El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 19 de 21

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El décimo juez

Capítulo 18

A las nueve y cuarto de la mañana del domingo, Ben se puso el abrigo y cogió su maletín. Aún estremecido por la muerte de Ober, trató de no pensar en el desolador silencio que dominaba la casa. Salió por la puerta principal y vio que durante la noche una nueva capa de nieve había cubierto el vecindario. Caminando sobre las pisadas que Eric y Nathan habían dejado tras de sí, tomó el camino a la estación de metro. Mientras caminaba, no dejaba de mirar por encima del hombro. Después de los sucesos de las noches anteriores, el recelo de Ben se había convertido en algo instintivo. Al doblar la esquina vio a un tipo con un chaquetón de marino y sombrero marrón que iba hacia él. Le inquietó el hecho de que el ala del sombrero ocultase el rostro del hombre. En la calle, un coche gris se arrimó al bordillo y se detuvo. Ben lo reconoció inmediatamente. Era el coche de Eric.

—¿Qué tal estás? —le preguntó Eric, tras bajar su ventanilla.

—Bien, supongo —dijo Ben sin convicción. Se acercó al coche y se inclinó sobre la ventanilla—. Anoche dormí como cinco minutos.

—Yo también —dijo Eric—. No logro sacarme a Ober de la cabeza. Lo recuerdo colgado allí…

—No hablemos de ello, por favor —le pidió Ben aferrando con la enguantada mano el borde de la portezuela.

—¿Se lo dijiste a Lisa?

—La llamé anoche a última hora. Apenas comencé a contarle lo sucedido, se echó a llorar. Nunca la había visto así. Se ofreció a ayudarme con el elogio.

—Qué detalle. —Al fijarse en el portafolios de Ben, Eric le preguntó—: ¿Adónde vas?

—A la Oficina del Fiscal General.

—¿O sea que se acabó?

—Eso espero —dijo Ben—. Mañana a estas horas, esta locura ya habrá terminado.

—No sé si anoche te lo dije, pero creo que estás haciendo lo más adecuado.

—Gracias —dijo Ben, mientras el desconocido del chaquetón de marino pasaba tras él. Ben se volvió para mirarlo—. ¿Te parece sospechoso ese tipo?

—Pues no. ¿Por qué?

—Me ha parecido un poco raro.

—No te preocupes. Seguro que no es nadie.

—Ya —dijo Ben a la vez que se apartaba de la ventanilla.

—¿Te acerco al metro? —le preguntó Eric.

—Prefiero que me acerques al centro.

—No tengo tiempo. Tengo que hacer unas correcciones en casa, y luego he de volver al trabajo. Solo puedo llevarte hasta el metro.

—No te molestes —dijo Ben volviendo a la acera—. Solo son dos manzanas. Iré andando.

—Como quieras —dijo Eric, que empezaba a subir la ventanilla—. Nos vemos esta noche.

—Eso espero. Si a la hora de la cena no habéis tenido noticias mías, será que aún estoy negociando los términos de la sentencia de conformidad.

El coche se alejó y Ben siguió caminando calle arriba. Cuando llegó al sector comercial del vecindario, comenzó a mirar a diestro y siniestro. Al viejo que empujaba su carrito de supermercado por la acera cubierta de nieve, a la intrépida deportista que hacía footing con su labrador negro, al empleado del supermercado que limpiaba la nieve de la acera, a la gruesa mujer que se las veía y se las deseaba para mantener el equilibrio. Aún nervioso, Ben llegó a su pastelería favorita. Realmente debo calmarme, se dijo al entrar en el local. Nadie me sigue. Tras tomar un rápido desayuno, se cerró el abrigo y volvió a la fría calle. Inmediatamente advirtió que lo único que se interponía entre él y la estación del metro era el hombre de chaquetón de marino y sombrero marrón.

Con cautela, Ben echó a andar con paso sosegado calle arriba, tratando de identificar al desconocido que iba hacia él. El hombre parecía de la estatura de Rick, solo que más corpulento.

 

Aunque el chaquetón que lleva es muy grueso, se dijo Ben. El corazón se le aceleró, pero Ben trató de convencerse de que todo eran imaginaciones suyas. Tranquilo, se dijo. No hay motivo para perder los nervios. Cuando estaban a tres metros de distancia, Ben se quitó el guante derecho y cerró la mano en puño, decidido a golpear al hombre si este hacía algo sospechoso. Cuando la distancia se redujo a metro y medio, Ben sudaba copiosamente. En el momento en que se cruzaron, Ben, convertido en un manojo de nervios, trató de anticipar todas las contingencias posibles.

El hombre pasó junto a él, Ben contuvo el aliento y reprimió sus deseos de mirar hacia atrás. Hasta que el desconocido se hubo alejado, Ben no lanzó un suspiro de alivio. Tantos sudores para nada, se dijo, con forzada sonrisa. Cuando estaba a punto de volverse para echarle un último vistazo al hombre, notó que lo agarraban por detrás, al tiempo que un brazo le atenazaba el cuello. Una mano que surgía de la manga de un chaquetón de marino le apretó un pañuelo de olor acre contra el rostro. Instintivamente, Ben echó la cabeza hacia atrás y golpeó con la coronilla la nariz de su atacante.

—¡Hijo de puta! —gritó el hombre soltando a Ben y tocándose la sangrante nariz.

Tosiendo y corriendo calle arriba, Ben se esforzó en recuperar el aliento. Al pasar ante el supermercado, miró hacia atrás y vio que su atacante lo perseguía. Ben soltó su maletín y agarró la pala de nieve de las manos de un empleado del supermercado. Cuando el hombre se le acercó, Ben agitó la pala en su dirección.

—¡No te acerques!

—Cálmate —dijo el hombre—. No quiero hacerte nada.

Mientras el hombre trataba de distraer a Ben, Rick dobló la esquina y avanzó sigilosamente por detrás de Ben.

—¿Quién eres? —preguntó Ben—. ¿Quién te envía?

—Estoy de tu parte —dijo el hombre—. Soy del Departamento de Justicia. —Los ojos del hombre miraban más allá del hombro de Ben.

Ben siguió la mirada del hombre y giró sobre sí mismo blandiendo ciegamente la pala. Para su sorpresa, la parte plana de la pala alcanzó a Rick, el cual, de no ser por ello, hubiese logrado agarrar a Ben.

—Es increíble —dijo Ben.

Rick cayó al suelo y Ben le asestó un nuevo golpe con la pala en la cabeza.

—¿Quién demonios te crees que eres? —le gritó Ben—. ¡Sal de mi vida de una vez! —Se volvió hacia el empleado del supermercado y le gritó—: ¡Llame a la policía!

—Nosotros somos policías —le dijo el cómplice de Rick al empleado—. No llame a nadie.

—¡Agárralo de una vez, Claremont! —gritó Rick con la mano en la ensangrentada oreja.

Ben le arrojó la pala a Claremont, giró sobre sus talones y echó a correr calle abajo.

—¡Síguelo! —ordenó innecesariamente Rick, pues Claremont ya había emprendido la persecución.

Más rápido y atlético que sus dos atacantes, Ben corrió hacia la zona residencial del vecindario. Saltando cercas y cruzando patios traseros, zigzagueó entre las casas, de modo que sus perseguidores en ningún momento pudieran verlo por más de unos segundos. Se metió por la rampa de acceso a una de las casas, giró a la izquierda cuando llegó al patio trasero, saltó una cerca, pasando al jardín de la casa contigua, corrió a la parte posterior del jardín, saltó otra cerca y pasó al patio trasero contiguo, y volvió a la calle por otra de las rampas de acceso. Ben sabía que la única casa que debía eludir era la suya. Si sus dos atacantes se habían separado, lo más probable era que uno de ellos estuviera esperándolo allí. Se llenó los pulmones de aire gélido, y se dirigió de nuevo en dirección al supermercado. Evitó las arterias principales y avanzó por callejones llenos de cubos de basura. Con la esperanza de haber despistado a sus perseguidores, corrió hacia el bar Boosin, el único lugar que recordaba con teléfono público y, lo más importante, puerta trasera. Tras echar un último vistazo a su alrededor, entró en el local.

Ben se dirigió directamente a la parte posterior del bar. Abrió la puerta de los servicios de caballeros, se metió en una cabina y la cerró. Inclinado hacia delante, trató de recuperar el aliento. El calor del servicio contrastaba con el frío de fuera, y Ben sintió que se ahogaba. Se quitó el abrigo y luego alzó la tapa del inodoro y vomitó todo el desayuno. Una vez que su estómago estuvo vacío, continuó sufriendo arcadas secas debido al miedo que atenazaba todo su ser. Vació la cisterna y se sentó, tembloroso. Esto no me puede estar ocurriendo a mí, pensó, con los codos apoyados en las rodillas. ¿Qué demonios está pasando? Se secó la frente con papel higiénico. Poco a poco, la temperatura corporal de Ben fue volviendo a la normalidad, y el color regresó lentamente a su rostro.

