El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 15 de 21

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El décimo juez

Capítulo 14

El miércoles a las diez de la mañana, Ben se tumbó en el sofá rojo del despacho. Con los ojos cerrados, acarició su corbata de lunares favorita.

—¿Qué tal estás? —susurró Lisa.

—Muy bien —dijo Ben al tiempo que se incorporaba y tomaba aire. Miró su reloj —. Creo que ya es hora.

—Mantén la calma. Piensa en largos paseos por el bosque, en tranquilas inmersiones submarinas… Cualquier cosa que te relaje.

—Estoy concentrado —dijo Ben poniéndose en pie—. Soy la imagen viva de la calma. Soy intensamente zen.

—Buena suerte —deseó Lisa cuando su compañero salió por la puerta.

Pensando que sería el camino menos concurrido, Ben bajó al sótano por la escalera de caracol de mármol. Lentamente, descendió a las entrañas del edificio, contando cada peldaño para evitar pensar en el lugar al que se dirigía. Cuando llegó al sótano se encaminó al Departamento de Alguaciles y le dijo a la recepcionista que tenía cita con Carl Lungen.

—Puede usted pasar. Lo están esperando.

Al entrar en la oficina de Lungen, Ben advirtió un fuerte olor a humo de cigarros.

—Encantado de verlo, Ben —dijo Lungen retrepándose en su sillón de cuero—. Siéntese.

—Creí que estaba prohibido fumar en todo el edificio —dijo Ben, que evitaba mirar a Lungen a los ojos—. Es un monumento histórico, ¿no?

—Bueno, toda norma tiene sus excepciones —dijo Lungen frotándose la barba. Señaló a la silla que había frente al escritorio—. Siéntese.

—Si no le importa, preferiría que termináramos con esto cuanto antes —dijo Ben —. Tengo mucho trabajo y, además, el humo de tabaco me hace subir la presión.

Lungen se levantó y fue hacia la puerta. Ben salió tras él del despacho y se detuvo ante el escritorio de la recepcionista, a la que Lungen anunció:

—Si alguien me necesita, estaré en la sala de interrogatorios.

Lungen condujo a Ben hasta una puerta que tenía un cartel donde ponía almacén, sacó unas llaves del bolsillo y la abrió.

Entraron en una sala cuadrada, carente de ventanas, que olía a cerrado y que mediría unos quince metros de lado. Junto a las paredes había almacenados escritorios, sillas y equipo de oficina de todo tipo. Unos tubos fluorescentes iluminaban el aire polvoriento.

—O sea que usan esto como almacén durante todo el año, y como sala de interrogatorios cuando quieren meterle el miedo en el cuerpo a alguien —dijo Ben.

—Exacto —dijo Lungen—. Ha captado usted perfectamente la onda.

En el centro de la estancia había un escritorio de madera y tres sillas del mismo material. Sobre el escritorio estaba el polígrafo, que Ben encontró parecido a la impresora láser de su oficina, solo que con más conexiones. Dennis Fisk estaba desenredando la gran maraña de cables y no alzó la vista hasta que ellos se acercaron al equipo.

—¿Todo listo? —preguntó Lungen.

—Casi —dijo Fisk. Miró a Ben con una sonrisa irónica—. Siéntese, amigo.

Ben se sentó, cruzó las piernas y no dijo nada.

—Bueno, cuéntenos cómo le van las cosas —dijo Lungen—. ¿Qué tal su amigo Eric?

—No tengo ni idea —dijo Ben—. Llevo semanas sin dirigirle la palabra.

—Qué lamentable —dijo Lungen sentándose en una de las dos sillas que había tras el escritorio. Luego se echó hacia adelante y quedó con los codos apoyados en las rodillas—. Pero siguen ustedes viviendo juntos, ¿no?

—Por poco tiempo —contestó Ben—. Eric se irá de la casa a comienzos del año que viene.

—Supongo que se mudará a un sitio mejor, ahora que se ha convertido en un periodista importante, especializado en temas del Tribunal Supremo.

—Se va a mudar porque yo le he dicho que se largue —dijo Ben esforzándose en no perder la calma.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Fisk, que aún trajinaba con los cables—. Yo, en su lugar, estaría indignado con él por haber escrito acerca de mi implicación en el asunto CMI.

—Escuche, dígale a su compañero que mida sus palabras —le dijo Ben a Lungen —. Más vale que, si no tiene pruebas, se abstenga de hacer acusaciones como esa. De lo contrario, me daré el gustazo de demandarlos por acoso laboral y difamación.

