El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 7 de 21

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El décimo juez

Capítulo 6

Ben y Lisa se pasaron el día siguiente trabajando sin parar en cuatro decisiones distintas. Al cabo de tres meses de colaborar juntos, los dos pasantes habían desarrollado un eficiente método para redactar dictámenes. Ben, que era el mejor a la hora de defender argumentos originales, siempre escribía el primer borrador de la decisión. Gracias a su agresivo modo de escribir y a su obstinada perseverancia, sus opiniones eran sólidas y contundentes de principio a fin. Lisa era la infalible analista. Ben aseguraba que la muchacha tenía visión de rayos x, puesto que era capaz de captar fallos hasta en los argumentos mejor razonados. Así que, una vez que Ben terminaba el primer borrador, Lisa ponía en acción su pericia de correctora. Detallista y con una excelente capacidad de síntesis, la chica solía resumir en veinte páginas los dictámenes de cuarenta páginas de Ben. Luego, concluida la revisión, le entregaban la opinión a Hollis.

A las seis en punto, Ben desconectó su ordenador y cogió la chaqueta del armario.

—¿Adónde vas? —le preguntó Lisa alzando la vista del escritorio.

—Tengo una cena a la que no puedo faltar. Los tíos de Eric llevan invitándonos desde que regresé de Europa.

—Pero aún no me has entregado el borrador de la decisión Russell.

—Está casi listo. Lo tendrás sobre tu mesa mañana al mediodía.

—Más vale.

—Lo tendrás, palabra.

Ben estaba ya casi en la puerta cuando sonó su teléfono. Como supuso que quien llamaba era Eric para decir que iba a llegar tarde, regresó a su escritorio y contestó.

—Ben al habla.

—Hola, Ben —saludó Rick—. ¿Cómo va todo?

—¿Qué demonios quieres? —preguntó Ben, que reconoció la voz.

—Nada —dijo Rick—. Solo quiero enterarme de qué andas tramando. Parece ser que esta noche tienes una cena importante.

—¿Sigue en pie lo del sábado? Porque…

Rick colgó.

Ben dejó violentamente el receptor sobre la horquilla.

—¿Qué pasa? ¿Quién era?

—Rick —dijo Ben mientras corría hacia la puerta.

—¿Y para qué la llama…?

Antes de que Lisa pudiera terminar su pregunta, Ben ya había salido del despacho.

Bajó a la carrera los cuarenta y cuatro peldaños de la escalinata del tribunal y aguardó impacientemente a que pasaran a recogerlo. A las seis y cinco aparecieron Eric y Ober en el coche de Eric. Ben montó en el Honda gris pálido y permaneció en hosco mutismo.

—Hoy se me ha ocurrido un nombre fantástico para un restaurante chino-mexicano —anunció el siempre animado Ober volviéndose en su asiento—. Voy a llamarlo Tequila Tequielo…

Ben no dijo ni palabra.

—Lamento llegar tarde —dijo Eric—. Estuve…

—¿Y Nathan? —lo interrumpió Ben.

—Lo recogeremos en casa. Supuse que querríais cambiaros para la cena. Para ir a ver a tía Katie no hace falta llevar traje. —Por el retrovisor, Eric advirtió el ceño de Ben—. ¿Qué te pasa?

—Nada —dijo Ben—. No quiero hablar.

—¿Estás…?

—He dicho que no quiero hablar.

Eric miró de reojo a Ober. Luego se encogió de hombros y siguió conduciendo.

 

—Llegáis tarde —proclamó Nathan en cuanto se abrió la puerta.

Nada más entrar, Ben fue derecho hacia la cocina.

—¿Qué le pasa? —preguntó Nathan.

—No ha querido decírnoslo —respondió Eric—. Habrá tenido algún problema en el trabajo. —Se sentó en el sofá pequeño y preguntó—: ¿Te hicimos esperar mucho?

—No deja de asombrarme el hecho de que siempre llegues cinco minutos tarde a todo —dijo Nathan mirando su reloj—. Podría poner la hora en punto con tus retrasos.

—No he llegado tarde —dijo Eric—. Te armas un lío porque siempre llevas tu reloj adelantado diez minutos.

—No me vengas con esas —dijo Nathan—. Por mi reloj, has llegado quince minutos tarde, pero sigues llegando con cinco minutos de retraso respecto a la hora real.

—No entiendo eso que haces —dijo Ober—. Si sabes que tu reloj va adelantado diez minutos, ¿de qué te sirve llevarlo así?

—Au contraire, mi torpe amigo. No presto la menor atención a…

—¿Quién abrió mi correo? —los interrumpió Ben, que estaba en el umbral de la cocina con un montón de sobres en la mano.

—Estaba así en el buzón —le respondió Nathan.

—¿Estaba también abierta la otra correspondencia? —preguntó Ben.

—No, solo la tuya —dijo Nathan—. ¿Crees que ha sido Rick?

Ben se aflojó la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa.

—¿Quién va a ser si no? Hoy, cuando estaba saliendo del despacho, me llamó Rick. Y sabía lo de nuestra cena de esta noche.

—¿Hay alguna carta importante?

—No, qué va. Solo facturas y publicidad.

—No pretendo ser impertinente, pero si llegamos tarde a la cena, tía Katie nos va a echar un buen rapapolvo —dijo Eric.

—No voy a ir a la cena —dijo Ben.

—¿Por qué? —preguntó Eric—. ¿Solo porque alguien abrió tu correo?

—No, porque la posibilidad de que Rick me esté vigilando me aterra. —Ben dejó las cartas sobre la repisa de la cocina y se sirvió un vaso de agua—. Quizá planee entrar en la casa mientras estamos fuera.

—Si quisiera meterse aquí, lo habría hecho cuando abrió tu correo —dijo Eric—. No dejes que ese tipo te amargue la vida. Es evidente que trata de volverte loco.

—Pues lo está consiguiendo —dijo Ben—. Id sin mí y decidle a Katie que lo siento. De todas maneras, esta noche mi compañía no iba a resultar nada agradable.

—¿Estás seguro? —preguntó Eric.

—Marchaos —dijo Ben—. No me pasará nada.

Al comprender que Ben no iba a cambiar de idea, los tres amigos se dirigieron a la puerta.

—Hasta luego.

En cuanto se quedó solo, Ben cogió de nuevo su correspondencia, y buscó entre los sobres el único que no tenía remite. Sacó la nota que contenía y releyó las seis palabras escritas con un grueso rotulador negro: «¿Confías en tus amigos? Atentamente, Rick». Contemplando el breve mensaje, Ben se preguntó si se trataba de una advertencia o de una simple pregunta. Se sentía culpable por no haber dicho a sus compañeros nada de la carta, y la estrujó entre sus manos. ¿Cómo demonios he permitido que me haga esto?, se preguntó. Estoy empezando a sospechar hasta de mis mejores amigos.

Ben dejó el resto de las cartas sobre la repisa, fue al comedor y se apoyó en la gran mesa de cristal. Es absurdo recelar de ellos, se dijo tratando de tranquilizarse. Si no me fío de mis mejores amigos, ¿en quién voy a confiar? Mientras miraba su reflejo en el sucio cristal, repasó mentalmente lo sucedido. Recordó todo lo que Rick sabía y pensó en las personas que estaban al corriente de toda aquella información. Luego se le ocurrió un medio por el que Rick podía haberse enterado de todo. Si en la casa hay micrófonos, se dijo, podría habernos oído hablar de la cena de tía Kate. Y también le conté a Nathan lo de las flores, así que eso también podría haberlo escuchado. Mediante unos cuantos micrófonos ocultos estratégicamente situados, Rick podría haberse enterado prácticamente de todo. Mirando la mesa de cristal, Ben asintió en silencio. Esa es la explicación lógica, así es como actúa Rick…

En aquel momento, Ben vio un objeto oscuro al pie de la mesa de cristal. Se puso rápidamente de rodillas y lo examinó. No era más que una bola de pelusa. Imperturbable, alzó la mesa y buscó algún micrófono instalado por Rick bajo cada pata. Luego miró las sillas. Dio la vuelta a los sofás, levantó los cojines, estrujó las almohadas, puso patas arriba la mesa de café, pasó las manos por detrás de los marcos de todos los cuadros, examinó el televisor y el vídeo, inspeccionó todas las cintas de vídeo, vació el armario, registró los bolsillos de todas las chaquetas, abrió todos los paraguas, escrutó en el interior de los guantes de béisbol y de las latas de pelotas de tenis, miró detrás de la taza del inodoro, vació la nevera, rebuscó en todos los armarios, inspeccionó todos los electrodomésticos, vació todos los cajones, examinó todas las lámparas, y desmontó todos los teléfonos. Aunque no encontró nada, para cuando hubo terminado, el primer piso de la casa estaba hecho un revoltijo.

