El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 12 de 21

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El décimo juez

Capítulo 11

—Bueno, ¿qué? —preguntó Ben.

—¿Qué, de qué? —preguntó Lisa, tumbada junto a él.

—¿Qué te ha parecido?

—¿El qué? —dijo Lisa sonriendo.

—El hecho de que tus ropas estén tiradas por el suelo de mi habitación, ¿qué va a ser?

—Bien —dijo Lisa—. Estupendo.

Ben se sentó en la cama y negó con la cabeza.

—No me vengas con esas, hermana. No vas a volverme loco con adjetivaciones vagas.

—¿Qué quieres que diga? —preguntó ella—. Fue fenomenal. Lo mejor del mundo. Tú fuiste el pintor y yo fui tu lienzo.

—Eres insoportable, no sé si lo sabías.

—Hace media hora no te quejabas.

—No creas que me ha parecido tan maravilloso.

—Lo que digas —dijo Lisa al tiempo que contemplaba las ropas repartidas por el suelo. Señalando hacia un rincón, preguntó—: Por cierto, ¿no son esos tus calzoncillos de la suerte?

—La suerte no ha tenido nada que ver con esto.

—No me digas que estás molesto —comentó Lisa, y le pasó los dedos por la barbilla.

—Esto ha sido una tontería —dijo Ben apartándose de ella y recostándose contra el cabecero de la cama—. No debí darte la satisfacción. Ahora todo serán bromitas sexuales.

—Pues claro que te voy a gastar bromas sexuales —dijo Lisa—. Yo soy así. ¿Creías acaso que íbamos a hacernos novios? ¿Que nos convertiríamos en los amantes del Supremo? Esto no ha sido más que un rato de diversión. Desde que nos conocimos tenía ganas de llevarte al catre.

—Cuentos.

Lisa lo agarró por la nuca y lo atrajo hacia ella.

—Lo digo de veras.

—Pero ahora se acabó el misterio.

—Escucha, cuando quieras, lo repetimos. Lo pasé divinamente.

—No, no vamos a repetirlo. Una vez y no más —dijo Ben apartándose de ella—. Ahora nos sentiremos incómodos en el trabajo. Y cada vez que te mire, te imaginaré desnuda.

—Gran drama. Soy una adulta. Puedo soportarlo. Además, cuando quiera que lo repitamos, me bastará chasquear los dedos para conseguirte, muñeco.

—No conoces mi fuerza de voluntad. Créeme: una vez y no más, santo Tomás.

—Lo que digas, cariño —dijo Lisa, y se dio la vuelta y se cubrió con las sábanas hasta la barbilla.

 

El domingo a primera hora de la mañana, los Addison acompañaron a Ben y a Lisa al aeropuerto. Mientras Ben sacaba el equipaje del maletero, Lisa abrazó a la madre de Ben.

—Gracias de nuevo por la invitación —dijo Lisa.

—Ha sido un placer —dijo la madre de Ben—. Nos alegramos de haber tenido al fin la oportunidad de conocerte.

—Hasta la vista, mamá —dijo Ben abrazando a su madre. Al advertir las lágrimas que llenaban los ojos de la mujer, añadió—: No llores. Volveremos a vernos muy pronto.

—No te preocupes por mí —dijo su madre encajando las mandíbulas—. Que tengáis buen viaje.

Tras facturar las maletas, Ben y Lisa se dirigieron a la puerta de embarque.

—¿Sigues sin noticias de Ober y Nathan? —preguntó Lisa.

—No he sabido nada de ellos. Ni los he visto ni me han telefoneado. Decididamente, algo traman.

Nathan, Ober y Eric estaban esperándolos en la puerta de embarque. Ben se acercó con paso inseguro a sus compañeros.

—¿Qué tal fin de semana pasasteis?

—Estupendo —dijo Nathan.

—Fantástico —dijo Eric.

—Superior —dijo Ober—. ¿Y a ti cómo te fue?

—Bien —dijo recelosamente Ben. Recorrió el aeropuerto con una mirada circular y se encaró de nuevo con sus amigos—. Bueno, soltadlo ya. Decid todo lo que se os ocurra, pero que sea rápido. Ya no aguanto el suspense.

—¿Qué es lo que tenemos que decir? —preguntó Ober.

—No sé de que hablas —dijo Nathan, imperturbable.

—No me vengáis con esas —dijo Ben—. ¿Qué tramáis? ¿Va a aparecer un grupo de gente tirándonos arroz? ¿Llegará una banda interpretando la marcha nupcial? ¿Qué va a pasar?

—No va a pasar nada —dijo Nathan.

—¿Por qué se pone así? —le preguntó Ober a Nathan.

—No tengo ni idea —contestó Nathan—. A mí me parece un caso típico de paranoia.

 

Tras dejar a Lisa frente a su casa, los cuatro compañeros regresaron a su domicilio. Ober, que fue el primero en llegar a la puerta, sacó del buzón un montón de correspondencia, entró en la casa y colocó las cartas sobre la mesa de la cocina. Tras dejar su bolsa junto al armario, Eric volvió a la puerta.

—Luego os veo —dijo—. Tengo que pasarme por el periódico.

En cuanto se cerró la puerta, Ober tomó a Ben por los hombros.

—¿Bueno, qué tal es Lisa en la cama? Seguro que es una tigresa.

—Pensabas que era lesbiana —le dijo Ben.

—Yo nunca dije eso —dijo Ober—. Dije que era bisexual.

—Claro que lo dijiste.

Nathan se sentó en el sofá.

—No comprendo que lo hicieras, Ben. ¿En qué estabas pensando?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ben.

—Pensaba que habíamos llegado al acuerdo de que después del día de Acción de Gracias averiguaríamos si Lisa era realmente de fiar —dijo Nathan.

Ben, que se encontraba en el centro de la habitación, aún no había tenido tiempo de quitarse la chaqueta.

—No empieces con eso. Confío en Lisa.

—Bueno, no te lo tomes a mal, pero espero que no estés permitiendo que un buen polvo te nuble el buen juicio.

