Donde Wenling
Capítulo 47
Sí que le he traído una cosa de Qingtian. Ha dado la vuelta a la bolsa de un
zarpazo. Por delante ni rastro, el blanco de todas partes y de ninguna.
Minúsculo, y al final de la otra cara, ha encontrado lo que buscaba. Cómo lo
ha repasado con el dedo, cómo lo ha pronunciado… Por no hablar de cómo se
ha esponjado Wenling cuando me lo ha traducido: ¡el nombre de la librería, el
nombre de la calle y el nombre de su ciudad! Yo sé dónde, yo muy clienta, ¡tú
sí visto Qingtian! No hace ni caso a las cuatro novelas policiacas que
tardamos en elegir dos horas de reloj entre Max, Àlex y yo, ahí se quedan,
una encima de otra, intactas. Ningún reproche. Si la literatura no fuera ante
todo una prueba de vida, ya me dirás para qué demonios la querríamos.
Yang tiene pelusa y viene a preguntarme si no hay nada para él. Ostras,
qué tonta del haba, podía haberte traído tabaco, a lo mejor echas de menos el
de allí. Se burla todo lo que quiere. Jajaja, tú mala como tabaco chino, ¡tabaco
chino no se puede fumar! Y, qué remedio, cuando vivía allí, porque hace diez
años únicamente los ricos podían permitirse el gusto del de importación, el
bueno. Pero que nada, nada, todo para ellos.
Wenling me pregunta si entendí bien que viajaría a Barcelona, no a
Madrid, porque también allí dejó amistades y ha ido a verlas alguna vez. Y
ahora dudo. Diría que sí, sí, que quedé con Xiaolu en que nos veríamos en
Barcelona… China es muy grande, nosotros piensa Madrid y Barcelona muy
cerca. ¡Oye, si hay que ir un fin de semana a Madrid, se va! No, mejor
Barcelona, Xiaolu, tú y yo, no más gente, y me guiña un ojo, tranquila, yo
escribe, yo convence. Pero, guapa, yo piensa… yo trabaja toda la semana, tú y
ella puede pasear juntas sin mí, si tú quiere. Le dejo bien clarito lo que es
mandar a alguien a paseo, la mando a paseo y le canto el programa para
cuando venga. El sábado por la noche, cena reservada para tres en el barrio, y
domingo, si tenemos ganas de más juerga, abrimos admisiones y nos vamos a
la Barceloneta con los niños, Yang y Max: ¿qué te parece? ¡Eso sí puede! Y
me sacude un give me five que casi me tira al suelo.
Ya era hora de cerrar y yo me iba cuando llega Haijun. Y directa a lo que
quiere saber. Cuánto tiempo hace que no tiene que aliñar las preguntas con
una cosa, una cosa. Has ido a China, ¿verdad? A mi ciudad, ¿verdad? ¿Me
cuentas lo que más te ha gustado de Qingtian, por favor? Cojo aire para
disparar y Wenling me frena. ¿Tú ahora puede cenar con nosotros?
Y llama a Haitao, anda, que salga, que si no lo dejamos aquí. Tú en China
bebe cerveza, yo visto… ¡Que Yang se dé prisa, que si no nos cierran! Y va
corriendo a comprar un paquete de seis en la bodega de la esquina. A mí, que
llame a Max, y a Haijun, que mientras ella hace caja le marque el número del
restaurante que tiene la comida más casera. Media hora y platos buenos como
Qingtian en mi casa, y me empuja hacia la calle.
Que con la tripa llena se acuerda uno mejor de todo, me dijo con todas las
órdenes repartidas y cogidas del brazo. Muy cierto. Pero mi problema era
vaciarla. Liberarla para hacer sitio a todas las suculencias que me esperaban.
A lo mejor os habéis encontrado en esta misma situación y a lo mejor sí
sabéis hacerlo. Yo siempre me atraganto. A mí siempre me cuesta mucho
drenar la alegría.