El décimo juez
Capítulo 16
Transcurridas dos semanas, una mañana a las siete y media, Ben estaba sentado a su mesa, con el periódico abierto ante sí. Llevaba vaqueros y un viejo suéter de cuello alto, y se sentía encantado por la ausencia de los jueces, gracias a la cual todo el personal del tribunal podía vestir como quisiera. Llegó a las páginas de opinión y echó un vistazo a lo que decían los principales columnistas de Washington. En aquel momento se abrió la puerta y Lisa entró en el despacho.
—Feliz año nuevo —saludó la joven.
Lisa había pasado la semana anterior en California, celebrando con su familia la Navidad y el Año Nuevo. Vestía un jersey negro y unos vaqueros desteñidos, pero en lo primero que se fijó Ben fue en su intenso bronceado.
—Estás estupenda —le dijo Ben, tras besarla en la mejilla.
—Gracias. Tú estás muy pálido. —Abrió su portafolios y dejó un gran montón de papeles sobre el escritorio.
—¿Hiciste todo ese trabajo durante tus vacaciones? —le preguntó Ben, asombrado.
—¿Qué quieres? Soy así de buena. —Lisa comenzó a ordenar los papeles y de pronto se fijó en el memorándum que había sobre su escritorio—. ¿Qué es esto?
—El programa de almuerzos —le explicó Ben—. Como ya estamos a mitad de nuestra pasantía, van a organizar comidas con los jueces para que tengamos oportunidad de conocerlos mejor.
—Qué estupendo.
—Sí, será interesante. Creo que, aparte de Hollis, no habré cruzado ni dos palabras con ninguno de los otros jueces.
—O sea, que nosotros confraternizamos y el tribunal paga la cuenta. Me parece de perlas. —Lisa se retrepó en su asiento y miró fijamente a Ben—. Hablando de planes, no dejo de pensar un el asunto Grinnell.
—Pues sí, ese fue un gran plan.
—Qué va, no lo fue —afirmó fríamente Lisa—. Fue una perfecta estupidez. Cuanto más pienso en ello, más cuenta me doy de que hiciste la mayor tontería que podías hacer.
Ben se enderezó en su sillón.
—¿Qué mosca te ha picado?
—Ninguna mosca —contestó Lisa mientras ordenaba los papeles—. Simplemente creo que fue un plan muy estúpido.
—¿Y por qué fue muy estúpido?
—Pues porque lo único que conseguiste con él fue cabrear a Rick. En resumidas cuentas, no lograste ninguna otra cosa.
—Logré mucho más que eso.
—¿Ah, sí? Pues dime qué.
—Me quité a Rick de encima.
Lisa dejó de trajinar con los papeles.
—Contesta a esta pregunta —dijo—. ¿Cuál era concretamente tu meta cuando planeaste lo de Grinnell?
—¿Mi meta?
—Tu meta —repitió Lisa—. ¿Qué esperabas conseguir?
—No tenía ninguna meta —replicó Ben—. Rick habló con Eric, y luego Eric habló conmigo. Partiendo de eso, lo planeé todo para que Rick perdiera.
—Pero… ¿cuál era tu preocupación número uno? ¿Qué te pasó en aquellos momentos por la cabeza?
—Montones de cosas —dijo Ben—. Sentía excitación, temor, ansiedad, ira, deseos de venganza…
—Exacto —lo interrumpió Lisa señalándolo con un dedo—. Deseos de venganza.
—¿Qué tiene de malo la venganza? Con todo lo que Rick me había hecho, yo estaba supercabreado.
—Y con razón. Pero desde que comenzó este asunto has estado tan obsesionado por la venganza que apenas has pensado en el modo de salir del lío en que te encuentras.
—Qué tontería —dijo Ben—. Para mí, salir del lío siempre ha sido lo más importante.
—Entonces, ¿por qué no trataste de conseguir que arrestaran a Rick? Si sabías dónde se iba a reunir Eric con él, ¿cómo no se te ocurrió hacer que las autoridades vigilaran el lugar?
—No conocíamos el sitio en que tendría lugar la entrevista —le explicó Ben—. Rick llamaba siempre a Eric momentos antes de la cita. Eric aguardaba en el vestíbulo de un hotel, y Rick lo llamaba por teléfono y lo citaba en otro hotel. Era imposible seguirlos. Además, aunque hubiera deseado hacerlo, me era imposible acudir a las autoridades, porque me hubieran arrestado en un abrir y cerrar de ojos.
—En eso es en lo que te equivocas. Puedes recurrir a las autoridades. Lo que ocurre es que no quieres.
—Tienes toda la razón, no quiero. Será una rareza, pero me gusta mi trabajo.
—Olvida el trabajo. Tu vida es más importante.
—Lisa, no entiendo a qué viene tanto nerviosismo. Las tres últimas semanas han sido de perfecta calma. No tengo la menor preocupación. Ninguna amenaza pende sobre mí. Rick ha desaparecido…
—¡Rick no ha desaparecido! —dijo Lisa alzando la voz—. Métetelo en la cabeza: Rick puede estar cabreado, y puede que también esté arruinado, pero, desde luego, no ha desaparecido. Y si tú me hubieras jodido haciéndome perder unos cuantos millones de dólares, puedes tener la certeza de que yo estaría tramando una venganza lo más cruel posible.
—¿Por qué te acaloras tanto?
—Quiero que te des cuenta de lo que ocurre. Que no tengas esa falsa sensación de seguridad.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que hable con Hollis y le pida ayuda?
—No sé si Hollis es la persona adecuada, pero creo que por ahí van los tiros. De lo contrario, nunca lograrás salir de este lío. Ten en cuenta que ese tipo ya ha acuchillado los neumáticos de tu padre. ¿De veras quieres esperar a ver qué se le ocurre a continuación?
Sin decir nada, Ben cogió una calculadora del escritorio y comenzó a teclear nerviosamente en ella.
—Sabes que tengo razón —prosiguió Lisa—. Durante todo este desastre, en lo que menos has pensado ha sido en salir del lío. Simplemente te ha obsesionado el hecho de que Rick fuera más listo que tú.
—No es verdad —dijo Ben, que seguía jugando con la calculadora.
—Claro que es verdad —insistió Lisa, y le quitó a Ben la calculadora y la echó a la papelera que había junto al escritorio—. Te cabrea el hecho de que Rick consiguiera tomarte el pelo. Y estás obsesionado con la idea de vengarte. Pero has de saber que vengarse resulta muy fácil. Joder a Rick fue pan comido. Lo difícil es atraparlo. Y para conseguirlo son necesarios ciertos sacrificios. Así que, por una vez en tu vida, tendrás que admitir que hay algo que no puedes hacer solo.
—Quizá yo no pueda, pero nosotros…
—No, nosotros tampoco podemos —dijo Lisa—. No nos es posible hacer nada. No te lo tomes a mal, pero ni tú, ni yo, ni lodos tus amigos con sus juguetitos de espías tenemos recursos suficientes para anticipar con qué se descolgará Rick a continuación. Por listos que seamos, no lo somos tanto. Y mientras no admitas eso, no lograrás salir de este atolladero.
Ben se quedó con la vista fija en su escritorio.
—¿Piensas que debo entregarme? —preguntó al fin.
—Sí —dijo Lisa—. Me he pasado la última semana estudiando todas las salidas posibles. Ocurra lo que ocurra, las autoridades terminarán enterándose de lo sucedido. Esa es la principal verdad que debes aceptar.
—A no ser que podamos demostrar la culpabilidad de Rick.
—Eso no tiene la menor importancia. A Rick le da lo mismo que le contemos a la policía que es él quien ha ideado todo el plan. La policía no puede encontrarlo, pero sí puede dar contigo. Y mientras Rick ande por ahí, tendrás una espada pendiendo sobre tu cabeza.
—Pero… ¿y si logramos atrapar a Rick nosotros solos?
—Daría lo mismo —dijo Lisa, impaciente—. Aunque lo atrapemos por nuestros propios medios, en algún momento tendremos que entregarlo a la policía. No podemos encerrarlo indefinidamente en nuestro sótano. Y en cuanto entreguemos a Rick, puedes tener la certeza de que él te echará la culpa de todo.
—Entonces, pase lo que pase, estoy jodido.
—A eso justamente voy —dijo Lisa—. Así que lo mejor es que acudas a la policía anticipándote a cualquier jugada que Rick pueda tramar contra ti.
—Quizá si soy yo el que acude a la policía me traten con mayor benevolencia.
—Es posible —dijo Lisa—. Y si les exponemos un plan lo bastante sólido, es posible que te dejen libre para conseguir atrapar a Rick con las manos en la masa.
