El décimo juez
Capítulo 4
Ben subió precipitadamente la escalera y regresó a la carrera a su oficina. Se dirigió al último de los archivadores y lo apartó de la pared. La firma de Rick Fagen no estaba allí.
—¡Maldita sea! —exclamó descargando un fuerte puñetazo contra el gabinete—. ¿Cómo pude ser tan estúpido?
Dio media vuelta y se fijó en el enorme ramo de flores rojas, amarillas y púrpura que había sobre su escritorio. Sacó la tarjeta de la enorme cesta de mimbre y abrió el diminuto sobre. «Gracias por tu ayuda —leyó—. Sinceramente, Rick». A Ben se le revolvió el estómago y se sintió al borde del vómito. La habitación comenzó a dar vueltas a su alrededor, y Ben bajó la cabeza y apoyó la frente en el escritorio. Estoy en un buen lío, se dijo. ¿Qué demonios puedo hacer?
Recuperando al fin el aliento, hizo a un lado la cesta de flores, levantó el teléfono y llamó a Nathan.
—Soy yo —dijo.
—¿Estás bien? —le preguntó Nathan—. Parece que te falte el aliento.
—¿Nos vemos en casa?
—No son ni las diez.
—Nathan, por favor, ¿puedes reunirte conmigo en casa? Es importante.
—Claro —respondió Nathan, confuso—. Ahora mismo salgo. Pero… ¿qué ocurre?
—Ya te lo explicaré cuando nos veamos —dijo Ben, y colgó.
Escribió una breve nota para Lisa, cogió su portafolios y se encaminó a la puerta. Al dejar el edificio se cruzó con su compañera, que subía la escalinata del Tribunal.
—¿Adónde vas? —le preguntó la joven.
—Me duele el estómago —le dijo Ben. Tenía el rostro ceniciento—. ¿Puedes decirle a Hollis que estoy indispuesto y he tenido que irme a casa?
—Desde luego. ¿Necesitas algo? —No. Solo irme a casa.
En cuanto Ben entró en la casa, se dirigió directamente a su habitación, se sentó en la cama e hizo lo posible por tranquilizarse. Trató de poner freno a su imaginación. Se imaginó paseando por un tranquilo bosque. Pensó en el silencio de las inmersiones submarinas. No pierdas la calma, se decía. No pasa nada. Hay cosas peores. El cáncer. La peste. La muerte. Incapaz de permanecer sentado, paseó por la pequeña estancia y repasó una y otra vez la secuencia de acontecimientos.
—¡Maldita sea! —exclamó al fin—. ¿Cómo pude ser tan estúpido?
Regresó a la cama e intentó de nuevo tranquilizarse. Fue inútil. Se preguntó qué debía hacer. ¿Contárselo a Hollis? Si lo hacía, sería despedido inmediatamente. No, tenía que existir una solución mejor. Tras repasar las distintas alternativas, llegó a la conclusión de que lo primero era dar con la persona responsable del desastre. Tenía que encontrar a Rick. El sonido de un coche que se detenía en el exterior cortó el hilo de sus pensamientos.
—¡Ben! —gritó Nathan desde abajo.
—Estoy arriba —contestó Ben.
Nathan subió los peldaños de dos en dos y entró de golpe en la habitación de Ben.
—¿Qué pasa?
Ben se sentó en la cama, con la cabeza entre las manos.
—La cagué totalmente —dijo.
—¿Cómo? Cuenta.
Ben le relató rápidamente lo ocurrido.
—Y me temo que ese tipo, Rick, le ha pasado la información a Maxwell.
—De eso no puedes estar seguro —dijo Nathan mirando por la ventana. Y, con voz firme y sosegada, afirmó—: No hay motivo para pensar lo peor.
Ben miró a Nathan dándose cuenta de que este le estaba diciendo una mentira piadosa.
—Estoy seguro de que lo hizo Rick, Nathan. Nadie se juega tantos millones por una corazonada. El tipo incluso me envió flores y una nota de agradecimiento. Me puso una trampa y yo piqué. Le fue fácil. Solo necesitó hacer unas cuantas indagaciones y luego llamar al tribunal en cuanto entraron a trabajar los nuevos pasantes. Los jueces se encontraban de vacaciones, y nosotros estábamos muy verdes.
Recostado en el alféizar de la ventana, Nathan dijo:
—No lo entiendo. ¿Nunca le preguntaste a Hollis por Rick?
—Claro que no —le respondió Ben—. No quería que Hollis supiera que me estaban aconsejando. Lisa y yo debemos dar la mayor sensación de competencia posible. —Ben bajó la vista al suelo—. ¡Mierda! —exclamó golpeando la cama—. ¿Cómo pude ser tan condenadamente estúpido?
—Ya no puedes hacer nada —le dijo Nathan esforzándose en tranquilizar a su amigo—. Quizá podamos localizar a Rick. ¿Tienes su teléfono?
—Eso ya lo he probado. Se lo desconectaron. Pero tengo su dirección.
—No tienes por qué venir —le dijo Ben al abrir la puerta del viejo Volvo marrón de Nathan.
—¿Me sacas del trabajo y luego quieres dejarme tirado mientras tú vas a la casa de ese tipo? —le preguntó Nathan—. Ni hablar.
—No es que pretenda excluirte de nada…
—Lo sé. Y yo no estoy aquí porque tema ser relegado. Estoy aquí porque quiero ayudarte.
—Te lo agradezco —le dijo Ben mientras el coche se apartaba del bordillo—. Simplemente, no quiero implicarte en mis problemas.
Nathan condujo calle Diecisiete arriba, y estacionó a unas manzanas de la dirección.
—Caminemos.
Ben miró las nubes amenazadoras.
—¿No tienes un paraguas? Parece que va a diluviar.
—Debajo de tu asiento debe de haber uno —dijo Nathan.
Situado cerca del distrito comercial de la ciudad, el 1780 de Rhode Island era un edificio desplazado en el tiempo. Diseñado a fines de los años setenta, era de color verde bilis, constaba de ocho plantas y tenía grandes ventanas de cristales teñidos. Se mirase como se mirase, el lugar era un adefesio arquitectónico. Tras abrir las pesadas puertas de cristal, Ben y Nathan cruzaron el vestíbulo y se acercaron al conserje, que estaba sentado a un escritorio metálico algo oxidado que contrastaba con el renovado entorno.
