Donde Wenling

Gemma Ruiz · Capítulo 6 de 52

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Donde Wenling

Capítulo 4

 

La manicura moderna se inventa por culpa de un panadizo. El de Luis

Felipe I, el último rey francés, el que en vez de escarmentar con el destino de

sus predecesores, Luis XVI —⁠guillotinado⁠— o Napoleón —⁠desterrado⁠—,

solo piensa en Luis XIV y en su muerte por gangrena. Luis Felipe I de

Francia tiene el gallinero muy alborotado otra vez, pero que no lo mareen con

más revoluciones, que bastante difícil se le ha puesto la vida con ese sup sup a

todas horas. Y manda llamar al Palais-Royal a todo el mundo, que ya sabemos

la mala uva que gastan los reyes cuando las llagas son inmunes a sus

designios. Y todo el mundo quiere decir todo el mundo. Los primeros que se

esfuerzan por curarle el bulto purulento que se le come la uña del segundo

dedo son médicos, pero la penicilina está por descubrir y, falluta. Y reclutan a

dentistas, por si pudieran hacer algo con el instrumental que manejan para

hurgar en las caries y en los flemones. Una carnicería. Lo intentan hasta los

cerrajeros, que se las tienen que ver con pezuñas más férreas. Otro fracaso.

Perfumistas con sus mejores esencias, cocineros con sus mejores mantecas,

orina de gato de primera meada… En vano. La hinchazón sigue echando

barriga y la desesperación se le sube a la cabeza. Luis Felipe I de Francia

ordena la desaparición del panadizo sea como sea: ¡que le corten el dedo!

Drástico, sin duda. Pero como sucede a menudo cuando se remueve la

memoria de otros pueblos, Europa también daba palos de ciego en materia del

cuidado de las uñas. Hacía mucho tiempo que los reyes y las reinas del

Antiguo Egipto no solo se habían asegurado un tránsito distinguido al otro

barrio cargados de oro, turquesa, lapislázuli y cornalina. Sus momias se

abrían las puertas de la eternidad dignamente gracias al color rojizo que les

procuraba la alheña en la perfecta manicura de los dedos. Y los milenios que

hacía que en la península arábiga las elites habían descubierto que cuidarse

las uñas y pintarse la queratina era una señal de estatus eficacísima: se

evitaban muchas meteduras de pata, habida cuenta de que detrás de una buena

manicura siempre había por fuerza una buena reverencia. Claro que, para

sofisticación, la China de las dinastías imperiales. Toda la nobleza Yuan llevaba las uñas largas de un palmo y revestidas con fundas de metales

preciosos exquisitamente adornadas. He aquí a los elegidos para vivir sin

mover un dedo, revelaban esos punzones, he aquí a los que, por no mover un

dedo, hasta criado tienen para que les rasque.

Pero a pesar de la importancia que se daba, el París del siglo XIX estaba en

la inopia por lo que hace a semejantes extravagancias. Y los afiladores ya se

aprestaban a sacar lustre a las herramientas cuando ven a un rapaz flacucho

corriendo apurado hacia palacio. Los consejeros reales mandan que le den un

vaso de agua fresca para que recupere el aliento y prestan atención a lo que

tiene que decir. Palabras, pocas, porque no les cuenta que lo que le va a hacer

al rey de Francia lo ha aprendido de su madre, que lo aprendió de su abuela,

que lo aprendió de su bisabuela y así sucesivamente, de mujer en mujer, hasta

el nacimiento de la primera inteligencia. El rapaz flacucho solo hablará por

medio de una piel de gamuza y de un bastoncillo de naranjo. Frotará la uña un

poco y empezará a retirar suavemente la cutícula con la ramita. Y no falla,

cuando se trata la piel de cualquier parte y a quien sea con la delicadeza

necesaria, siempre hay recompensa. Las lágrimas que derramará Luis Felipe I

cuando vea que ya vuelve a tener un dedo en vez de una butifarra serán el

doble de abundantes que, cuando huya a Suiza, se entere de que lo que le han

rebanado a su padre es la cabeza.