El décimo juez
Capítulo 9
Al mediodía siguiente, Lisa entró en el despacho y anunció:
—Lo han vuelto a aplazar.
—¿Cómo? —preguntó Ben alzando la vista de una de las muchas peticiones de certiorati que llenaban su escritorio—. Es sábado. Los jueces ni siquiera están aquí.
—Osterman acaba de llamar a Joel desde casa. Aún no han llegado a una decisión.
—Es increíble —dijo Ben—. ¿Qué les pasa? ¿Quieren convertir el asunto Grinnell en el caso más demorado de la historia?
—Se han puesto el martes como fecha límite.
—¿Han pasado la sesión de decisiones del miércoles al martes?
—Solo será así la semana que viene —explicó Lisa—. Querían que todo el
mundo tuviera libre la víspera del día de Acción de Gracias[3], así que deben tomar una decisión antes de esa fecha.
—Eso está bien —admitió Ben.
—De cuando en cuando se descuelgan con un detalle —dijo Lisa. La joven se sentó en el sofá y se quitó los zapatos. Miró su reloj y comentó—: Solo faltan ocho horas para el gran momento. ¿Asustado?
—La verdad es que no me llega la camisa al cuerpo.
—Al menos no tienes que preocuparte de que Rick te saque el resultado de la decisión del caso Grinnell con engaños.
—Aprendí la lección, gracias —dijo secamente Ben.
—No te lo tomes tan a pecho.
—¿Cómo no me lo voy a tomar a pecho? —preguntó Ben.
—Aunque no dijeras nada, si Rick te preguntase cuál había sido la decisión, tu expresión te delataría.
—Querida, nací con cara de póquer, así que esa posibilidad no me preocupa en absoluto.
—En tu fondo más íntimo, ¿de veras estás convencido de que tienes cara de póquer?
—Pues claro que sí —dijo Ben mirando inexpresivamente a Lisa.
—¿A eso le llamas cara de póquer? Pareces estreñido.
—Parezco feroz —afirmó Ben con una expresión intensa—. Soy un lobo que va de caza. Soy astuto. Soy sigiloso.
—Bájate de esa nube. De cualquiera que me mirase como tú me estás mirando, pensaría que está bajo los efectos de una fuerte medicación.
Ben salió del personaje, y agitó un dedo.
—No subestimes el poder de la mirada febril. Así fue como ganamos la Guerra Fría.
—Como tú digas.
—Hablo en serio —dijo Ben—. Y toda la campaña de reelección de Reagan se basó en el éxito de la mirada febril.
—Ni siquiera te estoy escuchando.
—Debo prevenirte de que si insistes en esa actitud, te harás un terrible daño psicológico. La negativa a atender razones produce espantosos efectos secundarios que ni siquiera alcanzas a imaginar.
—No importa —dijo Lisa—. Adoro el riesgo.
Aquella noche, a las siete y media, Ben preparó su portafolios y cogió su chaqueta del armario.
—¿Listo? —preguntó Lisa.
—Creo que sí —contestó Ben. Dejó la chaqueta sobre el escritorio y se palpó el pecho, verificando por quinta vez que su micrófono estaba bien sujeto—. Supongo que esto es todo —dijo, cogiendo de nuevo la chaqueta—. Mientras Nathan haga lo que tiene que hacer, todo irá bien. Mañana tendremos pruebas con las que acusar a Rick de intento de soborno y lo habremos identificado con toda certeza.
—Llámame cuando todo haya terminado. Buena suerte —dijo Lisa al tiempo que se acercaba a Ben y lo besaba en la mejilla.
Ben sonrió.
—Seguro que te ha costado Dios y ayuda no meterme la lengua —dijo.
—Apenas he podido contenerme —dijo ella. Mientras Ben iba hacia la puerta, añadió—: Consigue que Rick te haga la proposición. Si no, lo único que tendremos será unas cuantas fotos de dos hombres cenando.
—Dalo por hecho.
Caminando por Massachusetts Avenue, Ben apenas podía contener su nerviosismo. Estaba atento por si alguien lo seguía y no dejaba de mirar por encima del hombro. La noche de noviembre era fría, gélida para los washingtonianos, y Ben se subió el cuello de la chaqueta. Soy de Boston, se dijo, y este clima no debería afectarme. Cuando le faltaban cincuenta metros para llegar al restaurante tailandés, Ben miró de nuevo por encima del hombro. Nadie. Luego comenzó a hablar para su pecho.
—Águila uno, Águila uno, ¿me recibís? Aquí el padre de Ober, Robert Oberman, preguntándome si mi hijo sigue teniendo el cerebro lleno de aire. ¿Me recibís?
Cuando llegó frente al Two Quail, vio que la mesa de la ventana estaba desocupada. Otra vez miró por encima del hombro. Nadie. Al fin miró hacia la ventana del restaurante tailandés y vio a Nathan y Ober disfrazados. Los dos amigos llevaban camisetas de Washington D. C. y gorras de béisbol a juego. Armado cada uno con una cámara de fotos, daban perfectamente la imagen de turistas de fin de temporada. Nathan le hizo a Ben una discreta pero inconfundible seña de «todo va bien» con el pulgar para indicarle que el receptor funcionaba.
Mientras subía la escalera del Two Quail, Ben se preguntó a qué hora se presentaría Rick. Estoy seguro de que llegará con retraso, se dijo.
Situado en un viejo edificio detrás de Capitol Hill, el exterior del Two Quail era sumamente discreto. Lo único que lo identificaba como restaurante era un pequeño cartel rojo y blanco que había encima de la puerta principal. Sin embargo, la elegancia que le faltaba por fuera, la tenía de sobra por dentro. Lleno de antigüedades, el Two Quail estaba decorado como una residencia familiar en la que todas las habitaciones fueran comedores. Para aumentar la sensación de vivienda, las mesas del restaurante estaban acompañadas de insólitos asientos: abigarrados sofás, divanes Art Déco, sillas antiguas y bancos tapizados. Ben se aproximó al maître, que vestía pantalones negros y suéter de cuello alto del mismo color.