—Fisk no lo ha dicho con mala intención —dijo Lungen, a la defensiva—. Todos estamos un poco nerviosos.

—Bueno, pues le repito lo que ya le dije. El primer sorprendido por lo del asunto CMI fui yo.

—Pero admite que fue usted el que le informó a Eric de que Blake iba a retirarse, ¿no? —preguntó Lungen.

—Sí, eso sí es cierto —dijo Ben con voz tranquila y firme—. Y, que yo sepa, no hay nada ilegal en lo que hice. Simplemente trataba de ayudar a mi amigo.

—¿O sea que Eric vuelve a ser su amigo? —lo interrumpió Fisk.

—No, en absoluto. Lo de Blake sucedió antes de que Eric escribiera el artículo sobre la CMI. Y por si tiene usted dificultades con la cronología, eso significa que la cosa ocurrió antes de que yo me cabreara con Eric. —Ben miró sonriente al desconcertado Fisk—. Ya sé que intentan ustedes intimidarme con un interrogatorio de una hora, pero acabemos cuanto antes, por favor.

—Conéctalo —le dijo Lungen a Fisk.

Fisk le subió la manga a Ben y le rodeó el brazo con una pequeña almohadilla sujeta con velero.

—Pensaba que para realizar esta prueba hacía falta un experto —dijo Ben.

—Yo conozco la técnica —replicó Fisk.

—Entonces, me alegro de estar en buenas manos —dijo Ben, sarcástico—. Porque seguro que, además de experto, es usted impar…

—Cállese.

Una vez le hubo conectado a Ben el resto de los sensores, Fisk se sentó en la silla vacía del otro lado del escritorio.

—Quiero que aspire usted profundamente diez veces —le indicó Fisk—. Luego, permanezca usted tan calmado como le sea posible, a fin de establecer un canon de referencia.

Siguiendo las instrucciones de Fisk, Ben inspiró y espiró profundamente diez veces. Vio que Lungen sacaba un montón de papeles de un bolsillo de la chaqueta y cerró los ojos. Tratando de permanecer tranquilo, se imaginó a sí mismo practicando windsurf en la Costa Azul.

Cuando comenzó a escuchar los zumbidos y pitidos electrónicos de la máquina, Ben abrió los ojos y se quedó con la mirada al frente. Por el rabillo del ojo vio a Lungen tomando notas en un papel.

Fisk abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una baraja de naipes.

—Mire esto —le dijo a Ben.

Todo es absolutamente predecible, se dijo Ben, esforzándose por mantener la calma.

—Lo que voy a hacer —explicó Fisk—, es mostrarle un naipe, y usted tiene que decirme cuál es. Si me dice la verdad, el trazador de la máquina permanecerá inmóvil. Si miente, el trazador fluctuará.

—¿Seguro que será usted capaz de distinguir la diferencia? —preguntó Ben.

—Es usted muy listo. Veremos si dentro de una hora sigue con ganas de broma.

 

—Cálmate —dijo Rick sosteniendo el teléfono entre el hombro y el mentón.

—Quiero mi dinero, y lo digo en serio.

—Ya te dije que te daría el resto en cuanto estuviera seguro de haberme quitado a Ben de encima.

—Pero si ya te lo has quitado de encima. Te he contado todo lo que Ben sabe, todo lo que Ben hace, todo lo que Ben piensa…

—En cuanto yo complete la transacción, tú tendrás tu dinero.

—No comprendo por qué te preocupas tanto por Ben. Nunca había visto a nadie que fuera a la vez tan sabelotodo y tan cobarde.

—Esto no tiene nada que ver con la cobardía —dijo Rick cambiando el teléfono de oreja—. Tiene que ver con el realismo.

Ben es un hombre de muchos recursos, y hay que tener cuidado con él.

—Mira, llámalo como quieras. Pero créeme, el hecho de que tú completes tu transacción no quiere decir que Ben vaya a dejarte en paz. Es muy obstinado y puede pasarse el resto de su vida detrás de ti.

—Sí, en eso tienes razón —convino Rick—. Pero si Ben no es capaz de encontrarme en Washington, ¿por qué crees que podrá dar conmigo cuando la búsqueda, en vez de local, sea mundial?

 

En su despacho, Lisa miró hacia el enorme reloj que había encima del sofá preguntándose a qué se debería la tardanza. La joven ya se había tomado dos tazas de café e iba por la primera de té. Sonó el teléfono, se abalanzó hacia el aparato y lo descolgó antes de que terminara el primer timbrazo.

