Donde Wenling
Capítulo 8
Rachel Doyle tenía diecisiete años y ninguna duda. Siempre las mejores
notas, las mejores respuestas, los mejores speeches. Y siempre unas
extravagancias… En clase la miraban como si fuera verde y le saliera una
trompa por cada lado de la frente. Pero tenían que prestarle atención y no
abrir la boca, sabían que rebatirle algo era mucho peor. La última ventolera: la
gente mayor. Carteles por todo el instituto, puestecito, chapas, charlas
informativas… Cuando a Rachel Doyle se le metía algo entre ceja y ceja no
había quien la parase. Pero, amigos, ¿por qué os asustan tanto? ¿Por qué huis?
¡Vosotros también seréis mayores algún día! Y como todo lo que empezaba
como un reproche sabía redondearlo en arenga, al final siempre se apuntaba
alguien. Para esta causa solo fueron dos, cierto. Convencer a aquellos sacos
de hormonas de que el mejor plan para un viernes era tomarse unos
ibuprofenos con una pandilla de viejecitas, tela. ¿Cómo? Una broma de
cámara oculta, ¡bah!, pensó la mayoría. Y cámara, sí, doméstica y muy visible
era la que llevaba Rachel Doyle la tarde en que ella, Vanessa y Gabrielle se
presentaron en la residencia de su pueblo, en Commack, Nueva York. Aquella
primera sesión la grabó de cabo a rabo. Porque no fue como la visita del
médico ni acudieron con las manos vacías. Se plantaron en el sitio con la
cámara, tres limas, dos esmaltes de uñas, crema hidratante y un nombre:
Glamour Gals.
A Rachel Doyle se le ocurrió lo de hacer compañía gracias a su abuela.
Estaba en una residencia de Nevada, solo podía ir en vacaciones y siempre
quería que fuera especial. Un día se le metió en la cabeza llevarla a hacerse un
tratamiento de belleza y se lo argumentó al gerente de la residencia. El
hombre vio que le saldrían telarañas antes de poder disuadirla y le firmó el
permiso. Le metieron una clavada que se dejó los ahorros, pero ver a su
abuela regresar a la residencia tan esponjada después del ratito de caricias
valía un imperio.
Para empezar, las señoras de la residencia de Commack también miraron
a las tres mocitas como si fueran verdes y tuvieran dos trompas a cada lado de la frente. ¿Una sesión de manicura? ¿Gratis? ¿Para nosotras? ¿Unas viejas
chochas que les importan un comino? ¡Qué ocurrencia! Aquel primer día, las
Glamour Gals demostrarían que convertir la incredulidad en maravilla es un
arte en pocos pasos.
Veinte años después, cuando se han convertido en una gran organización
registrada, sin ánimo de lucro, dirigida por la founder Rachel Doyle, con más
de dos mil voluntarias, campus de formación, becas para estudiar y sede en
dieciséis estados, siguen encontrándose caras de pasmo al empezar las
sesiones. Las polaroids que se hacen en la despedida desde aquella primera
vez en Commack tampoco cambian: siempre son el testimonio de las caras
sonrosadas, risueñas y chispeantes que quedan después del pequeño prodigio.
William Koelher senior center, Mahopac, Nueva York. Las Glamour Gals de
esta misión son del instituto del pueblo, de entre dieciséis y diecisiete años.
Valores, comunicación e historia de nuestras vecinas, three in one!, explicará
Jenna, la líder del grupo, en la exposición que hará el lunes en clase.
Las mesitas de jugar a las cartas se juntan con un mantel de papel y
forman una sola y larga. En un lado, el comando júnior: alegres, decididas, el
arsenal preparado. En el otro, el sénior: ilusión que cosquillea tripas, palabras
en guardia, manos tendidas. Les pasan la lima un poco, les envuelven las
manos en una toallita refrescante, se las secan y les preguntan what’s your
favorite colour. Y a cada pintaúñas que se abre, una vida se destapa.
Frances, pero llámame Frankie, ochenta años, británica. ¿De qué ciudad
de Gran Bretaña? Jajaja, menuda pregunta, le contesta tronchándose: ¿Acaso
hay alguna más que Londres, my dear? World War Two did you hear about it,
right? Y ahora que ya la ha situado, sepa usted que está hablando con una
evacuated children. Tiene la infancia congelada y el año 1948 a cero en el
contador, el año en que llegó a los States. Por eso siempre dice los dos
nombres, porque ha nacido dos veces. Quiere las uñas con la secuencia
blanca, lila y plata, to cheat the routine. Porque aquí se está bien, lo malo es
el color de los días: always the same one.
Felicia, ochenta y cinco años. What a treat for us!, no se lo puede creer,
it’s fantastic!, no era rica, nunca se había podido permitir la manicura,
children and so much work!, ¡jamás en la vida! Felicia le cuenta a su glamour
gal: Yo nací en Cuba, mijita… ¡Qué bueno!, le contesta, yo aprende un poco de español. La última vez que le pintaron las uñas fue cuando se casó su nieta,
¡hace ya veinticinco años! Se ríe espléndidamente desdentada y elige su
esmalte: Pues que sea bien colorado, ¡como los frijoles!
Graziela, noventa y dos años, cincuenta de secretaria de dirección, recalca
con el orgullo de los impecables. Graziela March, porque la tarea de los
funcionarios de Ellis Island no consistía solo en fulminar los piojos de los que
llegaban, dice como si lo reviviera. Te lo machacaban todo, el equipaje, el
apellido y el respeto, te lo machacaban todo. Italian family, my real surname
is Marchese, much more distinguished, y señala un rosa nacarado.
Cynthia, setenta y nueve años. I love your hands!, le dice la glamour gal.
Que se lo diga otra vez en el otro oído, please. Oh, thank you!, dice, cuando lo
ha oído bien. El pelo es de su madre; las manos, de su padre. The best of
each! Y así siempre los lleva consigo. Se acaricia la nuca y se mira bien
estirados los largos dedos de artista de cine que solo quiere pintar de
transparente. Y ¿tú? ¿Sabes lo que tienes de tus padres? Es importante
saberlo.
Con los primeros vaivenes del pincelito empiezan a cambiarse los papeles.
Ahora son las elder ladies las que preguntan a qué quieren dedicarse las
glamour gals. Y les proponen que hagan una ronda de respuestas, de
profesiones. Not manicurist, right?, abre fuego Graziela, pillina. No way!,
Jenna, la líder, se levanta de la silla. Y empiezan a disparar su futuro de una
en una: Engineer! Music producer! Lawyer! Archeologist! Digital artist!
Governor of New York! Wow, good for you!, dice Graziela, y orquesta una
ovación clamorosa.
Con las uñas pintadas y secas, llega el momento de la polaroid de grupo.
Aunque ya no es el único recuerdo. Ahora que cada glamour gal lleva un
smartphone en el bolsillo, la lluvia de flashes es de noche de estreno: Frankie,
show me your nails! Felicia, please, do it again! Graziela, smile! Cynthia,
look at me now! Y todo el repertorio de dedos torcidos, manos pecosas y
articulaciones artríticas, que por lo general se evitan, o se arrinconan o dan
repelús, sube que te sube a la máxima categoría, a la nube estelar de la
juventud, al sitio en el que están todas sus divinidades: a instagram.