Tras una pausa reflexiva, Ben dijo:
—Si acudo a la policía, ya me puedo ir despidiendo de mi trabajo.
—No necesariamente. Lo mismo te dan una medalla por tu valor.
—Mira, mejor dejamos el tema.
—¿Por qué? ¿Te ha molestado algo de lo que he dicho?
—No —dijo Ben, sin mirarla.
—¿Estás enfadado conmigo?
—No estoy enfadado contigo, sino conmigo. Debería haberle puesto fin a esto hace semanas.
—Es fácil decir eso ahora. Hace semanas, las cosas eran muy distintas.
—Eso sí que es verdad —dijo sarcásticamente Ben.
Lisa regresó a su escritorio.
—Bueno, ¿qué piensas hacer?
—Aún no lo sé —dijo Ben—. Tengo que pensar.
A las ocho menos cuarto de aquella noche, Ben salió del tribunal y se encaminó hacia la Union Station. Bajó por la escalera mecánica hasta el vestíbulo principal, un lugar poco iluminado, sin apenas calefacción y lleno de anuncios. Lo rodeaban jóvenes tan ambiciosos como él y que como él llevaban traje de ejecutivo. Ben se fijó en ellos. La mayoría estaban perdiendo el cabello, y solo uno se había soltado el nudo de la corbata al salir del trabajo. De pronto Ben sintió un ataque de claustrofobia y caminó hasta el extremo del andén. ¿Qué demonios estoy haciendo con mi vida?, se preguntó mirando a sus colegas. Cuando el plateado tren se detuvo ante él, Ben subió y se sentó en el primer asiento libre que encontró. A los dos minutos de haberse puesto en marcha, el tren se detuvo bruscamente.
—Lamentamos las molestias, pero en la estación hay otro tren antes que el nuestro —anunció una anónima voz por el sistema de megafonía—. El viaje se reanudará dentro de unos momentos.
Los pasajeros lanzaron un gemido colectivo, y Ben se retrepó en su asiento.
—Y así todos los días —suspiró el muchacho sentado junto a Ben—. ¿Es que no son capaces de calcular el tiempo como es debido? Ni que la hora punta fuera un fenómeno nuevo.
—Ya —murmuró Ben, y le dirigió una sonrisa al joven, que no debía de tener más de dieciséis años aunque lucía traje y corbata.
—¿Por qué todas las noches se repite la misma historia? —preguntó el chico—. ¿Por qué no arreglan el problema de una vez?
—No tengo ni idea —dijo Ben—. Y estoy demasiado cansado para ponerme a pensar en ello.
—No me hables de cansancio —dijo el joven, con un ligero acento de Massachusetts—. Pásate el día corriendo del edificio del Senado a la cámara y verás lo que es cansancio.
—¿Trabajas de botones?
Con orgullo, el muchacho abrió su abrigo y mostró la plastificada tarjeta de identificación del Senado que llevaba colgada en torno al cuello.
—Yo prefiero que me llamen auxiliar. Si te interesa saber cómo le gusta el café a cualquier senador, pregúntame que yo te lo digo. Pero no creas que voy a seguir mucho tiempo llevando tazas de arriba abajo.
—¿Y eso? —preguntó Ben con una sonrisa.
—Porque se me da bien resolver problemas. —El muchacho señaló hacia la parte delantera del tren—. Eso es lo malo de los que hacen los horarios de trenes. Ninguno de ellos vale para resolver problemas. Son aburridos, holgazanes, pasivos. Por eso estamos aquí parados. Nadie se enfrenta activamente al problema.
—¿Y qué solución propones?
—No es tanto una cuestión de soluciones como de actitud. En mi opinión, si quieres solucionar realmente un problema, debes ir directamente al fondo del asunto. Pero en esta ciudad a nadie se le ocurre hacer eso. Todos están a la defensiva, y lo único que hacen es dar rodeos y más rodeos.
—¿Y cuál es tu gran solución?
—Yo no he dicho que vaya a solucionar todos los problemas del transporte por ferrocarril —replicó el muchacho—. Solo te he dicho cuál es mi enfoque de las cosas.
—¿Piensas estudiar Derecho? —le preguntó Ben.
—¿Cómo lo sabes?
—Olfateo a los abogados a un kilómetro de distancia. Tienen un olor propio y peculiar.
—No te burles de lo que no entiendes. Hoy en día, si no eres abogado, nadie te toma en serio. Sin un doctorado en Derecho, nadie me hará nunca el menor caso, pero en cuanto sepan que soy abogado, me concederán puestos de responsabilidad.
—¿Tú crees?
—Claro que sí —aseguró el muchacho mientras el tren se ponía de nuevo en movimiento—. Solo con buenas ideas no se llega muy lejos. Para conseguir cosas importantes, necesitas credibilidad. Si estás cansado de tu trabajo, piensa en ello. Las facultades de Derecho están abiertas para todos. Si sientes que en tu actual empleo te asfixias, ten en cuenta lo que te digo. La solución está en el Derecho. Con él, tu futuro se despejará.
—Agradezco el consejo —dijo Ben en el momento en que el tren llegaba a la siguiente parada—. Pensaré en él.
—Espero que lo hagas. Es algo que puede cambiar tu vida. —El muchacho se levantó y se volvió hacia la puerta—. Bueno, yo me apeo aquí. Buenas noches.
—Buenas noches.
El muchacho se apeó, las puertas se cerraron y el tren se puso de nuevo en marcha.
Cuando Ben llegó a su casa encontró a Eric y a Ober lavando platos en la cocina.
—Vaya, al fin —dijo Ober en cuanto vio a Ben.
—No se lo digas —dijo Eric, que estaba pasando un paño de cocina por el exterior de un gran cuenco para pasta—. No le hará gracia.
—Qué va —dijo Ober, con las manos llenas de espuma de jabón—. Le encantará. —Mientras Ben guardaba su abrigo, Ober anunció desde el otro extremo de la sala—: Se nos ha ocurrido un sistema totalmente nuevo y revolucionario para organizar el sistema judicial.
—Espléndido —dijo Ben sin mucho interés, y se dirigió hacia la cocina.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó Eric en cuanto lo vio—. Tienes un aspecto espantoso. ¿Todo bien en el trabajo?
—Inmejorablemente —dijo Ben al tiempo que sacaba de la nevera unos restos de comida china—. Los días allí son un auténtico placer.
—Espero que no hayas vuelto a tener noticias de Rick.
—Todavía no. —Ben cogió un tenedor del cajón de cubiertos.
—A la mierda ese tipo. Rick ya es historia —dijo Ober, que ahora aclaraba una taza de plástico—. Escucha nuestra idea. Esto es lo que proponemos: para aumentar la eficacia del sistema judicial, lo mejor sería que todo, los casos, las audiencias, las mociones, se resolviese echando un pulso.
—Piensa seriamente en ello por un momento —dijo Eric—. No te lo tomes a la ligera.
—Considera las posibilidades —dijo Ober—. Los bufetes legales estarían llenos de tipos forzudos que serían reclutados en los mejores gimnasios.
—Sería un regreso al darwinismo —interrumpió Eric—. ¡La supervivencia del más apto! ¡Justicia instantánea!
—Protesto, señoría. Uno, dos, tres. Caso desestimado —dijo Ober simulando que un invisible contrincante lo derrotaba echando un pulso.
—¿Qué? —preguntó Eric cuando Ben se sentó a la mesa de la cocina—. ¿Qué te parece? A que la idea es buena…
Ben contempló el envoltorio de comida china.
—¿Creéis que debo entregarme? —preguntó.
—¿Cómo? —dijo Eric.
—Ya me has oído. ¿Creéis que debo entregarme?
—¿Y por qué ibas a hacer una cosa así?
—Para salir de una vez de este embrollo.
—No saldrías de él, sino que te meterías aún más —replicó Eric—. En cuanto abras la boca, te despedirán.
—¿Y qué? ¿Merece la pena tener tantos problemas por un simple empleo?
Eric dejó la bayeta sobre una repisa y se acercó a Ben.
—¿Te encuentras bien? —Quiso saber—. Tienes el mejor empleo legal de todo el planeta. ¿Para qué vas a arriesgarte a perderlo?
—¿Tú qué opinas? —le preguntó Ben a Ober.
—Si hablas en serio, estoy con Eric. ¿Por qué lo ibas a arriesgar todo en estos momentos? Rick está derrotado. Ha desaparecido. ¿De qué te preocupas?
—¿Y si Rick vuelve? —preguntó Ben—. ¿Qué hago en ese caso?
