El décimo juez
Capítulo 5
—Buenas, me llamo Rick Fagen. A ver si les es posible a ustedes ayudarme —dijo Ben con la más diplomática de sus voces—. Recientemente, di de baja mi teléfono, pero aún no he pagado la última factura, y creo que eso se debe a que ustedes aún no tienen mi nueva dirección.
—¿Cuál era su antiguo teléfono, señor? —Tras teclear el viejo número de Rick, la empleada de la compañía telefónica dijo—: Tiene usted razón, señor Fagen. No tenemos su nueva dirección. Si me la da, le enviaremos con todo gusto una factura duplicada.
—Espléndido —dijo Ben—. Tome nota: Apartado de correos 1227, Washington D. C. 20037.
—Recibirá usted su factura en las próximas semanas —dijo la telefonista—. ¿Puedo servirle en alguna otra cosa?
—Pues sí, quisiera pedirle un último favor. Acabo de darme cuenta de que, en la mudanza, perdí mis viejas facturas telefónicas, y las necesito para cosas de hacienda. ¿Sería posible que también me mandaran copia de ellas?
—Desde luego —dijo la empleada—. Tomo nota ahora mismo y se las mandaremos. ¿Algo más?
—No, nada. Gracias por todo. —Ben colgó el teléfono y miró a Lisa, que estaba sentada frente a él.
—¿Piensas que esas facturas te servirán de algo? —le preguntó.
—Supongo que no —dijo Ben—. No creo que Rick sea tan estúpido como para hacer llamadas de importancia por un teléfono fácilmente rastreable. Sospecho que no paraba mucho en el mismo sitio y realizaba sus llamadas más importantes utilizando un móvil. Probablemente, el número local era solo para mí.
—Fue una gran idea lo de conseguir un apartado de correos —dijo Lisa tratando de animarlo.
—De todas maneras —dijo Ben—, si están vigilando esa línea telefónica, ya saben que estoy implicado.
—No creo que debas preocuparte por eso —dijo Lisa. Y, tras consultar su reloj, añadió—: Son casi las diez. Mejor vamos para allá.
—No me apetece —dijo Ben, súbitamente irritado.
—¿Estás loco? Van a notificar la decisión CMI. ¿No quieres ver cómo reacciona el público?
Ben no contestó.
—Bueno, quieras o no, tú te vienes —dijo ella, y le agarró de la mano—. No debemos perdernos esta decisión.
A pesar de que los jueces regresaban de vacaciones a comienzos de setiembre y el período de sesiones de otoño empezaba oficialmente el primer lunes de octubre, hasta principios de noviembre la energía del tribunal no alcanzaba su masa crítica. Aunque los argumentos verbales eran oídos durante la semana, las decisiones se hacían públicas a las diez en punto de la mañana del lunes siguiente. Abiertas al público, a las sesiones de decisión acudían infinidad de turistas, reporteros y curiosos. En un día de decisiones típico, la cola comenzaba a formarse en el exterior del tribunal a las ocho de la mañana. En los casos más populares, las colas comenzaban a las seis. En 1989, cuando se notificó la decisión del caso Webster de aborto, se descubrió que tanto los turistas como los periodistas estaban dispuestos a pagar grandes cantidades para que otros hicieran la cola por ellos. El resultado fue que se creó una especie de cuerpo extraoficial de profesionales que se dedicaban a ocupar un lugar en la cola y que asistían a todos los sucesos de importancia de Capitol Hill. Anticipando la decisión sobre la CMI, estos expertos se habían pasado casi un día guardando fila ante el tribunal.
A las nueve de la mañana, se permitió al fin la entrada al edificio del impaciente público. Mientras los grupos eran conducidos a través del Gran Salón hacia los dos detectores de metales, Ben y Lisa fueron directamente a la sala principal de audiencias.
—Me encanta esto —dijo Lisa contemplando cómo se iban acomodando las filas de turistas y curiosos.
Aunque a Ben no le hacía demasiada gracia presenciar la inminente victoria de Charles Maxwell, tenía que reconocer que los días de decisión eran apasionantes. Los reporteros inundaron la pequeña zona de prensa situada a la izquierda de la sala de audiencias. Era el único lugar en que se dejaba a los asistentes tomar notas, aunque no se permitían grabadoras de ningún tipo. Guardas armados escoltaron a los turistas y curiosos hasta las doce hileras de bancos situadas en el centro de la sala, donde todos quedaron esperando la aparición de los jueces. La gente hablaba en susurros apresurados, lo cual contribuía a aumentar el ambiente de expectación. A la derecha había una serie de asientos reservados para los familiares y amigos de los jueces, así como una pequeña zona privada para los pasantes del Tribunal Supremo.
—Son como ovejas —dijo Ben contemplando la atestada sala de audiencias—. Vienen, ven el espectáculo y se largan. Les importa un bledo las consecuencias. Para ellos, esto no es más que una atracción turística.
—Anímate —le dijo Lisa, que, impresionada por la pompa y la solemnidad del acto, permanecía pendiente de las agujas del reloj, que ya se acercaban a las diez.
Ben contempló el friso de mármol de encima de la entrada principal, al que los jueces quedaban enfrentados. En él aparecían los Poderes del Mal, la Corrupción y la Mentira, derrotados por los Poderes del Bien: la Seguridad, la Caridad y la Paz, con la Justicia flanqueada por la Sabiduría y la Verdad.
Siguiendo la mirada de Ben, Lisa le preguntó:
—¿Qué piensas? ¿Que el arte imita a la vida?
—Muy graciosa.
A las diez menos tres minutos exactamente, un zumbido llamó a los jueces a la sala de conferencias, donde se prepararon para pasar a la de audiencias. Tras la gran cortina de terciopelo color burdeos, los jueces se estrecharon las manos unos a otros con gravedad. Era una costumbre establecida años atrás por el juez Fuller, presidente a la sazón del Tribunal Supremo, para poner de manifiesto que «la comunión de propósitos, pero no necesariamente de opiniones, es la norma que guía a este tribunal». A las diez en punto, el alguacil dio un golpe de maza, y todos los presentes en la sala se pusieron en pie.
—¡El honorable juez presidente y los honorables jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos! —anunció el alguacil.
En cuestión de segundos, los nueve jueces aparecieron a través de aberturas en la cortina, y se dirigieron a sus respectivos sillones.
Pese a que había presenciado muchas veces el espectáculo, a Lisa seguía impresionándole la aparición simultánea de los nueve jueces.