—Lisa al habla —dijo. Tras escuchar unos momentos continuó—: Sí, claro que me acuerdo. Te lo tendré lo antes posible. —Mirando de nuevo hacia el reloj, continuó—: Ben debe de estar a punto de volver. Me aseguraré de que él…

La puerta del despacho se abrió y Ben irrumpió en la habitación, pálido y macilento. Con la vista en el suelo, pasó ante Lisa y se derrumbó en el sofá.

—Ben acaba de entrar. En seguida te llamo —dijo Lisa. Colgó el teléfono y se levantó de su asiento—. Bueno, ¿cómo te fue?

—Fracasé —dijo Ben.

—¿Fracasaste? Supongo que es una broma.

—¡Pues claro que es una broma! —dijo él levantándose de un salto del sofá. Alzó los brazos al aire—. ¡Me he apuntado una sonora victoria sobre el polígrafo!

—¡Fantástico! —exclamó Lisa.

Los dos se abrazaron y saltaron de entusiasmo.

—Vaya, vaya —dijo Ben rompiendo el abrazo—. Creo que estoy demasiado excitado. El pene se me está agrandando.

Lisa se apartó de Ben riendo.

—Bueno, cuenta. ¿Qué dijeron los alguaciles? ¿Se pusieron muy furiosos?

—Estaban cabreadísimos. Fisk se mordía tanto las uñas que creo que llegó hasta el nudillo.

—¿Y cómo lo conseguiste? ¿Qué hiciste?

—Me hicieron mirar unos naipes —le explicó Ben—. Si el naipe era el as de picas y yo decía que era un as, la máquina seguía tan campante. Pero luego, cuando mentí y dije que era un rey, la máquina siguió igual de campante. Lungen y Fisk se subían por las paredes. No daban crédito a lo que estaba ocurriendo, así que me quitaron los sensores y comenzaron de nuevo. Me interrogaron durante diez minutos con la máquina desconectada y luego me pusieron otra vez los sensores. Y esta vez, cuando llegamos a la parte de los naipes y mentí, el polígrafo se volvió loco. Creo que eso se debió a lo entusiasmado que me sentía por mi primera victoria sobre el aparato.

—Debió de ser una agonía. —Lisa se sentó en el sofá.

—Lo fue —dijo Ben, incapaz de permanecer quieto—. Pensé que iba a cagarme de miedo. Cuando Fisk me ponía los naipes delante de las narices, yo cerraba los ojos y pensaba en películas autorizadas para todos los públicos. No sé cómo sucedió, pero el caso es que comencé a recuperar la calma que sentía al entrar allí.

—¿Serían las píldoras?

—Es posible —dijo Ben—. La verdad es que en eso pensaba cuando cerré los ojos. Imaginé que las pastillas estaban haciendo efecto, y me puse a recordar el día del entierro de mi hermano. Con esas dos ideas en la cabeza, mi cuerpo prácticamente se bloqueó.

—Suena terrible.

—No fue ninguna fiesta —dijo Ben—. Pero el caso es que me calmé. Cuando quiero ver algo en su adecuada perspectiva, lo único que necesito hacer es pensar en la muerte. Comparado con ella, todo lo demás palidece.

—No es mal sistema —dijo Lisa apoyándose en el brazo del sofá—. Y, dime, ¿qué te preguntaron?

—La verdad es que Nathan dio en el clavo en todo. Me preguntaron si era mayor de veintiún años, y tuve que responder que no. Cuando el polígrafo no hizo nada fuera de lo normal, comprendí que estaba salvado.

—¿Cómo reaccionaron los alguaciles?

—La verdad es que hice todo lo posible por no mirarlos. Temí ponerme nervioso al verles las caras de chasco y fracasar en la parte final de la prueba.

—¿Qué más te preguntaron?

—Después de la edad, me preguntaron si fumaba. Dije que no y el aparato no reaccionó. Luego me preguntaron si había hecho algo de lo que me avergonzase. Fue entonces cuando me imagine en la cama contigo. La máquina permaneció tan callada que pensé que la habían desconectado.

—Muy gracioso.

