El décimo juez

Brad Meltzer · Capítulo 11 de 21

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El décimo juez

Capítulo 10

—Decidieron el caso Grinnell —anunció Ben cuando entró en el despacho con un montón de libros entre las manos.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Lisa alzando la vista de los papeles que llenaban su mesa—. La conferencia aún no ha terminado.

—Sí, claro que sí —dijo Ben mientras dejaba los libros sobre la mesa de Lisa—. Osterman acaba de avisar a sus pasantes para anunciarles que ellos redactarán la decisión mayoritaria. Veidt se pasó al fin al bando de las tinieblas.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Acabo de encontrarme en el ascensor con uno de los pasantes de Veidt. Al muy comemierda no le cabía la sonrisa en la cara. Una sonrisa de depredador de monumentos históricos.

—Me cuesta creerlo. —Lisa descolgó el teléfono—. ¿Dónde está Hollis? ¿Cómo no nos ha dicho nada?

—No creo que sea buen momento para hablar con él. Debe de estar muy cabreado por el asunto.

—¿Nos ocuparemos nosotros de redactar la decisión minoritaria discrepante?

—Supongo que sí, pero no estoy seguro.

—¿Por qué estás tan alicaído? —le preguntó Lisa—. Creí que tú eras partidario de considerar la recalificación como una incautación.

—Y lo soy —dijo Ben—. Lo que ocurre es que no me gusta que ganen los vampiros. Ha sido una victoria sucia.

—¿Dijeron cuál había sido la votación final?

—Cinco a cuatro. Por lo visto, Osterman convenció a Veidt de que si a la junta de calificación urbana de Nueva York se le permitía proteger la iglesia, Grinnell y los otros propietarios se verían obligados a soportar una parte desproporcionada de la carga para la comunidad.

—¿O sea que la decisión de Osterman se basa en el argumento de la desproporcionalidad? ¿Estás seguro de que eso no supone poner en tela de juicio la legalidad de las calificaciones urbanas?

—Si hubieran atacado directamente a la junta de calificación —contestó Ben—, no habrían reunido los votos necesarios para conseguir una mayoría. El pasante de Blake dijo que fue el único modo de convencer a Veidt de que se les uniera. Por tanto, la decisión de Osterman dirá que de los beneficios de los monumentos históricos disfruta toda la ciudad. Por consiguiente, la preservación de tales monumentos es un peso que debe recaer sobre la ciudad, no sobre los ciudadanos particulares.

—Así que si Nueva York desea proteger la iglesia, tendrá que pagarle a Grinnell y a sus socios el presunto valor futuro de la propiedad, ¿no?

—Ahí le has dado —dijo Ben—. Grinnell ha ganado el primer premio de la lotería y ni siquiera lo sabe. Recibirá todos los beneficios de un pequeño complejo comercial sin molestarse siquiera en construirlo. Eso le enseñará a la ciudad a no meterse con los ciudadanos particulares.

—¿Cómo puede parecerte bien eso? Es evidente que Grinnell actuó premeditadamente. Compró esa propiedad con la asesoría de un abogado constitucionalista. Sabía que la ciudad se llevaría las manos a la cabeza en cuanto él anunciase que iba a derribar una iglesia para construir un centro comercial. Y sabía perfectamente que, cuanto más ambiciosos fuesen los planes que afirmara tener, más cobraría en el caso de que el tribunal fallase a su favor.

—Vamos —dijo Ben—. Este caso tardó tres años en llegar hasta el Tribunal Supremo. ¿Crees de veras que toda la transacción no fue más que una simple especulación legal?

—No creo que todo fuera especulación, pero lo que sí creo es que Grinnell es un mierda. Ya leíste las actas: es un codicioso inversionista que nació con una estaca de plata metida en el culo.

—¿Eso lo decían las actas? —preguntó Ben—. Yo no lo vi.

—Ya sabes lo que quiero decir. Me asombra que Veidt haya podido ser tan cobarde —dijo Lisa abriendo página nueva en su cuaderno legal—. Tenemos que redactar un voto disidente bien abrasivo. Quiero limitar al máximo las repercusiones de esta decisión.

—No te preocupes. La ausencia de entusiasmo de Veidt limita la opinión a esos hechos concretos. Para cuando hayamos terminado con ella, esta decisión parecerá salida de un tribunal de tráfico.

Lisa bajó el lápiz y se llenó los pulmones de aire. Si bien el tibio voto de un juez podía dar la victoria a un caso en concreto, también tenía como consecuencia una decisión igualmente tibia. Y, a juzgar al menos por los antecedentes, las decisiones tibias raramente se convertían en una jurisprudencia fuerte.

—Además —prosiguió Ben—, esta decisión será desestimada antes de un año. Todos saben que cuando Blake se retire, nombrarán a un juez liberal.

—Ya —admitió Lisa—. Lo que ocurre es que me molesta ver a Grinnell embolsándose todo ese dinero. —Alzó la vista de su escritorio y añadió—: ¿Te has planteado cómo podría aprovecharse Rick de todo esto?

—No le he dado muchas vueltas, pero supongo que si Rick se enterase de cuál es la decisión, trataría de conseguir una participación en el negocio de Grinnell.

—¿Has decidido ya si se lo dices o no? ¿O hay un nuevo plan para grabar a Rick?

—No estoy seguro —dijo Ben—. Primero tengo que sobrevivir a un día de Acción de Gracias en familia.

 

—¿Dónde demonios se ha metido Ober? —preguntó Ben a Nathan. Los dos amigos estaban en la sala, rodeados de maletas.

—Probablemente se perdió viniendo para aquí —dijo Nathan—. Los mequetrefes no suelen tener buen sentido de la orientación.

—Por mí, que aquí se quede —dijo Lisa, que regresaba de la cocina con una lata de soda en la mano—. A lo mejor tenemos suerte y pierde el vuelo.

—Mira, mejor que eso no ocurra —le advirtió Ben—. Si Ober pierde el avión, su madre no dejará de darnos la lata en todo el fin de semana. —Imitando a la madre de Ober, chilló—: «¡Mi niño! ¡Os olvidasteis a mi niño! ¿Dónde está mi niño?».

—Ober es hijo único —le explicó Nathan a Lisa—. Su madre es un poco posesa.

—Querrás decir posesiva —lo corrigió Ben.

—Sí, claro, posesiva, qué tonto —dijo Nathan repitiendo una vieja broma de los cuatro amigos.

—¡Quiero largarme cuanto antes! —anunció Ober abriendo de golpe la puerta principal.

—¿Dónde demonios estabas? —le preguntó Ben.

—En su oficina hubo una emergencia —dijo sarcásticamente Nathan—. Llegaron un montón de cartas solicitando subsidios naranjeros que debían ser concedidos al instante.

Ober señaló a Lisa y dijo:

—No sabía que fuera a venir en el avión con nosotros.

—Y ni siquiera se paga el pasaje —dijo Ben—. Mis padres no solo la invitan a la estancia, sino también al viaje.

—No fastidies —dijo Ober—. Si llego a saber que había pasajes gratis en juego, le habría dicho a tu madre que quien estaba acostándose contigo era yo.

—Muy gracioso —dijo Ben—. Bueno, ¿nos largamos de una vez?