—No tengo ni idea —dijo Ober—. Pero si piensas arruinar tu vida, espera al menos a que Rick reaparezca. De lo contrario estarás renunciando a todo a cambio de nada.
—Puede ser —dijo Ben—. Pero no estoy del todo seguro de que las cosas sean así.
Aquella noche, tumbado en la cama, Ben intentaba conciliar el sueño. Tenía los pies fríos y trataba de encontrar una buena posición para dormirse. Tumbado de espaldas, pensó en grandes y despejadas praderas. Se puso de lado y se imaginó bañándose en un mar de olas color zafiro. Boca abajo, fantaseó con hacerle el amor a una pelirroja de larguísimas piernas. Pero en último extremo, la pradera siempre terminaba convirtiéndose en el Tribunal Supremo, las olas siempre rompían de modo excesivamente ruidoso y la pelirroja siempre terminaba convirtiéndose en Rick. Como sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, se levantó sin encender la luz y se sentó a su escritorio. En uno de los estantes había una balanza metálica de la Justicia, una cursilería que su madre le compró cuando él consiguió la primera pasantía. Cogió la balanza del estante y sonrió.
Jugueteó con ella un rato, esperando distraerse y que le entrara el sueño. Cinco minutos más tarde seguía totalmente desvelado. Abrió el cajón central en busca de una nueva distracción. Sacó gomas de borrar, clips, rotuladores y otros accesorios. Colocó un sacagrapas en uno de los platos de la balanza y observó cómo la justicia se inclinaba hacia la izquierda. Añadió un clip al mismo plato y dijo:
—Esto es la bondad del mundo. —Luego añadió un rotulador—. Esto es la luz del mundo. —Sonriendo, puso también una botellita de corrector blanco—. Esto es mi honestidad. —Lentamente, fue añadiendo lápices, grapas, bandas elásticas y una goma de borrar: su inteligencia, su integridad, su felicidad y su futuro. Cogió su billetero, que estaba encima del escritorio, y lo colocó sobre el aún vacío plato derecho de la balanza—. Y esto es el Tribunal Supremo —anunció, al tiempo que soltaba el billetero. Cuando este cayó sobre el plato derecho, los accesorios del otro plato volaron por los aires.
—¿Estás seguro? —preguntó Lisa.
—No del todo —respondió Ben a primera hora de la mañana siguiente—. Solo al noventa por ciento. Tú dime cuál crees que debe ser el siguiente paso.
—Eso depende de en quién confíes —dijo Lisa antes de darle un sorbo a su café —. Probablemente podrías acudir a Hollis.
—Ya lo he pensado —dijo Ben, que esperaba que el té que se estaba tomando le calmara los nervios—. Pero no creo que entregarme a él sea lo más adecuado. Hollis me podría echar una mano con las autoridades, pero desde luego no sería capaz de ayudarme a atrapar a Rick.
—Tienes razón. Hollis es un gran juez, pero nunca te permitiría utilizar tu puesto en el tribunal para atrapar a Rick.
Ben envolvió en torno a un lápiz el cordoncito de la bolsa de té para exprimirla bien.
—Y si no es Hollis, ¿quién?
—No te recomiendo que acudas a Lungen y Fisk. Ellos jamás te ayudarían.
—Sí, eso es indiscutible. Me arrestarían en cuanto abriese la boca.
—¿Y si pasas por encima de ellos y vas a hablar con el director general del Servicio de Alguaciles?
—En eso precisamente estuve pensando anoche. Necesito alguien con autoridad que no ande buscando un ascenso. Así estarán más interesados en atrapar a Rick que en entregarme a la justicia.
—Entonces, acude al director.
—Vale. Decidido.
Lisa se retrepó en su asiento.
—Me cuesta creer que vayas a entregarte.
—Pero… ¿qué dices? Fuiste tú misma quien lo sugirió.
—Ya. Pero me cuesta creer que me hayas hecho caso. ¿Qué fue lo que te decidió?
—Una charla con el próximo director del metro de Washington.
—¿Cómo? —preguntó Lisa.
—Nada. Olvídalo —dijo Ben—. Lo he pensado bien y creo que lo que dijiste ayer es cierto. Llevo varios meses sin tener control sobre mi vida.
—¿Y cuándo piensas hacerle la visita a ese tipo?
—Durante el almuerzo. Solo tengo que averiguar el nombre del director general de alguaciles.
—¿Y cómo te las arreglarás para que te reciba?
—Le diré a su secretaria que tengo que comunicar personalmente un importantísimo mensaje del juez Hollis. En cuanto me hagan pasar a la oficina del director, le explicaré lo que en realidad ocurre y le preguntaré si está dispuesto a ayudarnos a atrapar a Rick. —Lisa hizo un gesto de aprobación y Ben continuó—: Lo cual significa que solo nos queda una cosa por hacer.
—¿Cuál?
—Encontrar el modo de atrapar a Rick.
A mediodía, Ben cogió su abrigo y se encaminó a la puerta.
—Bueno, llegó el momento —dijo Lisa entregándole a Ben su portafolios.
—Sí, a ver qué pasa —dijo Ben—. Si aceptan nuestro plan, habremos ganado algo de tiempo, pero si me arrestan…
—Estoy segura de que lo aceptarán —lo interrumpió Lisa—. Es la mejor opción.
—Quizá debería llamar a mis padres —comentó Ben—. Así les evitaré la sorpresa de que vean a su hijo en las noticias de la noche.
—Tú no vas a aparecer en las noticias —afirmó Lisa—. A los alguaciles les encantará el plan. —Al advertir la arruga de preocupación que se había formado en la frente de Ben, le preguntó—: ¿Estás seguro de que quieres seguir adelante?
—Sí, supongo que sí. Quiero decir que esto es lo que planeamos. No debería estar tan preocupado…
—Pero lo estás.
—Pues claro que sí. Lo que está en juego es mi vida. Dentro de una hora voy a tirarla por el inodoro. Y por algún estúpido motivo, eso no termina de hacerme gracia.
—¿Quieres que te acompañe?
Tras una pausa, Ben contestó:
—No.
—Sí, sí, voy contigo —dijo Lisa abriendo el armario.
—No. Estoy bien —insistió Ben con voz temblorosa—. Tú no tienes por qué meterte en esto.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó Lisa, abrigo en mano.
—Sí, perfectamente —respondió Ben, firme—. No hace falta que vengas.
—Ten cuidado.
—Lo tendré —dijo Ben advirtiendo que el asa de su portafolios estaba húmeda de sudor—. Pero no te olvides de ver las noticias de esta noche. Probablemente salga yo, con una bola de hierro atada al tobillo.
—No digas eso. Todo irá bien.
—Gracias por la mentira —dijo Ben—. Y por tu ayuda.
—A tu disposición —dijo Lisa antes de que Ben saliera por la puerta.
Mientras iba en metro hacia Pentagon City, en Virginia, Ben notaba el estómago revuelto por el nerviosismo y la anticipación. Llevaba meses esforzándose por evitar lo que ahora estaba a punto de hacer. Mientras el tren cruzaba Arlington, se preguntó si todo aquello no sería una locura y si no habría un mejor método de resolver el problema. Trató de superar aquel sentimiento de indecisión diciéndose que, a fin de cuentas, no podía hacer otra cosa.
Ben se apeó del tren frente al centro comercial de Pentagon City. Siguiendo las instrucciones que le había dado la recepcionista, se dirigió a las oficinas del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos. Estaba situado en un moderno bloque de oficinas de doce pisos, y era la central de los noventa y cinco alguaciles nombrados directamente por el presidente, entre los cuales estaba el director del Servicio de Alguaciles. Responsables de la protección de la judicatura federal, se ocupaban de la seguridad de los jueces y los testigos federales. Aunque Carl Lungen y Dennis Fisk protegían a los jueces del Tribunal Supremo mientras estos se encontraban en el distrito de Columbia, la oficina principal encargaba a alguaciles individuales la protección de los jueces que se aventuraban fuera del distrito.
Ben aspiró profundamente y abrió las puertas de cristal del edificio de oficinas. Inmediatamente fue abordado por un guardia de seguridad.
—¿Qué desea? —le preguntó el guardia.
—Tengo una cita. Me llamo Ben Addison.
—¿Con quién tiene cita? —le preguntó recelosamente el guardia.
—Con el director Alex DeRosa.
El guardia consultó la tablilla que tenía entre las manos, se volvió hacia su escritorio y levantó el teléfono.
—El señor Ben Addison desea ver a DeRosa —dijo el guardia—. Muy bien, lo mando para arriba. —Miró a Ben y le dijo—: Piso doce. No tiene pérdida.