—Por último, me preguntaron si sabía algo acerca de la información que le pasaron a Eric o si sabía algo acerca del artículo de Eric… La verdad es que no recuerdo bien cuál fue la pregunta, pero, fuera cual fuera, traté de no pensar en nada y luego contesté que no. Como, tras esa tercera pregunta, el polígrafo tampoco se inmutó, miré a los alguaciles. A Fisk la furia le salía hasta por las orejas. Les pregunté qué tal lo había hecho, y Lungen me dijo que habíamos terminado. Me dio las gracias por mi tiempo y se disculpó por las molestias.

—¿Se darían cuenta de que estabas mintiendo?

—Un momentito, por favor —dijo Ben. Fue a la puerta del despacho, la abrió y siguió—. Repite esa pregunta un poco más fuerte, porque creo que en algunas zonas de Maryland no te han oído.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Ben cerró la puerta.

—No creo que piensen que soy totalmente inocente, pero mientras no tengan pruebas concretas, no pueden hacer prácticamente nada. —Se dirigió hacia su escritorio y prosiguió—: Por cierto, ¿con quién hablabas cuando entré?

—Con Nancy, que me llamó desde la oficina de Hollis. El juez ha terminado su versión final del caso Grinnell, y quiere que tú y yo le demos un último repaso. Necesita nuestra versión definitiva para el viernes. Quiere entregársela a la Oficina de Pasantes al final de la semana para que puedan hacerla pública el próximo lunes.

—¿Y eso fue todo lo que Nancy te dijo?

—Sí, eso fue todo. —Lisa se fijó en la expresión de escepticismo de Ben—. No vuelvas a las andadas.

—¿A qué te refieres?

—Adivino tus pensamientos —dijo Lisa levantándose del sofá—. Lamento defraudarte, pero no hablaba con Rick.

—¿Y quién ha dicho que estuvieras hablando con Rick?

—Te conozco como si te hubiera parido. A los alguaciles puedes haberlos engañado, pero a mí no. Cuando mientes, yo siempre lo noto.

—Pues ahora te estás colando, porque no sospecho nada. Si dices que hablabas con Nancy, será que hablabas con Nancy.

—Pues sí, hablaba con Nancy.

—Y yo te creo —dijo Ben.

—¡De veras que hablaba con Nancy!

—Acabo de decirte que te creo.

—Ben, yo…

—Escucha, si realmente pensara que mentías, haría ver que iba al baño y subiría a preguntarle a Nancy si te había telefoneado. Confío en ti, Lisa. Si dices que hablaste con Nancy, será que lo hiciste.

 

El viernes por la tarde, tras pasar tres horas seguidas sentado ante su ordenador, Ben se frotó los enrojecidos ojos y exclamó:

—Me niego a creer que Rick aún no haya hecho nada. El único modo de conseguir dinero con la información es adquirir una participación en la propiedad.

Lisa releyó por octava vez desde el miércoles la versión definitiva del dictamen Grinnell.

—Quizá la información que recibió Rick no fue sobre la decisión Grinnell, sino sobre otra.

—Ni hablar —dijo Ben—. Estoy seguro de que fue sobre el caso Grinnell.

Sin apartar la vista de las páginas que estaba leyendo, Lisa comentó:

—Si el señor está seguro, no le llevaré la contraria, pero… suponiendo que estés en lo cierto, ¿qué te hace creer que el que le haya vendido a Rick informará de la transacción? Quizá simplemente le entregó los títulos de propiedad y luego se fue a patearse el dinero.

—Aunque el vendedor hubiera querido hacerlo, Rick no lo habría aceptado. A Rick le interesa que quede constancia de la venta. De lo contrario, el vendedor podría deshacer el trato. Registrando la transacción, Rick se garantiza todos los derechos de propiedad, y es demasiado listo para dejar de hacerlo.

Intrigada por la lógica hipótesis de Ben, Lisa dejó a un lado la decisión y se volvió hacia su propio ordenador, conectado, como el de Ben, a la sección catastral de la base de datos Lexis. Tanto ella como él quedaron absortos en sus respectivas pantallas, y el silencio que siguió solo fue interrumpido al cabo de unos minutos por el timbre del teléfono de Ben.

—Oficina del juez Hollis —respondió Ben.

—¿Hablo con Ben Addison? ¿Con el mismo Ben Addison que trabajó en Wayne & Portnoy hace dos veranos?

Ben puso los ojos en blanco al reconocer la voz de Adrian Alcott. Con forzado tono cordial, contestó:

—¿Qué tal, Adrian? Me alegro de oírle.

—Lo mismo digo —dijo Alcott—. Llevábamos tiempo sin charlar. ¿Qué tal todo por el tribunal?

