Donde Wenling
Capítulo 26
Veo que la banda sonora de hoy es una voz metálica. No tengo ningún gato.
La sopa aún está fría. Mi amiga tampoco viene mañana. El maestro de
castellano de Wenling es una aplicación de móvil y acusa una clarísima falta
de disposición a la alegría. Con las clientas de uñas en fase de secado y las de
pelo controladas, Wenling no pierde ripio. Repite las frases que le dispara el
generador hasta que logra la pronunciación. No tengo ningún gato. La sopa
aún está fría. Mi amiga tampoco viene mañana. No me extraña tanto
infortunio, menudo panoli. Qué alivio que sea virtual, no tener que verle la
cara de pocos amigos. Muteo el hola. Me siento sin decir nada y finjo que leo.
Y un poco me escondo. No puedo evitarlo. Ver cómo discurre las cosas, cómo
se organiza, cómo lo soluciona. Si su reino no fuera una peluquería de
barrio… Ya lo creo que volaría alto. Wenling solo tiene cuatro paredes y un
teléfono, pero ve más allá de sus narices. Será por eso por lo que todas vamos
a resguardarnos con ella.
¡Que no soy una aparición, tía, que soy yo! Wenling planta al maestro gafe y
se va directa hacia la chica que acaba de entrar. ¡Tú mucho tiempo! Se dan un
largo abrazo y el relato no se detiene. Quedo integrada, es decir, me integran.
Porque Wenling ya me había interceptado, me ha dicho que me siente y
empieza a prepararme las manos pendiente de lo que cuenta. Me llamo
Mireia, cómo mola este color rojo, hola, mucho gusto.
Tiene diecinueve años y es clienta de la peluquería desde los quince. Todo
lo que ganaba haciendo canguros se lo fundía en cera en la pelu de Wenling.
Era la única que no le arrancaba el alma, además de ese enmoquetado tan
hirsuto. Hay que decir que Mireia es de la generación que se está quitando de
encima el yugo de la depilación, bravo por ellas, y primero trataba a sus pelos
como si no merecieran la extinción, como si solo fueran una parte más del organismo con propósitos y funciones incluso esenciales. Pero ¡joder, mis
colegas que se los dejan a la vista no tenían esta mata! Ella no se atrevió, tuvo
que buscarse aliada en las estéticas del barrio y pasar por el aro. Y no
encontró a nadie con mejores manos que Wenling. Ni con mejor trato. En los
sitios más pijos siempre te encuentras con pavas que te miran con cara de
asco. Porque Mireia lleva las orejas normativamente horadadas, como la
mayoría de las criaturas que todavía se marca solo por llegar al mundo con
vulva. Pero cuando los agujeros se hacen un poquito más allá, ay. Es bastante
intrigante que los pendientes deslocalizados sigan molestando más a quien no
tiene que llevarlos colgados. Mireia lleva tres en cada ceja y dos en la nariz. Y
son picudos, de los que no piden perdón por respirar. Aquí no te ponen la puta
etiqueta, a ti también te mola venir, ¿no? Y me mira con unos ojos tan
preciosos y tan azules… Me alivia verle manchas en el esmalte de los dientes.
Sí, he pensado que una cosa compensaba la otra, lo reconozco. Más
abominable es que la belleza todavía represente un peligro para las mujeres.
Mireia también lleva tatuajes, veo que se le escapa la cola de uno, con la
blusa vaquera remangada. Y que le estallan dos flores de vivos colores en los
tobillos, entre los leggins y unas deportivas desbocadas y mal atadas. Ropa
cómoda, lógico, la que se busca cuando se acaba de tener un hijo.
¡¿Tú?! ¡¿Tú tiene un niño?! Wenling se quita la mascarilla de un tirón.
Ya, tía, soy muy joven, estáis flipando mucho, ¿verdad? Por eso llevaba tanto
tiempo sin verla. Le perdió la pista y se perdió la barriga.
Cuando estaba de dos meses y medio se quedó a vivir en el pueblecito de
sus abuelos, el de los veranos, en la Costa Dorada. La madre de Mireia es de
los vecinos a los que la chusma inmobiliaria ha echado del barrio. De lo malo
malo, mejor hipotecarse para apuntalar el pisito de la familia que tragar con el
triple de alquiler y comer aire. Ahora, en el pueblecito de la Costa Dorada,
pueden acompañar el aire con pan.