—¿Qué desean? —preguntó el hombre.
—Vengo a ver a mi hermano, Rick Fagen —dijo Ben—. Vive en el apartamento tres diecisiete.
El conserje miró fijamente a los dos amigos por unos segundos y al fin dijo:
—Síganme.
Ben y Nathan se miraron. Tras una breve vacilación, Nathan le hizo un gesto de asentimiento a Ben y los dos amigos siguieron al conserje. Tras subir un corto tramo de escaleras y dejar atrás el único ascensor del edificio, el conserje se metió por un largo pasillo situado en el lado derecho del edificio. El hombre se detuvo ante una puerta donde se leía: privado, la abrió, y los hizo pasar.
—Siéntense —les dijo el conserje al tiempo que les señalaba dos viejos sofás de cuero de la zona de espera.
Nathan y Ben tomaron asiento y el portero desapareció por una puerta que parecía conducir a un despacho.
—¿Crees que conseguiremos algo? —preguntó Nathan.
—Por probar, no perdemos nada.
Nathan miró la vacía sala de espera, decorada con paneles de falso pino.
—Este sitio apesta a mafia —susurró Nathan.
—¿De qué hablas?
—Es cierto —dijo Nathan—. Huele a rancio, como la casa de mi primo Lou. Deberíamos largarnos.
—Lárgate tú si quieres —susurró Ben—. Yo me quedo.
—Ha sido una mala idea. Por lo que sabemos, Rick podría encontrarse en el interior de esa habitación.
Antes de que Ben pudiera responder, el conserje y un hombre bajo con bigote salieron de la oficina.
—Soy el gerente. ¿Qué desean?
—Hola, soy el hermano de Rick Fagen —dijo Ben, al tiempo que le tendía la mano al gerente—. Rick nos dijo que nos esperaría aquí.
El gerente hizo caso omiso de la mano extendida y estudió a Ben y a Nathan. Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y esbozó una sonrisa torcida.
—Si es usted su hermano, ¿cómo es que no sabe que Rick se mudó hace dos semanas? Escuche, a los inquilinos de este edificio les gusta que respeten su intimidad. Si pretende engañarnos, más vale que se invente una historia más verosímil que eso de que es usted su hermano. Ahora, salvo que sean ustedes policías, lárguense con viento fresco.
El conserje abrió la puerta y, con cara de pocos amigos, acompañó a Ben y a Nathan al exterior.
—Bueno, esto ha sido todo un éxito —dijo Nathan cuando la puerta de cristales se cerró tras ellos.
Se encontraban bajo el toldo de la entrada del edificio, y llovía a mares. Mientras abría su paraguas, Nathan dijo:
—Bueno, al menos no nos mojare…
—Estoy acabado —le interrumpió Ben echando a andar bajo la lluvia en dirección al coche.
Durante todo el trayecto de vuelta, Ben permaneció en silencio.
—Bueno, anímate —le dijo Nathan cuando regresaron a la casa.
—Necesito pensar —dijo Ben, y se encaminó hacia la cocina.
—Llevas un cuarto de hora pensando. Di algo de una vez.
—¿Y qué quieres que diga? —preguntó Ben alzando la voz—. Me han jodido y toda mi carrera está en peligro. ¡Un día auténticamente maravilloso!
—Sí, pero yo no tengo la culpa —dijo Nathan. Abrió la nevera y se sirvió un vaso de té frío—. Recuerda que estoy contigo y que haré lo que pueda por ayudarte, pero no pagues tus problemas conmigo.
—Lo siento —se disculpó Ben, y se sentó a la pequeña mesa de cocina—. Es que… Bueno, todo esto es un desastre.
Nathan le tendió el té frío.
—Tienes razón, pero tratemos al menos de concentrar nuestros esfuerzos. ¿Qué tal si planeamos el modo de matar a Rick?
—Eso es lo que llevo tres horas haciendo —dijo Ben cogiendo el vaso—. Hasta ahora lo mejor que se me ha ocurrido es cortarle los párpados y sentarlo frente a un espejo. Como no podrá cerrar los ojos, se volverá loco de tanto mirarse.
—Sí, ese puede ser un sistema.
—Escucha, esto es muy serio —dijo Ben. Dio un trago de té y siguió—: Tengo que encontrar a ese tipo. Si se sabe que he revelado una decisión del tribunal, estaré acabado. Y sin Rick no puedo demostrar mi inocencia. Al menos con él puedo intentar demostrar que Maxwell está detrás de lo sucedido. En otro caso, no se me ocurre qué hacer. ¿No podríamos conseguir que el Departamento de Estado lo busque?
—Para eso haría falta explicar con qué fin lo buscamos. Y si haces eso, ya te puedes ir despidiendo de tu empleo.
—Y de toda mi carrera.
—Pero podemos hacer una investigación confidencial —dijo Nathan con creciente confianza—. Lo único que necesitamos es que un miembro del Congreso… —Nathan se apartó de la repisa en que estaba apoyado, se acercó al teléfono y marcó el número de Ober—. Hola, Ober. Soy yo. Necesitamos tu ayuda. ¿Tu trabajo sigue siendo contestar a las cartas de los contribuyentes?
—Desde luego —dijo Ober—. Soy el rey de la correspondencia basura.
—Entonces, sigues teniendo acceso a la máquina de firmar que imita la rúbrica del senador, ¿no?
—Claro —dijo Ober—. ¿O creías que fue realmente el senador Stevens quien firmó tu felicitación de cumpleaños?
—Necesito un favor —dijo Nathan—. Necesito que escribas una solicitud en una carta con membrete del Senado. Dirígela a mi atención al departamento de Estado, y solicita que se efectúe una investigación confidencial sobre… ¿Cómo se llama ese tipo, Ben?
—Richard o Rick Fagen —dijo Ben con forzada sonrisa—. Aquí tienes su antiguo número de teléfono y su vieja dirección.
Una vez hubo transmitido tal información, Nathan añadió:
—No te olvides de indicar que toda la correspondencia debe ir dirigida a mí.
—¿Qué estás tramando? —le preguntó Ober, receloso.