—Estamos muy ocupados —dijo Ben, molesto porque lo distrajeran de la pantalla de su ordenador.

—Sí, ya sé —dijo Alcott—. Tengo entendido que los fines de año son terribles.

—Desde luego. Los jueces intentan ultimar el mayor número posible de decisiones para que todo el mundo pueda disfrutar de sus vacaciones.

—A nosotros nos pasa lo mismo —dijo Alcott.

—¡Ben, mira esto! —gritó Lisa señalando en su ordenador.

Desentendiéndose de la charla de Alcott, Ben se volvió hacia su pantalla y trató de encontrar en ella el motivo de la alarma de Lisa.

—Bueno, ¿ha decidido ya sus planes profesionales para el año que viene? —le preguntó Alcott y, al no recibir respuesta, añadió—: ¿Sigue usted ahí, Ben?

—Sí, sí. Aquí estoy —dijo Ben, con la mirada fija en la lista de más de un centenar de propietarios—. Dispense, pero no le he oído bien.

—Solo quería saber si había decidido usted ya sus planes profesionales para el año que viene —repitió Alcott.

—Todavía no. Con lo ocupado que estoy, ni siquiera puedo pensar en la próxima semana.

—¡Mira al principio de la lista! —dijo Lisa alzando la voz.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Alcott—. Lo único que le pido es que no se olvide usted de nosotros.

Desde la parte alta de la lista alfabética, Ben buscó la adición más reciente a la lista de propietarios de Grinnell. Cuando al fin la encontró, el alma se le cayó a los pies. Le costó dar crédito a sus ojos, pero allí estaba, al principio de la lista: Addison y Compañía.

—Perdone, Adrian, tengo que dejarlo.

—¿Va todo bien? —preguntó Alcott, pero antes incluso de que el hombre terminara de hablar, Ben ya había colgado.

—Es increíble —di jo Ben mesándose los cabellos—. No puede ser que esto me esté ocurriendo. Ahora sí que estoy de veras jodido.

—No digas eso —dijo Lisa acercándose a calmar a su compañero—. No es…

—Lisa, cuando esa decisión se anuncie el lunes, resultará que una compañía en cuyo nombre figura mi apellido, va a ganar millones gracias a una decisión en la que yo trabajé. ¿No crees que tengo motivos para preocuparme?

—No pueden relacionar esa compañía contigo, Ben. Tú no la fundaste, ni tienes nada que ver con ella. Además, ¿quién, aparte de nosotros, crees que está examinando la base pública de datos catastrales en busca de cambios entre los propietarios de Grinnell?

Sonó el teléfono de Ben. Este, paralizado, miró a Lisa. El timbre volvió a repicar.

—¿No contestas? —preguntó Lisa.

Un nuevo timbrazo.

—Seguro que es el Departamento de Alguaciles —dijo Ben—. Se han enterado. —Corrió al armario y cogió su abrigo.

—¿Adónde vas? —preguntó Lisa.

—Me largo —contestó Ben al tiempo que recogía su portafolios—. Cambiemos nuestras tarjetas de identidad.

—¿Cómo?

—Tú dame la tuya y yo te daré la mía —insistió Ben arrojando a Lisa su tarjeta de identificación del tribunal—. ¡Rápido!

Lisa corrió a su escritorio, sacó su tarjeta del cajón y se la tiró a Ben. Este la cogió y salió por la puerta.

—Llámame cuando llegues a casa —gritó Lisa mientras el teléfono seguía sonando.

Bañado en sudor, Ben bajó a la carrera la escalera. Cuando llegó al vestíbulo, dejó de correr y se esforzó en caminar con paso normal. Eludió la puerta principal, permaneció en el ala norte del tribunal y se dirigió a la única entrada sin vigilante que había en el edificio. Al aproximarse a ella, le pareció oír a alguien detrás de él. Se volvió y no vio a nadie, pero pese a ello avivó el paso. Con el corazón acelerado, Ben llegó a la máquina lectora de tarjetas que le franquearía el paso por la cerrada puerta. Sacó la identificación de Lisa y, conteniendo el aliento, la pasó por la máquina. Nada. Con mano temblorosa la pasó de nuevo y al fin sonó el esperado clic. Reanudó su camino y empujó la puerta. Una vez en la talle lanzó un suspiro de alivio y dejó su portafolios en el suelo, aliviado al sentir el frío viento en el rostro. Se inclinó hacia adelante con las manos en las rodillas y permaneció así un minuto, intentando recuperar la tranquilidad. Se atusó el cabello, cerró los ojos y trató de pensar. Cogió del suelo un puñado de nieve, se lo pasó por la frente y luego se lo metió en la boca. Tras caminar unos cientos de metros por Maryland Avenue, se detuvo ante un teléfono público y marcó el número del despacho de Lisa.