Minutos más tarde, Ben salió del ascensor en el piso doce.
Una recepcionista estaba apostada frente a las puertas de cristal que conducían a las oficinas.
—¿Qué desea? —preguntó la mujer.
—Tengo cita con el director DeRosa. Me llamo Ben Addison.
—Sí. El señor DeRosa me ha dicho que me deje usted el mensaje del juez Hollis.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. Tengo instrucciones estrictas de comunicar el mensaje en persona.
—Comuníquemelo a mí. El director DeRosa está muy ocupado.
—Permítame que le explique una cosa —dijo Ben, cada vez más nervioso—. El juez Mason Hollis también está muy ocupado. Tiene dos ayudantes personales y dos pasantes legales, por no mencionar a los trescientos empleados del Tribunal Supremo que también se encuentran bajo su autoridad directa. Cualquiera de esas personas podría haber mecanografiado y mandado aquí el mensaje. Pero el juez Hollis decidió que yo debía comunicarlo verbalmente. Ahora, dígame una cosa: si un juez del Tribunal Supremo considera que un mensaje es tan importante que no puede ser puesto sobre papel, ¿cree que yo haría bien contándoselo a usted?
Ben se quedó mirando fijamente a la recepcionista, y al fin esta levantó el teléfono.
—El señor Ben Addison desea hablar con usted, señor director. El juez Hollis desea que el mensaje sea comunicado en persona. —La mujer hizo una pausa—. Sí, parece que se trata de un asunto bastante serio. —Permaneció unos momentos a la escucha y al final colgó el auricular y oprimió un pequeño botón que abría las puertas de cristal que conducían a las oficinas—. Pase, señor Addison. Al fondo a la derecha.
Mientras iba por el corredor, Ben trataba de hacer acopio de calma. En el momento en que tendía la mano hacia el tirador de la puerta de DeRosa, esta se abrió.
—Más vale que se trate de algo importante —dijo DeRosa bloqueando la entrada a su despacho.
Bajo y fornido, Alex DeRosa era famoso por su perspicacia y por su falta de paciencia. El hombre, que llevaba la camisa arremangada dejando al descubierto unos gruesos y velludos antebrazos, señaló a la solitaria silla situada frente al escritorio.
—Siéntese.
El despacho de DeRosa estaba lleno de galardones militares, medallas y galones enmarcados, testimonios honoríficos y diplomas de la Academia Naval y de la Facultad de Leyes de Columbia. En la pared derecha del despacho había fotos de DeRosa con dos expresidentes.
—Bueno, suelte ese mensaje tan secreto —dijo DeRosa al tiempo que se sentaba a su escritorio.
—Se trata de un asunto de gran importancia, pero no me envía el juez Hollis… — comenzó Ben.
—¿Entonces, qué demonios hace usted aquí? —preguntó DeRosa levantándose de su sillón—. Lárguese inmediatamente. Voy a llamar a Hollis y le diré que usted…
Ben se puso en pie mientras DeRosa rodeaba el escritorio.
—Esto no lo sabe nadie, pero un pasante ha estado filtrando información interna del tribunal —farfulló—. Charles Maxwell sabía lo de la fusión CMI antes de que esta se hiciera pública.
DeRosa se detuvo en seco y miró a su visitante por entre fruncidos párpados.
—Siéntese. —Ben lo hizo—. Ahora, empecemos por el principio. ¿Quién es el pasante?
Tras una pausa, Ben contestó:
—Yo.
—Siga —dijo DeRosa.
—A comienzos del período de sesiones de otoño, un tipo llamado Rick Fagen, que dijo ser uno de los antiguos pasantes de Hollis, llamó a nuestro despacho y se ofreció a ayudarnos y orientarnos. Muchos antiguos pasantes lo hacen. Es un trabajo difícil, y…
—Sé cómo son las cosas en el tribunal —lo interrumpió DeRosa.
—El caso es que tomé a Rick por un antiguo pasante y un día, hablando con él, me preguntó por el resultado del caso CMI. Le contesté que no podía decírselo, pero él me prometió mantenerlo en secreto. Rick estaba al corriente del código deontológico que los pasantes firmamos, y además llevaba un mes ayudándonos con los asuntos del tribunal… —Ben percibió la impaciencia de DeRosa y continuó—: El caso es que le comuniqué el resultado del caso CMI. Días más tarde, Maxwell apostó por una victoria legal. Cuando traté de hablar con Rick, me encontré con que había desaparecido. Su teléfono estaba desconectado y su apartamento abandonado. Hice averiguaciones y descubrí que Rick Fagen nunca había trabajado como pasante del Tribunal Supremo. Y durante los últimos cuatro meses, Rick ha estado tratando de sacarme el resultado de otra decisión.
Aún en pie, DeRosa se rascó el mentón.
—¿Le ha dado usted algún otro informe?
—El mes pasado, premeditadamente, le facilité el resultado erróneo del caso Grinnell. Pero solo lo hice para cabrearlo.
DeRosa esbozó una sonrisa torcida.
—Parece que, de momento, me lo he quitado de encima —prosiguió Ben—. Pero estoy seguro de que volverá a abordarme.
DeRosa reflexionó por unos momentos sobre la situación en que se encontraba Ben, y al fin dijo:
—Así que ha violado usted la norma más importante de nuestro más alto tribunal, y ahora quiere que yo le saque las castañas del fuego, ¿no? Derne algún motivo por el que no deba hacerlo detener y acusarlo de tráfico de información privilegiada.
Ben miró fijamente a DeRosa.
—Puedo ayudarlos a detener a Rick.
DeRosa fue hasta su sillón y se sentó.
—Continúe —dijo.
Dos horas más tarde, Ben regresó al tribunal.
—¿Qué pasó? ¿Lo hiciste? ¿Cómo te fue? —le preguntó Lisa, antes incluso de que Ben hubiera terminado de trasponer el umbral.
—Lo hice. Lo conté todo.
Ben se acomodó en su silla y Lisa se sentó en el borde del escritorio de su compañero.
—¿Y qué te dijeron? ¡Cuenta de una vez!
—Tranquilízate, ya va —dijo Ben con voz calmada.
—En vez de pedirme que me tranquilice, cuéntame qué pasó.
—Creo que todo fue bien. El tipo dijo…
—¿Quién es «el tipo»? ¿DeRosa?
—Sí —dijo Ben—. Es el jefazo. Quiso que se lo contase todo. Lo que se dice todo. Cómo superé la prueba del detector de mentiras, cómo fue Eric abordado por Rick, cómo reaccionó Rick después de anunciar lo del Grinnell. Me pasé casi una hora hablando. Y luego le conté nuestro plan.
—¿Le gustó? ¿Se quedó impresionado?
—No creo que haya nada que a ese hombre le impresione. Es un antiguo militar, frío como el acero. No mostró ninguna reacción ante nada de lo que le dije.
—Sin embargo, es evidente que desea que lo ayudes a atrapar a Rick. De lo contrario, no habrías salido libre de allí.
—Esperemos que sea así, aunque él lo único que me dijo fue que tenía que pensarlo.
—Quiere detener a Rick —afirmó Lisa—. Si no, te habrían sacado esposado de su oficina.
—Hay algo que me preocupa —dijo Ben—. ¿Y si Rick me estaba vigilando? ¿Y si me vio entrar en el edificio de los alguaciles?
—No creo —opinó Lisa—. Esa es la gran ventaja de haber tomado la iniciativa. Rick estará demasiado ocupado haciendo sus propios planes, y no creo que se haya molestado en vigilarte.
—Ojalá tengas razón.
—¿Qué más te dijo DeRosa?
—Que ya me llamaría, y que no le contase a nadie más la historia. Teme que, si se entera del asunto, la prensa organice un gran revuelo.
—O sea que, de momento, todo va bien.
—De momento —dijo Ben.
—No te preocupes. Has hecho lo mejor que podías hacer. Al fin has pensado con la cabeza en vez de con las tripas. Es un primer paso en la dirección adecuada.
Unos días más tarde, Ben entró en el atestado vagón de un metro que se dirigía hacia el centro de la ciudad. Ben siempre llegaba a la estación a las siete menos cuarto en punto de la mañana, y estaba familiarizado con muchos de los otros viajeros madrugadores. Aunque todos los días pasaban juntos quince minutos, apenas nadie hablaba con nadie y todos permanecían enfrascados en sus asuntos. Ben pensaba en los alguaciles. ¿Por qué no se habrían puesto aún en contacto con él?