—Luego te lo explico —respondió Nathan—. Este no es el mejor momento.
—Pero… lo que me pides es ilegal —observó Ober.
—Ya, pero se trata de una emergencia —dijo Nathan—. Necesitamos esa información.
—Se me ocurre una idea para que la cosa no sea tan ilegal —dijo Ben quitándole a Nathan el teléfono de la mano—. Ober, soy yo. Contesta a una pregunta. ¿Qué haces cuando un chiflado le escribe una carta al senador?
—Depende —respondió Ober—. Las amenazas de muerte que parecen serias las paso inmediatamente al servicio secreto. Pero si el remitente da la sensación de ser un simple chiflado, se supone que debemos actuar a nuestra discreción.
—Perfecto —dijo Ben—. Mira lo que puedes hacer. Escribe una falsa amenaza de muerte al senador y fírmala con el nombre de Rick Fagen. Pero procura que la carta resulte inquietante. De ese modo, si alguien te pregunta por qué iniciaste la investigación, podrás enseñar la carta y decir que solo intentabas proteger la vida del senador.
—Bien pensado —comentó Nathan al tiempo que recuperaba el teléfono—. Otra cosa, Ober: procura que la firma de la máquina salga bien. Hay algunas que se nota a la legua que no son de puño y letra. —Nathan se despidió y colgó el teléfono—. ¿Estás más tranquilo?
—Un poco. —Ben se apartó de la frente el aún húmedo cabello—. Por cierto, gracias por venir a casa.
—Tú ordenas y yo obedezco —dijo Nathan haciendo un saludo militar.
Un poco más tarde, el teléfono sonó en la habitación de Ben.
—Diga —respondió Ben, que se había estirado en la cama para contestar.
—Ben, soy Lisa. Llamo para ver cómo te encuentras.
—Mejor —dijo Ben, incómodo por la mentira—. No fueron más que unos retortijones de estómago.
—Espero que eso sea cierto. Si quieres, cuando salga de trabajar voy a verte…
—Te juro que me encuentro bien —dijo Ben tumbándose en la cama y fijando la vista en el techo—. Me sentía un poco indispuesto del estómago. Eso es todo, ¿vale?
—Vale —dijo Lisa—. Bueno, ¿qué? ¿Me echas de menos?
—Muchísimo. Anda, cuéntame qué ha pasado hoy. ¿Algo emocionante?
—No, nada. Todo el mundo habla de lo de Charles Maxwell. A Hollis le preocupa que, cuando se anuncie la decisión, todos se digan que Maxwell disponía de información privilegiada.
—Sí, es muy posible que eso ocurra —dijo Ben mientras jugaba con la persiana vertical de su ventana.
—La prensa en seguida se alborota y empieza a hablar de conspiraciones. En fin… Por cierto, ¿quién te mandó las flores?
Ben se dio cuenta demasiado tarde de que se había olvidado de deshacerse del ramo de Rick, y trató de ganar tiempo.
—¿Qué… qué flores? —tartamudeó.
—Sobre tu escritorio hay una cesta enorme.
—Probablemente, serán de mi madre. Anoche le dije que no me sentía demasiado bien.
—¿Quieres que mire la tarjeta? —le preguntó Lisa—. El sobre está junto a…
—¡No! —exclamó Ben—. Déjalo todo como está.
—Lo siento —se excusó Lisa—. No era mi intención…
—No es culpa tuya. Simplemente no me gusta que nadie lea mi correspondencia.
—Quizá debería estar una semana sin ir al trabajo —dijo Ben mientras él y Nathan preparaban la cena.
—Ni hablar —dijo Nathan, que estaba troceando una gran cebolla—. No debes hacer nada que llame la atención. Lo mejor es que sigas ocupándote de lo tuyo.
—No podré concentrarme. Tengo que encontrar a Rick… Tengo que…
—Olvídalo —le interrumpió Nathan—. ¿Qué pretendes? ¿Vagar sin rumbo por la ciudad hasta que tropieces con él? Si Ober abrió correctamente la investigación, dentro de unos días recibiremos todos los datos que necesitamos. —Levantó la tapa del cocedor de arroz y una fragante nube de vapor inundó la cocina—. ¿Decidiste al fin si le vas a contar o no a Ober lo que ha sucedido?
—Tengo que hacerlo —dijo Ben mientras disponía los platos sobre la mesa—. Es mi amigo.
—También es un cretino —apostilló Nathan.
—Ya, pero sigue siendo mi amigo. Además, tiene derecho a saber de qué va esa carta.
—¿Y Eric? —preguntó Nathan al tiempo que echaba en una sartén la cebolla troceada.
—No sé. No quiero implicaros a todos en esto. Ya es suficiente con que estéis metidos Ober y tú.
—Agradezco tu preocupación, pero creo que deberías decírselo a Eric. Quizá él, con sus contactos en el periódico, pueda averiguar algo sobre el edificio de Rick.
—No es mala idea.
—¿Has considerado la posibilidad de decírselo a Hollis?
—Eso no puedo hacerlo —dijo Ben meneando la cabeza—. Me perdería el respeto. Por no mencionar el hecho de que tendría que echarme por violar el código deontológico. —Puso los tenedores y las servilletas sobre la mesa, y añadió—: Pero creo que a Lisa sí puedo decírselo.
—Mala idea —dijo Nathan—. Muy mala idea. Apenas la conoces. ¿Qué te hace pensar que no te delataría?
—Nunca lo haría —dijo Ben—. Lisa es una buena amiga. Además, tiene derecho a saberlo. Ha hablado con Rick. Aunque solo sea por su seguridad, debo informarle.
—Lisa no corre ningún riesgo. No tienes que decirle nada.
—Claro que sí. Es lo correcto. Si la situación fuera a la inversa, yo querría que ella se sincerase conmigo. Además, a juzgar por las flores que me mandó al tribunal, parece evidente que Rick no va a desaparecer. Creo que trata de decirme que sabe cómo llegar a mí… Y, en ese caso, tengo que poner sobre aviso a Lisa.
—Ten cuidado, no te vaya a salir el tiro por la culata… ¡Maldita sea! —A Nathan, que estaba cortando un diente de ajo, se le había escapado el cuchillo y se había hecho un corte en un dedo—. ¡Mierda! —exclamó.
