El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 10 de 28

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El extranjero

Capítulo 6

 

No había opuesto resistencia, ni lo había amenazado, ni encañonado y, hasta ese momento, podría decirse que la suerte había estado de su parte. Y tal vez el hombre de la luna lo percibiera y por ello había decidido cooperar en aquel secuestro. O quizá no era todo lo fácil que parecía y las cosas estaban a punto de estallar.

Manadgi no se creía un hombre supersticioso, ni tampoco un crédulo o, por lo menos, procuraba no serlo. Cualquier cosa que aconteciera con tanta sencillez, habida cuenta la fuerza a la que posiblemente tuviera acceso ese individuo, le inspiraba una gran desconfianza.

Pero el hombre de la luna, que era una cabeza más bajo que él, le parecía una criatura frágil, que rápidamente se quedaba sin aliento y que se cansaba mucho a pesar de haber subido una colina cuya pendiente era muy suave. La complexión pálida de la criatura se volvía en ocasiones aún más nívea; de cuando en cuando se tambaleaba, pero nunca dejó de intentar seguir su ritmo.

Quizá temiera por su vida. O tal vez la naturaleza de los habitantes de la luna era la de ser conformista por razones que solo ellos podían entender. No obstante, no podía permitirse el lujo de otorgar credibilidad a estas opciones, de la misma manera que no lograba convencerse de que las máquinas mecánicas fueran inocuas para los intrusos.

Caminó y caminó y el hombre de la luna lo siguió tambaleándose, murmurando para sí de una manera tan constante que empezó a preguntarse si la criatura estaría siempre tan confusa o si quizá aquella situación había dañado su razón. Lo había encontrado sentado delante de un cuadrado de hierba, recogiendo tallos y hablando solo, mientras miraba una caja negra llena de botones que tal vez tuvieran sentido, pero cuya utilidad no podía ni imaginarse.

Puede que estuviera loco. Puede que lo estuvieran todos los habitantes de la luna; probablemente lo estuvieran esos perseguidores furiosos de antes que habían pretendido darles caza en un primer momento, pero que luego se habían dado por vencidos.

O quizá, después de todo, no fueran otra cosa que frágiles y pacíficos habitantes de la luna, incapaces de resistirse siquiera a la captura de uno de ellos.

¿Pero quiénes fueron entonces los que dejaron libres a las máquinas mecánicas para que destruyeran el valle?

El hombre de la luna se estaba quedando atrás, y cada vez le costaba más mantener el ritmo. Por fin se tambaleó y cayó de rodillas. Se agarró el costado con fuerza.

—¡Levántate! —le insistió Manadgi con severidad y agitó la mano.

El hombre de la luna se limpió la cara de sangre, porque aquello no era otra cosa que sangre, tan roja como la de cualquier otro, que le salía por la nariz; era como el río de la vida embravecido por la carrera y la escalada que lo había obligado a llevar a cabo.

Sintió pena por él; su intención no había sido nunca la de causarle daño y el pobre todavía procuraba hacer lo que se le decía, a pesar de la sangre que le resbalaba por el rostro.

Gesticuló hacia él y con un empujoncito en el brazo lo invitó a sentarse de nuevo y eso pareció alegrarlo y aliviarlo. El individuo se inclinó hacia delante y se taponó los agujeros de la nariz con los dedos, luego tosió, lo que, junto con la sangre, hizo temer a Manadgi que pudiera ahogarse.

Manadgi se metió las manos entre las rodillas y se agachó a la espera de que la criatura supiera lo que debía hacer. En aquel momento le parecía de todo menos amenazador, es más, parecía a punto de ahogarse, sometido a un peligro tan inminente que cogió su cantimplora y se la ofreció con la esperanza de que eso lo ayudara.

El hombre de la luna lo miró con ojos doloridos, le quitó el tapón y vertió un poco del líquido en su mano, posiblemente para asegurarse de que era agua antes de limpiarse el rostro con ella. Luego echó un poco más en su mano ensangrentada y bebió, lo que le calmó un poco la tos.

Y en el mismo instante en el que dejó de toser, el hombre de la luna volvió a murmurar. Pero qué extraña era esa criatura…

No se trataba de un ser feo o temible, decidió Manadgi, salvo por el detalle de la sangre que embadurnaba su nívea cara. Su rareza lo incomodaba, de manera que no se atrevía a tocarlo y probablemente nunca más volviera a utilizar esa cantimplora, pero la verdad es que lamentaba haberlo dañado y no saber lo delicado que podía llegar a ser.

Aun así, sospechaba que sus compañeros podrían haber ordenado a una de esas máquinas mecánicas que les siguiera el rastro.

—Levántate —le ordenó con las mismas palabras que había utilizado antes—. Levántate.

El hombre de la luna trató de hacer de inmediato lo que se le pedía. No realizó ningún otro ademán, de modo que supuso que la criatura había entendido una o dos palabras. Se puso en pie con la cantimplora debajo del brazo, como si tuviera la intención de guardársela y siguió hablando consigo mismo en un tono de voz bajo y vacilante que ahora carecía de expresividad.

