El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 18 de 21

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El décimo juez

Capítulo 17

—Ya no aguanto más —dijo Ben, en pie frente al espejo del armario del despacho, tocándose el corte que se había hecho al afeitarse—. ¿Por qué no ha llamado?

—Solo han pasado siete días.

—Ha sido la semana más larga de mi vida —dijo Ben, mientras el corte comenzaba a sangrar—. A estas alturas ya debería haber llamado para decirnos qué quiere.

—Quizá solo intente ponerte nervioso.

—Pues claro que intenta eso. Y cuanto más aguarde, más loco me volverá. Una jugada típica de Rick.

—Lo que me sorprende no es que Rick no haya llamado, sino que aún no hayas tenido noticias de DeRosa.

—No me hables. Ese tipo me prometió mantenerme informado, y no me ha enviado un solo mensaje. Es posible que los alguaciles ni siquiera nos estén vigilando.

—¿En ningún momento has detectado su presencia?

—En ninguno. Lo cual significa, o que los tipos son muy buenos, o que me mintieron.

—Más vale que te des prisa —le dijo Lisa tras mirar su reloj—. Vas a perderte tu primer almuerzo gratis.

—La única gracia que tiene ese almuerzo es la de que es una invitación.

—No me vengas con eso. Estás a punto de comer con el juez presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos. No me digas que la idea no te hace ilusión.

—Sí, me hace muchísima ilusión —dijo Ben—. Osterman se pasará una hora machacándome los sesos.

—No hagas caso de lo que dicen los pasantes de Osterman. Son como babosas, y apenas les resulta posible caminar erguidos.

—Pues has de saber que yo llevo siempre la cabeza muy alta —dijo orgullosamente Ben sacando pecho—. Super erecto.

—Sí, eres la erección que camina.

Sonó el teléfono de Ben, y este miró al aparato y luego a Lisa.

—Deja que suene —le dijo ella—. Vete a almorzar. —Cuando vio que Ben daba media vuelta y se dirigía al teléfono, le recomendó—: Tranquilo. No será él.

—Oficina del juez Hollis —dijo Ben, al aparato.

—Hola, Ben —le saludó Rick—. ¿Cómo va todo por la casa grande?

Ben cerró los ojos.

—Dime qué quieres.

—¿Qué quiero? —preguntó Rick—. ¿Quién te ha dicho que quiero algo? Solo llamo para saludarte.

—Vamos, Rick, no me hagas perder el tiempo. ¿Qué va a ser esta vez?

—¿Qué te ocurre? Pareces mucho menos seguro de ti mismo que la última vez que hablé contigo.

—Estoy perfectamente —masculló Ben.

—Supongo que tus compañeros recibieron mis cartas.

—Sí, todos recibimos tus cartas. ¿Qué demonios quieres?

—Hablar de negocios —contestó Rick, tras aclararse la voz—. Quiero el caso American Steel, y lo quiero esta misma noche.

—Pero ese caso se anuncia el lunes —dijo Ben, que comenzaba a sentir pánico.

—Ya lo sé —dijo Rick—. Y quiero que me lo entregues personalmente y en mano.

—Tendré que pensarlo.

—Te doy media hora.

—Dentro de media hora no estaré aquí. Voy a almorzar con Osterman.

—Volveré a llamarte a las dos en punto —dijo Rick—. Quiero tu respuesta para entonces. Supongo que, después de mis recientes envíos postales, ya sabes cuáles serán las consecuencias si te niegas.

—Aguarda un momento… ¿Qué pasa con…?

—No tenemos nada más que decirnos —dijo Rick—. Adiós.

—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Lisa cuando Ben colgó.

—Tengo que irme —dijo Ben mirando su reloj—. Voy a llegar tarde.

—Cuéntame qué ha ocurrido —le pidió Lisa.

Sin hacerle caso, Ben salió del despacho y corrió escaleras abajo hasta la oficina de Osterman, en el primer piso.

—Llegas dos minutos tarde —dijo la secretaria—. Supongo que el juez te llamará la atención por ello.

—Espléndido —dijo Ben mientras entraba en el despacho de Osterman, el mayor de todo el tribunal.

En medio de una enorme alfombra color burdeos, Osterman estaba sentado a su escritorio, reproducción exacta del utilizado por John Jay, el primer presidente del Supremo. Sobre el escritorio, en un marco dorado, estaba la descripción del Tribunal Supremo hecha en 1913 por Oliver Wendell Holmes: «Este es un lugar tranquilo, pero su tranquilidad es la del centro del huracán…».

Ben, que no estaba de humor para apreciar la exactitud de la descripción, permaneció frente al escritorio y esperó a que el juez presidente alzase la vista de los papeles que estaba examinando.

Tras casi un minuto de espera, Ben carraspeó.

Osterman miró de pronto hacia su invitado.

—Llegas tarde —le dijo—. Espera un momento. —Bajo y menudo, Samuel Osterman llevaba gafas de gruesos cristales y tenía el cabello negro y ralo. A los cincuenta y nueve años, era uno de los presidentes del Tribunal Supremo más jóvenes de la historia. Pero sus feas gafas y su desastroso peinado lo hacían parecer mucho más viejo. Cuando volvió a mirar a Ben, el hombre dijo—: Como hace mal tiempo, almorzaremos aquí. —Señaló a la mesa antigua situada en la parte derecha de la habitación—. Espero que no te importe.

—No, claro que no.

—Toma asiento, por favor.

—Gracias —dijo Ben acomodándose en el sillón de cuero que había frente al escritorio de Osterman.

—Columbia, Facultad de Derecho de Yale, algún tiempo con el juez Stanley — dijo Osterman, que recitaba los datos de memoria—. ¿Qué tal te sientes hasta ahora entre nosotros?

—Muy bien.

—¿Estás nervioso por algo? —le preguntó Osterman, señalando el pie de Ben que no dejaba de dar ligeros golpes sobre la alfombra.

—No —contestó Ben, y detuvo el movimiento—. Solo es un mal hábito. ¿Qué tal sus vacaciones?

—Excelentes. ¿Y las tuyas?

—Fantásticas —dijo Ben, con la boca seca.

—¿Alguna solicitud de certiorati digna de mención? —preguntó Osterman.

—Pues sí, hay una que pone en tela de juicio el nuevo programa de subsidios agrícolas del presidente. Parece intrigante.

—Los granjeros son reaccionarios jeffersonianos que jamás han tenido una sola idea progresista —dijo Osterman.

—Sí, supongo que se puede considerar así —convino Ben, sorprendido por la reacción de Osterman—. Pero… ¿no le da a usted la sensación de que…?

—Déjate de sensaciones, Ben. La ley no se basa en sensaciones. Lo principal que debes aprender durante tu estancia en el tribunal, es que la vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.

—Y un musical para los que cantan —apostilló Ben. Cuando vio las cejas de Osterman alzarse sobre la parte alta de las gafas, se apresuró a añadir—: Pero entiendo lo que me quiere usted decir.

Antes de que Osterman pudiera añadir otra palabra, se abrió la puerta del despacho y entró la secretaria.

—Hora de almorzar.

 

Una hora más tarde, Ben regresó a su despacho.

—Al fin —dijo Lisa—. Cuenta, ¿qué te dijo Rick? ¿Qué quiere? ¿Qué tal tu almuerzo?

—Te contestaré primero a lo más fácil. El almuerzo ha sido un desastre completo —dijo Ben derrumbándose sobre el sofá—. Supongo que sabes que todo el mundo dice que Osterman lleva gafas con cristales como culos de botella, ¿no? Pues no es cierto. Sus gafas son como ventanillas de cajero empotradas en su rostro.

—Olvida a Osterman —le dijo Lisa, que había cogido una enorme ensalada del autoservicio y se la estaba comiendo sentada a su escritorio—. ¿Qué dijo Rick?

—Ah, sí, el capullo número dos. Quiere la American Steel.

—Pero esa decisión se anuncia el lunes —dijo Lisa—. Y estamos a viernes.

—Supongo que lo último que Rick quiere es que dispongamos de tiempo para planear nada —dijo Ben arrellanándose en el sofá.

—¿Crees que todo estará listo? —le preguntó Lisa, tras tragar un bocado de ensalada.

Ben quedó pensativo y al fin dijo:

—La verdad es que no tengo ni idea.

—¿Cómo que no tienes ni idea?

—Como que no la tengo —respondió Ben alzando la voz—. No tengo ni idea de dónde están los alguaciles, no tengo ni idea de si están haciendo algo a derechas, ni siquiera sé si siguen de mi parte. Por lo que sé, lo mismo podrían estar colaborando con Rick.

—No digas tonterías.

—De tonterías, nada —dijo Ben, a la defensiva—. Prometieron ponerse en contacto conmigo, pero llevo una semana sin saber nada de ellos. Rick me pide un caso nuevo, y lo quiere para dos días antes de lo que podemos dárselo. Dispone de información con la que conseguirá que despidan a mis amigos y que nos metan a todos en la cárcel. Me inhabilitarán para el ejercicio de la abogacía y perderé todo aquello por lo que he luchado durante mi vida. Si el plan no sale a la perfección, tendré que hacer frente a esas consecuencias. ¿Te parece que todo eso son tonterías?

—El plan aún puede salir bien.

—No. Todo está patas arriba. Implicar a mis amigos ha convertido esto en un completo desbarajuste.

—No discutamos. No todo está perdido. Ahora, cuéntame qué más te dijo Rick.

Ben consultó su reloj.

—Volverá a llamar en cualquier momento, y yo tendré que decirle si le entrego o no la decisión.

—¿Y estaba empeñado en conseguirla esta noche?

—Eso me ha parecido.

—Trata de darle largas hasta el domingo. Así tendremos tiempo para ponernos en contacto con…

En aquel momento llamaron a la puerta del despacho.

