El décimo juez
Capítulo 1
Ben Addison sudaba como un cerdo.
Y no había motivo para ello.
Durante tres horas, Ben había estado leyendo los últimos números del Washington Post, el New York Times, Law Week, y Legal Times. La noche anterior, antes de acostarse, se había aprendido de memoria todos los casos del Tribunal Supremo correspondientes a la anterior temporada de sesiones. También había hecho una lista de cuantos dictámenes había escrito el juez Manson Hollis para el Tribunal Supremo y, solo por si acaso, había vuelto a leer la biografía de Hollis. Ben estaba convencido de que podía hablar con conocimiento de causa de cualquier tema que el juez Hollis sacase a colación. Había metido en su portafolios dos cuadernos legales, cuatro plumas, dos lápices, un diccionario legal de bolsillo, otro de sinónimos, también de bolsillo y, como había oído decir que los pasantes del Supremo solían trabajar durante el almuerzo, incluyó también un sándwich de pavo. Sin lugar a la más mínima duda, Ben Addison estaba preparado.
Pero seguía sudando como un cerdo.
Contemplando las blancas columnas de la fachada del Tribunal Supremo, adonde había llegado con media hora de antelación en su primer día de trabajo, Ben sentía una mezcla de emoción y orgullo. Bueno, aquí estoy, se dijo, aspirando profundamente. Al fin llegó el día. Pasándose una mano por el recién cortado cabello castaño, Ben subió por la gran escalinata de mármol. Contó cada peldaño, por si el juez Hollis sentía curiosidad por saber cuántos había. Cuarenta y cuatro, se dijo, e hizo una ficha mental con tal información.
Ben abrió la pesada puerta de bronce y entró en el edificio. Unguardia de seguridad sentado ante un detector de metales le dijo:
—¿Qué desea?
Soy Ben Addison, un nuevo pasante.
El guardia consultó su tablilla y encontró en ella el nombre de Ben.
—La sesión de orientación no comienza hasta dentro de media hora.
—Me gusta llegar temprano —dijo Ben con una sonrisa.
—Bien. Siga recto, cruzando el Gran Salón. Primer pasillo a la izquierda y primera puerta a la derecha.
Adornado con bustos de mármol de antiguos jueces del Supremo, el blanquísimo Gran Salón era tan impresionante como Ben lo recordaba. Al pasar ante cada busto, los labios del joven se curvaron en una leve sonrisa.
—Hola, juez —susurraba para sí—. Hola, Ben —se contestaba él mismo.
Ben abrió la gran puerta de madera esperando encontrarse con una sala vacía. En vez de ello vio a otros ocho pasantes. «Tiralevitas», se dijo sentándose en la única silla vacía.
Con la máxima discreción posible, Ben examinó a sus nuevos colegas. Conocía a tres de los ocho pasantes. Al fondo a la derecha había un hombre bien vestido que lucía unas elegantes gafas de montura gruesa y que había sido corrector de artículos del Stanford Law Review. A su izquierda había una mujer negra muy alta, antigua jefa de redacción del Harvard Law Review. Ben los conoció a ambos en una conferencia sobre publicaciones legales que tuvo lugar en Yale. Recordaba que el hombre de Stanford era un antiguo reportero de Los Angeles Times, mientras la mujer de Harvard había trabajado como experta en pintura clásica en Sotheby’s. Se llamaba Angela, y de su apellido solo lograba recordar que comenzaba con P. Por último, sentado junto a Ben, estaba Joel Westman, un condiscípulo de la Facultad de Derecho de Yale. Analista político de profesión, Joel, antes de estudiar leyes, fue escritor de discursos para la Casa Blanca. Bonitos currículums, se dijo Ben. Esforzándose por parecer tranquilo, sonrió y dirigió amistosas inclinaciones a los tres pasantes; ellos correspondieron debidamente.
Ben, nervioso, comenzó a golpear suavemente con el pie la mullida alfombra. No te preocupes, se dijo. Todo irá bien. Eres tan listo como el que más. Pero… ¿había viajado tanto y tenía unos antecedentes familiares igual de distinguidos? Eso no importaba. Recuerda tus calzoncillos de la suerte, se dijo. Compró aquellos desgastados calzoncillos rojos de boxeador que llevaba puestos cuando inició sus estudios en Columbia. Se los puso el primer día de cada clase, al final de cada trimestre y en todas las lechas importantes. A fin de curso, si tenía exámenes tres días seguidos, tres días seguidos llevaba puestos los calzoncillos rojos. Los llevó durante los tres años que pasó en Yale, y durante todas las entrevistas para conseguir una pasantía. Hoy es el gran día, se dijo. Los calzoncillos de la suerte debutan en los augustos salones del Tribunal Supremo.
Apareció un hombre de mediana edad que vestía un traje gris a rayas y era portador de un montón de sobres marrones, y caminó hasta el podio e hizo recuento de los presentes.
—Soy Reed Hughes —anunció con las manos sólidamente apoyadas en los costados del podio—. En nombre de la Oficina de Pasantes, quiero darles oficialmente la bienvenida al Tribunal Supremo de los Estados Unidos. Aun a riesgo de repetir información que ustedes ya conocen, creo que no estará de más hablarles un poco de lo que va a ser su primer año aquí, en el tribunal.
En cuestión de segundos, cuatro de los pasantes sacaron plumas y cuadernos.
Patético, se dijo Ben conteniendo el impulso de sacar su propio cuaderno.