No pierdas la cabeza, se dijo Ben, con la camisa empapada en sudor. Ordenó la cocina, el baño, el comedor y la sala y luego se dejó caer de bruces sobre el gran sofá. Mientras recuperaba el aliento, llegó a una conclusión. Pase lo que pase, tienes que fiarte de tus amigos. Es la única forma de conservar la cordura. Confiar en ellos.

 

Cuando los compañeros de Ben regresaron a la casa, Nathan entró en el baño, Ober fue a la cocina y Eric se desplomó delante del televisor. Al oír que la puerta se cerraba, Ben salió de su cuarto y fue abajo. Encontró a Ober hundiendo una cuchara en un envase de helado de medio litro.

—¿Cómo es posible que tengas hambre? —le preguntó Ben—. ¿No acabas de cenar?

—Estoy creciendo —respondió Ober.

Nathan regresó a la sala.

—¿Cómo estás? —le preguntó a Ben—. ¿Continúas preocupado por Rick?

—Claro que sí. Pero estoy un poco más tranquilo. Necesitaba pasar un rato a solas. —Se sentó junto a Eric en el sofá grande—. ¿Qué tal la cena?

—No sabes lo que te perdiste —dijo Ober, que seguía con el helado—. La tía de Eric está más buena que nunca.

—¿Por qué no dejáis de hablar de ella? —suplicó Eric.

—Escucha, comprendemos que te sientas obligado a defenderla, pero tienes que hacer frente a los hechos —dijo Nathan—. Tu tía está que cruje.

—No os entiendo —les dijo Eric—. No es tan guapa.

—¿Sigue teniendo esa foto suya en biquini encima de la nevera? —preguntó Ben.

Ober sonrió.

—No, ya no. —Echó mano al bolsillo de atrás del pantalón, sacó la foto y se la tiró a Ben—. Pensé que no te vendría mal alegrarte un poco la vista.

—¿Robaste la foto de la nevera? —le preguntó Eric a Ober mirando por encima del hombro de Ben.

—La cogimos prestada —contestó Ober—. Pensamos devolverla. Solo quería enseñarle a Ben lo que se perdió.

—Escuchad, degenerados —dijo Eric—, estáis hablando de mi tía.

—¿Qué pasaría si te acostaras con ella? —le preguntó Ober—. ¿Vuestros hijos serían mutantes?

—¿Cómo se llaman los hijos producto de la endogamia? —preguntó Nathan.

—Creo que les llaman Obers —dijo Eric.

—Muy gracioso —dijo Ober—. Me estoy tronchando de risa.

Reconfortado por aquel ambiente de camaradería, Ben se dijo que la carta de Rick no era más que una forma de manipulación mental. Le pasó la foto a Nathan y puso una mano sobre el hombro de Eric.

—Tengo un pequeño chisme para ti. Pero tendrás que mantenerlo en secreto hasta que te avise.

—Eres un obseso —le dijo Eric a Nathan, que estaba devorando con los ojos la foto de su tía.

—Si quieres obtener un primicia periodística en los próximos días —le siguió diciendo Ben a Eric—, te aconsejo que te pongas a hacer indagaciones sobre uno de los jueces más veteranos del Tribunal Supremo.

—¿Blake se retira al fin? —preguntó Eric.

—Por mí no lo has sabido —dijo Ben—. Lo único que digo es que, si quieres impresionar a tus jefes con tu capacidad adivinatoria, olfatea por donde te digo.

—Gracias —sonrió Eric.

—¿Es ilegal lo que acabas de decirle? —preguntó Ober alzando la mirada del ya medio derretido helado.

—Claro que no es ilegal —dijo Ben—. Es un simple consejo de amigo.

—Es que, si fuera ilegal, me vería obligado a efectuar un arresto domiciliario. — Ben meneó la cabeza y Ober insistió—. Hablo en serio. Os arrestaría a los dos.

—Ober, si me arrestas llamaré a tu jefa y le diré que la semana pasada me enviaste por fax una fotocopia de tu pene.

—¿Y qué? —preguntó Ober.

—Y luego le diré que fuiste tú quien le abolló el coche en el picnic del pasado mes de julio.

—¿Y qué?

—Y luego llamaré a todas las tarjetas de crédito con las que estás endeudado, y les daré tu dirección auténtica y el teléfono de tu trabajo.

Tras una pausa, Ober repitió:

—¿Y qué?

—Y luego le contaré a Eric que constantemente le quitas monedas para utilizarlas en la lavandería.

—¿Cómo? —preguntó Eric.

—Bah, no le hagas caso, está…

—¡O sea que ahí es donde van a parar mis monedas!

—Buenas noches —dijo Ben levantándose del sofá—. Me voy a la cama.

 

A las seis y media de la mañana siguiente, Ben entró en la cocina dispuesto a desayunar.

—Buenos días —le dijo a Nathan, que siempre era el más madrugador.

Nathan dobló el periódico sobre la mesa e hizo a un lado su cuenco de cereales.

—Creo que deberías ver esto —dijo Nathan.

Ben cogió el periódico, uno de cuyos titulares pregonaba: se investigará decisión CMI del supremo. Ben leyó rápidamente:

Fuentes bien informadas del Tribunal Supremo revelaron que se ha abierto una

investigación oficial para desmentir los rumores de irregularidades en la reciente

decisión sobre el CMI. Después de que Charles Maxwell apostó una enorme

fortuna a la decisión del caso, desde Wall Street hasta Washington se han alzado

voces críticas que aseguran que hubo tráfico de información privilegiada. Como

consecuencia de ello, el tribunal ha iniciado «una concienzuda investigación al

más alto nivel». Según esta fuente, «cuantos conocían la decisión de antemano,

desde los impresores hasta los pasantes, serán interrogados a conciencia».

A Ben le rechinaron los dientes.

—Esto no son más que cuentos —dijo tirando el periódico sobre la mesa—. No hay ninguna investigación. Solo intentan crear polémica.

—¿Te has fijado en la firma?

Cuando leyó «por Eric Stroman», a Ben se le subió el estómago a la garganta.

—No puedo creerlo —dijo.

—Tranquilízate —dijo Nathan al tiempo que ponía una mano sobre el hombro de Ben.

—¡Ese hijo de puta! —exclamó Ben haciendo pedazos el periódico. Salió de la cocina y subió rápidamente la escalera—. ¡Eric! ¡Despierta, cabrón!

—Pero cálmate —dijo Nathan yendo tras su amigo.

Ben abrió de una patada la puerta del dormitorio de Eric. La cama estaba vacía. Nathan lanzó un suspiro de alivio.

—¿Dónde demonios se ha metido? —preguntó Ben.

Encima de la revuelta cama de Eric había un sobre blanco dirigido a Ben. Mientras este lo abría, entró Ober, sin más ropa que unos calzoncillos.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó frotándose los ojos.

—No preguntes —le aconsejó Nathan.

—¡Yo te digo lo que pasa! —exclamó Ben sin mirar la carta que tenía en la mano —. El comemierda de nuestro amigo publica hoy un artículo en la página cinco del periódico hablando de posibles irregularidades en el Tribunal. Y añade erróneamente que se ha abierto una investigación y que se sospecha que algún empleado del Supremo le pasó información a Charles Maxwell antes de que la decisión se hiciera pública. En otras palabras, me ha jodido. Si antes no había investigación, ahora la habrá. Y si ya la había, ahora será mucho más severa.

—No creo —dijo Ober.

—Tranquilízate —aconsejó Nathan—. ¿Qué dice la carta?

Ben la leyó en alto.

—«Querido Ben: Supongo que en estos momentos estarás furiosísimo. Espero que me darás la oportunidad de explicarme. Lamento haber tenido que salir tan temprano, pero tengo pendiente un trabajo en la redacción. Siempre tu amigo, Eric». Ben pasó la nota a Nathan al tiempo que decía:

—Es ridículo. Lleva un año entero sin levantarse antes del mediodía, y precisamente hoy ha tenido que madrugar. Lo ha hecho por evitarme.