—Oficina del juez Ho…

—Soy yo, Lisa.

—¿Qué demonios te ha dado?

—Lo siento, pero tenía que salir de ahí. Me encuentro fatal.

—¿Para qué necesitabas mi tarjeta?

—Me temo que los alguaciles hayan anulado la mía para impedirme salir del edificio. Así me localizaron la última vez.

—O sea, que ahora yo estoy encerrada aquí, ¿no?

—No —dijo Ben mirando por encima del hombro—. Puedes usar la mía. Si los alguaciles te detienen, eso significará que están al corriente de lo de Grinnell. Si no, será que todavía no saben nada.

—Pero eso no contesta a mi pregunta. Si me detienen, ¿cómo saldré de aquí?

—Ve hasta la puerta principal y diles que has extraviado tu tarjeta. Te abrirán manualmente y podrás salir. ¿Has averiguado a quién le compró Rick la propiedad?

—He repasado la lista que imprimimos la semana pasada y solo faltaba un nombre. Addison y Compañía sustituyó a una compañía llamada Grupo Micron.

—¿Y qué es el Grupo Micron?

—He buscado el nombre en la base de datos Lexis y apenas me he enterado de cuatro cosas. Lo único que he podido averiguar es que se trata de una sociedad limitada establecida en Delaware hace cosa de cinco años. Los documentos originales de constitución estaban a nombre de un tal Murray Feinman, pero cuando he buscado Feinman lo único que he encontrado ha sido su necrológica. Murió a finales del año pasado a la edad de ochenta y cuatro años. Probablemente, Micron se creó con el único fin de efectuar inversiones antes de la defunción, y no tengo ni idea de quién está ahora al frente del grupo.

—¿Y no averiguaste nada más?

—¿Pero qué más quieres? Solo puedo utilizar Lexis, lo cual significa que únicamente tengo acceso a periódicos y a registros públicos. Demasiadas cosas he averiguado.

—Lo siento. Estoy nerviosísimo —explicó Ben, mientras un grupo de turistas desfilaba frente a él. Antes de seguir hablando, esperó a que hubiera pasado el último turista—. ¿Crees que investigando Addison y Compañía nos será posible dar con Rick?

—No lo sé. He buscado el nombre y no aparece en ninguna parte. Una de dos: o se estableció en el extranjero, o bien Addison y Compañía es filial de otra compañía cuyo nombre desconocemos. Es evidente que Rick solo ha utilizado el nombre de Addison para joderte.

—Creo que fue por algo más. Llamando la atención sobre mí se asegura de que nadie mire hacia él.

—Es posible. Bueno, ¿qué vas a hacer ahora?

—Aguardaré aquí a que salgas del trabajo. Así me enteraré de si los alguaciles me buscan.

—¿Piensas esperar dos horas?

—De dos horas, nada. Sal ahora mismo. A Hollis no le importará. La decisión sobre el caso Grinnell ya está lista. Mándasela a Nancy. Aparte de eso no tenemos otra cosa que hacer.

—¿Crees que cincuenta peticiones de certiorati no son nada?

—Vamos, Lisa, hoy es viernes. Lárgate ya.

—Vale, vale —dijo ella—. Dime dónde estás.

—En la cabina telefónica de la esquina de Maryland con la D.

—Muy bien. Dentro de diez minutos estoy contigo.

 

Cuando Lisa llegó a la esquina no vio a Ben por ninguna parte. Se acercó a la cabina telefónica de la esquina y le sorprendió ver una hoja de papel metida entre el auricular y la horquilla. Levantó el auricular y cogió el papel, en el que había una nota escrita con la letra de Ben:

Súbete al taxi negro y beige que hay al otro lado de la calle.

Lisa arrugó el papel y miró por encima del hombro, por si alguien la seguía. Cruzó la calle en dirección al vehículo negro y beige.

—¡Taxi! —llamó.

El chófer hizo un gesto de asentimiento y ella abrió la puerta rasera y montó. Antes de que le fuera posible decir una palabra, el coche se puso en movimiento.

—Dispense, pero ¿sabe usted adónde vamos? —le dijo al laxista.

