El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 21 de 21

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El décimo juez

Epílogo

Dos semanas más tarde, un sábado por la noche, Ben entró en el edificio de Lisa.

—Me alegro de verlo —dijo el conserje, todo él cordialidad.

—Y yo a usted —dijo Ben evitando mirar al hombre a los ojos.

—En el asunto ese, se portó usted fenómeno —siguió el portero—. Se ha convertido en toda una celebridad.

—Gracias —dijo Ben, que ya se metía en la cabina del ascensor.

Se apeó en el cuarto piso y llamó a la puerta del apartamento de Lisa.

—¿Quién es? —preguntó Lisa al tiempo que atisbaba por la mirilla.

—Soy yo —dijo Ben.

—Aguarda un momento. ¿No eres el tipo que salió en la tele? ¿El genial pasante que se redimió al conseguir que detuvieran a un astuto criminal?

—Abre la puerta, anda —le pidió Ben.

Cuando la joven abrió la puerta, Ben advirtió que la mayor parte de los cortes en la cara y las manos de Lisa ya habían sanado. Solo quedaban algunas minúsculas cicatrices de color rosa en los lugares en que los cortes habían sido más profundos.

—Me alegro de verte —dijo Lisa, y cuando se acercó a Ben para darle un beso le sorprendió que él le ofreciese la mejilla—. ¿Eso es todo lo que me vas a dar? ¿Un besito de hermanos?

Ben entró en el apartamento y fue a sentarse en el sofá de Lisa.

—No empieces, por favor —le pidió.

—¿Qué pasa? —preguntó Lisa.

—Nathan se va de la casa. Ha encontrado apartamento y se mudará esta misma semana.

Lisa arrimó el sillón del escritorio y se sentó.

—No sé a qué viene tu sorpresa. Cuando volvió de Boston ya dijo que pensaba mudarse.

—Ya, pero pensé que cambiaría de idea. Supuse…

—¿Qué supusiste? —lo interrumpió Lisa—. ¿Que olvidaría el hecho de que Ober ha muerto? ¿Que te perdonaría el haber estado a punto de hacer que a él mismo lo mataran? ¿Creías que con el tiempo terminaría recordando todas esas cosas con una sonrisa? Este asunto ha sido muy grave, Ben. Los medios llevan dos semanas sin dejar de ocuparse de él. No es algo fácil de olvidar.

—Ya, pero pese a todo, me sabe mal que se vaya. Es uno de mis mejores amigos, y ni siquiera me dirige la palabra.

—Es lógico que te sepa mal —dijo Lisa—. Pero quizá sea mejor que os separéis. Con la distancia y el tiempo, puede que regrese la amistad.

—No sé qué decirte —murmuró Ben—. Creo que lo que había entre nosotros se ha roto para siempre.

—Eso es lo malo de las amistades competitivas, se hacen trizas al menor impacto.

—No creo que el impacto fuera pequeño. Fue más bien como si un tren de mercancías nos hubiera pasado por encima.

—De un modo u otro, tardaréis mucho tiempo en reconciliaros del todo. ¿Qué tal se lo ha tomado Eric? ¿Se ha puesto de parte de alguno de los dos?

—Le importa un pimiento —dijo Ben—. Ya has visto lo que ha pasado con él. Está eufórico. Por lo que a sus jefes respecta, él consiguió la exclusiva de esta historia.

—¿Sigues enfadado con él por haber reproducido palabras textuales tuyas?

—No me gusta ver reproducidas en la prensa nuestras conversaciones privadas, pero… ¿qué voy a hacer? Además, si no fuera por los matices favorables hacia mí que Eric incluyó en sus artículos, no sé si las cosas habrían salido tan bien. Él fue el primero en llamarme el Rey del Tribunal.

—¿El Rey del Tribunal? —repitió Lisa estremeciéndose—. Es la cosa más estúpida que he oído.

—Me hace parecer noble y honorable —dijo Ben sacando pecho.

—Te hace parecer una superestrella del béisbol.

—Búrlate si quieres, pero ese título tan cursi me ha venido de maravilla. A la prensa le encanta.

—Lo que vuestra señoría diga.

Sonriendo, Ben le preguntó:

—¿Qué tal las cosas en el tribunal?

—Bien —dijo Lisa—. Como ayer. El nuevo pasante es un tarado. Hasta el serrín es más interesante que él.

—No será tan malo.

—Créeme que sí. La semana pasada le compré en la cafetería un bollo con semillas de sésamo y me dijo que no se lo podía comer porque tiene una brecha entre los dientes y las semillas se le meterían en ella.