—Como saben, a cada juez se le permite contratar a dos pasantes a fin de que le ayuden a prepararse para tomar sus decisiones —explicó Hughes—. Los nueve que hoy comienzan trabajarán con los nueve pasantes que iniciaron su trabajo hace un mes, el primero de julio. Me doy cuenta de que todos ustedes, los dieciocho, han trabajado mucho para llegar al lugar en el que hoy se encuentran. Han dedicado la mayor parte de sus vidas a buscar el éxito con esfuerzo. Permítanme decirles algo que espero se tomen muy en serio. La carrera ha terminado y ustedes han ganado. Ya son pasantes legales del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.
—¿Lo has anotado bien? —le preguntó Ben a Joel en un susurro—. Ya somos pasantes.
Joel lo miró de mala manera.
—Aquí no gustan los graciosos, Addison.
—Ustedes dieciocho representan lo mejor y más brillante de la comunidad legal —continuó Hughes—. Tras entrevistar a miles de aspirantes procedentes de las más distinguidas facultades de Derecho del país, los jueces de este tribunal los han escogido a ustedes. ¿Qué significa eso? Significa que sus vidas van a cambiar para siempre. Les ofrecerán magníficos trabajos, los invitarán a excelentes almuerzos y muchos directores de grandes empresas harán todo lo posible por contratarlos. Son ustedes miembros de la fraternidad más exclusiva del país. El actual secretario de Estado fue pasante del Tribunal Supremo, lo mismo que el secretario de Defensa. Tres de los nueve jueces del Supremo fueron antes pasantes, lo cual significa que todos ustedes tienen muchas posibilidades de llegar a convertirse en jueces del Supremo. A partir de este momento, disfrutan de una auténtica situación de privilegio. Y, lo que es más importante, tienen poder.
Ben Addison se arrellanó en su silla. Ya no sudaba.
Hughes escrutó a su atento auditorio.
—¿Por qué les digo todo esto? No es para que puedan impresionar a sus amigos. Ni tampoco para tranquilizar sus egos. Al cabo de años y años de tratar con pasantes, sé que ninguno de ustedes tiene problemas de ego. Lo que me propongo es prepararlos para la responsabilidad que están a punto de asumir.
»Este es un trabajo importante, probablemente, el más importante de sus vidas. Durante más de doscientos años, el Tribunal Supremo ha actuado como guía del país en las controversias nacionales más importantes. El Congreso puede aprobar las leyes, y el presidente puede firmarlas, pero es el Supremo quien las aplica. Y, a partir de hoy, ustedes son partícipes de ese poder. Junto con los jueces, redactarán decisiones que cambiarán muchas vidas. Se consultarán sus opiniones y se implementarán sus ideas. En muchos casos, los jueces confiarán plenamente en los dictámenes que ustedes redacten, y basarán sus opiniones en lo que ustedes investiguen. Eso significa que ustedes determinarán lo que los jueces ven y saben. Nueve jueces forman este tribunal. Pero la influencia y el poder que ustedes poseen los convierten en el décimo juez.
Ben, casi en trance hipnótico, asintió lentamente con la cabeza.
Hughes se ajustó las gafas e hizo una pausa.
—Sobre sus hombros recae una gran responsabilidad. Deben estar a la altura de ella. Dicho esto, tengo la certeza de que se van a tomar ustedes este compromiso con gran seriedad. Si adoptan la actitud correcta, nuestro programa de pasantías puede cambiarles la vida. Bueno, ¿alguna pregunta?
No se alzó ninguna mano.
—Estupendo —dijo Hughes—. Ya pueden dirigirse a sus despachos. —Mientras distribuía los sobres, explicó—: Cojan el que lleve su nombre y pasen el resto. Los sobres contienen sus tarjetas de seguridad y sus códigos del tribunal. La tarjeta les permitirá cruzar todas las puertas del tribunal, y el código hacer uso de los ordenadores. ¿Alguna pregunta? —Tampoco entonces se alzó ninguna mano—. Bien —dijo Hughes—. Pueden dirigirse a sus despachos. El número está escrito en el sobre. —Cuando la sala comenzaba a vaciarse, Hughes añadió—: Si tienen alguna duda, no duden en consultarme.
Ben se dirigió a su despacho, el único situado en el segundo piso. Allí, el año pasado, durante su entrevista, había conocido a los anteriores pasantes del juez Hollis. Cruzó de nuevo el Gran Salón y corrió hacia el ascensor. La ascensorista era una vieja con el cabello teñido de negro. Lucía un uniforme del tribunal que le estaba pequeño y, sentada a una pequeña mesa junto al ascensor, se entretenía en resolver un rompecabezas.
—Segundo piso, por favor —dijo Ben. Como la mujer no respondió, él añadió—: Señora, trato de ir arriba. ¿Tiene la bondad de…?
—No tantas prisas —replicó ella sin alzar la vista—. Ahora mismo lo atiendo. — Tras encontrar el lugar para la pieza del rompecabezas que sostenía en una mano, la mujer miró al fin a Ben—. Bueno, ¿a quién desea ver?
—Soy Ben Addison, el pasante del juez Hollis —le dijo Ben tendiendo la mano.
—No me importa quién es usted. Dígame simplemente a qué piso va —dijo ella, entrando en el ascensor.
—Segundo —replicó secamente Ben.
El corredor del segundo piso era de mármol y estaba alfombrado en rojo y oro, pero Ben apenas se fijó. Estaba demasiado pendiente de encontrar el número de despacho escrito en su sobre.