—Adelante —dijo Ben.

Nancy apareció en el umbral cargada con un pequeño montón de libros y papeles.

—¿Qué tal estáis? —saludó—. Pareces agotado —le dijo a Ben, al tiempo que le entregaba un fino sobre marrón a Lisa.

—¿Son las correcciones de lo que te di ayer? —le preguntó Lisa, limpiándose las manos con una servilleta antes de coger el sobre.

—Exacto —respondió Nancy. La mujer pasó entre los escritorios de Ben y Lisa, fue hasta la pared del fondo del despacho y enderezó la enmarcada foto de grupo de los jueces. Luego se volvió hacia Ben, que seguía tumbado en el sofá—. ¿Estás durmiendo lo suficiente?

—Claro que sí. Esta noche he disfrutado de una hora completa de sueño.

—Deberías tomarte el día libre —le dijo Nancy—. Cada año veo cómo los pasantes se matan a trabajar. Y no merece la pena.

—Ya sé que… —comenzó Ben, pero en aquel momento sonó su teléfono. Ben se incorporó de un salto y puso la mano sobre el auricular.

—Gracias por traerme esto —le dijo Lisa a Nancy—. Hoy mismo te lo entregaré con las correcciones hechas.

—No hay prisa. El juez no lo necesita hasta el lunes —explicó Nancy apoyándose en el escritorio de Lisa—. ¿Vas a hacer algo interesante durante el fin de semana, o te quedarás trabajando?

Al darse cuenta de que Nancy aún se quedaría un rato en el despacho, Ben levantó de mala gana el teléfono.

—Oficina del juez Hollis —dijo—. Ben al habla.

—¿Estás listo para hacer la entrega? —preguntó Rick.

—¿Qué tal, cómo estás? —dijo Ben esforzándose por hacer que su voz sonara lo más animada posible.

—No estoy para bromas.

—Estupendo —dijo Ben tras una risa forzada.

—¿Qué respondes? —preguntó Rick.

Ben se volvió y les dio la espalda a Lisa y Nancy.

—Necesito más tiempo.

—Esto no es como lo del caso Grinnell. No necesitas más tiempo.

—Claro que sí —dijo Ben—. La cosa aún no está lista.

—No me vengas con esas —replicó Rick—. Me consta que esa decisión ya está redactada.

—Te juro que… —comenzó Ben.

Rick colgó el teléfono.

—Oye… ¿Estás ahí…? —Ben dejó el auricular sobre la horquilla y se volvió hacia Lisa y Nancy, que lo estaban mirando.

—¿Algún problema? —le preguntó Nancy.

—No, nada —respondió Ben tratando de aparentar indiferencia—. Se cortó la comunicación.

—No te preocupes —dijo Nancy—. Volverán a llamar. —Mientras iba hacia la puerta, añadió—: Lisa, lo de las correcciones lo he dicho en serio. Estoy segura de que Hollis no las necesita hasta el lunes.

—Gracias —dijo Lisa.

Nancy salió de la habitación y, en cuanto la puerta se cerró tras ella, Lisa se volvió hacia Ben y le preguntó:

—¿Qué te dijo?

—¡El muy hijo de puta me ha colgado! —dijo Ben—. Me ha exigido la decisión, y cuando traté de ganar tiempo, me colgó. Es increíble.

Ben y Lisa esperaron a que el teléfono volviera a sonar. Pasado más de un minuto, Ben dijo:

—No llama. ¿Qué demonios estará pasando?

—Solo trata de ponerte nervioso —dijo Lisa.

—Pues lo está consiguiendo. ¿Qué hacemos?

—Tranquilo. Estoy segura de que volverá a llamar.

 

—No llama. ¿Qué demonios estará pasando?

—Solo trata de ponerte nervioso.

—Pues lo está consiguiendo. ¿Qué hacemos?

—Tranquilo. Estoy segura de que volverá a llamar.

Fisk, que estaba paseando por el despacho de Lungen, sonrió, satisfecho de que el micrófono estuviera al fin funcionando.

—Ignoro qué traman, pero me resulta imposible creer que ese chico sea inocente.

Lungen tenía la vista fija en el pequeño altavoz color gris oscuro que había sobre su escritorio.

—No sé —dijo—. El tal Rick, sea quien sea, parece tener a Ben aterrado. Parece como si le estuviera haciendo chantaje.

—Con chantaje o sin chantaje, está infringiendo la ley.

—De eso no podemos estar seguros —dijo Lungen—. Sigo creyendo que solo conocemos la mitad de la historia.

—No puedes hablar en serio —dijo Fisk, que dejó de pasear—. A los cinco minutos de poner el micrófono en funcionamiento, ya hemos oído a Ben hablar de filtrar una decisión a alguien de fuera del tribunal.

—No debemos precipitarnos.

—¿Quién se precipita? Las cosas están bien claras. Con independencia de cómo llegaran a implicarse en el asunto, es evidente que esos dos no se proponen nada bueno.

—Hicimos instalar el micrófono anoche, y hasta la hora del almuerzo no hemos conseguido que funcionara. En total solo liemos escuchado cinco minutos de conversación. Lo único que digo es que debemos darles un poco más de tiempo. Antes de entrar con las pistolas desenfundadas, preferiría conocer todos los hechos.

—Nos enteraremos de los hechos, descuida —dijo Fisk subiendo el volumen del altavoz—. Por cómo hablan esos dos, me da la sensación de que dentro de poco el juez Hollis tendrá que buscarse dos nuevos pasantes.

—Se acabó —dijo Rick cerrando su teléfono móvil—. Estoy harto de tonterías. —Abrió la portezuela y se apeó del coche.

Richard Claremont, vicepresidente encargado de marketing de la American Steel, se apeó por la portezuela del conductor y preguntó:

—¿Qué te ha dicho?

Rick cerró de golpe la portezuela y miró calle arriba. El edificio del Tribunal Supremo era perfectamente visible.

—Trataba de ganar tiempo. —Indiferente al frío viento que azotaba First Street, Rick ni siquiera se molestó en abotonarse el abrigo—. Está nervioso, pero intenta darme largas.

—Tiene motivos para estar nervioso. Por lo que tú me has dicho, su vida está arruinada.

—Pero no quiero que se asuste demasiado —dijo Rick caminando en dirección al tribunal—. Si lo hace, puede optar por acudir a las autoridades. Pero si cree que todavía tiene alguna posibilidad de atraparme, nos será más fácil sacarle la decisión.

—¿Crees que sigue existiendo el riesgo de que acuda a la policía? —preguntó Claremont.

—La verdad es que no —respondió Rick mientras contemplaba a un grupo de turistas que sacaban fotos del más alto tribunal de la nación—. Ben no hará eso. Le preocupa demasiado su currículum. Por eso lo escogí en primer lugar. Tiene mucho que perder.

—¿Y por qué no escogiste a Lisa? Por lo que sabes de ella, esa chica tiene un historial similar al de Ben.

—Ben es un blanco mucho más fácil. De los dos, Lisa es la más lista. Ella nunca me habría dicho el resultado de la primera decisión. Ben está deseoso de agradar, y yo estaba seguro de que picaría.

—Si tú lo dices… —dijo Claremont—. Aunque me da la sensación de que ese chico ha resultado bastante menos predecible de lo que tú pensabas.

—Bueno, ha tenido sus momentos. Pero esta semana ha hecho auténtica mella en él. Está exhausto. —Rick echó mano al bolsillo y sacó el móvil—. Además, dentro de muy poco se enterará de que esto no es ningún jueguecito.

 

Hasta en dos dimensiones tengo buena pinta, pensó Ober, admirando la fotocopia más reciente de su rostro. Se sentó a su escritorio, abrió el cajón de abajo de la izquierda, sacó una gran carpeta y añadió la fotocopia del día a las trescientas veintiséis otras fotocopias que había ya en su interior. Cada día, Ober pegaba el rostro a la fotocopiadora y se hacía un retrato ultrarrápido, pues trataba de crear un álbum de fotos único en el mundo. Tras anotar la fecha de la última fotocopia, la metió en la carpeta con las demás. Cuando estaba volviendo a guardar la carpeta en su sitio, vio que Marcia Sturgis, la jefe de personal del senador Stevens, estaba en el umbral de la puerta.

—¿Puedo verte en mi despacho, Ober? —le preguntó secamente Marcia.

Veterana de Capitol Hill, Marcia comenzó su carrera trabajando como recepcionista del senador Edward Kennedy, un puesto que consiguió apenas hubo terminado sus estudios. Luego pasó casi dos décadas ascendiendo en el escalafón burocrático. La mujer consideraba que todos aquellos años de oscuro trabajo habían merecido la pena, pues en aquellos momentos era el miembro más importante del equipo del senador Stevens. Con una jornada de trabajo que comenzaba a las seis de la mañana y terminaba a las once de la noche, Marcia controlaba casi todo lo que el senador veía y oía. Asistía a las reuniones de comités, organizaba las comparecencias ante la cámara y supervisaba los discursos y las notas de prensa del senador. Además, era responsable de todas las decisiones importantes relacionadas con los componentes del equipo de trabajo de Stevens.

Mientras iba tras Marcia hacia el despacho de esta, Ober trató de adivinar qué habría hecho mal esta vez. Desde su ascenso a auxiliar administrativo, sus visitas al despacho de Marcia se hablan hecho frecuentes. Una visita fue motivada por el hecho de que Ober contestó a la carta de un furioso contribuyente con una nota que decía simplemente: «No se sulfure». En otra ocasión fue porque escribió mal el nombre de la señora Stevens en la carta a otro senador. Y otra más cuando Marcia lo sorprendió gastando bromas telefónicas a miembros republicanos del equipo, conminándolos a rendirse.