—Pues mira, resulta que sí me lo tomo a mal. En este fin de semana he aprendido mucho sobre Lisa, y es imposible que ella esté ayudando a Rick a joderme.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó retadoramente Nathan—. ¿Qué cosa nueva has sabido que te haya convencido de ello? ¿Crees que solo por haberte acostado con Lisa la conoces mejor?

—No me refiero al conocimiento sexual, sino al conocimiento personal.

—Ben, la única diferencia entre ahora y la semana pasada, es que ahora sabes qué pinta tiene Lisa desnuda.

—Eso no es cierto —dijo Ben—. Tú no sabes lo que ha pasado entre nosotros durante el fin de semana.

—Deja de hablar del fin de semana y escucha lo que te digo —dijo Nathan levantándose del sofá—. Para ser tan listo, te estás portando como un perfecto estúpido. Si mi teoría es cierta, Lisa está haciendo justo lo que debe hacer. ¡Date cuenta! ¡Está jugando con tus dos cabezas!

En la habitación se hizo el silencio. Ben fue hasta la mesa y examinó el montón de correspondencia. Retiró sus cartas y dijo:

—Al menos, a Lisa le preocupan mis problemas.

—¿Y con eso qué nos quieres decir? —le preguntó Nathan.

—Quiero decir que se pasó el fin de semana hablando conmigo del asunto de Rick. Lo único que hicisteis vosotros fue desperdiciar vuestras energías en estúpidas bromas.

—Te estás pasando —dijo Nathan—. Te consta que nos hemos interesado muchísimo por este asunto. Tanto Ober como yo hemos arriesgado nuestros empleos tratando de atrapar a Rick. Y lo de publicar el anuncio de vuestro compromiso fue el mejor modo de animarte que se nos ocurrió. Además, el hecho de que Lisa hable tanto contigo solo se debe a que quiere enterarse de todo lo que sabes.

—Estás diciendo tonterías —dijo Ben encaminándose hacia la escalera.

—Cabreándote y yéndote no arreglas nada —le dijo Nathan—. Vuelve aquí y hazle frente al problema.

Sin hacer caso de su amigo, Ben siguió hacia su habitación.

—Deberías haber supuesto que Ben se iba a poner a la defensiva —dijo Ober en cuanto Ben se hubo perdido de vista.

—Claro que lo supuse —dijo Nathan—. Pero qué se le va a hacer. Trato de ayudarlo.

—Ya sé cuál era tu intención —dijo Ober—, pero quizá deberías haber tenido más tacto.

—¿Tú me dices a mí que tenga más tacto? —Rio Nathan.

—Hablo en serio. A Ben todo esto lo tiene muy asustado.

—Claro que está asustado. Yo mismo lo dije antes del día de Acción de Gracias: el sexo siempre altera la capacidad de raciocinio. Pero ya es hora de que Ben despierte. Ya se divirtió y ahora debe hacer frente a la realidad: Lisa no es de fiar.

 

—¿Qué tal el viaje? —preguntó Rick, hablando por su teléfono móvil, mientras aguardaba la aparición de su equipaje ante la cinta transportadora del aeropuerto.

—¿Era necesario que nos siguieras hasta Boston?

—Claro. Tenía que vigilar mi inversión —explicó Rick.

—Bueno, espero que estés satisfecho con los resultados. Lo volviste completamente loco.

—Lo del coche de su padre lo dejó desconcertado, ¿no?

—Desconcertado es poco. Ben ya no sabe en quién confiar.

—¿Sospecha de ti?

—No creo, pero las cosas con él resultan ahora mucho más difíciles. En todo el viaje de regreso, apenas abrió la boca.

Rick sonrió y se pasó el teléfono a la otra oreja.

—Eso es lo que sucede cuando uno sabe que lleva las de perder. Empieza uno a desquitarse con las personas que tiene más cerca.

 

Al llegar a su cuarto, Ben dejó la correspondencia sobre el escritorio y se dejó caer en el sillón. Tamborileando inquietamente con los pulgares sobre el tablero de la mesa, trató de convencerse de que el judas no podía ser Lisa. Ahí están los hechos. Con todo lo que la conoces, ¿qué posibilidades hay de que Lisa sea una especie de doble agente? No. Imposible. Ni hablar.

Mientras repasaba mentalmente los detalles de todo lo ocurrido, dividió el gran montón de correspondencia en tres pilas más pequeñas: una de facturas, otra de correspondencia basura y otra de cartas personales. Se fijó en una carta publicitaria dirigida a Benjamin N. Addison, y comprendió que la revista Newsweek había vendido su nombre. Cogió otra dirigida a Benjamin L. Addison, y supo que el Legal Times también se había embolsado un buen dinero. Al ver un sobre dirigido a Benjamin T. Addison, frunció el ceño, molesto por el hecho de que los de su tarjeta de crédito también lo hubieran hecho. Les había dicho específicamente que no deseaba que lo hicieran. Tomó nota mental de llamar a la compañía y cogió el sobre de arriba del montón de correspondencia personal. Advirtió con sorpresa que la carta no llevaba ni remite ni sello y, por tanto, tampoco matasellos.

Ben deslizó el pulgar bajo la solapa del sobre, lo abrió, y sacó una breve nota mecanografiada:

Querido Ben: Espero que disfrutases del día de Acción de Gracias. Ten por

seguro de que me enteraré de todo lo que hiciste. Sinceramente, Rick.

Ben releyó la carta con el corazón crecientemente acelerado. Se separó del escritorio y salió de la habitación. Bajó corriendo la escalera y entró en la sala en el momento en que Nathan colgaba el teléfono.

—¿Con quién hablabas? —le preguntó Ben.

—Con mi madre —respondió Nathan—. La llamé para decirle que habíamos llegado bien.

—Trajeron esto mientras estábamos fuera —dijo Ben tendiéndole a Nathan la carta—. En el sobre no había sello.

Mientras Nathan leía la nota, Ober regresó del baño.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Sin decir nada, Nathan le entregó la carta a Ober, que la leyó rápidamente.

—¿Puedo preguntarte algo en tu despacho? —preguntó Ben a Nathan a la vez que le indicaba a él y a Ober que fueran hacia la puerta principal.