—Hola, me llamo Ben Addison. Estoy citado aquí con un amigo.
El maître miró su lista y dijo:
—Sí, señor Addison, tengo una reserva para dos a las ocho en punto. ¿Desea sentarse ya o esperará a su amigo en el bar?
—Prefiero sentarme.
—Muy bien. Sígame, por favor. —Condujo a Ben hasta la mesa que estaba frente a la ventana y, colocándole delante el menú, le dijo—: Espero que disfrute de su cena.
—Estoy instalado —susurró Ben para su pecho—. ¿Seguís oyéndome?
Desde su punto de observación, Ben advirtió que sus amigos, en el restaurante del otro lado de la calle, hacían claros gestos de asentimiento.
—¿Qué dice? —preguntó Ober.
—Aguarda un momento —dijo Nathan, y se concentró en la voz que sonaba en el pequeño auricular que llevaba puesto—. Nos ha preguntado si lo oímos. —Nathan asintió con la cabeza, sonrió forzadamente, y le dijo a Ober—: Ahora lo único que tenemos que hacer es esperar.
A las ocho y cuarto, Rick aún no había llegado. ¿Dónde diablos estará?, se preguntó Ben cogiendo un fino colín de la cesta que ocupaba el centro de la mesa. Quizá no venga. Quizá se haya olido lo que nos proponemos. No, ni hablar. Vendrá. El cabroncete es codicioso. Sí, indudablemente, vendrá.
—¿Desea algo del bar? —preguntó el camarero.
—¿Eh? —dijo Ben, sobresaltado.
—¿Desea beber algo mientras espera?
Ben bajó la vista y advirtió que había hecho pedacitos el colín y el blanco mantel de la mesa estaba cubierto de migas.
—No, no, muchas gracias.
—Parece preocupado —dijo Ober mirando por el visor de la cámara con teleobjetivo de Nathan.
—¿Y cómo no va a estar preocupado? —preguntó Nathan—. Rick lleva ya un cuarto de hora de retraso.
—¿Crees que aparecerá?
—¿Y yo qué sé? No conozco al tipo.
Cinco minutos más tarde, el camarero se acercó a Ben.
—¿Es usted el señor Addison?
—Sí —dijo Ben.
Sin decir palabra, el camarero le tendió un papel doblado. Ben lo abrió y leyó una nota manuscrita que decía:
Ben, ¿qué tal si trasladamos la fiesta a otra parte? Esos turistas del otro lado de la
calle comienzan a ponerme nervioso. Sigue a tu camarero hasta la parte posterior
del restaurante, y yo me ocuparé de lo demás. Naturalmente, si no vienes, lo
comprenderé, pero eso supondrá el final de nuestra charla. Rick.
Cuando Ben alzó la vista del papel, el camarero le dijo:
—Tenga la bondad de seguirme, señor.
—¿Adónde irá? —se preguntó Ober en voz alta cuando Ben se levantó de su mesa.
—No tengo ni idea —dijo Nathan—. No ha dicho ni palabra. A lo mejor solo va a al servicio.
Mientras iba hacia el fondo del restaurante, Ben le dijo al camarero:
—Qué cosas… Yo pensaba que iba a disfrutar de una tranquila cena y, de pronto, bingo, recibo una nota que me dice que tengo que dejar mi estupenda mesa. Estoy realmente sorprendido.
—Mierda, Ben tiene problemas —dijo Nathan poniéndose en pie. Recogió su cámara y se puso la chaqueta.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Ober siguiendo a su amigo.
—Tú coge tu cámara —le ordenó Nathan.
Los dos amigos cruzaron rápidamente la calle y entraron en el Two Quail. El maître se adelantó a recibirlos.
—¿Qué desean?
—¿Qué ha sido del caballero que estaba sentado a esta mesa? —preguntó Nathan.
—Creo que fue a los servicios —dijo el maître.
Nathan pasó ante él y comenzó a cruzar a largas zancadas el restaurante.
—¿Dónde están los servicios? —preguntó a un camarero.
—Por ahí —respondió el camarero señalando hacia la parte posterior del restaurante.
Nathan irrumpió en el baño y abrió cada una de las cabinas.
—¡Mierda! —exclamó al encontrarlas vacías. Salió del baño y se tropezó con Ober—. No está aquí.
Se encontraban en un pequeño pasillo de la parte posterior del restaurante. Nathan miró a su alrededor y vio una puerta de emergencia al extremo del pasillo. Nathan y Ober corrieron hacia la puerta, la abrieron y se encontraron en el callejón de detrás del restaurante. Al fondo del callejón vieron una limusina negra que se alejaba.
—Aprisa, pásame la cámara —dijo Nathan. Ober lo hizo y Nathan tomó cuatro fotos en rápida sucesión antes de que el coche se perdiera de vista—. ¡Maldita sea! — exclamó cuando el vehículo dobló una esquina y desapareció.
—¿Viste la matrícula? —preguntó Ober.
—No, pero creo que la fotografié. Con un poco de suerte, se verá al ampliar la foto. —Nathan sacó de la bolsa azul el receptor, se puso los auriculares en los oídos y conectó el receptor.
—No creo que escuches nada —dijo Ober.
Sorprendido al escuchar las palabras de Ober en ambas orejas, Nathan alzó la mirada y vio que Ober recogía del suelo el micrófono de Ben.
—¡Mierda! —exclamó Nathan quitándose los auriculares.
—Espero que a Ben no le pase nada malo —dijo Ober.
—No te preocupes —dijo Nathan sin mucha convicción—. Seguro que sabe arreglárselas. —Una vez tuvo la certeza de que el coche se había perdido de vista, Nathan giró sobre sus talones y gritó—: ¿Los fotografiaste, Lisa?
—¡Sí, los tengo! —exclamó Lisa a la vez que levantaba la tapa del contenedor de basura situado junto a la entrada trasera. Cuando se le aproximaron Nathan y Ober, la muchacha les tendió su propia cámara y salió del contenedor—. ¡Lo tengo todo! Al conductor de la limusina, a Rick, la matrícula… Todo.