Al entrar en el despacho de Marcia, Ober se vio frente a un corpulento desconocido que ocupaba uno de los sillones que había frente al escritorio. Al advertir la grave expresión del hombre, Ober comprendió que aquella visita no tenía nada que ver con la taza de café que él había derramado sobre el ordenador de Marcia.

—Siéntate —le dijo Marcia señalando el sillón vacío contiguo al que ocupaba el desconocido—. Te presento a Victor Langdon, del FBI.

—Encantado de conocerlo —dijo Ober tendiéndole la mano.

—Vayamos al grano —dijo Victor.

Marcia miró fijamente a Ober y dijo:

—Deseo hablarte de un fax anónimo que he recibido hace unas horas. En él se me dice que la amenaza de muerte que investigaste hace unos meses la escribiste tú mismo. El fax también te acusa de haber escrito la amenaza contra el senador con el fin de conseguir una promoción profesional. Teniendo en cuenta que tu ascenso se basó efectivamente en la forma como manejaste esa situación, nos ha parecido que sería interesante escuchar lo que tenías que decir al respecto.

—No sé de qué me habla —dijo Ober al tiempo que cruzaba las piernas y trataba de no ponerse nervioso.

—Nada de juegos —dijo Victor señalando admonitoriamente a Ober con el índice.

—Es preferible que digas la verdad, Ober —le recomendó Marcia descansando las crispadas manos sobre el escritorio—. Se trata de un asunto grave.

—No es lo que parece… —farfulló Ober.

—¿Niegas haberlo hecho? —le preguntó Victor.

—Si tú no escribiste la amenaza pero sabes quién lo hizo, dínoslo —le pidió Marcia.

Ober se echó hacia un lado en su asiento, alejándose lo más posible de Victor.

—No fue una amenaza auténtica. La vida del senador jamás corrió el menor riesgo.

—Eso el FBI ya lo sabe —replicó Marcia—. Dinos quién escribió la nota.

Ober, que estaba devanándose los sesos tratando de encontrar el modo de no implicar a Ben, permaneció en silencio.

—Si no nos dices quién fue el autor de esa nota, me veré obligada a pedirte la dimisión —dijo Marcia.

—Por un intento de asesinato puedes terminar en la cárcel de por vida —añadió Victor, y agarró el brazo del sillón de Ober.

Ober apartó la mano de Victor.

—La cosa no tuvo nada que ver con ningún intento de asesinato.

—Entonces, cuéntanos qué ocurrió —dijo Victor—. ¿Quién escribió esa carta?

Ober permaneció en silencio de nuevo.

—No empeores tu situación, por favor, Ober —dijo Marcia mientras apoyaba los codos en el escritorio.

—Ya está bien —dijo Victor poniéndose en pie—. Si no quieres hablar aquí, te llevaré conmigo para interrogarte.

Marcia se puso inmediatamente en pie.

—No, nada de eso. Me prometiste plena jurisdicción en este asunto. Está claro que el senador en ningún momento corrió el menor riesgo.

—¿Por qué proteges al chico? —preguntó Victor.

—No es que lo proteja, sino simplemente…

—Yo escribí la nota —susurró Ober interrumpiendo a Marcia.

—¿Cómo? —preguntó la mujer.

—Yo la escribí —repitió Ober mirando al suelo—. Yo escribí esa nota.

—Así que fuiste tú —dijo Marcia.

—Lo sabía —dijo Victor, y se sentó de nuevo.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Marcia.

—No puedo explicarlo —dijo Ober, aún con la vista en el suelo—. Yo la escribí. Eso es todo lo que tengo que decir.

Victor cogió su cuaderno, que estaba sobre el escritorio de Marcia, y comenzó a tomar notas.

—¿Se trató de una amenaza auténtica contra el senador?

—No —dijo Ober—. En absoluto. El senador siempre se ha portado maravillosamente conmigo.

—¿O sea que lo hiciste por conseguir el ascenso? —preguntó Marcia—. ¿Lo que decía el fax es cierto?

—No es cierto al ciento por ciento, pero supongo que eso da lo mismo —dijo Ober—. Yo escribí la carta, y la carta me consiguió el ascenso. —En la habitación se hizo el silencio. Marcia y Victor no le quitaban ojo a Ober. Mirando a sus dos interrogadores, a Ober se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¿Qué? —les preguntó—. ¿Qué más quieren que diga? Yo escribí la carta.

Victor se volvió hacia Marcia.

—Si quieres, puedo llevármelo a…

—Déjalo en paz —dijo Marcia—. Nosotros mismos resolveremos esto. Y espero que mantengas tu promesa, no quiero ver ni una palabra de todo esto en la prensa.

—¿Qué pasa? —preguntó Victor—. ¿No queréis correr riesgos estando cerca las elecciones?

—¿Tú qué crees? —respondió Marcia sentándose de nuevo. Tomó unas notas rápidas y luego alzó la vista hacia Ober—. Si presentas la dimisión, no formularemos acusaciones contra ti.

—¿Y si opto por conservar mi empleo? —preguntó Ober, que se había puesto blanco como el papel.

—Ese es un supuesto denegado —dijo ella—. En estos momentos estás despedido. Si presentas la dimisión voluntariamente, nos ahorrarás a los dos muchos dolores de cabeza. De lo contrario, tendremos que abrirte un expediente de despido que luego quedará incorporado a tu historial.

—Pero…

—Esas son las condiciones —dijo Marcia antes de seguir tomando notas.

Ober comprendió que no tenía elección.

—Dimitiré —dijo.

—Muy bien. —Marcia dejó la pluma—. Dispones de diez minutos para desocupar tu oficina. Antes de marcharte, entrégame tu tarjeta de identificación del Senado.

 

Mientras regresaba a su oficina, Ober se sentía anonadado por las repercusiones de lo ocurrido durante la pasada media hora. De sus dos años de esfuerzos en Washington, ya no quedaba nada. Su fugaz ascenso solo le había puesto en la boca el gusto de la victoria, pero de nuevo estaba deslizándose hacia el fracaso. Ya no podría volver a aparecer por la oficina. Cuando se encontrara por la calle con sus colegas, tendría que mentir acerca de los motivos de su renuncia. Y también tendría que fabricar una excusa para explicar a sus padres y al resto de su familia por qué había dejado de trabajar en el Senado. Y más vale que sea una buena excusa, se dijo al llegar a su escritorio, porque si no, mi madre me va a matar.

Mientras recogía sus pertenencias, a Ober le temblaban las manos. Cuando descolgó su diploma de la pared, estuvo a punto de caérsele. Aunque había recibido orden de no llevarse papel alguno de su oficina, Ober abrió el cajón de su escritorio y sacó la única carpeta que era suya sin lugar a dudas. Hojeando las trescientas veintisiete fotocopias de sí mismo, recordó el día que comenzó a trabajar para el senador Stevens y la forma en que se introdujo a hurtadillas en la sala de copias para tomar la primera foto del montón. Recordaba con qué ilusión comenzó el álbum de fotos. Un álbum del que no dijo nada a sus amigos, pues solo quería mostrárselos cuando ya estuviera terminado. Supongo que ahora ya lo está, se dijo, mirando el montón de papeles que tenía entre las manos. Todo ha concluido. Ahora ya se lo puedo mostrar a Eric, a Nathan y a Ben. Ben. Ben. Ben. Ahogado por la angustia, Ober estrelló la carpeta contra la pared haciendo que trescientas veintisiete hojas de papel volaran por los aires. ¿Qué pasa conmigo?, se preguntó, derrumbándose en su asiento. Luego, entre los restos del huracán de papel que había azotado su oficina, Ober se echó a llorar.

 

Es imposible que esto esté sucediendo, pensó Ben, mientras corría hacia la casa desde la estación de metro. Quizá Eric había entendido mal la historia. Al doblar la esquina de su calle, Ben resbaló en una lámina de hielo y cayó contra el suelo golpeándose la cadera derecha. Sin hacer caso del dolor, se puso trabajosamente en pie y reanudó su carrera en dirección a la casa. Abrió la puerta principal, entró y vio a Ober sentado en el sofá. Vestido aún con su traje azul marino, con la corbata aflojada, Ober mantuvo la vista fija en el televisor, como si no hubiera entrado nadie.

—He venido en cuanto me he enterado —le dijo Ben dejando caer su abrigo en el suelo—. ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? —No obtuvo respuesta y lo intentó de nuevo—. Venga, Ober, dime algo. Quiero ayudarte.

—No tengo nada que decir —respondió Ober con voz opaca y carente de vida—. Te ayudé. Mis jefes lo averiguaron. Me han despedido.

Ben se acercó al sofá y se sentó junto a su amigo.

—Ober, tú sabes que mi intención nunca fue…

—Ya sé que tú no querías que esto ocurriese —dijo Ober dejando caer los hombros, derrotado.

—Te juro que nunca creí que Rick fuera a cumplir su amenaza. Pensé que…

—¿Qué más da lo que pensaras? —lo interrumpió Ober con una voz que seguía sin ser más que un susurro—. Me he quedado sin empleo. Eso es lo único que realmente importa.

Ben, incapaz de mirar a su amigo, quedó con la vista fija en el mural de Eric. Trató de encontrar las palabras adecuadas, la disculpa oportuna, pero no lo consiguió. En una discusión, a Ben nunca le faltaban palabras, pero excusarse siempre se le había dado fatal. Al fin terminó diciendo:

—Lo siento.

A Ober se le saltaron las lágrimas y el muchacho se cubrió el rostro con las manos.

—Lo siento muchísimo —dijo Ben poniendo una mano sobre el hombro de Ober —. No tengo palabras para disculparme…

—Mi vida está arruinada…

—No digas eso —insistió Ben, que trataba de conseguir que Ober le prestara atención—. Conseguirás otro trabajo. Y mejor incluso que el que tenías.