«Encantado de verlo, juez Hollis —dijo para sí—. Hola, juez Hollis, encantado de verlo. ¿Cómo va eso, juez Hollis? Bonita toga, juez Hollis, le sienta de maravilla. ¿Quiere que le lama un poco más el culo, juez Hollis?».
Al fin encontró el despacho 2143. Frente a las puertas de caoba, Ben se secó la mano derecha en los pantalones, pues no deseaba tenerla húmeda cuando estrechara la del juez. Hizo girar el tirador de bronce, abrió la puerta y entró.
—Supongo que eres Ben. —Una mujer de entre veinticinco y treinta años lo miró por encima del periódico que estaba leyendo—. Lamento que hayas desperdiciado en mí ese bonito traje. —La mujer, que vestía shorts caqui y una camiseta verde bosque, hizo a un lado el periódico y avanzó hacia Ben con la mano extendida—. Encantada de conocerte. Me llamo Lisa y seré tu compañera de pasantía durante todo el año. Espero que no nos odiemos, porque vamos a pasar mucho tiempo juntos.
—¿Está el juez…?
—Te enseñaré tu despacho —lo interrumpió Lisa—. Esto no es más que la zona de recepción. Nancy, la secretaria de Hollis, suele sentarse aquí, aunque hoy ha salido.
Lisa era menuda y de complexión atlética. Compacta, pero elegante. Nariz pequeña, labios finos y ojos azules. La joven abrió una puerta que conducía a una estancia más reducida.
—Este es nuestro despacho. Bonita leonera, ¿verdad?
—Increíble —dijo Ben desde el umbral.
El despacho no era grande y apenas tenía muebles, pero los paneles de madera tallada que cubrían las paredes le daban un solemne e histórico aspecto. En la parte derecha había unas estanterías empotradas que albergaban la biblioteca personal de los pasantes. Atestada de libros de jurisprudencia, textos legales y revistas de derecho, la estancia hizo que Ben recordara las bibliotecas de las grandes mansiones de los millonarios que aparecían en las películas de amor y lujo.
De la pared del fondo colgaba la única foto del despacho: un retrato de grupo de los actuales jueces. Tomada cada vez que un nuevo juez era nombrado, la foto oficial tenía siempre la misma disposición: cinco jueces sentados y cuatro de pie. El presidente del tribunal se sentaba en el centro, mientras todos los demás estaban colocados según su antigüedad en el tribunal. El juez más viejo se sentaba en el extremo izquierdo; el más nuevo en el derecho. Aunque la foto había sido tomada hacía solo seis meses, las idénticas togas de los jueces y sus miradas siempre graves y estoicas hacían que el actual retrato fuera imposible de distinguir de las docenas de otros tomados en años precedentes.
Sobre la alfombra azul y oro había dos antiguos escritorios enfrentados, dos ordenadores, cinco archivadores de pared, una trituradora de papel y un viejo y mullido sofá escarlata. Ambos escritorios estaban cubiertos de montañas de papeles.
—Aparentemente, los escritorios son de comienzos del período colonial —le explicó Lisa—. Probablemente fueron usados por viejos jueces. O quizás alguien los tuviera guardados en su garaje. ¿Qué demonios sé yo de antigüedades?
Siguiendo a la joven por la atestada pero elegante oficina, Ben advirtió que Lisa iba descalza.
—Supongo que hoy no viene el juez —dijo Ben, al tiempo que apartaba algunos papeles de uno de los escritorios y dejaba sobre él su portafolios.
—En efecto. Lo siento. Debí llamarte anoche para advertírtelo. Casi todos los jueces están de vacaciones. Hollis no regresará hasta el mes que viene, así que puedes vestir como te dé la gana. —Lisa se inclinó sobre el escritorio de Ben—. Bueno, ¿qué te parece?
Ben inspeccionó la habitación.
—El sofá parece cómodo.
—Bueno, al menos lo es más que estas viejas sillas. —Yendo junto a uno de los archivadores metálicos grises, Lisa dijo—: Esto, sin embargo, es lo mejorcito de la oficina. Échale un vistazo.
Ben retiró el archivador de la pared y vio dieciocho firmas trazadas con rotulador negro.
—¿Son los anteriores pasantes de Hollis? —preguntó mientras leía los nombres que cubrían la mitad del gabinete.
—No, son los sobrinitos del pato Donald —dijo Lisa—. Claro que son los viejos pasantes.
—¿Cuándo firmamos nosotros?
—¿Por qué no ahora mismo? —dijo Lisa sacándose del bolsillo posterior de los shorts un rotulador negro.
—¿No somos un poco impacientes? —Sonrió Ben.
—Suerte has tenido de que te esperase. —Con ampuloso ademán, Lisa escribió su nombre en el costado del gabinete. Ben firmó debajo y empujó el archivador, volviendo a arrimarlo a la pared—. Supongo que tú empezaste en julio, ¿no?
—Sí. Ojalá hubiera podido disfrutar de mis vacaciones por más tiempo.
—De vacaciones he estado yo —dijo Ben—. Regresé de Europa anteayer.
—Qué envidia —dijo Lisa, y se dejó caer sobre el sofá—. Bueno, identifícate. Cuéntame de dónde eres, a qué universidad fuiste, cuáles son tus hobbies, tus aspiraciones, etcétera.
—¿Quieres saber también mis medidas o te basta con mi número de zapato?
—Las medidas ya las veo. Pies pequeños, manos medianas, estatura normal, ego enorme.
Ben se echó a reír.