Los tres amigos salieron a la calle y se montaron en el coche de Nathan.

—¿Cuándo recibiste eso? —le preguntó Nathan a Ben cerrando la portezuela del coche.

—Ahora mismo —dijo nerviosamente Ben—. ¿Qué os parece lo que dice al final? Lo de que se enterará de todo lo que hice el día de Acción de Gracias.

—Lo que yo pienso ya lo sabes —dijo Nathan—. Si eso no va por Lisa, ¿por quién va?

—Ya, ya… —dijo Ben—. Pero si Lisa fuera su cómplice, ¿crees que él iba a ponerla en evidencia?

—Lo que en estos momentos creo es que Rick quiere jugar con nosotros —opinó Nathan—. Si de veras actúa con la complicidad de Lisa, se lo está pasando en grande. Y, si no, está consiguiendo que al menos desconfiemos de la chica. De un modo u otro, ese tipo juega con nuestros temores y sin duda pretende que nos volvamos locos. Es evidente que sabe lo mucho que Lisa te importa.

—Mierda —dijo Ben, y se desmoronó en su asiento.

—¿Puedo preguntar una cosa? —dijo Ober echándose hacia adelante en el asiento trasero. Sin esperar respuesta, preguntó—: ¿Por qué estamos en el coche?

Nathan meneó la cabeza.

—¿Por qué crees, tarado? Si Rick vino a dejar la carta y sabía que nos encontrábamos fuera, lo más probable es que se diera un paseíto por la casa.

—¿Tú crees? —preguntó Ober.

—Pues claro —dijo Ben—. Le interesaba averiguar qué cantidad de información teníamos sobre él. Disponía de tiempo de sobra para instalar micrófonos. Pudo hacer lo que le dio la gana. Yo no me atrevería a volver a hablar en esa casa.

—¿Qué quieres que hagamos ahora? —le preguntó Nathan a Ben.

—Lo principal sigue siendo identificar a Rick. Si conseguimos una foto suya y la contrastamos en los archivos del Departamento de Estado, seguro que conseguimos atraparlo.

—Evidentemente, Rick anticipó que era nuestra intención fotografiarlo —dijo Nathan.

—Exacto —dijo Ben—. Así que yo en su lugar no me arriesgaría a acudir a otra cita con nosotros hasta que vayamos a entregarle la decisión. Lo cual significa que tendremos que utilizar un método menos convencional para dar con él. — Enderezándose en el asiento, Ben continuó—: Lo que en resumidas cuentas sabemos a ciencia cierta sobre Rick es que tiene entre veintiocho y treinta y ocho años, es listo y sabe lo que se hace. Además, creo que Rick, si es que de veras se llama así, tiene que ser abogado. Sus conocimientos de derecho son excesivos para un lego.

—¿Y cuando os inscribís en el Colegio de Abogados no os toman fotos? — preguntó Nathan.

—En eso justamente estaba yo pensando —dijo Ben—. Si analizamos todo lo que sabemos sobre él, encontraremos algún lugar en el que aparezca su foto. Y si encontramos la foto, nos será posible identificarlo.

—¿Qué piensas de lo del Colegio de Abogados?

—Hay estados en los que no exigen foto —dijo Ben—. Y no estoy seguro de que el Colegio de Abogados estuviera dispuesto a darnos la información.

—¿Y la foto del carnet de conducir? —preguntó Ober.

—Eso es un campo demasiado amplio —dijo Ben—. Aunque supiéramos de qué estado procede Rick, habría que mirar un número de fotos excesivo.

Dentro del automóvil estacionado, los tres amigos comenzaron a combatir el frío frotándose las manos.

—Estaba pensando —siguió Ben—, que si Rick es abogado, tuvo que asistir a alguna Facultad de Derecho. Por lo tanto, su foto debe de aparecer en algún anuario de facultad de hace entre diez y quince años. Como en todo el país hay unas cien facultades de derecho, eso sería mucho buscar, pero se me ocurre que podemos limitar nuestra investigación a las diez o doce escuelas de leyes más importantes: Yale, Harvard, Stanford, Columbia, y así. Rick es un esnob. Seguro que fue a una de las mejores universidades.

—Sigue siendo todo un montón de fotos por mirar —dijo Ober.

—No tanto —afirmó Ben—. Si nos centramos en las doce facultades principales y miramos solo en los últimos quince años, eso no son más que ciento ochenta anuarios. Y el promedio de alumnos por promoción es de cuatrocientos, así que la cifra es alta, pero no astronómica.

—Estamos hablando de setenta y dos mil fotos —dijo Nathan pegando con las muñecas contra el volante.

—En realidad, solo es la mitad de esa cifra —dijo Ben—. A las mujeres no tenemos que mirarlas.

—¿Se puede saber por qué hablas en plural? —preguntó Ober—. Tú eres el único que puede reconocer a Rick.

—Bueno, pues me hartaré de ver fotos —dijo Ben—. ¿Se te ocurre algo mejor? Si encuentro una foto suya, conseguiremos todo lo que necesitamos.

—¿Estás seguro de que puedes conseguir todos esos anuarios viejos? —preguntó Nathan.

—Pues claro —contestó Ben—. Si llamo a una facultad y digo que un juez del Tribunal Supremo desea consultarlos, tendremos los anuarios en nuestro poder antes de una semana. En las facultades de derecho, los jueces son como dioses que caminan entre los hombres.

—Entonces, parece que eso es lo mejor que podemos hacer. —Nathan se apoyó en el volante y añadió—: Ahora dime qué piensas acerca de Lisa.

Ben miró fijamente la carta que tenía entre las manos.

—Sigo sin creer que tengas razón, pero a estas alturas no quiero correr riegos. Confío en ella, pero estoy dispuesto a excluirla de nuestros planes.

—No te pido más —dijo Nathan—. Cuanta menos gente ande metida en el ajo, mejor.