—No, no es cierto —sollozó Ober—. Tardé cinco meses en encontrar ese trabajo. ¿Cómo voy a conseguir otro?

—Te ayudaremos a encontrarlo —dijo Ben—. La situación no es tan mala como crees. Entre los cinco, podemos…

—Eso no es cierto —lo interrumpió Ober secándose los ojos—. Sabéis que yo no soy como vosotros. Yo nunca estuve entre los primeros de la clase. No soy un genio. Soy un cretino.

—No empieces con eso. Eres tan inteligente como el que más.

—No, no lo soy —dijo Ober, aún con voz opaca—. Estás harto de decirlo y es cierto, no valgo nada.

—Claro que vales.

—No, no es así. Este es el sexto trabajo del que me despiden. Me costará meses encontrar otro empleo, y cuando lo encuentre, será peor que el que tenía. Mi vida es como nuestra empresa de juegos de sobremesa: un fracaso total.

—No seas tan severo contigo, Ober —dijo Ben, con la mano aún sobre el hombro de su amigo—. En la vida no solo cuentan las calificaciones en la prueba de aptitud escolar ni las notas medias. El encanto y la personalidad también son importantes, y a ti te sobra lo uno y lo otro.

—No trates de dorarme la píldora —dijo Ober apartándose de Ben—. Carezco de brillantez, tengo pocos recursos, trabajo mal bajo presión. ¿Por qué crees que me duran tan poco los empleos? En el que tenía hasta ahora lo estaba haciendo fatal y, de todas maneras, no hubieran tardado en despedirme. El asunto de Rick lo único que ha hecho ha sido acelerar ese proceso.

—Eso no es cierto.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Ober, cuyos ojos volvían a estar llenos de lágrimas—. Tú no estabas allí. No me has visto trabajar. La mitad de las veces, ni yo mismo sabía lo que estaba haciendo.

—Eras auxiliar administrativo —lo interrumpió Ben—. Ese es un buen puesto.

—Era un trabajo de segunda —dijo Ober limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Y solo lo obtuve por haber investigado una amenaza de muerte que yo mismo escribí. Si no es por eso, habría seguido contestando al teléfono. —Contuvo el aliento y miró a Ben a los ojos—. ¿Por qué tuvo que suceder esto?

Sorprendido por el desmoronamiento emocional de Ober, a Ben le costaba reconocer a su amigo de tantos años. Pero al aumentar su desconsuelo, Ben, instintivamente, se acercó más a él.

—Todo esto ha sido culpa mía —dijo abrazándolo.

—Lo único que quiero es que las cosas vuelvan a ser como cuando llegamos — dijo Ober al tiempo que escondía el rostro en el hombro de Ben—. Cuando solo estábamos nosotros, y no había peleas ni discusiones.

—Esos tiempos volverán. Te lo prometo.

—No, no volverán. Nada volverá a ser como antes. Todo ha terminado. Estamos acabados.

—No es cierto —dijo Ben—. Seguimos siendo amigos. Superaremos esto.

—¡Mentira! —Sollozó Ober—. Nathan y tú apenas os dirigís la palabra. Eric y Nathan no se hablan. Este es el peor día de mi vida y ellos dos están demasiado ocupados con su trabajo para venir siquiera a verme. Esto no es amistad. Esto es un cachondeo.

Aún no estamos acabados —insistió Ben—. Rick no conseguirá…

—Lo que Rick haga ya da lo mismo —gimió Ober—. El daño ya está hecho. Nathan nunca te perdonará que me hayan despedido. Y mientras Nathan esté enfadado contigo, Eric lo estará con él. Eso no puedes cambiarlo.

Mirando en silencio a Ober, Ben se daba cuenta de que su amigo tenía razón.

—¿Y tú? —le preguntó al fin—. ¿Me perdonarás alguna vez?

Ober se secó los ojos.

—No lo sé —dijo.

—Pero…

—No digas nada, por favor —lo interrumpió Ober—. No quiero oírte.

Antes de que Ben tuviera oportunidad de responder sonó el teléfono. Ben miró el aparato y de nuevo a Ober.

—Contesta —dijo Ober—. Te mueres de ganas.

—No es eso, sino que…

—Contesta —insistió Ober.

Ben levantó el auricular.

—Dígame.

—¿Bueno, qué? ¿Sigue usted interesado en Wayne & Portnoy? —preguntó la entusiasta voz de Alcott.

—¿Adrián? —preguntó Ben, molesto.

—El mismo —respondió Alcott—. Me dijo que lo llamara para que almorzásemos juntos, y pensé…

—¿Por qué me llama a mi casa, Adrian? —preguntó Ben, levantándose del sofá. Su movimiento hizo que la base del teléfono cayera al suelo.

—Discúlpeme. Llamé al tribunal y me dijeron que no volvería usted hasta pasado el fin de semana, y yo quería concertar una cita para el lunes.

—Métase algo en la cabeza —dijo Ben agarrando el teléfono—. No me llame a casa. Si no estoy en el trabajo, no deseo que me moleste. En realidad, ni siquiera deseo que me moleste cuando estoy en el trabajo. Conozco perfectamente su empresa, y con un almuerzo extra no va a conseguir que me decida por ella.

—Yo… —balbuceó Alcott.

—Ni una palabra más —lo interrumpió Ben—. Si deseo almorzar, yo lo llamaré y, mientras yo no lo llame, déjeme en paz. Estoy muy ocupado. —Sin aguardar la respuesta de Alcott, Ben colgó de golpe el teléfono.

—¿Quién era? —preguntó Ober.

—Nadie —contestó Ben—. Simplemente, un… —El teléfono volvió a sonar. Ben descolgó—. Estoy seguro de que lo lamenta, Adrian, pero en estos momentos no estoy para disculpas.

—No soy Adrian y, desde luego, no lamento nada.

—¿Rick? —preguntó Ben, aunque conocía perfectamente la respuesta a su pregunta.

—Parece que estás teniendo una noche movidita —dijo Rick—. A Ober lo han despedido y está al borde del derrumbamiento, y tú le gritas a la única persona que sigue interesada en contratarte. Sinceramente, Ben, en tu lugar, yo no le gritaría a alguien que me estuviera ofreciendo un empleo.

Ben se volvió hacia Ober.

—Rick lleva toda la noche escuchándonos. Toda la casa está llena de micrófonos. —Hablando de nuevo para el teléfono, prosiguió—: ¿Qué quieres, Rick?

—Sabes perfectamente qué quiero —dijo Rick—. Lo único que me falta averiguar es si tú me lo darás.

Ben se sentó en el sofá.

—¿Tú qué crees?

—Creo que ver a Ober te parte el corazón, así que supongo que estás pensando en entregarte. Solo quería que supieras que, si me facilitas la decisión, podrás librarte de todos tus problemas.

—Tomo nota —dijo Ben—. Lo tendré en cuenta.

—Si la decisión que me das es la correcta, no volverás a saber de mí. Caso cerrado. Tú conservarás tu empleo, Nathan mantendrá el suyo y yo conseguiré lo que deseo. Todos contentos. —Sin darle a Ben oportunidad de responder, Rick continuó —: Si mi oferta te interesa, acude el domingo al mediodía al Museo de Historia Norteamericana. Junto al mostrador de información hay un teléfono. Aguarda allí, y te llamaré para decirte dónde nos vemos. Si no te encuentro, tanto tus papeles bancarios como la carta de Nathan serán entregados a vuestros respectivos superiores.

—Allí nos veremos —dijo fríamente Ben.

Sin decir más, colgó el teléfono.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Ober.

—Odio la altanería de ese cabrón.

—Cuéntame lo que te ha dicho.

—No, aquí no —dijo Ben mirando en torno—. En esta casa no se puede decir ni una palabra. —Ben se levantó del sofá—. Larguémonos.

—Ni hablar —dijo Ober—. Ya estoy hasta las narices de este absurdo juego. Arréglatelas tú solo.

—Solo voy a casa de Lisa. Allí podremos hablar sin riesgo.

—Me da lo mismo adónde vayas. Estoy harto.

—¿No te importa que te deje solo? —preguntó Ben recogiendo el abrigo del suelo de la sala.

—Me da lo mismo —repitió Ober—. Lo único que quiero es dormir un rato.

Como no había nada que pudiera decir, Ben se abrochó el abrigo, recogió su maletín y fue hacia la puerta. Cuando estaba a punto de salir, la puerta se abrió y Nathan irrumpió en la sala.

—¿Adónde diablos vas? —le preguntó Nathan a Ben.

—A la calle —respondió Ben, molesto por el tono acusador de Nathan.

—Aguarda un segundo —dijo Nathan. Se volvió hacia Ober y le preguntó—: ¿De veras te han despedido? —Ober asintió y Nathan se volvió de nuevo hacia Ben—. Tú no te vas a ninguna parte.

—¿De veras? Pues mírame bien.

En cuestión de segundos, Ben estuvo fuera de la casa.

 

Al llegar a la calle, Ben corrió directamente al teléfono público más próximo. Cuando llegó a él, sacó un papel del bolsillo de la chaqueta, descolgó el receptor y marcó el número de DeRosa.

—Contesta, maldita sea —dijo Ben, aun antes de que el teléfono comenzara a dar señal.

De pronto a Ben lo alarmó escuchar al otro lado del hilo una voz grabada.

—El número que ha marcado ya no está en servicio. Le rogamos que lo verifique y marque de nuevo.

Ben colgó y volvió a marcar el número con todo cuidado. De nuevo escuchó:

—El número que ha marcado ya no está en servicio. Le rogamos que lo verifique y marque de nuevo.