—Me gustaría poderlos oír —dijo Nathan rebobinando el carrete de la cámara de Lisa.
—No te preocupes —dijo Lisa—. Al menos ahora tenemos con qué identificarlo.
—Menos mal que te escondiste en el contenedor —añadió Ober.
—La idea fue de Ben —dijo Lisa—. Sabía que Rick os descubriría en un abrir y cerrar de ojos. —Sacudiéndose los restos de basura de los vaqueros, añadió—: Lo malo ha sido el rato que he tenido que pasarme entre toda esa inmundicia.
—Rick no habría hecho nada sin librarse antes de Ober y de mí —dijo Nathan mientras los tres caminaban callejón abajo—. ¿Estás segura de que conseguiste fotos claras de Rick? —preguntó, cargado con ambas cámaras.
—Totalmente segura —dijo Lisa—. Los vidrios del coche estaban teñidos, pero, antes de montar, Ben hizo que Rick los bajase.
—Hablando de eso —dijo Nathan—, ¿estamos seguros de que no va a ocurrirle nada? Porque, si no, será mejor que llamemos a la policía.
—No, aún no —dijo Lisa cuando llegaban a la calle principal—. Por lo que sabemos, lo único que Rick busca es información.
—Llevábamos mucho tiempo sin charlar —le dijo Ben a Rick, sentados ambos en la parte posterior de la limusina—. Supongo que últimamente has estado atareadísimo.
—Pues sí, bastante —respondió Rick alisando su abrigo de cachemira beige sobre sus costosos pantalones marrones de tweed…
—Estoy impresionado por lo bien que parecen haberte ido las cosas últimamente. Nada menos que toda una limusina para mí.
—Bueno, hemos pensado que tú te mereces lo mejor.
—Ya. Creo que también debo darle las gracias a tu chófer. —Ben golpeó ligeramente en el tabique de vidrio que los separaba del conductor—. Me manoseó bien antes de permitirme montar en el coche.
—La idea de cachearte fue mía —confesó Rick—. La verdad es que él opinaba que careces de recursos suficientes para conseguir un micrófono inalámbrico.
—¿Dijo eso de mí? —preguntó Ben golpeando con más fuerza el cristal. Cuando el chófer miró por encima del hombro, Ben le mostró el dedo corazón tieso. Volviéndose de nuevo hacia Rick, se disculpó—: Dispensa. ¿Qué estábamos diciendo?
—Te noto más tenso que las otras veces que hemos hablado —dijo Rick a la vez que se pasaba una mano por el repeinado pelo rubio.
—Bueno, ya sabes las tensiones que genera trabajar en el Tribunal Supremo — dijo Ben—. Ah, no, me olvidaba de que tú no has trabajado nunca allí. Qué error tan tonto.
—Ben, sé que estás molesto. Y te comprendo…
—No. Qué vas a comprenderme. Para saber lo que siento, necesitarías que alguien en quien confiases te hubiese vendido a cambio de un dinero fácil.
—No seas tan severo conmigo. No sabes nada de mi vida. Lamento haberme visto obligado a portarme así contigo, pero en aquellos momentos no estaba seguro de si podía confiar en ti.
—¿Y por eso nos estamos paseando juntos ahora? ¿Porque ya confías en mí?
—No he dicho eso. Simplemente, me ha parecido que te merecías una explicación.
—¿Y cuál es tu explicación? Acudiste a Maxwell con la información que me sacaste y te embolsaste unos cuantos millones de dólares. ¿Qué más hay que decir?
—¿Tan seguro estás de saber todo lo que he hecho?
—Estoy bastante seguro —dijo Ben—. La última vez, te gastaste cuatro noventa y nueve en una pizzería con barra libre. Ahora vamos en una limusina, y tú pareces haberte vestido para un estreno cinematográfico. Añádase a eso el hecho de que Maxwell realizó una de las apuestas más arriesgadas en la historia de las telecomunicaciones, y yo diría que el cuadro queda completo. ¿Me equivoco?
—Las cosas nunca son tan sencillas —dijo Rick—. Tu problema es que quieres que todo sea blanco o negro. Sin embargo, la vida está llena de grises.
—¿Para qué has querido que nos viéramos, Rick? —lo interrumpió Ben.
—Me apetecía charlar con un viejo amigo. Sé que has pasado por malos momentos y quería asegurarme de que estabas bien.
—¿A qué malos momentos te refieres? —Quiso saber Ben, preguntándose hasta qué punto estaba Rick al corriente de todo lo que había sucedido.
—En primer lugar, tu compañero te utiliza para prosperaren su trabajo periodístico, luego te interrogan en el Departamento de Alguaciles y después tu plan de grabarme en cinta fracasa por completo. En conjunto, diría que estás teniendo una semana fatal. ¿Me equivoco?
—Ha sido una semana ajetreada, pero soportable.
—Me gusta tu optimismo —dijo Rick con una sonrisa torcida—. Dime una cosa, Rick. ¿Has conseguido algún resultado en tus investigaciones sobre mí? Como te dije en mi carta, lo de las facturas telefónicas fue astuto por tu parte, pero lo de ir a mi viejo apartamento resultó risible. De un hombre tan inteligente como tú, esperaba cosas mejores.
—Bueno, si no fuera por el micrófono inalámbrico que llevo en uno de mis gemelos, diría que las cosas no me están yendo nada bien. Pero como tengo el micro… Bueno, me siento razonablemente satisfecho.
—Qué suerte —dijo Rick sonriendo forzadamente.
Al advertir la inquietud de Rick, Ben sacó un pañuelo del bolsillo y se lo tendió.
—Más vale que te seques la frente. Tu aspecto no es nada profesional.
—¿Te encanta la sensación de que te has apuntado un tanto, verdad? Pero si llevaras encima algún tipo de transmisor, yo lo sabría. Me tomo los asuntos de trabajo demasiado en serio como para cometer un error tan estúpido. —Al advertir el sudor que cubría ahora la frente de Ben, Rick le devolvió el pañuelo—. Un micrófono en un gemelo… ¿quién te has creído que eres? ¿James Bond?