 

El lunes a primera hora, Ben regresó al tribunal vestido con su traje azul favorito, una camisa recién almidonada y su abrigo de lana negro. Aunque estaba menos descansado de lo que había esperado encontrarse, le aliviaba que la festividad hubiera pasado. Sin embargo, en cuanto en la distancia apareció el enorme edificio de mármol, Ben volvió a sentirse nervioso. El tribunal se había convertido en una constante pesadilla, y lo mismo sucedía con los problemas de Ben. Llegó hasta su despacho y se detuvo antes de abrir la puerta. Muy bien, se dijo, ahora lo que tienes que hacer es andarte con tiento con Lisa. Nada ha cambiado, seguís siendo amigos, pero no puedes hablarle de tus planes respecto a Rick. Temeroso de que su rostro reflejase la tensión, Ben cerró los ojos e imaginó a Lisa desnuda. Bien, estoy calmado, pensó al tiempo que abría la puerta. Soy una roca. Soy inconmovible. Entró en el despacho y no le sorprendió ver que Lisa, como siempre, había llegado antes que él.

—¿A qué viene esa sonrisa de bobo? —le preguntó Lisa cuando Ben se sentó en el sofá del despacho.

—¿Qué pasa? ¿No puedo sentirme contento por regresar al trabajo?

—No me vengas con esas —dijo Lisa—. Esa expresión ya la conozco. Aún estás pensando en lo que ocurrió durante el fin de semana, ¿verdad?

—Lisa, aunque a ti te guste pensar que eres el centro de mi universo, lamento comunicarte que no es así. Además, la expresión a la que aludes era de sobria tranquilidad, mientras que esta es de satisfacción por el regreso.

—Esa no es una sonrisa de satisfacción por el regreso —dijo ella—. Es una sonrisa de estreñimiento.

—El estreñimiento y el sexo contigo son similares —dijo Ben, impertérrito.

—Buena respuesta —dijo Lisa—. Facilona, pero eficaz. —Se apoyó en el respaldo de su silla—. Por cierto, ¿desde cuándo te tomas con esa calma nuestra relación sexual? Pensé que ni siquiera querrías mencionar el tema.

—He decidido tomarme ese asunto con filosofía. En tanto no interfiera en nuestro trabajo, todo irá bien.

—Si tú te sientes a gusto, yo me siento a gusto —dijo ella—. Bueno, cuéntame cómo va todo. ¿Has pensado ya qué vas a hacer con Rick?

—Pues no, la verdad es que no —dijo Ben yendo hacia su escritorio—. He pensado más en la decisión del caso Grinnell que en Rick.

—Estupendo. —Lisa cogió un cuaderno legal y fue con él al escritorio de Ben—. Yo he estado pensando en los distintos modos de enfocar la decisión minoritaria disidente. —Dejó el cuaderno lleno de anotaciones frente a Ben y se explicó—: Como Veidt no se pasó con armas y bagaje al bando de Osterman, creo que realmente es posible limitar la decisión a los hechos de referencia. Ellos dirán que sobre Grinnell recae una parte desproporcionada de la carga, pero nosotros podemos añadir que eso es aplicable solo a casos extraordinarios en los que estén implicados ciertos monumentos históricos. De este modo, lo que…

—Bla, bla, bla —dijo Ben tratando de callar a Lisa—. Tranquilízate un momento. Lo primero que hay que saber es para cuándo quiere Hollis la decisión.

—Recibí una nota suya en la que decía que quiere que el primer borrador lo tengamos acabado antes de diez días, y que el asunto esté listo para antes de Navidad. Piensan hacer pública la decisión antes de Año Nuevo.

—Según eso, tenemos tres semanas para realizar el trabajo —dijo Ben—, suponiendo que Hollis quiera como siempre disponer de una semana extra para mostrar la decisión a los otros jueces.

—Muy bien —dijo Lisa—. Pongámonos manos a la obra.

—Yo me pondré manos a la obra —dijo Ben cogiendo su propio cuaderno legal —. Aunque, si de pronto a ti te ha dado la ventolera de redactar el primer borrador, por mí encantado.

—Bueno, no me vengas con sarcasmos. Lamento que pienses que, por hacerte algunas sugerencias, me estoy metiendo en tu terreno.

—Lo único que digo es que, desde que trabajamos juntos, he sido yo el encargado de plantear la línea de ataque. Luego tú detectas los fallos y pones los parches. Y en estos momentos no me siento capaz de trazar la línea de ataque del caso Grinnell. Antes de poner nada sobre el papel, necesito pasarme al menos dos días en la biblioteca, investigando los antecedentes y la jurisprudencia aplicable a este caso. Lamento que estés tan ansiosa por ponerte a redactar la opinión así, por las buenas, pero no es ese el modo de hacer un buen trabajo. Esto no es un debate del instituto.

—Bueno, no nos peleemos. ¿Podemos hablar ya de la opinión?

—¿Qué pasa? ¿No me escuchas? —preguntó Ben—. Acabo de decirte que no quiero hacerlo.

—Bueno, pues yo sí —dijo Lisa.

—¿Por qué? Hasta ahora nunca lo hemos hecho así. ¿Por qué te tomas esto tan a pecho? No es más que una opinión como tantas.

—Ya, pero esta es la primera decisión que escribimos en la que tú piensas que la otra parte tiene razón —dijo Lisa.

—¿Y eso, qué? —preguntó Ben alzando una ceja—. ¿Crees de veras que voy a redactar una decisión minoritaria débil solo por darme esa satisfacción personal?

—Yo no he dicho…

—No hace falta que lo digas. Lo veo en tu cara. Me crees capaz de algo así, ¿verdad?

—Tú no sabes lo que pienso —dijo Lisa regresando a su escritorio—. Ocurre simplemente que me tomo muy en serio esta decisión, así que desearía que la redactáramos con especial cuidado.

—No me mientas, porque…

—¡No me amenaces, Ben! —La joven tiró su cuaderno legal sobre el escritorio —. Aunque si quieres ponerte en plan ordeno y mando, adelante. Por mí, encantada.

 

Aquella misma semana, Ben acudió a Buzones y Cosas para mirar su apartado de correos. Le alivió ver que las facturas telefónicas de Rick habían llegado al fin. Cuando le dio la vuelta al sobre para abrirlo, reparó en una pequeña nota escrita al dorso:

«Espero que te sirvan de ayuda. Rick».

