Donde Wenling
Capítulo 3
Cuando responde así así significa que pasa algo. Venía del hospital de Sant
Pau y no entendía que su hija tuviera que ir a hacerse un análisis de sangre a
las doce del mediodía. Muy tarde… Haijun pequeña para mucho tiempo
estómago vacío. Les había suplicado veinte veces que por favor más pronto,
pero ni siquiera la habían mirado a la cara: ¡Siguiente!
Déjame el papel, Wenling. Y llamé al número de teléfono:
—Buenos días, como a ella no le hacéis caso, ahora os lo pido yo, pero de
otra manera…
—Hora para las ocho y veinticinco de la mañana del mismo día, ¿le
parece bien, señora? —En diez segundos, si acaso, como si una voz fuera
veneno.
—Y ¿ya está? ¿Así, de palabra? ¿No tiene que ir a buscar otro volante?
—No, señora, el cambio ya está notificado, buenos días, señora, y
disculpe las molestias, señora.
Como la seda. Me burlé del señora unas cuantas veces y empezamos la
manicura tan contentas.
Las taras nos hermanan. Wenling quería verme el día de la pupa en el labio.
Hacía unas semanas había ido a la pelu hecha un primor, yo también. Me
había salido una ampolla de aúpa y debió de verme en el espejo cuando me
aplicaba el ultimísimo ungüento engañabobos. Con toda la fe. Quería verme
para preguntarme qué era y dónde podía comprarlo, pero yo todavía no había
vuelto. Hasta que una tarde, de camino al metro, me vio. Estaba sentada a la
caja, muy alicaída, mirando la calle con la cara entre las manos. Se levantó de
un brinco y dio unos golpecitos en el cristal. Espera, dime remedio para
ponerme, me dijo solo con un gesto y llevándose el dedo al labio. Baños de
tomillo, le apunté, nada más. No hacía falta que malgastáramos dinero las dos. Y sobre todo, que dejara enfriar la infusión, que no se enjuagara en
caliente. Para que me entendiera hinché las mejillas como si soplara una sopa.
Se llaman centros de estética, pero tendríamos que llamarlos de remiendos.