—Dime una cosa, Rick. Si tan bien informado estás, ¿para qué corres el riesgo de que te vean conmigo?
—Simplemente, como ya te he dicho, quería ver qué tal le iba a un viejo amigo. Ahora cuéntame cómo marchan las cosas en el tribunal.
—Estupendamente. Desde que comenzó el período de sesiones he redactado más de treinta decisiones. Al menos doce de ellas podrían hacerte ganar más de un millón de dólares. —Ben miró inexpresivamente a Rick—. No insultes mi inteligencia. Explícame lo que quieres y di tu precio.
—A ti te gustan las cosas claras y simples, ¿no? —dijo Rick—. Sé que te encuentras en una posición muy mala. A comienzos de este año ibas camino del estrellato. Pero, debido al desastre con Eric, toda tu carrera pende de un hilo. Si la prensa te relaciona con Eric, estás acabado. Por mucho que te hayan ofrecido los bufetes legales de Washington, en cuanto sospechen que has filtrado información, no habrá una empresa en todo el país que quiera saber nada de ti. Lo cual significa que las próximas semanas van a ser muy difíciles para ti.
—¿Me estás amenazando?
—En absoluto. En realidad estoy aquí para proponerte una tregua. Sabes lo que necesito. Estoy seguro de que eso siempre lo has tenido claro. A cambio, yo me encargaré de que recibas una generosa compensación.
—Perdona pero no estoy al corriente de las tarifas. ¿Qué entiendes por «generosa compensación»?
—Tres millones de dólares —respondió lacónicamente Rick—. Supongo que es dinero suficiente para que olvides todo temor acerca de tu futuro financiero.
—¿Has estado filmándote parte del dinero que te dieron? ¿Por qué demonios iba a aceptar tu oferta? En estos momentos no tengo graves problemas. Los periodistas recelan, pero no me están creando demasiadas preocupaciones. Sin embargo, si acepto el dinero, estaré definitivamente jodido. El hecho de que un pasante reciba de pronto tres millones de dólares no puede dejar de suscitar sospechas.
—Te pongas como te pongas, estás jodido, Ben. De momento puedes no haber tenido problemas con la prensa, pero, como te he dicho, terminarán relacionándote con Eric. Solo es cuestión de tiempo. Y cuando eso ocurra, espero que estés preparado. Agarra el dinero, y así tendrás algo con lo que mitigar el desastre en que se va a convertir tu vida.
—Tienes razón: si la prensa me relaciona con Eric, soy hombre muerto. Pero no es seguro que lo hagan. Sin embargo, si de pronto mi cuenta corriente se hincha hasta alcanzar los tres millones, más de uno alzará las cejas. Aceptar ese dinero equivaldría a un reconocimiento de culpa.
—Seamos serios, querido Ben. ¿De veras me crees capaz de cometer la estupidez de presentarme en tu casa con todo ese dineral en una bolsa? Los tres millones se te ingresarían en una cuenta que nadie sería capaz de localizar.
—Claro, la cuenta en Suiza. Qué estúpido soy.
—Ben, esto no es un juego. Es la vida real. Si quieres arriesgar tu carrera apostando por la incompetencia de la prensa, allá tú. Pero yo te conozco y sé que eres un hombre práctico. A no ser que aceptes el dinero, corres el riesgo de perderlo todo. Supongo que te decidirás por un porvenir seguro.
—Y si no te ayudo, tú me someterás a chantaje, ¿no?
Rick miró fríamente a su pasajero.
—No. El chantaje no resuelve ninguno de nuestros problemas. Revelar tu relación con esas decisiones supondría el riesgo de que a mí también me inculparan. Como sabes, si se descubre la verdad, todos nosotros seremos examinados con la mayor lupa del mundo. Resulta fácil abusar de la confianza de un simple pasante del Tribunal Supremo, pero engañar a la Comisión de Bolsa y a la prensa es considerablemente más difícil.
—¿Y si digo que no?
—Ya encontraré a alguien que diga que sí —contestó Rick—. No me será difícil, créeme.
—¿Hay alguna decisión que te interese particularmente?
—Grinnell contra Nueva York es una de ellas. Hay otras.
—¿Y para cuándo quieres la información?
—Debo recibirla al menos tres semanas antes de que la decisión se anuncie. Cuanto antes, mejor.
Ben hurgó con el dedo en un agujero de la tapicería.
—¿Qué tal te sienta saber que vas a ir al infierno?
—No te las des de santurrón conmigo —dijo Rick—. Cuando se está arriba, es fácil ser honrado. Tú no sabes lo que es empezar la carrera desde el pelotón de cola.
—Me vas a hacer llorar.
—Hablo en serio. En tu lugar, yo me preocuparía menos de la ética y más de asegurar mi futuro. No hay mucha demanda de genios legales desacreditados.
—Una última pregunta —dijo Ben—. ¿Cómo has conseguido tanta información acerca de mí?
—A eso no puedo contestarte. Ya sabes que los magos jamás revelan el secreto de sus trucos.
—Eres muy gracioso y muy original. Bueno, ¿de qué más quieres que hablemos?
—Creo que todo lo importante ya está dicho.
—Hay algo que debes saber —dijo Ben—. Desde que me interrogaron, los alguaciles me han rebajado la autorización de seguridad y no me quitan ojo.
—Ya lo sé, pero no creo que eso importe —dijo Rick—. En el futuro, cuando tengas necesidad de ponerte en contacto conmigo, puedes hacerlo por medio de nuestro apartado de correos.
—Por cierto, lo del apartado fue un buen truco. Me dejó impresionado.
—No tuvo importancia —respondió Rick. Apretó el botón del intercomunicador y le dijo al chófer—: Para donde puedas. Nuestro invitado se va a apear.
El coche se detuvo junto a la acera y Rick le dijo a Ben:
—Una última cosa. Quítate las lentes de contacto. No quiero que te aprendas de memoria nuestra matrícula.