—Mierda —masculló Ben.

Rasgó el sobre y sacó las copias de las facturas de Rick. Tras echarles un vistazo, volvió a guardarlas en el sobre y regresó al tribunal. Aliviado por encontrar el despacho vacío, descolgó el teléfono y marcó el número del trabajo de Nathan.

—Oficina de administración —respondió Nathan.

—Acabo de recibir las facturas de teléfono de Rick.

—Han tardado bastante en mandarlas —dijo Nathan—. ¿Qué tal? ¿Dicen algo importante?

—No, claro que no —dijo Ben hojeando el pequeño fajo de facturas—. Son exactamente como pensábamos. Rick debe de haber usado un móvil para todas sus llamadas personales, porque las únicas que figuran en las facturas son al número de mi casa, al número de mi trabajo y al servicio de información.

—Es un tipo decididamente organizado —admitió Nathan.

—¿Sabes lo que te digo? —preguntó Ben dejando las facturas sobre el escritorio —. Me temo que nunca lograremos dar con él.

—No digas eso. Por listo que sea, no lo puede ser tanto.

—Eso pensaba yo, pero creo que sí, es listísimo.

—No te desmoralices. Pediste los anuarios, ¿no?

—Sí, ayer. Estarán aquí la semana que viene como muy tarde, lo cual… —En aquel momento, Lisa entró en el despacho. Ben cogió las facturas de teléfono y las guardó en el cajón de su escritorio—. No, y yo te doy la razón —le dijo a Nathan—. A Ober le sienta como un tiro que nos olvidemos de su cumpleaños.

—¿Acaba de entrar Lisa? —preguntó Nathan.

—Pues sí, claro que sí —dijo Ben—. Por eso debemos hacer ver que este año nos hemos olvidado.

—No le digas a ella ni una palabra.

Ben miró a Lisa y dijo:

—Nathan te manda un saludo.

—Dile hola de mi parte —dijo Lisa.

—Lisa te dice hola —retransmitió Ben—. Y ahora me tengo que ir. La ley y la justicia me llaman. —Colgó el teléfono y se volvió hacia Lisa—. ¿Cómo va todo?

—Normal —dijo Lisa—. ¿Estáis haciendo planes para el cumpleaños de Ober?

—Sí. Cuando nos olvidamos de la fecha, se cabrea, así que haremos ver que nos hemos olvidado. Luego nos lo llevaremos a cenar o algo así.

—Felicítalo de mi parte.

—Lo haré —dijo Ben jugueteando con unos clips.

—¿Has oído lo de la nominación? —Lisa había ido hasta el escritorio de Ben y se apoyó en él—. Se rumorea que Kuttler será el candidato del presidente.

—¿Y eso quién lo dice? —preguntó Ben.

—Lo dice Joel, que lo oyó directamente de labios de Osterman. Por lo visto, el presidente llamó a Osterman por cortesía. La cosa se anunciará mañana.

—Si es cierto, es una pena. Kuttler no vale gran cosa.

—¿Por qué? ¿Porque no es un genio legal como tú?

—No hace falta que sea un genio, basta con que no sea un mediocre.

—Vamos. Kuttler no es ningún idiota.

—Claro que no es un idiota. Pero no tiene nada especial. Es normalito. Insignificante. Anodino…

—Capto la idea.

—Ya sabes a qué me refiero. Evidentemente, el tipo es brillante, pero creo que los jueces del Tribunal Supremo deben ser los mejores de los mejores. Deberían ser los expertos legales más avanzados de su época.

—Bueno, pues bien venido a la realidad, porque el proceso político dice lo contrario. A no ser que sea confirmable, la puntuación que sacases en el test de inteligencia es irrelevante. —Lisa se apartó del escritorio de Ben y volvió al suyo—. ¿Qué tripa se te ha roto últimamente? No haces más que quejarte.

—Estoy teniendo un mal día.

—Bueno, pues no lo pagues conmigo. Yo no tengo la culpa.

 

A primera hora de la mañana siguiente, Ben bajó a la cocina a tomarse un desayuno rápido. En cuanto le vio, Nathan dijo:

—¿Has visto el periódico de hoy?

—No —dijo Ben sirviéndose un tazón de cereales—. ¿Qué pasó? ¿Ha escrito Eric algo más sobre mí?

—Casi —dijo Nathan.

Y le tendió a su compañero la primera plana del periódico, cuyo principal titular decía: Kuttler aprobado. El presidente escoge al candidato. El artículo estaba firmado por Eric.

—¿Y cómo se ha enterado Eric de esto? —preguntó Ben.

—No es nada del otro mundo —dijo Nathan, indiferente—. Todos los periódicos dan la noticia. Aparentemente, la información se filtró anoche.

Cuando Ben vio un titular parecido en el Washington Post lanzó un suspiro de alivio.

—Me impresiona que le encargaran a Eric cubrir una noticia tan importante — dijo Nathan.

—Recuerda que se trata del Tribunal Supremo, y esa es la especialidad de Eric — dijo Ben.

—No te metas tanto con el chico. El pobre lleva un mes tratando de hacerse perdonar.

—Nathan, esto no es ninguna broma. Sigo cabreado con Eric, y mi ultimátum continúa en pie. Si él sigue en la casa en Año Nuevo, el que se marchará seré yo. De un modo u otro, uno de los dos se larga de aquí.

—¿Y quién pagará su parte del alquiler?

—O encontramos un nuevo inquilino, o yo mismo la pagaré.

—¿Serías capaz de pagar el doble de alquiler con tal de no verlo? ¿Estás seguro de que esa es la mejor solución?