Ober subió a su cuarto a por la maleta y volvió a la sala de estar.

—¿Y Eric? —preguntó.

—¡Eric! —llamó Nathan—. ¡Nos vamos!

Eric bajó la escalera con una bolsa de viaje azul y se unió al grupo sin decir ni una palabra. Montaron todos en el Volvo de Nathan y salieron en dirección al aeropuerto National.

 

—Seguro que extravían nuestro equipaje —dijo Lisa, una vez el mozo hubo cargado las maletas de todos en un carrito y echado a andar hacia la cinta transportadora.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Ben.

—Vi la propina que le dio al mozo ese tacaño —respondió Lisa señalando a Ober.

—¿Cuánto le diste? —preguntó Nathan, que estaba pendiente de que pusieran sus maletas en la cita transportadora.

—Un dólar —dijo Ober.

—¿Un dólar por cinco maletas? —preguntó Ben.

—¡Adiós, maletita mía, conocerte fue un placer! —dijo Lisa volviéndose hacia su equipaje.

—¿Qué hay de malo en dar un dólar? —preguntó Eric.

—Por una maleta, nada —dijo Ben—. Pero tratándose de cinco maletas de cinco viajeros distintos, dar una propina de un dólar equivale a decir: «Arroja estas maletas a un volcán. Me importa un bledo lo que les ocurra».

—Tranquilo —dijo Eric mientras el grupo entraba en la terminal. Se volvió hacia Ober y añadió—: No te preocupes. No pasará nada.

Dos días antes del día de Acción de Gracias, el aeropuerto National era un hervidero de gente. Tras abrirse paso entre el público, los cinco amigos pasaron por la máquina de rayos X y se encaminaron hacia la puerta correspondiente a su vuelo.

Ober miró extasiado las hileras de tiendas y cafeterías que llenaban la terminal.

—Ahora vuelvo —dijo antes de salir corriendo.

—Boletos de lotería —le explicó Ben a Lisa.

Llegaron a la puerta de embarque y se pusieron al final de la larga cola. Al cabo de un rato, Ober volvió junto a ellos, congestionado y jadeante.

—A ver si adivino —le dijo Ben—. Ganaste.

—Primero compré un boleto y perdí —explicó Ober—. Luego compré otro boleto y perdí. Luego compré un tercer boleto…

—Y perdiste —dijo Nathan.

—… y perdí —repitió Ober—. Pero luego compré el cuarto, maravilloso y mágico boleto…

—Y ganaste.

—¡… y gané! —exclamó Ober haciendo que todos los de su alrededor se volvieran hacia él—. ¡Gané veinte dólares allí mismo!

—Sufre de un pequeño desequilibrio metabólico —les explicó Ben a los mirones —. En cuanto se tome su medicina se pondrá bien.

—¿Ganaste veinte dólares? —le preguntó Nathan—. ¿Qué nos has comprado?

—Nada en absoluto —dijo Ober—. Como os habéis burlado de la lotería, no cosecharéis sus recompensas.

—¿Ganas veinte dólares y no les compras nada a tus amigos? —le preguntó Ben —. Yo estoy muerto de hambre.

—Y yo también —dijo Eric—. Voy a por un pedazo de pizza. ¿Alguien quiere algo?

—Yo quiero otro pedazo —dijo Ober.

—Que sean dos —dijo Nathan.

—Tres —dijo Lisa.

—¿Tú quieres pizza, Ben? —preguntó Eric.

—No —dijo Ben apartando la mirada—. Gracias.

Cuando Eric se alejó de la cola, Ober tocó a Ben en el hombro.

—No seas capullo. Eric intenta hacer las paces contigo.

—Pues lo siento, pero a mí no me apetece hacer las paces con él.

—Al menos, muéstrate amable —le rogó Nathan—. Aunque solo sea durante el fin de semana.

—No os preocupéis —dijo Ben—. Me portaré bien.

 

—¿Todavía nerviosa? —le preguntó Ben a Lisa cuando el avión aterrizó en Boston.

—Un poco —dijo ella secándose las palmas de las manos en las perneras de los vaqueros.

—Haces bien en estarlo —dijo Ober—. Sheila Addison está a punto de devorarte viva.

—¿Trajiste el ajo y la estaca? —preguntó Nathan.

—Si en algún momento se produce una pausa incómoda en la conversación con mi madre, mírala a los ojos y dile: «¿Eres tú mi mamá?» —dijo Ben—. En un apuro, siempre puedes usar esa frase.

—Seguro que todo va bien —dijo Lisa.

Ben negó con la cabeza y dijo:

—Recuerda que fuiste tú la que quiso venir. Yo traté de convencerte de que te quedaras en casa. Por lo tanto, que la sangre que se derrame caiga sobre tu cabeza.

—Creo que podré manejar la situación —dijo Lisa.

Cuando el avión se detuvo, el angosto pasillo se llenó de gente. Ben se levantó de su asiento pero le fue imposible enderezarse. Ladeó la cabeza hacia la derecha, cruzó los brazos y esperó impacientemente. Directamente tras él, Eric se encontraba en la misma posición.

—Esto es encantador, ¿verdad? —preguntó Eric tras una risa forzada.

—A mí me parece espantoso —dijo Ben.

—Escucha, ¿por qué no hacemos como si no hubiera pasado nada? —propuso Eric—. Así, el fin de semana se nos hará más grato.

—No, Eric, no puedo hacer como si no hubiese pasado nada —replicó Ben, ceñudo—. Por mucho que pretendamos olvidarlo, lo que ha ocurrido permanecerá con nosotros durante mucho tiempo.

—¿Por qué? ¿Por qué no podemos empezar de nuevo? Estoy arrepentido. Lamento que sucediera.

—Lo dices como si hubiera sucedido solo —dijo Ben—. Pero, por si no te habías dado cuenta, tú eres el responsable. Tú lo hiciste. ¿Entendido?

—Está bien, yo lo hice. Tendré que vivir con ello. ¿Por qué no haces tú lo mismo?

Al darse cuenta de que los otros pasajeros los estaban mirando, Ben bajó la voz.

—Porque has dejado de caerme bien. Métete eso en la cabeza y déjame en paz.

Los pasajeros comenzaron a desembarcar. Ben salió al pasillo, se colocó entre Lisa y Nathan, y al fin le fue posible estirar el cuello.

—¿De qué hablabais? —le preguntó Nathan.

—De nada —dijo Ben.

—¿Hay algo acerca de tu familia que hayas olvidado decirme? —preguntó Lisa.

—Solo una cosa —dijo Ben aspirando profundamente y sonriendo al pensar en el fin de semana que se avecinaba—. No le toques a mi padre el plato cuando esté comiendo. Es muy territorial.

—Un poco de seriedad, Ben.

—Estás sola ante el peligro, querida amiga. Mantén siempre la cabeza baja.

Mientras avanzaba por la terminal. Lisa escrutaba los rostros de la multitud circundante con la esperanza de identificar a la familia de Ben. De pronto, una voz gritó:

—¡Yuuuuuju! ¡Benjamin! ¡Nathan!

—Vaya por Dios, la madre de Ober —le susurró Ben a Lisa al tiempo que señalaba con un movimiento de cabeza hacia una mujer de pelo rubio platino que gesticulaba hacia ellos—. Ojo con ella. Puede matarte a abrazos.