—Dice que la cosa tiene su explicación —dijo Nathan pasándole el papel a Ober.

—¿Qué explicación puede tener? —preguntó Ben—. ¿Qué va a decirme Eric? ¿«Lo siento, pero había que rellenar un hueco en el periódico y decidí joderte»?

—Quizá lo hayan publicado en vez de la sopa de letras —dijo Ober.

—Déjate de bromas —dijo Ben—. Para mí, esto es muy grave. Este artículo podría hacer que me echaran.

Apoyado en la cómoda de Eric, Ben quedó en silencio.

Nathan y Ober miraban a su amigo sin decir nada.

—¡Mierda! —gritó Ben arrojando al suelo los papeles que cubrían la cómoda de Eric—. Ahora seguro que investigan. No pueden hacer oídos sordos a ese artículo.

—Tienes que hablar con Eric —dijo Nathan—. Llámalo.

Ben miró su reloj.

—Voy retrasado. Me tengo que ir.

Bajó corriendo la escalera, cogió su abrigo del armario y salió de la casa dando un fuerte portazo.

—Esto no va a tener ninguna gracia —comentó Nathan, una vez la puerta se hubo cerrado.

—¿Sabías lo que iba a ocurrir? —le preguntó Ober.

—No, claro que no —respondió Nathan.

—Yo, sí —dijo Ober sentándose en la cama de Eric.

—¿Lo sabías? —le preguntó Nathan—. ¿Eric te lo dijo y tú no le impediste que lo hiciera?

—No había forma de detenerlo —se explicó Ober—. Ya sabes cómo es Eric cuando se pone en plan reportero audaz. Está decidido a ganar el Pulitzer.

—¿Le dijiste algo, al menos?

—Claro. Pero no me hizo caso. Además, ya era demasiado tarde. Me lo dijo anoche.

—Te digo una cosa: esos dos ya han dejado de ser amigos —dijo Nathan, que comenzaba a recoger los papeles caídos—. Y Ben no es precisamente un buen enemigo.

—Lo matará, decididamente —dijo Ober.

—Desde luego. Ben no puede perdonar esto. Y, le cueste lo que le cueste, conseguirá vengarse de Eric.

—Quizá deberíamos poner un anuncio pidiendo un nuevo compañero de vivienda —dijo Ober.

—Sí, hombre, ¿por qué no lo haces hoy mismo, en el trabajo?

Pon un aviso que diga: Se busca compañero de vivienda semiaseado para sustituir al anterior, que en paz descanse. Debe estar dispuesto a convivir con un genio, un simio y un pasante del Tribunal Supremo con las manos manchadas de sangre.

 

Según se aproximaba al Tribunal Supremo, Ben hacía todo lo posible por calmarse. Respiró pausadamente, subió la escalinata y entró en el edificio de mármol. Mordiéndose el interior del carrillo, mostró su identificación y sorteó el detector de metales. Hizo todo lo posible por mantener una apariencia de calma, y se obligó a caminar con pasos más cortos de lo normal. Al pasar por recepción, le alivió ver que Nancy aún no había llegado. Cuando entró en el despacho que compartía con Lisa, cerró la puerta con premeditada suavidad.

—Supongo que ya lo has visto —le dijo Lisa, que tenía el periódico ante sí.

—No quiero hablar de eso —dijo Ben dirigiéndose directamente a su escritorio —. Ese tipejo es hombre muerto.

—¿Has hablado con él?

—Huyó antes de que me levantase. ¿Alguien ha dicho ya algo?

—Hasta ahora, no. Pero no son más que las siete. El día es joven.

—Fantástico. Gracias por los ánimos.

—Escucha: no es más que el Washington Herald. Toda la ciudad sabe que es un periódico de fachas y de fanáticos. Nadie se lo toma en serio. —Como Ben no contestaba, Lisa añadió—: Ni siquiera lo publican en primera página.

—Qué fantástico.

—Bueno, podría haber sido peor. Al menos, no dice que el responsable fue un pasante.

—Ah, bueno, entonces miel sobre hojuelas —dijo Ben subiendo el tono—. Todo va de perlas. No tengo ni un problema. Mi carrera va viento en popa. Gracias, luz de mi vida, por mostrarme la buena senda.

—Oye, ese tono te lo metes en el culo —le gritó Lisa desde el otro lado del escritorio—. Solo intentaba ayudarte.

—Pues no estoy de humor, lo siento.

—No se trata de estar o no estar de humor —dijo ella—. Si quieres amargarte, amárgate. Pero no lo pagues conmigo.

—Lo siento —dijo Ben recostándose en su asiento—. De veras. Todo este asunto me tiene asustado.

—Y con razón. Me gustaría romperle el culo a patadas a tu amigo.

—No sé qué hacer.

—Bueno, lamento ser yo quien te lo diga, pero en estos momentos no puedes hacer mucho. Tenemos que terminar la decisión del caso Russell, y aún no me has dado el primer borrador.

—Ocúpate tú de ello, ¿vale?

—De eso, ni hablar —replicó Lisa—. Somos amigos, y aquí me tienes para cuando quieras hablar, pero no creas que voy a hacer tu trabajo para que tú te puedas pasar el día llorando por los rincones.

—Vamos, mujer. Yo te haría el favor.

—¿Estás loco? Mientras tú redactas el de Russell y Pacheco, yo corregiré los de Oshinsky y Lowell Corp. y Pacific Royal y Schopf. Y ni siquiera hemos empezado a preparar el de Grinnell, y eso que la decisión será anunciada a final de mes.

—Bueno, ¿qué dices?

—Te digo que nada de dejar el trabajo para correr al Washington Herald a tener un altercado con tu amigo, que supongo que es lo que has estado deseando hacer desde que has leído el maldito artículo.

Ben trató de reprimir una sonrisa.

—No pensaba hacer eso.

—¿Ah, no?

—Pensaba esperar hasta la hora del almuerzo.

 

A las once y media sonó el teléfono de Ben.

—Oficina del juez Hollis —dijo.

—¿Ben Addison? Aquí el Departamento de Seguridad del Tribunal Supremo. Tenemos que hablar con usted. Sospechamos que está usted filtrando información al público.

—¿Co… cómo dice? —preguntó Ben aterrado.

—¡Era broma! —dijo Ober—. Soy yo.

—Pero… ¡¿cómo se te ocurre?! Me has dado un susto de muerte.

—Tranquilo —dijo Ober—. No tienes nada de qué preocuparte.

—¿Qué quieres?

—Eric me ha llamado. Me ha dicho que quiere hablar contigo esta noche.

—¿A qué hora?

—A las ocho si te viene bien.

—Muy bien. Lo veré a esa hora.

—¿Quién era? —preguntó Lisa, que reparó en la expresión irritada de Ben.

—Nadie. Solo Ober.

Media hora más tarde el teléfono sonó de nuevo.

—Oficina del juez Hollis —dijo Ben.

—¿Hablo con Ben Addison? —preguntó una voz.

—Sí —dijo Ben, molesto porque lo sacaran de la redacción del dictamen Russell.

—Buenos días, señor Addison. Me llamo Diana Martin y trabajo para el Washington Post. Lo llamo para preguntarle por el artículo que aparece en el Herald de esta mañana.

—Escucha, si eres amiga de Ober, dile que se vaya a hacer gárgaras.

—Creo que me confunde usted con otra persona, señor Addison. Como le digo, trabajo para el Washington Post. Si lo desea, le envío por fax mis credenciales de prensa. Y, si así lo desea, quizá podamos almorzar juntos y hablar de este asunto.

Ben se enderezó bruscamente en su silla y tiró la taza de café que tenía sobre el escritorio.

—¿Qué desea, señorita Martin? —preguntó, mientras Lisa sacaba un puñado de pañuelos de papel de un cajón de su escritorio.

—Bueno, ya le he dicho que quisiera saber si tiene algo que decir acerca del artículo que publica hoy el Herald.

Mientras Ben levantaba los papeles de su escritorio, Lisa secó el café.

—Lo siento, pero no sé de qué me habla.

—El Washington Herald de esta mañana publica una historia sobre una posible filtración de información durante la reciente decisión del caso CMI. ¿Tiene usted algo que decir acerca de ello? Si lo desea, mantendré su identidad en el anonimato. Será usted una fuente no identificada.