—¿Estás bien? —le preguntó Ben.
—Sí, no pasa nada —dijo Nathan, poniendo el dedo bajo el agua del grifo—. Solo es un cortecito.
—Esos son los que más duelen.
En ese momento llegaron a la casa Ober y Eric.
—Hogar, sucio hogar —exclamó Ober al trasponer el umbral. Fue derecho a la cocina y miró a Nathan—. ¿A qué vino esta mañana tanto secreteo? ¿Qué demonios ha pasado?
Nathan se apretó el dedo, miró a Ben y guardó silencio.
—Me he metido en un buen lío —dijo Ben en el tono más natural que le fue posible.
—Más vale que sea así —advirtió Ober—. Lo de escribir una falsa amenaza de muerte a un senador puede costarme dar con mis huesos en la cárcel.
—¿Has amenazado de muerte a un senador? —preguntó Eric cogiendo un pedazo de pimiento morrón de la tabla de cortar.
—Os contaré lo que ha sucedido —dijo Ben—, pero debéis jurar que no diréis ni una palabra.
Les explicó rápidamente todo lo que había ocurrido, incluyendo la visita que Nathan y él habían hecho al viejo edificio de Rick.
—Eres hombre muerto, querido amigo —dictaminó Ober—. Probablemente, en estos mismos momentos, están planeando tu asesinato.
—Te dije que no se lo contases —dijo Nathan a Ben.
—Eric, ¿crees que a través de la gente del periódico podrías averiguar algo acerca de ese edificio? —le preguntó Ben.
—Lo intentaré —contestó Eric sin mirar a Ben.
—¿Qué pasa? —le preguntó este al advertir la inquietud de Eric.
—Esto no es ninguna broma —dijo Eric sentándose a la mesa de la cocina—. Ese tipo, Rick, sea quien sea, no es un delincuente de tres al cuarto. No puedes ir a Charles Maxwell y decirle: «Lo sé todo». Rick debe de tener conexiones.
—Claro que sí —dijo Ben—. Cuando esta mañana fuimos a su edificio, el gerente no quiso decir ni una palabra acerca de él.
Tras un largo silencio, Eric dijo:
—Puede que esto te parezca una locura, pero, si quieres, puedes acudir a la prensa.
—Ni hablar —dijo Ben—. Si los del tribunal se enteran de que violé el código deontológico, tendrán que despedirme, y mi carrera quedará arruinada. Y, encima, quedaré como un idiota ante millones de personas.
—La verdad es que te han tomado el pelo a base de bien —comentó Ober, que tendía también él la mano hacia un trozo de pimiento morrón.
—Gracias —dijo Ben—. Gracias por vuestro apoyo. —Miró a Ben—. En estos momentos, prefiero que tratemos de averiguar lodo lo posible nosotros solos. Mi carrera ya corre suficiente riesgo, y lo último que deseo es dar publicidad a ese hecho.
—Como quieras —dijo Eric—. A fin de cuentas, se trata de tu vida.
Al día siguiente, nada más llegar a su despacho en el tribunal, Ben hizo pedazos la tarjeta que acompañaba a su regalo floral. Luego pensó qué hacer con el cesto. No quería conservarlo, pero temía que, si lo tiraba, la curiosidad de Lisa no haría sino aumentar. Al fin dejó el ramo encima de uno de los archivadores.
De ese modo, decoraba la oficina y él podría decir que las flores se las había mandado su madre.
Incluso sin las flores, el escritorio de Ben seguía abarrotado. Entre los montones de papeles y peticiones de certiorati había borradores de próximas resoluciones judiciales. Cada juego de documentos iba metido en un sobre marrón con la indicación: «Confidencial. Solo para la oficina del juez Hollis». Aunque nada impedía a nadie abrir cualquiera de aquellos sobres, Hollis estaba convencido de que la amonestación moral sería freno suficiente para cualquier curioso. Cada sobre estaba también marcado con un post-it amarillo, que Ben y Lisa utilizaban para identificaren qué etapa se encontraba el documento. A Hollis no se le pasaba dictamen alguno sin que Lisa y Ben estuvieran de acuerdo con su contenido. Ben echó un rápido vistazo a los post-it y le sorprendió ver uno con la inscripción: «Primer borrador. Dictamen Kramer».
Lisa entró en el despacho.
—Buenos días, enfermito. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien. —Y, mostrando el sobre de Kramer, añadió—: No tenías por qué hacerlo. Quien debía encargarse del primer borrador era yo.
—Ya, pero como estabas indispuesto y yo tenía tiempo libre, me dije que…
—Pero no tenías por qué escribir todo el dictamen. Ya tienes bastante trabajo.
—Olvídalo. Quería ayudarte, lo hice y ya está hecho. Deberías dar las gracias.
Ben esperó a que Lisa se sentara tras su escritorio, y entonces le dijo:
—Muchas gracias.
Llegado el mediodía, Lisa y Ben fueron a almorzar a la Union Station. Tras años de languidecer en ruinas, la estación volvía a acoger a infinidad de turistas. Bajo las amplias bóvedas de medio punto, entre las columnas, esculturas y arcadas, habían surgido más de un centenar de tiendas, junto con un multicine y, naturalmente, una zona de restaurantes de comida rápida.
Lisa y Ben sortearon los enormes grupos de turistas y se sentaron a una mesa de uno de los restaurantes.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Lisa al ver cómo Ben picaba sin gana de las patatas fritas.
—Sí, muy bien. Pero hay algo que debo decirte.
—Un momento. Te advierto que si vas a decirme que estás enamorado de mí, puedo vomitar.
—No es eso —dijo Ben—. Ojalá lo fuera. —Se limpió las manos con una servilleta y le preguntó—: ¿Te acuerdas de Rick, el antiguo pasante de Hollis? —Lisa asintió con la cabeza—. Hace 1res semanas le comenté a Rick la decisión del caso CMI. Unos días más tarde, ya sabes lo que sucedió: Maxwell apostó todo su dinero a una victoria legal. Cuando traté de localizar a Rick, me encontré con que había desaparecido. —Lisa estaba boquiabierta—. Rick Fagen nunca fue pasante del Tribunal Supremo. El número telefónico que me dio está desconectado. El tipo se ha mudado de apartamento, ha desaparecido.