—Esto me fascina —le susurró a Ben—. Es como presenciar la llegada del equipo campeón de liga.
—¡Ssssh! —dijo Ben, incapaz de apartar la vista del estrado.
La sala quedaba frente a los nueve sillones de los jueces. Tapizados todos ellos en cuero negro, los sillones estaban hechos a la medida particular de cada juez. Cuando los jueces tomaron asiento, el alguacil anunció:
—¡Atención! ¡Atención! ¡Atención! Los que tengan asuntos pendientes con el honorable Tribunal Supremo de Estados Unidos que se acerquen y atiendan, porque el tribunal entra en sesión. ¡Dios guarde a Estados Unidos y a este honorable tribunal!
De nuevo cayó la maza y todos se sentaron.
El juez Osterman, presidente del tribunal, ocupaba el sillón del centro.
—Hoy haremos públicas las decisiones de Estados Unidos contra CMI y Lexcoll, así como la de Tennessee contra Shreve. El juez Blake leerá hoy ambas decisiones.
—Gracias, señor juez presidente —respondió Blake. Miembro del tribunal desde hacía diez años, Blake era oriundo de Carolina del Sur, y su acento sureño era tan pronunciado como el día en que lo nombraron. Ansioso de escuchar la decisión CMI, el público contuvo de forma colectiva el aliento. Leyendo la nota que tenía preparada, Blake dijo—: En el caso de Tennessee contra Shreve, fallamos en favor del demandante, confirmando la decisión del Tribunal Supremo de Tennessee.
Plenamente consciente de la ansiedad con la que el público esperaba la decisión CMI, Blake se lo tomó con calma antes de anunciar el veredicto del tribunal.
Cuando hubo terminado de anunciar el caso Tennessee, se echó para atrás en su sillón y cambió ligeramente de posición. Se aclaró la garganta y tendió una mano hacia la jarra de peltre que todos los jueces tenían ante sí. Se sirvió un vaso de agua y se dispuso a leer el siguiente caso. Secándose con un pañuelo la comisura del labio, Blake comenzó:
—En el caso de Estados Unidos contra CMI y Lexcoll, consideramos que, aunque las dos compañías formarán un conglomerado de comunicaciones de gran envergadura, no existe conducta abusiva con fines de alcanzar un monopolio. Por este motivo, la fusión de ambas corporaciones no infringe la ley Antitrust Sherman. Por consiguiente, fallamos en favor del acusado y confirmamos la decisión del Tribunal de Apelaciones. Un fuerte murmullo surgió de entre el público. Todo el mundo comentaba la astucia de Charles Maxwell al haber decidido recientemente aumentar su inversión en Lexcoll. Luego, transcurridos unos segundos de la lectura de la decisión, la oficina de pasantes desconectó su intercomunicador con la sala de audiencias y notificó a la Oficina de Información que la decisión se había hecho pública. Inmediatamente, las siete personas que componían el personal de la Oficina de Información procedieron a entregar copias de la decisión oficial a los periodistas que aguardaban en la oficina de la planta baja, mientras otros dos empleados se sentaban frente a sus ordenadores y procedían a hacer pública la decisión en varias redes informáticas legales. En el interior de la sala, los periodistas de prensa tomaban nota de las actitudes de los distintos jueces. En el exterior del tribunal, no menos de dos docenas de reporteros de televisión competían por el espacio en la acera, esperando cada uno ser el primero que airease la historia. Para cuando el juez Blake hubo terminado de explicar los motivos de la decisión, más de 3760 personas tenían su propio ejemplar del veredicto, mientras seis millones de personas más habían oído ya el resultado del caso. Cuando el alguacil dio oficialmente por cerrada la sesión, los reporteros estaban exhaustos, Charles Maxwell era un genio y Ben estaba hecho polvo.
—Mierda —dijo Ben mientras caminaba junto a Lisa entre el público que salía de la sala de audiencias.
—¿De qué te sorprendes? Conocías el fallo desde hacía meses.
—Larguémonos de aquí —dijo Ben abriéndose paso por entre el público.
Una vez hubieron pasado sus tarjetas de identidad por una pequeña máquina lectora, dos puertas blindadas se abrieron y los dos compañeros de pasantía accedieron a la zona privada de oficinas del primer piso. Por una de las escaleras menos concurridas, regresaron a su despacho.
—Es que no me lo creo —dijo Ben, nada más la puerta se cerró tras ellos—. Maxwell se convierte en un capitán de la industria porque un pasante, un miserable chupatintas, no supo mantener cerrada su gran bocaza. —Se despojó de la chaqueta del traje y la colgó en el respaldo de su silla—. Quizá Eric estuviera en lo cierto. Quizá deba acudir a la prensa.
—Ni hablar —dijo Lisa. Cogió un sobre marrón de su escritorio y fue hasta el fondo del despacho. Puso en marcha la máquina destructora de papel, y pasó por ella el contenido completo del sobre. La joven nunca se deshacía de los viejos borradores de una opinión hasta que esta se hacía pública—. En primer lugar, no tienes pruebas, así que te tomarían por un loco. En segundo lugar, si te hacen caso, habrás destrozado tu carrera.
—Pero Maxwell quedará en evidencia.
—¿Estás loco? ¿Serías capaz de renunciar a todas tus aspiraciones solo por venganza?
—Es lo correcto —dijo Ben derrumbándose en el sofá del despacho—. No logro encontrar a Rick; es posible que nunca demos con él; no hay modo de rastrear su pista. Es la única forma de salir de este lío.
Lisa se acercó al sofá y miró fijamente a Ben:
—¿Qué demonios te pasa? Actúas como si esto fuera el fin del mundo. Cometiste un error. La cagaste. Te engañaron. Pero no lo hiciste a propósito. Te tomaron el pelo…
—Eso es lo que me cabrea —dijo Ben enderezándose en el sofá.
—¿Así que es eso? ¿Estás furioso porque alguien ha demostrado ser más listo que tú? ¿Tanto golpe de pecho y tanto soy un miserable solo porque alguien ha demostrado ser más avispado que tú?
—Tú no lo entiendes.
—Claro que lo entiendo, Ben. Estás furioso porque Rick te superó en el test de inteligencia. —Lisa se sentó junto a él en el sofá—. Levanta el ánimo. No fue culpa tuya. No fuiste estúpido ni crédulo. Hiciste lo que cualquier persona inteligente hubiera hecho. Te tendieron una trampa. Rick jugó contigo. Es algo que debes aceptar.