—Y pensar que todo el mundo predijo que mi compañero de pasantía sería un empollón aburrido —dijo mientras se despojaba de la chaqueta. Ben tenía el rostro oval y la mandíbula menos que impresionante, pero resultaba atractivo con sus intensos ojos verdes y el cabello castaño claro que le caía sobre la frente. Se remangó la camisa y dijo—: Soy de Newton, Massachusetts; estudié en la Universidad de Columbia y en la Facultad de Derecho de Yale; el año pasado fui pasante del juez Stanley, en el circuito del distrito federal; y aspiro a llegar a fiscal.
—¡Uf, qué rollo! —dijo Lisa retrepándose en el sofá—. Mejor pásame tu currículum. Háblame de ti. Amores, odios, comidas favoritas, escándalos sexuales, qué tal es tu familia. Lo que sea.
—¿Siempre eres tan fisgona? —preguntó Ben al tiempo que se sentaba en el borde de su escritorio.
—Compartiremos este despacho durante doce meses, así que más vale que vayamos conociéndonos. Bueno, ¿vas a contestar o no?
—Mi madre trabaja como ejecutiva para una empresa de informática de Boston. Es la típica madre agresiva y sabelotodo criada en Brooklyn. Mi padre es un periodista liberal y escribe una columna para el Boston Globe. Ambos fueron a la Universidad de Michigan, y se conocieron en una clase de sociología. Su primera conversación fue una pelea. Mi padre se enfureció cuando oyó decir a mi madre que el nivel de ingresos es directamente proporcional al nivel de inteligencia.
—¡Estupendo! ¡Me encantan las polémicas!
—Mis padres se llevan muy bien, pero en casa no se puede hablar de política.
—¿Y cuáles son tus gustos políticos?
—Supongo que soy entre moderado y liberal —dijo Ben dibujando una línea imaginaria con las manos—. Soy el producto de un matrimonio mixto.
—¿Novias?
—No. Vivo con mis tres mejores amigos de la escuela secundaria.
—¿Nunca te has enamorado?
—¿Nunca te han llamado metomentodo?
—Contesta a mi pregunta.
—Solo una vez, aunque no estoy seguro de que fuera amor. Al terminar en la Facultad de Derecho, estuve dos meses dando la vuelta al mundo: Europa y Asia, Bangkok y Bali, España y Suiza… Vi todo lo que pude.
—Parece que te gusta viajar.
—Muchísimo. El caso es que, en España, conocí a una mujer llamada Jacqueline Ambrosio.
—¿Qué exótico? ¿Era española?
—No. Era una consultora de marketing de Rhode Island. Ella acababa de llegar a España, y yo ya me encontraba finalizando mi viaje. Nos conocimos en Salamanca, pasamos un fin de semana en la bellísima Mallorca, y nos separamos a los cinco días de habernos conocido.
—Por favor, me estás partiendo el corazón —gimió Lisa—. Y, a ver si adivino… Perdiste su dirección, no has sabido más de ella, y hoy todavía tu corazón sigue llorando por ella.
—La verdad es que, en mi último día de estancia, Jacqueline me confesó que estaba casada y que lo había pasado muy bien recordando sus años de soltera. Su marido llegaba al día siguiente en avión.
Tras un breve silencio, Lisa preguntó:
—Supongo que esa historia es un cuento.
—Qué va.
—¿Qué pasó? ¿No llevaba alianza?
—Cuando estábamos juntos, no.
—Bueno, pues como historia no está mal. Pero no fue amor.
—No he dicho que lo fuera —replicó Ben con una sonrisa—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?
Lisa puso los pies sobre el sofá rojo.
—Soy de Los Ángeles y detesto Washington. Creo que esto es la gran letrina de occidente. Fui a la Universidad de Stanford y a su Facultad de Derecho debido solo a que me gusta estar cerca de mi familia.
—¡Uf, qué rollo! —exclamó Ben.
—No te precipites. Mi padre es de Los Ángeles y mi madre de Memphis. Se conocieron, y te juro que esto es cierto, en una convención de admiradores de Elvis que se celebró en Las Vegas. Mis padres coleccionan todo tipo de cosas de Elvis: vajillas, toallas, servilleteros… Incluso tengo un dispensador de caramelos Pez con la cara de Elvis.
—No sabía que los hubiese.
—Un coleccionista chiflado de Alabama le pintó patillas a un dispensador Pez de Pedro Picapiedra, le aumentó la nariz y le pintó gafas de sol. Mis padres se entusiasmaron al verlo y pagaron doscientos pavos por él. No, no lo preguntes: están totalmente chiflados.
—Espero que tu segundo nombre no sea…
—Lo es. Lisa Marie Schulman[1].
—Es fantástico —dijo Ben, impresionado—. Siempre he deseado marcar a mis hijos con un nombre realmente estrafalario, como Thor o Ira.
—Sí, es algo que recomiendo de corazón. Que le estén tomando a una el pelo durante toda la infancia es fantástico para la autoestima.
—Permíteme una pregunta —dijo Ben—. ¿Enrollas los espaguetis?
Lisa alzó una ceja, desconcertada. Ben aclaró:
—Creo que en este mundo hay dos clases de personas: las que enrollan los espaguetis en el tenedor para comérselos a pequeños bocados, y los que los chupan, poniéndose perdidos de salsa. ¿A qué clase perteneces tú?
—Yo los chupo —dijo Lisa sonriendo—. Y cuando era pequeña, me negaba a comer alimentos blancos, así que mi madre tenía que teñirme la leche y los huevos con colorante alimenticio.
—¿Cómo? —preguntó Ben riendo.
