Donde Wenling
Prólogo
¿Que por qué me la hago? Ya, yo también me lo pregunto. Tendría que dar
marcha atrás hasta la gloriosa época de solo novelas y películas, los dieciséis
años, cuando se me empezaron a descamar las uñas y fui al dermatólogo. Vete
a la farmacia y pide la gama de La Roche-Posay, lo vio claro enseguida. Los
colores son muy suavecitos, adjetivó, con las gafas a medio caballete. Se las
caló del todo, hizo un par de garabatos, le cobró cinco mil del ala a mi madre
y me dio la receta: manicura.
No sé si me sirvió de algo, porque el caso es que apenas he vuelto a verme
las uñas tal y como las traje al mundo. Nunca dejé de repintármelas a partir de
aquella visita. Seguí con el esmalte de farmacia no sé cuánto tiempo más,
hasta lo pedían expresamente para mí: Vernis fortifiant protecteur, 3, beige.
Pero después me entró la fiebre del vintage y todo era años cincuenta. No
hasta el punto de buscar un Chevrolet en los encantes viejos, pero no veas el
look swing que gastaba, bastante logrado. Me ponían los pelos de punta
aquellas norteamericanas encerradas en equipadísimas cocinas de formica que
amasaban pudin de arándanos, revolvían ponche, se lo pimplaban solitas y se
devanaban los sesos pensando en coger la maleta y echarse a la Revolutionary
Road. Me ponían los pelos de punta unas vidas que dejó retratadas la Von
Trier de mi promoción en un cortometraje muy gore. Me ponían los pelos de
punta, pero estéticamente me resultaban irresistibles y llevaban las uñas de un
color muy distinto.
La única pega era el cante que daba ir con una manicura rojo sangre a la
escuela de cine, en primer lugar, y después a ver si alguien me contrataba de
ayudante del ayudante del ayudante. Y más todavía en aquella época, finales
del milenio, cuando a mis compañeras les importaban un rábano las uñas. Por
no hablar de las de documental, las de mi especialidad. Lo único que llevaban
entre los dedos era el cigarrillo, y a mí me los miraban de reojo. Las que
tienen madera de documentalistas se remangan y se meten en el barro, ¡no se
andan con chorradas!, me decían sin decírmelo. Y para no quedar como una
panoli, me vi obligada a alargar la adolescencia manicurera encargando otra
vez el suavecito número 3. Tuve que dejar la locura roja exclusivamente para
cuando podía hacer vida de ostra, en vacaciones, que también era cuando me ponía morada con toda la literatura que el cine me había obligado a
arrinconar. Sola, en chancletas de plástico, a la sombra del olivo de la casa de
mis abuelos y, aunque solo sirvieran de atril para los libros, pero las uñas,
relumbrantes.
Me acuerdo de aquel septiembre cuando me decidí. El dolor de barriga en
el momento de entrar en el primer trabajo en una productora —cobrando— y
con la manicura sin censurar: no pasó nada. Pasaría. Poco después. Una
mancha de aceite que iría extendiéndose y extendiéndose hasta el día de hoy,
en el que el tabaco y la manicura se han intercambiado los papeles. Ahora ya
no fuma prácticamente ninguna colega del gremio, y prácticamente no queda
ni una que no se retoque, se componga y se esmalte. Las que tenían madera,
las que se remangaban y se metían en el barro, las primeras. Y muchas con el
mismo rojo que yo, además.
Lo pienso y es para mear y no echar gota: el caballo de Troya en aquel
mundo de cámaras, trípodes y micros fui yo. El opresor no sería tan fuerte si
no tuviera cómplices entre los propios oprimidos, era de Simone de Beauvoir,
¿no?