—¿No puedo lloriquear un poquito más?
—Te doy otros treinta segundos de llantina —dijo Lisa mirando su reloj, y esperó —. Se acabó el tiempo. ¿Has terminado?
—¿Qué tal fue hoy el anuncio de la decisión? —preguntó Eric a Ben aquella noche, sentados ambos frente al televisor.
—Bien. ¿Qué opina el Washington Herald acerca del asunto?
—Están como locos con ello —le explicó Eric, entre cucharada y cucharada de cereales—. Ya verás la edición de mañana. En primera plana aparece una enorme foto de Maxwell a los pocos minutos de la decisión, con una sonrisa de comemierda que da ganas de vomitar.
—Qué bien.
—Y el domingo publicarán un larguísimo trabajo sobre él. Ese tipo está teniendo mejor prensa que el papa.
—Qué bien —repitió Ben zapeando con el mando a distancia. Se detuvo en la CNN, pero en cuanto en la pantalla apareció la imagen de Maxwell, siguió cambiando de canal.
—Hoy, para la hora de cierre, las acciones de la CMI habían subido casi diecisiete puntos.
—Fantástico. Eric, ¿qué tal si te acercas a la cocina y me traes un cuchillo? Quiero sacarme los ojos.
—A lo Edipo, ¿no? —dijo Eric echándose a la boca otra cucharada—. Quedarías muy bien.
Se abrió la puerta principal y Ober entró en la casa cantando.
—A ver si adivináis quién ha dejado de hacer de telefonista para el senador Stevens.
—¿Conseguiste un ascenso? —le preguntó Eric poniéndose en pie para abrazar a su amigo.
Nathan entró detrás de Ober.
—¿Consiguió el ascenso? —le preguntó Ben a Nathan.
—No os lo vais a creer —dijo Nathan—. Cuéntalo, Ober.
—Bueno, pues ahí va —comenzó Ober—. ¿Recuerdas la falsa carta de amenaza que me hiciste escribir al senador Stevens con el nombre de Rick? —Ben asintió con la cabeza—. Aparentemente, la directora de personal averiguó que yo había solicitado al departamento de Estado que efectuase una búsqueda por ordenador de Rick. La semana pasada vino a verme y me preguntó por qué lo había hecho, y yo le contesté que había sido por si acaso, que no creía que la amenaza fuese real pero que quería cerciorarme. Hoy me ha llamado a su despacho y me ha anunciado mi ascenso a auxiliar legal. Me ocuparé de responder a las quejas de los votantes sobre reglamentación urbanística y subsidios a los cultivos de naranjas.
—O sea que, prácticamente, te has convertido en el jefe de la campaña de reelección de Stevens —dijo Ben.
—Aguarda, que la cosa mejora —dijo Nathan—. Ober, enséñales la carta.
—Ah, sí —dijo Ober abriendo el portafolios de cuero que le regalaron sus padres cuando se graduó. Sacó de él una hoja de papel y se la tendió a Ben.
—«Querido William —leyó Ben en voz alta—, gracias por el interés con que te has tomado la reciente amenaza contra mi vida. Tus acciones son un resplandeciente ejemplo del tipo de iniciativas que pocos hoy en día están dispuestos a emprender. Quiero que sepas lo muy agradecido que te estoy por tus esfuerzos. Marcia me dice que tu trabajo está siendo espléndido. Sigue así».
—Lee la despedida —dijo Ober riendo.
—«Tu amigo, Paul».
—¿Ha firmado «Paul»? —preguntó Eric mientras le quitaba a Ben la carta de la mano.
—Y, además, es mi amigo —dijo Ober.
—Es increíble —dijo Ben.
—Inaudito.
—Imposible.
—¡Es fantástico! —continuó Ben.
—¡Es el colmo de la estupidez! —gritó Ober—. ¡Pero yo he conseguido un ascenso!
Mientras Ober y Eric danzaban por la sala, Ben preguntó:
—¿Alguna vez has leído El traje nuevo del emperador?
En aquel momento sonó el teléfono.
—Un momento —dijo Ben, y se dirigió al supletorio de la cocina. Cogió el auricular—: Dígame…
—Hola, Benjamin.
—Hola, mamá —dijo Ben.
—Benjamin, quiero preguntarte una cosa. ¿Tuviste algo que ver con la decisión sobre Charles Maxwell que se anunció ayer?
—Pues la verdad es que no —dijo Ben poniendo los ojos en blanco—. Ese asunto lo llevaron los pasantes de otro de los jueces.
—Pero tú ya conocías la decisión antes de que se anunciase, ¿no?
—Claro, mamá. La conozco desde hace tres meses.
—Gracias —dijo Sheila Addison—. Y, por favor, dile eso mismo a tu padre, porque si se lo digo yo, no me creerá. Como él es columnista, cree saberlo todo.
—¿Algo más, mamá? —preguntó Ben—. Estábamos celebrando el ascenso que ha conseguido Ober.
—Cómo me alegro por él —dijo Sheila—. Barbara se sentirá orgullosísima. Dile que se ponga, quiero saludarlo.
—No voy a pasarle el teléfono.
—Bueno, pues dile que ya lo felicitaré cuando vengáis a pasar el día de Acción de Gracias en casa. Por cierto, ¿sabes ya si llegaréis el martes o el miércoles?
—Aún faltan tres semanas. No tengo ni idea —dijo Ben. Por cambiar de tema, preguntó—: ¿Qué tal va todo por ahí?
—Como siempre. Hoy ha llegado correspondencia para ti. Parece una factura importante. ¿Quieres que la abra antes de mandártela?
—¿Quién manda la carta?
—El remite dice «Buzones y Cosas». Y el sobre lleva la inscripción «Segundo Aviso».
Ben reconoció el nombre de la tienda en la que había contratado el apartado de correos, y se quedó confuso, pues les había pagado por anticipado.
—Ábrela —le dijo a su madre.
—Pues sí, es una factura —dijo Sheila—. Dice que si no pagas lo que debes, cancelarán tu apartado de correos número trece veintisiete y confiscarán tu correspondencia. ¿Por qué tienes un apartado de correos, Benjamin?
—¿Qué número de apartado has dicho? —preguntó Ben haciendo caso omiso de la pregunta de su madre.
—Trece veintisiete.
—Debe de ser un error. Ese no es mi apartado.
—¿Te envío la factura?
—No. Mañana me acercaré a la tienda para ver qué pasa. Oye, tengo que dejarte. Un beso a papá.