—Hablo en serio. Como yo odiaba el color blanco, mi madre me teñía la leche de púrpura y los huevos de rojo. Era divertidísimo.
—También les cortabas el pelo a tus muñecas Barbie, a que sí.
—En cuanto las sacaba de la caja —dijo orgullosamente Lisa—. Las muy putitas se lo merecían.
—Sí, lo comprendo —rio Ben—. Creo que nos vamos a entender maravillosamente bien.
Tras un trayecto en metro de diez minutos hasta Dupont Circle, Ben subió en una de las enormes escaleras mecánicas de Washington y se dirigió a casa. A una travesía del metro, se encontró con Tipo Duro Joey, el indigente más agresivo del vecindario.
—¿Qué tal, Joey? —saludó Ben.
—Que te follen —le espetó Joey—. Chúpamela.
—Toma, para que cenes —le dijo Ben tendiéndole el sándwich de pavo que se había llevado al tribunal—. Resulta que el primer día de trabajo lo invitan a uno a almorzar.
—Gracias, amigo —dijo Joey, tomando el sándwich—. Muérete, comemierda.
—Buen provecho —dijo Ben.
Pasando ante los viejos pero cuidados edificios de su barrio, Ben contempló a la legión de jóvenes profesionales que volvían a sus domicilios por las arboladas calles de Dupont Circle. Ya casi en casa, Ben aspiró hondo, disfrutando del olor a comida casera que siempre emanaba del edificio de ladrillos rojos que había en la esquina de su calle. La casa de Ben era un edificio de piedra anodino con un descolorido toldo beige en el portal y una bandera norteamericana con cuarenta y ocho estrellas. Aunque estaban en agosto, la puerta principal seguía llena de adornos de Halloween. Ober, uno de los compañeros de apartamento de Ben, estaba muy orgulloso de su talento como decorador y se había negado a retirarlos hasta el próximo año. Cuando Ben traspuso el umbral, Ober y Nathan estaban preparando la cena.
—¿Qué tal te fue? —le preguntó Ober—. ¿Demandaste a alguien?
—Fue fantástico —dijo Ben. Dejó su portafolios junto al armario y se soltó el nudo de la corbata—. El juez está de vacaciones y no volverá hasta dentro de dos semanas, así que mi compañera de pasantía y yo dedicamos la jornada a conocernos un poco.
—¿Compañera? ¿Es una mujer? —preguntó Ober mientras echaba la pasta en una olla de agua hirviendo.
—Pues sí.
—¿Y qué tal? ¿Está buena?
—Está bastante bien —dijo Ben—. Es muy franca y descarada. No se anda con tonterías. Tiene unos ojos muy bonitos, el cabello corto y…
—Seguro que es lesbiana —afirmó Ober.
—¿Y eso a qué viene? —preguntó Nathan, al tiempo que Ben meneaba la cabeza.
—¿Descarada y con el cabello corto? —dijo Ober—. ¿Y crees que no es tortillera?
—Se ha ofrecido a arreglarme el coche —añadió Ben.
—¿Lo ves? —dijo Ober señalando a Ben—. La tipa acaba de conocerlo y ya ha echado mano de la caja de herramientas.
Sin hacer caso de su compañero, Ben abrió la nevera.
—¿Qué estáis preparando?
—Anita Bryant[2] está cociendo la pasta, y yo voy a preparar mi apestosa salsa de ajo —replicó Nathan retirando la gran olla de espaguetis al quemador de atrás de la cocina. De aspecto militar, Nathan seguía con la corbata puesta, aunque había vuelto a casa hacía más de media hora—. Echa un poco más de pasta. Total, en la despensa solo hay veinte cajas. —Con todo cuidado, trasladó al quemador delantero la sartén en la que estaba preparando la salsa—. Bueno, cuenta. ¿Qué hiciste en tu primer día?
—Hasta que el tribunal reanude sus sesiones, nos dedicaremos principalmente a redactar informes sobre peticiones de certiorati —explicó Ben. Mirando a sus amigos para ver si seguían interesados en la explicación, continuó—: Todos los días llegan al tribunal montones de peticiones de certiorati, o certificados de avocación. Cuando cuatro jueces conceden el certiorati, eso significa que el tribunal se ocupará del caso. Para ahorrar tiempo, leemos todas las peticiones, redactamos con ellas un memorándum, y recomendamos que el juez otorgue o deniegue el certiorati.
—O sea que, dependiendo de cómo escribas el memo, puedes conseguir que el tribunal se ocupe o no de una causa —razonó Nathan.
—Es posible, pero creo que eso es exagerar nuestra influencia —dijo Ben metiendo el dedo en la salsa para probarla—. Las otras salas también tienen acceso al memo, así que eso supone un cierto control. Supongamos que surge un importante caso que limitaría drásticamente el derecho al aborto. Si yo redacto un memo parcial recomendando que el juez Hollis no otorgue el certiorati, los jueces más conservadores acudirían dando voces a Hollis y yo quedaría como un idiota.
—Pero seguro que, si se tratara de un caso menor, nadie se daría cuenta. Sobre todo, si tú eres el único que ha leído la petición original —dijo Nathan.
—Pues no sé —dijo Ben meneando la cabeza y recostándose en la repisa—. Creo que esta noche estás en tu vena napoleónica. Recuerda que el Tribunal Supremo tiene un inquebrantable código deontológico.
—Aún no logro creerme que realmente seas pasante del Supremo —dijo Ober, que estaba pelando ajos sobre la pila—. ¡El jodido Tribunal Supremo! Yo haciendo de telefonista y tú nada menos que en el Supremo.