—No puede ser —dijo Ben. Cerró los ojos y, con las manos cerradas en torno al bastidor de la cabina, trató de encontrar una explicación razonable al hecho de que el número de DeRosa hubiera sido desconectado. No la había—. ¡Hijo de puta! — exclamó asestando un puñetazo al teléfono. Con el corazón desbocado, gritó—: ¿Están ustedes ahí? ¿Qué demonios está pasando?

Ansiando una respuesta pero sin esperanzas de conseguirla, Ben aguardó en silencio. Nada. Escrutó toda la zona, inspeccionando cada árbol, cada arbusto y cada posible escondite. No vio nada. Estaba solo. De pronto vio la luz verde de un taxi libre y saltó frente al vehículo, que se detuvo con un fuerte chirrido de frenos.

—¿Qué le pasa? ¿Está usted loco? —gritó el taxista, al tiempo que Ben abría la portezuela.

—¿Conoce usted algún motel barato? —preguntó Ben subiendo en el taxi.

—Unos cuantos —contestó el conductor, desconcertado.

—Lléveme a uno —le ordenó Ben.

Siguiendo las instrucciones de su pasajero, el taxista se dirigió hacia Connecticut Avenue.

—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó.

Ben estaba mirando por la ventanilla posterior, por si alguien los seguía.

—Sí, muy bien —dijo—. Perfectamente.

Diez minutos más tarde, el taxi se detuvo frente al Monument Inn, un sencillo edificio de un solo piso, con el letrero de plazas libres iluminado. Ben pagó al taxista, entró en el motel y fue hasta el mostrador del recepcionista.

—Necesito una habitación.

 

Preparándose para un fin de semana de trabajo, Lisa introdujo en su maletín tres decisiones que estaban a punto de ser hechas públicas. Ya había asimilado el hecho de que mientras trabajase en el tribunal no podría disfrutar de días libres, y añadió tres disquetes de ordenador que contenían los comentarios escritos por Hollis, y las fotocopias de una docena de decisiones anteriores que a su juicio podían ser relevantes. Cerró el portafolios e hizo girar las ruedas de la pequeña cerradura de combinación que había junto al asa. Cuando la joven se disponía a coger el abrigo sonó el teléfono.

Puesto que temía que fuera Hollis el que llamase para encomendarle un nuevo trabajo, Lisa no contestó inmediatamente. Sin embargo, como siempre, terminó haciéndolo.

—Dígame, Lisa al habla.

—Lisa, necesito que nos veamos cuanto antes —dijo Ben.

—¿Cómo? —preguntó ella—. ¿Dónde estás?

—En el motel Monument Inn. Está en Upton, cerca del metro de Van Ness. Ocupo la habitación dieciséis.

—¿Qué ha pasado con Ober? ¿Cómo se encuentra?

—Luego te cuento —dijo Ben—. Ven en seguida, por favor. No sé qué hacer.

 

Cuarenta minutos más tarde, Ben oyó que llamaban a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó, receloso.

—Abre —dijo Lisa.

Ben miró por la mirilla y abrió la puerta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Lisa entrando en el cuarto.

Ben asomó la cabeza fuera de la habitación para cerciorarse de que Lisa estaba sola, y luego cerró la puerta y echó el cerrojo.

Lisa hizo una mueca de desagrado.

—Bonito lugar —dijo fijándose en que el papel de las paredes se estaba despegando—. ¿Por qué no hemos quedado en una cloaca? Sería un sitio más limpio y más seguro.

—Rick ha llenado de micrófonos mi casa —dijo Ben, con un ojo pegado a la cerradura de la puerta—. Y no me extrañaría que tu casa también estuviera pinchada. Pensé que necesitábamos un lugar neutral para hablar.

—Bueno, pues cuéntame qué ocurre —dijo Lisa al tiempo que se sentaba en una de las camas gemelas.

Ben se volvió hacia ella y se apoyó en la puerta.

—No están por ningún lado —dijo—. Han desaparecido. Creo que se han cambiado de bando. Eso es lo único que…

—Un momento… Cuéntamelo despacio —le pidió Lisa—. ¿Quiénes no están por ningún lado?

Ben fue hasta la otra cama y se sentó frente a Lisa.

—Los alguaciles. DeRosa. No están por ningún lado. Después de hablar con Ober, decidí llamar pidiendo socorro…

—¿Marcaste el número en tu casa? —preguntó Lisa—. ¿Estás loco? Rick probablemente te oyó…

—Usé un teléfono público —la interrumpió Ben—. El número no está en servicio. Lo han desconectado.

—No puede ser. DeRosa dijo…

—Ya sé lo que dijo. Pero salta a la vista que mintió. Creo que está conchabado con Rick desde el principio. Recapacita. DeRosa no les comunicó a Lungen ni a Fisk lo que ocurría, pese a que ellos son los alguaciles asignados al Tribunal Supremo. Me pidió que no le contara a nadie más lo que había hecho. Ni siquiera me tomó declaración. Me dijo que le entregara una decisión a Rick. Creo que Rick fue a ver a DeRosa antes que nosotros.

—No sé… —dijo Lisa agarrando una de las almohadas de la cama—. ¿De veras crees que Rick tiene tantos recursos como para conseguir una entrevista con el director del Servicio de Alguaciles?

—¿Bromeas? —preguntó Ben—. Si yo pude verlo, ¿crees que Rick no pudo hacer lo mismo?

Lisa hizo un gesto de asentimiento.

—Pero eso no significa necesariamente que sean cómplices.

—Bueno… ¿qué crees que puedo hacer?

—La verdad es que no hay mucho donde elegir. Yo, en tu lugar, mañana seguiría tratando de ponerme en contacto con DeRosa. Por lo que sabemos, el plan sigue adelante. Puede que su secretaria se equivocase al copiar el número de teléfono.

—¿Y si no lo localizo?

—Entonces quizá te convenga zanjar este asunto de una vez. Acude a la prensa, a Hollis, a cualquiera que esté dispuesto a escucharte. Debes conseguir que la historia se haga pública.

—En eso llevo más de una hora pensando. Si además de a Rick, me enfrento también a DeRosa, soy hombre muerto.

—Tú mismo acabas de responder a tu pregunta —dijo Lisa dejando a un lado la almohada—. Si encuentras a DeRosa, estupendo. Pero si él ha cambiado de bando, acude a la prensa y denúncialos a todos. De un modo u otro, el lunes este asunto habrá terminado.

—Espléndido —dijo sarcásticamente Ben—. Ahora lo único que tengo que hacer es pensar qué les digo a mis amigos.

 

—Soy yo, Eric —dijo Ben, sentado aún en la cama del motel.

—¿Dónde estás? —le preguntó Eric—. Nathan me dijo…

—Estoy en casa de Lisa —mintió Ben—. No me siento cómodo hablando en nuestra casa.

—¿Vendrás esta noche?

—No. Me quedaré a dormir aquí.

—Probablemente eso sea una buena idea —dijo Eric—. Cuéntame lo que ocurre. Me han dicho que Rick volvió a llamar.

—Dejemos a Rick. Quiero que nos reunamos para hablar de lo que ocurre.

—Dime dónde e iré.

—Quiero que vengáis los tres —dijo Ben—. Nathan, Ober y tú.

—De acuerdo. ¿Dónde y cuándo?

—Mañana por la noche, a las ocho. Nos reuniremos en el lugar donde celebramos nuestra primera noche en Washington.

—¿Quieres decir en…?

—Calla —lo interrumpió Ben—. El teléfono no es seguro.

—Ah, sí. Ya me lo ha dicho Ober.

—Por cierto, ¿cómo está Ober?

—Hecho polvo. Nunca lo había visto tan abatido. Nathan y yo nos hemos pasado un par de horas hablándole, pero sigue llorando como una Magdalena.

—¿Les ha contado a sus padres lo que ocurre?

—Está aterrado y no se atreve a llamarlos. Ya conoces a su madre. En cuanto se entere de lo que ha sucedido, la tomará con él.

—Ya. En eso precisamente estaba yo pensando. La verdad es que sospecho que enfrentarse a su madre es lo que más lo aterra.

—Pues yo no lo creo —opinó Eric—. Ni siquiera estoy seguro de que le preocupe haber perdido el trabajo. Creo que lo que realmente lo tiene con la moral por los suelos es lo mal que nos estamos llevando todos nosotros.

—Eso me dijo cuando hablamos.

—El problema está en lo gregario que es Ober —explicó Eric—. Es como un cachorrillo. Si todo el mundo es feliz, él también lo es. Pero si todos están tristes, él se derrumba.

—Seguid hablando con él. Estoy seguro de que se repondrá.

—Sí, supongo que sí, pero…

—¿Eres tú, Ben? —preguntó furiosamente Nathan, que había cogido el supletorio de la sala—. ¿Dónde demonios has estado las tres últimas horas? Ven inmediatamente y…

—No me des órdenes —contestó secamente Ben—. Si quieres tenerla conmigo, ven a verme mañana. Ya le he explicado a Eric dónde estaré. —Dicho esto, Ben colgó el teléfono.

 

A primera hora de la mañana del sábado, Ben se sentó en la cama, incapaz de dormir. En la otra cama, Lisa no tenía aquel problema. Miró su reloj y vio que eran las siete. Tras tomar la ducha más larga de su vida, Ben encendió el televisor y quitó el sonido, con la esperanza de que los dibujos animados lo distrajeran. No fue así, apagó la televisión y volvió a la cama. Durante una hora, permaneció con la vista clavada en el techo de estuco.

A las nueve, Ben descolgó el teléfono del baño. Sentado en el inodoro, llamó a información y solicitó el número del Servicio de Alguaciles. Lo marcó y preguntó por el director DeRosa.

Al cabo de unos momentos, una mujer respondió al teléfono.

—Oficina del director DeRosa. ¿Qué desea?

—¿Puede decirme si el director ha ido hoy a trabajar? —preguntó Ben, en el más cordial de sus tonos.

