Donde Wenling
Capítulo 46
Y ahí van las notas de un viaje que me abrió todos los pespuntes de la
definición. Un viaje que no fue una visita que se hace a una población, un
país, etc… Ni un recorrido por cualquier espacio notablemente lejano del
lugar de residencia con el fin de conocer sus características, para cumplir
algún cometido o sencillamente por diversión. Y unas notas que solo pueden
ser un destilado de memoria porque todo lo que registré en el móvil se perdió
a causa de los efectos desastrosos de mezclar un corazón desbocado, la prisa y
lo amarillo en el excusado.
AIR CHINA
En 2001 lo sentencié en la primera media hora de vuelo: caldo de acelga hervida. Esta vez me he chupado los dedos con el té verde que me ha traído el calorcito de donde Wenling. Nos lo sirven unas azafatas que Air China tiene en muy poca consideración. Porque adornar un Airbus A330-200 no es una categoría laboral. Obligarlas a maquillarse desorbitadamente y a tirar de la raya del pelo desde la raíz no redunda en beneficio de la atención a los pasajeros. Ni embutirlas en un uniforme-camisa de fuerza garantiza la seguridad de la nave. ¿Quién saca algo en limpio de verlas traquetear por el pasillo con unas imposiciones tan abyectas?
Las pantallas se encienden solas cada dos por tres, y siempre para enseñarnos una
preciosidad de ciervos, arboledas, ríos, cascadas… Esas maravillas de agua, de bosque y de piedra todavía están vivas. Celebro que el capital no tenga veneno suficiente para todos.
ALTA VELOCIDAD
Túnel-paisaje-túnel-paisaje-túnel-paisaje-túnel.
Somos la indigestión que mata. Dondequiera que llegamos con zarpas de hierro,
somos el gran eructo que sube. Voy acercándome a Qingtian perforando el vientre a la naturaleza. Y a más de trescientos kilómetros por hora se deshace todo el verde. Como si el musgo más manso alfombrara las montañas. Como si no hubiera habido dolor. Parada en Lishui, ciudad prefectura, la que lleva el timón del condado de Qingtian. Se nota en cuanto se ven la mimosa y el espliego que flanquean el río milimétrica y bellamente. Se necesita un poco de tiempo para volver a embalarse. Consigo ver que son arrozales, lo que se ondula y forma bancales de playa en cada colina. La fotogenia no vuelve estas hileras más fáciles de trabajar, aunque las máquinas de este siglo ayuden. Un río en el medio. Un río que en nuestro pequeño país tendría categoría de mar. Más campos de arroz. Y huertos de la resistencia: los
custodian tres casetas de color crema con tejado negro que se defienden levantando al aire las cuatro puntas. Todo perdido, con tanto bloque de pisos. Los señores de la guerra también son los señores del ladrillo, del hormigón y de la arena. Y eso que ahora quiere acurrucarse contra la falda de la montaña no es un arrozal. Un cementerio como al que tuvo que subir Wenling para enterrar a su padre. Es bonito, tan distinto de las celdas en las que nos encerramos las personas a vivir. Qué agradable, reposar con los pies en la hierba. Y fresquito, tan cerca de las nubes. Seguro que no debe de ser tan penoso, pagar así la deuda a la tierra.
SOLA
Lo había soñado. No tener que hablar con nadie. Pensar sola, dudar sola, conmoverme sola. Reírme sola, llegado el caso. Y hacerme ilusiones de ser invisible. Andar por las calles de Wenling con la cabeza sin compromisos. Sin huesos. Una cabeza que fuera desenvolviéndose y que con la última vuelta de venda se volviera infinita. No ha podido ser. Ciega, sorda y muda de su idioma no habría salido del aeropuerto. Yo no soy como ella. Siempre estaré en deuda con vosotros, Max y Àlex. Y lo de menos es guiar mis pasos. Es por no esperarme. Por fingir que no os dais cuenta de que siempre procuro ir tres filas por detrás. Un poco sola.