—Sospecho que aún no has conseguido el ascenso —dijo Ben.
—Me tienen totalmente postergado —dijo Ober en voz baja. Con dos hoyuelos en sus pálidas mejillas y la nariz cubierta de pecas, Ober era el único de los compañeros de apartamento de Ben que seguía teniendo aspecto de estudiante—. Si entré a trabajar con el senador Stevens fue porque me dijeron que solo pasaría unas semanas contestando al teléfono. Eso fue hace cinco meses.
—¿Has protestado? —le preguntó Ben.
—Probé todo lo que tú me aconsejaste —explicó Ober—. Lo que ocurre es que yo no soy tan agresivo como tú.
—¿Amenazaste al menos con irte? —preguntó Ben.
—Bueno, lo insinué.
—¿Lo insinuaste? —preguntó Ben—. ¿Y qué dijeron ellos?
—Dijeron que lo lamentaban, pero que están preparándose para un año de elecciones. Además, hay al menos cien personas que aceptarían mi puesto en un abrir y cerrar de ojos. Creo que al final tendré que orinarme en el escritorio del jefe de personal.
—Excelente idea —dijo Nathan—. Una buena meada es el argumento más convincente que puede utilizar un hombre de veintiocho años. El mejor camino hacia un ascenso.
—Tienes que ser más decidido —dijo Ben—. Tienes que hacerles creer que perderte sería para ellos el fin del mundo.
—¿Y eso cómo se logra?
—Lo primero que tienes que hacer es vestir el cargo —explicó Ben. Señalando la blanca camisa deportiva añadió—: Ya te he dicho que no lleves esa camisa. Con tus pecas y tu cabello rubio, pareces un chiquillo.
—¿Y qué quieres que…?
—Toma. —Ben se quitó la chaqueta y se la tendió a Ober. Cuando Ober se la hubo puesto, Ben dijo—: Te está de maravilla. Quiero que lleves mi traje y mi corbata. Es el traje ideal para impresionar. Mañana por la mañana vuelves a pedir el ascenso.
—No puedo pedirlo otra vez —dijo Ober.
—Pues entonces escríbeles una carta —sugirió Nathan—. Así te evitarás hacerlo cara a cara.
—Desde luego —dijo Ben—. Si quieres, yo te ayudo a redactarla. Entre los tres, conseguiremos que te asciendan en un abrir y cerrar de ojos.
—No sé —dijo Ober. Se quitó la chaqueta y se la devolvió a Ben—. Quizá sea preferible que nos olvidemos del tema.
—No te des por vencido —dijo Ben—. Nosotros te ayudaremos.
—¿Por qué no le cuentas a Ben lo de la lotería? —le preguntó Nathan, deseoso de cambiar de tema.
—¡Oh, Dios mío, casi me olvido! Ahora vuelvo. —Ober salió corriendo de la cocina y subió la escalera.
—Tendríamos que hacer algo por él —dijo Ben—. ¿Cómo puede haberse enviciado de esa forma?
—No sé de qué te sorprendes —dijo Nathan—. Solo has estado en Europa seis semanas. ¿Esperabas realmente que el mundo hubiera cambiado durante tu ausencia? Ciertas cosas son inmutables.
—¿Por qué has tardado tanto? —le preguntó Ben cuando Ober regresó.
—Ya verás —comenzó Ober ocultando las manos a la espalda—. Esta tarde venía para casa de un humor de perros cuando de pronto veo un letrero nuevo en el escaparate de la tienda de alimentación Paul’s: ¡tenemos lotería! Primero compré un solo boleto de esos que se rascan. Lo rasqué y gané un dólar, así que compré otro. ¡Y voy y gano dos dólares! —Acelerándose, siguió—: Entonces me doy cuenta de que no puedo perder, así que compro otros dos boletos, pierdo con uno y gano otro dólar con el segundo.
—Y ahí es donde los seres normales lo dejan —lo interrumpió Nathan.
—Pues yo compré un último boleto —continuó Ober—. Lo rasco y gano tres dólares que a continuación invierto en comprar Snickers para todos. —Sacó las manos de la espalda y arrojó los Snickers a Ben y Nathan.
—Asombroso —dijo Nathan desenvolviendo su chocolatina ¿Te das cuenta de que caes en todas las trampas que la comisión de loterías te tiende?
—¿Y qué más da? —preguntó Ober, tras tragarse un gran pedazo de chocolatina —. Llevaba meses sin probar un Snicker. Me pareció que sería un buen modo de celebrar el primer día de trabajo de Ben.
Media hora más tarde, los tres amigos estaban sentados a la mesa de la cocina cuando alguien abrió bruscamente la puerta principal.
—¡Queridos, ya estoy en casa! —anunció Eric.
—¡Siempre tan oportuno! —Nathan dejó el tenedor mientras Ben y Ober se dirigían a la sala.
—¡El hijo pródigo regresó! —exclamó Eric al ver a Ben.
—Ya era hora —dijo Ben—. Creí que te habías fugado.
Con un sándwich a medio comer en la mano, Eric abrazó a su compañero. El joven, que llevaba una camisa arrugada y unos pantalones caqui con rodilleras, era el más desastrado de los cuatro. Siempre llevaba despeinada la negra y abundante cabellera, y muy raramente se afeitaba. La sombra de su escasa barba servía de contrapunto a sus pobladas cejas que, separadas la una de la otra por escasos milímetros, producían la sensación de que el joven estaba permanentemente ceñudo.