Varios viajeros se apearon en Farragut North, y Ben se acomodó en uno de los asientos que habían quedado libres. Miró el portafolios que tenía sobre las piernas. Quizá hayan decidido no hacerme caso, se dijo. Cuando el tren llegó a Metro Center, docenas de viajeros salieron y entraron. La mujer situada frente a Ben echó mano a un bolsillo y le tendió un sobre.
—¿Se le ha caído esto? —le preguntó.
—No creo —dijo Ben mirando el sobre, que no llevaba dirección alguna.
La mujer lo miró fijamente.
—Vi cómo se le caía. —Con una súbita sonrisa de cordialidad, insistió—: ¿Está seguro de que no es suyo?
—Ah, sí, sí que lo es —dijo Ben cogiendo el sobre. A continuación lo guardó en el portafolios—. Debe de habérseme caído del abrigo. Gracias.
Cuando el tren se puso de nuevo en marcha, Ben alzó la vista. La mujer había desaparecido.
Cuando el metro se detuvo en Union Station, Ben se apeó y se dirigió hacia la escalera mecánica. Aunque se moría de ganas de abrir el sobre, se contuvo, pues era consciente de que no debía leer en público su contenido. Caminó entre los centenares de viajeros que llenaban la estación hasta que al fin vio el indicador de un servicio de caballeros. Antes de entrar en él miró por encima del hombro. Nadie lo seguía. Echó un vistazo a la parte baja de las cinco cabinas. Todas parecían desocupadas. Se metió en una de ellas, cerró la puerta, rasgó el sobre y leyó:
Nuestro objetivo principal es localizar a Rick. Sin embargo, nuestro acuerdo
depende de que usted nos ayude a dar con él. Su protección solo está garantizada
en tanto en cuanto usted nos ayude a encontrar a todos los que están implicados
con Rick en este asunto.
Le adjuntamos una lista de sospechosos potenciales. No debe hablar de
nuestro acuerdo con ninguna de las personas de la lista. Consideramos esto
imprescindible a fin de conseguir detener a todos los implicados. Si hace usted
caso omiso de esta restricción, nuestro acuerdo quedará cancelado.
Cuando Rick le pida una nueva decisión, debe usted darle largas hasta el
domingo anterior al anuncio de la decisión. Solo entonces deberá usted
entregársela.
Si se atiene usted a los términos de nuestro acuerdo, lo mantendremos
permanentemente vigilado. Mientras Rick actúe según lo predicho, no creemos
que tenga usted motivo para preocuparse.
A partir de este momento seremos nosotros quienes nos pongamos en
contacto con usted. Si surge algún contratiempo, llame al número que figura al
pie de esta carta a fin de que nuestros agentes puedan auxiliarlo de modo
inmediato. Solo debe utilizar este teléfono en caso de emergencia.
Su futuro depende de que colabore usted plenamente con nosotros. Espero
que la próxima vez que hablemos sea en mejores circunstancias.
Ben volvió la página para mirar la lista de sospechosos. De pronto, la puerta de los servicios se abrió violentamente. Por el espacio entre la puerta y la cabina, Ben vio que una figura se abalanzaba hacia él. El hombre golpeó la puerta de la cabina de Ben gritando:
—¡Sal de ahí! ¡Ya sé quién eres!
Sobresaltado, Ben arrugó la carta y se la metió en la parte delantera de los calzoncillos.
—¡Sal de ahí! —repitió el hombre a gritos—. ¡Sé lo que tramas contra mí!
Ben notó que el hombre hablaba con voz ligeramente turbia.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—¡Sabes muy bien quién soy!
Ben salió de la cabina con el portafolios entre las manos. Ante él, había un andrajoso vagabundo que lucía una larga y sucia barba.
El hombre golpeó la cabina contigua.
—¡Sé que estás ahí!
Ben se aproximó al hombre.
—¿Está usted…?
—¡Deme un dólar! —exigió el hombre poniendo una mano bajo la nariz de Ben.
Ya convencido de que el tipo no era alguacil ni representaba ninguna amenaza, Ben abrió su maletín y sacó de él su habitual sándwich de pavo.
—No es un dólar, pero…
—Gracias —dijo el vagabundo agarrando el sándwich—. Eres un buen hombre.
Tras pasar el control de seguridad del tribunal, Ben decidió no usar el ascensor y corrió escaleras arriba hasta el segundo piso. Cuando llegó a su despacho, tiró el portafolios sobre el sofá y se sacó de los calzoncillos la arrugada carta. La alisó y se la tendió a Lisa.
—Espero que no me pidas que toque eso —dijo Lisa desde su escritorio.
—Alguien me dio esta nota mientras venía en el metro —le explicó Ben, nervioso —. ¡Los alguaciles han aceptado nuestro plan!
Lisa leyó rápidamente la nota de DeRosa y luego le dio vuelta al papel para echarle un vistazo a la lista de sospechosos. En ella estaban incluidos Lungen y Fisk, Nancy, otros pasantes y diversos funcionarios del Tribunal Supremo. La lista estaba encabezada por los nombres de Nathan, Ober y Eric.
—¿Crees que la nota es auténtica? —preguntó Lisa alzando la vista del papel.
—¿Cómo que si es auténtica? Pues claro que sí.
—Lo pregunto porque está redactada en términos muy crípticos. Quiero decir que no va dirigida a ti y no la firma nadie. No hace la menor referencia a tu entrevista con DeRosa. Por lo que sabemos, podría habértela enviado Rick.
—¿Cómo va a ser de Rick? —replicó Ben quitándole a Lisa la carta de entre las manos—. Es de los alguaciles.
—Si tú estás convencido, yo estoy convencida —dijo Lisa.
—Pues sí, estoy convencido —dijo Ben—. Totalmente convencido.
—¿Qué te parece la lista de sospechosos?
—No sé qué pensar —dijo Ben mientras la releía—. Creo que mis tres compañeros no deberían estar incluidos en ella.
—Yo no estoy tan segura. No se me ocurre nadie más que pueda haber puesto al corriente a Rick del asunto de los anuarios.
—¿Quién sabe? Pudo ser alguien del Departamento de Correspondencia, que es donde se recibieron los paquetes. Cualquiera pudo examinarlos antes de que nosotros los recogiéramos.
—Es posible —admitió Lisa—. Pero espero que no les menciones a tus compañeros que has recibido esta carta.
—Claro que no —dijo Ben—. Ya has leído lo que dice. Si no coopero plenamente, no hay trato. Después, mis amigos se cabrearán por no haberles dicho nada, pero de momento, ojos que no ven, corazón que no siente.
—Exacto —dijo Lisa—. Eso es…
En aquel momento sonó el teléfono de Ben.
—Un momento —dijo Ben descolgando—. Oficina del juez Mollis.
—Buenos días, llamo a Alvy Singer.
—Alvy al habla —dijo Ben, tras un titubeo, al recordar el nomine falso con el que había contratado su apartado de correos.
—Alvy, le habla Scott, de Buzones y Cosas. Debo comunicarle que ha vuelto usted a retrasarse en el pago de su segundo apartado, y si no nos abona lo que nos debe, le pasaremos la factura a una agencia de cobros.
Ben comprendió que Scott se refería al apartado de correos contratado por Rick.
—Lo lamento de veras —dijo Ben—. Se me olvidó por completo. ¿Cuándo debo pagar?
—Lo único que dice la nota es que lo quieren antes de fin de mes —respondió Scott—. Le aconsejo que pague con la mayor rapidez, posible. Si la dueña no recibe el dinero, confiscará la correspondencia que llegue a su nombre. Yo no hago las normas, pero así son las cosas.
—Supongo que sabe usted que eso que dice es ilegal —dijo Ben.
—Legal o ilegal, es lo que ha decidido la dueña. Me comentó que mientras no pague usted su recibo, no se le hará entrega del paquete.
—¿Qué paquete?
—Dispense, pensé que lo sabía. Tenemos aquí un paquete a su nombre. Probablemente por eso me dijo la dueña que lo llamase.
—¿Puede decirme qué dice el matasellos? —preguntó Ben, nervioso—. Quiero saber si se trata de algo importante.
—Claro. Un momentito, por favor.
Ben se volvió hacia Lisa.
—Esto no vas a creértelo.
—¿Está usted ahí, Alvy? —preguntó Scott.
—Sí, aquí estoy —contestó Ben.
—El matasellos tiene fecha de hace unos días, pero probablemente llegó ayer.
—Gracias por la ayuda —dijo Ben—. Esta tarde me paso por ahí a pagar.
—De acuerdo. Lo esperamos.
Ben colgó el teléfono y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó Lisa—. ¿Adónde vas?