Ben abrió el cajón superior del escritorio y sacó una pequeña pila de papeles. Rebuscó entre ellos tratando de no interferir en los movimientos de Lisa, y no tardó en encontrar lo que quería. Leyó al pie de la letra una hoja donde ponía «Respuesta a la Prensa».

—Agradezco su interés por este asunto, pero en mi calidad de pasante del Tribunal Supremo de Estados Unidos, no se me permite revelar información a la prensa.

—¿Quiere decir que se está efectuando una investigación, pero que no puede usted hablar de ello?

—Señorita Martin, no tengo nada que añadir —dijo Ben dejando a un lado el papel—. Gracias por su interés.

Ben colgó y Lisa terminó de secar el café.

—Gracias por la ayuda —le dijo a ella limpiando el líquido de debajo del afilador de lápices.

—No tiene importancia —Lisa regresó a su escritorio y preguntó—: ¿Era realmente la prensa?

—Es increíble —dijo Ben—. Era el Washington Post.

—¿Qué te han dicho?

—Me ha preguntado por el artículo. Casi me cago en los pantalones.

—Has actuado de modo muy convincente —dijo Lisa—. Has hecho lo que debías. Para eso está la hoja de prensa.

—En agosto, cuando comencé en este trabajo, no creí que llegaría a usarla —dijo Ben mientras guardaba de nuevo la hoja en el cajón—. ¿Crees que saben lo que ocurre?

—No. Probablemente, están llamando a todo el mundo, y saben que a los pasantes es más fácil sacarles información.

—Creo que lo saben. Tienen que saberlo.

—No saben nada —dijo ella—. Lo cierto es que me sorprende que no hayamos recibido más llamadas de la prensa. Cuando comencé a trabajar me dijeron que los periodistas nos llamarían después de cada decisión de importancia.

—A ti no te han llamado —dijo Ben—. Explícame eso, Miss Optimis…

Sonó el teléfono de Lisa y la joven sonrió.

—Oficina del juez Hollis. —Ben permaneció a la escucha—. Sí, pero ahora no puedo hablar. ¿Te llamo luego? Sí, este es un mal momento.

—¿Quién era? —preguntó Ben, una vez Lisa hubo colgado el teléfono.

—Un amigo de la facultad. —La joven se acercó al escritorio de Ben—. No te agobies. Seguro que están llamando a todo el mundo. Ya me tocará a mí.

—Sí, claro —dijo Ben—. No tiene importancia. A fin de cuentas, la prensa tiene que investigar estas cosas. Su trabajo consiste en destrozarme la vida.

—No exageres, Ben. Nadie está destrozando tu vida.

—Mira, no hace falta que me dores la píldora. Yo me metí en este lío. Ya encontraré un modo de salir de él.

—No hace falta, Ben. No estás en ningún lío. Además, si sucede lo peor, siempre puedes hacer de camarero.

—Muy graciosa —dijo Ben yendo hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—Tengo un estúpido almuerzo con la empresa para la que trabajé hace dos veranos.

—¿Tratan de reclutarme?

—Supongo.

—¿Para qué vas? —le preguntó Lisa—. Si aspiras a ser fiscal, no necesitas hablar con ningún bufete privado. Basta con que vayas a la Fiscalía General de Estados Unidos.

—Ojalá. Pero la Fiscalía General no me ayudará a pagar los préstamos que pedí mientras estaba en la facultad.

—¿Aún tienes deudas de estudios? Yo creía que tus padres eran ejecutivos acaudalados.

—Mi madre es ejecutiva, pero mi familia no tiene nada de acaudalada. Además, quise pagar mis propios gastos.

—¿De veras?

—Es mi responsabilidad. Yo fui a la Facultad de Derecho y yo me beneficiaré de ello. ¿Por qué iban mis padres a pagar mis estudios?

—¿Y cuánto dinero debes?

—Unos noventa y dos mil dólares. —Lisa se quedó boquiabierta—. Y eso sin contar los ocho mil dólares que he pagado en los dos últimos años.

—¿No has oído hablar de las ayudas financieras de estudios?

—Pues claro. Con ellas conseguí los préstamos.

—Sigo sin entender por qué no dejas que sean tus padres quienes…

—Es una larga historia —empezó Ben—. En último extremo, no podían ayudarme mucho, y quise facilitarles las cosas. Eso es todo. —Miró su reloj y dijo—: Me tengo que ir. Se me hace tarde.

 

Ben paró un taxi en el exterior del tribunal y se dirigió a Gray’s, escenario de las comidas de trabajo más importantes de Washington. Aunque muchas de las reuniones de negocios de la ciudad seguían celebrándose en restaurantes escasamente iluminados que olían a humo de cigarros, brandy y filetes poco hechos, Gray’s atraía a los ejecutivos y políticos que deseaban ser vistos. Naturalmente, el restaurante tenía cuatro comedores privados en la parte posterior para los clientes que deseaban discreción. Provisto de enormes mesas de cristal con bases geométricas de acero y de sillas forradas de blanco, el comedor principal formaba un gran círculo, de forma que las celebridades no pasaran inadvertidas. El local estaba decorado en blanco y negro, lo cual le daba un aspecto minimalista casi demasiado ultramoderno para el centro de Washington.

Una vez en el restaurante, Ben se ajustó la corbata y buscó con la mirada a Adrian Alcott. Alcott era el socio encargado de la contratación de personal de Wayne & Portnoy, una de las firmas legales más antiguas y prestigiosas de la ciudad. Ben había trabajado para el bufete durante el verano de su segundo año de facultad. Como asociado temporal de verano en Wayne, los miembros del comité de contratación lo llevaron a partidos de béisbol en Camden Yards, a conciertos en el Kennedy Center y a almuerzos y cenas en los mejores restaurantes de K Street. El punto culminante del verano fue un crucero en el que participaron todos los componentes del bufete, más de cuatrocientas personas que zarparon en dos magníficos yates. Sabedores de que tenían en su nómina a la flor y nata de las principales facultades de Derecho de los Estados Unidos, los directores de la firma hacían todo lo posible por conservarlos. Para los asociados de verano que aún dudaban entre distintas empresas, la velada en el mar fue el argumento definitivo en favor de Wayne & Portnoy.

Tras graduarse en la Facultad de Derecho, los dieciocho asociados de verano efectuaron pasantías de un año. El bufete esperaba que sus socios obtuvieran aquella valiosísima experiencia que tan útil les resultaría cuando se incorporasen al bufete legal. Y, para cerciorarse de que los reclutas no se olvidaban de Wayne & Portnoy durante el año de pasantía, la firma hacía llamadas bimensuales a todos los posibles socios, para interesarse en cómo les iba. Con el tiempo, diecisiete de los pasantes regresaron al bufete, y Ben fue al Tribunal Supremo. Cuando la firma se enteró de que a su decimoctavo asociado de verano le habían ofrecido una pasantía en el Tribunal Supremo, los telefonazos se multiplicaron por tres y comenzaron las invitaciones a almorzar. Para los bufetes legales más prestigiosos de la ciudad, los pasantes del Tribunal Supremo eran como trofeos de honor. De los cuatrocientos cincuenta y siete abogados de Wayne & Portnoy, diez habían sido pasantes del Supremo, y Adrian Alcott estaba decidido a que esa cantidad subiera a once.

—Hola, señor Addison —dijo Alcott con una cálida sonrisa cuando Ben llegó junto a la mesa que él ocupaba en uno de los reservados del restaurante—. Siéntese con nosotros, por favor.

Alcott era alto y delgado, y poseía una poblada cabellera rubia. Con una amable sonrisa permanentemente en los labios, Alcott era el mejor agente de recluta del bufete. Le encantaba Wayne & Portnoy, y con su simpatía y encanto había logrado convencer a más de una cuarta parte de los actuales componentes de la firma de que el bufete era realmente la mejor de las opciones posibles.

—Ben, le presento a Christopher Nash. Hace cuatro años fue pasante del juez Blake. Pensé que a usted le gustaría hablar con alguien con experiencia en las pasantías del Supremo.

—Encantado —dijo Ben estrechando la mano de Nash.

El hombre tenía el aspecto típico de los pasantes de Blake: blanco, afanoso y exalumno de alguno de los mejores colegios privados del país.

