El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 3 de 21

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El décimo juez

Capítulo 2

A las siete de la mañana siguiente Ben entró en las oficinas del juez Hollis vestido con shorts y una vieja camiseta de manga corta.

—¿Eres tú, Ben? —preguntó Lisa desde el despacho de los pasantes—. ¡Ven en seguida!

—¿Qué quieres? —le preguntó Ben al entrar en el despacho—. ¿Te pasa algo?

—No te vas a creer lo que acaba de ocurrir. —Lisa estaba haciendo girar el Rolodex que había encima de su escritorio—. Acabo de recibir una llamada de la oficina del gobernador en Missouri, y disponemos de veinticuatro horas para conseguir el aplazamiento de una ejecución.

—¿De qué hablas? —preguntó Ben dejando su portafolios encima del escritorio.

—¡Aquí está! —exclamó Lisa mientras sacaba una tarjeta del Rolodex. Volviéndose hacia Ben, le explicó—: En Missouri hay un asesino que mató a tres niños. Lo sentenciaron a muerte hace cosa de diez años, y su caso ha sido apelado una y otra vez desde entonces. La ejecución fue fijada para octubre, pero por algún motivo el Estado ha anticipado la fecha a mañana. El reo tiene derecho a apelar al Supremo, así que ahora disponemos de veinticuatro horas para localizar a Hollis y pedirle su opinión.

—¿Cómo vamos a dar con él? —preguntó Ben.

—Eso es lo que intento averiguar —dijo Lisa estudiando la tarjeta del Rolodex—. Me dejó el número de su alojamiento en Noruega, pero por lo visto ha salido unos días de excursión. Cogí el Rolodex de su despacho. Sé que el juez tiene una hermana que vive en California, así que voy a llamarla.

Ben levantó su teléfono, marcó el número de información y pidió el número del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos. Mirando a Lisa, le explicó:

—Todo juez debe estar acompañado por un alguacil en todo momento. Los del Servicio de Alguaciles conocerán su paradero.

—¿Es usted la señora Winston? —preguntó Lisa—. Perdóneme por despertarla, pero soy la pasante del juez Hollis y necesitamos ponernos en contacto con él. Se trata de una emergencia.

—¿Hablo con el Servicio de Alguaciles? —preguntó Ben—. Me llamo Ben Addison, y llamo desde la oficina del juez Mason Hollis. Necesitamos localizar al juez. Se trata de una emergencia.

—La señora Winston no sabe dónde está su hermano —dijo Lisa colgando el teléfono mientras Ben explicaba la situación a sus interlocutores.

—Ajá… Ya… Sí, desde luego —dijo Ben.

Lisa tocó a Ben en el brazo.

—¿Qué dicen? —Quiso saber.

—Los del Servicio de Alguaciles conocen el paradero del juez —replicó Ben colgando el teléfono—. No pueden darnos su número, pero se pondrán en contacto con él, y Hollis nos llamará a nosotros.

—¿No les dijiste que se trataba de una emergencia? —le preguntó Lisa y, advirtiendo la cara de «¿me tomas por un idiota?» que puso Ben añadió en seguida—: Disculpa, solo quería estar segura.

Diez minutos más tarde sonó el teléfono. Ben descolgó y con voz calmada dijo:

—Oficina del juez Hollis… Hola, juez Hollis, ¿qué tal por Noruega? Sí, tengo entendido que en esta época del año es un sitio precioso. No. Sí, por aquí todo va bien, y Lisa es estupenda. Nos encontramos ante una emergencia. Acabamos de recibir la apelación de una pena de muerte, y quieren ejecutar al acusado mañana por la mañana. ¿Qué hacemos? —Ben tomó apresuradamente unas notas y dijo—: Le llamaremos ahí esta tarde.

—¿Qué demonios te ha dicho? —exclamó Lisa en cuanto Ben colgó el auricular.

—Esto es lo que debemos hacer —respondió Ben mientras abría su libreta para escribir una lista—. Primero, debemos notificar a todos los jueces que necesitamos sus votos para mañana a las ocho de la mañana. Hacen falta cinco votos para conseguir un aplazamiento de la ejecución. Si solo cuatro votan por el aplazamiento, ese tipo no verá la noche de mañana. Luego, una vez hayamos dado aviso a todos los jueces, debemos redactar un memo recomendando a Hollis si debe votar o no en favor del aplazamiento.