—Tengo un paquete en mi apartado de correos.
—¿Y qué? Eso no significa nada.
—Claro que sí. Rick es el único que se comunica conmigo de ese modo.
—¿Y qué más da? Los alguaciles se ocuparán de ello.
—No estés tan segura —dijo Ben, con la mano en el tirador—. El paquete tiene matasellos de hace unos días. Es posible que los alguaciles no hayan puesto en marcha su plan de vigilancia hasta hoy.
—Estoy segura de que…
—Yo no estoy seguro de nada —replicó Ben abriendo la puerta—. Si Rick se nos ha anticipado, estamos en un grave aprieto.
Veinte minutos más tarde, Ben regresó a la oficina con un pequeño sobre marrón. Nada más entrar, advirtió la preocupada expresión de Lisa.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Acaba de estar aquí Dennis Fisk, del Departamento de Alguaciles. Dijo que quería hablar contigo en cuanto regresaras.
—¿Dijo algo más? —preguntó Ben, y arrojó el sobre encima de su escritorio.
—Me preguntó qué hacía Eric en nuestro despacho el día que se anunció la decisión sobre el caso Grinnell.
—Vaya por Dios, menudo día tengo —dijo Ben levantando su teléfono. Marcó furiosamente el número y esperó la respuesta de la recepcionista—. Buenas, soy Ben Addison. Quiero hablar con Carl Lungen.
Momentos más tarde, Lungen se puso al teléfono.
—Hola, Ben. Cuánto tiempo. ¿Qué tal el fin de año?
—Escúcheme bien —dijo Ben, furioso—. Si sospecha de mí, espero que tenga usted la decencia de decírmelo a la cara. No envíe a Fisk a intimidarme. Le recuerdo que superé la prueba del polígrafo, y que respondí a todas sus preguntas.
—¿Por qué no respira hondo y se calma? —le propuso Lungen.
—No quiero calmarme. Quiero saber qué demonios pasa.
—Fisk no trataba de intimidarlo. Solo quería darle un mensaje.
—Tengo un buzón de voz y lo supongo a usted familiarizado con el uso del teléfono.
—Escuche, Ben, creo que nos hemos mostrado sumamente comprensivos con usted desde que este asunto empezó.
—¿Qué asunto? —lo interrumpió Ben—. Siempre habla usted de un asunto, pero nunca dice exactamente de qué misterioso asunto se trata.
—Lo diré de este modo —dijo Lungen—: hace tres semanas, usted nos juró que Eric y usted no se dirigían la palabra, y un par de días después de eso, Eric estuvo en el tribunal y en el despacho de usted. Y no solo eso, sino que además utilizó el nombre de Nathan para entrar. Ahora, ¿quiere que le diga lo que pienso de eso, o prefiere contarme la verdad?
—Me ha descubierto. Eric y yo hemos hecho las paces y volvemos a ser amigos. Movilice a la milicia local.
—Esto no es ninguna broma.
—Claro que no es ninguna broma —lo interrumpió Ben—. Está usted jugando con mi vida. Es evidente que lleva usted dos semanas devanándose los sesos tratando de colgarme algún delito. Pero permítame que le recuerde que reconciliarse con un amigo no va contra ninguna ley. Así que le agradeceré que, hasta que pueda probar algo contra mí, me deje en paz.
—Dígame a qué vino Eric al tribunal ese día.
—Es periodista y le han asignado los tribunales. ¿Qué cree que hacía aquí?
—¿Y por qué utilizó el nombre de Nathan?
—Pues le diré la verdad: le dije a Eric que si ustedes se enteraban de que habíamos hecho las paces comenzarían a atosigarnos. Y, sorpresa… ¡tuve razón!
—Eso no explica…
—Escuche, no estoy dispuesto a seguir con esta conversación. Les diga lo que les diga, ustedes van a seguir sospechando de mí. No he hecho nada malo y no tengo nada que ocultar. Si no me creen, lo siento. Pero, hasta que tengan ustedes pruebas, dejen de meterse en mi vida. Le juro que si continúa usted por este camino, demandaré a su departamento por acoso laboral en menos de lo que se tarda en decir «retiro forzoso y adiós pensión». —Ben colgó el teléfono sin darle tiempo a Lungen para responder. Al darse cuenta de que Lisa lo miraba, le preguntó—: ¿Qué pasa?
—Nada —dijo ella—. Simplemente admiro tu capacidad diplomática: siempre tranquilo y equilibrado, sin perder jamás los nervios.
—¿Qué demonios pretendías que hiciera?
—Tómatelo con calma —le recomendó Lisa—. Olvídate de los alguaciles. No tienen ninguna prueba contra ti.
—Pues claro que no. Si la tuvieran, yo ya estaría entre rejas. —Ben cogió el sobre marrón del escritorio y se lo tiró a Lisa—. Ahora, volvamos a la crisis original.
Lisa volcó sobre su escritorio el contenido del sobre: una minicasette y un pequeño montón de fotocopias. Cogió estas y miró la primera hoja, que parecía la primera página de un libro mayor. Solo había un único ingreso de 150 000 dólares y las palabras «Ciudad de Berna» escritas en letra menuda en la parte inferior de la página.
—Parece la página de un libro de cuentas de un banco suizo —dijo Ben.
—¿Es la cuenta de Rick?
—En realidad, sí lo es —respondió Ben—. Pero échale un vistazo a la última página.
Lisa miró la última hoja del montón y vio que bajo el epígrafe «Titular de la cuenta» aparecía el nombre de Ben Addison.
—No hace falta que digas nada —comentó Ben, al advertir la sorpresa y la preocupación de Lisa—. Rick ha omitido todos los datos básicos, como el nombre del banco y el número de la cuenta, pero se aseguró de que nos enterásemos bien de que yo aparecía como titular de la cuenta.
—Diecisiete de noviembre… —dijo Lisa, tras mirar la fecha del primer y único ingreso—. ¿Qué sucedió ese día?
—Eso es lo que quiero mirar —dijo Ben echando mano a su calendario de sobremesa. Tras examinar las hojas correspondientes a noviembre, prosiguió—: Lo que pensaba. Es el día en que se anunció la decisión del caso CMI.
—¿Qué crees que habrá en la casete? —le preguntó Lisa dejando los papeles.
—No tengo ni idea —contestó Ben. Abrió un cajón del escritorio y sacó su dictáfono—. Pero te apuesto lo que sea a que no son «Grandes éxitos de James Taylor». —Ben metió la cinta en el pequeño grabador y oprimió la tecla de reproducción.
—¿Qué pasa con la fusión de la CMI? Eso vais a verlo la próxima semana, ¿no?
—Probablemente el asunto se retrasará varias semanas. Blake y Osterman pidieron más tiempo para escribir sus dictámenes. Ya ves lo que ocurre: los casos de fusión terminan confundiendo a todo el mundo. Se tarda una eternidad en sortear todas las absurdas regulaciones.
—Bueno, pero ¿quién gana?
—La verdad es que fue bastante asombroso. Cuando los jueces votaron en conferencia, el resultado fue cinco a cuatro contra la CMI. En el último momento…
—Mierda —dijo Ben parando la cinta—. Grabó toda la conversación.
—¿Cuándo le comunicaste la decisión?
—No, cuando intercambiamos recetas. Claro que fue cuando le comuniqué la decisión.
—Pero…
—¡Maldita sea! —exclamó Ben al tiempo que daba un puñetazo sobre su mesa—. ¿Cómo pude ser tan estúpido?
—No tenías forma de saber qué estaba ocurriendo —dijo Lisa—. Pensabas que Rick era un amigo.
—Pero si no le hubiera dicho nada…
—Probablemente no estarías en este lío. Tienes razón, pero eso ya lo hemos hablado. Lo importante es que ahora, por primera vez, estás en posición de salir del atolladero.
—Ni siquiera sé si eso sigue siendo cierto. ¿Y si los alguaciles no lo prepararon todo a tiempo?
—Estoy segura de que sí lo hicieron —dijo Lisa—. Estoy segura de que comenzaron a trabajar en ello en cuanto saliste del despacho de DeRosa.
—Esperémoslo —dijo Ben, que observaba el minigrabador de encima de su escritorio. Fijó la vista en Lisa y prosiguió—: Sin embargo, hay que reconocer que es admirable la forma en que Rick lo organizó todo. Hasta hoy, lo único que corría peligro era mi empleo, y cuanto Rick podía demostrar era que yo había quebrantado el código deontológico del tribunal. Pero al combinar la grabación con los papeles del banco, Rick se ha sacado de la manga una nueva realidad, y ahora parece como si yo hubiera cobrado por la información. Ha creado pruebas de que me vendí. Eso es bastante más grave que una violación del código deontológico. El hecho de que un funcionario público acepte un soborno constituye un delito federal.