TAPÓN
Cuarenta y ocho horas he tardado en sacármelo. Y con el jet lag no puedo escudarme. No era de sueño ni de cansancio ni de desorientación. Era un tapón de alegría. Vive Qingtian unos días por mí, leí en el whatsapp en cuanto conecté la VPN en el hotel. No sabía si el corazón se me inundaba o se me incendiaba. Y se quedó en este término medio que me ha tenido dos días atragantada. Hasta que le he contestado a Wenling que aquí hacen el café mejor que en Barcelona. Jajaja, sí, compran máquinas buenas de Italia. Y con té verde a todas horas y media docena de expresos he podido revivir. Y detectar más cosas: dos Bar Barcelona, un Bar Real Madrid, tiendas de alimentación con fuets de Vic y jamones ibéricos colgados, cajas de vino del Penedès, de La Rioja… Y las décadas que hace que los encetan, desde mucho antes de que empezara el empacho de la palabra globalización. No niego la gracia que me hace encontrarme con toda esta parentela de buena mesa en la República Popular China, pero lo que me tira es la juventud. Todos los que chapurrean un poco de inglés quieren entablar conversación. Todos tienen a alguien de casa deslomándose a doce mil kilómetros. Nos hacen la broma de que si ahora somos nosotros los que vamos a ser vecinos suyos, porque con Europa tan mortecina y China trepando como una calabacera, ya veremos si no se vuelve la tortilla. Ahora el futuro ya no está en un billete a Xibanya, ahora se quedan muchos. Sus padres les pagan los estudios con los negocios de allí, y aquí hay trabajo. No contemplan la desilusión, desde luego.
ELLA
He podido verla cuando era en blanco y negro, antigua. Es decir, en los noventa, antes de medirse con Hong Kong por los neones nocturnos. Antes del agua corriente, del asfalto, del puente rojo entre las orillas, de los grandes bloques de lujo, de los aires acondicionados, de los escaparates, de los restaurantes, del tren destripador. Antes del salto de escala. Mi primo Àlex se mete a todo el mundo en el bolsillo y el
señor de la Asociación de Fotografía de Qingtian también ha caído. Aunque nos las pasaba muy deprisa, como si estuviéramos en una timba, clac, clac, clac. Y la pasma estuviera a punto de echar la puerta abajo, clac, clac, clac. Pero he podido captar el dédalo de callejuelas. Los porches de madera de las casas, los puestos, las bicicletas, los carros. El río, el embarcadero, la barcaza a la que saltaba la abuela de Wenling para ir a verla. Kuishi, ha señalado el retratista jubilado en un rincón de la postal. He tenido que ir corriendo a sentarme y pedir a Àlex que justificara un estómago en ayunas, una migraña, una presión baja, lo que fuera más fácil de traducir. Y que ya se me estaba pasando, que no necesitaba nada, que muchísimas gracias. Ni se las imagina, el pobre hombre.
Esta familiaridad que siento en Qingtian no es por los fuets de Vic ni por los
cafés del Bar Barcelona. Debe de ser por el nervio, por el brío, por el sentido del humor… A la fuerza tienen que generar una onda expansiva, cien familias injertadas con el mismo carácter que ella. ¿Cómo encuentras mi ciudad?, me ha preguntado Wenling antes de irse a dormir. Como si ya la conociera, le he contestado, como si fuera mi casa. Como si fueras tú.
NIÑOS
Qingtian también es la ciudad de los niños. De los niños sin padre ni madre. De los niños sin cochecito. Los llevan las abuelas en brazos o de la mano. El carro es solo para llevar estrujada la verdura, de todas clases. Los únicos boniatos que he visto los soasaba un chico como hacemos nosotros por Todos los Santos. Ahora son una golosina más, ahora estas abuelas-cemento que cuidan a los nietos pueden darles de comer sin tanta penuria. Ahí están, las abuelas-cemento. Por la forma de tratarlos se ve que están convencidas de ser guardianas de un tesoro. Por cómo les secan las lágrimas cuando berrean, por cómo los miran a los ojos cuando razonan con ellos, por la paciencia. Pero las abuelas-cemento tampoco se encandilan a lo tonto, no se distraen. Criar a las criaturas de los hijos que están en Barcelona, en Valencia, en París o en Milán no es lo único que tienen que hacer. Muchos deberían venir a recibir una lección magistral sobre la forma de tratar a la prole. Y de paso aprenderían a gobernar el mundo. No creo que estas abuelas les cobraran ni la mitad de la tomadura de pelo que se gastan en másteres, y sería muy beneficioso para toda la gran familia humana.
XIAOLU
Me impone respeto, aunque lo esperaba como agua de mayo. Hoy va a dejar de ser una evocación. Me gustaría caerle bien. Llegamos en el momento en que baja la persiana. Un golpe seco con la mano, sin que se le mueva un pelo. Airosa, bien plantada. La cola de caballo negra, a plomo sobre una gabardina de color azul cielo. ¡La amiga-hermana catalana de Wenling!, y se me acerca sin que todavía no haya abierto la boca. Le presento a Max y a Àlex, dos besos para todos y tira, rey. Reina. Vamos aquí al lado, un restaurante con un poco de todo, así sabréis qué comida china os gusta más. Y me coge los dedos. Me los examina. Es la mejor… A mí me enseñó ella. Uñas Wenling, ¿verdad?