—¿Qué quieres que haga? ¿Que le dé un gran abrazo y le diga que todo está perdonado? Pues no, eso no va a ocurrir. Si se tratara de una simple disputa entre amigos sería distinto, pero Eric rebasó los límites de la amistad. Lo que hizo…

—No hace falta que me sueltes todo el discurso —lo interrumpió Nathan—. Estoy de tu parte. Ober se siente muy abatido por lo que ocurre entre Eric y tú, y él también está de tu parte. Si quieres que Eric se marche de la casa, eso es asunto tuyo. Lo único que te pido es que consideres otras posibilidades. —Hojeó el periódico y preguntó—: ¿Te has parado a pensar en lo que puede hacerte Eric como represalia si lo obligas a irse de la casa?

—¿De qué hablas? —preguntó Ben, incrédulo.

—Lo único que digo es que si tú me obligaras a irme, yo me sentiría bastante cabreado. Quizá incluso escribiese otro artículo sobre ti para vengarme.

—Como se atreva a escribir algo más sobre mí, le arranco la cabeza —dijo Ben, furioso—, y luego le…

—Tranquilo —dijo Nathan—. Eric no ha escrito nada. Era una simple hipótesis.

Ben dio un sorbo a su jugo.

—No crees que Eric sería capaz de hacerlo, ¿verdad?

—Ya lo hizo una vez…

—¿Me estás diciendo que haga las paces con Eric para que no me vuelva a perjudicar? ¿Te has vuelto completamente loco?

—Yo no digo que hagas las paces con él. Simplemente, pienso que debes andarte con tiento.

 

Ben saludó con un ademán a Nancy, la secretaria de Hollis, cuando cruzó por la oficina de la mujer camino de su despacho.

—Hola, Ben —dijo Nancy con una sonrisa.

Nancy llevaba casi veinte años trabajando para Hollis. Estaba con él cuando Hollis era juez de circuito en Washington, y ella fue una de las cinco personas que se encontraban en su oficina el día en que Hollis se enteró de su nombramiento para el Tribunal Supremo. Con aspecto de matrona y con muchas canas en su cabello castaño, Nancy trabajaría probablemente para Hollis hasta el día en que el juez se retirase. Por lo que a ella respectaba, el suyo era el trabajo más apasionante del mundo.

Nancy cogió un gran sobre de su escritorio y se lo tendió a Ben.

—Acaba de llegar esto para ti. Por mensajero. Debe de ser importante.

—Gracias —dijo Ben, y siguió hacia su despacho.

Antes de quitarse el abrigo, abrió el sobre, en cuyo interior encontró la edición del día del Washington Herald. El nombre de Eric como autor del artículo estaba rodeado por un círculo rojo. En el borde de la página, un breve mensaje: «¿Sigues confiando en tu amigo?».

Ese cabrón no quiere que me olvide de él, se dijo Ben. Arrojó el periódico a la papelera y se fijó en la hoja de mensajes que había pegada en la pantalla de su ordenador: «Llama cuanto antes al Departamento de Alguaciles».

Despegó el mensaje del ordenador, lo arrugó y lo tiró también a la papelera. Tras consultar rápidamente el directorio telefónico del tribunal, marcó el número.

—Hola, soy Ben Addison, de la oficina del juez Hollis.

Segundos más tarde, Carl Lungen, el jefe de alguaciles, se puso al aparato.

—Hola, Ben, ¿cómo le va? —preguntó.

—Bien —dijo Ben esforzándose por mantener la calma—. ¿Y usted? ¿Mucho trabajo?

—No demasiado —respondió Lungen—. Acabo de ver que su compañero de domicilio ha conseguido una nueva primicia, y eso me ha recordado que llevaba tiempo sin hablar con usted.

—Escuche, yo no tuve absolutamente nada que ver con ese artículo —replicó Ben alzando la voz—. Todos los periódicos del país han publicado esa noticia.

—Yo no he dicho que usted tuviera nada que ver con ella —dijo Lungen—. Solo he dicho que ver esa noticia me hizo pensar en usted. La última vez que nos vimos, me prometió que vendría a verme en cuanto hubiese hablado con Eric.

—Nunca le prometí eso —dijo Ben—. Fisk me preguntó si volvería y yo le dije que ya vería. Y ahora no es que pretenda ser brusco, pero estoy muy ocupado, y si no tiene usted nada más que decirme…

—La verdad es que nos estábamos preguntando qué pasó con Eric.

En el momento en que Lisa entraba en el despacho, Ben dijo:

—Eric y yo hemos dejado de dirigirnos la palabra. No supo darme una buena excusa para lo que hizo, así que lo mandé a la mierda. Lo único que acertó a decirme fue que quería prosperar en su carrera. ¿Alguna otra pregunta?

—¿No hay ninguna otra explicación para lo que hizo? —preguntó Lungen.

Ben escribió la palabra «Alguaciles» en un pedazo de papel y se lo tendió a Lisa.

—Si la hay, él no me la dio —contestó Ben—. ¿Algo más?

—Pues sí —dijo Lungen—. Hemos decidido aceptar su ofrecimiento de someterse al detector de mentiras.

Ben se quedó helado.

—No veo ningún motivo para…

—Es una simple precaución. Como sabe, tratamos de mantener nuestra investigación dentro de la mayor reserva, así que ni siquiera les hemos dado noticia de ella a los jueces. Ahora bien, si usted no quiere…

—Me someteré al detector.

—Estupendo —dijo Lungen—. Realizará usted la prueba el día veintitrés. ¿Le parece bien?

—Sí, muy bien —dijo Ben.

—Entonces, pásese por aquí dentro de tres semanas. Salude de mi parte al juez Hollis.

Ben colgó el teléfono y se quedó con la vista fija en el tablero de su escritorio.

—¿Qué pasa? —le preguntó Lisa—. ¿Qué querían?

—Leyeron lo que ha escrito Eric acerca de la nominación de Kuttler, y quieren que me someta al detector de mentiras.

—Es absurdo —dijo ella, al tiempo que le tiraba el pedazo de papel—. La noticia ha aparecido en todos los periódicos del país. La comunicación oficial tendrá lugar hoy. La Casa Blanca la filtró anoche para conseguir que la noticia tuviera una cobertura de prensa de dos días.

—Cuéntales eso a los alguaciles.

—No pueden obligarte a someterte al polígrafo —dijo Lisa—. Eso infringe tu derecho a la intimidad.

