Donde Wenling
Capítulo 11
Hoy fijo que sí. Hoy voy a hacer caso a la clienta peluquera y me voy a
atrever. Hoy sí. Hola, guapa, ¿manos? Manos y pelo, voy a decir. Solo manos,
digo. Pólvora mojada. Quería que me cortara el pelo él y hoy también lo he
vuelto a pensar dos veces. Me frena mi amiga Sesi, que también es la dueña
de mi cabeza. Y ya hace más de diez años, ¿creerá que la he perdido cuando
se lo confiese? Bueno, Sesi lo entenderá, venga, sí, el próximo día digo que
me lo corte el marido de Wenling y ya surgirá la ocasión de contárselo. Pero
me tiemblan las piernas solo de imaginármelo.
¿Qué tal, Wenling? Y ¿los niños? Bien también, muchas gracias. ¿Les
gusta el cole? ¿Entienden mejor el idioma? Sí, bien, bien. Y tú, ¿bien con la
maestra? ¿Ya has ido? Tranquila, después yo cuenta. Y le asoma la risa a los
ojos porque intuye mi justiciera, que ya se prepara por si tiene que leer la
cartilla a alguien.
Las mellizas de ahora siempre me hacen mucha gracia. No van a las
cafeterías, ellas. Quedan aquí para pasar la tarde. Llega la primera, la que la
llama Wendy y tan ancha, viene expresamente de la Barceloneta. ¡Siete
paradas, siete! ¡Media docena de peluquerías en mi calle, y vengo aquí!
Peluquería simpática, dice el marido de Wenling, y crea el eslogan que
requería semejante recuento de esfuerzos. ¡Hola, Gripi!, la saluda Wenling.
Ella no contesta, tiene el móvil pegado al oído y está a punto de resolverme la
duda: Lourdes, soy tu melliza Agripina, ¡que no has llegado aún a la
peluquería! No, Wenling no se ha equivocado de nombre. Él sí:
—Lava pelo, ahora no móvil, Gripe.
—¡Gripe no, animal! ¡La gripe es una enfermedad! ¡Agripina o Gripi!
Se veía venir, con los emperadores romanos siempre se sale malparada.
Mientras le lava la cabeza le cuenta lo que suelen contar aquí dos terceras
partes de la clientela: que ha estado en el hospital. La señora Gripi, tres
semanas. Dos por el agua que tenía en los pulmones y una porque los
camilleros la tiraron al suelo. No pusieron el seguro y… ¡catapún! Oye, ¡que
hasta ellos se llevaron un buen susto! Y le enseña el chichón que tiene todavía. ¿Ves? ¡Aquí! ¡Ojo, no me lo frías después con el secador! Esta Gripi
es más bruta que un arado, me encanta.
Por el así así que me dice Wenling, algo en la reunión con la maestra no
marchó bien. En los estudios, como la seda, sobre todo en matemáticas. Pero
hay un pero: que Haijun es muy callada, le reprochó, y que cuando habla lo
hace en voz tan baja que casi no se la oye. A Wenling le ha sentado tan mal
como si le hubiera dicho que robaba bocadillos a la hora del recreo. Y
volvemos a las mismas: a mí me parece de lo más lógico, teniendo que volver
a nacer aquí hace cuatro días. Y lo bien que se las arregla, desde luego. Esto
es normal, no te preocupes, cuanto más tiempo pase, ¡más alto y mejor
hablará! Estoy tan convencida que creo que lo he dicho a voces, los excesos
no son buenos.
Pero Wenling no lo ve tan claro y me dice que hable con ella por favor. A
lo mejor a tú sí dice por qué… ¡Ahora mismo!, le digo con entusiasmo. Que
no se me note que no las tengo todas conmigo, menudo encargo… esto no es
escribir una nota ni plantar cara a un administrativo de hospital, mis zonas de
confort, como dicen ahora, que aquí las mil mujeres me dejan solas y
apáñatelas como puedas.
Y mientras se me secan las uñas… Haijun, ¿puedes salir un momento?
Que qué tal en el colegio, que qué asignaturas te gustan más, que si os
mandan muchos deberes, que a qué jugáis. Todo muy trillado, lo reconozco,
pero ha sido suficiente para que… ¡¿hablara?! ¿No habíamos quedado en que
era tan callada? En el patio va con un grupito, no se queda sola en un rincón:
aislamiento voluntario descartado. Le gusta estar con ellas, mucho:
sociabilidad confirmada. Pero, efectivamente, de momento Haijun se limita a
escucharlas, ¿por qué? Pues porque todavía no sé todas las palabras y ellas
hablar muy deprisa. Y ¿con los profesores te pasa lo mismo? Unos sí, unos
no. ¿Depende de si también hablan muy deprisa? Me dice un sí que es
¡eureka! y ¡aleluya! al mismo tiempo, fusionados, y me sonríe después de
quitarse un peso de encima que me parece que era muy fácil evitarle. Con dos
preguntas de nada resulta que hemos desarticulado el Gran Enigma del
Silencio de los Niños Recién Llegados. Reducido a polvo, porque Haijun no
quiere matar la conversación, quiere seguir hablando.
Finjo que las uñas no están secas todavía, que tengo todo el tiempo del
mundo, dime, dime… Y me pregunta la diferencia entre catalán occidental y
catalán oriental. Me quedo de piedra, ¿tan pronto le enseñan eso?, si acaba de
empezar a hablarlo… En fin, ¡viva nuestra tozudez curricular! Pues el que
hablo yo, el que hablamos en Barcelona y alrededores, lo llaman catalán oriental. Y el que hablan aquí… Busco un mapa en el móvil y señalo: Ponent,
la Franja, les Terres de l’Ebre, el País Valencià… El que hablan aquí es el
occidental. ¡Vale!, me contesta ella en catalán general, pero ¿la diferencia?