—¿Qué tal te trata la casa? —preguntó Nash—. ¿Todo sigue como siempre?

—Desde luego —dijo Ben, molesto por la afectación displicente con que había hablado Nash.

—Escogiste un año fantástico para hacer tu pasantía —dijo Nash—. Ese asunto de la CMI tiene a todo el mundo revolucionado.

—Sí, está siendo muy instructivo —dijo Ben.

—¿Qué cree usted que pasó? —preguntó Alcott—. ¿Recibió Maxwell información privilegiada?

—No tengo ni idea —replicó Ben, con forzada sonrisa—. Los pasantes no nos enteramos de las cosas importantes.

—Claro, es natural —comentó Alcott abriendo el menú—. Bueno, ¿qué comemos? En este sitio el lenguado es excelente.

Mirando a Ben, Nash dijo:

—Una cosa te digo: trabajar en el tribunal es apasionante, pero no hay nada como un almuerzo gratis en un restaurante de lujo. En lo que toca a la comida, soy como un niño en una pastelería.

Esforzándose en prestar atención a la conversación, Ben pensaba en los distintos métodos que podía utilizar para librarse de aquel almuerzo. Seguro que si prendo fuego a las cortinas, lograría deshacerme de ellos entre la confusión, se dijo, con la vista fija en el menú.

—No sé si lo sabe, pero dentro de muy poco compareceremos ante el Supremo — le dijo Alcott—. Representamos a la parte demandada del caso Mirsky. Las deposiciones orales están fijadas para enero.

—A ver si nos recomiendas —rio Nash, y Alcott lo coreó.

Quizá debería hacer que me atraganto con el agua mineral, se dijo Ben. Supongo que con eso se callarían un rato.

—Bueno, ¿y en qué anda ahora el Tribunal Supremo? —preguntó Alcott.

—No, nada de preguntas —dijo Nash, mientras uno de los dos camareros asignados a la mesa le colocaba delante un canapé de salmón—. Ben no puede ni abrir la boca. Los asuntos del tribunal son sumamente confidenciales. Cuando uno termina su pasantía, incluso le hacen romper todos los documentos que conserva.

—¿Es eso cierto? —preguntó Alcott.

—Desde luego. Es un sitio muy hermético. —Nash miró a Ben y preguntó—: ¿Qué tal sigue el juez Blake? ¿Tan cascarrabias como siempre?

—Pues sí —dijo Ben—. Es el hombre más irritable del tribunal.

—Hablé con él hace poco. Llamo a su oficina de cuando en cuando para aconsejar a sus actuales pasantes, Arthur y Steve. Parecen buenos chicos.

—Lo son —dijo Ben.

—Trato de ayudarlos en lo que puedo —dijo Nash, mientras un camarero le volvía a llenar el vaso de agua—. Sé que en el Supremo las cosas pueden resultar muy difíciles.

—¿Suelen los expasantes llamar a sus antiguas oficinas? —preguntó Ben cogiendo un panecillo.

—Algunos lo hacen —dijo Nash—. Depende. Creo que todos los pasantes de Blake lo hacen, ya que un año con Blake es una terrible experiencia que deja a la gente marcada de por vida.

—Los hace trabajar como chinos.

—Sí, así es Blake. Creo que todos sus antiguos pasantes estamos unidos por el hecho de haber sobrevivido a un año con él. ¿Te ha llamado algún antiguo pasante de Hollis?

—No —respondió Ben, tajante—. Por eso sentía curiosidad.

—Aguarda, déjame pensar. ¿Quiénes eran los pasantes de Hollis en mi época? Recuerdo que uno de ellos era Stu Bailey. Un gran tipo. Ahora trabaja para Winick y Trudeau.

Alcott torció el gesto ante la mención del bufete rival de Wayne & Portnoy.

—No me sorprende que nadie te haya llamado —prosiguió Nash—. Hollis hace trabajar a sus pasantes, pero en el fondo es un buenazo.

—¿Ah, sí? —preguntó Alcott.

—No es una mala descripción —estuvo de acuerdo Ben.

—¿Conoces a los pasantes de Osterman?

—La verdad es que no —dijo Ben—. Son los únicos pasantes que no se mezclan con los demás.

—Es increíble —comentó Nash—. Las cosas no cambian. —Se inclinó sobre Ben y bajó la voz—: En mi época, los pasantes de Osterman eran los tipos más atravesados, desagradables y conservadores de todo el tribunal. Y me contaron que todos los pasantes de Osterman formaban una especie de pequeña red. Todos se mantienen en contacto, y se reúnen en secreto una vez al año.

—De eso no sé nada —dijo Ben con una sonrisa.

—Hablo en serio —dijo Nash—. Creo que se hacen llamar La Cábala, y los pasantes más antiguos enseñan a los nuevos el modo de conseguir que las decisiones sean conformes a su ideología. De veras —añadió al advertir el gesto de escepticismo de Ben—. Ya sabes la gran influencia que puede tener un pasante si se lo propone. Al redactar una decisión, puede uno estructurarla a su gusto. Puede uno hacer hincapié en determinados puntos, u oscurecer otros deliberadamente. Aunque sutil, se trata de una forma de poder.

—Ya, pero no puede uno ir en contra de la opinión del juez.

—Eso era lo peliagudo. La gente decía que Osterman estaba al corriente de lo que ocurría y que, simplemente, cerraba los ojos y permitía que sus pasantes hicieran lo que quisieran.

—Creo que era así como Hitler adiestraba a los suyos —dijo Ben, mientras un camarero cambiaba la panera de la mesa.

—Le dije que nuestro amigo Nash sabía lo que significa ser pasante del Supremo, ¿verdad? —le dijo Alcott a Ben.

—Bueno, y dígame… ¿cómo van las cosas por Wayne? —preguntó Ben.

—Maravillosamente —dijo Alcott apoyando ambos codos en la mesa—. Acabamos de conseguir como cliente a la compañía concesionaria del merchandising de la liga nacional de fútbol americano, así que si quiere usted entradas para un partido de los Redskins, no deje de decírmelo. En realidad, le puedo conseguir entradas para cualquier partido en cualquier parte del país en cualquier momento. También tenemos a Evian, así que en todos los dispensadores de agua del bufete disponemos de agua mineral de la mejor.

—Espléndido —dijo Ben al darse cuenta de que Alcott esperaba su reacción.

—Y el Departamento de Beneficencia ha comenzado hace poco a trabajar en favor del Fondo de Defensa de la Infancia.

—Aunque con eso no conseguimos entradas para los partidos ni ninguna otra prebenda —rio Nash.

Tras mirar sesgadamente a Nash, Alcott replicó:

—Pero nos invitan a su convención anual, y suelen pedirle al presidente de nuestra firma que diga unas palabras.

—Fantástico —dijo Ben—. A mí me envían el boletín del Fondo de Defensa de la Infancia porque mientras estaba en la facultad hice algunos trabajos para ellos.

—¿Ah, sí? —le preguntó Alcott—. Entonces debe usted participar en las actividades. Cuando disponga de tiempo libre, dígamelo y le presentaré a la presidenta. Es una mujer estupenda. Muy carismática.

—Y, mientras tanto, ¿por qué no le cuentas lo de la bonificación por experiencia en el Tribunal Supremo?

Alcott sonrió.

—Esto le va a encantar, Ben. El comité de contratación se reunió recientemente para revisar las compensaciones a los asociados en su primer año. Siempre hemos bonificado a los que tenían experiencia de pasantes, y hemos decidido añadir otra bonificación si el perceptor ha sido pasante del Tribunal Supremo. Así que, a la cifra que le mencioné la semana pasada, debe usted añadir otros diez mil. Solo es durante el primer año, pero creemos que constituye un bonito incentivo.

Con la vista en el plato, Ben se preguntó cómo podría aceptar un trabajo de 38 000 dólares anuales en la Fiscalía General si el hombre que tenía delante le estaba ofreciendo 100 000 y un excelente almuerzo gratis.