—Dispensa —dijo Eric—. Esta semana he tenido entrega todas las noches.
—¿Todas las noches? —preguntó Ben, desconcertado—. ¿En una revista mensual?
—Ben no sabe lo de tu empleo —dijo Nathan entrando en la sala—. Recuerda que ha estado fuera seis semanas.
—¿Así, ya no trabajas en la revista Washington Life? —preguntó Ben.
—No, señor, terminé —replicó Eric. Rascándose vigorosamente la cabeza, anunció, orgulloso—: Cuando ya creía que iba a pasar el resto de mi carrera periodística informando sobre subastas de anticuarios y nuevos restaurantes, me llamaron del Washington Herald. Tenían una vacante de redactor en la sección de política. Comencé hace dos semanas.
—¿Trabajas para un montón de fachas? —preguntó Ben.
—Bueno, es un periódico de segunda, pero tira ochenta mil ejemplares, y todos ellos son míos.
—Fantástico —dijo Ben dando un golpecito en la espalda a su amigo.
—Por cierto —dijo Eric a Ober—. A ver si adivinas lo que van a poner en la sección de pasatiempos.
—No juegues con mis sentimientos… ¿una sopa de letras? —dijo Ober agarrando a Eric por la pechera de la camisa.
—¡Sopa de letras! —gritó Eric—. A partir del mes que viene.
—¡Sopa de letras! —repitió Ober.
—¡Sopa de letras! ¡Sopa de letras! ¡Sopa de letras! —entonaron los dos amigos.
—Los ignorantes se entretienen con cualquier cosa —dijo Nathan, y pasó un brazo sobre el hombro de Ben.
—Debo admitir que realmente he echado de menos todo esto —dijo Ben.
—¿Qué pasa? ¿Es que en Europa ya no quedan idiotas? —preguntó Nathan.
Ben sonrió, se volvió hacia sus dos alborotados amigos y dijo:
—Bueno, ¿qué tal si seguimos cenando?
—Imposible —dijo Eric y, tras dar otro bocado a su sándwich, explicó—: Esta es mi cena. La edición de mañana me reclama.
Más tarde, Nathan entró en la habitación de Ben, que sin duda era la más ordenada de la casa. Con su antiguo escritorio, su cama de cuatro columnas y su gran librería, todo de roble, Ben era el único de los cuatro compañeros de vivienda que se preocupaba de la decoración. Nathan había considerado la posibilidad de arreglar su habitación, pero cambió de idea al darse cuenta de que solo quería hacerlo porque Ben también lo hacía. Sobre la cama de Ben colgaban tres fotos enmarcadas: una del monumento a Washington a medio construir, otra de la torre Eiffel a medio construir, y otra de la estatua de la Libertad a medio construir. A Ben le fascinaban los recuerdos. En sus estantes podían encontrarse, entre otras cosas, las llaves de su primer coche, la hebilla de cinturón con sus iniciales que le había regalado su abuelo cuando Ben cumplió nueve años, la red de pelo que Ober utilizó cuando trabajaba en el Burger Heaven, la espantosa corbata que Nathan había llevado en su primer día de trabajo, el pase de visitante que le dieron cuando fue a la entrevista con el juez Hollis, y su pieza favorita: la maza que le regaló el juez Stanley cuando Ben terminó su pasantía.
—¿Poniéndote al día con la correspondencia? —le preguntó Nathan al advertir el gran montón de sobres que Ben tenía ante sí.
—Es asombrosa la cantidad de correspondencia basura que puede recibir uno en solo seis semanas —dijo Ben—. Tengo ofertas para participar en tres grandes rifas, cincuenta catálogos, una docena de anuncios de suscripciones de revistas y… ¿Recuerdas que el año pasado, cuando estábamos viendo el «Miss Princesita» por televisión, Ober llamó al número telefónico gratuito y pidió que nos mandaran formularios para participar? Escucha esto: «Querida Ben. ¿Serás tú la próxima miss princesita? Eso únicamente lo decidirán los jueces, pero tú puedes conseguir que todo el mundo sepa que participaste haciendo un pedido de productos oficiales del certamen Miss Princesita». —Alzando la vista de la carta, Ben añadió—: Creo que voy a pedir un sujetador deportivo Miss Princesita para Ober. Una vez figure en la lista de compradores, ya no saldrá de ella.
—Magnífica idea —dijo Nathan al tiempo que se sentaba en el borde de la cama de Ben.
—Bueno, ¿qué ha pasado por aquí durante mi ausencia? —preguntó Ben dejando a un lado la carta.
—Nada de particular, la verdad. A Eric lo vemos menos porque siempre está pendiente del cierre de edición.
—Supongo que Eric sigue sin consumar el hecho.
—Desde luego. Nuestro cuarto compañero sigue siendo virgen. Y sigue diciendo que es por gusto, que quiere esperar al matrimonio y todas esas cosas.
—Y supongo que Ober sigue tomándole el pelo por ello —dijo Ben, aunque conocía la respuesta.
—Ober lleva tomándole el pelo a Eric desde el colegio —respondió Nathan, y se pasó una mano por el rojizo pelo, cortado muy corto para disimular su incipiente calvicie.
Nathan era el único de los cuatro amigos que estaba perdiendo el cabello y, cuando él estaba presente, la calvicie era un tema tabú. Sumamente competitivo, al joven no le gustaba perder en nada, y para él sus crecientes entradas eran un defecto que lo eclipsaba todo, desde su notable apostura hasta su enérgico mentón.