—Supongo que es una broma —dijo Lisa con el sándwich aún en la mano—. ¿Por qué demonios le revelaste la decisión?
—Un día, charlando de esto y de aquello —continuó Ben a la defensiva—, dijo que sentía curiosidad por el asunto y se lo dije. No podía negarme. Siempre que habíamos necesitado ayuda él nos la había prestado.
—Pero las decisiones son secretas y se supone que no debes divulgarlas —dijo Lisa alzando la voz.
—Escucha: metí la pata y me doy perfecta cuenta de ello. Pero el tipo me engatusó. Tú hubieras hecho lo mismo, créelo. Fue una trampa perfecta.
—No me creo lo que está pasando.
—Cálmate, Lisa. Te lo he contado porque confío en ti. No dirás nada, ¿verdad?
Lisa dejó el sándwich y miró a su compañero.
—Este asunto es muy serio, Ben. No podemos quedarnos cruzados de brazos.
—Ya, pero hasta que pueda demostrar que fue Rick, prefiero que nada de esto trascienda. Nathan va a hacer que el Departamento de Estado efectúe una investigación sobre Rick, y Eric le pedirá a sus contactos en el periódico información acerca del edificio de apartamentos en que vivía Rick.
—Deberíamos decírselo a Hollis.
—No, eso no pienso hacerlo. Me he pasado toda la noche pensando en ello. Si acudo a Hollis, estoy despedido. Aunque mi intención no fuera mala, violé el código deontológico. Y si me despiden, mi vida está arruinada.
Tras una larga pausa, Lisa le preguntó:
—¿Por qué me lo has contado?
—Porque temo que a ti te pueda ocurrir lo mismo. No sé si Rick ha tanteado a todos los pasantes, o si yo soy su primer y único Primo del Año. No espero que mientas por mí, y no deseo que te metas en líos. Quería que supieras lo que ocurre porque eres mi amiga.
Lisa guardó silencio durante un minuto.
—O sea que las flores que recibiste ayer no te las mandó tu madre, ¿verdad?
—Eran de Rick. Quise decírtelo ayer, pero…
—¿Inspeccionaste el cesto para ver si estaba pinchado?
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes… micrófonos.
—Supongo que no creerás…
—Larguémonos de aquí —dijo Lisa apartando su silla de la mesa al tiempo que echaba mano a su bolso.
Los dos pasantes corrieron a la escalera mecánica y salieron a paso vivo de la estación. Observándolos desde el otro extremo de la zona de restaurantes, Rick se echó hacia atrás en su silla.
—¿Adónde va?
—No he podido oírlo —dijo el socio de Rick aproximándose a la mesa—. Pero… ¿viste sus expresiones de pánico? No saben dónde meterse.
Rick sonrió.
—Lo más gracioso es que las cosas aún se van a poner mucho peor para ellos.
Lisa y Ben corrieron por First Street y no dijeron palabra hasta que regresaron al tribunal.
—Hola, chicos —los saludó Nancy cuando pasaron ante su escritorio—. ¿Qué tal el almuerzo?
—Bien —dijo Ben.
—Estupendo —dijo Lisa.
Entraron atropelladamente en su despacho y cerraron la puerta de golpe tras ellos. Fueron derechos al archivador, de cuya parte alta Ben cogió la gran cesta de flores, y colocaron esta sobre el sofá, se arremangaron y procedieron a hacer fragmentos el enorme ramo. Flor a flor, estrujaron cada corola e inspeccionaron cada tallo. Veintidós rosas, catorce lirios y once azucenas más tarde, el sofá y casi todo el suelo del despacho estaban cubiertos con los desmenuzados restos de lo que fue un primoroso arreglo floral. No dieron con nada.
—Tiene que estar aquí —dijo Lisa—. No hay otro motivo para mandarte flores.
—Quizá únicamente quería que me preocupase —aventuró Ben—. O tal vez trate de volverme loco.
Mientras Lisa limpiaba el sofá, Ben volvió a estudiar los restos del ramo. Durante quince minutos examinaron de nuevo cada una de las flores. Luego despedazaron el propio cesto. Siguieron sin encontrar nada.
—Mierda —dijo Ben retirando del sofá los restos vegetales—. Es imposible.
—No creo que se nos haya escapado nada.
Ben se recostó en el sofá.
—Claro que no se nos ha escapado nada. Simplemente, hemos perdido el tiempo.
—Da lo mismo. Teníamos que hacerlo. ¿Y si hubiéramos encontrado algo?
—Pero no fue así —dijo nerviosamente Ben—. No hemos encontrado nada.
Lisa le puso una mano en el hombro.
—Es lógico estar asustado ante una cosa como esta.
—Lo que ocurre es que me estoy jugando…
—Sé lo que te estás jugando —dijo Lisa—. Y es injusto que te encuentres en una situación así. Pero… ya nos las arreglaremos.
—No quiero que tú participes en esto. Solo te lo dije para que tuvieras cuidado.
—Demasiado tarde, pequeño —se burló Lisa, que seguía con la mano sobre el hombro de Ben—. Bueno, ¿vas a quedarte todo el día ahí sentado o tratamos de localizar a ese tipo?
Ben miraba a su compañera y se obligó a sonreír.
—Eres una buena amiga, Lisa Marie. Si me envían a la cárcel, te llevaré conmigo.
Unos días más tarde, Ben, Lisa y Ober estaban esperando en casa a que Nathan regresara del trabajo. En la sala, Ben y Oberocupaban el gran sofá azul, mientras Lisa estaba sentada en el sofá más pequeño, con los pies sobre los cojines.
—No lo entiendo —dijo Lisa—. Son casi las nueve. ¿Dónde demonios se ha metido Nathan?
—Dijo que los resultados de la investigación que solicitamos estarían para las siete o las ocho —dijo Ben mirando su reloj—. Quizá la cosa se haya retrasado un poco.
—Quizá lo hayan capturado Rick y su banda de pasantes sin entrañas —aventuró Ober, que estaba cortándose las uñas de los pies—. Ahora tendremos que acudir a rescatarlo utilizando utensilios de cocina como armas.