Los cinco amigos se abrieron paso entre la multitud y observaron cómo Ober desaparecía bajo los arrumacos de su madre. Vestida con una gran sudadera color naranja y unos leotardos negros, Barbara Oberman apenas podía contenerse.

—¡William! ¡No hay palabras para expresar lo mucho que te he echado de menos! —Estrechó a Ober con todas sus fuerzas—. ¡Nathan! —exclamó avanzando hacia el grupo de amigos—. ¡Eric! ¡Ben! —Como una máquina humana de abrazar, fue estrujando a cada uno de los amigos—. Y supongo que tú eres Lisa —dijo la madre de Ober tendiendo la mano—. Has de saber que eres la primera amiga que Ben ha traído a casa desde… ¿Cómo se llamaba? Lindsay no sé qué.

—Lindsay Lucas —dijo Ober—. La neurótica de Long Island.

—¿Qué ha sido de esa chica? —preguntó Nathan.

—Lo último que supe de ella fue que había sufrido un grave accidente cazando moscas —dijo Ober.

Ben interrumpió la conversación, sonrojado.

—¿Sabe usted dónde está mi padre, señora Oberman?

—Tu mamá y él tenían trabajo hasta tarde —dijo la señora Oberman—. Yo te llevaré a casa. Nathan, Eric, les dije a vuestros padres que os recogería a vosotros también. He traído la furgoneta.

Una vez todos hubieron recuperado el equipaje, el pequeño grupo se encaminó al estacionamiento y cada uno cargó sus pertenencias en la furgoneta color cereza.

El vehículo abandonó la Massachusetts Turnpike por la salida de West Newton y entró en el mundo de los barrios residenciales. Protegida por empresas privadas de vigilancia, la comunidad se esforzaba a toda costa en seguir siendo un vecindario tranquilo y seguro. Mientras la furgoneta circulaba por las sinuosas calles, Ben dijo:

—A la derecha podéis ver la casa del doctor MacKenzie, de los MacKenzie de Newton. Naturalmente, es la casa mayor de Newton.

—El doctor es un gran cirujano plástico —explicó la madre de Ober.

—Este sitio es increíble —dijo Lisa mirando a su alrededor—. Una torre de marfil con calles, jardines y Volvos.

Tras dejar a Eric y a Nathan en sus casas, la furgoneta de los Oberman se detuvo frente al domicilio de Ben.

—Bueno, ¿y cómo os las arreglaréis esta noche para dormir? —preguntó Ober mientras abría la portezuela.

—Muy gracioso —dijo Ben, y él y Lisa se apearon—. Gracias por traernos, señora Oberman.

—No tiene importancia. Dale un beso a tu mamá de mi parte.

—Lo haré —dijo Ben—. Y, por cierto, vigile a su hijo mientras lo tiene en casa. Últimamente ha tenido mucho trabajo, y no está comiendo nada bien.

—¡Es verdad, estás en los huesos! —dijo la madre de Ober mientras Ben cerraba la portezuela y Ober hacía muecas desde el otro lado de la ventanilla.

—Eso ha sido una jugarreta —dijo Lisa.

—Ober se lo merecía —contestó Ben enfilando el sendero que concluía en la puerta de su casa.

Lisa contempló el modesto edificio de estilo colonial.

—Es muy bonito.

Cuando llegaban a los escalones del porche se abrió la puerta principal.

—¡Benjamin! —exclamó la señora Addison. Abrió los brazos y rodeó prolongadamente con ellos a su hijo—. Estás estupendo —dijo—. Un poco flacucho, pero estupendo. Y tú eres Lisa, ¿no? —Siguió, tendiendo la mano.

—Encantada —dijo Lisa.

—Por si no lo habías deducido, esta es mi madre —dijo Ben—. El malévolo ser del que tanto te he hablado.

—No seas impertinente —dijo la madre de Ben—. Trato de quedar bien con la chica.

Indiscutiblemente, Ben había heredado las facciones de su madre: su enérgica mirada, las irónicas cejas, la forma de arrugar la nariz al reírse. Hasta sus ademanes parecían idénticos. Para cada comentario irónico de Ben, su madre tenía siempre dispuesta una réplica cortante.

Cargando con su bolsa de viaje, Ben siguió a Lisa y a su madre al interior de la casa. Cuando llegaron a la sala, la señora Addison llamó:

—¡Michael! ¡Ya están aquí!

El padre de Ben hizo su aparición procedente de la cocina. Vestía vaqueros y una vieja camiseta.

—Encantada de conocerlo, señor Addison. Soy Lisa.

El hombre tomó la mano de Lisa y dijo:

—Llámame Michael, por favor. El señor Addison es mi rechoncho padre.

El señor Addison llevaba el pelo más largo de lo que Lisa había esperado. Será el síndrome del antiguo hippy, se dijo la muchacha.

—¿Por qué no llevas las cosas de Lisa arriba? —le sugirió a Ben su madre—. No estaba segura de cómo ibais a dormir, así que…

—Mamá, ni siquiera salimos juntos —dijo Ben.

—Le pido a su majestad disculpas, oh, rey de los solteros —dijo la madre de Ben. A continuación, se volvió hacia Lisa y añadió—: Dice que no hay nada entre vosotros, pero no había traído ninguna chica a casa desde los tiempos de Lindsay… ¿Cómo se llamaba?

—Lindsay Lucas —dijeron a coro Ben y Lisa.

La madre de Ben sonrió y dijo:

—Veo que ya habíais hablado del tema.

—Me niego a dar explicaciones —dijo Ben. Agarró la bolsa de Lisa y se encaminó con ella hacia la escalera—. Ahora vuelvo.

Al subir hacia su vieja habitación, Ben inhaló los aromas de su infancia. Estando de nuevo en el hogar se sentía a gusto y protegido. Y, como le ocurría siempre que regresaba a su casa, le maravilló la ilusión óptica de que todo se había reducido de tamaño, desde su vieja cama, hasta su viejo escritorio, pasando por el poster de Albert Einstein de la pared. Tras una rápida visita al baño, dejó las cosas de Lisa en la habitación de invitados y bajó a la cocina.

—Oooooh —escuchó decir a Lisa cuando entró en la habitación—. ¡Eras monísimo!

—Pero, bueno, ¿qué broma es esta? —preguntó Ben—. ¿Ya le estás enseñando mis fotos de infancia? ¿Cuánto has tardado? ¿Dos minutos completos? Has conseguido un nuevo récord, mamá.

—No molestes —dijo Lisa, aún absorta en las fotos.

—También tenemos películas —dijo el padre de Ben—. Tienes que verlas.

—Eso, ni pensarlo, papá —advirtió Ben—. Las películas domésticas tienen un período mínimo de espera de una noche.

—Sigan contándome cómo era Ben de niño —dijo Lisa.

—Sí, contadle la vez que estuve a punto de prenderle fuego a Jimmy Eisenberg.

—Bah, cállate —dijo la madre de Ben. Se volvió hacia Lisa y continuó—: Era listísimo. A los dos años aprendió a leer. Y a los cuatro ya leía los artículos de Michael.

