en remojo por última vez y saca el

móvil del bolsillo. Se lo coloca en la pierna, marca y le da al altavoz.

Reconozco la voz de Haijun y las órdenes marciales de Wenling. El típico

si ya os habéis levantado, si ya os habéis lavado la cara y si ya habéis hecho la

cama de cuando tenías vacaciones y tu madre se ocupaba de que no hicieras el

manta hasta la hora de comer. Me jugaría cualquier cosa a que la

conversación iba de eso.

Marisabidilla ha debido de deducir algo muy distinto, porque me mira

ofendida como diciendo que Wenling y su hija hablan en mandarín para

molestar. ¡No fastidie, señora, que somos catalanes! ¡Si hemos tenido que oír

toda la vida que hablamos para tocar las narices! ¿En serio quiere hacer usted

ese papelón ahora? Se lo he dicho solo con la cara, pero los cortes de

corriente se notan: no ha podido encenderse.

 

Que Wenling siempre ponga firmes a los niños. Que saluden, que den las

gracias, que no molesten, que presenten limpios los deberes. No es muy

contemporáneo, pero a mí me resulta de lo más natural: mi hermana y yo nos

pasamos la infancia diciendo que no a las galletas. Y allí se quedaban las

cajas sin empezar. Las Artiach, las Cuétara, las Trias, las Birba, las que más

me dolía desdeñar. En los lados estaban las que iban envueltas en papel

brillante, las que seguro que eran de chocolate. ¡Ay, me moría por ellas! Pero

a la pregunta de si queríamos merendar solo podíamos responder de una

forma, según mi madre: No. ¿Entendido, niñas? No y gracias, las gracias

siempre en la boca, desde luego. Y galletas no es más que un ejemplo de todo

el entrenamiento.

 

—Jamás en la vida me pondría ese color que llevas siempre, chica. Parece

de… Parece de Gilda. —⁠Hala, ya me la metió. Marisabidilla me la tenía

jurada.

—Pues no crea. Me la sé de memoria y después de la bofetada del imbécil

de Glenn Ford, sí mujer, cuando Rita Hayworth se tapa la cara con las manos,

¿sabe? Pues en ese momento se le ven y las lleva de un color clarito como el

suyo.

—¡Pero bueno! ¿Qué quieres decir, chica?

—Nada, mujer, nada, que la entiendo de sobra, que dicen Gilda por no

decir fulana. Pero no pasa nada, no me ofende, al contrario, a mí me gusta

mucho este rojo. Es el color de la sangre nuestra de cada mes, de nuestra

fuerza, de nuestro poder, ¡es el color de la vida!

Mano de santo, un poco de medicina feminista. Marisabidilla dice

madremíadelamorhermoso, con tantos libros, qué desgracia de juventud, y se

apoltrona en el sillón. Se sopla las uñas, pasa la página y ¡fiiiis!, un desgarrón

furioso recorre todo el ¡Hola!

 

Creo que me estoy rehabilitando. Hoy no he disparado la alarma cuando él me

ha tocado la mata. Hoy no he hecho mi corte paralelo de siempre. A lo mejor

en esta peluquería sí que les echan a los productos algún potingue no

autorizado por la UE: nos quedamos deliciosamente narcotizados. Si

Marisabidilla tuviera razón, no entendería que lo celebrara en vez de

denunciarlo.

Pero todavía no estoy ida del todo, todavía estoy un poco aquí y los pillo.

Un cliente le da con el codo al de al lado y a los dos se les escapa una risita

cuando sale la masajista a llamar al siguiente. Tranquilos, no hagáis

esfuerzos, el imaginario colectivo trabaja más deprisa y con más sutileza. En

estos momentos la risita esa ya está cargando toda la metralla de clichés. El

automatismo que nos hace asociar mujer oriental con sexualidad inminente

viene de lejos y tiene padre. El mismo padre que Madame Bovary.