Ben colgó el teléfono y regresó a la sala.
—Vamos a celebrar mi ascenso —dijo Ober—. ¿Nos acompañas?
—Claro que sí —dijo Ben cogiendo su chaqueta del armario del recibidor—. Milagros como este solo ocurre uno en cada década.
Al entrar en Boosin’s Ober aspiró el olor a cerveza rancia y a humo de cigarrillos.
—¡Ah, nada como el aroma de un bar! —exclamó—. Me siento como si estuviera otra vez en la universidad.
Boosin’s, el lugar de reunión favorito de los cuatro amigos desde que llegaron a Washington, era una especie de segundo hogar para muchos de los jóvenes profesionales de la ciudad. La camarera que siempre los atendía los condujo a su mesa habitual, al fondo del bar.
—Hola, Tina —la saludó Ben.
—¿Qué tal os va? —preguntó ella.
—A Ober lo han ascendido, y queremos celebrarlo alegremente saturándolo de cerveza hasta que vomite y se caiga redondo al suelo.
—Veré qué puedo hacer —dijo la camarera. Fue a la barra y regresó con dos jarras y cuatro vasos.
Tras servir cerveza para todos, Nathan alzó su vaso en brindis.
—Por Ober. Que la suerte del tonto te siga acompañando.
Una vez hubieron brindado, Ben puso una mano sobre el hombro de Ober.
—Estoy orgulloso de ti, amigo.
—Vaya, un cumplido del gurú de los empleos.
—Hablo en serio —dijo Ben—. Te lo concedieran por lo que te lo concedieran, todos sabemos que te merecías el ascenso.
—No sé —dijo Ober—. Aún no soy un pasante del Tribunal Supremo.
—No necesitas ser un pasante —le dijo Ben—. Solo tienes que ser tú mismo.
—¡Y dejar siempre que tu conciencia sea tu guía! —exclamaron a coro Eric y Nathan.
Media hora más tarde, una hermosa mujer de cabello castaño que lucía un conjunto de blusa y pantalón negros tocó a Ober en el hombro.
—¿Te importa que nos sentemos con vosotros? —preguntó.
—¡Lila! —exclamó Ober—. ¿Qué haces aquí? —Se puso en pie para abrazarla—. Esta es Lila Jospin. En la universidad tonteábamos.
—Maravillosa presentación —dijo Ben. Estrechó la mano de Lila, y añadió—: Salta a la vista que eres una mujer de gustos selectos. Encantado de conocerte.
—Estoy con tres amigas —dijo Lila señalando a las tres jóvenes que iban hacia la mesa.
—Perfecto —dijo Ober—. Absolutamente perfecto.
El martes, Ben apareció en la oficina a las siete y media de la mañana.
—Llegas tarde —dijo Lisa, mientras Ben se desplomaba sobre el sofá.
—Estoy cansado.
—¿Qué hiciste anoche? ¿Ahogar tus penas en cerveza?
—Anoche, para que te enteres, no hubo penas de ningún tipo. Anoche solo hubo alegría y diversión.
—Así que fuiste a un bar, te ligaste a una mujer y te la llevaste a casa. Gran hazaña. ¿Crees que eso te convierte en Guillermo el Conquistador?
—En realidad, yo me veo más como Magallanes. Era una figura mucho más imponente, un auténtico visionario. Como yo, era un renacentista que vivía en un mundo que, simplemente, no lo comprendía.
—En realidad, era un bárbaro misógino que apenas logró entender lo que había descubierto. En ese sentido, los dos sois idénticos. —Lisa se echó hacia atrás en su silla y unió las manos tras la nuca—. ¿No vas a preguntarme qué tal me fue anoche con mi cita?
—No me digas que tuviste una cita —dijo Ben alzando una ceja.
—¿De qué te sorprendes? Soy una mujer hecha y derecha, y tengo mis necesidades.
—¿Por qué no me dijiste que tenías una cita?
—Porque no quería que te metieras conmigo.
—De todas maneras, me meteré igual. ¿Quién fue la pobre víctima?
—Se llama Jonathan Kord y trabaja para el senador Greiff.
—¡Dios bendito! ¿Jonathan Kord? Conozco a ese tipo. Una amiga mía, que en paz descanse, salió con él.
—Mentira, no lo conoces —dijo Lisa agarrando un puñado de clips y tirándoselos a Ben.
—No necesito conocerlo. Si se llama Jonathan, seguro que es un rancio.
—Pero ¿qué dices? Jonathan es un nombre precioso. Sus amigos lo llaman Jon.
—Pero él se presenta como Jonathan, ¿a que sí? —Lisa guardó silencio—. ¡Lo sabía! —exclamó Ben—. Es un rancio.
—A mí no me supo a rancio —contraatacó Lisa.
—Vaya, vaya, vaya —dijo Ben enderezándose en el sofá—. ¿De veras estuviste de juerga anoche?
—Tal vez —se burló Lisa—. Pero, aunque no fuera así, me gusta verte celoso.
—No estoy celoso.
—Entonces, ¿por qué tienes la cara del mismo color que el sofá?
—No estoy celoso, puedes creerme. Y, ahora, ¿por qué no me cuentas cómo te fue?
—Bah, no fue nada. Cenamos, y luego dimos un paseo por los alrededores del obelisco a Washington.
—Ah, vaya —dijo Ben alzando las manos al aire—. Ese tipo es un ligón. Te invita a cenar y luego te lleva a ver un símbolo fálico. ¿Qué crees que pretendía?
—Yo pagué la cena, tarado. Y yo propuse dar el paseo.
—Vaya, qué mayor —dijo Ben—. Estoy impresionado. —Cruzó los brazos—: Sigue.
—Y creo que luego lo asusté.
—¿Ah, sí? ¿Lo sacas de paseo y luego lo asustas?
—No sé —dijo Lisa mirándose las puntas de los pies—. Tal vez fui demasiado agresiva.
—¿Tú? ¿Agresiva, tú?
—Sí, de veras que lo fui —dijo Lisa, súbitamente seria—. Creo que él se sintió realmente intimidado cuando le dije que podía enseñarle un par de cosas en la cama.
—¿De veras le dijiste eso? —le preguntó Ben, atónito.
—¿Lo ves? Estaba segura de que fui demasiado agresiva.
—No te mortifiques, Lisa. Solo estabas siendo tú misma. Nadie puede culparte por eso. Eres una mujer agresiva, y a la mayoría de los hombres les asustan las mujeres agresivas. Ya has visto los programas de debate de la tele. El norteamericano medio prefiere una mujer débil y complaciente, porque las mujeres fuertes lo intimidan.