—Detectó Un error de ortografía en uno de mis borradores finales —dijo el padre de Ben, orgulloso—. Cuéntale a Lisa la vez que lo encontraste en el tejado.

—Ah, sí, menuda historia —dijo la madre de Ben—. Una noche, cuando Ben tenía cinco años, no lo encontraba por ninguna parte. Me puse frenética.

—Pero mamá, ¿frenética tú? —preguntó Ben.

—Lo busqué como loca por todas partes. Estaba a punto de darme de cabezazos contra las paredes cuando de pronto oí un ruido en el tejado y el corazón se me subió a la garganta. Subí corriendo al ático y allí, en el tejado, estaba Benjamin, en pijama y con una cuerda entre las manos. Le grité: «Pero Ben, ¿se puede saber qué haces ahí?». Y él va y me contesta: «Quería enlazar la luna, mamá».

—Oooooh —dijo Lisa—. Siempre tan ambicioso…

—Bueno, fin de la función —dijo Ben saliendo de la cocina—. Buenas noches.

—Benjamin, vuelve —le pidió su madre.

Lisa alzó la vista de las fotos y preguntó:

—¿Este niño es tu hermano?

—Sí —dijo Ben con una sonrisa. Luego miró a sus padres.

Lisa, confusa, quedó en silencio.

—Ese es Daniel. Falleció a los doce años —dijo el padre de Ben—. De leucemia.

—Lo lamento —dijo Lisa—. No sabía nada.

—Bueno, pues ya lo sabes —dijo Ben. Tratando de reconfortar a Lisa, se colocó tras ella y le puso las manos sobre los hombros—. No te preocupes. No importa.

—Era un muchacho magnífico —dijo orgullosamente la madre de Ben—. Te hubiera encantado.

—Gracias —dijo Lisa sin saber qué otra cosa decir.

—¿Qué tal si nos vamos todos a la cama? —sugirió Ben tras consultar su reloj—. Son casi las doce de la noche.

—Buena idea —dijo la madre de Ben. Y, mientras amontonaba los álbumes de fotos, preguntó—: ¿Qué planes tenéis para mañana?

—Creo que pasaremos el día en la ciudad. Lisa no conoce Boston. Y estamos invitados a cenar en casa de Nathan.

—Muy bien —dijo la madre de Ben poniéndose en pie—. Joan ya me lo había advertido. Pero procura que te veamos al menos unas horitas.

—Sí, mamá, no te preocupes.

—Encantada de conocerlos —dijo Lisa antes de salir de la cocina con Ben.

Ni Ben ni Lisa dijeron nada hasta que hubieron llegado al segundo piso.

—Lamento haber sacado a relucir lo de tu hermano —dijo al fin Lisa cuando entraron en la habitación de invitados.

—No te preocupes —dijo cordialmente Ben—. Ha transcurrido mucho tiempo y ya lo hemos asimilado.

—Debió de ser una pérdida muy dolorosa.

Ben se sentó en el escritorio de formica blanca que ocupaba un rincón del cuarto y le explicó:

—Fue terrible. A los diez años le diagnosticaron diabetes precoz. Y eso complicó las cosas cuando contrajo la leucemia. Mi pobre hermano era un desastre médico.

—¿Qué edad tenías cuando murió Daniel?

—Catorce años —dijo Ben apoyando los pies en la silla situada junto al escritorio —. Fueron los peores momentos de mi vida. Me pasé meses sin dormir. Tuve que ponerme en tratamiento con un amigo de mis padres que era psicólogo de familia. Mi madre estaba hecha polvo. La verdad es que, de no ser por mi padre, probablemente habríamos terminado todos en el manicomio. Si mantuvimos la cordura, fue gracias a papá.

—Tus padres son fantásticos —dijo Lisa sentándose en la cama.

—Sí que lo son —admitió Ben.

—Lo que me sorprende es que tú hayas salido tan normalito —dijo Lisa—. Quiero decir que lo de querer enlazar el satélite favorito de la tierra podría haberte dejado secuelas graves.

—Jo, jo. Eres graciosísima.

Lisa se quitó los zapatos.

—Bueno, cuéntame qué pasó entre Eric y tú en el avión. Viniendo hacia aquí, Eric no soltó palabra.

—Nada. Lo mandé a paseo. Estoy harto de todo este asunto.

—Espléndido —dijo Lisa—. Me preocupaba la posibilidad de que, con el tiempo, llegaras a perdonarlo.

—No, de eso, nada —dijo Ben—. Aprecio a mis amigos. Haría cualquier cosa por cualquiera de ellos. Pero la vida es muy corta para desperdiciarla con un gilipollas.

—Yo no creo que lo que Eric hizo fuera una gilipollez. Creo que sus actos constituyeron un abuso de confianza. Para mí, eso es lo peor que puede uno hacerle a un amigo.

—Eso no hace falta que me lo digas. Entre Rick y Eric, la confianza se ha convertido para mí en la virtud problemática del año.

Al mediodía siguiente, Ben bajó a la cocina y encontró a su madre y a Lisa charlando.

—Vaya, mira quién ha decidido al fin honrarnos con su compañía —dijo la madre de Ben, que estaba cortando verduras para la cena de Acción de Gracias de la noche siguiente. Sin dejarse engañar por el hecho de que su hijo estaba recién duchado y afeitado, la mujer se fijó en los enrojecidos y fatigados ojos del joven—. ¿Hasta qué hora estuvisteis despiertos anoche?

—Hasta eso de las cuatro —contestó Lisa.

La madre de Ben dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar y frunció el ceño.

—Cálmate, mamá —dijo Ben poniendo los ojos en blanco—. Lo único que hicimos fue hablar, ¿vale?

—Eso no es asunto mío —dijo la mujer—. No he dicho ni palabra.

—Ni falta que hace. —Ben se volvió hacia Lisa y preguntó—: ¿Y tú cómo estás tan despierta?

—No soy capaz de dormir hasta tarde —explicó Lisa—. Llevo en pie desde las siete.

Ben se desperezó ahogando un bostezo.

—Estás loca. Dormir es la sal de la vida.

De pronto sonó el teléfono.

—Dígame —contestó la madre de Ben interrumpiendo su trabajo. Tras una breve pausa, dijo—: Sí, aquí está. Aguarde un momento. —Mirando a Ben, dijo—: Es para ti. Un tal Rick.

Ben se quedó pálido como el papel. Sorprendida por la reacción de su hijo, la madre de Ben le tendió el teléfono. Ben estiró al máximo el cable del aparato de forma que habló casi desde la habitación contigua.

—Dígame…

—Hola Ben —saludó Rick—. ¿Qué tal va todo por casa?

Tirando aún más del cable, Ben llegó hasta el comedor.

—¿Qué quieres?

—Nada —dijo Rick—. Solo quería cerciorarme de que todo iba bien. Y también quería desearos a ti y a tu familia un feliz día de Acción de Gracias. Espero que no te moleste.

—Pues claro que me molesta —dijo Ben esforzándose en no alzar la voz—. Ahora te voy a colgar. Si quieres hablar conmigo, llámame cuando regrese a Washington. Y deja en paz a mi familia.

—Pero Ben, lo único que deseaba era expresaros mis mejores deseos para el día de…

Ben colgó el teléfono, se obligó a sonreír y regresó a la cocina.