—¿Qué? ¿Algún problema? —preguntó Ben asomando la cabeza por encima del respaldo del asiento delantero.

Lisa dio un brinco en su asiento.

—¡Mierda, me has dado un susto de muerte! —gritó—. ¿Por qué demonios te has escondido en el suelo?

—No sabía si llegarías sola o si alguien te seguiría.

—Bueno, pues no tienes por qué preocuparte. Tu tarjeta de identificación funcionó sin el menor problema. Creo que los alguaciles no sospechan nada.

—O tal vez sabían que yo ya había salido del tribunal.

—Procura tranquilizarte, Ben. No creo que nadie, aparte de nosotros, estuviera pendiente de la base de datos Lexis. Los alguaciles no saben una mierda. Tú mismo dijiste que son unos cretinos.

—Sí, es posible. —Ben tenía la vista fija en la ventanilla trasera.

Lisa se volvió en el asiento.

—¡Basta ya! Nadie nos sigue.

—Me parece increíble que todo esto esté sucediendo realmente —dijo Ben negando con la cabeza—. Mi vida está arruinada.

—No hablemos de ello ahora —dijo Lisa al tiempo que señalaba al taxista con un movimiento de cabeza—. Ya lo discutiremos cuando lleguemos a tu casa.

 

Quince minutos más tarde llegaron al domicilio de Ben.

—Bueno, has llegado sano y salvo —dijo Lisa mientras Ben metía la llave en la cerradura—. Si los alguaciles realmente anduvieran detrás de ti, nos habrían detenido nada más bajarnos del taxi.

Ben abrió la puerta y le sorprendió encontrar a Ober viendo la televisión en la sala.

—¿Qué haces en casa tan temprano? —preguntó Ober—. Ah, ya comprendo — dijo cuando vio a Lisa entrar detrás de Ben—. ¿Qué te cuentas, muñeca?

—No gran cosa —dijo Lisa quitándose el abrigo—. ¿Y tú?

—Yo tampoco —dijo Ober.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó Ben a su compañero—. ¿No tendrías que estar trabajando?

—Lo estoy —dijo Ober, apagando el televisor—. Solo he salido a almorzar.

—Son casi las tres y media —dijo Ben.

—¿Ah, sí? —replicó Ober, encendiendo de nuevo el televisor—. Entonces dispongo de otra media hora por lo menos antes de volver.

—¿Eres consciente de que los contribuyentes no te pagan para que haraganees? —preguntó Lisa, tomando asiento en el sofá—. Vuelve al trabajo.

—Oye, que los contribuyentes también pagan tu sueldo, ¿no? —dijo Ober.

—Da lo mismo —dijo Ben, derrumbándose en el sofá junto a su amigo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ober, aún con la vista fija en el televisor.

Ben explicó lo sucedido y concluyó:

—Y cuando la decisión se haga pública el lunes, Grinnell y sus socios ganarán millones y todos los dedos señalarán en mi dirección.

—Cosa lógica —dijo Ober—. A fin de cuentas, eres el presidente de Addison y Compañía.

—No es momento para bromas —dijo Ben.

—Entonces, ¿me harás un favor? —preguntó Ober—. Si el lunes va a ser tu último día en el tribunal, ¿puedo ir a ver el anuncio de la decisión?

—¿De veras te apetece ir? —preguntó Ben.

—Pues claro —dijo Ober—. Si tú no vas a volver por allí, supongo que será mi última oportunidad de ver el espectáculo.

—No es un espectáculo, sino una ceremonia.

—Da lo mismo. ¿Me invitarás?

—Claro —dijo Ben, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no? —Se volvió hacia Lisa y añadió—: Por cierto, supongo que lo de Addison y Compañía responde a lo que preguntaste sobre si Rick pretendía sacar ventaja del asunto Grinnell.

—Sigo sin entenderlo —dijo Lisa—. ¿Cómo pudo Nathan hacerte algo así?

—No tenéis pruebas de que fuera él —la interrumpió Ober, súbitamente irritado.

—¿Ah, no? —preguntó Lisa—. Entonces, ¿cómo es que nunca llegamos a ver el micrófono de maletín?

—No lo sé —replicó Ober—. Pero si queréis hablar mal de Nathan, hacedlo en otra parte. No quiero escuchar esos absurdos chismes.

—Eres como un avestruz escondiendo la cabeza en la arena —dijo Lisa.