Veinte minutos más tarde, convencido de que Rick y sus colegas no estaban ya en las inmediaciones, Ben salió de los servicios. Metió las manos en los bolsillos, encontró unas monedas y usó el teléfono público. Mientras marcaba el número de Lisa, sus ojos escrutaron el local, en el que solo había unos cuantos aficionados al baloncesto que estaban desayunando en espera de que comenzase el primer partido del día.

—Dígame —contestó Lisa.

—No te vas a creer lo que me acaba de suceder —dijo Ben con voz trémula—. Rick y otro tipo acaban de atacarme. Saltaron sobre mí y trataron de secuestrarme. Yo me defendí con una pala y…

—Un momento, un momento… —dijo Lisa—. Cuenta las cosas de una en una. Empieza otra vez. —Tras escuchar el relato de lo ocurrido en la pasada media hora, Lisa dijo—: Es increíble.

—Pues más vale que te lo creas —dijo Ben.

—¿Conseguiste ver bien al socio de Rick?

—La verdad es que no estaba para prestar atención a los detalles. Lo único que recuerdo es que trató de decirme que era del Departamento de Justicia.

—¿Crees que lo era?

—No, claro que no. Los del Departamento de Justicia no atacan a la gente con cloroformo. Simplemente, el tipo quería evitar que la gente de la calle llamase a la policía.

—Entonces, ¿quién era?

Ben tenía la vista fija en la puerta del bar.

—O un sicario de Rick, o el intermediario que está usando Rick para hacer dinero con la American Steel.

—¿Para qué iba a necesitar Rick a una nueva persona? La American Steel cotiza en Bolsa. Rick puede comprar todas las acciones que le dé la gana.

—Pero para comprarlas necesita dinero, y probablemente Rick se quedó sin blanca con lo del caso Grinnell. Necesita a alguien que ya posea un montón de acciones de American Steel, o que esté dispuesto a aportar fondos. De lo contrario… —Ben miró hacia el suelo donde estaba su abrigo—. Maldita sea —masculló—. Acabo de darme cuenta de que me dejé el maletín delante del supermercado. Estoy seguro de que ellos lo recogieron.

—¿No llevarías en él la decisión, verdad?

—Claro que no. Pero la carta que he estado escribiendo sí se encontraba en el portafolios. Lo cual significa que ya saben que pienso entregarme.

—Eso lo supieron ayer, en cuanto no compareciste por el museo —dijo Lisa—. Por cierto, ¿has llamado a Nathan y a Eric?

—Todavía no. ¿Por qué?

—Llámalos —le ordenó Lisa—. Si Rick anda por tu vecindario, el primer sitio al que irá es tu casa. ¿Siguen tus compañeros allí?

—Nathan está trabajando, pero tal vez Eric esté en casa.

Ben colgó y buscó más monedas en sus bolsillos. Le faltaban diez centavos, así que procedió a marcar el número de su tarjeta de crédito en el teléfono de pago. Mientras sus dedos danzaban sobre las teclas, se dio cuenta de que se había equivocado al marcar.

—Maldita sea —dijo, y colgó. Levantó de nuevo el auricular y volvió a teclear nerviosamente el número de su tarjeta—. Vamos, vamos —murmuró esperando que sonase el tono. Lo oyó, y marcó el número de su casa, rezando porque Eric hubiera terminado de hacer las correcciones y no se encontrara ya allí.

—Dígame —contestó Eric.

—Soy yo, Eric. Sal de la casa. Rick y el tipo del chaquetón de marino…

—¿Has hablado con Lisa? —lo interrumpió Eric.

—No te preocupes por Lisa —dijo Ben—. Tienes que…

—Calla un segundo —insistió Eric—. Llamó Rick preguntando por ti. Dijo que se trataba de una emergencia, y me encargó que te dijese que se dirigía a casa de Lisa.

A Ben el corazón se le cayó a los pies.

—¿Cuánto hace que llamó?

—Como media hora. ¿Necesitas que…?

Ben colgó, marcó de nuevo el número de su tarjeta de crédito y luego el teléfono de Lisa.

—Ay, mierda, mierda, mierda… —dijo.

El teléfono sonó cinco veces sin que nadie contestase.

Al fin, la voz de Lisa:

—Dígame.

—Sal del apartamento —le dijo Ben—. Rick va hacia allí.

—No, Rick ya ha llegado —dijo la voz de Rick—. ¿Cómo te va, Ben? Llevamos mucho tiempo sin vernos.

—Oh, Dios…

—¿A qué viene esa tristeza? —preguntó Rick—. ¿No te alegra oírme?

—Si le haces algo a Lisa, te juro que…

—Déjate de amenazas —le ordenó Rick con voz súbitamente seria—. Ahora tengo en mi poder a Lisa y a Nathan.

—¿A Nathan?

—Calla y, por una vez, escucha —dijo Rick—. Los tengo a los dos y estoy más que harto de jueguecitos. Ahora dime dónde estás.

Ben permaneció en silencio.

—No es momento para estupideces —dijo Rick—. Este fin de semana ya has perdido a un amigo. ¿Quieres que sean dos? —Como no obtuvo respuesta, añadió—: ¿Qué tal tres?

—Estoy en el bar Boosin —dijo al fin Ben—. En la calle New Hampshire.

—Conozco el sitio. Te quiero delante de la entrada dentro de diez minutos. Y si caes en la tentación de llamar a las autoridades, a tus padres, a Eric o a cualquier otra persona, me enfadaré mucho contigo. ¿Entiendes?

—Sí —dijo Ben dominando su ira.

—Estupendo. Ahora, la última pregunta. ¿Cuál será la decisión en el caso American Steel?

Ben volvió a guardar silencio.

—Te he hecho una pregunta —dijo Rick.

Ben continuó sin decir nada.

—Esto es una simple cuestión de dinero —le advirtió Rick—. No la convirtamos en un drama violento.

—Gana American Steel —dijo Ben, cortante—. ¿Estás satisfecho? Ahora ya puedes ganar un montón de millones.

—Pues sí, estoy muy satisfecho, porque esa es la misma respuesta que nos dio Lisa —dijo Rick—. Nos veremos fuera del bar dentro de diez minutos.

Cuando Rick colgó, Ben no pudo aguantar más y estalló. Agarró el auricular y golpeó el aparato con él. Los pocos parroquianos que se encontraban en el bar alzaron la vista al oír el estrépito. Ben golpeó de nuevo la base metálica del teléfono. Y otra vez. Y otra.

De pronto, alguien lo agarró por detrás.

—¿Qué demonios te pasa? —le preguntó el barman, al tiempo que le quitaba el receptor de las manos.

—¡Déjeme en paz! —gritó Ben tratando de librarse de las fuertes manos del hombre.

El barman lo arrastró hasta la puerta y lo echó a la calle.

—Si estás loco, vete con tus locuras a otra parte.

 

Con la ira que le salía por todos los poros del cuerpo, Ben aguardaba en el exterior del Boosin. Hundió las manos en los bolsillos del abrigo y le dio una patada a un pequeño montón de nieve que había junto al edificio. Al cabo de diez minutos, un Jeep rojo se detuvo junto al bordillo. Su único ocupante era Claremont.

—Quédate ahí —le ordenó Claremont.

Luego se apeó del Jeep y se aproximó a Ben. El hombre ya no llevaba el sombrero marrón, y Ben estudió sus facciones. De rostro redondo y encendido, Claremont parecía mucho mayor de lo que Ben había esperado.

—Quítate el abrigo —le dijo Claremont, señalándolo con un grueso índice.

Ben obedeció y Claremont lo cacheó.

—¿Te preocupan los micrófonos? —le preguntó Ben.

—Me han contado que tú sueles llevarlos. —Tras cerciorarse de que Ben estaba limpio, Claremont le abrió la portezuela del Jeep—. Viajeros al tren —dijo.

Treinta y cinco minutos más tarde, el vehículo se detuvo en el estacionamiento trasero del Hotel Palm, en Bethesda.

—Sígueme —le ordenó Claremont echando a andar hacia la entrada posterior del edificio—. Y como se te ocurra decirle una palabra a nadie…

—Sí, ya sé —dijo Ben.

Subieron en el ascensor hasta el piso veinticuatro, y luego fueron por el corredor hasta la habitación 2 427. Claremont pasó su tarjeta codificada por la cerradura electrónica, empujó la puerta y entró en la magnífica suite. La habitación principal estaba vacía.

—¿Dónde están todos? —preguntó Ben.

—Cierra la boca y sígueme —dijo Claremont.

Cruzó el dormitorio y abrió la puerta que comunicaba con la suite contigua. Cruzaron la segunda suite y llegaron a la puerta que daba a una tercera. Por último, entraron en la mayor de las tres suites, en la que aguardaban Rick, Lisa y Nathan.

