Donde Wenling
Capítulo 9
Hoy el peluquero más joven le hace las filigranas a una maestra jubilada. Con
la concentración de un operario atómico. La permanente ya está al dente y
ahora hay que desenroscar esos muelles que parecen de alambre. Se los
deshilacha y se los atusa. De uno en uno. Parece mentira que de aquí pueda
salir la catarata de ondas que le caerá hasta la mitad del cuello. Ella le cuenta
que lleva cuatro meses sin ir porque se rompió el húmero. Yo acuerdo, tú
melena muy bonita. Le ha dicho húmero muy específica ella, pero después de
darle las gracias por el piropo le repite el motivo tocándose el hueso de
marras. Y ahora sí que la entiende el peluquero. ¡Oh, hospital no bueno…! Y
la maestra jubilada sigue con el informe. Que ha perdido ocho kilos y, bueno,
por ese lado, bien, pero la cabeza… eso sí que lo sentía. ¡Quin cambuix, tanto
tiempo sin venir! A él esto le ha sonado igual que húmero, pero lo deduce y
suelta una risita. ¡Qué bien me lo has hecho, idò! ¡Me lo has dejado precioso!
La maestra jubilada se da el alta definitiva y se agarra al asiento para
levantarse. ¡Espera! La obliga a sentarse otra vez. Espera poquito, dura más.
Es implacable, de la escuela de esta peluquería, desde luego. Le ha
descubierto una onda un poco alicaída y pelea con el mango de tres peines
distintos hasta que consigue el ocho exacto. Y ahora sí: Tú ya puede. Me
entran ganas de pregonar un bando: Aviso importante para todas las señoras
jubiladas de Gràcia, ¡aquí dentro tenéis a vuestro artista! Porque no se
entendería si dijera aquí dentro tenéis a vuestro glamour boy.
Y ahora entra la señora Eulàlia y saluda a la maestra jubilada. ¡Dichosos
los ojos, señora Catalina! ¡Qué alegría volver a verla! ¡Ay, filla —me
saluda—, parece que nos pongamos de acuerdo tú y yo!, y cruza toda la
peluquería para ir a dejar el carro de la compra en el cuartito del fondo. Sin
decir nada, como Pedro por su casa. Huelo las hierbas para el caldo desde
aquí. Hoy voy a hacerme las manos y los pies, así que estaré un buen rato, me
dice, y me guiña un ojo. Y se sienta a esperar a mi lado. Pues mire por dónde
¡un buen momento de relajación! ¡Ah!, por eso vengo, filla, y por la compañía… y por la compañía… mentiría, si no. Wenling me hace una seña
para que me siente en la mesita de manicuras y la señora Eulàlia me sigue.
Se sienta a nuestro lado, clas, clas, clas con el abanico, y nos actualiza la
situación: que su marido se ha recuperado bastante del catarrazo, pero que no
sabe si es mejor, porque es un hombre muy trabajoso. La adjetivación muy
trabajoso me espabila el espíritu y el oxígeno se nota enseguida en las
conversaciones: ¡Ah, Wenling! ¿Qué pasó con lo de la niña? Es verdad, filla,
¿cómo acabó lo de que rechinaba los dientes?
Le dio el remedio natural una semana y no le sentó mal, pero tampoco la
curó. Y es que la niña no tenía el estómago sucio. Wenling la observaba por la
noche y seguía rechinando los dientes como siempre, así que pidió hora al
médico. Dice muchos niños dientes así por tanta cosa después de colegio,
deporte, inglés… Pues estamos apañados, filla, ¡tan jovencitos y ya tan mal de
los nervios! Mañana dentista pone… Busca una imagen en el móvil y nos
enseña una férula de plástico transparente.
Todavía no he dicho nada, me lo imagino. Si tuviera diez años como
Haijun y no hiciera ni cuatro días que me hubieran trasplantado de casa, de
colegio, de ciudad, de planeta. De todo mi decorado al completo. Intento
ponerme en su pellejo y me parece que rechinar los dientes por la noche es
una minucia. Su mundo eran sus abuelos, madre y padre solo un título, una
voz por el teléfono, unos invitados en verano. A lo mejor tu niña poco tiempo
aquí… cuesta situarse, todo tan nuevo es difícil, me oigo decir copiando su
castellano. Quería que me entendiera al máximo de lo máximo que tengo
derecho a opinar sobre esta cuestión. Y Wenling capta que lo que quiero decir
es que algunas dolencias vienen de la añoranza, y se encoge de hombros. Yo
sé… pero en China dice: Si un árbol cambia tierra, muere; si una persona
cambia tierra, vive. Mis niños poco a poco ya costumbre aquí… Aquí es la
apuesta que ha hecho ella. Y tendrá que ser también la de sus hijos.
Yo hoy preocupada por escuela, nos dice de repente. Porque la han
convocado esta tarde a un problema. La última vez fue un sacrificio dejar la
peluquería llena hasta los topes para ir a una reunión de padres. Pero es que
dejarla para no entender ni jota de lo que la profesora estuvo explicando más
de una hora y media fue casi un martirio. Y no sabe qué hacer. Pues ¡pide
hora para ti sola, filla! La señora Eulàlia siempre tan práctica. A ver, ¡te lo
escribo! Sí, ¡mejor!
Estimada profesora: Wenling, la madre de Haijun, prefiere no asistir a la charla informativa porque la última vez le resultó muy difícil seguirla. Le pide por favor que le dé cita para reunirse un día con usted y que la ponga al día de lo que haya contado a los demás padres. Muchas gracias por su amabilidad y comprensión.