Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 18 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 16

 

Es festivo, no hay teleserie y solo me encuentro a la señora Eulàlia. ¡Hola,

guapa! ¿Manos? Sí, manos, ¿qué tal, Wenling? Bien, gracias. Tú pasa ahora,

hoy no viene gente. El artista le esculpe el bucle a la señora Eulàlia, y a él,

dejémoslo en él, porque no sé si no prefiero volver al cantante de pop de antes

a llamarle Loco, la masajista le ablanda las cervicales. Caray, chico, qué

suerte tienes, le digo. ¿Pelo bien?, quiere saber enseguida. Sí, todavía se

mantiene estupendamente, ¡gracias! Y, satisfecho, cierra los ojos para recibir

el masaje.

Me vendría bien uno a mí también. Se haría de noche, me abandonaría a

esa espesura y me derretiría. Lo noto solo de pensarlo. Se me va a caer la

cabeza encima de la mesita de manicuras. Tú hoy muy cansada, ¡tú no dice

nada! Es verdad, Wenling, hoy estoy… Existe la palabra exacta para el estado

en el que me encuentro, es amodorrada. Pero lo dejo en un simple morta,

muerta. Tú relaja… Wenling adivina lo que deseo y alarga el masaje de

manos. Como si me escurriera los dedos. Corta la circulación y vuelve a

soltarla, la corta y la vuelve a soltar, la corta y la vuelve a soltar. Y no sé si

esto es una reacción sanguínea de libro o si es solo cosa mía, pero espabilo de

golpe. Y ahora me doy cuenta de que ella está bastante pálida y de que le dan

escalofríos. Tu també estàs pioca, no te encuentras muy bien, ¿verdad? Hoy

yo cansada… Ayer noche yo película con móvil y hoy duele. Y le da al

intermitente de los ojos varias veces. ¡Pero yo también contenta!

La niña ha traído unas notazas semestrales de impresión, en matemáticas,

en catalán, en todo. Es de mente rápida, te lo digo siempre, Wenling, ¡es

como tú! ¿Sabías que la inteligencia se hereda de la madre? Y dice que no

moviendo la cabeza de un lado a otro, a toda velocidad, mientras se le dibuja

una risita. ¡Sí, sí! ¡No lo dudes!, contesto, en el colegio buenas notas seguro,

¿a que sí? Bueno… Empieza vergonzosa pero tiene que reconocerlo, eso sí,

buenas notas siempre. Pero muy pobre y no puede estudiar más. Me lo dice

con una tristeza limpia y cruda. ¿Hasta qué años? Se retira la mascarilla un

poco y cuenta en su lengua hasta llegar a… dieciséis. Y ¿qué te habría gustado estudiar? Pienso si no habré enrevesado mucho el tiempo verbal pero

no tiene que pensarlo: mandarín. Para escribir.

Y este infinitivo me atraviesa. Yo dejé lo de escribir. Wenling no, a ella se

lo fulminó el maldito rayo de siempre. El mismo que cayó sobre mis abuelas

hace ochenta años. El mismo que deja azules a tantas otras ahora mismo en

tantos sitios. ¿No puedes pagar para aprender? Pues te fastidias. Tormenta

seca, los libros colgados y una mula de carga más para el rebaño.

Mi abuela ya mayor y yo ayuda. Y Wenling primero fue a buscar trabajo

en un sitio de… ¿tatuajes? Me hace un dibujo en la muñeca, pero me parece

que no puede ser. Y no, no, lo que hacían no eran tatuajes. A la tercera

circunferencia se me enciende la bombilla. ¡Ah, relojes! ¡Una fábrica de

relojes!, y me animo como si cantara bingo. Si nos vierais por un agujero

cuando nos adivinamos… Pero muy difícil, muy pequeño, yo no hace bien. Y

me acuerdo del trabajo de chinos que soltamos a diestro y siniestro sin ningún

miramiento. Como si la destreza para las labores más difíciles nos viniera de

nacimiento. Como si lo que nos viene de nacimiento no fuera la tierra con la

que tenemos que habérnoslas y de paso las condiciones laborales imperantes,

como si no fuera eso lo que nos arrimará a un trabajo u otro y lo que nos hará

la vida decente o irrespirable.

Y ¿después de los relojes? Después hierro. ¿Hierro? Esta vez lo entiendo

bien, pero me parece increíble que una jovencita de dieciséis años pudiera

acarrear chatarra en forma de tubos, vigas o lo que sea que me imagino ahora.

¿Tú? ¿Hierro? ¿Con lo que pesa? No tanto, cajas, y hace el gesto de

empaquetar. Cajas… ¿de hierro? Wenling saca el móvil para buscar la

traducción, pero no lo consigue. No vamos a resolverlo ahora, es igual,

olvidemos el hierro. Y las dos pensamos lo mismo al mismo tiempo: es igual,

hierro yo poco tiempo, después más, yo trabaja mucha cosa, yo muy pobre,

repite. Y ahora sí que se arruga y se queda hecha un ovillo.

Después de las fábricas hubo dos tiendas de ropa y, a continuación, la

perfumería en la que Wenling fue joven, feliz y libre con su amiga-hermana

Xiaolu. Pero todo eso ya pasa… Yo ya no piensa. Y de repente, muy solemne:

Yo, guapa, yo solo piensa un día. Y me lo dice con toda claridad, con todos

los números: el 15 de mayo de 2006, el día que puso los pies en Barcelona.

Cuando yo muere, yo acuerda ese día.