—Todos los detalles relevantes del caso los encontraremos en las actas del tribunal federal inferior —dijo Lisa.

—Exacto. Y el juez me indicó cómo podíamos conseguirlos. Dijo que probablemente no terminaremos hasta mañana a primera hora, pero añadió que quiere nuestro memo a las seis de la mañana. Me ha dado su número de fax. —Poniéndose ante su ordenador, Ben siguió—: Redactaré la solicitud oficial para que nos entreguen las actas del tribunal.

—Yo me encargo de comunicar lo que ocurre a las oficinas de los otros jueces.

—Una vez se lo hayas dicho, no olvides redactar un memo explicando todo lo que ocurre, para que tengan una notificación oficial —dijo Ben, mientras Lisa corría hacia la puerta—. Así ninguno de ellos podrá decir que no se enteró.

Lisa asintió con la cabeza y salió de la oficina.

Una hora más tarde, a la oficina llegaron nueve cajas que contenían las actas del tribunal.

—Estamos fritos —dijo Ben al ver toda aquella cantidad de cajas.

—No podremos leer todo eso en una noche —dijo Lisa.

Ben leyó las inscripciones de los costados de las cajas, que estaban etiquetadas por años.

—¿Qué tal si yo empiezo con los papeles más antiguos y tú por los más nuevos? Supongo que nos encontraremos en la parte central a principios de invierno.

Lisa estuvo de acuerdo y los dos comenzaron a leer la montaña de papeles.

A las dos de la tarde sonó el teléfono de Ben.

—Oficina del juez Hollis —dijo—. Soy Ben.

—Hola, Ben, soy Rick Fagen. Fui pasante del juez Hollis hace tres años. Solo telefoneo para ver qué tal van las cosas. Es una tradición que los viejos pasantes llamemos de cuando en cuando. Sé que, en las primeras semanas, el trabajo puede resultar abrumador.

—Desde luego, estos son momentos endiablados —dijo Ben.

—¿Quién es? —preguntó Lisa.

Cubriendo el micro del teléfono, Ben susurró:

—Uno de los antiguos pasantes de Hollis.

—Perfecto —dijo Lisa—. El mes pasado me llamó un pasante. Ellos saben perfectamente cómo hay que actuar en todos los casos. Pregúntale qué hacemos.

—Rick, ¿me permites una pregunta? —dijo Ben—. Tenemos un caso de pena de muerte…

—Increíble —dijo Rick—. Esas cosas siempre ocurren al principio del período de sesiones. Supongo que Hollis se encuentra ausente.

—Tomando el sol y divirtiéndose en Noruega —dijo Ben—. Y nosotros tenemos que leer una montaña de documentos para aconsejarle si debe conceder o no el aplazamiento.

—Muy bien, os diré qué debéis hacer —dijo Rick con voz firme y tranquilizadora —. Si se trata de un caso que lleva varios años yendo de un tribunal a otro, lo más probable es que no os dé tiempo a leer todos los papeles. Debéis concentraros en la cuestión legal en que se basó la última apelación. Todos los demás aspectos carecen de importancia. Lo que yo haría es usar una de las bases legales de datos y concentrar la búsqueda en la cuestión concreta que afecta al caso. Si se trata del hábeas corpus, buscad por hábeas; si es por una irregularidad en las instrucciones al jurado, buscad por ese epígrafe. Lo más fácil es utilizar Westlaw…

—Ya he mirado en Westlaw —dijo Ben—. El problema es que las actas son un lío. No sabemos por dónde empezar.

—Centraos en las actas originales del juicio, ya que muchas de las apelaciones se basan en errores que se cometieron en el comienzo de la instrucción. ¿Han dado ya señales de vida los otros jueces?

—No —respondió Ben mientras anotaba las instrucciones de Rick—. Los papeles nos llegaron esta mañana.

—Con un poco de suerte, cinco de los otros jueces concederán el aplazamiento antes de que hayáis terminado vuestra tarea. Eso os evitará daros la panzada de trabajo.

—¿Qué posibilidades hay de que eso ocurra? —preguntó Ben, mientras Lisa leía sobre su hombro.