Si las deidades existieran, aparte de ser todas mujeres, se atiborrarían de esto.
Todo lo que nos da a probar es miel. Y todo es mucho. Ha encargado para todos por lo menos una docena de especialidades. Cuando cocina otro como más, dice desternillándose de risa. La felicito por la sintaxis impecable y entonces nos lo cuenta.
Quince años en Madrid pueden dar mucho de sí. Dos hijos, una tienda de frutos
secos en Sol, un pisito en Casa de Campo, clases de castellano gratuitas en el centro cívico del barrio, merienda en el Retiro cuando el tiempo acompañaba, cine con los niños los días de fiesta y, por San Isidro, escapada a Barcelona a ver a Wenling. Una vida, todo funcionaba. Hasta que se la segaron. Cáncer de páncreas, fulminado en seis semanas. Sin marido, el negocio, la casa y los niños era demasiado. Ahora pienso que no, que yo podía, pero cuando estás en shock no lo ves. Y prefirió aprender el oficio unos meses donde Wenling y volver a plantarse en Qingtian. Mi salón de manicura va regular, pero para mis niños, mi madre y yo, suficiente, y no necesito a nadie. Pone el brazo en ángulo recto y saca bola. ¡Las mujeres aguantamos la mitad del cielo! Yo he visto a Rosie la de We Can Do It y ella ha rememorado la frase de Mao, la que le suelta a su madre cada vez que le da la paliza con que tiene que buscar a alguien. ¿Un hombre? ¡Ni hablar!, se burla Xiaolu, ¡mucho mejor sola! Y otra vez esa risa. De esas en las que te quedarías a vivir.
Yo también me habría hecho amiga-hermana de ella en el acto. Yo también me
habría dejado arrastrar por ella a la escuela, a la perfumería, a Europa… Donde fuera. Yo también le habría pedido que me enseñara a fumar. Y también echaría de menos volver a ser jóvenes, salir juntas, oírla reírse… Y desde luego la invitaré a subir a nuestro coche con capota. Y recorreremos Italia. Las tres.
KUISHI
¿Es aquello? Desde la ventana se ve un puñado de casitas de piedra como si de un barrido las hubieran dejado a un lado de la carretera. Bajamos. Trueno de tres petardos. Solo me faltaba eso, con lo encogida que iba ya. Y no eran en nuestro honor. Mandamos a Àlex a ver de qué va y le ha parecido entender que por un difunto. Que toda la gente del porche que se ha vuelto a mirarnos eran invitados al entierro. A mí me viene al pelo el silencio de misa que nos han impuesto. Max y Àlex se desvían hacia una de las cuatro callejuelas que, visto lo visto, conforman Kuishi. No habría podido alcanzarlos ni queriendo. Nunca había tenido que arrastrar tan fuera del agua unos pies tan de fondo del mar. Hasta que me llama la atención el cristal roto de una ventana. Y meto la cabeza. Un corral, una gallina picoteando, un lavadero con su pastilla de jabón y su cepillo. Dos sillitas de enea y sus dueños: una abuela limpiando brócoli y un abuelo pelando bambú. El impulso de decir hola, perdonen, ¿conocen ustedes a Wenling? ¿Conocieron a su abuela? ¿Podrían decirme dónde vivían? Se me resbala un pie, me doy en la barbilla y un perro ladra por mi culpa. La abuela y el abuelo levantan la cabeza. Hola por lo menos, sí. Con la palma de la mano. Y me contestan, desde luego, y con una gran sonrisa. Una pobre que no sabe dónde va, y vuelven a lo suyo. Y ya no encuentro a nadie más. Subo por un caminito empedrado y veo todo Kuishi. Manejable, protegido, cuco. Y muy solo. Ni rastro de humo. Ni ropa tendida. Ni charcos. Ni basura. Ni gatos. Una aldeíta con la cubierta arrancada que solo viviera para ver cómo se le despega la última hoja. Que solo esperara ser pasado.