—Lo siento, pero no. Si hay algo en lo que yo lo pueda ayudar…

—Probablemente sí —dijo Ben, que había reconocido la voz de la recepcionista de DeRosa—. Me llamo Ben Addison. Soy el que estuvo allí hace un par de semanas para entregar personalmente un mensaje del juez Hollis. Debo transmitir otro mensaje y si me dice usted cómo puedo ponerme en contacto con el director DeRosa, le estaré enormemente agradecido. —Ben hizo una breve pausa y añadió—: Se trata de una emergencia.

—Aguarde un momento —dijo la recepcionista—. Trataré de pasar la llamada al número de su domicilio.

Ben rezó mentalmente por que DeRosa fuera capaz de explicárselo todo. Ojalá todo fuera un error burocrático, y no hubiera sucedido nada malo, y todo estuviera yendo según lo previsto.

—¿Señor Addison?

—Sí, dígame.

—Lo lamento, pero el director no acepta su llamada. Acabo de hablar con él y me ha dicho que no sabe de qué le hablo. No tiene ni idea de quién es usted.

—Claro que sabe quién soy —dijo Ben—. Y usted también lo sabe. Hablamos hace quince días…

—Lo lamento, señor Addison. He hablado con el director personalmente, y eso es lo que me ha dicho.

—Pero… ¿de qué me habla? Dígame su nombre —exigió.

—Buenos días, señor Addison —dijo la recepcionista antes de colgar.

Ben dejó el auricular sobre la horquilla. Bueno, estoy acabado, se dijo. Con la vista en el suelo de linóleo, se preguntó qué podía hacer a continuación. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la puerta del baño al abrirse. Alzó la vista y se encontró ante Lisa que, evidentemente, había estado escuchando.

—¿Qué te han dicho? —preguntó la joven.

—DeRosa no quiere saber nada —contestó Ben con voz temblorosa—. Niega conocerme.

—Entonces, se acabó —dijo Lisa apoyándose en la jamba de la puerta—. ¿Piensas acudir a la prensa?

—No sé, pero a alguien tengo que contarle lo que ocurre.

—Habla con Hollis.

—Quizá lo haga —dijo Ben repasando mentalmente las consecuencias de hacerlo —. Se me ocurre que también debería poner por escrito lo que sucede. Así, ocurra lo que ocurra, la cosa quedará documentada.

—Yo no me preocuparía mucho por eso —dijo Lisa—. Antes de enfrentarte al mundo, tendrás que enfrentarte a tus amigos.

 

A las siete y media de aquella tarde, y pese al frío de finales de enero, Ben estaba sentado en uno de los escasos bancos de cemento que rodeaban el monumento a Jefferson. Intranquilo, no dejaba de moverse buscando una posición cómoda. Con la vista perdida en la avenida que conducía hasta el monumento, no miraba nada y lo veía todo. Quince minutos más tarde comenzó a consultar nerviosamente su reloj, esperando impaciente la llegada de sus compañeros. Poco a poco, fue llegando a la conclusión de que no comparecerían. Con la vista en la oscura silueta de Jefferson, se preguntó por qué habría permitido que Lisa lo convenciera de hacer aquello.

—¿Por qué demonios habrá tenido que escoger este sitio? —Oyó de pronto. La voz procedía de la parte oeste del monumento—. Hace un frío que pela. —Mientras iba hacia Ben, junto a Nathan, Eric alzó la vista hacia la gran escultura de bronce del tercer presidente del país—. Esto de reunimos de noche en uno de los monumentos más famoso del mundo parece sacado de una película de espías.

—Me alegro de que te divierta —dijo Nathan, irritado.

—Escuchad, ya sé que estáis cabreados —dijo Ben—. Todos lo estamos. Ha sido una semana espantosa. Así que comencemos de nuevo y…

—Perdona, pero en estos momentos no estoy de humor para tonterías —dijo Nathan.

—No seas capullo y déjalo que se explique —lo interrumpió Eric—. Nos llamó para que habláramos, y lo menos que puedes hacer es escucharlo.

—Yo solo he venido para enterarme de una cosa —dijo Nathan, cruzando los brazos—. ¿Piensas entregarte?

Sin hacer caso de la pregunta, Ben quiso saber.

—¿Dónde está Ober?

—Dijo que se retrasaría —explicó Eric—. Cuando salimos de casa, él estaba hablando por teléfono con su madre.

 

—No sé qué quieres que haga —dijo Ober esforzándose por contener las lágrimas.

—Pues está bien claro —le contestó Barbara Oberman—. Quiero que recuperes tu empleo.

—No puedo, mamá. Me han despedido. No estaban contentos con mi trabajo y me echaron.

—No me vengas con cuentos. Habla con ellos y diles que cambiarás. Diles que trabajarás por menos dinero y el doble de horas. Me da lo mismo cómo lo consigas, pero recupera ese empleo.

—Ni que ese trabajo fuera tan importante.

—Mira, William, métete esto en la cabeza: necesitas ese empleo. Fue el único en el que conseguiste un ascenso. El único en el que lograste que te respetaran. El único del que no te despidieron en los seis primeros meses. Te has pasado cuatro años fracasando en todo, y ahora esto también lo has convertido en un desastre.

—Conseguiré un nuevo trabajo —dijo Ober—, Ben y Nathan han dicho que me ayudarán a encontrarlo.

—Déjate de Ben y de Nathan. Siempre estás con Ben y Nathan al retortero. No quiero saber nada de ellos. Para Ben y Nathan, encontrar un trabajo es muy sencillo. Los que los contratan se los disputan, sus profesores universitarios los adoraban, el director de la secundaria los adoraba, sus maestros del parvulario los adoraban. Para ellos, encontrar trabajo es simple. Para ti, la cosa es bastante más complicada.

—Pero ellos me han dicho…

—No me importa lo que te hayan dicho —lo interrumpió Barbara—. Ellos no son como tú. ¿Por qué crees que van a ayudarte a encontrar un nuevo empleo?

—Porque son amigos míos.

—Y eso, ¿qué? Ellos no saben lo que supone buscar trabajo. Nunca han vivido en el mundo real. Buscar un trabajo requiere horas y horas de patearse la calle. Recuerda lo difícil que te fue encontrar el empleo con el senador Stevens.

—Sí, pero…

—No hay peros que valgan. Tú mismo lo dijiste hace unos meses. Ben, Nathan y Eric se pasan el día trabajando. No disponen del tiempo necesario para conseguirte un empleo.

—Ya, pero Ben me ayudó a conseguir este trabajo, y quizá pueda…

—No puede hacer nada por ti —dijo Barbara—. Debes aprender a hacer las cosas por ti mismo. Tus amigos pueden sentir afecto hacia ti, pero desde luego no son como tú. Para encontrar empleo, como para el resto de las cosas importantes, hay que remangarse y hacerlo uno mismo. Ahora cuelga el teléfono y piensa en lo que acabo de decirte. No quiero volver a tener noticias tuyas hasta que hayas recuperado tu empleo.

 

—Te he hecho una pregunta —dijo Nathan, y su aliento formó una tenue nube de vapor en el aire frío—. ¿Vas a entregarte o no?

—Luego te contesto a eso —dijo Ben. Señaló los asientos vacíos de su banco y les invitó—: ¿Qué tal si primero os sentáis?

—Estoy bien de pie —dijo Nathan, mientras Eric se acomodaba en el banco.

—Bueno, pues quédate de pie —dijo Ben mirando por encima del hombro.

—¿Por qué estás tan nervioso? —preguntó Nathan.

—¿Tú qué crees?

—¿Por qué no os calláis? —dijo Eric—. Dejad de pelear de una vez. —Señalando a Ben, añadió—: Habla.

—Gracias —dijo Ben bajando la voz—. No quería decir esto por teléfono, pero mañana por la mañana voy a entregarme. Como es una decisión que nos afecta a todos, quería discutirla primero con vosotros.

—Yo no tengo que discutir nada —dijo Nathan—. Tomé mi decisión en cuanto me enteré de lo de Ober.

—Me parece muy bien —dijo Ben—. ¿Tú qué dices, Eric?

—Tú eres el que tiene que decidir. Simplemente espero que seas capaz de controlar las consecuencias de tus actos.

—No tengo elección —dijo Ben—. Lo de Ober me ha partido el corazón. Por mi culpa lo han echado y os he colocado a todos en una situación insostenible. Tengo que ponerle fin a esto.

—Muy noble por tu parte —dijo Nathan—. Pero te advierto que más vale que la cosa termine mañana.

—Y si no, ¿qué? —preguntó Ben, a la defensiva—. ¿La terminarás tú por mí?

—No te quepa la menor duda de que lo haré —replicó Nathan—. Y no sentiré ni un ápice de remordimientos por ello. En realidad, tienes suerte de que mi jefe no trabaje los fines de semana, porque si no, yo mismo te habría entregado.

—¿Por qué no os tranquilizáis un poco? —dijo Eric.

—¿Por qué no te callas? —contestó Nathan—. Por mucho que defiendas a Ben, él nunca te perdonará del todo.

—¿Se puede saber qué bicho te ha picado?

—¿Qué bicho me ha picado? —repitió Nathan, tras una forzada risa—. Veamos: a mi amigo lo despidieron ayer, y fue por culpa tuya, mi propio empleo está en juego, y no me fío ni de ti ni de Eric. Aparte de eso, estoy divinamente.

—Escucha, no creo…

—¡No, escucha tú por una vez! —exclamó Nathan, mientras el viento ululaba en torno al monumento—. Tienes que superar ese complejo de niño bonito. Por una vez en tu maravillosa vida, has metido la pata. La cagaste. Te caíste con todo el equipo. Cometiste un gran error, y ahora debes asumir tu responsabilidad. Si el único afectado fueras tú, te diría: adelante y haz lo que te dé la gana. Pero si crees que yo me voy a quedar de brazos cruzados mientras mi carrera peligra y tú continúas tu inútil búsqueda de Rick, has perdido la cabeza. Enfréntate a los hechos, Ben. Se han burlado de ti. Has perdido. Ríndete.