—Estas cosas cuestan cien dólares —replicó Ben al tiempo que se quitaba la lentilla izquierda.
—No quiero que me las des. Solo deseo que te las quites.
Cuando Ben tuvo sobre la palma de la mano izquierda las dos lentillas, Rick abrió la portezuela y lo dejó salir.
—Gracias por la cena —dijo Ben con sarcasmo.
Rick cerró la portezuela de golpe y la limusina se alejó. Ben entrecerró los párpados y se esforzó inútilmente en leer la matrícula.
—Tonto del culo —dijo.
—¿Dónde demonios está? —preguntó Nathan.
—No te preocupes, seguro que está bien —dijo Ober, que estaba inspeccionando el contenido de la nevera—. Se fue a dar un paseíto con Rick, eso es todo.
—¿Cómo puedes quedarte tan tranquilo? —le preguntó Nathan.
—No estoy tranquilo —contestó Ober cogiendo una soda—. Pero ¿qué quieres que haga? Cuando llegue habrá llegado. —Abrió la lata y añadió—. No creerás que Rick lo ha secuestrado y se propone liquidarlo, ¿verdad?
—Claro que no —dijo Nathan mientras entraba en la cocina—. Rick no es un delincuente barato. Si quisiera eliminar a Ben como testigo, le habría pegado un balazo en la cabeza en cuanto la decisión se hizo pública. Rick trata de conseguir más información. —Nathan se lavó las manos en la pila. Luego cerró el grifo y le preguntó a su amigo—: ¿Te fías de Lisa?
—¿A qué viene eso?
—Lo digo en serio —aseguró Nathan mientras se secaba con un paño de cocina —. ¿Confías en Lisa?
—Pues claro que sí —contestó Ober sentándose a la mesa de la cocina—. Esa chica me exaspera, pero, sí, decididamente confío en ella. ¿Por qué?
—Estoy pensando que alguien tuvo que darle el soplo a Rick. Un plan completo no se adivina por suerte. Aunque a nosotros dos nos viera en el local frente al Two Quail, ¿cómo supo lo del micrófono? Una de dos: o Rick nos tiene a todos bajo vigilancia permanente, o alguien de dentro lo mantiene al corriente de todo cuanto hacemos.
—Eso no tiene por qué ser así. Quizá se dé cuenta de que Ben puede ser un mal enemigo y está extremando con él las precauciones.
—Es posible —dijo Nathan.
—Además, ¿cómo se te ha ocurrido sospechar de Lisa? —preguntó Ober.
—Porque, aparte de Ben, nosotros tres éramos los únicos que conocíamos el plan. Así que si alguien le está dando el soplo a Rick, o eres tú, o soy yo, o es Lisa.
—Bueno, pues yo no soy —dijo Ober, a la defensiva.
—No he dicho que seas tú. He dicho que tal vez sea Lisa.
—¿La crees capaz de algo así?
—¿Y yo qué sé? —exclamó Nathan—. Pero… ¿no te ha parecido raro que quisiera irse a casa en vez de venir aquí a esperar a Ben con nosotros?
—Quería ducharse. Olía que apestaba.
—Podría haberse duchado aquí. Además, ¿qué sabemos realmente acerca de esa chica?
—Sabemos que Ben lleva cuatro meses trabajando con Lisa, y no ha dicho ni una mala palabra de ella.
—Eso es porque bebe los vientos por Lisa. El sexo siempre enturbia el juicio. Siempre.
—No sé —dijo Ober meneando la cabeza—. Me cuesta creer que Lisa pueda estar metida en algo así…
En aquel momento se abrió la puerta principal y a los pocos instantes Ben entró en la cocina. Inmediatamente llovieron las preguntas sobre él.
—¿Qué pasó?
—¿Adónde te llevó?
—¿Estás bien?
—Estoy perfectamente —dijo Ben, con las manos juntas—. Necesito líquido para lentes de contacto. —Se dirigió hacia el baño y explicó—: Rick me hizo quitar las lentillas para que no pudiera ver el número de su matrícula.
—Bueno, no importa lo que vieses o dejaras de ver, porque lo tenemos todo — dijo Nathan mientras Ben volvía a colocarse las lentillas—. Ober y yo le sacamos unas cuantas fotos a la limusina, y Lisa retrató todo lo demás.
—¿Dónde está Lisa? —preguntó Ben. Parpadeó para colocarse bien las lentillas y unas lágrimas de solución salina le corrieron por las mejillas.
—Se fue a casa a ducharse —explicó Ober.
—¿Vio a Rick cuando él bajó la ventanilla? —preguntó Ben.
—Dijo que sí. Tomó un rollo completo de fotos.
—¿Lo habéis revelado? ¿Salieron claras las fotos? Supongo que habrá que ampliarlas.
—Ya nos hemos ocupado de eso —dijo Nathan—. Las llevamos a la tienda de fotos más próxima. Como estaban cerrando, no tendrán las fotos hasta mañana. En cuanto las recojamos, te las llevaré al trabajo. Conseguiremos una identificación en un abrir y cerrar de ojos.
—Bueno, ¿qué te dijo Rick? —preguntó Ober—. ¿Qué sucedió?
—Vosotros visteis todo lo que pasó —dijo Ben, trajinando aún con las lentillas—. Como sospechábamos, Rick estaba enterado prácticamente de todo. Cuando me senté a la mesa, él me hizo llegar una nota en la que me decía que me reuniera con él fuera, ya que no deseaba que vosotros dos lo fotografiaseis. Casi me cago en los pantalones.
—Así que sabía dónde estábamos —dijo Nathan—. ¿Conservas la nota? Quizá nos sirva para conseguir sus huellas o para un análisis grafológico.
—Olvídate de la nota —dijo Ben—. El chófer de la limusina se quedó con ella antes de cachearme y quitarme el micrófono.
—Ya te dije que… —comenzó Ober.
—No quiero oírlo —lo interrumpió Ben, furioso.
—Siéntate —dijo Nathan.