 

Todavía estábamos los tres inclinados sobre el pozo cuando llegaron los

hombres. No sé si mis hermanos se pudieron escapar, cuántos años vivieron

ni cómo. Desde dentro del saco yo solo oía los gritos. También me los

arrebató para siempre la oscuridad de aquella noche y de aquel pozo. Padre se

había jugado medio rebaño, había perdido el otro medio que no tenía y se tiró

al pozo de la vergüenza. Y empujó a madre también, por no hacer solo el camino. Solo pudieron arramblar con los hijos. Era de día cuando los hombres

me descargaron ante otro hombre. Me obligaron a ponerme de pie, me dijeron

desnúdate, a ver los dientes, y empezaron a darme en las pantorrillas con un

palo. Cuanto más lo evitaba, más rápido y más arriba me daban. Cuantos más

saltitos daba, más cara de satisfacción ponían. El hombre dijo, de acuerdo,

algo haremos con ella, me la quedo, les dio una bolsita y llamó a una mujer.

Llévatela, le ordenó, lávala y alecciónala, enseguida la daremos a estrenar.

Tenía trece años cuando me dijeron que bailaría para los extranjeros, trece

años cuando me obligaron a ser la Kuchuk Hanem que habéis leído en

vuestras lenguas y que hoy por primera vez conoceréis por mis palabras.

Sabed que Kuchuk Hanem no es un nombre, solo quiere decir chiquilla. Y

que el primer día lloré todo el tiempo que duró la música de la danse de

l’abeille. Lágrimas porque pudiera hacerles tanta gracia obligar a bailar a una

niña como si se quitara un bicho de encima para que fuera perdiendo toda la

ropa. El ahogo por el peso muerto del primer extranjero, el desgarrón, la

sangre, el sudor, el moco agrio que me obligó a tragar. Decían que todos los

extranjeros venían a ver nuestros templos antiguos. A lo mejor creían que las

personas de mi tierra también eran piedra muerta. No lo éramos, pero

tendríamos que volvernos como si. Yo ya tenía el cuerpo de granito cuando

apareció el hombre de los dedos manchados de tinta. El que con dos noches

de pagar por mí tuvo suficiente para atreverse a escribir quién era. El hombre

de los dedos manchados de tinta me robó la voz, me arrancó la piel de

persona y me la infló con un aire hecho de mentiras. Escribió de mí que era

bailarina y yo os digo que era una esclava que antes de acostarse con los

extranjeros tenía que hacerles la función. Escribió de mí que era una máquina

que no distinguía entre un hombre y otro y yo os digo que era una niña

despedazada. Escribió de mí que me deleitaba con la lujuria y yo os pregunto

qué deseo puede despertarse en la carne de alguien a quien se le niega la

voluntad. También escribió de mí que yo no era una mujer, sino un mundo, y

también os creísteis ese disparate. Por lo visto el hombre de los dedos

manchados de tinta era uno de vuestros mejores en el arte de la fábula. Tenía

que serlo, porque todavía hoy miráis a las mujeres de mi tierra y de las de más

allá hasta donde nace el sol con los ojos lascivos de su fantasía. Ahora ya

sabéis que Gustave Flaubert lo ignoraba todo de mi vida. Y también de mi

muerte. No puedo jurar que la plaga viniera con él. Pero podéis estar seguros

de que nos la infectaban extranjeros como él. Lo llamaban el mal francés y a

los veinte años ya estaba yo toda llena de llagas. No quise esperar a que se me

pudriera la carne. Una noche sin luna me escapé y fui a buscar a mi padre y a mi madre. Fui a buscar el pozo. Y ahora vivo en las aguas encantadas que

deja la última lluvia caiga donde caiga. Las aguas se desencantarán solo con

que turbéis la calma tirando una piedra. Las aguas se abrirán para vosotros

solo con que las miréis cuando vuelvan a ser espejo. Y veréis quién soy de

verdad, y sabréis mi nombre, y cómo suenan mis palabras, y todo lo que

todavía no han dicho. Que no os asuste reescribir la historia estancada de las

mujeres de mi tierra y de las de más allá hasta donde nace el sol. Da mucho

más miedo dejarla así, con la cabeza hundida, embutida y amoratada, sin alma

ni corazón.

