Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 10 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 8

 

Rachel Doyle tenía diecisiete años y ninguna duda. Siempre las mejores

notas, las mejores respuestas, los mejores speeches. Y siempre unas

extravagancias… En clase la miraban como si fuera verde y le saliera una

trompa por cada lado de la frente. Pero tenían que prestarle atención y no

abrir la boca, sabían que rebatirle algo era mucho peor. La última ventolera: la

gente mayor. Carteles por todo el instituto, puestecito, chapas, charlas

informativas… Cuando a Rachel Doyle se le metía algo entre ceja y ceja no

había quien la parase. Pero, amigos, ¿por qué os asustan tanto? ¿Por qué huis?

¡Vosotros también seréis mayores algún día! Y como todo lo que empezaba

como un reproche sabía redondearlo en arenga, al final siempre se apuntaba

alguien. Para esta causa solo fueron dos, cierto. Convencer a aquellos sacos

de hormonas de que el mejor plan para un viernes era tomarse unos

ibuprofenos con una pandilla de viejecitas, tela. ¿Cómo? Una broma de

cámara oculta, ¡bah!, pensó la mayoría. Y cámara, sí, doméstica y muy visible

era la que llevaba Rachel Doyle la tarde en que ella, Vanessa y Gabrielle se

presentaron en la residencia de su pueblo, en Commack, Nueva York. Aquella

primera sesión la grabó de cabo a rabo. Porque no fue como la visita del

médico ni acudieron con las manos vacías. Se plantaron en el sitio con la

cámara, tres limas, dos esmaltes de uñas, crema hidratante y un nombre:

Glamour Gals.

A Rachel Doyle se le ocurrió lo de hacer compañía gracias a su abuela.

Estaba en una residencia de Nevada, solo podía ir en vacaciones y siempre

quería que fuera especial. Un día se le metió en la cabeza llevarla a hacerse un

tratamiento de belleza y se lo argumentó al gerente de la residencia. El

hombre vio que le saldrían telarañas antes de poder disuadirla y le firmó el

permiso. Le metieron una clavada que se dejó los ahorros, pero ver a su

abuela regresar a la residencia tan esponjada después del ratito de caricias

valía un imperio.

Para empezar, las señoras de la residencia de Commack también miraron

a las tres mocitas como si fueran verdes y tuvieran dos trompas a cada lado de la frente. ¿Una sesión de manicura? ¿Gratis? ¿Para nosotras? ¿Unas viejas

chochas que les importan un comino? ¡Qué ocurrencia! Aquel primer día, las

Glamour Gals demostrarían que convertir la incredulidad en maravilla es un

arte en pocos pasos.

Veinte años después, cuando se han convertido en una gran organización

registrada, sin ánimo de lucro, dirigida por la founder Rachel Doyle, con más

de dos mil voluntarias, campus de formación, becas para estudiar y sede en

dieciséis estados, siguen encontrándose caras de pasmo al empezar las

sesiones. Las polaroids que se hacen en la despedida desde aquella primera

vez en Commack tampoco cambian: siempre son el testimonio de las caras

sonrosadas, risueñas y chispeantes que quedan después del pequeño prodigio.

 

William Koelher senior center, Mahopac, Nueva York. Las Glamour Gals de

esta misión son del instituto del pueblo, de entre dieciséis y diecisiete años.

Valores, comunicación e historia de nuestras vecinas, three in one!, explicará

Jenna, la líder del grupo, en la exposición que hará el lunes en clase.

Las mesitas de jugar a las cartas se juntan con un mantel de papel y

forman una sola y larga. En un lado, el comando júnior: alegres, decididas, el

arsenal preparado. En el otro, el sénior: ilusión que cosquillea tripas, palabras

en guardia, manos tendidas. Les pasan la lima un poco, les envuelven las

manos en una toallita refrescante, se las secan y les preguntan what’s your

favorite colour. Y a cada pintaúñas que se abre, una vida se destapa.

Frances, pero llámame Frankie, ochenta años, británica. ¿De qué ciudad

de Gran Bretaña? Jajaja, menuda pregunta, le contesta tronchándose: ¿Acaso

hay alguna más que Londres, my dear? World War Two did you hear about it,

right? Y ahora que ya la ha situado, sepa usted que está hablando con una

evacuated children. Tiene la infancia congelada y el año 1948 a cero en el

contador, el año en que llegó a los States. Por eso siempre dice los dos

nombres, porque ha nacido dos veces. Quiere las uñas con la secuencia

blanca, lila y plata, to cheat the routine. Porque aquí se está bien, lo malo es

el color de los días: always the same one.

Felicia, ochenta y cinco años. What a treat for us!, no se lo puede creer,

it’s fantastic!, no era rica, nunca se había podido permitir la manicura,

children and so much work!, ¡jamás en la vida! Felicia le cuenta a su glamour

gal: Yo nací en Cuba, mijita… ¡Qué bueno!, le contesta, yo aprende un poco de español. La última vez que le pintaron las uñas fue cuando se casó su nieta,

¡hace ya veinticinco años! Se ríe espléndidamente desdentada y elige su

esmalte: Pues que sea bien colorado, ¡como los frijoles!

Graziela, noventa y dos años, cincuenta de secretaria de dirección, recalca

con el orgullo de los impecables. Graziela March, porque la tarea de los

funcionarios de Ellis Island no consistía solo en fulminar los piojos de los que

llegaban, dice como si lo reviviera. Te lo machacaban todo, el equipaje, el

apellido y el respeto, te lo machacaban todo. Italian family, my real surname

is Marchese, much more distinguished, y señala un rosa nacarado.

Cynthia, setenta y nueve años. I love your hands!, le dice la glamour gal.

Que se lo diga otra vez en el otro oído, please. Oh, thank you!, dice, cuando lo

ha oído bien. El pelo es de su madre; las manos, de su padre. The best of

each! Y así siempre los lleva consigo. Se acaricia la nuca y se mira bien

estirados los largos dedos de artista de cine que solo quiere pintar de

transparente. Y ¿tú? ¿Sabes lo que tienes de tus padres? Es importante

saberlo.

Con los primeros vaivenes del pincelito empiezan a cambiarse los papeles.

Ahora son las elder ladies las que preguntan a qué quieren dedicarse las

glamour gals. Y les proponen que hagan una ronda de respuestas, de

profesiones. Not manicurist, right?, abre fuego Graziela, pillina. No way!,

Jenna, la líder, se levanta de la silla. Y empiezan a disparar su futuro de una

en una: Engineer! Music producer! Lawyer! Archeologist! Digital artist!

Governor of New York! Wow, good for you!, dice Graziela, y orquesta una

ovación clamorosa.

Con las uñas pintadas y secas, llega el momento de la polaroid de grupo.

Aunque ya no es el único recuerdo. Ahora que cada glamour gal lleva un

smartphone en el bolsillo, la lluvia de flashes es de noche de estreno: Frankie,

show me your nails! Felicia, please, do it again! Graziela, smile! Cynthia,

look at me now! Y todo el repertorio de dedos torcidos, manos pecosas y

articulaciones artríticas, que por lo general se evitan, o se arrinconan o dan

repelús, sube que te sube a la máxima categoría, a la nube estelar de la

juventud, al sitio en el que están todas sus divinidades: a instagram.