Se encontraban más allá de la destrozada roca abuela. Dejaron atrás las huellas que parecían cicatrices enormes inflingidas en la tierra y se metieron entre la frondosa hierba que se enredaba en torno a sus pantalones y tobillos. Recordó que había un arroyo colina abajo, al otro lado de una empinada ribera plagada de helechos y detrás de unos bloques de piedra. Hasta ahí pretendía llegar; al frío y transparente arroyo para tomarse un momento de respiro en un lugar resguardado, de difícil acceso para las máquinas mecánicas.

—Ten cuidado —le advirtió a la criatura con un leve tirón de la manga azul. La criatura miró a su alrededor, con su rostro pálido y ensangrentado y una expresión de asombro.

El hombre de la luna se escurrió entonces, se alejó de él entre el traqueteo de las piedras sueltas y por último se estrelló contra los helechos.

Sin embargo la criatura no lloró. Aterrizó en el fondo, con la mitad de su cuerpo metido en el agua y la otra mitad reposando en la orilla. No se movió cuando Manadgi acudió al rescate, deslizándose también por la gravilla, y embargado de terror y preocupación.

Pensó que podía haberse roto algún hueso en esa caída, porque yacía inerte. Decidió que aquello era lo peor que podría haberle ocurrido, que con sus acciones se había condenado y también a los aiji. Le daba pavor tocarlo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Quién más podría ayudarlo?

De modo que tiró de su brazo y de su hombro para sacarlo del agua y vio en sus confusos y extraños ojos que su perplejidad era tan grande y que su comprensión del universo era tan desordenada como la suya propia.

Lo soltó y la criatura se agachó para limpiarse la cara y el cuello. El agua fluyó alejándose, perdiéndose en la corriente, como un augurio de las cosas que más detestaba.

Pero entonces se dio cuenta de que lo había forzado más allá de un límite coherente o razonable y de que estaba desesperado y agotado y aun así no protestaba.

En general parecía una criatura con mucho coraje, que nunca se violentaba y no pretendía hacer otra cosa que no fuera obedecer a todo lo que se le proponía. Se alegró al ver que recobraba el aliento y no parecía malherida a causa de la caída. La miró entonces como si creyera que seguirían adelante en aquella trayectoria impredecible y con la sola posibilidad de preguntarle a través de la mirada lo que pretendía, de quién se trataba y adónde se dirigían. Todo lo que a una criatura cuerda le gustaría saber, ¿o no? ¿O acaso no le preguntaría cualquier otro hombre lo que quería de él y por qué debía ir adonde se le pedía?

Y por qué ir, cuando podría haberse cobijado y defendido entre los extraños edificios y por qué se había quedado solo en la colina y por qué se había apartado de su propia gente ese extraño hombre de la luna al que había encontrado sentado y contando los tallos de hierba.

Quizá el destino lo quisiera así y el hombre de la luna, al percibirlo, hubiera decidido hacer caso de su intuición.

Y si era así, si realmente era así, ¿aprovecharía el favor de los auspicios o arriesgaría la seguridad de la criatura obligándola a esforzarse más allá de sus propios límites?

Le habló con tranquilidad e incluso se atrevió a tocarlo con suavidad en la rodilla tras arrodillarse junto a él en la orilla del arroyo. Se dirigió a él siempre con calma y en voz baja.

—Descansa, descansa aquí, coge aliento. Todo va bien. Bebe.

Supuso que bebería agua corriente y no alguna otra sustancia del éter. Formó un cuenco con sus manos y bebió un sorbo del agua del afluente.

—Bebe —volvió a decirle. Repitió la palabra para asegurarse de que el hombre de la luna entendía a qué se refería y este la pronunció con un hilo de voz, frágil y exhausto.

Creyó ver por un momento que el temor había desaparecido de su mirada, que en su lugar aparecía una claridad, si es que podía juzgar tales expresiones en una cara como aquella. Vio en sus ojos la elocuencia de la curiosidad e incluso la gratitud.

—Ian —dijo el hombre, señalándose a sí mismo. Lo pronunció una segunda vez, de modo que estaba bastante seguro de que ese era su nombre.

—Manadgi —se presentó de la misma manera.

—Ian —repitió el hombre y extendió la mano frente a sí, invitándolo a hacer lo mismo.

—Manadgi.

Extendió también la mano, temiendo parecer un idiota, pero la criatura lo agarró por ella y la sacudió con vigor.

—Ian, Manadgi —volvió a decir el hombre y pareció realmente encantado por el descubrimiento.

Se sentaron ahí, estrechándose las manos como un par de idiotas, ambos aterrados, ambos aliviados, ambos perplejos por sus mutuas diferencias.

No tenía ni idea de cuáles serían sus costumbres o expectativas. Ni siquiera podía imaginárselas. Pero aun así podían comportarse de manera civilizada y se dio cuenta además de que podía ser amable con esa criatura, a pesar de lo extraño de su naturaleza y de lo complicado que le parecía establecer vínculos con él. Supuso que entablar una relación con unos seres que eran tan hábiles como para crear tales máquinas podría tener importantes e impredecibles consecuencias.

—Caminaremos —dijo despacio, gesticulando con los dedos—. Caminaremos hasta el pueblo. Ian y Manadgi juntos.