—No tiene que contestarnos ahora mismo —dijo Alcott—. Nos damos cuenta de que es una decisión difícil. Sabemos que usted puede conseguir trabajo donde le guste, pero lo queremos en Wayne & Portnoy. Estuvo usted un verano con nosotros, así que ya nos conoce. Sabe que el ambiente laboral es relajado. Cuando hay que trabajar duro, se trabaja duro, pero también nos gusta disfrutar de las ventajas de nuestra profesión. Si se decide usted por nosotros, le garantizo que al menos una quinta parte de su trabajo será para la beneficencia, de modo que le será posible hacer mucho bien a la comunidad. Evidentemente, no será esta la última vez que hablemos este año, pero quiero mantenerlo al corriente de lo que significa trabajar para nosotros.

—Se lo agradezco —dijo Ben—. Me pone usted difícil decir que no.

—Espléndido —dijo Alcott cerrando su menú—. Ahora dejemos los negocios y encarguemos un buen almuerzo.

 

Cuando Ben regresó al despacho, Lisa seguía sentada ante su ordenador.

—¿Qué tal el almuerzo?

—Estupendo —dijo Ben mientras se tumbaba en el sofá. Se dio unas palmadas en el estómago y añadió—: Me comí el mejor lenguado meunière de mi vida.

—Bueno, y cuéntame: ¿qué se siente al vender el alma a cambio de un pescado que chorrea mantequilla?

—No te metas conmigo. Yo, al menos, estoy dudando si entro o no en un bufete. Tú eres la que ya tiene decidido decir que sí, señora Fausto.

—Tienes toda la razón, soy una vendida. Pero tengo un Saab que mantener.

—Tu alma por un coche. Qué vergüenza.

—Tú harás lo mismo que yo, créeme. Garantizado.

—En primer lugar, no haré lo mismo que tú, porque no hay dinero en el mundo para obligarme a vivir en Los Ángeles. Tengo entendido que en las cabinas de peaje de las autopistas que conducen a la ciudad, si no llevas monedas, puedes pagar con tu integridad. En segundo lugar, si decido entrar en un bufete, lo haré por diez mil dólares más que tú.

—De eso, nada —dijo Lisa.

—Pues claro que sí.

—Ni hablar.

—Muy bien —dijo Ben poniéndose las manos tras la nuca—. Entonces, supongo que lo de pagarme diez grandes más como bonificación por haber sido pasante del Tribunal Supremo lo he soñado.

—¿Me tomas el pelo? ¿Diez mil más por haber trabajado aquí? ¡Qué disparate! Tengo que poner firmes a los de mi bufete. Quiero más dinero. Haré lo que sea. Los convenceré de que soy una idealista que desea salvar el mundo.

Ben se echó a reír y dijo:

—La verdad es que no podemos ser ni más materialistas ni más insensibles. Aguarda… ¿tenemos algún caso de pena capital para esta semana? Quizá podamos matar a alguien por ser pobre.

—Eres el caso de mala conciencia liberal más grave que he visto en mi vida — dijo Lisa—. Sí, vamos a ser ricos. ¿Qué hay de malo? Hemos trabajado mucho para llegar donde estamos.

—Ya —dijo Ben—, pero… Hemos disfrutado de tantas ventajas…

—… que otros nunca tuvieron. Sí, sí, sí… —dijo Lisa, tocando un imaginario violín—. Escucha, no sé en qué palacio creciste tú, pero yo me crie en una familia normal de clase media. Durante las malas épocas, fuimos clase media baja. Yo asistí a un colegio público, y nadie me puso en la boca una cucharilla de plata. La clase que tenían mis padres queda de manifiesto por el hecho de que se conocieron en Graceland, el santuario de Elvis, y se sienten orgullosísimos de ello.

—Bueno, en el mundo hay dos clases de personas: las que comen con cucharilla de plata y las…

El timbre del teléfono de Lisa interrumpió a Ben.

—Un momentito, creo que es mi chulo. Está vendiendo mis encantos intelectuales al mejor postor. —Lisa cogió el auricular—. Oficina del juez Hollis. —Al cabo de un instante sonrió y formó las palabras «Washington Post» con los labios. Luego cogió su hoja de prensa—. Agradezco su interés por este asunto, pero en mi calidad de pasante del Tribunal Supremo de Estados Unidos no se me permite revelar información a la prensa. —Colgó el teléfono y se retrepó en su asiento—. ¿Estás ya contento? De mí también sospechan.

—Ya, pero tú siempre has sido sospechosa. Todos tus familiares son unos sinvergüenzas.

—Me molesta que utilices la palabra «sinvergüenzas». A nosotros nos gusta más que nos llamen «bribones». —Lisa se dirigió hacia la puerta—. Voy a entregarle a Hollis la decisión sobre el caso Oshinsky. Con un poco de suerte, la aprobará hoy mismo.

—Que te vaya bien —le dijo Ben.

Lisa salió del despacho y Ben cogió el teléfono y marcó el número de Nathan.

—Oficina de administración —dijo Nathan.

—¿Es así como contestas al teléfono? No me extraña que este país se haya convertido en un caos burocrático.

—¿Volviste de tu almuerzo con los abogados castradores? —le preguntó Nathan.

—Exacto.

—Sabía que había un motivo para que estuvieses tan animado. ¿Con qué han pretendido comprarte hoy?

—Con diez mil dólares extra al año.

—¿De veras? Retiro lo dicho, amigo. Me equivoqué de profesión.

—No, qué va. Lo tuyo es mucho mejor. Sentarse a pensar en los problemas sociales es el mejor sistema de resolverlos. Y no olvides que en el test de aptitud escolar me sacaste cien puntos. Por cierto, ahora caigo en que cien es la raíz cuadrada de diez mil.

—Así ardas en el infierno, capitalista sin entrañas.

—Por cierto, quería preguntarte si conseguiste ya todo el equipo que vamos a necesitar el sábado.

—Estoy en ello —dijo Nathan—. Cuando terminemos con él, Rick no sabrá qué le ha golpeado.

—¿Tienes ya listo el plan?

—Viene a ser el mismo que acordamos en principio.

—Entonces, ¿qué tal si nos reunimos mañana por la noche para repasarlo?

—Perfecto. Por cierto, supongo que aún no has hablado con Eric, ¿verdad?

—No. Nos veremos esta noche a las ocho para ajustar las cuentas.

—Ben, hazme un favor y no seas demasiado duro con él.

—No te preocupes. Estoy calmado.

—Ya, pero insisto: no seas demasiado duro con él. Recuerda que sigue siendo tu amigo.

—Tengo que dejarte —dijo Ben desperezándose—. He de trabajar en los dictámenes.

Colgó el teléfono y arrimó la silla al escritorio. Abrió el sobre que ponía «decisión Russell» y sacó de él el primer borrador. Con la vista en aquellas páginas, se preguntó si sería cierto que los pasantes de Osterman daban a las opiniones un giro acorde con su ideología. Ni hablar, se dijo. Sería una de tantas historias sin el menor fundamento. Sonó el teléfono de Lisa y él se estiró sobre el escritorio para contestar.

—Oficina del juez Hollis.

—Buenas tardes, deseo hablar con Lisa Schulman. ¿Es esta su extensión?

—Sí. —Ben colocó el teléfono sobre su propio escritorio—. Ha salido un momento. ¿Quiere dejarle algún mensaje?

—Dígale por favor que la llamó Diana Martin, del Washington Post. Si me puede devolver la llamada, se lo agradeceré.

Intrigado, Ben preguntó:

—¿Tiene ella su número?

—No, no. Ni siquiera me conoce. Apunte, por favor.

Ben tomó nota del número y colgó. Luego se sentó en su silla y permaneció media hora con la vista fija en las páginas de la decisión del caso Russell.

 

Lisa regresó al despacho a las tres de la tarde.

—Estamos listos —exclamó jubilosamente al entrar. Dejó un sobre marrón encima de su escritorio y prosiguió—: ¡Le ha encantado! ¡Oshinsky pasó a la historia! —Se fijó en la expresión de Ben—. ¿Qué te pasa?

—Tengo un recado para ti. Te llamó Diana Martin, del Washington Post. Que la llames.

—Ben, te lo puedo expli…

—No te molestes —la interrumpió Ben tirando sobre el escritorio de Lisa el número de Diana—. No voy a creérmelo.

—Ben, no seas capullo.

—¿Por qué no? Si todos mis amigos han decidido darme el día, ¿por qué no puedo ser un poco capullo? En realidad, me considero con derecho a portarme como un perfecto mamón.

—Pues lo estás haciendo de maravilla. Y aclárame una duda, por favor: ¿por qué demonios te has molestado en contestar mi teléfono?