¿Dónde habéis estado hoy? Pues hemos ido al pueblo de los artesanos de piedra,
hemos subido al parque de Shimendong, nos hemos perdido por las calles de la orilla del río, a mediodía y por la noche zampamos como ladrones, me he encaprichado con unas zapatillas deportivas y para mis pinreles no tenían suficiente numeración… Y cosas por el estilo. Y solo habré visto Kuishi de refilón, solo desde el autobús. No voy a mandarle las fotos, no voy a preguntarle qué casita de todas las que me han inventariado Max y Àlex, no voy a obligarla a repetir yo muy pobre. Demasiado me lo ha tenido que decir ya.
LA ÚLTIMA
Nos lleva al restaurante preferido de sus hijos, para que probéis también un buen pato al estilo de Pekín. Le digo que podía haberlos invitado a venir y así los habríamos conocido. ¡No! ¡Por una noche!, y hace como si suplicara piedad. De la pandilla que tenían Wenling y ella no queda nadie en Qingtian, todas esparcidas por el Senil Continente. Yo siempre con los niños, o con mi madre y tíos y tías… y muy majos, pero familia cansa, ¡mucho! Se nos contagia esa risa suya y brindamos con cerveza por el don de la amistad. Llega un pato lacado de no te menees, y Xiaolu me ayuda con el primer bocado. Un trocito de carne, la salsita, el pepino, la cebolleta y adentro. En plena cena empiezo a agobiarme. Se lo digo. Que nos haga una foto y se la mande a Wenling, que así se lo podré contar, que le hará gracia. Y entenderá que no le haya contestado a los whatsapp. ¿Foto? Y mira el reloj. Mejor llamarla, a esta hora podemos. Saca el móvil del bolso y activa la videollamada. Tut, tut, tut. Tengo la garganta de esparto. Tut, tut, tut. Los latidos a cien por hora. Tut, tut, tut. Y aparece. Está en la mesita de manicuras. Nuestra mesita. Todos empezamos a mover las manos. Primero hablan ellas dos, se entrecorta, la perdemos. Vuelve la imagen y ahora debe de vernos bien, porque también nos saluda con la mano. A lo mejor me lo he imaginado yo sola. Al instante me lo confirma Xiaolu: parece que Wenling llora. Y a mí no me sale una palabra de la boca, ni una. Si me saliera, sería con una cántara de agua detrás. La pantalla se pone negra, gracias, wifi carraca, ¡gracias! Puedo arreglármelas más o menos con los mensajes de voz. Primero le pido a Xiaolu que se lo resuma. Jajajaja, Wenling dice que no bebas tanta agua, ¡que luego tú mucho lavabo!, y pregunta por qué no lo cogiste. Por qué no metí las manos en el pis para rescatar el móvil cuando se me cayó al váter de aquel restaurante, me reprocha la muy pillina. Cuando Xiaolu le contesta que sí, que metí la manga hasta el hombro, en la grabación de respuesta todavía la oímos troncharse de risa. Una frase más, la última, que Wenling ya tiene una clienta: en los mensajes que no pude leer solo me decía que lo pasáramos bien, y ahora ya ha visto que sabemos hacerlo. Ahora ya ha visto que soy feliz en su ciudad.
Hora de irse. Un gran achuchón y ojitos vidriosos. En la moto taxi me he vuelto
por si todavía estaba Xiaolu. Clavada. Un cirio desafiando a todas las luces desalmadas de Qingtian. Me muero de ganas de que llegue la noche que nos hemos prometido en Barcelona.
BAILES
Tren a Shanghái, el penúltimo de la tarde. Cruzar la plaza que lleva a la estación es sortearse tres o cuatro pandas de bailarines con unos aparatos de sonido que ni Barcelona por la Mercè. Y cada una con su jefa, su parroquia, su coreografía, su compromiso. ¿Es posible sacarle más jugo a un solar de hormigón? Admiración máxima por una fantástica ocupación del espacio público y admiración máxima por las abuelas-cemento, que nunca agotan la candela. Con su energía se podría electrificar todo este planeta que somos de estresados de tres al cuarto.
FIGURITAS
En casa quito la argolla de la cajita de seda y las levanto del lecho rojo en el que dormían. Mis artesanías de piedra son una pera llena de rico jugo y un león de morro chato con las crines de la espalda erizadas desde la cresta hasta la cola, un pixiu, un
ser mitológico. Me caben las dos en una mano, pero me las habría llevado de talla XXL, si tuviera suficiente comedor. Wenling no las reverencia porque sí. Sin peras ni pixius ni monos ni elefantes ni conchas ni todas las formas del bosque, del mar y de la fantasía en una maleta, no se habría abierto este camino desde Qingtian hasta Europa. Y no nos habríamos trenzado nunca.