—¿Va todo bien? —preguntó su madre—. ¿Quién te ha llamado? ¿Quién es ese Rick?

—Un amigo del tribunal —dijo Ben—. Estamos en desacuerdo acerca de un caso, y quería hablar de ello. No tiene importancia.

—Benjamin, no me mientas —dijo su madre.

—No te estoy mintiendo, mamá —aseguró Ben—. Es un amigo del trabajo con el que siempre discuto. Pero da igual. Ya arreglaremos nuestras diferencias.

Ben salió de la cocina sin darle tiempo a su madre a replicar.

—¡Vámonos, Lisa! —gritó desde la habitación contigua.

Serio y con los labios crispados por la furia, Ben se montó en el coche de su madre. Ya estaba comenzando a separarlo del bordillo cuando Lisa abrió la portezuela y entró en el vehículo.

—No me esperes, ¿para qué? —dijo la joven al tiempo que Ben ponía en marcha el coche—. Bueno, ¿qué quería Rick?

—Nada. Solo ha llamado por joderme.

—Lo suponía —dijo Lisa—. ¿Qué te dijo?

—Prefiero no hablar de ello —dijo Ben—. Lo único que quiero hacer hoy es pasarlo bien.

—Pero dime al menos…

—Por favor —le suplicó Ben—. Olvidémoslo, ¿vale?

Lisa guardó silencio hasta que llegaron a la Massachusetts Turnpike.

—¿Me dirás al menos adónde vamos?

Ben aspiró profundamente y dijo:

—Iremos primero a Beacon Hill, donde no solo podrás contemplar los más bellos monumentos arquitectónicos de la ciudad, sino que además podrás atiborrarte con las pizzas dobles de Vito.

—¿Qué es eso?

—Una pizzería en la que sirven dos raciones de pizza por el precio de una. —De nuevo puso voz de guía turístico y prosiguió—: Después pasearemos por el Boston Common y visitaremos el centro de la ciudad.

—¿Iremos al bar Cheers?

—No, no iremos a Cheers. No vamos a hacer un recorrido turístico barato. Verás esta ciudad como una nativa. Naturalmente, eso quiere decir que no visitaremos el barco Constitution, ni el bar Cheers, ni ninguna de las otras majaderías turísticas a las que la gente va para hacerse fotos. Sin embargo, después de nuestro recorrido, serás una persona mejor.

—Ya empiezo a sentirme así.

—Y si te portas bien, te enseñaré el lugar que más me gusta de toda la ciudad.

—¿Vamos a ir a la biblioteca?

—Como sigas así, paro el coche y te dejo —dijo Ben.

—Me portaré bien, te lo prometo —dijo Lisa cerrando sobre sus labios una imaginaria cremallera.

 

A las cuatro y media de aquella tarde, Ben detuvo el coche en una zona engravillada situada junto a Memorial Drive. El suyo era el único coche del pequeño estacionamiento. Lisa miró con recelo en torno.

—Si este es el sitio al que venías de jovencito a darte el lote, puedo vomitar.

—No, no venía aquí a darme el lote —dijo Ben apagando el motor—. Como te prometí, te he traído a mi lugar favorito de la ciudad. ¿Te he mentido en algo hasta ahora?

—Me dijiste que en Copley Square había patinadores, y no los había.

—Hace un frío que pela. Pero todo lo demás era cierto.

—Y los cantantes callejeros de Harvard Square eran horrorosos.

—Los mejores van por la noche. ¿Algo más?

Tras pensarlo bien, Lisa dictaminó:

—No, no me has mentido en nada más.

—Entonces, sígueme.

Se apeó del coche y, caminando contra el frío viento procedente del río, se dirigió hacia una estrecha pista de bicicletas que pasaba junto al estacionamiento. Desde la senda cubierta de cemento no era posible ver el panorama, ya que lo impedía una vieja cerca de maderos cubierta de inscripciones pintadas con aerosoles de varios colores. Un poco más adelante, la cerca concluyó, y Lisa advirtió que caminaban en dirección al río Charles. El camino de cemento se convirtió en un camino de madera que conducía a un pequeño embarcadero situado junto al río.

—Esto pertenecía a la Universidad de Boston —le explicó Ben—. Aquí se guardaban las cosas del equipo de remo. Todas las universidades tienen su embarcadero junto al río: Harvard, MIT, el Boston College, la Northeastern… Y cuando la Universidad de Boston reunió el dinero suficiente, abandonaron este cobertizo y se mudaron a un edificio supermoderno más próximo al campus. — Mientras caminaba por el embarcadero, señaló hacia su derecha—. Desde aquí veremos la ciudad bañada por la luz del crepúsculo. Tal panorama convierte esto en el mejor sitio de la ciudad. El recorrido turístico ha concluido. ¡Tachánnn! —dijo volviéndose hacia Lisa y haciendo una gran reverencia.

Lisa se sentó en el borde del embarcadero y quedó con las piernas colgando sobre el agua.

—Tenías razón. Es un sitio fantástico.

—Lo descubrió el hermano mayor de Eric, y nos lo enseñó a nosotros —le explicó Ben sentándose junto a Lisa—. Aquí escribí mi tesina para ingresar en Columbia, y aquí escribí mi tesina para ingresar en Yale.

—Debíamos haber traído la decisión Grinnell.

Ben consultó su reloj.

—Veremos el crepúsculo dentro de unos veinte minutos.

—Qué temprano oscurece en esta ciudad —dijo Lisa—. Solo son las cuatro y media.

—Pues en invierno a las cuatro y cuarto ya es de noche —dijo Ben—. Como tenemos el ocaso más temprano de todo el país, también tenemos el mayor índice de suicidios invernales.

—Estaréis orgullosos de ello.

Se quedaron unos minutos en silencio, aguardando a que el sol descendiera sobre el horizonte gris de Boston. Cuando advirtió la fijeza con que Ben la miraba, Lisa alzó una ceja.

—Estás pensando en besarme, ¿a que sí? —le dijo a él.

—Ya te gustaría —respondió Ben apartándose más.

—Vamos, admítelo. Tu lasciva mirada te delata.

—Lisa, comprendo que te he traído a un lugar mágico, pero no creas que aquí se hacen realidad todas las fantasías.

—No me vengas con monsergas —dijo Lisa señalando a Ben—. Tienes la misma expresión que la noche que nos pasamos trabajando en aquel caso de pena de muerte.

—Bueno, hay quien confunde mi expresión de enorme cansancio con mi expresión de lujuria incontenible. Pero sí, creo que tienes razón, ahora tengo la misma expresión que entonces.

—Pues olvídalo —dijo Lisa negando con la cabeza—. Será preferible que disfrutemos del crepúsculo.

Ben se echó hacia atrás y, apoyado en los codos, contempló la ciudad bañada por la dorada luz del ocaso. Al cabo de unos minutos, preguntó:

—¿Crees que lograremos atrapar a Rick?

—No estoy segura —contestó Lisa encogiéndose de hombros—. Espero que sí. Lo malo es que siempre parece saber de antemano lo que nosotros nos proponemos hacer. ¿Por qué será?