—Parece que Eric está encantado con su nuevo empleo en el Herald, ¿no?
—Uf… Desde que consiguió ese trabajo, Eric se considera el rey del mundo.
—¿Detecto en tus palabras una cierta envidia? —preguntó Ben.
—No, qué va. Eric dedicó dos años a graduarse en periodismo, y me encanta que al fin pueda escribir sobre algo que no sean subastas y exposiciones. Me gustaría que estuviera más en casa, eso es todo.
—No me vengas con esas —se burló Ben—. Te importa un bledo que esté o no esté en casa. Simplemente, no te gusta que a él le vaya mejor que a ti.
—En primer lugar, a él no le va mejor que a mí. En segundo lugar, no me importa que le vaya bien. Solo quisiera que fuese un poco menos pretencioso.
—A eso se le llama envidia.
—No, ya sabes a qué me refiero —dijo Nathan—. Cada vez que Eric consigue algo, se obsesiona con ello. Le ocurrió lo mismo cuando estaba en la escuela para graduados, lo mismo cuando escribía para aquella revista literaria, y lo mismo cuando empezó en el Washington Life. Ya sé que cree ser Woodward y Bernstein a la vez, pero me gustaría que prestase un poco más de atención a sus amigos. Desde que empezó con su último trabajo, no he podido hablar a gusto con él ni una sola vez. Ya no dispone de tiempo para nosotros.
—¿Sabes lo que pienso? Sois demasiado competitivos. Siempre lo habéis sido y siempre lo seréis.
—Esto no tiene nada que ver con la competitividad, sino con la amistad.
—Dale tiempo —le aconsejó Ben—. Aún es nuevo en ese trabajo. Seguro que solo quiere causar buena impresión.
—Es posible —dijo Nathan al tiempo que cogía un lápiz del escritorio y comenzaba a garabatear con él.
—Dejemos eso. ¿Cómo van las cosas por el Departamento de Estado? —le preguntó Ben—. ¿Te has apoderado de algún país del Tercer Mundo en estas últimas semanas?
—Qué va. Todo es muy parecido a lo que yo suponía. Mi jefe lleva una semana en Sudáfrica, así que las cosas están tranquilas. Pero creo que quieren que siga con ellos. Supongo que dentro de unos meses me destinarán al equipo que decide la estrategia política del departamento. Los miembros de ese equipo suelen terminar formando parte de los principales comités de asesoría política.
—Tú y unos cuantos genios más decidiendo lo que será de nuestras existencias, ¿no?
—Alguien tiene que ocuparse de gobernar el mundo —dijo Nathan, al tiempo que dibujaba la silueta del mapa de Estados Unidos—. Bueno, ¿qué tal tú? Hoy ha sido tu primer día en el Tribunal Supremo. Eso no es ninguna minucia.
—Ya —dijo Ben jugando con el cierre de su agenda—. Supongo que no importa que haya empezado en agosto en vez de en julio. Hoy me he sentido un poco perdido.
—Seguro que da lo mismo —dijo Nathan—. No te has perdido nada. Además, tu compañera de pasantía te saca un mes de ventaja.
—Sí, supongo —dijo Ben.
Ben se acercó a la estantería y comenzó a reordenar los libros. Nathan contempló en silencio a su amigo durante más de un minuto.
—No tienes por qué avergonzarte de estar nervioso —dijo al fin—. A fin de cuentas, el Tribunal Supremo es el Tribunal Supremo.
—Lo sé. Lo que ocurre es que allí todo el mundo parece listísimo. Se saben de memoria todas las sentencias que el Supremo ha dictado en los últimos veinte años. Yo, lo único que me sé de memoria es el reparto original de La ley de Los Angeles. No creo que con eso vaya muy lejos.
En aquel momento, Ober entró sin llamar en la habitación.
—¿Quién se ha muerto? —preguntó al advertir la seria expresión de Ben.
—El Tribunal Supremo intimida a Ben —le explicó Nathan—. Cree que allí todos son más listos que él.
—Qué bobada —dijo Ober sentándose en la cama de Ben—. Diles que puedes recitar todo el reparto de La ley de Los Ángeles. Es algo que a mí siempre me ha impresionado.
—En ese sitio yo no pinto nada —dijo Ben, que seguía con el arreglo de la librería.
—Deja de una vez los libros, Ben —le dijo Nathan—. No tienes ningún motivo para preocuparte. Durante toda tu vida, has ocupado los peldaños más altos de la escalera intelectual. Fuiste de Columbia a Yale, y de allí a una pasantía con el juez Stanley. Ahora trabajas para el juez Hollis, uno de los mejores miembros del Tribunal Supremo. O todo tu éxito se debe a la suerte, o te estás preocupando por nada. ¿Qué crees que es más probable?
—Que todo se deba a la suerte —se burló Ober.
—Tú cállate, tarado —le ordenó Nathan—. Ben, tú siempre has tenido tendencia a preocuparte innecesariamente. Aparte de mí, eres la persona más inteligente que conozco.
Ya sonriendo, Ben se volvió hacia Nathan:
—Yo soy más listo que tú.
Conteniendo la risa, Nathan le respondió:
—Solo diré cuatro palabras, amigo mío: Test de Aptitud Escolar.
—El hecho de que sacaras cien puntos más que yo en eso no te hace más listo — le dijo Ben.
—El test no miente —dijo Nathan yendo hacia la puerta—. Tú puedes tener la agudeza de los chicos de la calle, pero en lo referente a la auténtica intelectualidad, yo te doy sopas con honda.