—¡Mira, no intentes darle la vuelta a la tortilla! —exclamó poniéndose en pie—. Tu teléfono sonó y yo contesté. Punto. ¿Cuál es tu excusa?

Lisa se miró las puntas de los pies.

—Temía que te volvieras loco de preocupación si yo no recibía una llamada del Post, así que le pedí a una amiga que hiciera esa primera llamada, y yo hice ver que era una periodista. Simplemente, trataba de que te sintieras más tranquilo.

Ben se quedó en silencio.

—¿De veras hiciste eso por mí?

—Lo hice porque me diste pena —sonrió ella.

—No es mala excusa.

—Vamos, no te enfades.

—Esta vez te libras de milagro —dijo Ben señalando a Lisa con un dedo—. Pero la próxima vez que trates de portarte bien conmigo, me voy a cabrear.

 

A las siete y media, Ben recogió su portafolios y salió del despacho. Mientras bajaba las escaleras pensaba en su inminente confrontación con Eric. Como no tenga una buena explicación, es hombre muerto, se dijo Ben al pasar su tarjeta por el lector de la puerta de seguridad del primer piso. Y si tiene una explicación, también es hombre muerto. Al pasar ante las estatuas de mármol del Gran Salón, Ben escuchó al guardia de seguridad murmurar algo por su walkie-talkie. El guardia se levantó de su asiento y Ben se preguntó qué estaría ocurriendo. Se aproximó lentamente a la puerta. El guardia miró su tablilla. En el último momento, Ben decidió dar media vuelta. Desanduvo lo andado, pasó de nuevo su tarjeta por el lector de la puerta que acababa de cruzar y entró otra vez en el ala oeste del tribunal. Se dirigió a la puerta sin vigilancia que existía en el lado norte del edificio. Mientras se aproximaba a ella escuchó ruido de pasos tras él. Los únicos que corren son los culpables, se dijo recordando el aforismo de su profesor de derecho penal. Al aproximarse a la salida, sacó de nuevo su tarjeta de identificación. La pasó por la máquina que le permitiría llegar a la salida, y le sorprendió no escuchar el habitual clic de acceso. Probó de nuevo. Nada.

—¿Tiene usted tiempo para que hablemos, Ben?

Ben dio un respingo, se giró y vio que un hombre vestido con un traje gris de lana iba hacia él.

—¿Dispone usted de un momento? —insistió el hombre.

—¿Qué pasa? ¿Algún problema? —tartamudeó Ben.

—Sígame, por favor.

Volvió tras el hombre hacia la entrada principal. Mientras cruzaban el Gran Salón, Ben se aflojó la corbata. Al llegar a la parte delantera del edificio tomaron el ascensor hasta el sótano. Conocido por el personal del tribunal como Disneylandia, el sótano del Tribunal Supremo albergaba un bar, una cafetería, un cine, una tienda de regalos y una exposición sobre la historia del tribunal.

Al pasar ante la enorme estatua de John Marshall, Ben encajó la mandíbula y se esforzó en no perder la calma. En el lado oeste estaban las únicas oficinas subterráneas del edificio: las de los alguaciles encargados de la seguridad del tribunal. Entró por la puerta principal y caminó tras su guía por un laberinto de pequeños cubículos hasta el rincón del extremo izquierdo de la sala. Al llegar al umbral de una gran oficina, Ben quedó a la espera tras su guía. Un hombre fornido que llevaba un traje a rayas permanecía sentado tras un escritorio falsamente antiguo.

—Pase —dijo el hombre, que tenía la cara redonda, la nariz gruesa y picada y una barba salpicada de canas.

El olor del despacho indicaba que su propietario era aficionado a los cigarros. Decorando la parte anterior de su escritorio, había una gran colección de pilas.

—Cierra la puerta, por favor —dijo dirigiéndose al acompañante de Ben. Cuando la puerta se hubo cerrado, se echó hacia atrás en el sillón de cuero—. Así que es usted Ben Addison. Siéntese.

—¿Hay algún problema? —preguntó nerviosamente Ben, tras sentarse en uno de los dos sillones situados ante la gran mesa. Trataba de respirar pausadamente y de parecer tranquilo.

—Eso intentamos averiguar —dijo el hombre, mientras el acompañante de Ben se acomodaba en el otro sillón—. Por si no me conoce, soy Carl Lungen, jefe de alguaciles del tribunal. Soy el encargado de la seguridad del edificio. Este es Dennis Fisk, mi adjunto —prosiguió Lungen al tiempo que señalaba al hombre que estaba sentado junto a Ben—. El motivo de que lo hayamos traído aquí es que tenemos ciertas preguntas que esperamos usted pueda responder respecto a un artículo que ha publicado hoy el Washington Herald. Por si no lo ha leído, le diré que en él se sugiere que la reciente decisión sobre la CMI fue comunicada de antemano al señor Charles Maxwell. ¿Me sigue usted hasta ahora?

—He leído ese artículo —dijo Ben, molesto por el tono condescendiente de Lungen.

—Bien —dijo Lungen cogiendo una Energizer de 1980—. Ese artículo, Ben, sugiere que se ha producido un fallo de seguridad en el tribunal. Como puede comprender, eso no deja en demasiado buen lugar a los miembros de este departamento. Por suerte, tenemos un amigo en el Herald. Lo llamé por teléfono y él me informó de que el autor del artículo era un reportero que trabaja en el periódico desde hace poco. También me enteré de que ese reportero comparte domicilio con uno de nuestros pasantes. Ese pasante es usted. Así que ese es el motivo por el que deseaba conocerlo.

—Imagino lo que piensa —dijo Ben—. Pero yo no tuve nada que ver con ese artículo.

—¿Así que no sabe usted de nadie que esté filtrando al exterior información sobre lo que ocurre en el tribunal?

—No, de nadie.

—Entonces, ¿por qué escribió su amigo ese artículo?

—Pues no lo sé. Y, sinceramente, eso es lo que me disponía a averiguar cuando ustedes me trajeron aquí. La primera noticia que tuve de esa historia fue esta mañana a las siete. Quise hablar de ello con mi amigo, pero él ya se había ido.

—Ben, se lo preguntaré de nuevo. ¿Sabe de alguien que esté pasando información al exterior?

—No. No sé de nadie. Se lo juro.

Lungen dejó la pila con las otras y miró fijamente a Ben. Este, tras unos momentos, dijo:

—La única explicación que se me ocurre es que Eric trataba de lucirse ante sus jefes. O sea, él sabe que nosotros conocemos las decisiones por anticipado. A partir de ahí, podía escribir lo que quisiera. Ya sabe usted que el Herald publica cualquier cosa. —Ben prosiguió con voz crecientemente firme—: ¿Cree usted que si Eric tuviera la más mínima prueba habrían publicado su artículo en la página cinco? Esa historia no es más que una conjetura. Ya la ha leído, lo que hace es plantear la posibilidad de que tras la afortunada jugada de Maxwell haya una fuga de información. En realidad, debería haber aparecido en las páginas de opinión.

—Ben, ¿sabe qué ocurrirá si descubrimos que está usted mintiendo? —le preguntó Lungen posando las palmas de las manos sobre el escritorio—. Naturalmente, quedaría usted destituido de su cargo. Si eso ocurriera, lo más probable es que la prensa se hiciera eco de ello inmediatamente. Fuera usted responsable o no, sospecho que todos dirían que usted le pasó la información a Maxwell. Y, después de eso, me temo que su carrera habría terminado y el único trabajo que podría encontrar sería el de asesor de la película de televisión que contara al mundo la historia de lo sucedido.

—¿Por qué no colabora usted con nosotros? —le preguntó Fisk con voz serena. Fisk era un hombre cuyo rudo aspecto y facciones muy marcadas contrastaban con la piel picada y el traje mal cortado—. Si usted nos ayuda, nosotros lo ayudaremos.

—Escuchen, no me vengan con la comedia del policía bueno y el policía malo — dijo Ben con voz firme a causa de la adrenalina—. Si le hubiera filtrado la historia a Eric, sería un perfecto cretino. No se lo tomen ustedes a mal, pero no hace falta ser un genio para averiguar que Eric y yo vivimos en la misma casa. ¿Les parece a ustedes lógico que le pidiera a mi compañero de domicilio que escribiera un artículo que no solo pone en peligro mi carrera, sino que además llama la atención sobre mí? —Hizo una pausa para que los dos hombres apreciaran la lógica de su argumentación—. La historia es un cuento. Probablemente, Eric solo pretendía que sus jefes se fijasen en él, y…

—Nosotros no hemos dicho que usted le pidiera a Eric que escribiese la historia —lo interrumpió Fisk—. Creemos simplemente que fue usted quien le pasó la información.