—Olvida mi pregunta. —Ben se sentó derecho y se sacudió el polvo y los pequeños guijarros de las manos—. Dejemos el tema.

—Vamos, Ben. Siempre que te alteras dices lo mismo. Cuéntame simplemente lo que piensas. Sé que todo este asunto te tiene muerto de miedo.

Ben permaneció en silencio.

—Es una reacción lógica —insistió ella.

—¿Qué quieres que diga? —preguntó al fin Ben—. Claro que tengo miedo. Me estoy jugando mi carrera. Y cuando al fin consigo calmarme un poco, ese gusano llama a mi casa con el único fin de inquietarme. Veamos qué más puedo contarte. ¿Que este asunto me produce pesadillas? ¿Que no logro quitármelo de la cabeza? ¿Que creo que todo esto es demasiado para mí? La situación en Washington ya es mala, pero aquí resulta mucho peor.

—¿Y eso, por qué? —preguntó Lisa.

—Porque aquí están mis padres y punto —dijo Ben—. No quiero meterlos a ellos en este lío.

—Probablemente, por eso te llamó Rick aquí —opinó Lisa—. Sabía que te enfurecerías.

—No me digas. ¿De veras? —preguntó sarcásticamente Ben—. Y yo que pensaba que lo que Rick quería era que fuésemos buenos amigos. Después de nuestro apasionante viaje en limusina, tenemos infinidad de recuerdos comunes de los que charlar y reírnos.

Lisa no respondió.

—Lo siento —dijo Ben tras aspirar profundamente—. ¿Qué tal si empezamos de nuevo?

—Me parece de perlas —dijo Lisa sonriendo levemente—. Explícame qué te contó Rick.

—Dijo que solo quería desearme un feliz día de Acción de Gracias. Estoy seguro de que fue su forma de decirme: «No te olvides de lo que hablamos en la limusina».

—Deberíamos encontrarlo y darle una buena paliza —dijo Lisa agitando las piernas sobre el agua.

—Tienes toda la razón.

—Ya sabes que si alguna vez quieres hablar de ello, yo estoy dispuesta a escuchar.

—Muchas gracias —sonrió Ben—. Y, ahora, ¿qué tal si disfrutamos del crepúsculo?

—¿Listos todos para la cena? —preguntó la madre de Ben a las siete en punto de la noche siguiente.

—¿Y papá? —preguntó Ben mientras sacaba de la nevera una jarra de agua fría y dos botellas de soda.

—Llamó hace un rato. Alguien le acuchilló las ruedas de atrás, así que se retrasará un poco.

—¿Le han acuchillado las ruedas? ¿Pero él está bien? —preguntó Lisa.

—¿Quieres que vaya a recogerlo? —preguntó Ben.

—No te molestes —dijo su madre—. Dijo que la grúa del taller ya estaba en camino.

Mientras Ben y Lisa se sentaban a la mesa, la madre de Ben fue a buscar una gran fuente de ensalada césar.

—Pasadme vuestros platos.

De pronto se abrió la puerta y entró el padre de Ben.

—Hola a todos —saludó.

Repartió besos entre los presentes y luego se sentó en su puesto en la cabecera de la mesa.

—Has llegado muy pronto —comentó la madre de Ben.

—Ha sucedido algo increíble —dijo su marido soltándose la corbata—. Después de llamar a la grúa, salí a la calle y me puse a cambiar la primera rueda. Supuse que eso me ahorraría tiempo cuando llegasen los del taller. El caso es que, cuando estoy poniendo la rueda de repuesto, aparece un tipo en su coche, se fija en que la otra rueda también está pinchada y me ofrece su propia rueda de repuesto e incluso me ayuda a colocarla. Y luego, cuando le ofrezco pagársela, me dice que ni hablar, que en el día de Acción de Gracias no está dispuesto a cobrar un favor.

—¿Qué pinta tenía el tipo? —preguntó Ben simulando indiferencia.

—Pelo rubio, simpático… Nada especial. Lisa y Ben cruzaron miradas.

—¿Te dijo algo más? —Quiso saber Ben al tiempo que trataba de mantener la calma.

—No —respondió su padre metiéndose en la boca un tenedorazo de ensalada césar—. Dijo que me había reconocido por la foto de mis columnas. Y, agárrate, sabía que tú trabajas en el Tribunal Supremo. Recordaba lo que Cary escribió en el periódico cuando te concedieron la pasantía.

A Ben, que tenía las palmas de las manos húmedas de sudor, se le escurrió el cubierto y este golpeó ruidosamente contra el plato.

—¿Estás bien? —le preguntó su madre.

Ben se secó las manos en las pantalones, recogió el tenedor y trató de parecer tranquilo.

—Perfectamente. Es que llevo todo el día sin comer.

Sorprendida por la naturalidad con la que el padre de Ben se tomaba el incidente, Lisa preguntó:

—¿Le acuchillan a usted los neumáticos del coche con frecuencia?

—De cuando en cuando. Cada vez que escribo una columna contra la corrupción en el ayuntamiento, me acuchillan las ruedas y me rompen los vidrios de las ventanillas. Gajes del oficio de columnista. Se gana uno muchos enemigos.

—O sea que, probablemente, lo ocurrido no tiene importancia —dijo Lisa con la esperanza de que Ben hiciera caso de sus palabras.

—No, ninguna —dijo con orgullo el padre de Ben.

Como no estaba de humor para escuchar el discurso de Michael acerca de la azarosa vida de los columnistas, la madre de Ben le preguntó a su marido:

—Aparte de eso, ¿qué tal te fue en el trabajo?

—Bien. Fue un día soso de noticias. Se ha producido un nuevo caso de corrupción policial. Lo publicaremos mañana. Y, además, mi hijo se prometió en matrimonio. Aparte de eso, nada.

—¿Cómo? —preguntó Ben volviendo a la realidad.

—¿No has visto el periódico de hoy? —Michael echó mano a su portafolios y sacó de él una de las secciones del periódico—. Mira en la página veintisiete —dijo tendiéndoselo a Ben.

Ben abrió el periódico por las notas de sociedad. En la parte alta de la primera columna aparecía una gran foto de Lisa con este pie:

Margaret y Shep Schulman, de Los Ángeles, anunciaron ayer el compromiso de su

hija Lisa Marie con Benjamin Addison, hijo de Sheila y Michael Addison, de

Newton. La boda se celebrará en marzo.

—¡¿Qué demonios es esto?! —gritó Ben.

—A ver —dijo Lisa cogiendo el periódico—. ¿Quién pudo hacer algo así?

—Unos amigos totalmente idiotas —susurró Ben.

—¿Significa eso que no piensas casarte? —preguntó el padre de Ben.

—Qué gracioso —comentó la madre de Ben cuando Lisa le pasó el periódico—. ¿Quién sería? ¿Ober? ¿Nathan?

—¿Quiénes si no? —preguntó Lisa.

Ben, que no dejaba de pensar en Rick, no hizo mucho caso de la reacción de su familia.

—¿Estás bien? —le preguntó su padre.

—Sí, muy bien —dijo Ben volviéndose hacia él. Señaló al periódico y añadió—: Lamento la broma, pero yo no tuve nada que ver con ella.