—De acuerdo, Freud, pero dime, qué hago.
—Tendrás que escoger entre hombres que sean excepciones a esa norma. Entre hombres infinitamente mejores que los muertos de hambre habituales: más seguros de ellos mismos, más sofisticados, más inteligentes.
—Hombres como tú, vamos —dijo Lisa con sarcasmo.
—Exacto. Somos un tipo de varón completamente nuevo.
No nos importa poner de manifiesto nuestros sentimientos. Nos gustan las mujeres fuertes. Sexualmente, nos gusta que nos dominen.
—A ti no te importa que te vean llorar al final de las películas de Rocky —añadió Lisa.
—Exacto. Y nos encanta el olor a potaje.
—Bueno, lamento pincharte el globo, pero… ¿y si los hombres sensibles no me gustan? ¿Y si prefiero a los tipos que están buenos y van de machistas, y que maldito lo que les importa que yo los vuelva a llamar o no?
—¿Te gustan los machistas?
—Para pasarlo bien, desde luego. Jamás me casaría con uno, pero es divertido salir con ellos.
Ben se rascó la frente, confuso.
—¿Cómo pueden gustarte los machistas? ¿Cómo puedes acostarte con alguien que piensa en ti como en un simple trofeo sexual?
—El de los trofeos sexuales es un juego al que todo el mundo puede jugar y en el que yo soy campeona.
Echándose a reír, Ben comentó:
—Retiro lo que dije antes. Eres demasiado agresiva para encontrar a un hombre. Probablemente, te pasarás sola el resto de tu vida. —Ben se levantó del sofá y fue a hojear los últimos papeles llegados a su escritorio—. Bueno, ¿qué tenemos para hoy?
—Acaban de llegar un montón de peticiones de certiorati. Hollis quiere que las despachemos cuanto antes, porque espera nuestro dictamen sobre la decisión Grinnell.
—Aún no la han votado, ¿verdad?
—Échale un vistazo a tu reloj, cretino —dijo Lisa—. La conferencia no es hasta mañana. Hollis no cree que el asunto llegue a discutirse en la sesión de mañana, pero en la de la próxima semana seguro que sí. Osterman está ganando tiempo. Y los pasantes del juez Veidt dicen que su jefe nada entre dos aguas, así que Osterman se lo ha estado trabajando desde que llegó la petición de certiorati.
—¿Qué le pasa a Veidt? ¿Crees que se habrá encaprichado de Osterman?
—Lo dudo —dijo Lisa—. Veidt es un juez intelectualmente mediocre consciente de que lo eligieron como candidato de compromiso. Imagino que supone que frecuentando la compañía del presidente del Supremo aumentará su estatus.
—Es posible —dijo Ben—. Pero mi hipótesis es mucho más divertida. Dos jueces del Supremo sorprendidos en una sórdida relación amorosa. ¡Sería fantástico!
—Desde luego, resultaría bastante más ameno que pasarse el día leyendo peticiones de certiorati.
Tras almorzar rápidamente en la cafetería del tribunal, Ben enfiló Constitution Avenue en dirección a Buzones y Cosas. Ha llegado la hora de sacar el abrigo del armario, se dijo contemplando cómo el frío viento de noviembre arrancaba las últimas hojas de los árboles. Para protegerse de aquel anticipo del invierno, Ben se sopló las manos y avivó el paso. Al cabo de menos de diez minutos llegó a la tienda, que estaba pintada de rojo, blanco y azul, la combinación de colores favorita de gran parte de los comerciantes de Washington.
—¿Qué desea? —le preguntó un empleado con suéter de cuello alto.
—Verá: me han enviado ustedes aviso de que mi apartado de correos está pendiente de pago. Y la realidad es que no solo lo pagué por anticipado, sino que además el número que figura en la factura no es correcto.
—Seguro que cometimos un error —dijo el hombre—. Si me dice usted su nombre…
—Me llamo Ben… —Ben recordó de pronto que había contratado el apartado de correos con un nombre falso—. Me llamo Alvy Singer.
—Singer, Singer… —murmuró el empleado buscando en el archivador—. Aquí está. —Sacó la carpeta y continuó—: Contrató usted el apartado doce veintisiete el veintiocho de octubre, y pagó por adelantado. Luego, el veintinueve de octubre, contrató el apartado trece veintisiete y pidió que le enviáramos la factura. —El hombre consultó los papeles de la carpeta—. Aquí también dice que pagó usted un extra de veinticinco dólares para que los buzones de ambos apartados pudieran abrirse con la misma llave.
—Claro, qué olvido tan estúpido —dijo Ben secándose el sudor frío que había cubierto de pronto su frente.
—¿Desea abonar ahora el importe de la factura?
—Sí, claro que sí.
Sacó la cartera y pagó su cuenta.
Cuando entró en la sala de buzones, Ben se sentía dominado por el pánico. Miró a su alrededor y vio que, afortunadamente, no había nadie cerca. Sacó la llave del bolsillo y abrió su buzón, el 1227. Vacío. Inmediatamente debajo se encontraba el buzón 1327. Metió la llave y lo abrió. En el interior había un sobre marrón. Lo sacó, cerró el buzón y se dirigió a una repisa cercana.
Dentro del sobre había una sola hoja de papel mecanografiado:
Querido Ben: Discúlpame por no haber dado señales de vida pero, como
probablemente supones, he estado ocupadísimo. Huelga decir que todo salió a la
perfección. Comprendo que estés molesto por lo sucedido, pero, por favor, deja
de intentar dar conmigo. Es una pérdida de tiempo. Lo de despedazar mis flores
resultó inútil, tu intento de soborno en mi antiguo apartamento fue ridículo y
respecto a tu idea de los recibos telefónicos… ¿de veras crees que soy tan bobo
como para hacer llamadas importantes por una línea tan fácil de rastrear? No
seas absurdo. Dado que aún no has acudido a las autoridades, imagino que
comprendes las consecuencias que tendría para tu carrera el hecho de revelar tu
historia:
Lo que en este momento te propongo es una tregua. Si la aceptas, espérame
en el Two Quail el sábado a las ocho de la noche. La mesa está reservada a tu
nombre. Si necesitas ponerte en contacto conmigo, utiliza tu apartado de correos
número 1327. Afectuosamente, Rick.