 

Pero estas palabras no quedaron escritas en ninguna parte, se las llevó la

última lluvia. Los guionistas del colonialismo eran solo de un bando, eran

solo unos: un puñado de europeos calenturientos reprimidos hasta el último

botón que soñaron tanto pan por el hambre que pasaban. El más influyente de

todos, el padre de Madame Bovary. Primero, Gustave Flaubert difundiría con

todo detalle en su correspondencia los delirios por encamarse con aquella

muchachita egipcia, y después se los endilgaría a la actitud y a las carnes de

sus protagonistas: Salomé, Salambó, la Reina de Saba… Y una pluma tan

insigne a la fuerza tenía que crear escuela: una constelación de autores que

todavía se leen hoy con fruición, reverencia y credibilidad. A partir de ellos,

todas las mujeres orientales, ya fueran egipcias o chinas, princesas o pastoras,

quedarían cortadas por el mismo patrón sesgado. A partir de Kuchuk Hanem,

todas las mujeres orientales se escribirían igual de ilusorias y sexualizadas. Y

así para siempre, como si fuera palabra de Dios.

Porque la descolonización de las tierras no conllevó la descolonización de

los cerebros. Todavía tenemos la cabeza muy encantada. Siguen emitiéndonos

una tarde sí y otra también la película que tan genialmente nos contó el turista

sexual Gustave Flaubert. Y por eso parece tan normal que las mujeres

asiáticas todavía tengan que soportar que juzguemos sus movimientos y las

tengamos por sospechosas de Oriente igual a sexo, de Oriente igual a

complacencia, de Oriente igual a sumisión, de Oriente igual a mutismo. Que

todavía les comprometamos la dignidad con la bromita pringosa del final

feliz.

Marisabidilla me ha picado con uno de sus reproches. Y es una tontería, con

una pregunta no restituyo su ¡¿Reyes no?!, pero la hago. Le pregunto a

Wenling cuándo celebran el Año Nuevo y me arrepiento al instante. Lo único

que voy a poder añadir cuando me diga la fecha es el animal que toca este

año, porque eso sí que lo hemos folclorizado y merchandizado y, por lo tanto,

aprendido. Pero no sé ni por qué lo celebran cuando lo celebran ni qué

manjares deliciosos preparan y se comen ni qué significa para ellos… Ni

cuánto les duele estar lejos de casa y de los suyos en una fecha de tal

magnitud. Ya es tarde. Guapa, es año del… ¿Se dice pollo?, me pregunta

arrugando la frente. El pollo es el hijo, no querrás decir el padre, el gallo, ¿eh?

¡Sí!, me dice con una gran carcajada. La miro y sé que está cavilando. ¿Cómo

dice gallo en catalán? Gall, como el gall d’indi de Navidad, el que nos hemos

comido estos días. Claro, muchas clientas dicen gall d’indi, ¡yo ahora sé!

No lo veréis por escrito porque sería más largo que una semana sin pan,

pero de ahora en adelante hablaré con Wenling al estilo Digui, digui. Con

todo lo que suelte, palabra por palabra: gallo-gall, pollo-pollastre, y así todo.

¿Que se le puede indigestar? No os preocupéis, sabré ponerle salsa.

Me termina una manicura extraordinaria y me dice gracias, guapa, ahora

yo come. Y se va dentro. Ojeada al reloj de pared, ¿tan tarde es? Las cuatro

menos cuarto pasadas. Se ha esperado para cogerme.

Yo también visto señores cómo ríen, tú no caso… La masajista se me

acerca, el cliente ya ha salido, y me lo quiere explicar. Aquí todos gente

normal, no malos, masaje y ya está. Y yo muy contenta porque tiene muchas

clientas doctoras, infermeras, chicas de ordenador… Tú no preocupa, yo bien,

yo nombre Fen, y me hace una caricia en las cervicales que vale por una hora

entera de masaje.

Pago hecha un flan y cuando abro la puerta se cuela Pol. ¡Vengo a ver a

Haitao! Y ya sale el otro disparado. Después del choque del abrazo, se dan las

manos, saltan, se ríen. Me quedo unos segundos con medio cuerpo fuera y

medio dentro, atrapada. Con la cantidad de piedras del pasado que llevamos

todavía en los bolsillos, ver a estos dos siempre me descarga. Me vuelven más

entusiasta del futuro.