Pero hoy Mireia se ha cansado del pueblecito. Se ha hartado de las grietas,
de la tendinitis y del dolor de riñones, y ha pedido a su madre que fuera a la
farmacia. Se ha quitado de encima la carga de amamantar sin las dificultades
que da a otras muchas pasar noches en blanco. Cuando se tiene un sueldo,
tiempo y libros, los diálogos con la conciencia pueden llegar a alargarlo todo
mucho. Ella solo ha necesitado tres meses de experiencia maternal, un
biberón y leche artificial. Y dicho y hecho. Ha calentado agua, ha deshecho el
granulado, ha comprobado la temperatura y le ha enchufado al niño. Gracias,
mamá, ¡te quiero! Y con la vuelta de la farmacia ha comprado un billete para
venir a Barcelona.
Gràcia cada día es más cutre, pero se echa de menos a las colegas… y
también quería ver a esta, y le da un pellizco a Wenling en la mejilla. Gracias,
guapa, yo piensa que tú hace… Tú ya tiene niño, vale, pero tú ahora más
cabeza. ¿Qué pasa con universidad?
Se financiaba la depilación aguantando a los niños de los vecinos, pero lo que
más le gustaba del mundo se lo pagaba despachando legumbres cocidas los
sábados en la plaza. Aquellas cazuelas pesaban un huevo, pero ¡la mañana
pasaba volando! Y Mireia pudo comprarse un ordenador. Sí, tía, la carrera se
ha ido a la mierda, los profes también se quedaron hechos polvo… No
fastidies, Mireia, y ahora la ingeniería informática, ¿qué? Tenía la nota,
hostia, la tenía. Y en vez de concentrarse en los fundamentos matemáticos, la
programación y la estructura de los computadores, ha tenido que aprender los
tratamientos para el cólico, para las erupciones y para la otitis. Estoy
hablando solo de lo chungo, pobre niño… A veces, cuando me mira mucho
rato, me da pena. Y nos lo enseña en el móvil. Los mismos ojos azules, cara
de pan, la frente preocupada. Si creo que lo quiero, joder…, pero cuando me
agobio, cuando pienso qué hostias voy a hacer… me da mucha rabia haber
sido una gilipollas, joder… Pero es que fliparíais con la de pavos que sudan
de ponerse condón… tengo amigas que han follado a pelo por no quedar mal,
para que las dejaran en paz en el insti, para terminar con el puto tema. Pero
bueno, lo mío no fue por el condón, joder… No me mires así, Wenling, yo a ti
no te puedo engañar. A la peña le digo que no llevaba goma, pero no. Yo no
follé. Yo lo que no pude fue quitarme de encima a un pavo, que no es lo
mismo.
Era de madrugada, ya no quedaban ni la luna ni los camareros del chiringuito.
Iban por la playa, de retirada, hablando de todo y de nada. Las greñas al
viento le golpeaban la cara. A Mireia le hizo gracia el sabor a salobridad y le
dijo que lo probara. No que se desabrochara los pantalones. Al principio no se
asustó, estará de broma, yo no quiero follar con este pavo. Era del pueblo de
al lado, amigo de uno de la pandilla de toda la vida, y le dijo que parase
creyendo que naturalmente pararía. ¡¿Qué haces?! ¡Te acabo de decir que no!
¡Que me dejes, joder! Pues no la dejó. Y con toda la fuerza de la bajeza la tiró a la arena. Dio igual que Mireia lo arañara, le escupiera, le gritara y lo coceara
a vida o muerte. Ya la había reducido. La aplastó, se hurgó en la entrepierna,
y no le importó tener que luchar contra ella todavía un buen rato más. Hasta
que remató el atentado.
Y como en esos pueblos todo el mundo se conoce, pues me callé como una
gilipollas. Y ni policía ni nada. Ni me acuerdo de cómo me levanté y llegué a
casa. Solo sé que lo veía todo borroso, que me quemaba el cuerpo, que me
explotaba la cabeza. ¡Estuve una semana encerrada en mi habitación! Nunca
me había rayado tanto, ¡estaba acabada! Y ahora vais a flipar: el pavo me
llamaba al móvil, ¡quería verme! ¡Se creía que estábamos juntos, el muy
subnormal! No soportaba más el puto samsung y al final se lo conté todo a mi
madre, antes no podía, joder, no podía decirlo en voz alta. Y mi madre solo
lloraba. Pero al día siguiente me dijo: ¡Pocos pendientes puntiagudos, Mireia!