Ben volvió a meter la carta en el sobre, salió de la tienda y regresó al tribunal a paso vivo. ¿Cómo demonios se las ha arreglado para averiguar todo eso?, se preguntó. Subió la escalinata principal, mostró su identificación al guarda y se saltó el detector de metales. Caminando a paso rápido, cruzó la zona de recepción y llegó hasta su despacho. Una vez dentro, dio un portazo y tiró el sobre al escritorio de Lisa.
—No te lo vas a creer —le dijo.
—¿De dónde ha salido esto? —preguntó Lisa mientras leía la carta.
—Rick consiguió un apartado de correos justo debajo del mío. Y lo hizo utilizando mi nombre falso —respondió Ben con voz temblorosa.
—¿Cómo se enteró de que tenías un apartado de correos? —Lisa alzó una mano para silenciar la respuesta de Ben—. Deja. Primero terminaré de leer esto. —Cuando al fin alzó la mirada de la carta, preguntó—: Bueno, ahora dime cómo se enteró de que tenías un apartado de correos.
—¿Y cómo se enteró de mi nombre falso? ¿Y cómo se enteró de lo que hicimos con las flores? ¿Y cómo se enteró de que llamé a la compañía de teléfonos? ¿Y cómo se enteró de que fuimos al edificio de su antiguo apartamento? ¡Sabe hasta dónde viven mis padres, por el amor de Dios! ¡Hizo que enviaran la factura del apartado de correos a la dirección de mis padres!
—Cálmate un segundito —dijo Lisa dejando sus gafas de lectura sobre el escritorio—. Reflexionemos.
—Como se le ocurra acercarse a mi familia, te juro que lo mato. ¡Lo aplasto como a una cucaracha!
—Tranquilo. Seguro que eso lo hizo únicamente para asustarte.
—Pues lo está consiguiendo —afirmó Ben al tiempo que se despojaba de la chaqueta del traje—. Es evidente que Rick me ha estado vigilando durante todo este último mes. Sabe lo que hago y sabe adónde voy. Conoce incluso el domicilio de mi familia…
—Tranquilízate y déjame pensar un minuto.
Ben paseó en silencio de arriba abajo por el despacho.
—Comprendo que esté enterado de que fuimos al edificio de su apartamento, pero no comprendo que supiera lo de las facturas telefónicas. Las dos llamadas que hiciste fueron desde esta oficina, ¿no? —Ben hizo un gesto de asentimiento y ella prosiguió —: Me parece difícil que tenga ese teléfono intervenido. A fin de cuentas, esto es el Tribunal Supremo.
—Con los sistemas de seguridad que hay en este sitio, es imposible intervenir un teléfono —estuvo de acuerdo Ben—. Pero… ¿cómo sabe lo que hicimos con las flores? Tú y yo éramos los únicos que lo sabíamos.
Aún enfrascada en lo de los recibos telefónicos, Lisa dijo:
—Lo más probable es que lo de no dar su nueva dirección fuese a propósito. Luego esperó a ver qué hacíamos. Probablemente, la compañía telefónica le informó de que pediste duplicados de las facturas. —Tras una pausa de reflexión, continuó—: Me parece increíble que sepa lo que hicimos.
—Ese tipo va en serio —dijo Ben, incapaz de estarse quieto.
—¿Crees de veras que te hizo seguir?
—¿Y yo qué sé? ¿Cómo, si no, pudo averiguar el nombre falso que di para contratar el apartado de correos?
—¿Acudirás a la cita con Rick?
—Pues claro —dijo Ben—. El muy cabrón se va enterar de quién soy. Le voy a romper el culo a patadas.
—Hablas como en las series de la tele —dijo Lisa—. Creo que lo primero es tener un plan mínimamente serio.
—Desde luego —asintió Ben. Se sentó a su escritorio y sacó una hoja en blanco —. Me gustaría que nos reuniéramos todos a discutir el problema. ¿Te importa que sea en tu casa?
—¿Por qué en mi casa?
—Porque temo que en la mía haya micrófonos.
—Mira, más vale que te calmes —dijo Lisa—. Esto no es La tapadera.
—Ese tipo ha tenido recursos suficientes para llegar hasta Charles Maxwell, ha sido capaz de consumar el delito de tráfico de información privilegiada más importante de la década, ¿y dices que no tiene recursos para instalar unos cuantos micrófonos o unas cuantas cámaras en mi miserable casa, que ni siquiera tiene sistema de alarma?
—De acuerdo —dijo Lisa—. Nos reuniremos en mi apartamento. —Se levantó de su silla y fue a apoyarse en el escritorio de Ben—. Mientras tanto, ¿quieres que te cuente un chisme recién salido del horno?
—No estoy de humor.
—Muy bien. Estupendo. Entonces no te enterarás de que el juez Blake se retira.
—Eso no es nuevo —dijo Ben—. La gente lleva años diciéndolo.
—Pero ahora va de veras —dijo Lisa—. Hoy le han hecho entrega de la notificación oficial a Osterman.
—¿Hablas en serio? —preguntó Ben alzando las cejas y arrugando la frente al hacerlo.
—Palabrita de niño Jesús.
—¿Está confirmado o son simples habladurías?
—Te explico cómo fue. Mientras estabas comiendo, Hollis bajó aquí y me dijo que Blake acababa de hacerle entrega de su renuncia. Esta tarde llamará al presidente, y la prensa recibirá la noticia dentro de una o dos semanas. ¿Te parece fidedigna mi fuente?
—Si lo ha dicho Hollis, es el Evangelio.
—Pero ten en cuenta que no creo que los otros jueces se lo hayan comentado a sus pasantes, así que no digas nada. Hollis dijo que era solo para nuestra información.
—¿Y qué más dijo?
—Que el caso Grinnell no se decidirá hasta finales de semana. El juez Veidt aún no se ha manifestado, y todos los jueces conservadores tratan de ganar tiempo para ver si logran ganarlo para su causa.
—Magnífico chisme —admitió Ben—. Parece que hoy Hollis estaba parlanchín.
—Ya lo conoces —dijo Lisa—. A veces no suelta palabra, y a veces no hay quien lo calle. Hoy tuvo un buen día.
—El caso es que parece que por esta semana nos libramos de trabajar en el Grinnell.
—Eso intentaba decirte —dijo Lisa dando palmadas al escritorio de Ben—. Como Blake se va a jubilar, hay que retirarle parte de su carga de trabajo. Ya no será él quien se ocupe de la decisión Pacheco contra Rhode Island.
