Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 13 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 11

 

Hoy fijo que sí. Hoy voy a hacer caso a la clienta peluquera y me voy a

atrever. Hoy sí. Hola, guapa, ¿manos? Manos y pelo, voy a decir. Solo manos,

digo. Pólvora mojada. Quería que me cortara el pelo él y hoy también lo he

vuelto a pensar dos veces. Me frena mi amiga Sesi, que también es la dueña

de mi cabeza. Y ya hace más de diez años, ¿creerá que la he perdido cuando

se lo confiese? Bueno, Sesi lo entenderá, venga, sí, el próximo día digo que

me lo corte el marido de Wenling y ya surgirá la ocasión de contárselo. Pero

me tiemblan las piernas solo de imaginármelo.

¿Qué tal, Wenling? Y ¿los niños? Bien también, muchas gracias. ¿Les

gusta el cole? ¿Entienden mejor el idioma? Sí, bien, bien. Y tú, ¿bien con la

maestra? ¿Ya has ido? Tranquila, después yo cuenta. Y le asoma la risa a los

ojos porque intuye mi justiciera, que ya se prepara por si tiene que leer la

cartilla a alguien.

Las mellizas de ahora siempre me hacen mucha gracia. No van a las

cafeterías, ellas. Quedan aquí para pasar la tarde. Llega la primera, la que la

llama Wendy y tan ancha, viene expresamente de la Barceloneta. ¡Siete

paradas, siete! ¡Media docena de peluquerías en mi calle, y vengo aquí!

Peluquería simpática, dice el marido de Wenling, y crea el eslogan que

requería semejante recuento de esfuerzos. ¡Hola, Gripi!, la saluda Wenling.

Ella no contesta, tiene el móvil pegado al oído y está a punto de resolverme la

duda: Lourdes, soy tu melliza Agripina, ¡que no has llegado aún a la

peluquería! No, Wenling no se ha equivocado de nombre. Él sí:

—Lava pelo, ahora no móvil, Gripe.

—¡Gripe no, animal! ¡La gripe es una enfermedad! ¡Agripina o Gripi!

Se veía venir, con los emperadores romanos siempre se sale malparada.

Mientras le lava la cabeza le cuenta lo que suelen contar aquí dos terceras

partes de la clientela: que ha estado en el hospital. La señora Gripi, tres

semanas. Dos por el agua que tenía en los pulmones y una porque los

camilleros la tiraron al suelo. No pusieron el seguro y… ¡catapún! Oye, ¡que

hasta ellos se llevaron un buen susto! Y le enseña el chichón que tiene todavía. ¿Ves? ¡Aquí! ¡Ojo, no me lo frías después con el secador! Esta Gripi

es más bruta que un arado, me encanta.

Por el así así que me dice Wenling, algo en la reunión con la maestra no

marchó bien. En los estudios, como la seda, sobre todo en matemáticas. Pero

hay un pero: que Haijun es muy callada, le reprochó, y que cuando habla lo

hace en voz tan baja que casi no se la oye. A Wenling le ha sentado tan mal

como si le hubiera dicho que robaba bocadillos a la hora del recreo. Y

volvemos a las mismas: a mí me parece de lo más lógico, teniendo que volver

a nacer aquí hace cuatro días. Y lo bien que se las arregla, desde luego. Esto

es normal, no te preocupes, cuanto más tiempo pase, ¡más alto y mejor

hablará! Estoy tan convencida que creo que lo he dicho a voces, los excesos

no son buenos.

Pero Wenling no lo ve tan claro y me dice que hable con ella por favor. A

lo mejor a tú sí dice por qué… ¡Ahora mismo!, le digo con entusiasmo. Que

no se me note que no las tengo todas conmigo, menudo encargo… esto no es

escribir una nota ni plantar cara a un administrativo de hospital, mis zonas de

confort, como dicen ahora, que aquí las mil mujeres me dejan solas y

apáñatelas como puedas.

Y mientras se me secan las uñas… Haijun, ¿puedes salir un momento?

Que qué tal en el colegio, que qué asignaturas te gustan más, que si os

mandan muchos deberes, que a qué jugáis. Todo muy trillado, lo reconozco,

pero ha sido suficiente para que… ¡¿hablara?! ¿No habíamos quedado en que

era tan callada? En el patio va con un grupito, no se queda sola en un rincón:

aislamiento voluntario descartado. Le gusta estar con ellas, mucho:

sociabilidad confirmada. Pero, efectivamente, de momento Haijun se limita a

escucharlas, ¿por qué? Pues porque todavía no sé todas las palabras y ellas

hablar muy deprisa. Y ¿con los profesores te pasa lo mismo? Unos sí, unos

no. ¿Depende de si también hablan muy deprisa? Me dice un sí que es

¡eureka! y ¡aleluya! al mismo tiempo, fusionados, y me sonríe después de

quitarse un peso de encima que me parece que era muy fácil evitarle. Con dos

preguntas de nada resulta que hemos desarticulado el Gran Enigma del

Silencio de los Niños Recién Llegados. Reducido a polvo, porque Haijun no

quiere matar la conversación, quiere seguir hablando.

Finjo que las uñas no están secas todavía, que tengo todo el tiempo del

mundo, dime, dime… Y me pregunta la diferencia entre catalán occidental y

catalán oriental. Me quedo de piedra, ¿tan pronto le enseñan eso?, si acaba de

empezar a hablarlo… En fin, ¡viva nuestra tozudez curricular! Pues el que

hablo yo, el que hablamos en Barcelona y alrededores, lo llaman catalán oriental. Y el que hablan aquí… Busco un mapa en el móvil y señalo: Ponent,

la Franja, les Terres de l’Ebre, el País Valencià… El que hablan aquí es el

occidental. ¡Vale!, me contesta ella en catalán general, pero ¿la diferencia?