—Escucha, putilla escuchimizada, no creo…

—¡Callaos de una vez! —los interrumpió Ben—. Dejad los comentarios para luego.

—¿Cómo puedes dejar que esta tipa diga cosas tan terribles de tus amigos? — preguntó Ober.

—¿Yo? —preguntó Lisa, señalándose a sí misma con el dedo—. ¿Y qué me dices de ti?

—Escuchad: me da lo mismo que el traidor sea Nathan —dijo Ben—. Y también me da lo mismo que sea alguno de vosotros dos. En realidad, en estos momentos me daría lo mismo que fuese mi propia madre. Lo único que cuenta es que el lunes todo habrá terminado.

Ober recogió su chaqueta de encima del sofá.

—Ben, ya hablaremos cuando Lisa se haya ido. Ahora tengo que volver al trabajo.

—Que te diviertas —gritó Lisa en el momento en que Ober cerraba la puerta de un portazo—. Escucha, yo también tengo que irme. ¿Hablamos más tarde?

—Muy bien —dijo Ben—. Abandóname. No importa.

—Vamos, Ben, no me hagas sentir culpable. Sabes que tenemos que despachar esas peticiones de certiorati. Más vale que me ocupe de ellas.

—Vale, tienes razón —dijo Ben—. Me sentará bien estar un rato solo. Así no abrumaré a nadie con mis problemas.

—No digas eso. Sabes lo mucho que me preocupa que tú…

—Lo he dicho en broma —la interrumpió Ben—. Márchate. Luego hablamos.

 

Para eludir el vestíbulo principal del Washington Hilton, Rick pasó su llave electrónica por la cerradura computerizada de la puerta lateral contigua al estacionamiento. Con paso confiado se dirigió a los ascensores. Se bajó en el piso décimo y se encaminó a la habitación 1014. Metió la llave en la cerradura, hizo girar el tirador y entró en el cuarto.

—¿Dónde diablos te habías metido? Llegas media hora tarde.

—Dónde me haya metido no es asunto tuyo —dijo Rick con una media sonrisa.

—Así que has ganado un montón de dinero, ¿no?

—Desde luego —dijo Rick.

Se sentó en uno de los sofás amarillo canario y apoyó los pies en la mesa de café. La suite era muy lujosa: tres habitaciones, pinturas al óleo en las paredes, mullida alfombra color crema y bar completo.

—¿Sabías que en este hotel atentaron contra la vida del presidente Reagan? — comentó Rick.

—No, no lo sabía, pero estoy seguro de que algún día esa información me será útil.

—Es cierto. La gente aún lo llama el Hinkley Hilton.

—Apasionante. Fascinante.

—¿A qué viene el mal humor?

—Mira, vayamos al grano. Tengo que volver al trabajo. ¿Está hecha mi transferencia o no?

—Los últimos quinientos mil dólares te llegarán a última hora de hoy —dijo Rick. Metió la mano en un bolsillo de su chaqueta, sacó un pequeño papel y lo dejó sobre la mesita de café—. Aquí tienes el número de la cuenta. Espero que disfrutes de tus ganancias.

—Lo haré, no te preocupes.

—Y pensar —dijo Rick— que todo esto ocurre porque a ti te cae mal tu compañero de casa.

—Te equivocas. El hecho de que sacara una decisión del portafolios de Ben no quiere decir que no aprecie a mi amigo. Simplemente pensé que era la oportunidad de mi vida y no quise desaprovecharla.

—Ya, ya. Pero, por lo demás, sigues siendo el mejor de sus amigos, ¿no? Por eso me contaste lo del detector de mentiras, y lo de los anuarios, y lo de…

—Hay algo que te quería preguntar: ¿Cómo es que Ben no dio contigo en los anuarios? Cuando supe lo que se proponía hacer, el plan me pareció infalible.

—Eso es porque tú eres tan ingenuo como él —dijo Rick—. El fallo de ese plan es que parte de la base de que yo acudí a una importante Facultad de Derecho. Como sois unos esnobs, ni siquiera se os ocurre la posibilidad de que en las facultades supuestamente de segunda haya también tipos inteligentes.

—Tienes toda la razón. A mí me engañaste. —Se dio una palmada en la rodilla y se levantó del sofá—. En fin, unas veces se gana y otras se pierde.

—Y supongo que esta vez has ganado.

—Eso, desde luego.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo —dijo Rick tendiendo la mano.

—Lo mismo digo —contestó Eric mientras salía al corredor—. Quizá nos veamos en la playa.