A Ben le sorprendió encontrar a Nathan y a Lisa tranquilamente sentados a la gran mesa de cristal del comedor. Al mirar a través del transparente tablero, advirtió que ambos estaban esposados a sus sillas. Nathan tenía el ojo izquierdo hinchado y amoratado.

—¿Estáis bien? —les preguntó Ben.

—Vete a la mierda —respondió Nathan apartando la mirada.

—Niños —los reprendió Rick—. Nada de peleas.

—¿Por qué habéis tenido que golpearlo? —dijo Ben.

—No nos quedó más remedio —dijo Rick—. Se negaba a acompañarnos.

Ben miró a Lisa y le dijo:

—Espero que no te hayan pegado.

—¿Bromeas? —intervino Rick mostrando los arañazos que tenía en la parte lateral del cuello—. Ella me hizo más daño que tú.

Rick se acercó al pequeño escritorio de caoba que había en un rincón, abrió su maletín, sacó dos pares de esposas y se los tiró a Claremont.

Claremont empujó a Ben hacia la gran silla de madera que había junto a la de Nathan.

—Siéntate.

—Primero dejad que mis amigos se vayan —exigió Ben.

—¿Para que avisen a la policía? —Rio Rick—. Siéntate, Ben. No estás en condiciones de discutir.

Ben se sentó y Claremont utilizó los dos juegos de esposas para sujetar los brazos de Ben a la silla.

—Y si estás pensando en gritar, ahórrales a tus pulmones el esfuerzo —dijo Rick —. Hemos alquilado casi toda esta planta, y el gerente nos prometió absoluta intimidad. Hoy en día casi todo tiene su precio.

—No sé a qué viene tanta petulancia —dijo Ben—. Eric sigue libre. Esta noche, cuando vea que no volvemos a casa, acudirá a la policía.

—Qué va, no lo hará —dijo fríamente Rick.

Lisa miró a Ben y le explicó:

—Nathan llamó a Eric y le dijo que esta noche se quedaría trabajando hasta tarde. Y luego yo lo llamé y le dije que los dos estábamos bien, que la llamada telefónica de Rick no había sido más que una falsa amenaza. —Al ver la atónita expresión de Ben, le aclaró—: Rick dijo que si no hacíamos esas llamadas, te mataría.

Sorprendido por la gravedad de la amenaza de Rick, Ben se volvió hacia él.

—¿Satisfecho? —preguntó Rick.

 

—¿Piensas pedir que se aplace el anuncio de la decisión? —preguntó Fisk, impaciente, sentado en el despacho de Lungen.

—No sé cómo —dijo Lungen—. De momento, no tenemos más pruebas de las que teníamos el viernes. Ben y Lisa no han venido por aquí en todo el fin de semana.

—Debimos haber puesto vigilancia en la casa —dijo Fisk señalando a Lungen—. Ahora no tenemos ni idea de dónde se encuentra Ben.

—Igual se ha ido de compras.

—Sigo pensando que deberíamos pedir un aplazamiento. Diles a los jueces que no deseamos que anuncien la decisión hasta que encontremos a Ben.

—No sabes lo que dices —dijo Lungen—. ¿Pretendes que paralice al Tribunal Supremo de Estados Unidos solo porque uno de sus pasantes no trabajó durante el fin de semana? ¿Quieres que terminemos los dos en la cola del paro?

—¿Y si no aparece hasta mañana?

—No importa —dijo Lungen—. Hasta que conozcamos todos los hechos hasta el último detalle, no podemos paralizar el tribunal. Puedes creerme, cuando tengamos la información, Ben Addison se enterará de quién soy yo. Pero hasta entonces, debemos esperar.

—Esperar y escuchar —dijo Fisk conectando el altavoz que había sobre el escritorio de Lungen.

A Ben se le estaban durmiendo los brazos a causa de la inmovilidad.

—Cometiste un error al capturarnos solo a nosotros tres.

—¿Ah, sí? —Rick estaba sentado en el mullido sofá repasando los papeles extendidos sobre la mesita de café.

—Hablo en serio —dijo Ben—. Eric no se creerá esas historias. Seguro que a estas alturas ya habrá hablado con la policía.

—Eso no te lo crees ni tú —dijo Rick sin apartar la vista de los papeles.

—¿Por qué?

—¿Esperas que Eric acuda a la policía? —preguntó Rick mirando a sus prisioneros—. ¿Hablamos del mismo Eric que te recomendó que evitaras a toda costa acudir a las autoridades? ¿Del mismo Eric que te dijo que tú solo te bastabas para atraparme? ¿Esa es la persona que va a airear este asunto a los cuatro vientos? Hasta Ober tenía más recursos. —Ben encajó las mandíbulas—. ¿Puse el dedo en la llaga?

—De no ser por ti, Ober seguiría vivo —dijo Ben—. Te mataré por lo que hiciste.

—Sí, claro. Y si te crees eso, comprendo que creas también que Eric va a acudir al rescate. —Se arrellanó en el sofá y añadió—: Lamento ser yo quien te dé la mala noticia, pero esta vez estás completamente solo.

 

Sentado a su escritorio de la redacción, Eric comenzaba a preocuparse. Había pasado las tres últimas horas tratando de localizar a sus compañeros. Nathan no estaba en el trabajo, Ben no estaba en el tribunal y Lisa no estaba en su casa. Las llamadas telefónicas deben de haber sido una trampa, pensó, mientras las migas de su tardío almuerzo caían sobre el teclado del ordenador. Limpiándose las manos en las perneras de sus vaqueros, dio vueltas al Rolodex. Se acabaron los jueguecitos, se dijo, mientras marcaba el número del Departamento de Alguaciles del Tribunal Supremo. Había llegado la hora de conseguir la ayuda de auténticos expertos.

—Departamento de Alguaciles —respondió una voz masculina—. Carl Lungen al habla.

—Señor Lungen, soy Eric Stroman, el compañero de domicilio de Ben Addison.

—¿Cómo ha conseguido mi número privado? —le preguntó Lungen, aparentemente molesto.

—Lo copié del Rolodex de Ben —le explicó Eric—. Nunca está de más tener el teléfono de un alguacil. Solo lo llamo porque creo que Ben puede encontrarse en peligro.

—Lo escucho.

—Bueno, en resumidas cuentas, a Ben lo estaba chantajeando un tipo, un tal Rick. Hace unas horas Ben me llamó para decirme que me fuera de casa porque Rick iba tras nosotros. Media hora después de eso llamó Lisa y me dijo que todo iba bien. Tal vez solo sean imaginaciones mías, pero creo que a mis amigos les ha ocurrido algo.

—Eric, le agradezco que haya llamado —dijo Lungen—. Ahora empiece por el principio y cuénteme toda la historia.

 

A las diez de aquella noche, Rick y Claremont se encontraban en la suite central, terminando la cena que les había subido el servicio de habitaciones.

—Solo faltan doce horas —comentó Rick mordisqueando una patata frita—. Ya casi estamos listos.

—¿Me prometes que al mediodía ya habremos vendido las acciones? —preguntó Claremont.

—¿Cuántas veces quieres oírlo? —dijo Rick—. Mañana al mediodía, todo habrá terminado.

—No me mires así —dijo Claremont—. En mi lugar, tú estarías igual de preocupado. La Comisión de Bolsa solo tardará unas horas en advertir que un ejecutivo de la American Steel liquidó todas sus acciones y se lo jugó todo en una arriesgadísima apuesta financiera. Lo que vamos a hacer suscitará todo tipo de suspicacias.

—Para cuando reúnan todas las piezas, nosotros ya estaremos muy lejos —dijo Rick—. No te pongas nervioso.

—No sabes lo feliz que seré cuando todo esto termine —dijo Claremont.

—Serás bastante más que feliz —dijo Rick—. Serás rico. Esas acciones valdrán millones.

—¿Y si Ben miente y en realidad Steel pierde?

—No te preocupes —dijo Rick—. Después de lo que sucedió con Grinnell, yo no arriesgaré ni un solo céntimo a no ser que esté convencido de que Ben dice la verdad.

 

—Nathan, no seas así —le suplicó Ben—. Háblame.

—Déjalo en paz —intervino Lisa—. Que hable cuando quiera.

—Con el silencio no se arregla nada —dijo Ben—. ¿Por qué no tratas de sobreponerte?

—¿Que me sobreponga? —preguntó Nathan alzando la cabeza y mirando a Ben —. Ober ha muerto. Eso no es algo a lo que uno se sobreponga así como así. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

—Dejad de pelear —dijo Lisa tirando de las esposas. Se echó hacia la izquierda, miró por encima del brazo del sillón y vio que las esposas estaban sujetas a los travesaños de madera que unían las patas anteriores y posteriores de la silla—. Deberíamos concentrarnos en encontrar el modo de salir de aquí.