Tortazo. Y bien merecido. Ya… No te he ayudado mucho, ¿verdad? Suelta

una risita impagable. Yo estoy bien, tú explica. A ver… Respiro hondo, pues

una diferencia podría ser la pronunciación de la letra e…

Espero que no haya ningún filólogo en la sala. O que no me lo tenga en

cuenta. Porque creo que lo más práctico es darle un minirrecital de vocales

átonas, neutras y es abiertas y cerradas. L[ə]s nen[ə]s maqu[ə]s es catalán

oriental y l[e]s nen[e]s maqu[e]s, occidental. Me ha salido la canción del

Julivert meu sin querer. ¡Vale!, me dice entusiasmada, y en Madrid, ¿catalán

occidental o catalán oriental? ¡En Madrid catalán no! En Madrid hablan

castellano, como la señora Gripi, ¿vale? Així, així, me dice ella en la versión

catalana del clásico de Wenling.

Y antes de que vuelva al cuartito del fondo, lo que quiero saber desde el

día en que se me escaparon las letras del chándal:

—Oye, Haijun, ¿a qué colegio vais?

—A las Hermanas —me dice orgullosa.

—¿Las Hermanas? —Oímos escandalizarse a la señora Gripi⁠—. ¡Las

hermanas son unas hijas de puta!

Como si se abrieran unas compuertas en el falso techo. La inundación es

bíblica, taoísta, talmúdica, budista, alcoránica… Wenling y Haijun se quedan

heladas. Yo también, pero tengo que salir a la superficie cuanto antes: ellas no

reaccionan. Yo escupo, toso, cojo el poco aire que hay y por fin encuentro

voz.

—¿Qué dice, mujer? —Y más bajito⁠—: Seguro que no habla de ahora,

Wenling, seguro que es cosa antigua, cosa pasada.

Sin embargo, la señora Gripi no lo ha dicho por decir y tiene intención de

seguir.

—¡Las hermanas me hicieron una de órdago!

Y yo no sé qué hacer: ¿zanjo el tema para que Wenling y Haijun no se

lleven un disgusto mayor ni se hagan un lío peor? Pero, entonces, ¿me quedo

sin saber la injusticia que creo que nos va a contar la señora Gripi?

—Pero, a ver, señora Gripi, ¿de cuánto habla usted?

—Hombre, hace unos años, fue en el sesenta y seis…

—¿Lo ves? ¡Fue hace mucho, Wenling! Es que fíjese en cómo se han

quedado estas dos, ¡las ha dejado petrificadas!

—Ya veo… Pues no era la intención… Pero ¡el mal recuerdo no me lo

borra nadie!

Y antes de que termine de sacar el tapón, cuelo un poco de contexto para

madre e hija.

—Veréis, es que aquí hubo una guerra. —⁠Me doy cuenta de que tengo que

cambiar al castellano, Wenling tiene que entenderlo todo perfectamente⁠—. Y

después de la guerra, de cuando habla la señora Gripi, los que la ganaron eran

una dictadura, Franco, un dictador militar, un criminal, un…

—¡Un cerdo, un sádico y un asesino! —⁠remata la señora Gripi.

—Y aquí, Wenling, aquí mucha gente mucho miedo, y los colegios de

monjas… —⁠y recalco⁠—: de antes, no te trataban bien si no pensabas o no

hacías lo que querían la Iglesia y los militares, que mandaban juntos y hacían

daño a las personas, como a la señora Gripi.

Mejorable, sí, pero Wenling y Haijun se tranquilizan.

—¡Eso mismo! —Y también la señora Gripi me da el visto bueno ⁠—. No

me dejaron matricular a mis niños porque estaba sola, ¿te lo puedes creer,

Wendy? Mi marido me dejó, ¡sí, sí!, me quedé con un crío de siete años y una

cría de cinco, ya lo oyes bien, ya, de la noche a la mañana se largó y las muy

hijas de puta… —⁠Vuelta la burra al trigo, ahora que lo estábamos

encarrilando⁠—. Pues las muy hijas de puta de las Hermanas me dicen que no

quieren una madre sin padre, Wendy, ¡que no soy ejemplo para la escuela! ¡Y

dejan a mis hijos en la calle! Me fui a casa llorando como una magdalena,

¡nunca se me olvidará aquel día! ¡Nunca!

Wenling se levanta, se acerca a ella y le coge las manos. A la señora Gripi

se le cae rodando una lágrima. Haijun me mira, le digo con los ojos que no sé

qué decir y me entiende, que ahora no hay que romper el silencio.

 

Ahora estamos las tres con ella. Entramos en el carrer Gran aquel día húmedo

y oscuro de otoño en la Barcelona ocupada. Primero sale de Las Hermanas

como una posesa, como un cohete, la empuja la furia. Pero ahora la señora

Gripi vacila, no sabe qué hacer. Si intentarlo en otra escuela, o mandarlo todo

a paseo y entrar en la droguería. La señora Gripi también es de los vencidos, y

duda. Pero no se amilana, ella también es una aulaga. Y ¡menudo ejemplar!

Dejará en paz el salfumán, se sacudirá la negrura y tirará de sus hijos y de la

historia hasta aquí. Hasta la otra historia. La que no tiene mayúsculas ni monumentos. La que nunca hemos honrado. La que debemos a tantas señoras

Gripi.