—Y supongo que el caso nos ha tocado a nosotros —dijo Ben. Lisa asintió con la cabeza—. ¿Por qué tenemos que encargamos nosotros? Es un caso de quiebra. Un buen caso.
—Es un buen caso, pero no un gran caso. Hollis dice que cuando uno de los jueces se retira, sus compañeros le permiten elegir los asuntos que prefiera. Todos los demás jueces le dan a él prioridad para que se luzca en sus casos de despedida.
—¿Eso significa que él va a llevarse los mejores casos?
—Más o menos —dijo Lisa—. No puede redactar todas las decisiones, pero estoy segura de que se ocupará de unas cuantas.
—Estupendo —dijo sarcásticamente Ben—. ¿Dijo Hollis cuándo nos enviará el material la oficina de Blake?
—La Oficina de Pasantes nos lo mandará hoy mismo.
Ben conectó su ordenador.
—Y Hollis aún no le ha echado ni un vistazo a nuestro dictamen sobre el caso Oshinsky —dijo.
—Pues sí, sí se lo ha echado —le respondió Lisa y le pasó unas páginas a Ben.
—¿Aún no se da por satisfecho? —dijo Ben al advertir la gran cantidad de marcas y correcciones en rojo que había en la primera página del documento—. ¿Qué borrador es este? ¿El sexto?
—El séptimo, si cuentas el desglose original.
—Hollis nunca se dará por contento con nuestro dictamen —dijo Ben—. Más vale que lo admitamos y nos demos por vencidos.
—Deja de quejarte. La cosa no es tan mala.
—¿Ah, no? ¿De veras crees que no? Llegamos aquí todas las mañanas a las siete y media, tenemos cuatro casos pendientes en los que estamos trabajando simultáneamente, un quinto que acaba de pasarnos un juez que se retira, y ahora nos llegará un sexto caso en cuanto Veidt haga causa común con los conservadores. Al mismo tiempo, todas las semanas tenemos que atender una docena de peticiones de certiorati. ¿Se puede tener más trabajo?
—No lo sé —dijo Lisa—. Supongo que también podríamos estar implicados en la persecución de un genio del delito que trata de socavar los cimientos de todo el sistema judicial.
Aquella noche, Ben y Lisa llegaron a las nueve y media al apartamento de esta, muy cercano al metro de Tenleytown. Ober y Nathan estaban esperándolos frente al viejo edificio de ladrillos.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —le preguntó Ober mientras entraban—. Quedamos a las nueve.
—Lo siento —dijo secamente Ben—. Estábamos partiéndonos los codos, reescribiendo la historia del Tribunal Supremo. No todos tenemos la suerte de que nuestra jornada de trabajo termine a las cinco.
—Oye, ¿qué mosca te ha picado? —le preguntó Nathan cuando entraban en el ascensor—. Tratamos de ayudarte, recuérdalo.
Se apearon en la cuarta planta y caminaron por el corredor hasta el apartamento de Lisa.
—Perdona —le dijo Ben a Ober mientras Lisa abría la puerta—. No era mi intención soltarte esa rociada.
—Bueno, pues aquí estamos —dijo Lisa—. No es gran cosa, pero es mi casa.
El apartamento estaba espartanamente decorado; la sala constaba de un maltratado sofá de cuero marrón, una mesita de café y un escritorio que, en realidad, era un simple tablero colocado sobre dos pequeños archivadores. Tanto la mesa de café como el escritorio estaban cubiertos de papeles. En la pared frente al sofá había un inmenso dibujo de unos gatos jugando al póquer. Sobre el sofá había dos retratos realizados sobre terciopelo negro, uno de la Gioconda, y otro de un Pitufo posando junto a una flor.
—Unos cuadros muy interesantes —dijo Ben, que sentía curiosidad por ver cómo vivía su compañera de trabajo.
—Me fascina la neobasura —dijo Lisa—. Cuanto peor, mejor. El Pitufo es la joya de mi colección. Lo gané en una feria.
—La verdad es que este sitio no está nada mal —comentó Ober.
—Lo dices como si te sorprendiera —dijo Lisa—. ¿Qué esperabas, ver por todas partes almohadones rosa y escarlata?
—No estoy seguro —respondió Ober—. Creo que temía encontrar por todas partes compresas y otros productos de higiene femenina.
—¿Temías o esperabas? —preguntó Nathan sentándose en el sofá.
Lisa dejó sobre el escritorio su portafolios, lleno de documentos del tribunal y se encaminó a la cocina.
—¿Alguien desea algo de comer o de beber?
—Yo quiero una pierna de cordero y una copa de vino blanco con soda —dijo Ober.
—¿Dónde se ha metido Eric? —preguntó Ben mientras se acomodaba en el sofá.
—Esta noche trabajará hasta tarde —contestó Ober—. Dijo que lamentaba no poder venir.
—Típico —dijo Ben.
—¿Estás bien? —le preguntó Nathan, que miraba cómo Ben examinaba las revistas de la mesa de café.
—¿Eh? —preguntó Ben—. Sí, muy bien. Solo quiero que empecemos de una vez.
Lisa trajo una silla desde la cocina, la dejó en la sala y miró hacia el sofá.
—Lo que no logro entender es que Rick te enviara la carta a través de su apartado postal. Podría haberla mandado por correo o, mejor aún, podría haberla dejado en tu buzón.
—En eso precisamente estaba pensando —dijo Ben—. Creo que Rick solo pretendía fanfarronear. Con esa simple acción desbarató mi nuevo plan y me envió el mensaje de que mis intentos de actuar con sigilo estaban condenados al fracaso.
—Lo que no entiendo es para qué necesita él una tregua —dijo Ober—. Es evidente que no tienes la más pequeña posibilidad de atraparlo. En cierto modo, tú no eres más que una insignificante molestia. —Miró a Ben y añadió—: No te lo tomes a mal.
—Supongo que lo que Rick desea es información.
—Estoy de acuerdo —dijo Ben—. No existe el más mínimo motivo por el que a Rick le haga falta pactar una tregua conmigo.
—¿Crees que desea que lo informes sobre otra decisión? —preguntó Lisa.
Ben seguía examinando las revistas.
—No se me ocurre ningún otro motivo.
—Entonces, creo que debemos partir de la base de que eso será lo que te pida cuando vayas el sábado a ese restaurante.
—¿Piensas acudir a la cita? —preguntó Lisa.
—Pues claro que sí —dijo Ben—. ¿Acaso crees que voy a permitir que ese tipo se me escape? El sábado se enterará de quién soy yo.