—Yo no me preocuparía por eso —dijo Lisa mientras se acercaba al escritorio de Ben. Abrió el dictáfono y sacó la minicasette—. Por si acaso, mandaremos esto a DeRosa.
—Si lo hacemos, ¿no corremos el riesgo de que DeRosa crea que yo realmente acepté un soborno? —preguntó Ben.
—No, ya no —dijo Lisa introduciendo la casete en un sobre—. Al dar el paso adelante y sincerarte con él, has evitado que llegue a esa conclusión. Y el hecho de que le mandemos esto por correo reafirma tu buena intención. —Mientras Ben escribía una breve nota a DeRosa, Lisa preguntó—: ¿Crees que DeRosa estará escuchándonos en estos momentos?
—Qué va —dijo Ben—. Solo habría hecho instalar micrófonos en el despacho si pensara que yo mentía. Y si él pensara eso, yo ya no estaría trabajando en el tribunal. No pueden arriesgarse a que se produzca otra filtración. Este es el único sitio en el que realmente podemos sentirnos seguros.
Lisa fue a su escritorio, cogió las fotocopias de los documentos bancarios, se las tendió a Ben y este las metió en el sobre.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Lisa.
—Esperar sentados la llamada de Rick.
—Llamará, no te preocupes. Se cerciorará de que has recibido su sobre con pruebas incriminatorias, y luego te someterá a chantaje. Sospecho que amenazará con divulgar el contenido de la cinta y de los papeles bancarios a no ser que tú le facilites una nueva decisión.
—Nunca pensé que yo fuera a decir algo así, pero espero que lo haga.
Aquella tarde Ben regresó al despacho a las seis y media.
—¿Me llamó alguien?
—Todavía no —dijo Lisa—. ¿Cómo lo llevas?
—Bien. Nervioso, pero bien. Por cierto, por si tenías alguna duda, he consultado el código penal y, efectivamente, aceptar un soborno suele conllevar una sentencia de entre cinco y quince años.
—Estupendo —dijo Lisa con una mueca—. ¿Tienes alguna otra información que…?
En aquel momento sonó el teléfono de Ben. Como Ben no hizo intención de contestar, Lisa le dijo:
—¿A qué esperas? Contesta.
—¿Tú crees…?
—¡Contesta!
Vacilante, Ben descolgó.
—Ben al habla.
—Hola, Ben. Soy Adrian Aleott. —Aun antes de que Alcott se identificara, Ben ya había reconocido la voz del reclutador más insistente de Wayne & Portnoy.
—No es Rick, ¿verdad? —preguntó Lisa.
—No, no tengo esa suerte —susurró Ben tapando el auricular con una mano.
—Bueno, ¿cómo andan las cosas por el tribunal? —le preguntó Alcott.
—Bien. Estamos superocupados.
—Sí, ya lo supongo —dijo Alcott—. Solo quería cerciorarme de que estaba usted bien. La última vez que hablamos, nuestra conversación terminó de modo muy brusco.
—Sí, ya recuerdo y lo lamento —dijo Ben—. Tenía que entregarle urgentemente una cosa al juez Hollis.
—No necesita disculparse —dijo Alcott—. A fin de cuentas, ¿quién es más importante? ¿Yo o un juez del Supremo? —Al no responder Ben, Alcott añadió—: Por cierto, también llamo porque deseaba decirle que dentro de tres semanas el bufete comparecerá ante el tribunal como representante de la parte demandada en el caso Mirsky.
—Espléndido —dijo Ben esforzándose en parecer sorprendido pese a que aquella era la tercera vez que Alcott le daba la noticia.
—Parece que la cosa va a estar difícil —comentó Alcott—. Tras la mayoría que consiguió Osterman en el caso Cooper, en el Supremo nadie ha conseguido ganar un caso relacionado con la Sexta Enmienda.
—Sin comentarios —dijo fríamente Ben—. Ya sabe que no puedo hablar sobre casos pendientes.
—Sí, claro, es verdad. Lo siento. No era mi intención…
—No necesita disculparse. Son las desventajas de trabajar en el Tribunal Supremo.
—Bueno, nosotros no somos el Supremo, pero nos va estupendamente bien, y espero que llegue usted a comprobarlo personalmente. Y, hablando de eso, también llamé para invitarlo a almorzar. Llevamos mucho tiempo sin vernos.
—Por mí, encantado; pero no podrá ser hasta dentro de un par de semanas. En estos momentos estoy agobiado de trabajo y me temo que no sería un comensal muy ameno.
—Como usted prefiera —contestó Alcott—. Atienda a su trabajo. Yo volveré a llamarlo dentro de diez o quince días.
—Me parece muy bien —dijo Ben, que garabateaba una pistola que apuntaba a la cabeza de un hombre vestido con traje de ejecutivo—. Con un poco de suerte, para entonces las cosas estarán más tranquilas.
Cuando Ben colgó el teléfono, Lisa le preguntó:
—¿Wayne & Portnoy?
—Exacto.
—A ver si adivino. Quieren que les des el culo, y te ofrecen otros diez mil dólares por él.
—Solo pretendían invitarme a almorzar —respondió Ben, y añadió otra pistola a su dibujo.
—Bueno, anímate. Deberías alegrarte de que una empresa prestigiosa siga interesada en ti. Te podrían pasar cosas mucho peores.
—Como por ejemplo que un sicópata divulgue ante el mundo mi mayor metedura de pata, ¿no?
—Exacto. Tienes hasta tu propio sicópata personal, fíjate. Bueno, ¿vas a contarles a tus compañeros que Rick te ha enviado una casete?
—No creo. Si lo hago, tendré que mostrarme preocupado toda la noche.
—¿Y no estás preocupado?
—Trato de no estarlo —dijo Ben añadiendo una tercera pistola al dibujo que había hecho de sí mismo—. Con un poco de suerte, todo saldrá como hemos planeado.
Ben caminaba en dirección a su casa disfrutando del silencio que el invierno hacía caer sobre la ciudad. Hacía frío pero no nevaba, y el cielo estaba despejado y lleno de estrellas. Aspirando grandes bocanadas de aire gélido llegó ante la escalinata de la puerta principal y se detuvo. El asunto ya casi ha terminado, se dijo. Metió la llave en la cerradura e hizo girar el tirador.
—¿Dónde diablos te habías metido? —le preguntó Nathan—. Lisa nos dijo que habías salido del tribunal hace una hora.
—Estamos con la mierda hasta el cuello —anunció Ober desde el sofá.
Nathan agitó un pedazo de papel frente al rostro de Ben y anunció:
—Mira, esto es el tiro de gracia para mí. Estoy acabado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ben mientras dejaba su portafolios en el suelo.
—Lee esto —le dijo Nathan tendiéndole el papel.
Ben leyó la nota, que decía:
Estimado señor Bachman:
Desde octubre del año pasado, Nathan Hollister ha estado utilizando
ilegalmente y para su uso personal el siguiente equipo…
Ben echó un rápido vistazo a la lista, que incluía la cámara con teleobjetivo, los micrófonos inalámbricos, e incluso el Prynadolol para la prueba del detector de mentiras. El párrafo final de la carta rezaba:
Aunque no deseo revelar mi identidad, pueden ustedes verificar la certeza de
esta información comprobando los registros de la Oficina de Seguridad. No existe
motivo alguno para que un miembro del Departamento de Planificación política
tenga acceso a tal equipo. Espero que investiguen ustedes a fondo este asunto.
Envío copia de esta carta a sus supervisores, así como a la Secretaría de Estado.
—Mierda —dijo Ben mirando a su amigo—. Supongo que el señor Bachman es tu jefe, ¿no?
—Es el consejero general —contestó Nathan—. Lo cual significa que de esta carta de Rick quedó constancia en los registros de correspondencia de Bachman. Y eso a su vez significa que Rick puede conseguir pruebas de que la carta fue recibida.
—O sea, que a Bachman no le quedará más remedio que iniciar una investigación.
—Exacto. Si Bachman no investiga se expone a tener un disgusto, ya que queda constancia de que la carta llegó a su departamento. Parecería que ha querido desentenderse del asunto y él no estará dispuesto a que eso ocurra. Rick sabía lo que hacía cuando envió esa carta.
—¿Cuándo la recibiste? —preguntó Ben.
—Llegó hoy en el correo —respondió acusadoramente Nathan—. Una para mí, otra para Ober y otra para Eric.