—No puedo —dijo Ben recostándose en la mesa de la cocina—. Estoy demasiado nervioso. —Se pasó las manos por el cabello y añadió—: Esto es increíble. Ahora no tenemos audio. Si le hubiéramos dado un consolador de un metro de largo, no nos habría jodido más de lo que nos ha jodido.
—¿Qué más te dio?
—Quiere conocer la decisión sobre el caso Grinnell, y me ofreció tres millones de dólares por ella.
—¿Tres millones? —preguntó Ober.
—¿Le dijiste que no? —Quiso saber Nathan.
—Claro que no —respondió Ben—. Hice exactamente lo que dijimos. Le contesté que me lo pensaría.
—¿Cuándo hablasteis de eso, que yo no lo oí? —preguntó Ober.
—Anoche —dijo Ben—. Tú estabas aquí, charlando con Eric.
—¿Por qué no me invitasteis a participar en…?
—Acabo de decírtelo: estabas aquí con Eric —dijo Ben—. Lo siento.
—Respecto a Eric… —comenzó Ober.
—Ober, ya sé que es un tema que te preocupa, pero no quiero hablar de él —dijo Ben—. Ese es un asunto acabado, así que déjalo.
—¿Crees que Rick pensó que estabas interesado en su oferta? —preguntó Nathan.
—Desde luego. Dicen que si me relacionan con Eric estaré jodido. Así que, si no acepto el dinero, seré un estúpido.
Nathan se quedó unos momentos pensativo.
—Lo serás —dijo al fin.
—Lo sé —dijo Ben. Se apartó de la mesa y fue hacia la cocina—. Lo que también me preocupó fue la cantidad de información que tiene sobre mí. Lo sabe todo. Sabe lo de Eric y lo del Departamento de Alguaciles. Incluso mencionó algo respecto a mi entrevista con el representante del bufete de abogados que me quiere contratar.
Ben levantó el teléfono y Nathan, receloso, le preguntó:
—¿A quién vas a llamar?
—A Lisa —dijo Ben—. Quiero contarle lo ocurrido. —Ben advirtió las extrañas expresiones de sus dos amigos—. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
Nathan guardó silencio.
—Nathan sospecha que Lisa puede estar pasándole información a Rick —le explicó Ober.
—Espero que eso sea una broma —dijo Ben colgando el teléfono. Regresó al comedor y preguntó—: Supongo que eso no lo crees de veras, ¿no?
—Es una posibilidad —dijo Nathan—. ¿De qué otro modo explicas el hecho de que Rick estuviera al corriente de todo?
—No es tan difícil de explicar —razonó Ben—. Rick conoce el nombre de Eric, y probablemente leyó su artículo en el periódico.
—¿Y cómo se enteró de todo nuestro plan?
—Supongo que os vio al otro lado de la calle.
—Eso es lo que yo dije —intervino Ober.
—Pero… ¿y lo demás? ¿Lo de los alguaciles, y lo del bufete de abogados que está interesado por ti y lo de los micrófonos? —preguntó Nathan—. Vamos, Ben, no te pongas una venda en los ojos.
—No me pongo ninguna venda en los ojos —insistió Ben—. Puedes creer que no dejo de darle vueltas al asunto, pero no creo que la responsable sea Lisa. Ella sería incapaz de hacerme una cosa así.
—Apenas la conoces —dijo Nathan—. No tienes ni idea de lo que es o no es capaz de hacer.
—Es una buena amiga —dijo Ben—. Te garantizo que jamás me haría una cosa así. El hecho de que Rick sea un tipo con muchísimos recursos no tiene por qué significar que uno de mis amigos íntimos me esté traicionando.
—Eric es tu íntimo amigo desde hace dos décadas y no tuvo el menor inconveniente en venderte. ¿Cómo puedes estar seguro de que Lisa no haría lo mismo?
—Porque Lisa es mejor persona que Eric. Ya sé que a vosotros os parece una bocazas, pero esa chica tiene integridad. Nunca me haría algo así, podéis creerme.
—Te estás portando como un estúpido, Ben —le dijo Nathan levantándose de su silla—. Si crees que Lisa no es capaz de venderte, te equivocas. Todo el mundo tiene su precio, y ella no es una excepción. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que tengo razón.
—No. Imposible —insistió Ben negando con la cabeza—. Si Lisa le estuviera pasando información, Rick sabría más de lo que sabe. Está al corriente de lo que ha pasado a grandes rasgos. No conoce los detalles.
—De eso no puedes estar seguro.
—Sí, claro que puedo —dijo Ben—. Le dije algo para despistarlo, y él picó.
—¿Se creyó que te habían rebajado la autorización de seguridad?
—Se tragó el cebo, el anzuelo y el sedal.
—Qué interesante —dijo Nathan.
—¿Qué autorización de seguridad? ¿De qué habláis?
—Anoche, Nathan y yo discutimos la estrategia a seguir —explicó Ben—. Decidimos que yo diría que ocurría algo que en realidad no ocurría. Si Rick afirmaba saberlo, eso supondría que, al menos en parte, estaba faroleando. Así que le dije a Rick que el Departamento de Alguaciles me había rebajado la autorización de seguridad, cosa que no es cierta. Y Rick dijo que ya lo sabía.
—Buena jugada —dijo Ober, impresionado.
—Sí que lo fue —afirmó Ben—. Pero sigo queriendo saber cómo se enteró Rick de lo poco que sabe.
—Yo creo que nos ha puesto micrófonos —dijo Ober.
—Pues yo pienso que podría ser por Lisa —dijo Nathan.
—No insistas —dijo Ben, camino de su habitación—. Ya tengo demasiadas preocupaciones y no quiero comenzar a sospechar de mis amigos más íntimos.
Una vez en su dormitorio, Ben cerró la puerta, cogió el teléfono y marcó el número de casa de Lisa.
—¿Ben? —preguntó ella, nerviosa.
—Tranquila, estoy bien —dijo Ben mirando bajo su escritorio en busca de cualquier cosa con aspecto de micrófono.
—¿Qué pasó? ¿Te dijo Rick qué quería?