—¿Y qué vas a hacer? —le preguntó Lisa.
—No estoy seguro. Para eso quiero vuestra ayuda. Estaba pensando en grabar a Rick en vídeo en el restaurante.
—¡Ya lo tengo! —exclamó Ober—. ¿Qué tal si uno de nosotros se viste de camarero y consigue hacerse con la copa de vino de Rick, en la que habrán quedado impresas sus huellas dactilares?
—Y luego, ¿qué? —preguntó Lisa—. ¿Nos vamos a la bat-cueva a analizar las huellas con los bat-ordenadores?
—Podríamos enviarlas al departamento de Estado a través de Nathan.
—Yo creo que lo mejor es que le hagamos fotos cuando entre en el restaurante — dijo Nathan—. Así obtendríamos una identificación positiva de Rick en un dos por tres.
—Se me ocurre el lugar perfecto para que os apostéis —dijo Ben alzando la voz —. Frente al restaurante hay un café con terraza.
—Podemos comprar un objetivo nocturno para la cámara —sugirió Ober levantándose del sofá.
—Y también podríais ir disfrazados con gabardinas, sombreros y bigotes falsos —dijo sarcásticamente Lisa—. Más vale que os tranquilicéis. Así no vamos a ninguna parte.
—¿Ah, no? —preguntó Ben—. Espero que nos digas por qué.
—¿De qué os sirve conseguir fotos de Rick? Con ellas seguiremos como estamos. Aunque consigáis el auténtico nombre de Rick, no podréis denunciar al tipo… a no ser que queramos que Ben también vaya a la cárcel.
En la habitación se hizo un silencio que al fin rompió Nathan.
—Lo que dice la chica es cierto.
—Tenemos que conseguir que te haga una proposición acerca de otro caso — opinó Lisa—. Si lo hace, podemos acusarlo de intento de soborno a un funcionario público.
—Ben no es un funcionario público.
—Pero es un empleado federal —dijo Lisa—. Si intenta sobornarlo, Rick estará tratando de interferir en el gobierno de Estados Unidos. Eso es un delito federal que le costará pasar al menos un par de años a la sombra.
—Aguarda un segundo —dijo Nathan—. ¿Qué le impediría a Rick conseguir de las autoridades una sentencia acordada? Lo mismo se le ocurre soltar lo del caso CMI y ofrecer a las autoridades la cabeza de Ben en bandeja de plata al decir que el pasante del Tribunal Supremo es el responsable de la maniobra. Luego Rick queda libre y Ben es sometido a juicio. Y todo gracias a vuestro maravilloso plan.
—A Rick nunca se le ocurriría hacer eso —dijo Lisa—. Probablemente, la decisión CMI es lo mejor que le ha ocurrido nunca. No creo que de ese asunto saque menos de un par de millones de dólares. Si denuncia a Ben, o llama simplemente la atención sobre la CMI, a Charles Maxwell le caerá encima la Comisión Nacional del Mercado de Valores con todo su peso. Estoy segura de que Rick comprende que para él es preferible cumplir unos años de sentencia por soborno sobre esa segunda decisión antes que perder todo su dinero y arriesgarse a sufrir en su persona las iras de Maxwell. No está jugando con peces chicos. La CMI puede comérselo vivo.
—Estoy impresionado —dijo Nathan.
—Y tú creías que la chica era tonta —dijo Ben cruzando los brazos y mirando a Ober.
—Un momentito —le dijo Lisa a Ober—. ¿Creías que yo era tonta?
—Yo no… —comenzó Ober.
—¿Tú? —insistió Lisa levantándose de su silla—. ¿La semana pasada, jugando al Scrabble, trataste de poner la palabra «guay», y dices que yo soy tonta?
—«Guay» es una palabra —dijo Ober.
—¡No es una palabra! —exclamó Lisa—. Es un sonido gutural que utilizan los primates de finales del siglo veinte. Es una majadería. Ruido. Estupidez. Pero no una palabra.
—Es una palabra —insistió Ober.
—Dejad la pelea para luego —los interrumpió Ben—. En estos momentos, lo importante es pensar en el plan. Parece que lo mejor es tratar de acusarlo de intento de soborno. No se trata de la más satisfactoria de las venganzas, pero es lo máximo a que podemos aspirar. Ahora… ¿cómo lo hacemos?
—¿Y si llevas un micrófono? —propuso Nathan—. Tengo amigos que trabajan en seguridad y pueden facilitarme uno.
—¿Seguro que puedes conseguirlo? —preguntó Ben.
—Si no, puedes llevar un magnetófono —dijo Lisa—. De un modo u otro, sus palabras quedarán grabadas.
—Sigo creyendo que debemos sacarle fotos —opinó Ober.
—Lo que pasa es que te hace ilusión disfrazarte —dijo Lisa.
—Pues claro que quiero disfrazarme —admitió Ober—. Pero también creo que nos conviene conseguir alguna prueba tangible de la apariencia física de Rick.
—Puede que no sea mala idea —admitió Ben—. Llegará el momento en que las autoridades deseen interrogarlo, y más vale que podamos mostrarles una foto suya. —Viendo que Lisa arrugaba la nariz, Ben preguntó—: ¿Por qué pones esa cara?
—¿Eh? —preguntó ella—. No, por nada.
—No me vengas con esas —dijo Ben—. Conozco esa expresión. ¿Qué te preocupa?
—No sé, sigo pensando que lo mejor que podríamos hacer es informar a las autoridades de lo que ocurre. Nos estamos metiendo en algo que nos viene muy grande. Es preferible que pidamos ayuda.
—Ni hablar —sentenció Ben—. Si lo hacemos, ya me puedo ir despidiendo de mi empleo. Además, si vamos a la policía, Rick se enterará.
—¿Por qué va a enterarse? —preguntó Lisa.
—¿Por qué va a ser? —respondió Ben—. Lleva un mes observando todos nuestros movimientos. Además, lo que pretendemos no es tan complicado. Solo intentamos grabar su voz. No es como si Rick tuviera un escondite secreto en una isla privada y tratáramos de meternos en él.
Lisa se volvió hacia Ober.
—No te preocupes. Rick no tiene ninguna isla privada. Solo es un modo de hablar.
—Qué guay —replicó Ober.
—Hablo en serio —dijo Ben—. Si las cosas se ponen feas, siempre podemos pedir ayuda. Pero, hasta entonces, prefiero que tratemos de arreglar este asunto nosotros solos.