—Mierda —masculló Ben devolviéndole la carta a Nathan.
—En cuanto recibí la carta te llamé —dijo Ober, con su propia carta entre las manos—. Cuando me dijeron que habías salido, llamé a Nathan y a Eric y les pedí que vinieran a casa cuanto antes.
—¿Envió Rick algo más, aparte de las cartas? —les preguntó Ben. Le aterraba le hecho de que sus amigos estuvieran, no solo seriamente implicados, sino también en gravísimos problemas.
—Nada —respondió Nathan—. Ni instrucciones ni explicaciones. Solo la carta. Ni siquiera está claro si se la envió a Bachman o no.
—¿Qué te dice a ti? —le preguntó Ben a Ober.
—Soy hombre muerto —dijo Ober, y le pasó a Ben la hoja de papel—. La mía está dirigida a mi directora de personal. Dice que yo escribí la amenaza de muerte contra el senador Stevens. Y también dice que lo hice para conseguir un ascenso.
—Y así fue —dijo Nathan, indignado. Miró a Ben y continuó—: Más vale que hagas algo, porque esto se te está escapando de las manos.
—¿Y qué quieres que haga? —le preguntó Ben, al tiempo que sentía que la habitación comenzaba a dar vueltas a su alrededor—. Yo también he recibido mi propia carta, acompañada de una casete y unos papeles bancarios. —Ben se sentó en el sofá y se secó la frente con la manga de la camisa—. Pero no hay motivo para suponer que alguien más ha recibido copias de esos mensajes. ¿Qué dice la carta de Eric?
—La de Eric está dirigida al New York Times —explicó Nathan—, pero estoy seguro de que Rick tiene intención de enviarla a todos los periódicos nacionales.
—¿Qué dice la carta? —preguntó Ben llevándose las manos a la cabeza.
—En ella se explica la historia de principio a fin. Cuenta que tú filtraste la información referente a la CMI, y te nombra como fuente de Eric para el primer artículo. No parece que tenga un efecto demasiado devastador sobre la carrera de Eric.
—Pero demuestra que Eric mintió a sus jefes cuando les dijo que no sabía nada —interrumpió Ben—. ¿Está Eric al corriente de lo que pasa?
—Cuando lo llamé había salido a cubrir una noticia —dijo Ober—. Volverá pronto.
Nathan dejó que Ben dispusiera de unos momentos de silencio para procesar la información y luego dijo:
—Supongo que, después de esto, acudirás al fin a las autoridades.
—¿Cómo? —preguntó Ben alzando la vista hacia su compañero.
—Digo que supongo que ahora te entregarás —repitió Nathan.
—No —contestó fríamente Ben—. No pienso hacerlo.
—Ben, no te enfades conmigo —dijo Nathan—. ¿Qué otra cosa puedes hacer?
—Podemos esperar a ver qué hace Rick a continuación. Seguro que todavía no ha enviado esas cartas a sus destinatarios. Si deseara que nos despidieran a todos nosotros, lo habría conseguido hace meses.
—¿Quién te has creído que eres? —le dijo Nathan—. Ya no se trata solo de tu vida, sino también de la mía, de la de Ober y de la de Eric.
—Aunque yo acuda a las autoridades, Rick seguirá pudiendo enviar esas cartas — dijo Ben—. Lo cual significa que, haga yo lo que haga, vosotros seguiréis estando implicados.
—Pero si tú le dices a la policía que eres el responsable de todo y cooperas con ellos, nosotros tendremos más posibilidades de salir bien librados.
Antes de que Ben tuviera oportunidad de responder, se abrió la puerta principal y entró Eric. Miró a su alrededor y preguntó.
—¿Qué pasa? ¿Quién se ha muerto?
—Hoy hemos recibido correspondencia —le dijo Nathan, y él y Ober le entregaron las cartas.
Cuando hubo leído las tres misivas, Eric preguntó:
—¿Qué vamos a hacer?
—Nosotros no tenemos que hacer nada —dijo Nathan—. Esto es cosa de Ben.
—Nathan piensa que debo entregarme y hacer frente a mi castigo —dijo Ben.
—Ni hablar —dijo Eric—. Te despedirían en un abrir y cerrar de ojos.
—No solo me despedirían —interrumpió Ben—. Si salen a relucir los papeles bancarios, iré a la cárcel.
—En ese caso, tal vez deberías correr el riesgo de tratar de detener a Rick —dijo Eric despojándose al fin de su abrigo.
—No nos vengas con machadas —intervino Nathan—. Tú eres el que menos puede perder.
—¿Y eso quién te lo ha dicho? —le preguntó Eric.
—Si Rick envía tu carta, lo más probable es que te feliciten por tu astucia — señaló Nathan—. Lo cual significa que si Ben confiesa, tú saldrás beneficiado.
—Qué disparate —dijo Eric negando con la cabeza—. ¿De veras crees que soy tan mierda?
—No sería la primera vez que antepusieras el egoísmo a la amistad.
—Que te jodan —dijo Eric.
Ben miró a Ober y le dijo:
—Estás muy callado. ¿Qué piensas?
—Creo que estoy con Nathan —respondió Ober—. Lo siento.
—Es absurdo… —comenzó Eric.
—Lo que es absurdo es pelearse —lo interrumpió Ben, que tenía la esperanza de acabar con la discusión—. No puedo hacer nada hasta que tenga noticias de Rick.
—Pero…
—Lo lamento, pero esa es mi decisión de momento —dijo Ben—. Lo único que puedo decir es que confiéis en mí. Jamás se me ocurriría hacer nada que os perjudicara.
—¿Se te ha ocurrido algún plan? —le preguntó recelosamente Nathan—. Porque si ocurre lo mismo que con lo del caso Grinnell…
—No hay ningún plan —lo interrumpió Ben—. Pero quiero que tengáis la certeza de que jamás se me ocurriría hacer nada que fuera en detrimento vuestro. Os lo juro.
—Estupendo —dijo Nathan. Cogió su abrigo del armario y se dirigió hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —le preguntó Ben.
—A la calle —contestó—. Estoy hambriento y quiero cenar.
Una vez la puerta se hubo cerrado, Ober se volvió hacia Ben.
—Ben, creo que estás perdiendo la perspectiva. Más vale que hables con él cuando regrese.
—Pero si lo haces, ojo con lo que dices —apuntó Eric.
—¿Y eso qué demonios significa? —preguntó Ober.
—Significa que, en el lugar de Ben, yo no me fiaría de nadie.
—¿O sea que sigues sospechando de Nathan?
—En absoluto —dijo Eric—. Pero pienso que un buen amigo se habría mostrado más dispuesto a ayudar a Ben.
—A veces te portas como un auténtico capullo —le dijo Ober levantándose del sofá—. Tú eres el menos indicado para hablar de lo que haría un buen amigo. — Antes de que Eric pudiera responder, Ober iba ya por mitad de la escalera.
—Déjalo en paz —dijo Ben, y cogió su abrigo del armario.
—¿Adónde vas? —le preguntó Eric.
—Necesito un poco de aire —contestó Ben, antes de cerrar la puerta a su espalda.
Mientras se alejaba de la casa, Ben no dejaba de mirar por encima del hombro. Contemplando con recelo a todas las personas con las que se cruzaba, se preguntó dónde estarían los agentes de DeRosa, en el caso de que estuvieran en algún sitio. Cuando llegó a la zona comercial de su vecindario, Ben se metió en Jumbo, el mejor restaurante de comida rápida. Se sentó a la barra y pidió uno de los especiales del día. Luego se dirigió al teléfono público, situado en la parte posterior del local. Insertó unas monedas y marcó el número de Lisa.
—Vamos, contesta… contesta.
Mientras sonaba el teléfono, Ben pensó en todo lo que quería decirle a Lisa: lo mucho que le habían asustado las nuevas cartas de Rick; lo mucho que le molestaba tener que mentir a sus amigos y lo mucho que le preocupaba la seguridad de los tres muchachos; lo mucho que necesitaba hablar con alguien de confianza. Pero al final oyó el contestador y comprendió que Lisa no estaba en casa y que él no podía desahogarse con nadie.
Ben colgó el teléfono y escrutó a los clientes del restaurante. Echó mano al bolsillo posterior y sacó el número telefónico que DeRosa había incluido en su nota. Quizá debería llamar, se dijo, levantando de nuevo el auricular. No, aún no ha sucedido nada terrible. El plan aún puede dar resultado. Inquieto pero cauteloso, Ben se apartó del teléfono y volvió al mostrador. Pero si algo más sale mal, apretaré el botón de emergencia, se dijo.