Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 35 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 33

 

Oye, mira, ¡lee a Tolstoi, a ver si te enteras! En plena calle, un chico a otro.

Se lo suelta, le desclava el índice del hombro y sale pitando. Ojalá fuera

siempre esa la forma de mandar a la mierda, las librerías lo celebrarían por

todo lo alto. Y pensando en si las segundas del ultimátum serían por Guerra y

paz o por Ana Karenina, encuentro los pasos de aquella niña.

Los conozco. Los aprendías en clase de jazz, los perfeccionabas en casa y

se te escapaban por la calle. Yo también me pasaba el día bailando. Ella lleva

los cascos enchufados al móvil, yo, al walkman. No hay tantos gramos de

diferencia. Debe de tener once o doce años, lo que ahora clasificamos de

preadolescente y mi abuela llamaría pollita. Demasiado de laboratorio la una

y demasiado de corral la otra, tendríamos que buscar algo intermedio.

Entretanto, yo las llamo niñas, de las que llevan la misma pinta que nosotras:

vaqueros desteñidos, zapatillas de tenista, chándal con dos rayas blancas,

cazadora de break dance. Suerte que las hombreras no han superado la

selección natural, celebremos que Haijun no tenga que llevarlas. Porque era

ella la niña que intentaba sacar el intríngulis de una coreografía. Cuántos días

sin verla… La alcanzo.

—¡Eh, Haijun! No te reconocía de espalda.

—¡Pantalones nuevos!

—¡Te quedan que ni pintados! ¿Sabes que cuando yo era jovencita iba

como tú?

—¿Sí? ¿Igual igual?

—Bueno, no. Te faltarían las hombreras.

—¿Hombrequé?

—Iba a decir que nada de hombre, pero en realidad sí, porque estos

accesorios tan ridículos que nos hacen la vida incómoda siempre los diseñan

unos tíos que nunca se los tendrán que poner. Que cuando yo era joven, nos

poníamos unos trozos de espuma aquí arriba, sujetos con las tiras del sostén, y

teníamos que estar recolocándolos todo el día, así, pendientes de que no se

escurrieran mangas abajo. ¡Eso eran las dichosas hombreras!

—¡Qué palo! Y ¿por qué?

—Por nada, Haijun, por la moda, para que pareciera que teníamos los

hombros más anchos, ya ves. Una tontería como otra cualquiera que me

alegro de que haya pasado a la historia.

—Mira, ¿a que es guay? —Haijun vuelve a quedarse embelesada. Tres

chicas puestas en fila cantan y bailan sincronizadas mirando a cámara en un

plató sin fin, la misma fórmula que el videoclip de Single Ladies de

Beyoncé⁠—. Son de China, son como yo. —⁠La misma fórmula y seguro que el

mismo poder que dio a tantas niñas afrodescendientes. Porque Haijun

tampoco se ve en ninguna popstar. También le deben de costar muy caros los

espejos⁠—. ¿Te gusta? Son como yo, son amarillas.

—¿Amarilla? Pero ¡¿qué dices?! —⁠Alargo la extrañeza porque la frase

siguiente no sabe por dónde salir⁠—. Hummm… Haijun, ¿y de qué color dirías

que soy yo? Porque blanca, no mucho… —⁠Me remango y acerco el brazo al

suyo.

—¡Oh! ¡Igualitas! —grita.

—¡Otras, sí! Tenemos el mismo tono, idéntico. Ya lo ves, eso de ser de un

color es muy relativo.

—Pues me llaman amarilla.

—¿Quién, los compañeros de clase?

—Sí, algunos.

—Ya, siempre hay gente repelente. Oye, tú eres una chica sana, lista y

buena persona, y eso es lo importante; si se es rubio o moreno, o… O se tiene

nariz de patata o los ojos de color lila, ¡da igual!

No la convence, un vale resignado le encoge los hombros. A mí tampoco,

es lo único que se me ha ocurrido, no sé lo suficiente. Y no sé lo suficiente

porque nunca he tenido que preocuparme ni mucho ni poco de ir a buscar a la

biblioteca ideología del racismo, supremacismo biológico, racismo científico,

darwinismo social… Antes de este amarilla-puñetazo, nada, cuarenta años de

vida y tan campante. Pienso y vuelvo a pensar, y se me ocurre que a lo mejor

todavía puedo apañar un recurso. Como mínimo acompañarla un poco, en este

mal trago que es que en clase te espere un adjetivo expresamente fabricado

para ti.

—¿Puedo contarte una cosa, Haijun? —⁠Nos sentamos en el banco que hay

enfrente de la peluquería⁠—. En el cole me llamaron inválida una temporada,

¿sabes lo que significa?

—Sí… —dice impresionada, y me busca la explicación por todo el

cuerpo.

—No, ahora ya ha pasado, pero cuando era pequeña tuve que llevar un

aparato desde la barbilla hasta la cadera, con hierros, un rollo… Pues un niño

empezó a llamármelo y enseguida se sumaron unos cuantos más, inválida por

aquí, inválida por allí, como un disco rayado. Al principio me sentó fatal y me

puse triste, no sabía qué hacer, pero un día me levanté muy decidida, me fui

directa al que se lo había inventado y le sacudí un bofetón que le saltaron las

gafas por el aire.

—¿Síííí? ¡Hala, qué guay!

—¿Guay? —Y ahora soy la que se sorprende, menudo ejemplo que le he

dado⁠—. Bueno, a ver… Pegar a la gente no es la mejor manera de resolver las

cosas, me riñó todo el mundo, mi madre la primera, y resulta que el niño era

el hijo del director y se montó un follón… Te lo he contado solo para que…

—⁠no le puedo decir para que sepas que tarde o temprano a los imbéciles te

los quitas de en medio, eso fue en mi caso, a ella siempre le puede salir otro

imbécil⁠—… para que te rieras, Haijun. —⁠Y le revuelvo el pelo.

—Cuando dicen amarilla, me río. Y así lo dejan. —⁠Y se me cae la venda.

No se puede pasar por ahí.

—¿Sabes una cosa, Haijun? Que a lo mejor no es mala idea que le sueltes

un guantazo al que vuelva a decírtelo. Con la mano abierta, así, ¡plaf! Pero

antes se lo cuentas a la maestra. Si no lo sabe, no le puede reñir. Quedamos en

que se lo dirás enseguida, ¿vale?

—Sí, pero yo bien, yo contenta… El colegio es lo que más me gusta de

vivir aquí. En China algunos niños… —⁠Y termina la frase rebanándose el

cuello con el dedo.

—¿Cómo? ¿Estás diciendo que…? —⁠Tampoco soy capaz de decirlo en

voz alta.

—Sí, saltan.

—¿Por la ventana? ¿Desde la azotea de casa?

—Sí, no pueden más.

—¿Niños pequeños?

—Como yo… En China colegio no juegos, no excursión, solo deberes,

¡muchos! No duermes, siempre miedo… Yo nunca estudiar tan poco y aquí

superbuenas notas, y ya hemos ido a Port Aventura, al Montseny, a la nieve, a

La Pedrera, al teatro… —⁠y cuando se le terminan los cinco de una mano me

mira y me dice⁠—: Y todo, ¡todo me encanta!

No podrán frenarla. Por muchas personas y palabras infames que haya en

este mundo, no, no podrán.