Y me miro las manos. Ni un padrastro. Ni una rebaba. Unas uñas
arquitectónicamente rectas y a ras, rojas como la sangre. Me las miro y me las
admiro, son tremendas. Pero pondría las dos en el fuego a que el dermatólogo
no habría recetado el tratamiento con esmalte de color suavecito si el de la
queratina enclenque hubiera sido un mocito y no una mocita. El pecado
original fue una prescripción médica, empiezo a devanar la madeja… El
médico de las gafas resbaladizas no fue el primero ni el único, pero su
intervención se sumó a todas las que me moldearían para presentarme al
mundo: para presentarme como mujer.
Y de acuerdo que hacerse la manicura es una fruslería en comparación
con otras prácticas de la industria de la estética, por ejemplo, que te arranquen
las costillas flotantes. Si te las tocas y te imaginas la escena, de repente te das
cuentas de que pintarse las puntitas de los dedos es una señal de mujer objeto
bastante benigna. Y también de que, considerando toda la película en frío,
podrías pasar de ellas perfectamente.
Y en cuanto empiezas a echar cuentas de los fardos de la feminidad, la
cagas. Porque vuelves a mirarte las uñas y ahora las escondes en los puños.
Descuelgas la ropa de verano, ves esas cinturitas de avispa y esas faldas con
vuelo y maldices tu estampa. Guardas los tacones en lo más profundo del
zapatero. Reclutas toda la quincalla y la sopesas. Destapas los lápices de
labios y te gustaría reducirlos a miguitas. Apuras el último rímel, te juras no volver a poner los pies en una perfumería y te pones a gritar. ¿Ser o no ser?
¿Ser así? ¿Ser asá? ¿Parecer una cosa? ¿Parecer otra? Las preguntas te
desbordan, las contradicciones te colapsan, te caes redonda y, antes de que se
te fundan los plomos del todo, te arrastras como puedes, te encaramas a
medias en una silla, te acercas a los estantes y buscas auxilio en tus otros
dioses, en uno que entienda. En una, claro.
Lo bueno de tanta solidez es que lo vi enseguida. Me bajé de la silla con
las mil páginas de El segundo sexo en brazos, planté el culo en el suelo y
volví a empezarlo. Quince años antes no supe apreciar un monumento como
este. A los veintimuchos todavía estaba en la higuera, me perdía la moda, me
tomaban el pelo y ni siquiera me preguntaba por qué. Ahora, a los cuarenta y
pocos, la disección, el contexto, la argumentación y la exposición de Simone
de Beauvoir que iba leyendo se me pegaban a los dedos como pintura fresca.
¡Lo había escrito hacía cincuenta años y lo retrataba! ¡Lo mismo que me
pasaba a mí! ¡Calcado! Tuve que contener la euforia para aprovechar bien la
lectura y me pasé una semana despatarrada en medio del pasillo. Ni me
acordé de que tenía reservada una sala de posproducción para aquellos días.
Terminé la última página, desentumecí las piernas y me fui directa al
ordenador. Ahora que ya sabía que lo que me pasaba a mí es cosa de todas y
que la condición femenina es cosa de ellos, ahora que ya sabía que nunca
hemos podido ser sin más, que siempre nos han inventado. Ahora que ya
sabía que saberlo es media vida y que no hay más remedio que negociar con
una misma los fardos de la feminidad con los que te quedas y salir todas las
mañanas al mundo a defenderlos con alegría, ahora quería oírselo explicar.
Que se me clavara la voz de quien clavó la bendita diana de On ne naît pas
femme, on le devient.
Y la encuentro en un Questionnaire del año 1975. Plató de televisión
estándar, sofá de piel, realización multicámara, predominio del pase de pelota
invitado-presentador. La entrevista dura unos cincuenta minutos y Simone de
Beauvoir no desaprovecha ni medio: es una metralleta de pensamiento listo
para entrar en imprenta. Responde sin vacilar, sin pausas, sin moverse. Tiene
las manos juntas sobre las rodillas, se las enfocan en un plano detalle y
entonces se la veo: una manicura de uñas cortas, cuadraditas y rojo sangre
idéntica a la mía.
¿Que por qué me la hago? Pues por Simone de Beauvoir.