—Depende de la cuestión de que se trate. Si se trata por ejemplo de algo relacionado con la Cuarta Enmienda, ni Osterman ni los otros jueces conservadores lo atenderán. Sin embargo, Dreiberg puede ser sensible a ello. Lo que debéis tener bien presente en todo momento es que lo que debéis escribir no es vuestra opinión, sino la de Hollis. Aunque creáis que al acusado lo jodieron, debéis basaros en lo que Hollis podría opinar. Por lo general, Hollis no atiende una petición de aplazamiento de ejecución a no ser que esté basada en un argumento legal innovador. De no ser así, se contenta con confirmar la decisión del tribunal inferior.

—¿Y si lo que se aduce es inocencia factual? —preguntó Ben retorciendo el cordón telefónico en torno a su índice.

—Entonces la cosa depende de cuáles sean los hechos —dijo Rick—. Si se trata de un caso en el que al acusado le fueron realmente denegados sus derechos, Hollis puede atenderlo. Sin embargo, debéis andar con ojo. No sois Sherlock Holmes, así que no penséis que os es posible resolver el caso desde vuestro despacho. Si el acusado afirma ser inocente de facto, más vale que os cercioréis de si hubo un error en su juicio. No le hagáis perder el tiempo a Hollis diciéndole que tenéis la corazonada de que el tipo no lo hizo. Hollis lleva veintitrés años en el estrado. Quizá tenga una cierta debilidad por los asuntos relacionados con la Primera Enmienda, pero vuestras corazonadas le importan un bledo.

Tras una larga pausa, Ben dijo:

—¿Y si uno tiene la auténtica certeza de que el tipo es inocente? Quiero decir si te lo dicen el corazón, las tripas y hasta las axilas.

—Eso tenéis que decidirlo vosotros —respondió Rick—. Si acertáis, felicidades. Pero si os equivocáis, Hollis denegará el aplazamiento y haréis el ridículo. No se trata de algo gravísimo, pero, dado que estáis en vuestras primeras semanas, yo esperaría a tener un poco más de confianza antes de correr un riesgo como ese.

—Así que debemos permitir que achicharren al tipo para no quedar nosotros mal, ¿no?

—Mira, yo no conozco los detalles del caso. Lo único que digo es que debéis escoger bien vuestras batallas. Tengo que irme, pero si queréis hacerme alguna pregunta, llamadme.

—Oye, gracias por la ayuda —dijo Ben—. Te la agradecemos de veras.

Tras anotar el número de Rick, Ben colgó el teléfono, conectó su ordenador, y volvió a entrar en la base de datos Westlaw.

 

A las cinco y media de la tarde, Joel, uno de los pasantes del juez Osterman, entró en el despacho.

—Nosotros ya terminamos. Osterman ha denegado el aplazamiento.

—¿Y tú ya te largas? —le preguntó Lisa alzando la vista del montón de papeles que tenía ante sí.

—Tú lo has dicho —dijo Joel con una sonrisa de satisfacción—. Nuestra jornada terminó.

Mientras Joel salía, Lisa le gritó:

—Te deseo una vida llena de penalidades y una muerte lenta y dolorosa.

—Hasta mañana —replicó burlonamente Joel—. Espero no veros con la misma ropa.

 

Durante las tres horas siguientes, el juez Garden denegó el aplazamiento, mientras que los jueces Veidt, Kovacs, Moloch y Dreiberg lo concedieron.

—Solo quedan tres jueces y lo único que necesitamos es un voto afirmativo más —dijo Ben—. ¿Qué posibilidades crees que hay de que nuestro voto sea el decisivo?

—No quiero hablar de ello —le respondió Lisa con los ojos fijos en el documento que tenía entre las manos—. Si me concentro, todo esto habrá terminado muy pronto. Estoy calmada. Estoy ojo avizor. Soy el centro de mi propio universo y el documento y yo somos una misma cosa.

 

A las once de la noche, Lisa se echó hacia atrás en su sillón y exclamó:

—¡Ya no puedo más! ¡Llevo doce horas sin moverme!

—¿Qué pasa? ¿Ya has dejado de ser el centro de tu propio universo? —le preguntó Ben.

—Que le den por culo al universo —dijo ella poniéndose en pie y comenzando a pasear por el despacho—. Odio al universo. Me cago en el universo. Lo único que siento es ira, rencor y odio. Larguémonos a casa y que achicharren a ese cabrón.

—Bueno, ese es justo el tipo de jurisprudencia que necesita este tribunal.

De pronto se abrió la puerta del despacho y apareció Angela.

—Tanto Blake como Flamm han denegado el aplazamiento —anunció—. Ahora la cosa depende de vosotros.