—No importa —dijo el hombre—. Nos encanta que nos tomen el pelo. No hay periódico que se respete al que no le guste que lo desacrediten de cuando en cuando.

—Espero que esta gansada no te haya creado problemas.

—No, claro que no —dijo Michael—. Lo único malo es que durante todo el día no han dejado de preguntarme por qué no dije nada acerca de tu compromiso. — Terminando su ensalada, continuó—: Por cierto, parece ser que el presidente tiene su pequeña lista de candidatos para cubrir la vacante de Blake en el tribunal.

—¿Y quién figura en esa lista? —preguntó Ben tratando de olvidarse de Rick—. Kuttler. Redlich. ¿Quién más?

—Se rumorea que tu viejo amigo el juez Stanley también está en ella.

—Eso sí que es imposible —afirmó categóricamente Ben—. Supongo que se trata de un simple gesto para congraciarse con los liberales. Me apuesto cien dólares a que no nombran a Stanley.

—¿En el tribunal no circulan rumores? —preguntó Michael.

—Allí nunca nos enteramos de nada —explicó Ben—. Un ayudante del presidente suele llamar a los jueces para preguntarles su opinión, pero es un simple acto de cortesía. Por lo demás, nos enteramos de lo mismo que vosotros.

—Pero hombre, no seas así —dijo Michael—. Tú trabajas allí. Debes escuchar rumores. Solo por esta vez, ¿por qué no le suministras a tu padre una pequeña ración de información privilegiada?

—Ya te he dicho que no sé nada —insistió Ben—. Y no me pongas en aprietos. Aunque supiera algo, no podría decírtelo.

—Tranquilo —dijo su padre—. Hablaba en broma.

—Estupendo —dijo Ben llenando su tenedor de ensalada—. Si era una broma, me reiré. Ja, ja.

—¿Todo va bien en tu trabajo? —preguntó la madre de Ben.

—Todo va maravillosamente —contestó él.

—¿Y esa empresa legal que quiere contratarte? ¿Siguen interesados en ti?

—Todo va viento en popa, mamá. Mi porvenir en el mundo de la abogacía no puede ser más brillante. No hay quien me detenga. Ahora, si no te importa, cambiemos de tema.

—¿Se puede saber qué me estás ocultando? —La madre de Ben se volvió hacia Lisa y le dijo—: ¿Por qué no me lo cuentas tú?

—Mamá, deja en paz a Lisa —exigió Ben.

—Ben, no le levantes la voz a tu madre —dijo Michael.

—No se la levantaré si ella no se mete en lo que no le importa —dijo Ben—. He dicho que dejemos el tema.

—No te tolero esos tonos en la mesa —dijo la madre de Ben—. O te disculpas, o te vas de aquí.

—¿Irme de aquí? —preguntó Ben con una risa forzada—. Y si no, ¿qué? ¿Me castigarás? ¿Me darás unos azotes? ¿O quizá me castigarás sin televisión? ¿O sin fiesta de cumpleaños?

—Benjamin, te agradeceré que te levantes de la mesa —dijo Michael en voz baja.

Ben se levantó y salió a grandes zancadas en dirección a la escalera.

—Estaré en mi cuarto.

 

A las ocho sonó el timbre de la puerta.

—Yo voy —dijo el padre de Ben apartando su silla de la mesa.

Abrió la puerta y dijo:

—Hola, chicos. Pasad. Estamos a punto de comer el postre.

—Huele a cretinos —dijo Lisa olfateando el aire mientras Ober y Nathan se acercaban a la mesa.

—¿Qué tal, muchachos? —preguntó la madre de Ben.

—Hola, señora Addison —dijo Ober conteniendo apenas una sonrisa—. Espero que estén disfrutando de la cena de Acción de Gracias.

—Lo estábamos —dijo Lisa.

—¿Qué os trae por aquí esta noche? —preguntó la madre de Ben.

—Solo queríamos saludarlos. Llevamos un montón de tiempo sin verla a usted ni a su esposo —dijo Ober—. Y, naturalmente, queríamos felicitarlos por el compromiso de su hijo.

—Exacto —dijo Nathan dándole una palmada en la espalda a Lisa—. Este es un gran día para ti. Os deseamos lo mejor a los dos.

—Muy gracioso —dijo Lisa.

—Vamos —dijo Nathan—. No me digas que no te reíste… Una gran foto tuya publicada en la prensa, una biografía falsa… Fue genial.

—Y nos costó casi cien dólares —dijo Ober.

—Fue graciosísimo, de veras —admitió Lisa—. Lo único que espero es que no os hagáis la ilusión de que esto se va a quedar así y no va a tener repercusiones.

—Tómatelo como un hombre —dijo Ober apretándose contra Lisa de modo que ambos compartieran la misma silla—. Y, hablando de hombres, ¿dónde está el futuro novio?

 

Diez minutos más tarde, Ober, Nathan y Lisa entraron en la habitación de Ben.

—Vaya, parece que me han levantado el castigo —dijo Ben sentándose en la cama—. Me dejan recibir visitas.

—Basta ya de estar tan borde —dijo Lisa al tiempo que se dejaba caer en la cama junto a Ben—. Lo único que querían tus padres era saber qué te tiene tan preocupado.

—Cuando me apetezca decírselo, se lo diré —respondió Ben.

—Pero bueno, ¿estás realmente molesto porque tus padres te tratan como si aún tuvieras doce años? —preguntó Lisa—. Para eso están los padres. Ese es su trabajo. Salta a la vista que algo te ocurre. Y, además, te portas como si tuvieras doce años.

—¿Crees que el tipo que abordó a mi padre fue Rick? —le preguntó Ben que a continuación procedió a explicar lo ocurrido a Ober y Nathan.

—No sé quién sería, pero parece mucha coincidencia —dijo Lisa.

—¿Por qué demonios hace Rick todas estas cosas? —preguntó Ben.

—¿Por qué no dejamos de hablar de ello? —sugirió Nathan—. En estos momentos no podemos hacer nada, y es absurdo estar aquí contemplando cómo Ben se vuelve loco. Cuando regresemos a casa, nos sentaremos a planear una nueva estrategia.

—Pero ¿y si…? —Comenzó Ben.

—No lo digas —lo interrumpió Nathan—. Hablemos de otra cosa.

—Yo tengo un excelente tema —dijo Ober examinando el póster de Albert Einstein que llevaba siete años pegado a la pared—. Hablemos del motivo de que mañana sea un día tan especial.

Tras recapacitar durante unos momentos, Ben dijo:

—A veces resultas puñeteramente patético.

—¿Qué pasa? —preguntó Lisa mirando a Nathan.

—Mañana es el aniversario del día en que Ober perdió su virginidad —le explicó Nathan.

—Fui el primero de los cuatro que alcanzó tal honor —añadió Ober—, cosa que, desde entonces, tiene muy cabreado a nuestro amigo Gruñón.

—Ben estaba a punto de hacerlo con Lindsay Lucas —explicó Nathan—, pero como Ober quería ser el primer desvirgado, se acostó con Shelly Levine, callo entre los callos.

—¿Te acostaste con ella solo por ganar a Ben? —preguntó Lisa.

—No fue solo por ganar a Ben —dijo Ober—. También quería conocer mejor a Shelly.

—Solo fue por ganarme a mí —insistió Ben.