—A ver si adivino —dijo Nathan—. Llevas una ganzúa en el pelo y eres una cerrajera experta.

—Ojalá —dijo ella.

Lisa echó su silla hacia adelante hasta que le fue posible ponerse en pie e inclinándose, se volvió hacia Ben. Luego bajó la silla y quedó sentada frente a él.

—¿Ves esos travesaños? —le preguntó—. Seguro que si les das una buena patada, los romperás.

Ben miró los gruesos travesaños.

—Ni hablar —dijo—. No es posible…

—No me vengas con esas —dijo Lisa—. Inténtalo. Suelta una buena patada. Pero ten cuidado de no darme en la mano.

Ben movió su silla hasta colocarla en la posición adecuada y se dispuso a lanzar la patada.

—Aguarda un momento —dijo Lisa agitando una de sus esposadas manos—. Acércame tu otro pie para que yo lo agarre.

—¿Por qué?

—Porque si no lo haces, en cuanto golpees la silla saldrás despedido hacia atrás.

Ben asintió y aproximó el tobillo izquierdo para que Lisa se lo sujetara. Levantó la pierna derecha y, antes de descargar el golpe, contó:

—Uno, dos, tres. —Su pie golpeó contra el travesaño.

—Otra vez —dijo Lisa.

Tras descargar una docena de patadas, Ben advirtió que la madera comenzaba a astillarse.

—Ya casi lo has conseguido —dijo Lisa.

Un golpe más y el travesaño se partió, y permitió que Lisa deslizara la argolla de las esposas fuera de la madera. Con un brazo aún inmovilizado, volvió la silla del otro lado.

—Ahora, a por el otro —dijo.

—No hagáis ruido —les advirtió Nathan, que no quitaba ojo a la puerta de comunicación con la otra suite.

Una vez Ben hubo roto a patadas el otro travesaño, Lisa quedó libre. Con las esposas colgando aún de sus muñecas, fue hasta la silla de Ben y se dispuso a patearla.

—Deja la silla —dijo Ben—. Corre a buscar ayuda.

—Ni hablar —dijo Lisa.

—No discutas, vete —insistió Ben tirando de las esposas—. Es imposible que logremos soltarnos sin que nos oigan.

—A ti no te oyeron, ¿no? —preguntó Lisa—. Además, si me voy, sabe Dios qué os harán a vosotros.

—No nos pasará nada —dijo Ben—. Vete a pedir auxilio.

—No —dijo Lisa. Comenzó a descargar patadas contra los travesaños de la silla de Ben—. No quiero tener vuestras muertes sobre mi conciencia.

—No nos van a matar —dijo Ben.

Lisa se detuvo y miró a Ben a los ojos.

—Pero… ¿qué dices? Nos han golpeado, nos han secuestrado y nos han encadenado, ¿y no los crees capaces de matarnos?

—Ve a por ayuda —insistió Ben.

—¿Tú qué dices, Nathan? —le preguntó Lisa.

—Patea la silla —dijo Nathan—. A mí me sacudieron como a una estera y no quiero que la paliza se repita.

Sosteniéndose sobre un solo pie, Lisa lanzó el otro contra el travesaño, que no cedió.

—Maldita sea…

—Lárgate de aquí —dijo Ben.

—Calla —dijo Lisa, y volvió a patear la madera.

Lentamente, el travesaño comenzó a romperse. Al cabo de otros seis golpes, se partió en dos. Lisa corrió al otro lado de la silla.

—Date prisa —la apremió Ben.

—Me doy toda la prisa que puedo —respondió ella poniéndose a patear el otro travesaño, que tardó algo menos de un minuto en romperse.

Los dos pasantes corrieron junto a la silla de Nathan, se pusieron uno a cada lado, y comenzaron a descargar patadas contra la vieja madera.

El sistema nervioso de Nathan estaba inundado de adrenalina.

—Se va a romper —dijo—. Está a punto de partirse.

Con las piernas cansadas a causa del prolongado esfuerzo, Lisa se detuvo para recuperar el aliento.

—Sigue pateando —dijo Nathan—. Ya casi lo has conseguido.

Ben rompió al fin el travesaño de su lado. Nathan soltó el brazo. Ben rodeó la silla para ayudar a Lisa y en aquel momento escuchó un débil clic.

Todos alzaron la mirada.

—Mierda —dijo Nathan.

—¿Para qué os molestáis? —preguntó Rick que, desde un rincón de la estancia, apuntaba con una pistola a los tres amigos—. Separémoslos —dijo, y él y Claremont caminaron hacia la gran mesa de cristal. Rick señaló con la pistola a Lisa y le ordenó a su compañero—: Métela en el baño. Amárrala con las esposas a las cañerías de debajo del lavabo.

Claremont la sujetó por las esposas de la izquierda, y Lisa lanzó la mano derecha contra él, alcanzándolo con las otras esposas en la sien. Agarrando las dos manos de la joven con una de las suyas, Claremont golpeó a Lisa en el rostro y la derribó violentamente contra el suelo.

—¡Te mataré! —gritó Ben abalanzándose sobre Claremont.

Rick apuntó la pistola contra Ben.

—¡No te muevas!

Ben se quedó paralizado mirando con ojos desorbitados el cañón de la pistola de Rick.

En aquel momento se abrió de golpe la puerta que daba a la segunda suite.

—¡Todos quietos! ¡Cuerpo de Alguaciles! —gritó Carl Lungen irrumpiendo en tromba y apuntando en todas las direcciones con el arma que blandía. Ben se quedó boquiabierto—. ¡Quedan todos detenidos!

—¿Dónde demonios te habías metido? —le preguntó Rick, al que la brusca entrada del alguacil había dejado impertérrito—. Llevamos horas esperándote.

Lungen bajó el arma, miró a Ben y se echó a reír.

—Muchacho, deberías verte la cara —dijo—. Pensaste que de veras acudía a rescataros, ¿a que sí?

—Ayúdanos a amarrarlos —dijo Claremont—. Han estado a punto de fugarse.

—¿Qué tal sienta hacer el primo, Addison? —le preguntó Lungen apuntando a Ben con la pistola—. Ahora levanta las manos.

—Pero… ¿qué demonios pasa? —preguntó Ben manos arriba—, ¿trabaja usted para Rick?

Con la pistola contra la espalda de Ben, Lungen lo condujo hacia una de las sillas que seguían enteras.

—No te lo tomes como algo personal —dijo Lungen—. El dinero es el dinero.

—¿Fisk también está metido en esto? —preguntó Ben, mientras Lungen lo esposaba a la silla.

—No, no ha tenido tanta suerte —dijo Lungen. Se volvió hacia Rick y añadió—: Por eso no he podido venir hasta ahora. Lamento no haberos podido ayudar a capturar a estos tres.

—¿Qué pasa con Fisk? ¿Te está creando problemas? —preguntó Rick.

—No sabes hasta qué punto. He tenido que recurrir a todo tipo de excusas para evitar que se pusiera en marcha y detuviese a todo el mundo. Está más impaciente que una virgen antes del baile de fin de curso.

Rick esbozó una sonrisa torcida al ver la estupefacción que reflejaba el rostro de Ben.

—Pero… ¿crees que Fisk se quedará tranquilo? —preguntó.

—De momento, espero que sí. Pero temo que cuando Ben no se presente a trabajar mañana, pierda los nervios.

—No creo que haga nada —dijo Rick—. Por lo que me has dicho, sin tu permiso, Fisk no se atrevería ni a ir a cagar.

—Esto es increíble —dijo Ben, mientras Lungen se volvía hacia a Nathan.

Lungen volvió a esposar el brazo de Nathan al brazo de la silla.

—Vamos, Ben —dijo Lungen—. ¿Tan listo te consideras? De no ser por mí, Fisk hubiera puesto micrófonos en tu despacho hace semanas en vez de hace días. Y, en cuanto a la prueba del detector de mentiras, jamás la hubieras superado sin mi ayuda. En mi opinión, deberías estarme agradecido.

—Pero… ¿qué dices? —preguntó Ben—. Fue Fisk el que realizó la prueba.

—¿Y quién crees que trucó el polígrafo? —preguntó Lungen sentándose en el sofá junto a Rick—. Aunque te hubieras esforzado en ello, no habrías logrado fracasar en la prueba.

—Y tú pensabas que tu compañero te había dado un placebo, pero que pese a todo, conseguiste salir con éxito —dijo Rick.

Ben se volvió hacia Nathan.

—Yo nunca pensé…

—Da lo mismo —susurró Nathan con voz temblorosa—. Eso ya no tiene importancia.

—¡Jesús! —exclamó Lungen dando una palmada en la rodilla de Rick—. ¿Te fijaste en sus caras cuando irrumpí en la habitación? Creyeron que todo había terminado.