Ben miró a Lisa, que encorvó los hombros, derrotada.

—¿O sea que, si achicharramos al tipo, podemos irnos a casa?

 

La medianoche había pasado hacía poco y Ben estaba sentado ante el ordenador, con los ojos fijos en la pantalla.

—Yo no veo las pruebas por ningún lado —dijo por tercera vez en quince minutos—. No conozco al tipo, nunca lo he visto, pero sé que las pruebas no están.

—Tú no sabes una mierda —dijo Lisa, que estaba tendida en el sofá y se tapaba los ojos con las manos—. ¿Qué demonios vamos a decir en el memo?

—Hagámosle a Hollis un breve resumen de los hechos, y recomendemos que conceda el aplazamiento aduciendo inocencia factual.

—No estamos seguros de que el tipo sea inocente.

—El acusado no recibió un juicio justo, eso es un hecho. —Ben dejó de teclear—.

El agente que efectuó la detención afirma en el informe policial que en el momento en que arrestaron al acusado vio a alguien salir corriendo por la puerta posterior de la casa. Pero cuando la defensa trató de que se admitiera el testimonio del agente, el juez denegó la solicitud alegando que era anticonstitucional. Es ridículo.

Lisa se incorporó en el sofá.

—Eso entra dentro de la capacidad decisoria de los jueces. No hay motivo para pensar que el juez se equivocó.

—Lo hay —dijo Ben volviendo su silla hacia su compañera de pasantía—. El acusado afirma que esa misteriosa figura le podría haber facilitado una coartada para la noche de uno de los asesinatos.

—Eso sigue sin explicar las otras dos muertes —dijo Lisa—. Aunque no matara a uno de los niños, a los otros dos sí los mató.

—Eso no hace al caso —dijo Ben, irritado—. No digo que el tipo sea inocente de todos los asesinatos; pero habiendo matado a dos personas en vez de a tres, tal vez no lo hubieran sentenciado a muerte. Quizá el jurado lo hubiese condenado a cadena perpetua.

—Ben, ese tipo mató a dos niños inocentes en una noche. Hasta tú admites eso. ¿Qué coño importa que no matase a los tres? Sigue mereciéndose su sentencia.

—Eso opinas tú —le dijo Ben poniéndose en pie—. El jurado lo culpó de tres asesinatos. El veredicto pudo ser distinto si los asesinatos hubieran sido dos.

—Pero ni siquiera sabes si el testimonio del agente lo habría salvado —le interrumpió Lisa—. Quizá, de todas maneras, lo hubieran declarado culpable.

—O quizá no. Eso no nos corresponde a nosotros decidirlo.

—Pero… ¿qué dices? —Lisa se puso en pie y se quedó enfrente de Ben—. No puedes rehacer un juicio solo porque tú habrías actuado de modo distinto. El jurado escuchó el testimonio del acusado. Lo oyeron decir que había un testigo que podría haberle facilitado una coartada, pero que no había sido posible localizarlo. Sin embargo, el jurado lo condenó por tres asesinatos. El hecho de que un policía viera a ese misterioso testigo no significa que ese testigo supusiera realmente una coartada. Se admitiese o no el testimonio del policía, no es seguro que hubiera una coartada. Ver a una persona que potencialmente podría haber facilitado una coartada no es en absoluto prueba de la existencia de tal coartada.

—Pero supone un cambio en la historia que escuchó el jurado —dijo Ben—. No digo que el testimonio del policía habría supuesto una coartada, pero sí habría añadido verosimilitud a la afirmación del acusado de que existía un hombre misterioso. Antes de que lo condenasen al patíbulo, ese hombre debería haber tenido plena oportunidad de demostrar su historia.

—Te preocupas por el tipo porque la pena de muerte no te parece una solución adecuada —le dijo Lisa.

—Pues sí, eso es cierto —respondió Ben haciendo sonar los nudillos—. Quiero recomendar que Hollis acepte la petición de aplazamiento. Si tú no estás de acuerdo, lo comprenderé, pero yo creo que merece la pena hacer el intento. Si Hollis no me hace caso, lo peor que puede ocurrirme es que quede mal. Teniendo en cuenta que la vida de ese tipo está en juego, correré el riesgo. Si eso te hace feliz, firmaré el memo yo solo.

Lisa meneó la cabeza y puso los brazos en jarras.

—¿Tanto te preocupa el pellejo de ese cabrón?

Ben asintió con la cabeza.