—¿Qué demonios te pasa? —le preguntó Ben.
—No era más que una idea —dijo Ober.
Lisa trató de cambiar de conversación.
—Sigo sin entender cómo conseguisteis terminar todos juntos en Washington. Todos mis amigos están repartidos por todo el país.
—La explicación es muy simple —dijo Ben—. A Nathan, a Eric y a mí nos interesa la política, así que Washington parecía el lugar perfecto. Ober se vino porque no quería quedarse solo.
—Eso no es cierto —dijo Ober alzando la vista de sus pies—. Vine aquí porque creo en el senador Stevens.
—Eso no puede ser cierto —dijo Lisa—. No sabes absolutamente nada sobre Stevens.
—Sé un montón de cosas sobre Stevens.
—Dime algo sobre él —lo retó Lisa—. Explícame un solo punto de alguno de sus programas.
Tras una larga pausa, Ober se echó a reír.
—Está en contra de la delincuencia y a favor de la infancia.
—Unas ideas totalmente revolucionarias —dijo Lisa—. Y yo que creía que Stevens se había apuntado a la siempre popular causa a favor del delito y en contra de los niños.
—Déjalo en paz —dijo Ben—. Ober es un hombre versado en múltiples y muy variadas materias. Sabe mucho más de lo que deja entrever.
—Me resulta difícil creerlo —dijo Lisa.
—Pues créelo —dijo Ober—. Por ejemplo, soy capaz de decir si unos dados están bien equilibrados.
—¿Dados?
—Sí, dados. Como los que se usan en el parchís y otros juegos de tablero.
—Durante los últimos años, Ober ha sido el más… digamos emprendedor de los cuatro —explicó Ben—. Cuando salió de la universidad, él y su padre inventaron un juego de tablero con el que pensaban que el país enloquecería. De ahí sus amplios conocimientos sobre dados.
—¿De veras inventaste un juego de tablero? —le preguntó Lisa.
—En realidad, la idea fue de mi padre. Se llamaba…
—Especulación… Un juego de codicia y disimulo —dijeron Ben y Ober al mismo tiempo.
—Exacto —siguió Ober—. Era un juego de estrategia súperintenso. Tenía de todo, peones, sorpresas, riesgo… Todo lo que un buen juego debe tener.
—¿Y qué pasó?
—No le gustó a nadie —dijo Ober—. Todos dijeron que era aburridísimo. Al cabo de un año y medio, nuestra empresa cerró y yo tuve que dedicarme a los más viles trabajos. En tres años fui de todo, desde pintor de casas hasta experto en marketing para un especialista en relaciones públicas.
—Si tan mal te iba, ¿cómo conseguiste el trabajo en el Senado?
—Gracias a Ben. Cuando se enteró de que había una vacante en la oficina del senador Stevens, escribió una carta de presentación en mi nombre, me redactó un currículum que parecía el de Kissinger y me preparó para la entrevista. Una semana más tarde, el puesto era mío. Y el resto es historia constitucional.
—¿Y cómo demonios se sabe si unos dados son los adecuados?
—No pienso decírtelo —replicó Ober—. Funda tu propia compañía de juegos de tablero.
Lisa puso los ojos en blanco y se volvió hacia Ben.
—Así que tú fuiste a la Facultad de Derecho, Eric fue a la escuela para graduados, y Ober se dedicó a jugar con los dados. ¿Qué hizo Nathan antes de incorporarse al sector público?
—Obtuvo una beca Fulbright y, cuando terminó la universidad, pasó dos años en la Universidad de Tokio estudiando comercio internacional. Luego trabajó en el departamento exterior de una empresa japonesa de alta tecnología. Después regresó a Estados Unidos y comenzó a subir los peldaños de la escalera del Departamento de Estado. Supongo que terminará… —Ben se interrumpió al entrar Nathan en la habitación.
—Hablando del ruin de Roma… —dijo Lisa—. Aquí está Nathan-san en persona.
—¿Qué averiguaste? —le preguntó nerviosamente Ben, en cuanto Nathan traspuso el umbral.
—Nada —dijo Nathan tirando un grueso sobre hacia Ben—. Encontraron cuatrocientos cincuenta y siete tipos llamados Richard Fagen. Solo doce encajaban en la edad y la descripción física, y solo dos tenían antecedentes delictivos. Ninguno de ellos tenía la menor relación con el derecho, y ambos seguían encarcelados. Llamé al centro de investigación, y me dijeron que probablemente Rick estaba utilizando un alias. Hasta que averigüemos su nombre auténtico, no nos será posible dar con él.
—Mierda —dijo Ben hojeando el inútil montón de documentos.
—Por cierto —le dijo Nathan a Ober—, hicieron un estudio grafológico de la firma del senador Stevens y la declararon auténtica. Creí que habías utilizado la máquina de firmar.
—Y lo hice —afirmó Ober, orgulloso—. Mientras el trasto estaba firmando, le di un caderazo. Es la mejor forma de hacer que la firma parezca real.
—Bien hecho —dijo Nathan, impresionado.
—Yo soy así —dijo Ober devolviendo su atención a sus pies.
Al advertir el nerviosismo con que Ben hojeaba los documentos, Lisa comentó:
—No te desanimes. Aún hay esperanzas.
—Todavía no sabemos nada de Eric —añadió Nathan—. Con un poco de suerte, habrá averiguado algo acerca del edificio.
Eric regresó a las diez y cuarto. Cuando llegó, Ben, Lisa, Nathan y Ober trataban de distraerse viendo la televisión.
—¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó Ben al tiempo que apagaba el televisor con el mando a distancia.
—Solo me he demorado quince minutos. Tuve que terminar un artículo —explicó Eric—. ¿Hay algo de comer?
—¿Averiguaste algo sobre el edificio? —le preguntó Nathan cuando ya se dirigía hacia la cocina.
—Ah, sí —dijo Eric, y volvió a entrar en la sala—. Ya casi me había olvidado. El diecisiete ochenta de Rhode Island no es un buen sitio. Pregunté a los tipos de sucesos, y me dijeron que el lugar tiene una fama inmunda.
—El olor también era bastante inmundo —apostilló Nathan.