—Bueno, pues tienen programada la prueba para el día veintitrés. Y ese día yo estaré allí y me someteré a la prueba.

—¿Por qué?

—No me queda más remedio —dijo Ben mientras ordenaba los papeles de su escritorio—. Si no lo hago, le contarán a Hollis todo lo que saben, lo cual sin duda me costará el puesto. Y aunque lo de hablar con Hollis solo me lo hayan dicho para asustarme, si no paso por la prueba, sospecharán más de mí que nunca.

—Yo te diré cuándo sospecharán: cuando el polígrafo demuestre que mientes.

—Eso no ocurrirá —aseguró Ben—. El detector de mentiras no es del todo fidedigno. Por eso no se admite como prueba en un tribunal. No es un chisme infalible. En estos momentos yo puedo haber actuado mal, pero en ningún momento actué con malicia contra el tribunal. Si me mantengo sereno, lograré pasar la prueba.

—Si tú lo dices… —comentó Lisa meneando la cabeza—. Pero sigo pensando…

—¿Sabes una cosa? No quiero continuar hablando de este asunto.

—Pero…

—He dicho que basta —dijo Ben evitando mirar a su compañera—. Sé lo que me hago.

 

Aquella noche Ben regresó a su domicilio bajo la primera nevada del año. Se apartó de los ojos unos helados mechones de cabello, buscó la llave de la puerta principal y la abrió.

—¡Deja tus cosas, que nos vamos! —le gritó Ober al tiempo que se echaba el abrigo sobre los hombros. Como Ben no reaccionó, se detuvo y le miró a la cara—. ¿Qué te pasa? Estás hecho una mierda.

—Gracias. —Ben dejó el portafolios en el suelo y se despojó de la chaqueta.

—¿Tuviste un mal día en el trabajo, cariño?

—Malo, no: terrible —dijo Ben. Se aflojó el nudo de la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa—. Aún no hemos terminado la decisión que tenemos entre manos. Los del Departamento de Alguaciles me van a obligar a someterme al detector de mentiras. Rick sigue haciendo de la suyas. No me fío de Lisa. Mi vida es un desastre.

—¿Cómo te van a obligar a someterte al detector de mentiras? —preguntó Nathan —. No pueden hacerlo.

—Ya sé que no pueden, pero si me niego, los alguaciles hablarán con Hollis.

—No es por nada, pero ¿vienes con nosotros o no? —le preguntó Ober—. A Nathan lo han ascendido hoy y lo único que hacemos es hablar como cotorras.

—¿Conseguiste el puesto? —le preguntó Ben a Nathan, que asintió sonriente. Ben le dio un fuerte abrazo—. ¡Felicidades!

—Tenemos ante nosotros al nuevo miembro del equipo de planificación política de la Secretaría de Estado —explicó Ober—. Aunque no sé qué significa exactamente eso.

—A partir de ahora, tendré que analizar todas las cuestiones de índole política que estudie el departamento —dijo Nathan.

—Qué increíble —dijo Ben—. ¡Estaba seguro de que lo lograrías! Espero que te hayan dado un despacho más grande.

—Un despacho más grande, un ordenador más grande y un salario un poquito más grande.

—¿Y qué más quieres? —comentó Ben—. Me siento como el rey de los aguafiestas. Yo contándoos mis problemas y vosotros me estabais esperando para darme la gran noticia.

—No te preocupes por eso —dijo Nathan.

—Bueno, basta de cantos a la amistad y vayámonos de juerga —dijo Ober.

Ben corrió a su cuarto y cambió el traje por unos vaqueros y una cazadora color chocolate.

—¿Adónde vamos? —preguntó mientras bajaba la escalera.

—A ver si lo adivinas —dijo Ober.

—¿De veras vamos allí?

—¿Dónde si no vamos a celebrar mi ascenso? —dijo Nathan—. Vamos, ya sabéis que cierran a las ocho.

 

Los tres amigos atravesaron las grandes puertas de cristal del Museo Aeroespacial Smithsoniano y se dirigieron a la parte central del edificio. No tardaron en encontrarse en la sección de Hitos del Vuelo. Entre la colección de maravillas aerodinámicas suspendidas del techo estaba el aeroplano original de los hermanos Wright; el Spirit of St. Louis, el aparato de Charles Lindbergh; y el favorito de Nathan, Glamorous Glennis, el primer avión que voló más veloz que el sonido.

—¿Cuántos vuelos realizaron los hermanos Wright en ese primer día? —preguntó Ben al tiempo que leía la breve nota explicatoria sobre el primer vuelo de los hermanos Wright.

—Cuatro —dijo Nathan.

—¿Qué día fue?

—El diecisiete de diciembre de 1903.

—¿Quién fue el primero en volar?

—Orville voló primero durante doce segundos —dijo Nathan con la vista fija en el techo—. Pero Wilbur fue el que hizo el vuelo más largo, con cincuenta y nueve segundos.

—Sigo sin entender por qué te fascinan tanto estas cosas —dijo Ben contemplando una reproducción del Sputnik I—, Ni te dedicas a las ciencias, ni tu padre es militar, ni…

—¿Acaso no eres sensible a las maravillas tecnológicas? —le preguntó Nathan—. ¿Es que tu mente de abogado no puede comprender el fantástico hecho de que estamos en medio del mayor prodigio tecnológico de la historia, la posibilidad de escapar a los límites de nuestra existencia?

Ober se acercó a una auténtica roca lunar traída por la tripulación del Apolo 17, y frotó el pálido objeto gris.

—Esta piedra es falsa. No procede de la luna.

—¿Y se puede saber en qué basas esa opinión? —le preguntó Nathan—. ¿En tus inmensos conocimientos sobre geología interplanetaria?

—No parece real. Apesta a falsificación a cien kilómetros. —Se volvió hacia los turistas que pasaban cerca y anunció ruidosamente—: ¡Esta roca es falsa! ¡Es un timo!

Nathan puso una mano sobre la boca de su compañero.

—¿Por qué no dejas de ponernos en evidencia? ¿Cuántos años tienes? ¿Diez? — le dijo.