—No le he dicho ni una palabra. Pueden creer que tengo mucho cuidado en lo que hablo con la gente y, especialmente, en lo que hablo con Eric.

—Pero sí le comentó a Eric que Blake se iba a retirar, ¿no?

Ben se mordió el interior de la mejilla. Lungen continuó:

—No se haga el sorprendido, Ben. Mi amigo del Herald me ha dicho que mañana publicarán una historia sobre el retiro de Blake. El Herald no la publicaría si la fuente no fuera fiable, y Eric lo señaló a usted como tal fuente.

Ben cruzó los brazos para dar sensación de seguridad, pero se daba cuenta de que estaba perdiendo terreno.

—Admito que le conté a mi amigo lo de Blake. Le dije que íbamos a hacer pública la información a finales de esta semana. Pero no le dije nada de…

—¿Admite que reveló usted a sabiendas información de este tribunal y sin embargo espera que creamos que no tiene usted nada que ver con lo de Maxwell?

—Bueno, son cosas distintas —dijo Ben—. Lo de Blake era del dominio público. No se puede calificar de información privilegiada. El asunto de Maxwell es totalmente distinto.

—Eso justamente creemos nosotros —dijo Lungen—. Ahora, ¿le importa que empecemos de nuevo?

Decidido a no dejar traslucir su inquietud, Ben dijo:

—Miren, les juro que no sé nada de lo de Maxwell. De lo contrario, ¿creen que estaría aquí sentado, hablando con ustedes? Si hubiera informado a Maxwell de la decisión, en estos momentos estaría en una playa griega, contando los diez millones de dólares que habría recibido por mis servicios.

—Le diré lo que pensamos, Ben. La verdad es que no creemos que le dijera nada a Eric. Eso habría sido una estupidez y, francamente, no lo tenemos a usted por estúpido. Probablemente, usted no le dio personalmente la información a Maxwell. Como usted mismo dice, de haberlo hecho, ya no necesitaría trabajar para vivir. Nos tememos, sin embargo, que usted haya oído decir a su compañera de pasantía o algún otro pasante que hay alguien filtrando información. Usted mencionó esto de pasada ante Eric, o tal vez él lo oyó por casualidad, y de pronto nos encontramos con un gran escándalo entre las manos. Y, en estos momentos, usted es la única persona que, concebiblemente, puede informarnos de lo ocurrido.

—Ya se lo he dicho: no sé de nadie que esté filtrando al exterior información sobre este tribunal.

—¿Y qué me dice de la renuncia de Blake?

—Ya sabe usted que me refiero a información importante concerniente a decisiones legales. Cuando comencé a trabajar en el tribunal, les expliqué a mis compañeros de vivienda que conocería de antemano las decisiones del tribunal. Pero a ninguno le importó, ni siquiera a Eric. La única explicación que se me ocurre es que Eric se inventó la noticia para apuntarse un tanto profesional. Pregunte usted a su amigo del Herald. Ha dicho usted que si no tuvieran una buena fuente, no publicarían lo de la renuncia de Blake. Pero dígame: ¿cuál fue la fuente de la historia sobre Maxwell?

Lungen no contestó.

—Eric no identificó a su fuente, ¿verdad? —preguntó Ben—. Usted, evidentemente, se lo preguntó a su amigo.

—No, no la identificó —dijo Lungen apartando la mirada.

—¿O sea que no tenía usted la certeza de que el responsable fuera yo, y solo me ha querido interrogar por si las moscas? —preguntó Ben meneando la cabeza.

—Ben, puede que los del Herald no conozcan la fuente, pero están seguros de que Eric la tiene. Si publicaron ese artículo, será porque hay un fondo de verdad tras él.

—¿Nunca le han aconsejado que no se crea todo lo que lee?

—No sea impertinente —dijo Lungen—. Hasta que me entere de lo que realmente ha sucedido, este asunto no estará cerrado.

—Bueno, pues hasta que usted se entere de lo que realmente ha sucedido, yo me largo. —Ben se puso en pie dispuesto a irse.

—Esto no es ningún juego —le advirtió Lungen levantándose—. Si se considera usted inocente…

—Soy inocente.

—¿Estaría dispuesto a someterse al detector de mentiras para demostrarlo?

Ben se dio cuenta de que Lungen solo quedaría satisfecho con una respuesta. En el más confiado de sus tonos, dijo:

—Si es necesario, estoy dispuesto a…

—Debe usted darse cuenta de una cosa —lo interrumpió Lungen—. Aunque nosotros lo creamos, no hay motivo para suponer que el resto de la gente hará lo mismo. El amigo de Cari en el Herald dijo que los habían llamado de todos los periódicos para preguntarles por el artículo de Eric. Cuando publicaron esa historia, no eran conscientes del lío en que se estaban metiendo.

—¿Por qué no les exigen ustedes que se retracten?

—Lo hicimos a primera hora de esta mañana —respondió Lungen—. Pero, por lo visto, como el artículo se limita a sugerir la posibilidad de una filtración, al periódico no le importa carecer de pruebas de ello.

—¿Cree usted que otros periódicos se harán eco de la noticia?

—Creo que ya va dándose usted cuenta de cuál es nuestra preocupación —dijo Lungen—. Por lo que sabemos, la prensa no tocará esa historia sin disponer de una fuente. No hace falta que se trate de una fuente autorizada. Puede tratarse de un conserje, de una secretaria, de un funcionario. Y en cuanto tengan una fuente, harán pedazos a quien sea. Es muy posible que nunca consigan esa fuente, pero… Nunca se sabe. Puede que alguna camarera de la cafetería esté cabreada porque la redecilla del pelo le aprieta mucho y de pronto nos la encontremos en un informativo de televisión, declarando que oyó a alguien decirle algo a alguien.

»Le garantizo que, aunque la prensa no publique nada, todos los periodistas de la ciudad dedicarán las próximas semanas a tratar de descubrir lo que hay tras la historia del Herald. Y yo, en el lugar de usted, estaría preocupado, ya que, gracias a su compañero de vivienda, la persona a la que resulta más fácil culpar de este desastre es usted.

—Gracias —dijo secamente Ben esforzándose por que no se le notara el nerviosismo—. ¿Puedo irme ya?

—Hablo en serio.

—Me doy cuenta —dijo Ben yendo hacia la puerta.

—Una última cosa antes de que se vaya —dijo Fisk—. Si va usted a pedirle explicaciones a Eric sobre lo que hizo, le agradecería que mañana nos comunicase lo que su amigo le ha dicho.

—Ya veremos —dijo Ben.

 

Una vez Ben hubo salido de la habitación, Lungen miró a Fisk.

—¿Qué te parece?

—Ya sabes lo que pienso —dijo Fisk—. Detesto a los pasantes. Se creen que, como trabajan en el Tribunal Supremo, su mierda huele a rosas.

—Ya, pero, aparte de eso, ¿qué opinas de Ben?

—Es lo que esperaba. Evidentemente, se trata de un chico listo, y ha sabido defenderse muy bien. No lo creo capaz de cometer la estupidez de ayudar a Eric a escribir esa historia, pero eso no significa que Eric se lo haya inventado todo. ¿Por qué? ¿Qué piensas tú?

—No sé. Me hubiera gustado ver a Ben un poco más nervioso.

—Sí, decididamente el chico estaba muy calmado —convino Fisk—. Así que, una de dos, o dice la verdad, o es uno de los mejores embusteros que he visto.

—Creo que, realmente, a él ese artículo lo sorprendió tanto como a nosotros. Y, según mi amigo del Herald, los del periódico le apretaron las tuercas a Eric para que identificara a su fuente, pero él no soltó prenda.

Tras una breve pausa, Fisk añadió:

—No me gustan estos chicos.

—A ti no te gusta nadie que sea más listo que tú, Fisk.

—Este es un asunto muy serio y, ocurra lo que ocurra, vamos a mantener bien vigilado al tal Ben.