—El dueño es un tipo llamado Mickey Strauss —explicó Eric—. Mickey es un indeseable. Hace dos años encontraron a dos tipos muertos a tiros en su edificio. El año pasado, el edificio fue utilizado como centro de operaciones por una gran banda de narcotraficantes, pero Mickey aseguró no saber nada del asunto. Los tipos de la redacción me dijeron que si en la oficina de Mickey irrumpiese de pronto un camión Mack que frenara justo frente a su escritorio, nuestro amigo juraría no haberlo visto en su vida. Rick fue muy listo al escoger ese lugar como domicilio. Evidentemente, sabe que Mickey no abrirá la boca.
—Tenemos que entrar en el edificio —dijo Ben poniéndose en pie—. Quizá en el contrato de alquiler figure el auténtico nombre de Rick.
—¿Por qué iba a ser así? —preguntó Lisa—. Si ese lugar es tan discreto, probablemente ni siquiera existen contratos de alquiler.
Los cuatro compañeros miraron a Lisa.
—Lo que la chica dice es sensato —opinó al fin Nathan.
—Pero eso no significa que los contratos no existan —insistió Ben yendo hacia la puerta—. Y el edificio es lo único que tenemos en estos momentos.
—¿Adónde vas? —le preguntó Eric, que volvía a dirigirse a la cocina—. No te dejarán pasar así como así.
—No creo que sea demasiado difícil —dijo Ben, con la mano ya en el tirador de la puerta—. La única vigilancia es un estúpido conserje.
—Y una cámara de seguridad —añadió Nathan.
Ben se volvió de nuevo hacia la sala.
—¿Había una cámara?
—Sí, de las antiguas —explicó Nathan—. Estaba sobre la puerta de la oficina. Pero ese no es un obstáculo insalvable.
—¿Y si hacemos ver que vamos a entregar una pizza? —propuso Ober—. Así entraríamos en el edificio sin dificultad.
—No creas —dijo Ben—. Probablemente la oficina estará vacía, así que no habrá nadie para recibir la pizza.
—Pero al menos el conserje nos franqueará el paso y podremos entrar en el edificio —dijo Ober—. Luego, lo único que tendremos que hacer será forzar la cerradura de la oficina.
—Imposible —aseguró Ben—. A no ser que llevemos a un cerrajero experto, no nos será posible abrir la cerradura.
—Perdonadme —interrumpió Lisa—. Lamento pincharos el globo, pero… ¿os dais cuenta de que lo que planeáis es ilegal?
—Os dije que no la invitarais —dijo Ober—. Es una aguafiestas.
Sin hacer caso de Ober, Lisa taladró a Ben con una gélida mirada.
—Esto no es una película. Deberíais daros cuenta de que si os metéis a la fuerza en ese edificio, estaréis infringiendo la ley.
—No veo otra alternativa —dijo Ben, nervioso.
—Entonces, más vale que reflexiones sobre las consecuencias —dijo Lisa—. Si te atrapan, despídete de tu empleo. Te inhabilitarán para el ejercicio de la abogacía. Tu carrera se irá a pique, y todo por un estúpido delito de robo con escalo.
—Ni será robo ni habrá escalo —dijo Ben, a la defensiva—. Si el conserje nos deja entrar, tendremos su permiso.
—Pero habréis mentido para conseguirlo —dijo Lisa.
—Solo nos podrán acusar de allanamiento de morada.
—¿Y te parece poco? —preguntó Lisa—. ¿Por qué no…?
—¿Qué quieres que haga? —dijo Ben con voz quebrada—. Tengo que entrar en ese sitio. Si se sabe que filtré información a alguien de fuera, mi carrera estará arruinada en cualquier caso. Al menos, así tengo una posibilidad de evitar que eso ocurra. Entiendo que no te guste, pero, por favor, no me sermonees. Las cosas ya están suficientemente mal. —Volviéndose hacia sus compañeros, preguntó—: ¿Se os ocurre alguna otra idea?
—¿Y si nos ponemos unos monos de trabajo y decimos que vamos a fumigar las cucarachas? —propuso Ober.
—¿Y de dónde sacamos el equipo de exterminación? —preguntó Nathan—. ¿O simplemente vamos en vaqueros y con unas linternas y cruzamos los dedos para que ellos no sospechen nada?
—¿Y si nos hacemos pasar por pintores? —dijo Eric—. Será como en El golpe. El conserje nos franquea la entrada y, en vez de pintar, registramos los archivos.
—Si realmente queréis hacerlo, se me ocurre una idea —interrumpió Lisa—. En vez de actuar subrepticiamente, ¿por qué no tratamos de hacerlo de modo semilegal? Podemos ofrecerle una propina al conserje. Luego le damos el número del apartamento de Rick, y le pedimos que vaya a echarles un vistazo a los contratos de alquiler. De ese modo, no seremos nosotros quienes cometan el allanamiento.
—No es mala idea —admitió Nathan.
—¿Qué es lo peor que puede ocurrir? —preguntó Ben encogiéndose de hombros —. ¿Que el conserje diga que no?
—¿Y si te reconocen y te matan? —dijo Eric, que acababa de regresar de la cocina con un sándwich de carne en la mano.
—Nunca nos reconocerán —dijo Nathan—. No creo que el conserje de día esté también por la noche.
—¿Y si está? —preguntó Eric.
—Haremos ver que nos hemos equivocado de edificio —dijo Nathan. Y al reparar en el prolongado silencio de Ben, le preguntó—: ¿Estás bien?
—Sí, muy bien —dijo Ben en tono nada convincente. Se volvió hacia Lisa y añadió—: Si no quieres acompañarnos, lo comprenderé.
—Déjate de machismos —le dijo Lisa—. Por el simple hecho de encontrarme aquí, ya estoy implicada.
—Yo no puedo ir —dijo Eric tragándose un bocado de carne—. Debo ir al periódico a terminar mi artículo.
—¿Qué es eso de que no puedes ir? —le preguntó Nathan—. Ben necesita…
—¿Qué quieres que le haga si tengo trabajo? —repuso Eric.
—No te preocupes —dijo Ben—. Pero si a las dos de la mañana aún no has tenido noticias nuestras, avisa a la policía.
A medianoche, Lisa, Ben, Ober y Nathan estaban buscando sitio para aparcar en las proximidades del edificio.