—Doce —dijo Ben. Frotó él mismo la roca lunar y añadió—: La verdad es que no parece auténtica. Da la sensación de ser de plástico o algún otro material sintético.

—Ya te lo dije —dijo Ober.

—Es una roca lunar auténtica —insistió Nathan—. Leed el cartel. La trajo la tripulación del Apolo 17. Tiene una antigüedad de cuatro millardos de años.

—Quizá la roca auténtica fuera radiactiva y, cuando por su culpa murieron un montón de turistas, la sustituyeron por un pedrusco cualquiera —dijo Ober.

—Me niego a participar en esta conversación —dijo Nathan—. El único motivo de que esté lisa es porque millones de turistas tan papanatas como vosotros sienten la imperiosa necesidad de tocarla.

Ober la tocó de nuevo y dijo:

—Está clarísimo que es una impostura. Quiero que me devuelvan mi dinero.

—¿Quieres que vayamos a la próxima sección del museo? —preguntó Nathan—. ¿Es eso lo que pretendes decirme?

—Estoy muerto de hambre —respondió Ober—. Lo único que quiero es comer.

Los tres amigos se dirigieron al extremo este del edificio y entraron en la cafetería La Línea de Vuelo. Tras llenar sus bandejas con sándwiches y postres envueltos en plástico, se acomodaron en torno a una de las mesas libres de la cafetería.

—Cuéntame lo del detector de mentiras. ¿Cuándo tienes que someterte a él? —le preguntó Nathan a Ben.

—Dentro de dos semanas.

—¿Y qué pasará si no pasas la prueba?

—No tengo ni idea —dijo Ben desenvolviendo un sándwich de carne—. Supongo que las consecuencias no serían buenas, pero no me dijeron lo que ocurriría. Probablemente, no me despedirían en el acto, pero desde luego el asunto sería perjudicial. Para mí, lo principal es que no le digan nada a Hollis. Como él se entere, nunca volverá a confiar en mí.

—Lo que no entiendo es por qué han escogido precisamente el día de hoy para llamarte. ¿Será por el artículo de Eric?

—Pues claro —dijo Ben—. El que ha hablado conmigo me ha dicho que lo de Eric le había hecho recordar que llevaba mucho tiempo sin hablar conmigo.

—Y supongo que eso no se lo has dicho a Eric.

—Desde luego que no —dijo Ben—. Podía darle por escribir otro artículo sobre el tema. Ahora lo que debo hacer es concentrarme en el modo de superar la prueba.

Con voz inesperadamente seria, Ober dijo:

—Ya sé que esto te lo he preguntado otras veces, pero… ¿estás seguro de que quieres que Eric se marche?

—Ya sabes que sí —contestó Ben—. Y dejemos el tema.

—Pero ¿y si Eric…?

—Esas pruebas admiten truco —dijo Nathan fulminando a Ober con la mirada—. Vi un documental en la televisión que contaba que los militares suministran drogas especiales que permiten a los soldados despistar al polígrafo. Creo que reducen el ritmo cardíaco.

—Tengo entendido que si conservas la calma y te concentras, puedes engañar a la máquina —dijo Ben—. Lo que ocurre es que los delincuentes comunes suelen ser presa del pánico.

—Sin embargo, los delincuentes de guante blanco como tú nunca pierden la sangre fría, ¿no? —preguntó Nathan.

—Muy gracioso —dijo Ben—. Contigo siempre me troncho de risa.

—Quizá puedas obtener alguna de esas drogas por medio del Departamento de Estado —le sugirió Ober a Nathan—. Ahora que te has convertido en un pez gordo, podrás conseguir lo que quieras.

—Sí, puedo intentarlo —dijo Nathan—. Por preguntar, nada se pierde. —Le dio un nuevo bocado a su hamburguesa y prosiguió—: ¿Dijo Lisa algo respecto a todo esto?

—¿Por qué no dejas de dar la lata con Lisa? —le suplicó Ben—. Desde que volvimos de las vacaciones de Acción de Gracias me es incomodísimo hablar con ella. Cuando me pregunta algo, me bloqueo.

—Te dije que acostarte con ella era una mala idea —dijo Ober negando con la cabeza.

—Esto no tiene nada que ver con el sexo. El sexo no supone el menor problema para ninguno de los dos. Lo que ocurre es que me siento como un perfecto capullo mintiéndole. Quizá te cueste entenderlo, pero Lisa es una buena amiga. Ya sé que tú no confías en ella, pero yo sí, la verdad.

—Bueno, pues adelante. Cuéntale lo que te dé la gana —dijo Nathan—. Duerme con ella todas las noches. Enrédate más en ese lío. Ya eres un adulto y tú decides. Lo único que quiero es que hagas frente a la realidad.

—Escucha, no es que me queje. Digo simplemente que resulta incómodo estar mintiéndole constantemente a alguien.

—Pues más vale que te vayas acostumbrando. Recuerda que dentro de dos semanas tienes una cita con el polígrafo.

 

Sin hacer caso de la nieve que caía sobre el parabrisas del coche, Rick observaba la entrada del museo aeroespacial.

—¿Por qué se demoran tanto?

—Estarán curioseando. Ahora volvamos a la gran pregunta: ¿estás seguro de que puedes conseguir la decisión?

—No te preocupes por ello —dijo Rick subiendo la calefacción—. La conseguiremos. Según mi informante…

—Creo que confías demasiado en tu informante. El simple hecho de estar cerca de Ben no significa nada. Necesitamos…

—Hazme caso. Sé exactamente lo que necesitamos. Y si no conseguimos la decisión de nuestro informante, la podemos conseguir de Ben. Voy a verme con él la próxima semana. Solo espero que se ponga en contacto conmigo.

—¿Cómo sabes que accederá a verte?

Observando cómo Ober, Nathan y Ben salían del museo, Rick sonrió.

—Conozco a Ben. Si cree que hay alguna posibilidad de atraparme, no podrá resistirse. Valora demasiado su carrera para permitir que yo la pisotee. Además, aunque no pueda atraparme, ¿cuántas personas son capaces de resistirse a una oferta de tres millones de dólares?