Tortazo. Y bien merecido. Ya… No te he ayudado mucho, ¿verdad? Suelta
una risita impagable. Yo estoy bien, tú explica. A ver… Respiro hondo, pues
una diferencia podría ser la pronunciación de la letra e…
Espero que no haya ningún filólogo en la sala. O que no me lo tenga en
cuenta. Porque creo que lo más práctico es darle un minirrecital de vocales
átonas, neutras y es abiertas y cerradas. L[ə]s nen[ə]s maqu[ə]s es catalán
oriental y l[e]s nen[e]s maqu[e]s, occidental. Me ha salido la canción del
Julivert meu sin querer. ¡Vale!, me dice entusiasmada, y en Madrid, ¿catalán
occidental o catalán oriental? ¡En Madrid catalán no! En Madrid hablan
castellano, como la señora Gripi, ¿vale? Així, així, me dice ella en la versión
catalana del clásico de Wenling.
Y antes de que vuelva al cuartito del fondo, lo que quiero saber desde el
día en que se me escaparon las letras del chándal:
—Oye, Haijun, ¿a qué colegio vais?
—A las Hermanas —me dice orgullosa.
—¿Las Hermanas? —Oímos escandalizarse a la señora Gripi—. ¡Las
hermanas son unas hijas de puta!
Como si se abrieran unas compuertas en el falso techo. La inundación es
bíblica, taoísta, talmúdica, budista, alcoránica… Wenling y Haijun se quedan
heladas. Yo también, pero tengo que salir a la superficie cuanto antes: ellas no
reaccionan. Yo escupo, toso, cojo el poco aire que hay y por fin encuentro
voz.
—¿Qué dice, mujer? —Y más bajito—: Seguro que no habla de ahora,
Wenling, seguro que es cosa antigua, cosa pasada.
Sin embargo, la señora Gripi no lo ha dicho por decir y tiene intención de
seguir.
—¡Las hermanas me hicieron una de órdago!
Y yo no sé qué hacer: ¿zanjo el tema para que Wenling y Haijun no se
lleven un disgusto mayor ni se hagan un lío peor? Pero, entonces, ¿me quedo
sin saber la injusticia que creo que nos va a contar la señora Gripi?
—Pero, a ver, señora Gripi, ¿de cuánto habla usted?
—Hombre, hace unos años, fue en el sesenta y seis…
—¿Lo ves? ¡Fue hace mucho, Wenling! Es que fíjese en cómo se han
quedado estas dos, ¡las ha dejado petrificadas!
—Ya veo… Pues no era la intención… Pero ¡el mal recuerdo no me lo
borra nadie!
Y antes de que termine de sacar el tapón, cuelo un poco de contexto para
madre e hija.
—Veréis, es que aquí hubo una guerra. —Me doy cuenta de que tengo que
cambiar al castellano, Wenling tiene que entenderlo todo perfectamente—. Y
después de la guerra, de cuando habla la señora Gripi, los que la ganaron eran
una dictadura, Franco, un dictador militar, un criminal, un…
—¡Un cerdo, un sádico y un asesino! —remata la señora Gripi.
—Y aquí, Wenling, aquí mucha gente mucho miedo, y los colegios de
monjas… —y recalco—: de antes, no te trataban bien si no pensabas o no
hacías lo que querían la Iglesia y los militares, que mandaban juntos y hacían
daño a las personas, como a la señora Gripi.
Mejorable, sí, pero Wenling y Haijun se tranquilizan.
—¡Eso mismo! —Y también la señora Gripi me da el visto bueno —. No
me dejaron matricular a mis niños porque estaba sola, ¿te lo puedes creer,
Wendy? Mi marido me dejó, ¡sí, sí!, me quedé con un crío de siete años y una
cría de cinco, ya lo oyes bien, ya, de la noche a la mañana se largó y las muy
hijas de puta… —Vuelta la burra al trigo, ahora que lo estábamos
encarrilando—. Pues las muy hijas de puta de las Hermanas me dicen que no
quieren una madre sin padre, Wendy, ¡que no soy ejemplo para la escuela! ¡Y
dejan a mis hijos en la calle! Me fui a casa llorando como una magdalena,
¡nunca se me olvidará aquel día! ¡Nunca!
Wenling se levanta, se acerca a ella y le coge las manos. A la señora Gripi
se le cae rodando una lágrima. Haijun me mira, le digo con los ojos que no sé
qué decir y me entiende, que ahora no hay que romper el silencio.
Ahora estamos las tres con ella. Entramos en el carrer Gran aquel día húmedo
y oscuro de otoño en la Barcelona ocupada. Primero sale de Las Hermanas
como una posesa, como un cohete, la empuja la furia. Pero ahora la señora
Gripi vacila, no sabe qué hacer. Si intentarlo en otra escuela, o mandarlo todo
a paseo y entrar en la droguería. La señora Gripi también es de los vencidos, y
duda. Pero no se amilana, ella también es una aulaga. Y ¡menudo ejemplar!
Dejará en paz el salfumán, se sacudirá la negrura y tirará de sus hijos y de la
historia hasta aquí. Hasta la otra historia. La que no tiene mayúsculas ni monumentos. La que nunca hemos honrado. La que debemos a tantas señoras
Gripi.