Uno ahí abajo le habría hecho picadillo el capullo, ¡le habría dejado un
colgajo pelado goteando orina día y noche! Y fue a buscarlo a su pueblo. Lo
agarró por la camiseta y lo llevó a rastras por la calle diciéndole de todo, Y
¡mi madre solo mide un metro y medio! Pues lo dejó hecho un cromo. No
volvió a llamar nunca más. La putada más putada de todas ya la sabéis,
porque no me atreví a abortar, no me salió del puto corazón. Y no lo podré
olvidar en mi puta vida.
Desde luego que no. Porque, aunque no vuelvan a verse ni a dirigirse la
palabra, el pavo que violó a Mireia una noche de verano en un pueblecito de
la Costa Dorada no se esfumará. El pavo seguirá viviendo en el pueblecito de
al lado y saldrá a la calle como siempre. Y será más popular que nunca, y
hasta parecerá una buena persona. Castells, fiesta mayor, arroces, el gran
recapte, siempre el primero. Un pavo en el que confiarán sus padres, sus
amigos, su pareja, sus compañeros de trabajo y sus vecinos. Un violador al
que respetarán. Quizá los primeros años todavía se acuerde alguien de que
hubo algo raro en aquella relación con la chica de Barcelona que tuvo un hijo
sola. Porque lo llamarán relación. Pero poco a poco el rumor perderá vigencia
hasta que no quede nada, cuando lo vean pasar preocupado por alguna
solidaridad que organizar. Y será tan modélico que un día lo nombrarán candidato del partido que siempre ha cortado el bacalao en su pueblo. Y será
alcalde, porque lo que hace falta es juventud sana, ¡como tú! Y ese alcalde
recién estrenado dará su primer discurso. Y elegirá el tema de la violencia
machista. Y hablará del plan que hemos implementado para terminar con esta
lacra de la sociedad, del compromiso personal que asumo para luchar por ello.
El pavo ese, el violador, se comprometerá. Pondremos en marcha un servicio
de veinticuatro horas para actuar ante cualquier agresión sexual. Y se subirá a
la parra. Os puedo asegurar que seremos implacables con los que campen
impunemente por nuestras calles, con los enfermos que violan y matan a las
mujeres. Sí, dirá enfermos. Él, el pavo, el violador. Y mientras lea el discurso,
la hoja irá perdiendo cuerpo y se le pegará a los dedos. Por la adrenalina, por
las ínfulas del poder, por la inyección de justicia. Y por la humedad. Porque
aquella tarde, en aquel otro pueblecito de la Costa Dorada, se levantarán
rachas de viento cargadas de salobridad. La salobridad. Lo único que aquella
noche tenía que haber probado él, el pavo, el violador, el alcalde.
Soplamos el té, que quema como un demonio, es lo único que se oye. Antes
de llegar a aquella madrugada en la playa, Wenling ha visto venir la tormenta
y nos ha llevado dentro. Ha sido la primera que ha podido moverse, la
primera que ha podido dar la orden a las piernas y a las manos: la orden de
poner remedio, calma, refugio, mimo y respeto. Y todo eso, en una sola
acción, en las casas chinas quiere decir té. Hoy, variedad verde
resucitamuertos.
Estamos las tres cabizbajas, no sabemos cómo despegar el abatimiento del
suelo. Y si no fuera porque tenemos que sujetar el vaso, también nos
colgarían los brazos. Pero ahora Mireia levanta la cabeza y me mira asustada:
¡Joder, qué malo! Exagera el mohín y se vuelve hacia Wenling. No te
ofendas, tía, pero esto, sin azúcar, ¡no hay quien lo trague! Y Wenling se
mosquea. ¡¿Tú qué dice?! ¡Tú no sabe! Un té verde resucitamuertos y
buscabroncas. ¡Que no sé tomar té, dice, sí, hombre! ¡Esto es peor que las
hierbas que me daba mi abuela para el dolor de ovarios! Te has equivocado,
Wenling, ¡esto es una pócima, tía! Y las dos dejan la taza en la mesa, retiran
las sillas y se enfrentan. También se tronchan de risa. Hacen como si se
empujaran, como si se dieran algún manotazo, juegan. Hasta que llega lo que
buscaban. Hasta que se abrazan.
Yo me largo de la cocina, esta escena solo puede ser suya. Echo un
vistazo a la peluquería y me siento. Soplo el té, que todavía quema, y le hago
los honores que tanto se merece.