Donde Wenling
Capítulo 16
Es festivo, no hay teleserie y solo me encuentro a la señora Eulàlia. ¡Hola,
guapa! ¿Manos? Sí, manos, ¿qué tal, Wenling? Bien, gracias. Tú pasa ahora,
hoy no viene gente. El artista le esculpe el bucle a la señora Eulàlia, y a él,
dejémoslo en él, porque no sé si no prefiero volver al cantante de pop de antes
a llamarle Loco, la masajista le ablanda las cervicales. Caray, chico, qué
suerte tienes, le digo. ¿Pelo bien?, quiere saber enseguida. Sí, todavía se
mantiene estupendamente, ¡gracias! Y, satisfecho, cierra los ojos para recibir
el masaje.
Me vendría bien uno a mí también. Se haría de noche, me abandonaría a
esa espesura y me derretiría. Lo noto solo de pensarlo. Se me va a caer la
cabeza encima de la mesita de manicuras. Tú hoy muy cansada, ¡tú no dice
nada! Es verdad, Wenling, hoy estoy… Existe la palabra exacta para el estado
en el que me encuentro, es amodorrada. Pero lo dejo en un simple morta,
muerta. Tú relaja… Wenling adivina lo que deseo y alarga el masaje de
manos. Como si me escurriera los dedos. Corta la circulación y vuelve a
soltarla, la corta y la vuelve a soltar, la corta y la vuelve a soltar. Y no sé si
esto es una reacción sanguínea de libro o si es solo cosa mía, pero espabilo de
golpe. Y ahora me doy cuenta de que ella está bastante pálida y de que le dan
escalofríos. Tu també estàs pioca, no te encuentras muy bien, ¿verdad? Hoy
yo cansada… Ayer noche yo película con móvil y hoy duele. Y le da al
intermitente de los ojos varias veces. ¡Pero yo también contenta!
La niña ha traído unas notazas semestrales de impresión, en matemáticas,
en catalán, en todo. Es de mente rápida, te lo digo siempre, Wenling, ¡es
como tú! ¿Sabías que la inteligencia se hereda de la madre? Y dice que no
moviendo la cabeza de un lado a otro, a toda velocidad, mientras se le dibuja
una risita. ¡Sí, sí! ¡No lo dudes!, contesto, en el colegio buenas notas seguro,
¿a que sí? Bueno… Empieza vergonzosa pero tiene que reconocerlo, eso sí,
buenas notas siempre. Pero muy pobre y no puede estudiar más. Me lo dice
con una tristeza limpia y cruda. ¿Hasta qué años? Se retira la mascarilla un
poco y cuenta en su lengua hasta llegar a… dieciséis. Y ¿qué te habría gustado estudiar? Pienso si no habré enrevesado mucho el tiempo verbal pero
no tiene que pensarlo: mandarín. Para escribir.
Y este infinitivo me atraviesa. Yo dejé lo de escribir. Wenling no, a ella se
lo fulminó el maldito rayo de siempre. El mismo que cayó sobre mis abuelas
hace ochenta años. El mismo que deja azules a tantas otras ahora mismo en
tantos sitios. ¿No puedes pagar para aprender? Pues te fastidias. Tormenta
seca, los libros colgados y una mula de carga más para el rebaño.
Mi abuela ya mayor y yo ayuda. Y Wenling primero fue a buscar trabajo
en un sitio de… ¿tatuajes? Me hace un dibujo en la muñeca, pero me parece
que no puede ser. Y no, no, lo que hacían no eran tatuajes. A la tercera
circunferencia se me enciende la bombilla. ¡Ah, relojes! ¡Una fábrica de
relojes!, y me animo como si cantara bingo. Si nos vierais por un agujero
cuando nos adivinamos… Pero muy difícil, muy pequeño, yo no hace bien. Y
me acuerdo del trabajo de chinos que soltamos a diestro y siniestro sin ningún
miramiento. Como si la destreza para las labores más difíciles nos viniera de
nacimiento. Como si lo que nos viene de nacimiento no fuera la tierra con la
que tenemos que habérnoslas y de paso las condiciones laborales imperantes,
como si no fuera eso lo que nos arrimará a un trabajo u otro y lo que nos hará
la vida decente o irrespirable.
Y ¿después de los relojes? Después hierro. ¿Hierro? Esta vez lo entiendo
bien, pero me parece increíble que una jovencita de dieciséis años pudiera
acarrear chatarra en forma de tubos, vigas o lo que sea que me imagino ahora.
¿Tú? ¿Hierro? ¿Con lo que pesa? No tanto, cajas, y hace el gesto de
empaquetar. Cajas… ¿de hierro? Wenling saca el móvil para buscar la
traducción, pero no lo consigue. No vamos a resolverlo ahora, es igual,
olvidemos el hierro. Y las dos pensamos lo mismo al mismo tiempo: es igual,
hierro yo poco tiempo, después más, yo trabaja mucha cosa, yo muy pobre,
repite. Y ahora sí que se arruga y se queda hecha un ovillo.
Después de las fábricas hubo dos tiendas de ropa y, a continuación, la
perfumería en la que Wenling fue joven, feliz y libre con su amiga-hermana
Xiaolu. Pero todo eso ya pasa… Yo ya no piensa. Y de repente, muy solemne:
Yo, guapa, yo solo piensa un día. Y me lo dice con toda claridad, con todos
los números: el 15 de mayo de 2006, el día que puso los pies en Barcelona.
Cuando yo muere, yo acuerda ese día.