—No me digas. ¿Y tú no le pegaste una patada en el culo allí mismo?

—Hablo en serio —dijo Lisa—. Trata de pasar un día entero con un alérgico al queso, y verás. Ese tipo es un pobre diablo.

—¿Pero es listo?

—Académicamente hablando, sí. Brillante. Pero no es capaz de entendérselas con el mundo real. No reconocería una idea original aunque se la encontrase entre los dientes.

—Si es tan soso, ¿por qué lo contrató Hollis?

—Por soso. Después de la experiencia contigo, no podían permitirse contratar a otro pasante carismático. Necesitaban a alguien seguro. Y alérgico al queso.

—Sí, pero él se quedó con mi empleo.

—No me vengas con esas. ¿Qué importa tu empleo?

—A mí me importa.

—Pues a ti es al que menos debería importarle. El único motivo por el que deseabas trabajar como pasante fue para conseguir una posición como la que ahora ocupas. Todos los pasantes desearían estar en tu piel. Eres la comidilla de la ciudad, el tema de conversación preferido en las tertulias legales. Los de Wayne & Portnoy te ofrecieron otros diez mil dólares más a pesar de que mandaste a su reclutador a la mierda. Todos los abogados de Norteamérica envidian tu valor. ¿Qué demonios puedes echar de menos de tu puesto en el tribunal?

—Echo de menos trabajar contigo —dijo sencillamente Ben.

Sorprendida por el comentario, Lisa le preguntó:

—¿De veras me echas de menos?

—Pues claro que sí —respondió Ben—. Te echo de menos a ti. Echo de menos a Ober. Echo de menos sus historias con la lotería. Echo de menos…

Lisa alzó una ceja.

—Ben, Ober se ha ido, y eso no tiene remedio.

—Y Nathan también se ha ido. Y Eric no vale nada.

—Es duro, ya lo sé. Pero debes concentrarte en el futuro. Vas a comenzar a trabajar en la Fiscalía General de Estados Unidos, ocupando un cargo para el que normalmente hace falta una experiencia previa de al menos dos años. Te saltaste una larguísima cola de aspirantes y conseguiste uno de los mejores empleos de Washington. ¡Vas a ser fiscal! Te dedicarás de lleno a perseguir a tipos como Rick. ¿No es eso lo que me dijiste cuando aceptaste el trabajo? ¿Que estabas encantado porque te fascinaba la emoción de la caza? Ahora podrás cazar todos los días.

—No, si eso me sigue fascinando —reconoció Ben—. Teniendo en cuenta todo lo sucedido, podría estar bastante peor. Pero no puedo evitarlo, los echo de menos.

—Aún me tienes a mí —dijo Lisa.

—Ya lo sé —dijo cálidamente Ben—. Y esa ha sido la mayor de mis suertes.

—Yo te diré cuál ha sido tu mayor suerte. Tu mayor suerte ha sido que yo nunca le haya dicho a nadie de quién fue realmente idea el «plan secreto de Addison».

Ben se echó a reír.

—Ahora no empieces con eso.

—Hablo en serio —dijo Lisa—. Te consta que fue a mí a quien se le ocurrió todo…

—Lo sé —la interrumpió Ben—. A ti se te ocurrió el plan. A ti se te ocurrió acudir a los alguaciles. A ti se te ocurrió lo de sustituir a los ejecutivos. A ti se te ocurrió que nos concentráramos en los que tenían antecedentes delictivos…

—Yo fui la que te dijo que debías ser más agresivo.

—Desde luego —asintió Ben—. Tú fuiste la que tomó la iniciativa. A ti se te ocurrió la idea. A mí se me subió a la cabeza lo del caso Grinnell, y tú fuiste la que terminó salvándome el culo.

—Y, sin embargo, tengo que compartir la fama contigo —dijo Lisa.

—¿Piensas sacar esto a relucir cada vez que nos veamos? —le preguntó Ben.

—Esa es mi intención.

—Nunca dije que el plan se me ocurriera a mí —aseguró Ben—. Lo único que dije fue que lo puse por escrito para pasárselo a DeRosa.

—Basándote en mi idea.

—Basándome en tu idea —repitió Ben—. Lo dije. ¿Qué más quieres?

—Quiero que digas: Lisa tiene todo el mérito, y yo no soy más que su humilde y vil esclavo.

—Bueno, chica, tampoco está tan mal compartir la fama. Además, ni que de ti no hablase nadie.