—¡Cállate la boca! —Ben se levantó de un salto del banco y agarró a Nathan por las solapas.

Eric separó inmediatamente a los dos amigos.

—Tranquilo, Ben. Cálmate.

Mientras Eric intentaba retener a Ben, este le gritó a Nathan:

—Si cierras tu maldita boca por un momento, te darás cuenta de que no vine aquí a conspirar contra Rick. Vine aquí a hablar con mis amigos.

 

Ober entró en la sala y dejó sobre la mesita de café un montón de libros: cuatro anuarios de la secundaria y un grueso álbum de recortes. Cogió el primer anuario, el de noveno grado, buscó los retratos de sus compañeros y sonrió al ver la enorme mata de pelo de Nathan. Al llegar a la foto de Ben lanzó una sonora carcajada. Habían pasado no menos de cuatro años desde la última vez que hojeó aquel anuario y vio al mozalbete de revuelto cabello y aparatos en los dientes llamado Ben Addison. Ober contempló luego la foto de Eric, y recordó lo mucho que le gustaba dormir en casa de Eric, debido principalmente al hecho de que el hermano de Eric era poseedor de la mayor colección de barajas pornográficas de todo el vecindario.

Pasó al anuario de décimo grado y buscó de nuevo las fotos de clase. Recordaba el año que se sacaron la licencia de conducir. Eric no fue solo el primero que condujo, sino también el primero que se estrelló: directamente contra el coche de la madre de Nathan en el momento de arrancar. Hojeando el anuario de undécimo grado, Ober evocó su primera fiesta en la Universidad de Boston. Se echó a reír al recordar a Ben, que se pasó toda la noche tratando de convencer a las chicas de que él era «Ben Addison, Profesor de Amor».

Luego Ober abrió su álbum de recortes mientras se sentía orgulloso por lo bien documentados que tenía los logros de sus amigos. Allí estaban las notas de prensa que publicó el Boston Globe cuando Nathan apareció fotografiado con el secretario de Estado y cuando Ben obtuvo su pasantía en el Tribunal Supremo. Estaban también los primeros artículos que Eric escribió, primero para el periódico de la secundaria, y luego para el Washington Life y para el Washington Herald. Conservaba la primera sopa de letras del Herald, así como el artículo de Eric respecto a una filtración en el Tribunal Supremo. Incluso tenía el anuncio del compromiso matrimonial de Ben y Lisa. Todos son famosos, se dijo, cerrando el libro. Todos son superestrellas.

 

—No te hagas la víctima —dijo Nathan alisándose las solapas—. Eso es lo último que…

—No me hago la víctima —replicó Ben, mientras Eric seguía interponiéndose entre él y Nathan—. Soy el primero en reconocer que he metido la pata. Por mi culpa, Ober se ha quedado sin empleo. ¿Qué más quieres?

—Ese es el problema —dijo Nathan en voz calmada y pronunciando bien las palabras—. Solo crees ser responsable de que a Ober lo despidieran. Tienes que darte cuenta de que tu responsabilidad abarca mucho más que eso. Todo empezó por ti, Ben. Y, lo más importante, tú tienes la culpa de que esta situación aún continúe.

—¿Y crees que no lo sé? —preguntó Ben con voz quebrada—. Me siento fatal porque…

—Así que resulta que tienes remordimientos, ¿no?

—Los tengo desde el día de la reunión con Rick. ¿Qué más quieres que diga? Este asunto lleva meses reconcomiéndome.

—Me alegra oírlo —dijo Nathan—. Y espero…

—Basta —lo interrumpió Eric—. Deja ya de machacar, ¿vale?

—No, no vale —dijo Nathan—. Quiero que Ben se entere bien de lo que opino sobre todo esto.

—Sé perfectamente lo que… —comenzó Ben.

—No, no lo sabes —insistió Nathan alzando la voz—. Si lo supieras, en estos momentos no nos estaríamos peleando. Desde el día que recibimos las cartas de Rick, sabías que algo así podía suceder. Lo mínimo que por decencia debiste hacer en aquel momento fue entregarte. Si no por tu bien, al menos por el nuestro. El hecho de que hayas permitido que las cosas lleguen a este punto me hace llegar a la conclusión…

—De que soy una mala persona carente de toda gracia salvadora, ¿no? — preguntó Ben.

—No —dijo Nathan recuperando la compostura—. De que no quiero saber nada más de ti. Nunca. —Ben y Eric se quedaron en silencio, y Nathan continuó—: Esto ya no es la secundaria. No siempre podemos estar de tu lado. Y no pienses que soy egoísta. Tú dejaste que Ober pagara los platos que tú rompiste. Eso es algo que nunca te perdonaré. Ober es tu amigo y se merecía más de ti.

—Ya lo sé —dijo Ben, desesperado—. Hablaré con él, le compensaré…

—Más te vale —dijo Nathan—. Esto es más importante que un estúpido desliz con la CMI, o Grinnell, o…

—¿No puedes hablar más bajo? —lo interrumpió Ben.

—¿Qué pasa? —preguntó Nathan—. ¿Aún te preocupa que Rick nos esté espiando? ¿Que esté grabando nuestras conversaciones?

—Cállate —dijo Ben.

Nathan corrió al borde del monumento.

—¡Escucha, Rick! ¿Estás ahí? Espero que oigas bien esto…

—¡Cállate de una puñetera vez! —gritó Ben.

—… porque este es mi último aviso. ¡Que no se te ocurra meterte en mi vida! ¡Del mismo modo que sabías que a Ben le asustaba ir a las autoridades, debes saber que a mí no me produce el menor miedo!

—¡Basta ya, Nathan! —gritó Eric—. Has dejado tu posición suficientemente clara.

Nathan se volvió de nuevo hacia Ben y lo señaló con el índice.

—Lo que dije antes fue en serio. Me da lo mismo lo que tú hagas. El lunes por la mañana pienso hablar con mi jefe.

—Hazlo —dijo Ben, con la vista fija en la estatua del presidente Jefferson.

—Y no te cabrees conmigo —dijo Nathan—. Yo no tengo la culpa. —Se secó la frente con la manga del abrigo—. ¿Nos vamos, Eric?

—Volveré con Ben.

—Ben no tiene coche —dijo Nathan.

—Tomaremos un taxi.

—Como quieras.

Nathan comenzó a bajar las escaleras en dirección al estacionamiento.

 

En el momento en que el coche de Nathan se detenía en la rampa de estacionamiento, el taxi de Ben y Eric llegó frente a la casa.

—Un comportamiento muy lógico —dijo Nathan, mientras los tres se dirigían hacia la entrada principal. Sin hacer caso del comentario, Ben abrió la puerta y entró en la casa.

—Deberías contarle a Ober lo que ocurre —sugirió Eric.

—Ya —dijo Ben—. Pero en casa prefiero no hablar. —Reparó en los anuarios que había sobre la mesita de café—. ¿Qué habrá estado haciendo Ober?

—Probablemente recordar tiempos mejores —dijo Nathan.

—No te preguntaba a ti —dijo Ben.

Sobre el montón de anuarios, Ben vio una hoja de papel blanco, la recogió y leyó para sí:

Queridos Ben, Nathan y Eric:

Lo siento mucho. No me es posible explicaros mis acciones, pero no se me

ocurrió ninguna otra salida. Probablemente pensaréis que se trata de otra de las

estúpidas ocurrencias de Ober, pero os ruego comprendáis que no me era posible

ser feliz de otro modo. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, vosotros habéis

tirado de mí y yo he sido una rémora para vosotros. Decidle a mi madre que se

vaya al infierno y decidle a Rick que ojalá se muera. Decidle también a mi jefa

que no era mi intención conseguir un ascenso… Para mí es importante que ella

lo sepa. Si me permitís que os pida un último favor, tratad de llevaros bien. Os

echaré de menos más de lo que nunca llegaréis a suponer. Sois mis mejores

amigos y os quiero muchísimo.

Ober.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Ben echando a correr hacia la escalera—. ¡Ober! — gritó.

Instintivamente, Nathan y Eric lo siguieron.

—¿Estás ahí, Ober? —gritó Ben, aporreando la puerta cerrada del cuarto de Ober. Se volvió hacia Eric y Nathan, y les dijo—: ¡He encontrado algo que parece una nota de suicidio!

—¡Ober! ¡Abre! —gritó Nathan golpeando la puerta.

—Échala abajo —dijo Ben, frenético.

—Apartaos… —Nathan retrocedió un par de pasos y luego lanzó todo su peso contra la puerta.

—¡Otra vez! —dijo Ben.

Nathan volvió a embestir la puerta.

—¡A patadas! —gritó Eric—. ¡Aprisa!

Nathan pateó la puerta y el marco se estremeció. Pateó de nuevo y la puerta saltó. Todos entraron corriendo en el cuarto.

El cuerpo de Ober colgaba junto a la puerta del armario, con una correa en torno al cuello.

—¡Ay, Dios! —exclamó Eric—. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!

—Ayudadme a bajarlo —dijo Ben, al tiempo que entre él y Nathan agarraban las piernas de Ober y se esforzaban por levantarle el cuerpo—. Eric, abre la puerta.

Eric, que lloraba histéricamente y tenía las manos agitadas por fuertes temblores, ni siquiera oyó la petición de Nathan. Solo tenía ojos para Ober.

—¡Está muerto!

—¡Abre la maldita puerta! —gritó Nathan.