—Y ya falta poco para que termine —dijo Rick—. Menos de once horas.

 

A las cuatro de la mañana, solo una de las luces de la suite seguía encendida, y un extraño silencio se había apoderado de la estancia en penumbra. Una pequeña lámpara de sobremesa que había junto al sofá apenas producía la suficiente luz para iluminar el periódico que estaba leyendo Lungen. En el baño, Lisa, cuyo agotamiento podía más que el miedo, dormía sobre el suelo. En la sala, Nathan, pese a sus ocasionales cabezadas, se esforzaba en superar el sopor y mantenerse despierto. Ben, en un rincón de la sala se encontraba totalmente espabilado, y no dejaba de taladrar a Lungen con la mirada.

Sentado en el sofá y hojeando el periódico, Lungen hacía de guardián de los tres amigos. Al mirar por encima del hombro, reparó en Ben.

—¿Por qué no tratas de dormir? —le preguntó.

—No estoy cansado.

—Bueno, pues sigue despierto —le dijo Lungen volviendo a su periódico—. Maldito lo que me importa.

—Espero que te hayan pagado bien.

—Me han pagado maravillosamente.

—¿A cuánto se cotiza la integridad hoy en día? —le preguntó Ben—. ¿Un millón? ¿Dos?

Lungen dobló el periódico y se volvió hacia Ben.

—No necesito que nadie me dé lecciones de moral.

—Estupendo —dijo Ben—. Supongo que te das cuenta de que serás un fugitivo durante el resto de tu vida.

—¿De qué me hablas? —preguntó Lungen—. Todo está perfectamente planeado. Cuando esto termine, volveré a mi trabajo. Y cuando detenga a Ben y a Lisa, los dos pasantes más buscados de Norteamérica, lo más probable es que me gane un ascenso.

—Sí, claro —dijo Ben.

—No te lo creas si no quieres —dijo Lungen—, pero mañana por la noche Ben Addison será un hombre buscado por la policía. Cuando la Comisión de Bolsa detecte la venta de nuestras acciones, adivina a nombre de quién estará hecha la transferencia. Además, ¿recuerdas la cuenta bancaria que Rick abrió a tu nombre durante el asunto del CMI? Bueno, pues Rick ha hecho en ella otro contundente depósito. Todo eso, unido a la grabación que hicimos cuando nos comunicaste el resultado de la decisión, hará que nadie crea tu historia.

—Estás desvariando.

—De eso, nada —dijo Lungen—. ¿A quién crees que creerá Norteamérica? ¿Al pasante con un millón de dólares en su cuenta corriente o al alguacil que lo detuvo? Y si piensas en acusar a Rick, ¿qué pruebas tienes contra él? A estas alturas, ni siquiera le es posible demostrar que existe.

Ben se quedó en silencio, tensó los hombros y notó en las muñecas la mordedura de la esposas.

—Puedes decir lo que quieras, pero recuerda que Rick va a lo suyo. Y eso significa que tú le importas un bledo. En realidad, no me sorprendería que parte de la información que utilice para incriminarme apunte también contra el Departamento de Alguaciles. Yo, en tu lugar, saldría de esto.

—Vamos, Ben… ¿de veras crees posible convencerme de que cambie de bando? No soy ningún idiota, y me he metido en esto con los ojos bien abiertos. Me sé al dedillo todas las consecuencias que este asunto puede tener. Rick y yo lo planeamos hace tiempo, y estoy dispuesto a llegar hasta el final.

—¿Así que estás en esto desde el asunto del CMI?

—¿Cómo crees que Rick averiguó tantas cosas acerca del tribunal? —le preguntó Lungen—. Sin ayuda desde el interior, le habría sido imposible hacer lo que hizo.

Se abrió la puerta del rincón y la brillante luz de la suite adjunta inundó la oscura habitación. En el umbral apareció Rick.

—¿Estáis tramando algo? —preguntó avanzando hasta el centro de la sala.

—Desde luego. —Lungen se levantó del sofá y fue hacia la segunda suite—. Ben me ha convencido de que cambie de bando. Me he dado cuenta de lo estúpido que he sido, y voy a ir a la policía a confesar.

—Fantástico —dijo Rick, y le dio una palmada a Lungen en la espalda—. Pero antes duerme un poco. Mañana nos espera un día muy ajetreado.

Al llegar a la puerta de la suite contigua, Lungen se volvió.

—Buenas noches, Ben.

—Así te asfixies durante el sueño —dijo Ben en el momento en que la puerta se cerraba.

—Bueno, parece que al fin estamos solos tú y yo —dijo Rick, que había advertido que Nathan se había quedado dormido.

—¿Y qué? —dijo Ben tratando de mirar por encima del hombro. Rick se colocó tras él y echó para atrás su silla—. ¿Qué haces?

Rick no contestó. Arrastró la silla hasta el centro de la sala y dejó a Ben frente al sofá. Teniendo ya bien visible a su prisionero de más recursos, Rick se sentó.

—Resignación —le recomendó Rick—. En todo juego hay un ganador y un perdedor. En este caso, el perdedor has sido tú.

—Y tú eres el ganador, claro.

—Desde luego —dijo Rick—. Tú también tuviste la oportunidad de serlo. La oferta estuvo en pie desde el principio. Pero te negaste a aceptarla.

—No hubo ninguna oferta —dijo Ben—. Tú no me preguntaste. Te limitaste a abusar de mi confianza.

—Bueno, pues demándame. ¿Acaso me habrías dado la información de otro modo?

Ben no contestó.

—Ahí tienes —dijo Rick.

—O sea, que lo sabes todo sobre mí, ¿no?

—Ben, ¿sabes cuál es la mayor diferencia que hay entre tú y yo?

—¿Aparte del hecho de que tú eres un tarado?

—Hablo en serio —dijo Rick—. Es una diferencia muy sutil, pero muy importante.

—Ah, ya, ahora es cuando me cuentas el cuento de que somos caras distintas de una misma moneda o algo así, ¿no?

—No, en absoluto. Tal vez tengamos cualidades parecidas, pero pertenecemos a mundos distintos. Y todo se deriva de una gran diferencia: tú crees que el sistema social funciona, y yo creo que el sistema social es un chiste.

—Muy interesante.

—Reflexiona sobre lo que digo y te darás cuenta de que tengo razón —dijo Rick —. Tú eres tan trapisondista, mentiroso y manipulador como yo. Pero a ti te encanta el modo como está organizada la sociedad. Te atienes a las normas. Trabajar duro, conseguir el empleo perfecto, dar con la esposa perfecta, comprar la casa y el coche perfectos. Te pasarás el resto de tu vida corriendo detrás de esa zanahoria. Mientras vayas por ese camino, por listo que seas, siempre resultarás absolutamente predecible, y yo siempre te sacaré ventaja. Y ese es el auténtico motivo por el que me fijé en ti.

—No tienes ni idea de cómo soy en realidad —dijo fríamente Ben.

—¿Ah, no? Entonces, voy a hacerte la proposición que me he estado guardando hasta ahora: ¿Te interesa ser mi socio?

—¿Cómo?

—No creas que es una broma —dijo Rick en tono absolutamente serio—. Nos hacemos socios, yo te suelto, tú vuelves al tribunal, terminas tu año y me pasas todas las decisiones lucrativas. Para el verano, estaremos nadando en dinero. En tu vida volverás a tener una preocupación.

—¿Hablas en serio?

Rick sonrió.

—No, claro que no. ¿Tan estúpido parezco?

Ben lanzó la pierna derecha hacia delante y golpeó a Rick en la espinilla.

—¡Eres un mierda!

—Sí, ¿cómo no? —respondió Rick, y le dio un fuerte empujón a la silla de Ben.

La silla cayó hacia atrás y Ben se debatió con las esposas. Incapaz de detener el movimiento, se preparó para el impacto. La silla se desplomó con un fuerte estrépito, y la cabeza de Ben dio contra el suelo. Caído de espaldas, Ben cerró los ojos negándose a manifestar indicio alguno de dolor.

—Duerme bien —le dijo Rick arrellanándose en el sofá—. Mañana es el gran día.

 

—¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba! —gritó Rick a las nueve menos cuarto de la mañana siguiente. Cuando golpeó en la puerta del baño, Lisa despertó sobresaltada, alzó vivamente la cabeza y se dio contra las tuberías del lavabo. Aturdida, se sentó en el suelo, se recostó en la bañera y movió las muñecas para facilitar la circulación en las pálidas manos.

En la sala, Nathan movió lentamente el cuello a un lado y a otro. Aún tumbado de espaldas, Ben se pasó la lengua por los dientes, la chasqueó y dijo:

—Necesito ir al baño.

—Aguanta —dijo Rick. Cogió la silla de Ben y la puso vertical.

—Tenéis un aspecto horroroso —le dijo Claremont a Ben y a Nathan, que tenían marcadas bolsas debajo de los ojos.