—Esta ciudad es el colmo —dijo Nathan—. Miles de personas. Miles de coches. Doce plazas de aparcamiento.
Ben estudió la llovizna que caía sobre el parabrisas.
—Esto va a ser un desastre —dijo.
—¿Qué pasa, vas a cambiar de idea? —le preguntó Lisa desde el asiento de atrás —. ¿Qué ha pasado? ¿El cerebro se te ha puesto de nuevo en funcionamiento?
—No he cambiado de idea —dijo Ben volviéndose en el asiento—. Estoy nervioso, eso es todo.
—No te preocupes —dijo Ober—. No pasará nada.
Convencido de que nunca encontraría estacionamiento, Nathan detuvo el coche en un pequeño callejón próximo al edificio.
—¿Tienes el dinero? —preguntó al tiempo que paraba el motor.
—Sí —dijo Ben palpándose el bolsillo derecho de la chaqueta, en el que había metido el primer billete de cien, y el izquierdo, donde guardaba doscientos de reserva.
—Sigo creyendo que debería ir con vosotros —dijo Nathan.
—No te tomes esto como una cuestión personal —le dijo Ben—. Ya te he dicho que iremos Lisa y yo. De una pareja es menos probable que sospechen.
—¿Y eso quién lo dice? —preguntó Ober.
—Lo digo yo —respondió Ben—. Y deja de darle vueltas al asunto. No es para tanto.
Cogió el paraguas de debajo del asiento delantero, abrió la portezuela y se apeó del coche. Lisa lo siguió.
Camino del edificio, Ben protegió a Lisa con el paraguas.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? —le preguntó Lisa.
—No del todo —replicó Ben.
—Entonces, ¿por qué no damos media vuelta y…?
—Ya sabes que eso no es posible. Tengo que encontrar a Rick y, en estos momentos, no se me ocurre un modo mejor. Si quieres dejarlo…
—Estoy contigo —lo tranquilizó Lisa—. Y mientras la cosa sea legal, contigo seguiré.
Cuando llegaron al edificio, a Ben le sorprendió encontrar cerrada la puerta principal. Lisa apretó el rostro contra el vidrio para ver mejor el interior.
—Llama —dijo—. Hay alguien dentro.
Momentos más tarde se oyó un zumbido y Ben abrió la puerta. Confiados y tranquilamente, Ben y Lisa se dirigieron al guarda nocturno, que estaba sentado a su escritorio metálico.
—¿Qué pasa? —preguntó el hombre—. ¿No tienen llave?
—En realidad, no vivimos aquí —le explicó Ben.
—¿Entonces, a quién quieren ver? —preguntó el guarda echando mano a su teléfono.
—No queremos ver a nadie —dijo Ben—. Queremos pedirle un favor.
El guarda colgó el teléfono.
—Hablen.
—Mi esposa y yo estamos buscando a mi cuñado, que antes vivía aquí. Nos debe un dinero y, como puede usted suponer, nos interesa recuperarlo. —Ben sacó los cinco billetes de veinte dólares del bolsillo derecho y los dejó sobre el escritorio del guarda—. Tal vez usted pueda ayudarnos. Necesitamos el contrato de alquiler o la dirección que dejó. Cualquiera de las dos cosas nos sería sumamente útil.
Mirando fijamente a Ben y Lisa, el guarda dijo:
—No hay contratos de alquiler.
—¿Y su nueva dirección? —preguntó Ben—. ¿No puede hacernos el favor de echarle un vistazo al Rolodex?
—No hay datos sobre nadie —dijo el guarda—. Ni Rolodex. Nada.
—¿Por qué no mira usted bien? —insistió Ben—. Quizá en la oficina haya algo. —Dejó otros cien dólares sobre el escritorio—. Mi cuñado vivía en el apartamento tres diecisiete. Lo único que necesito es su nombre o su dirección. Si me lo dice, la cosa quedará entre nosotros.
—Si el tipo es su cuñado, para qué necesita su nombre —preguntó recelosamente el guarda.
—¿De veras quiere que contestemos a eso? —intervino Lisa—. Le ofrecemos ganarse un dinero sin esfuerzo. ¿Lo quiere o no?
El guarda siguió mirando a los dos pasantes. Al fin cogió el dinero.
—Que sean trescientos, y trato hecho.
Ben dejó otros cien dólares sobre el escritorio. El guarda se echó el dinero al bolsillo, se puso en pie y abrió el cajón superior del escritorio. A continuación sacó una pistola, les apuntó con ella y dijo:
—Contaré hasta tres.
—¿A qué viene esto? —preguntó Ben alzando las manos.
—Sé quién es usted —dijo el guarda—. Ahora, lárguense de una vez.
—Sí, pero tranquilo —dijo Lisa.
El guarda amartilló la pistola.
—¡Largo! ¡Ahora mismo!
Los dos pasantes dieron media vuelta y se dirigieron rápidamente hacia la puerta. Al llegar a la calle echaron a correr.
—Larguémonos de aquí —dijo Ben, cuando estuvo de nuevo en el interior del coche.
—¿Qué pasó? —preguntó Nathan poniendo el motor en marcha—. ¿Conseguisteis el contrato?
—Tú limítate a conducir —le respondió Ben, muy nervioso—. No tengo ganas de hablar de eso.
A las doce y media se encontraban de regreso en la casa.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Eric desde el sofá, mando a distancia en mano.
Derrumbándose sobre el sofá grande, Nathan dijo:
—No conseguimos nada. En ese edificio tienen fichado a Ben.
—Además, perdimos trescientos dólares —añadió Ober, al tiempo que se quitaba la sudadera y la arrojaba sobre el sofá.
—¿Dónde está Lisa? —preguntó Eric.
—La dejamos en su casa —replicó Ben—. Ya no había ninguna otra cosa de la que hablar.
—Según el guarda, no existen contratos de alquiler ni se lleva ningún registro sobre los inquilinos del edificio —explicó Nathan—. Parece ser que Rick es mucho más duro de pelar de lo que pensábamos.
—¿Y esto es todo? —preguntó Eric—. ¿No vais a seguir investigando?
—De eso, nada —dijo Ben encaminándose hacia la escalera—. No hemos hecho más que empezar.