—Muy bien, pues escribamos la recomendación —dijo Lisa—. Si Hollis no está de acuerdo, te romperé el culo a patadas.

Mientras se volvía a sentar ante el ordenador, Ben dijo:

—Trato hecho.

 

—¡Date prisa! —gritó Lisa a las cinco cincuenta y cinco de la mañana.

Ben cogió las treinta y dos páginas recién impresas que contenían la recomendación y corrió hacia el fax del despacho privado de Hollis. Regresó veinte minutos más tarde.

—Estoy reventado —dijo pasándose una mano por el ya grasiento pelo.

—¿Habrá llegado bien el fax? —se preguntó Lisa; las bolsas que tenía bajo los ojos eran buen indicio de lo fatigada que se sentía.

Ben asintió con la cabeza y se sentó en el sofá junto a ella.

Mirando fijamente a su compañero, Lisa comentó:

—Tienes barba de adolescente.

—Qué va —dijo él pasándose una mano por la fina barba.

—Pues claro que sí. No es ninguna vergüenza. Solo significa que no eres muy hombre.

—Ya te gustaría a ti enterarte de lo hombre que soy —le contestó Ben con una sonrisa.

En la habitación se produjo un incómodo silencio.

—Acabas de flirtear conmigo —dijo al fin Lisa.

—¿De qué hablas? —Rio Ben.

—Lo has hecho. Estabas flirteando.

—Qué va.

—Entonces, ¿qué significa lo de que «Ya te gustaría a ti enterarte de lo hombre que soy»? Lo mismo podrías haber dicho: «Échale un vistazo a mi salchicha».

—Exacto. Me pescaste —dijo sarcásticamente Ben—. Bueno, dejémonos de jueguecitos. Échale un vistazo a mi salchicha.

—Ya te gustaría —dijo Lisa sonriendo malévolamente.

Ben apuntó a Lisa con un índice.

—¡Ojo con lo que haces, mujer! ¡Ahora mismo acabas de flirtear conmigo!

—Estás loco —dijo Lisa echándose a reír—. Dejemos esto, ¿vale? No es el momento. Los dos estamos cansados y no quiero que la fatiga mental me haga hacer algo que luego lamentaré.

—De acuerdo. —Ben echó la cabeza hacia atrás—. Aunque te aseguro que ninguna lo ha lamentado jamás.

 

—¡Lisa, despierta! —dijo Ben sacudiendo a su compañera.

—¿Qué…? —exclamó ella, incorporándose en el sofá rojo—. ¿Qué hora es?

—Las siete y media. No puedo dormir. No dejo de pensar en ese acusado. ¿Y si Hollis deniega el aplazamiento porque nuestro informe fue una chapuza? Si fuera así, nos habríamos cargado al pobre tipo.

—No nos hemos cargado a nadie. Nos esforzamos al máximo, y redactamos un informe sólido.

—¿Tú crees?

—Pues claro. Hicimos todo lo que consideramos…

Sonó el teléfono y Ben se precipitó hacia el aparato.

—Diga… Hola, juez Hollis. ¿Le llegó bien el fax? —Ben quedó en silencio y Lisa le dio unas palmadas en el brazo tratando de conseguir de él una reacción—. Sí, nos hacemos cargo —dijo Ben—. Claro, comprendemos el proceso. Muy bien, supongo que de aquí a un mes nos veremos. Buenos días. —Ben colgó y miró a Lisa con cara de palo—. ¡Y con este son cinco votos! ¡Se aplaza la ejecución! —gritó.

Se abrazaron y saltaron por la oficina gritando:

—¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos!

—¡No puedo creerlo! —exclamó Lisa—. ¿Dijo algo más el juez?

—Le encantó nuestro memo. Dijo que la argumentación es persuasiva, y el análisis está bien fundamentado. Le pareció que habíamos usado demasiadas veces el término «por consiguiente», pero que habíamos dado en el clavo. Hollis ya ha llamado a la oficina del gobernador en Missouri. Ahora debemos hacer los preparativos para ver la causa.

—¡No puedo creerlo! —repitió Lisa.

—Pero aún no has oído lo mejor. Hollis dijo, y son sus palabras textuales: «Esos tribunales de primera instancia son jodidos».

—¿Hollis dijo «jodidos»?

—Sí, lo dijo bien clarito —afirmó Ben con una amplia sonrisa—. El jodido día empieza jodidamente bien.