—¿Dónde está Lungen? —preguntó Ben mirando a su alrededor.

—Trabajando —respondió Rick mientras se dirigía hacia Nathan—. Procurando que Fisk no meta la pata.

—¿Cuándo vas a llamar al corredor de bolsa? —preguntó Claremont, impaciente —. Son casi las nueve.

—Ahora lo llamo. —Rick agarró la silla de Nathan por el respaldo, la echó para atrás y la arrastró hasta el centro de la habitación.

—¿Qué pasa? —preguntó Nathan—. ¿Qué haces?

—Poner a prueba una teoría —dijo Rick dejando la silla vertical. Se volvió hacia Ben, que ahora estaba frente al costado de Nathan y le preguntó—: ¿Ves bien a tu amigo?

—No lo toques —dijo Ben—. Ya te he dicho cuál es la decisión.

—También lo hiciste con la decisión del caso Grinnell —dijo Rick al tiempo que se remangaba la blanca camisa—. Y mira cómo terminé. —Dicho esto, Rick procedió a descargar un puñetazo contra el rostro de Nathan.

—¡No! —gritó Ben.

—¿Es realmente American Steel la ganadora? —preguntó Rick. Claremont no lo perdía de vista.

—Sí. Lo juro.

Rick golpeó a Nathan en la mandíbula.

—¿Seguro que ese es el auténtico resultado?

—¡Basta! —gritó Ben—. Te estoy diciendo la verdad.

Al ver la sangre que manaba de la boca de Nathan, Claremont dijo:

—No creo que mienta.

—Ya veremos —dijo Rick yendo hacia el baño.

Entró y salió arrastrando a Lisa por las esposas.

—¡No te atrevas a tocarla! —exclamó Ben, agitado.

—Cierra la boca —dijo Rick.

Claremont apartó la silla de Nathan y colocó una vacía en el centro de la estancia. Lisa pateaba y se debatía furiosamente contra Rick.

—¡Déjame en paz! —gritó—. ¡Te mataré!

—Calla —dijo Rick al tiempo que, con ayuda de su socio, inmovilizaba a la joven.

Cuando la hubieron esposado a los brazos de la silla, Rick retrocedió unos pasos para estudiar la expresión de Ben.

Congestionado por la ira, Ben gritó:

—¡No te acerques a Lisa! Ya te dije cuál era la puñetera decisión.

—Vaya —dijo Rick—. No sabía que estuvierais tan unidos.

—Apresúrate —le pidió Claremont mirando su reloj—. No hay tiempo que perder.

—Créeme —le contestó Rick—, si no conocemos la verdadera decisión, todo el tiempo del mundo no valdrá para nada. —Se volvió hacia Ben y continuó—: Bueno, Ben, ¿es realmente American Steel la ganadora?

—No le digas nada —le pidió Lisa.

Rick golpeó a Lisa en el rostro.

—A ti nadie te ha preguntado. —Un gran rosetón rojo apareció en torno al ojo izquierdo de la muchacha—. Ahora Nathan y tú estáis iguales.

—¡Apártate de ella! —gritó Ben, iracundo y con las esposas mordiéndole las muñecas—. ¡Te mataré!

—He hecho… una pregunta —dijo Rick, y la golpeó de nuevo.

Mientras de la boca de Lisa manaba sangre y saliva, Ben se debatía furiosamente tratando de soltarse.

—¡Te juro que te mataré, cabrón!

—Esa no es la respuesta —dijo Rick descargando un revés contra el rostro de Lisa.

Convulso y vociferante, Ben no fue capaz de contenerse.

—¡Es la verdad! —gritó, con lágrimas que le resbalaban por las mejillas—. ¿Qué más quieres saber?

—¿Cuál fue el resultado de la votación? —preguntó Rick.

—Cinco a cuatro —dijo Ben—. El voto de la juez Dreiberg fue el decisivo.

Rick sacó la pistola y apuntó con ella a Lisa.

—¿Seguro?

—Vamos, Rick, ya es suficiente —intervino Claremont.

—Cállate —dijo Rick. Agarró a Lisa por el cabello, le metió el cañón de la pistola en la boca y repitió la pregunta—: ¿Seguro?

—Te lo juro por mi vida —dijo Ben.

Rick echó para atrás el percutor y puso el dedo en el gatillo.

—No bromeo. Estoy dispuesto a hacerlo.

—Te juro que el resultado es cierto —dijo Ben con todo el cuerpo en tensión—. American Steel es la ganadora.

Rick escrutó el rostro de Ben y al fin sacó el cañón de la pistola de la boca de Lisa.

—Muy bien. Te creo.

Rick fue hasta el escritorio situado en un rincón de la sala y cogió su teléfono móvil. Marcó rápidamente un número y dijo:

—Hola, Noah, soy yo. Te cuento: en cuanto abra la Bolsa, quiero que liquides las acciones preferenciales que te entregué. Con lo que obtengas por ellas, compra todas las acciones de la American Steel que te sea posible. —Permaneció unos momentos a la escucha y continuó—: Claro que estoy seguro. Luego, al mediodía, quiero que las vendas y transfieras los beneficios a mi cuenta habitual. Exacto. Lo has entendido perfectamente. —Rick colgó y se volvió hacia Claremont—. Ahora ya solo nos queda esperar.

 

Lisa dejó de escupir sangre sobre la alfombra y esperó a que la habitación dejara de dar vueltas a su alrededor.

—¡Lisa! —la llamó Ben—. ¡Mírame!

—Está volviendo en sí —dijo Nathan—. Aguarda un poco.

—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Lisa—. Me noto la cara como un globo.

—¿Estás bien? —preguntó Ben—. Dime algo.

—Sí, sí, estoy bien —dijo ella cerrando los ojos para controlar el vértigo—. Déjame respirar. —Permaneció en silencio durante un minuto y luego preguntó—: ¿Está mi ojo tan mal como lo noto?

—No es más que un ojo negro —dijo Ben.

—Ya sé lo que es —replicó Lisa—. Pregunto por su aspecto.

—Tiene bastante mala pinta.

—¿Me lo hizo Rick solito, o lo ayudó Claremont?

—Solo fue Rick —dijo Ben.

—En cuanto me libre de las esposas, ese cabrón puede irse dando por muerto. — Lisa miró por encima del hombro y vio a Nathan—. ¿Qué tal andas tú?

—Bien —dijo Nathan con una voz que apenas era un susurro.

—¿Está mi ojo tan mal como el de Nathan? —le preguntó Lisa a Ben.

—Dentro de un rato, lo estará —contestó Ben.

—Fantástico —dijo Lisa.

—Escucha, Rick —dijo Ben alzando la voz—. ¿Puedes darnos al menos un poco de hielo?

—No —respondió Rick, que estaba sacando del maletín su ordenador portátil.

Minutos antes de las diez, Rick enchufó su teléfono móvil al ordenador portátil y conectó este a la base de datos Westlaw del Tribunal Supremo. Claremont miró por encima del hombro de Rick, y le preguntó:

—¿El resultado de la decisión aparecerá en la pantalla?

—No —contestó con sarcasmo Rick—, tendremos que darnos un paseíto hasta el tribunal para verlo todo en persona. —Tecleó unos momentos—. En cuanto la decisión se anuncie, la oficina de información la hará pública y los datos aparecerán en Westlaw.

En el otro extremo de la sala, Ben le preguntó a Lisa:

—¿Seguro que estás bien?

—Sí, y ya van diez veces que te lo digo —dijo Lisa. La zona en torno a su ojo seguía hinchándose y oscureciéndose—. Estoy acostumbrada a que me sacudan en la cara.

—¿Y tú, Nathan? —le preguntó Ben—. ¿Qué tal tu ojo?

—Bien —dijo Nathan—. Y deja de preguntar.

—Callaos de una vez —dijo Rick volviéndose hacia los tres prisioneros.

 

A las diez en punto, el alguacil del tribunal dio un golpe de maza, y todos los presentes en la sala de audiencias se pusieron en pie.

—¡El honorable juez presidente y los honorables jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos! —anunció el alguacil.

Inmediatamente, los nueve jueces salieron de detrás de la cortina color burdeos y se dirigieron a sus sillones.

—¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! Los que tengan asuntos pendientes con el honorable Tribunal Supremo de Estados Unidos que se acerquen y atiendan, porque el tribunal entra en sesión. ¡Dios guarde a Estados Unidos y a este honorable tribunal!

De nuevo cayó la maza, y todo el mundo se sentó.

—Hoy anunciaremos los resultados de tres decisiones —dijo Osterman al nutrido público—. Álvarez contra la ciudad de Gibsonia, Katz y Compañía contra Nevada, y Richard Rubin contra American Steel. El juez Veidt leerá las dos primeras decisiones, y la juez Dreiberg la tercera.