—Y nadie habla.

—¿Cuántos empleos te han ofrecido esta semana? ¿Una docena?

—Catorce, en realidad. Y el próximo domingo, el New York Times publicará un artículo sobre mí. Pero, pese a todo, me siento discriminada. A mi modo de ver, tú ni siquiera tenías que haber abierto la boca.

Ben cogió un cojín y golpeó con él a Lisa en la cabeza.

—¡No me vengas con esas! El que tiene la culpa de todo es Eric. Fue él quien dijo que el plan lo habíamos urdido entre tú y yo. Y luego el resto de la prensa lo siguió diciendo…

—Podrías haberlo desmentido.

—Traté de hacerlo —rio Ben—. Pero era demasiado tarde. El Rey del Tribunal ya había nacido.

—No pronuncies esas palabras en mi presencia —le advirtió Lisa.

—Si con eso te sientes mejor, puedes llamarme soberano.

—Bufón es lo que debería llamarte.

—Bueno, pues llámame bufón. Lo que más feliz te haga. Pero… Si te soy sincero, la verdad es que lo siento. Y te estoy muy agradecido.

—Motivos tienes para estarlo. Solo quería que aprendieras tu lección. — Satisfecha por ver a Ben sonriendo, Lisa dijo—: Cuando eres feliz, me gustas más.

—Yo también me gusto más —dijo Ben—. Sin embargo, a mi modo de ver, en este mundo hay dos tipos de personas…

—No empieces —le suplicó Lisa.

—Hablo en serio. En este mundo hay dos tipos de personas: los que ganan y los que pierden.

—A ver si adivino de qué tipo eres tú.

—En esta situación, pertenezco a los dos tipos —explicó Ben—. Esa es la única forma de poder entenderlo.

Tras una breve pausa, Lisa dijo:

—Es cierto. Estoy de acuerdo contigo.

—Gracias —dijo Ben.

Lisa se levantó del sillón y caminó hacia el sofá.

—Y, ahora que ya hemos oído tu espléndido análisis de la situación, ¿qué tal si nos largamos? Prometiste que esta noche nos divertiríamos.

—No quiero divertirme —dijo Ben, sonriente—. Prefiero que nos quedemos.

—O sea que lo que quieres es otro tipo de diversión, ¿no? —preguntó Lisa al tiempo que se sentaba junto a Ben.

—No —dijo Ben apartándose—. Quiero quedarme aquí sentado, llorando amargamente. Es una delicia, créeme.

—De llorar amargamente, nada. Quítatelo de la cabeza.

—Entonces, ¿qué tal si sollozo? Si no puedo llorar amargamente, me conformaré con sollozar.

—Ni lo uno ni lo otro. —Lisa se movió en el sofá y aproximó su cuerpo al de Ben.

—Bueno, ¿qué decidimos? ¿Lloramos amargamente, sollozamos o nos da una pataleta?

—Te diré cómo veo yo las cosas —dijo Lisa—. A mi modo de ver, en este mundo hay dos tipos de personas: los que se acuestan conmigo, y los que no.

—Sosiégate, que no estoy de humor.

—No me vengas con esas. Dijiste que cuando las cosas se calmasen…

—Las cosas aún no se han calmado —dijo Ben—. Además, ¿por qué estás tan segura de que quiero volver a acostarme contigo?

—Ay, qué gracioso. Pero esos jueguecitos ya no me engañan. Te vi llorar cuando Rick me golpeó. Estabas preocupado por mí.

—Aquellas lágrimas no tenían nada que ver contigo. Eran lágrimas de ira, de odio y de rencor.

—Sí, claro —dijo Lisa acercándose más a Ben.

—Lo digo en serio. Además, ahora no puedo hacerlo. Tengo demasiadas cosas en la cabeza. Ya has visto cómo estaba hace un momento: totalmente deprimido.

—No estás deprimido.

—Claro que lo estoy. Y me costará mucho tiempo salir de este hoyo.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Lisa.

—Mucho. Muchísimo.

—Entonces… ¿cuándo vamos a hacer cochinadas?

—No sé. Quizá nunca.

—Ben… —comenzó Lisa.

—Muy bien. Me has convencido. Pero quiero que sepas que no va a gustarme.

—Claro que te gustará.

—Muy bien. Me gustará. Pero en cuanto acabemos, esta relación se terminó. Ya está bien de tonterías.

—Lo que digas —convino Lisa. Y, besando el cuello de Ben—: Tú mandas.

 

Fin

Terminaste El décimo juez

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