—Definitivamente desea información —dijo Ben. Luego le explicó minuciosamente lo sucedido en las últimas horas y continuó—: Así que lo único que nos queda son las fotos que Nathan y tú tomasteis mientras la limusina se alejaba. Esperemos que con ellas haya suficiente.
—¿Cuándo estarán listas?
—Mañana por la mañana —dijo Ben, que estaba mirando debajo de todos sus recuerdos y fetiches—. Nathan las dejó en una tienda de fotos que está cerca de casa. Pero si no han salido bien, volveremos a la casilla de salida.
—Saldrán bien, no te preocupes —dijo Lisa—. En cuanto Nathan consiga información sobre las fotos y la matrícula a través del Departamento de Estado, conseguiremos todo lo que necesitamos.
—Ojalá —dijo Ben.
—Bueno, ¿estás tranquilo? ¿No te has puesto furioso?
—Estoy completamente tranquilo —dijo Ben gateando por el suelo y mirando bajo su cama—. Ah, Lisa, y muchas gracias por haberte ocultado en el contenedor. De no ser por ti, estaríamos perdidos.
—No tiene importancia. Para eso están los amigos.
—Ya lo sé, pero quería darte las gracias.
—De nada —dijo Lisa, y colgó el teléfono.
Aquella misma noche, más tarde, Nathan entró en el dormitorio de Ben y encontró a este derrumbado en el sillón de su escritorio y con la vista perdida en la pared.
—¿Cómo estás? —le preguntó Nathan.
—Bien. Dándole vueltas al asunto.
—¿Se te ha ocurrido algo?
Ben meneó lentamente la cabeza.
—La verdad es que no.
—Recuerda que no tienes por qué seguir enmerdándote en este asunto —le dijo Nathan al tiempo que se sentaba en la cama de Ben—. Siempre te queda el recurso de largarte. El único daño lo ha sufrido tu orgullo.
—No se trata del orgullo —dijo Ben, aún derrumbado—. El hecho es que Rick tiene en su poder información que puede perjudicar mi carrera. Si me largo, siempre me acompañará el temor de que de pronto aparezca Rick y me ponga mis trapos sucios frente a la cara. Si al menos tengo algo contra él, podré neutralizar cualquier futuro intento de chantaje suyo. —Abrió el cajón de arriba de su escritorio y sacó de él un lápiz—. Además, quiero darle a ese cabrón su merecido.
—No pretendo ser pesimista, pero… ¿has considerado la posibilidad de entregarte a la policía y explicarle la situación? Lo cierto y verdad es que no facilitaste esa información a propósito. Rick te tendió una trampa.
—Sí, he considerado muy seriamente esa posibilidad —dijo Ben—. Pero el sistema que utilizó Rick para sacarme esa información no hace al caso. En el momento en que averigüen que divulgué el resultado de una decisión, a mis jefes no les quedará más remedio que echarme del Tribunal Supremo.
—Ya, pero no irás a la cárcel. En ti no había la menor intención criminal.
—Si despiden a un pasante del Tribunal Supremo, la noticia aparecerá en todos los periódicos del país. La prensa se traga los escándalos judiciales con auténtica voracidad. Y si eso sucediera, mi carrera estaría arruinada para siempre. Me expulsarían del Colegio de Abogados y no podría volver a ejercer.
—Creo que lo único que te preocupa es perder tu prestigio de chico ejemplar.
—Es posible que tengas razón. Me he partido los cuernos por llegar donde estoy. No me apetece nada echarlo todo a perder con una confesión. No te lo tomes a mal, pero la que propones no me parece la solución idónea.
—Lo único que hago es citar todas las posibilidades —dijo Nathan—. Ya sabes que te apoyaré decidas lo que decidas.
A la mañana siguiente a primera hora, Ben llamó a la puerta de Nathan.
—¿Tienes el recibo de las fotos? Quiero ir a recogerlas.
—Aguarda un segundo —dijo Nathan, y se inclinó para anudarse los cordones de las zapatillas—. Voy contigo.
Nathan se soltó los cordones y los volvió a anudar.
—Vamos —dijo Ben—. ¿Cuántas veces te los has atado ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Seis? Estás enfermo, no sé si lo sabes.
—Simplemente, me gusta llevar los nudos impecables —dijo Nathan, aún inclinado—. Perdóname por ser un perfeccionista.
—No eres un perfeccionista. Eres el chico que posará para el calendario de los compulsivos-obsesivos del año que viene.
—Ya está. Listo.
—Realmente, sí que es un lazo bonito —dijo Ben contemplando las zapatillas de su compañero—. Un trabajo espléndido.
—Envidioso —dijo Nathan mientras bajaban a por sus abrigos—. Por cierto, mi madre me ha estado dando la lata durante toda la semana. ¿Iréis a casa a cenar la víspera del día de Acción de Gracias?
—¿Quién más irá? —preguntó Ben abotonándose el abrigo.
—Bueno, estará mi familia, nosotros cuatro, y Lisa, si va.
—¿Qué es eso de «nosotros cuatro»? No pienso cenar con Eric.
—Pero hombre… —dijo Nathan al tiempo que abría la puerta—. No seas inmaduro.
—No soy inmaduro. Solo quiero pasarlo bien en tu casa, y si está Eric no podré. Tan sencillo como eso.
—¿Qué pretendes que haga? —le preguntó Nathan—. ¿Que le diga que no vaya? ¿Invito a todos menos a él? Además, si no lo invitamos, nuestras madres no dejarán de darnos la lata. Querrán enterarse de toda la historia, de principio a fin.
Ben guardó silencio hasta llegar a la esquina y entonces dijo:
—Bueno, que vaya.
—Gracias —dijo Nathan con un suspiro de alivio—. Me alegro de que hayas decidido perdonar a Eric.
—Yo no he decidido perdonar a nadie. Simplemente, he sopesado mi odio hacia Eric contra las consecuencias de un interrogatorio materno, y no hay color. Las madres ganan de calle.
Ben y Nathan caminaron tres travesías hasta llegar a la tienda de fotos y vídeo. Ya cerca del local, Ben comentó:
—Probablemente, tendremos que ampliar la foto.