—¿Por qué tardan tanto? —preguntó Claremont con la vista fija en la pantalla del ordenador de Rick, que permanecía en blanco—. Ya son casi y cuarto.

—Tranquilo —dijo Rick—, tienen que anunciar tres decisiones. Ya aparecerá.

—¿La ponen en el momento en que se anuncia o aguardan a que las hayan anunciado todas? —preguntó Claremont.

—Te he dicho que ya aparecerá —dijo Rick—. Ahora, cierra la boca.

—… es constitucional según la Primera Enmienda. Por consiguiente, en el caso Katz y Compañía contra Nevada, fallamos en favor de la parte demandada y confirmamos la sentencia del Tribunal Supremo de Nevada.

—Gracias, juez Veidt —dijo Osterman—. La juez Dreiberg anunciará nuestra última decisión.

 

—¿Por qué no nos sueltas ya? —le preguntó Ben desde el otro extremo de la sala —. Ya tienes tu decisión.

Rick miraba fijamente la pantalla de su portátil.

—Lo creeré cuando lo vea.

—¿Y si Ben nos ha mentido? —preguntó Claremont—. Entonces, lo perderíamos todo.

—No te preocupes —dijo Rick—. Nos ha dicho la verdad. —¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque Ben sabe que si me hubiese mentido lo habría matado.

—Gracias, señor juez presidente —dijo Dreiberg y, apoyándose en los dos codos, habló para el micrófono. Con voz lenta y carente de inflexiones, leyó—: En el caso Richard Rubin contra American Steel, fallamos que el consejo de administración de American Steel no necesitaba la aprobación de sus accionistas minoritarios para efectuar la fusión. Por tanto, la reclamación de los accionistas no es fundamento suficiente para iniciar una causa de acción privada según las estipulaciones de la Ley de Vigilancia y Control del Mercado de Valores. Fallamos en favor de la parte demandada y ratificamos la sentencia del Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito.

—¿Qué? —preguntó Claremont—. ¿Hemos ganado?

Rick se encontraba pendiente de la decisión, que en aquellos momentos estaba apareciendo en la pantalla del ordenador.

—Aguarda. Ahora llega. —Hizo una pausa—. Parece que American Steel ha salido victoriosa. Te felicito, Addison. Al fin has hecho algo a derechas.

Tras cerrar el ordenador y desconectar el móvil, Rick se dirigió al sofá y dejó uno y otro en su maletín.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó el eufórico Claremont—. ¿Dónde hemos quedado en reunimos con Lungen? ¿Cuándo nos marchamos?

—Las cosas, de una en una —dijo Rick. Sacó una llave del bolsillo y se dirigió hacia Ben—. Ayúdame a soltar a estos tres. Luego podremos largarnos.

—¿Adónde vamos? —preguntó Ben mientras Rick le soltaba las esposas.

En vez de responder, Rick le obligó a levantarse de la silla y lo empujó hacia Claremont.

—Espósalos de nuevo —le ordenó Rick a Claremont.

—Pon las manos delante —dijo Claremont.

Ben obedeció y el hombre lo esposó.

Lisa fue la siguiente a la que soltaron y volvieron a esposar. Sujetándolos por los hombros, Claremont siguió vigilando a los dos pasantes mientras Rick iba hacia Nathan.

—No os mováis hasta que os lo diga —les ordenó Claremont.

Lisa miró insistentemente a Ben hasta que este se dio cuenta de la observación. La joven volvió la vista hacia Claremont y luego miró disimuladamente hacia su propia entrepierna. Ben retrocedió ligeramente.

—Me encuentro mal —gimió—. Creo que voy a desmayarme.

Claremont soltó a Lisa para sujetar a Ben, que se estaba desplomando. Lisa se volvió como una centella hacia Claremont y le asestó un rodillazo en la ingle. Mientras Claremont y Ben rodaban por el suelo, Lisa corrió hacia la puerta. Al darse cuenta de lo que ocurría, Rick se apartó de Nathan, sacó la pistola y comenzó a disparar. Dos disparos habían perforado ya la puerta cuando Lisa agarró el tirador.

—¡No te muevas! —gritó Rick.

Lisa, aún esposada, permaneció inmóvil ante la puerta, que se encontraba ligeramente entreabierta.

—Soy perfectamente capaz de mataros a los tres —dijo Rick—. Esto no es ninguna broma.

Lisa se daba cuenta de que aquella era su última oportunidad de huir. Se lanzó hacia el pasillo y otros tres disparos atravesaron la puerta.

Lisa corrió directamente hacia la salida de emergencia, pero cuando abrió la puerta del hueco de la escalera, le sorprendió encontrarse frente a otras dos puertas: una que conducía arriba y otra abajo. Lisa optó por correr hacia abajo y abrió con las esposadas manos la pesada puerta metálica.

—¡Cógela! —le gritó Rick a Claremont, que ya corría tambaleándose hacia la acribillada puerta. Rick apuntó a Ben con la pistola—. Como se te ocurra salir de este cuarto, te juro que me cargo a tus dos amigos.

Ben miró a Nathan, que seguía esposado a su silla.

—No me moveré de aquí —dijo Ben—. Te lo juro. —Instantes más tarde, Rick salió por la puerta.

Desequilibrada por las esposas, Lisa tuvo dificultades para bajar el primer tramo de escalera. Buscando una mejor postura para correr, se dio cuenta de que hacerlo le resultaba más fácil si mantenía los codos pegados al cuerpo. Al llegar al piso veintitrés, se encontró con otra puerta que bloqueaba el tramo de escaleras que conducía al piso veintidós.

—Mierda —masculló.

Abrió la puerta y oyó que Rick y Claremont la seguían.

Corriendo escaleras abajo, con las manos enlazadas y los codos pegados al cuerpo, Lisa tuvo que abrir una puerta en cada piso. Según su fatiga iba creciendo, las puertas le resultaban más difíciles de abrir y tardaba más en bajar cada tramo de escalones. En cada rellano, sentía la tentación de salir al corredor, pero el impulso del miedo y la inseguridad la hizo decidirse por seguir en la escalera. Al abrir la puerta del sexto piso, se preguntó a qué distancia de ella estarían Rick y Claremont.

Al llegar al quinto piso, Lisa se sentía exhausta. La falta de sueño, unida al descenso circular, la hicieron volver a ser presa del vértigo. Sin embargo, se negó a rendirse, apretó los dientes y siguió adelante. Solo cuatro pisos más, se dijo. En cuanto llegue al vestíbulo, gritaré como una posesa. Para cuando llegó a la puerta que conducía a la escalera del cuarto piso, la sensación de mareo regresó, y la joven estaba toda ella empapada por el frío sudor del miedo. Aturdida, tendió la mano hacia el tirador y no logró hacerlo girar. Alzó la vista y vio que pegado a la puerta había un letrero: para acceder al vestíbulo, rogamos usar escalera sur. ¡No! ¡Ahora, no!, se dijo golpeando desesperadamente la puerta. Agarró de nuevo el tirador y, haciendo palanca con el pie en la pared, tiró con toda su alma. Tras ella oía cómo se acercaban los rápidos pasos de Rick y Claremont.

Lisa se volvió hacia la puerta que conducía al corredor, la abrió de golpe y salió de la escalera. En la súbita calma del alfombrado corredor, miró a través del gran ventanal de su derecha y por un fugaz instante vio, abajo, la azul superficie de una piscina cubierta. Corrió pasillo abajo golpeando en todas las puertas a su paso.

—¡Fuego! —gritó—. ¡Salgan todos! ¡Fuego!

No se abrió ni una de las puertas. Cuando llegó a los ascensores, apretó repetidamente con los puños el botón de bajada. El indicador digital situado encima de las puertas del ascensor señalaba que una de las cabinas estaba en el piso diecinueve y la otra en el veintiséis. Demasiado lejos, se dijo Lisa, y siguió corriendo. Un poco más adelante vio un pequeño letrero:

ESCALERA SUR — VESTÍBULO

Con una plegaria en los labios, agarró el tirador. Aquella puerta también estaba cerrada.

—¡Mierda, no! —gritó.

Desde la puerta de la escalera norte llegaban los gritos de Claremont a Rick. Las voces sonaban muy fuertes, y Lisa comprendió que sus perseguidores no podían estar a más de un par de pisos de distancia.

Con el corazón en la boca, regresó a la carrera hacia los ascensores y apretó con furia los dos botones de llamada.

—¡Vamos, hijos de puta! ¡Bajad de una vez!

Uno de los ascensores se encontraba ahora en el piso diecisiete y el otro seguía en el veintiséis; apenas se habían movido. Convencida de que Claremont y Rick estarían allí en cuestión de segundos, miró corredor abajo y recordó la piscina del exterior del ventanal. Aspiró profundamente. Solo son cuatro pisos, se dijo. Probablemente, si tomo suficiente impulso, lograré caer dentro de la piscina. Sin pensárselo dos veces, Lisa apretó los codos contra el cuerpo y corrió a toda velocidad por el pasillo en dirección al enorme ventanal contiguo al hueco de la escalera. Debes pegar con el hombro, debes pegar con el hombro, debes pegar con el hombro, se repetía mientras iba hacia su objetivo.