Eric abrió la puerta del armario, y el cuerpo de Ober se desplomó hacia adelante y cayó al suelo. Inmediatamente, Nathan le dio la vuelta y comenzó a hacerle el boca a boca.

—¡Aprisa! —dijo Ben.

Nathan apretó la nariz de Ober, tomó aliento y trató de insuflarle vida a su amigo.

—¡Fijaos en sus ojos! —dijo Eric, aterrado por la vidriosa mirada de Ober—. ¡Está muerto!

Nathan le cerró los ojos y miró a Ben.

—Haz que Eric se largue.

—Eric, vete abajo —dijo Ben—. Llama a una ambulancia.

Eric salió corriendo y Nathan insufló aire en el pecho de Ober y luego trató de oírle el corazón.

—¡No hay pulso! —dijo Ben, que tenía la muñeca de Ober entre los dedos.

—Está muy blanco —dijo Nathan mirando el pálido rostro de Ober.

—Sigue intentándolo —le exigió Ben—. ¡Hazlo otra vez!

Nathan siguió haciendo inútilmente el boca a boca.

—¡No pares! —gritó Ben, al advertirla expresión de desaliento de Nathan—. ¡Otra vez!

De nuevo bombeó Nathan con todas sus fuerzas el pecho de su amigo, e hizo todo lo que se le ocurrió por conseguir algún indicio de vida. Escuchó atentamente el corazón de Ober, pero al fin se puso en pie.

—No hay nada que hacer —dijo.

—Deja, yo lo intento —dijo Ben apartando a Nathan.

—Es inútil, Ben.

—¡Ayúdame a bajarlo! —exigió Ben, al tiempo que levantaba los pies de Ober—. Quizá los de la ambulancia logren revivirlo. Tienen esa máquina especial que produce descargas…

—No servirá de nada —dijo Nathan sentándose en el suelo para recostarse luego en la cama de Ober—. Ha muerto.

Una vez que los camilleros sacaron la camilla de la casa, Ben entregó la nota de suicidio y la correa de cuero a los policías asignados al lugar. Tras interrogar a los tres compañeros, uno de los agentes le entregó su tarjeta a Ben.

—Quisiera hablar con ustedes más detenidamente acerca de lo sucedido.

—Mañana iremos a la comisaría —dijo Ben.

Se sentía emocionalmente exhausto. Cerró los ojos, con la esperanza de desconectarse de la realidad y de las fortísimas punzadas que sentía en la nuca.

—Lamento mucho lo de su amigo —dijo el otro agente.

—Gracias —dijo Ben acompañando a los dos policías hacia la puerta.

Cuando el coche patrulla y la ambulancia se alejaron de la casa, Ben cerró la puerta. Se dejó caer en el suelo, se puso de espaldas y se esforzó en aclarar sus ideas. Un minuto más tarde se volvió hacia Nathan, que estaba sentado a la mesa de cristal del comedor.

—¿Y Eric? —preguntó.

Nathan se contempló las puntas de los pies a través del cristal.

—Está en el cuarto, hablando con su madre.

—¿Cómo está?

—Teniendo en cuenta las circunstancias, no demasiado mal —respondió Nathan —. Cuando deje libre el teléfono, deberías llamar a los padres de Ober.

—¿Tengo que ser yo? —preguntó Ben—. No, no puedo.

—Sí, claro que puedes. —Nathan se puso en pie y echó a andar hacia la escalera.

—¿Por qué yo? —Quiso saber Ben siguiendo a su compañero.

—Porque tú eres el responsable —dijo secamente Nathan.

—Ojo con lo que dices —le advirtió Ben.

Nathan se volvió hacia Ben y lo miró con incredulidad.

—¿Piensas que no eres el responsable? —le preguntó aproximándose a Ben—. Entonces, ¿de quién es la culpa? —Nathan se encaró con Ben en el centro de la sala —. ¿De Ober? No, no puede ser de Ober. Tal vez la culpa sea de Rick, o mía o del senador Stevens.

—Nadie tiene la culpa —lo interrumpió Ben.

—¿O sea que todo el mundo es inocente? —preguntó Nathan—. ¿Piensas que esto es algo que cayó del cielo?

—Evidentemente, esto ocurrió por un motivo. Y probablemente, de no ser por mí, Ober seguiría con vida. Pero eso no quiere decir que yo lo haya matado.

—No. Tú te limitaste a anudarle la correa en torno al cuello.

Se produjo un largo silencio lleno de hostilidad.

—Cuando quieres, puedes ser un auténtico cabrón, ¿lo sabías?

—Solo quiero cerciorarme de que tú…

—De que yo, ¿qué? —lo interrumpió Ben, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿De que me culpo por la muerte de Ober? ¿De que pienso que todo ha sido por mí? No te preocupes, así es. Me considero responsable al ciento por ciento. Yo soy el que puso todo esto en marcha, y eso me marcará por el resto de mi vida. Hasta que me muera, no pasará un solo día en el que no sienta remordimientos.

—Y razón tendrás para sentirlos.

—No necesito que me des la razón —dijo Ben con voz temblorosa—. ¡Ober era mi mejor amigo! Hubiera hecho cualquier cosa con tal de salvarlo.

—Podrías haberlo salvado —dijo Nathan—. Lo único que tenías que hacer era abrir la boca.

—¿Pero se puede saber qué demonios te pasa? —estalló Ben—. ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¡Pensaba acudir a las autoridades! ¡Eso era lo que os iba a decir esta noche! ¡No sabía que Ober iba a matarse! ¡No sabía que tuviera tendencias suicidas!

—Y yo no sé qué quieres que te diga. ¿Crees que por el mero hecho de admitir tus culpas voy a absolverte de todo pecado? Pues las cosas no son así. Tú lo has matado. Carga con ello.

Furioso, Ben golpeó a Nathan en el estómago.

—¡Yo no lo maté!

Doblado por el dolor, Nathan intentaba recuperar el aliento.

—¡Yo no lo maté! —repitió Ben—. ¡Él se suicidó!

Aún jadeante, Nathan se lanzó contra Ben. Los dos cayeron sobre la mesa de café, que se partió en dos, y los anuarios y el álbum de recortes cayeron encima de Nathan y Ben.

Nathan se sentó sobre Ben y lo agarró por la camisa.

—¿Por qué has permitido que esto ocurriera? —Sollozó.

Ben empujó a Nathan hacia atrás y se puso trabajosamente en pie.

—Nunca quise que algo así sucediera.

—Entonces, ¿por qué no…?

—¡Lamento no haber hecho un millón de cosas! —gritó Ben.

—No tenías que hacer un millón de cosas, sino una sola —dijo Nathan.

—Te juro que pensaba entregarme a las autoridades mañana.

—¿Y qué más da lo que pensaras hacer mañana? —gritó Nathan, con las mejillas llenas de lágrimas—. ¡Ober ha muerto esta noche! ¡Se ha ido, Ben! ¡Nunca volveremos a verlo! ¡Y ha sido por tu culpa! ¡Ober ha muerto por tu culpa!

—Nathan, yo…

—No me digas nada, porque no quiero oírlo —dijo Nathan echando a correr hacia la escalera—. ¡Basta ya de jodidas excusas! Digas lo que digas, yo sé que tú lo mataste. Y espero que los remordimientos te atormenten durante el resto de tu vida.

 

—Ya te lo he dicho —le dijo Richard Claremont a Rick—. Ni me acerqué al chico. Pasé la noche vigilando a los otros tres en el monumento a Jefferson.

—Si es mentira, la policía te descubrirá —le advirtió Rick—. Han tomado huellas por toda la casa.

—¡No es mentira! No me enteré de que el chico se había matado hasta que regresé aquí. —Claremont se despojó del abrigo y preguntó—. Además, ¿desde cuándo te preocupa tanto lo que les suceda a esos tipos?

—No me preocupa que uno de ellos se quede sin trabajo, pero sí me preocupa cuando uno de ellos termina muerto.

—No sé a qué viene tanta alharaca —dijo Claremont sentándose en el mullido sofá del hotel—. Tú los colocaste en una situación insostenible. Debiste esperar que alguno de ellos se derrumbara.

—¡Nunca quise que algo así sucediera! —gritó Rick.

—Pero debiste suponer…

—¡No me digas lo que debí suponer! —lo interrumpió Rick—. Algo así es imprevisible.

—Pero…

—Sin peros —dijo Rick—. Dejémoslo.

—Dejado está. Ahora, ¿qué va a pasar con la decisión?

—He estado pensándolo. —Rick sacó un botellín de vino blanco de la nevera del hotel—. Me temo que Ben no va a seguir en el juego.

—¿No crees que se reúna con nosotros mañana?

—Imposible —dijo Rick mientras descorchaba el vino—. Antes del mediodía ya irá camino de hablar con las autoridades.

—Pero si habla…

—No te preocupes —dijo Rick para tranquilizar a su colega—. Nunca llegará a su destino.

 

Como envuelto en una niebla de angustia y remordimientos, Ben entró en el baño y abrió la ducha. Se desnudó y se metió bajo el chorro de agua caliente, deseoso de librarse de la huella de las últimas horas. Con los brazos tendidos ante sí, se apoyó en la pared principal de la ducha y dejó que el agua resbalara por su cuerpo. Durante tres minutos completos permaneció así, totalmente inmóvil. Lentamente y sin aviso, un manso llanto se apoderó de él.

—Lo siento, Ober —sollozó, al tiempo que sus lágrimas arreciaban—. Lo siento tantísimo…

Mientras el agua resbalaba sobre él, se imaginó cargando el ataúd de Ober, lo mismo que había cargado el de su hermano. Imaginó la cara de la madre de Ober cuando se enterara de la muerte de su hijo, y recordó los sollozos de su propia madre. Imaginó el futuro sin Ober, y recordó lo muchísimo que había echado de menos a su hermano.