—Ningún problema. Lo hacen en una hora. Lo que a mí me preocupa es que la matrícula no nos sirva para conseguir información útil.
—Claro que nos servirá. Aunque solo consigamos el nombre de una compañía de alquiler de limusinas, al menos será un punto de partida.
Ben le abrió la puerta a su amigo y lo siguió al interior de la tienda.
Nathan sacó los dos recibos y se los tendió a una de las dos dependientas que atendían el mostrador.
—Queremos recoger estas fotos.
Mientras una de las dependientas iba a buscar el encargo, la otra se quedó mirando a Ben.
—¿Estudiaste en la Universidad de Maryland? Tu cara me resulta muy familiar.
—Lo siento, pero no —dijo Ben—. Pero mi amigo sí estudió allí. Se licenció en anudar zapatos. —Señaló los pies de Nathan y preguntó—: ¿Habías visto un lazo tan perfecto en toda tu vida?
La joven se asomó por encima del mostrador.
—Sí que es bonito, sí.
La otra empleada, que estaba rebuscando entre los sobres de fotos, dijo:
—Disculpe… ¿Cuándo le dijimos que tendríamos listas sus fotos?
—Esta mañana —dijo Nathan—. Están a nombre de Oberman. Son dos rollos.
La dependienta meneó la cabeza.
—No los encuentro. Aguarde un momento. —La joven inspeccionó un pequeño bloc y se detuvo en una página—. Un momento, aquí están. Su amigo las recogió hace cosa de una hora.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ben.
—¿Qué amigo? —preguntó.
—Sí, recuerdo a ese señor. Yo lo ayudé —dijo la otra empleada—. Nos pidió que si se pasaban ustedes por aquí, les dijéramos que él ya había recogido las fotos.
—No sería por casualidad un tipo alto con el pelo rubio, ¿verdad? —preguntó Ben.
—Pues sí —dijo ella—. Un señor de lo más amable.
—¡Mierda! —exclamó Ben descargando un puñetazo contra el cristal del mostrador.
—Tranquilo —dijo Nathan. Miró a las perplejas empleadas y les explicó—: El que vino no era amigo nuestro. Le dieron nuestras fotos a alguien que no debería haberlas visto.
—Lo lamento muchísimo —dijo la empleada—. No era mi intención…
—No se preocupe —dijo Nathan.
—¿Cómo que no se preocupe? —exclamó Ben, y se encaró con las empleadas—: ¿Es que no tienen normas para la recogida de fotos? ¿No piden siempre el recibo?
—El señor sabía el nombre, y dijo que era amigo de ustedes…
—¿Y no guardan ustedes los negativos? —les preguntó Ben.
—No. Los negativos se los devolvemos a los clientes.
—Esto es absolutamente increíble —dijo Ben yendo hacia la puerta.
—No tendrán ustedes cámaras de seguridad en el local, ¿verdad? —preguntó Nathan—. O algo que haya podido sacarle una foto a nuestro amigo…
—Lo siento, pero no —contestó la dependienta—. Las teníamos, pero en marzo nos robaron y desaparecieron.
—Increíble —dijo Ben al salir de la tienda.
Despidiéndose con un ademán de las empleadas, Nathan dijo:
—Gracias por su ayuda. —Salió del local y corrió para ponerse a la altura de Ben. Una vez junto a su amigo, le dijo—: Lo siento. No debí dejar las fotos toda la noche en la tienda.
—No es culpa tuya —dijo Ben—. Debí olerme esto. Me porté como un estúpido. Debí venir a buscarlas a primera hora de la mañana.
—¿Cómo crees que se enteró Rick? ¿Crees que alguien nos siguió cuando te dejamos en el restaurante? —Nathan forzó el paso para que Ben no lo dejara atrás. ¿Le dijiste a Lisa dónde estaban las fotos?
Ben no contestó.
—Se lo dijiste, ¿verdad?
Ben dio de nuevo la callada por respuesta.
—Contesta —le exigió Nathan—. ¿Le dijiste a Lisa lo de las fotos?
Ben se detuvo bruscamente y, echando los brazos al aire, gritó:
—¡Sí! ¡Se lo dije! ¿Estás contento? Le comenté que estaban en una tienda cerca de casa.
—¿Y por qué demonios lo hiciste? Te dije que…
—Se lo dije porque confío en ella. Y cuando hablo con ella no me ando con precauciones, porque es mi amiga. Así que, digas lo que digas, hasta que tengas pruebas concluyentes de que Lisa me ha traicionado, no me creeré ni una palabra de tus conjeturas.
—¿Qué más prueba necesitas? Si esa chica te clavara un cuchillo en la espalda, dirías que no había sido ella porque no la viste con tus propios ojos.
—Lisa no gana nada hablando con Rick. Si buscase dinero, ella misma informaría a Rick de las decisiones.
—¿De veras crees eso? —le preguntó Nathan—. Bueno, pues a ver qué te parece esta posibilidad: Rick y Lisa están de acuerdo, y Lisa le está pasando las decisiones a Rick. El único problema es que no tienen un chivo expiatorio para el caso de que se descubra que alguien está filtrando información. Pero aparece un atolondrado pasante llamado Benjamin Addison. Basta con lograr suficiente información sobre él para convertirlo instantáneamente en el chivo expiatorio ideal. Lo único que tenían que hacer era seguir amontonando pruebas sobre tu implicación.
Ben caminó en silencio durante casi cien metros y al fin dijo:
—No estoy de acuerdo en lo que dices, pero comprendo que lo digas. Cuando volvamos de pasar en casa el día de Acción de Gracias, hablaremos de ello, pero hasta entonces, quiero olvidar las preocupaciones. Lisa me acompañará y no deseo pasarme todo el fin de semana sospechando de ella.
—Entonces, quizá no debieras llevarla a tu casa —dijo Nathan.
—Métete en la cabeza que está invitada e irá conmigo. Fin de la discusión.
—Allá tú —dijo Nathan.