La joven se lanzó contra el cristal en el momento en el que Claremont aparecía por la puerta de la escalera. En el mismo instante en que el cristal comenzaba a hacerse añicos, el hombre agarró la cadena de las esposas de Lisa. A causa de su inercia, Lisa atravesó la ventana y un millar de minúsculos fragmentos de vidrio cayeron sobre ella. El peso del cuerpo de la joven hizo que Claremont cayera de bruces al suelo y lo arrastró hasta el borde de la ventana. Sin embargo, algo detuvo su caída: Rick.

—¿Estás bien? —le preguntó Rick agarrándolo por el cinturón.

Claremont miraba por encima del borde del ventanal y se esforzaba en sujetar a Lisa, cuyo cuerpo pendía sobre el vacío.

—S… sí —dijo Claremont.

—¡No! ¡No, por favor! —gritó Lisa agarrándose con todas sus fuerzas a la muñeca de Claremont. El rostro y los brazos de la joven estaban cubiertos por infinidad de minúsculos cortes—. ¡No me sueltes, por Dios!

Sin la inercia del impulso previo, Lisa caería directamente sobre las baldosas del patio de abajo, donde ya había comenzado a congregarse un grupo de mirones.

—Suéltala —dijo Rick.

—¿Cómo? —preguntó Claremont.

—Suéltala y larguémonos —dijo Rick—. Ya estoy harto de estupideces.

A pesar de ello, Claremont, con los músculos rígidos por el esfuerzo, siguió sujetando las esposas de Lisa.

—He dicho que la sueltes —exclamó Rick—. ¿Qué demonios te pasa? De todos modos, pensábamos matarlos a los tres.

Claremont siguió sosteniendo a Lisa con todas sus fuerzas.

Rick sacó la pistola que llevaba a la cintura y apuntó con ella a la cabeza de Claremont.

—Tú no eres Richard Claremont. ¿Quién diablos eres? —Alzando el brazo, Claremont comenzó a levantar a Lisa. Rick amartilló su pistola y la apretó contra la cabeza de su socio—. Dispones de tres segundos para decirme quién eres. Cuando cuente tres, los dos caeréis por la ventana. Uno… dos…

—¡Ben! —exclamó Lisa.

Rick giró sobre sí mismo y recibió en la cara un chorro de blanca espuma. Mientras Rick se frotaba los escocidos ojos, Ben corrió hacia él con un extintor de incendios entre las manos. Con las muñecas aún esposadas, Ben blandió el extintor como un bate de béisbol y golpeó en un lado de la cabeza a Rick, quien retrocedió un paso y cayó al suelo. Rick disparó la pistola y Ben notó un dolor lacerante en el hombro izquierdo. La bala lo había alcanzado. Trastabilló y dio un nuevo golpe con el extintor, consiguiendo esta vez arrancar la pistola de la mano de Rick.

Ben intentó golpear de nuevo a Rick, pero el hombro le dolía demasiado. Vio la sangre que le corría por el brazo, se sintió débil y soltó el extintor.

—Los balazos duelen, ¿verdad? —le preguntó Rick poniéndose trabajosamente en pie—. El próximo te agujereará la cabeza.

Ben se llevó una mano al brazo herido y miró corredor abajo. Allí estaba la pistola de Rick, caída en el suelo frente a los ascensores. Miró de nuevo a Rick, que ya casi se había levantado.

—¡Coge la pistola! —gritó Claremont, que estaba poniendo a salvo a Lisa.

Sin hacer caso de la pistola, Ben corrió hacia Rick y, uniendo las manos, las descargó sobre la cabeza de su rival. Cuando las esposas pegaron contra el rostro de Rick, este se estremeció y estuvo a punto de caer. Ben se dispuso a golpearlo de nuevo, pero Rick lanzó el puño contra la herida de bala de Ben, quien lanzó un alarido y se llevó la mano al hombro. Rick se volvió hacia la pistola.

Evitando a duras penas caer redondo al suelo, Ben vio que Rick se dirigía hacia el arma y de nuevo se lanzó contra su rival. Lo alcanzó por detrás y lo hizo caer al suelo. Rick se volvió de espaldas y trató de liberarse, pero Ben siguió sobre él, lo agarró por la garganta y lo inmovilizó contra el suelo.

—¡Maldito cabrón! —gritó Ben mientras Rick se debatía furiosamente—. ¡Tú mataste a Ober!

—¡Él se suicidó! —exclamó Rick entre toses.

—¡No! —gritó Ben golpeando contra el suelo la cabeza de Rick—. ¿Quieres averiguar qué sintió Ober? ¿Quieres morir como él murió?

Rick trató de golpear a Ben en la cabeza en un intento de quitárselo de encima, pero Ben no se movió. Cuanto más se debatía Rick, con más fuerza le apretaba Ben el cuello. Al fin, las toses cesaron y Rick dejó de moverse. Pero Ben no le soltó la garganta.

—¡Tú asesinaste a mi amigo! —Sollozó Ben, cuya furia se estaba trocando en llanto—. ¡Y yo te mataré a ti!

Mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, Ben vio cómo el rostro de Rick se ponía de color remolacha y apretó aún más fuerte. Con la vida de Rick entre las manos, Ben recordó su última conversación con él.

—¿Quieres ver cómo me salto las normas? —le preguntó Ben, mientras el rostro de Rick se congestionaba más y más—. Esto es lo que pienso de tus jodidas normas. —Con las manos engarfiadas en torno a la garganta de su rival, Ben recordó la jactancia de Rick. Y la paliza que había recibido Nathan. Y la sangre derramada por Lisa. Y el suicidio de Ober.

Ben lanzó un sollozo, miró el congestionado rostro de Rick, y aflojó las manos en torno al cuello.

—¡Ober! ¡Lo siento muchísimo!

Por entre los labios de Rick escapó una débil tos. Mental y físicamente exhausto, Ben se derrumbó sobre el suelo entre jadeos y sollozos. La pesadilla había terminado al fin.

Mientras Ben permanecía en el suelo agarrándose el hombro herido, llegó la cabina del ascensor. Cuando se abrieron las puertas, apareció Alex DeRosa con media docena de alguaciles armados.

—Todos fuera —les gritó DeRosa mientras los hombres se desplegaban por el corredor.

Dos de ellos esposaron a Rick, mientras los otros corrían a ayudar a Lisa y Claremont.

—¿Estás bien? —preguntó DeRosa, ayudando a Ben a ponerse en pie.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó Ben, confuso—. ¿Estaban ustedes aquí desde el principio?

—Siento mucho lo ocurrido —le dijo DeRosa al tiempo que le quitaba las esposas —. Rick no ha dejado de vigilarte en toda la semana. No queríamos correr riesgos.

—¿Que no querían correr riesgos? —gritó Ben frotándose las muñecas—. ¡Han estado a punto de matarnos! ¡Me mintió usted descaradamente!

—No mentí —dijo DeRosa—. Necesitaba que actuases de modo verosímil. — DeRosa puso una mano sobre el hombro de Ben—. Era la única forma de que…

—¡No me toque! —gritó Ben apartándose de DeRosa—. ¡Me mintió y puso en peligro las vidas de todos nosotros! ¿Quién demonios se ha creído que es usted?

—Me fue imposible ponerme en contacto contigo, Ben. Rick no dejaba de vigilarte.

—¡Cuentos! —le espetó Ben—. Me pudo usted pasar una nota en el metro o mientras estaba en el monumento a Jefferson. Al menos debió comunicarse conmigo cuando ocurrió lo de Ober.

—Lamento muchísimo que…

—¡No quiero oír ni una palabra más! —gritó.

Ben se apartó de DeRosa y, sujetándose el hombro herido, echó a andar pasillo arriba. Se acercó a Lisa y Claremont.

—Gracias por salvarme —le dijo Claremont.

—Váyase a la mierda —respondió Ben apartando a Claremont para llegar junto a Lisa, que estaba apoyada en la pared—. ¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

—He tenido mejores días —dijo ella.

—¿Te tiró alguien por la ventana?

—Qué va —contestó Lisa sonriendo trabajosamente—. Fue por mi propia iniciativa. Gran idea, ¿no?

—Una de las mejores que has tenido —dijo Ben.

—Llevémoslos a los dos al hospital —dijo uno de los alguaciles—. Están bastante maltrechos.

—¿De veras te han pegado un tiro? —preguntó Lisa mirando el hombro de Ben.

—Qué va —replicó Ben sonriendo—. Fue por mi propia iniciativa.