—Y mi victoria aún te escuece —dijo Ober.

—Lo vuestro es verdaderamente enfermizo —dijo Lisa—. Mira que hacer un concurso para ver quién era el primero en estrenarse con el sexo…

—Ober fue el único que se lo tomó como un concurso —dijo Ben.

—El caso es que conseguí la medalla de oro —dijo Ober—. Pero no te preocupes. Obtener la de plata también tiene su mérito.

—¿Y en qué grado estabais cuándo ocurrió eso?

—En el undécimo —dijeron simultáneamente los tres amigos.

—Vaya, no está mal —dijo Lisa—. ¿Y tú, Nathan? ¿Cuándo cometiste la proeza?

—Esa es una pregunta muy personal —dijo Nathan—. ¿Cuándo perdiste tú la tuya?

—Con Chris Weiss, en décimo grado, en el dormitorio de sus padres, que estaban pasando el fin de semana fuera.

—¡Muy bien! ¡Qué precoz! —dijo Ober.

—Bueno, ¿cuándo lo hiciste tú? —le preguntó Lisa a Nathan.

—En duodécimo grado… —comenzó Nathan.

—Fue después del duodécimo grado —puntualizó Ben.

—Fue en el verano entre duodécimo grado y la universidad —insistió Nathan—. Técnicamente, seguía estando en duodécimo grado. Lo hice con Eleanore Sussman en el cuarto de un pequeño hotel de la costa de Jersey. Mis padres tienen allí una casa de verano.

—Buen sitio —dijo Lisa—. ¿Y tú dónde lo hiciste, Ben?

—Siendo el que más clase tiene de los tres, llevé a mi chica al embarcadero del equipo de remo de la Universidad de Boston. Llevábamos sacos de dormir, y lo hicimos con estilo: bajo las estrellas y contemplando la ciudad.

—¿Y tú? —le preguntó Lisa a Ober.

—El callo de los callos y yo volvimos a casa de ella tras pasarnos la noche bebiendo copiosamente, y lo hicimos en su elegante dormitorio.

—Con los padres de ella en la habitación de al lado —añadió Ben.

—No puede ser —dijo Lisa.

—No se enteraron de nada —dijo Ober sentándose en el suelo con las piernas cruzadas.

—Hablando de grandes proezas sexuales, ¿por qué no le pides a Ober que te cuente el lío que tuvo con su jefa? —sugirió Nathan.

—No fue un lío —lo interrumpió Ober—. Fue una espantosa seducción.

—Fue un lío y tú te portaste como un cobarde —dijo Nathan.

—¿Por qué no me cuentas qué pasó? —preguntó Lisa.

—La cosa ocurrió durante el breve tiempo que Ober pasó siendo auxiliar de relaciones públicas —explicó Ben.

—Era una oficina de relaciones públicas especializada en empresas informáticas —añadió Ober.

—Y resulta que la especialidad de la supervisora de Ober era el sexo —continuó Ben con voz sensual.

—Vayamos al grano —pidió Ober—. Se me insinuó y yo dije que no. Fin de la historia.

—No, no, no —intervino Nathan—. Ella se te insinuó y tú te desmayaste.

—¿Cómo? —preguntó Lisa riéndose.

—La mujer lo llamó a su oficina llevando solamente la ropa interior y un liguero negro —dijo Ben—. Ober le echó un vistazo y cayó al suelo inconsciente.

—Llevaba todo el día encontrándome mal —explicó secamente Ober—. Me levanté demasiado de prisa y para cuando llegué a la oficina de la supervisora me sentía algo mareado.

—Más bien acojonado —dijo Nathan.

—¿Y qué hizo ella cuando tú te desmayaste? —preguntó Lisa.

—No estoy seguro —dijo Ober—. Lo único que sé es que cuando desperté, ella me estaba abanicando con una carpeta.

—Pero seguía en paños menores —añadió Ben—. Sin embargo, excuso decir que para entonces ya se le habían pasado las ganas de juerga. Desmayarse es el anafrodisiaco más potente del mundo.

—¿Por qué no hablamos de otra cosa? —preguntó Ober.

—Oh, pequeña… —le dijo Nathan a Ben—. Me fascina tu ropa inte… —Nathan cerró los ojos y se derrumbó en el suelo.

—Desmayus interruptus —dijo Ben.

—Ya está bien. Me largo —dijo Ober—. Si quisiera que se burlasen de mí, me habría quedado con mi familia.

—¿Me dejas en casa? —le preguntó Nathan al ver que Ober se dirigía a la puerta.

Sin decir nada, Ober salió de la habitación.

—Bueno, supongo que quien calla otorga —dijo Nathan despidiéndose con la mano de Ben y Lisa—. Hasta luego, chicos.

—Hasta luego —dijo Ben al salir Nathan.

—Eres patético —dijo Lisa golpeando a Ben en el pecho con la punta del índice.

—¿Por qué?

—El sitio al que me llevaste ayer… el embarcadero. Tratabas de seducirme.

—Qué va, de eso nada —dijo Ben.

Lisa frunció el ceño e, imitando la voz de Ben, dijo:

—«Bueno, aquí escribí mi tesina para ingresar en Columbia, y aquí escribí mi tesina para ingresar en Yale» —Cambió a un tono ligeramente más grave y siguió—: No seas capullo y no le cuentes lo de que aquí perdiste tu virginidad… Si se entera de eso, nunca se acostará contigo.

—Es asombroso —rio Ben—. Has reproducido con toda exactitud mi proceso mental.

—Puede que no sea exacto, pero se acerca.

—¿Lo crees de veras? —preguntó Ben.

—Responde a mi pregunta —dijo Lisa—. Dime que me equivoco.

Ben se sonrojó visiblemente.

—No aciertas al cien por cien, pero tampoco te equivocas del todo.

—¡Lo sabía! ¡Te veo venir desde kilómetros!

—¿De qué hablas? A mí no se me ve venir.

—¿Que no? Eres tan predecible que podría poner en hora mi reloj con tus…

Antes de que Lisa pudiera terminar la frase, Ben se inclinó sobre ella y la besó larga y apasionadamente.

Sorprendida, Lisa se retiró ligeramente.

—El señor Addison me está besando… Qué impresión. No te creía capaz de una cosa así.

—¿Por qué no te callas? —preguntó Ben, y la besó de nuevo.

Mientras la rodeaba con los brazos, ella lo empujó hacia la cama. Luego lo montó a horcajadas y comenzó a desabrocharle furiosamente la camisa.

—… y solo quiero añadir una cosa —dijo Ober irrumpiendo de nuevo en la habitación—. ¡Vade retro. Satanás!

—Lo veo y no lo creo —dijo Nathan.

—¿Os importa dejarnos tranquilos? —preguntó Lisa—. Queremos retozar un poco.

—Avergonzaos, pecadores —dijo Ober cerrando la puerta con una amplia sonrisa.

—¿Qué le dirás a Lindsay Lucas? —preguntó Nathan al tiempo que la puerta se cerraba.

Cuando volvió a posar la cabeza sobre la almohada, Ben dijo:

—Jodidos chismosos…

—Olvídate de ellos —dijo Lisa y se inclinó sobre él y lo besó en el cuello.