El extranjero
Capítulo 8
—Una noche agitada —dijo Ilisidi mientras se servía un poco de té. El aroma se extendió sobre la mesa y las tripas de Bren se encogieron.
—Lo siento muchísimo —dijo— y estoy sumamente avergonzado, aiji-mai.
Ilisidi sonrió, sonrió de verdad, y se sirvió azúcar.
No había parado de lanzarle pequeños dardos durante el desayuno. Estaba de un humor excelente. Engulló cuatro pescados, un cuenco de cereales y dos pasteles de aceite dulce, mientras él se ceñía a los cereales y los rollitos y se decía que, considerando el dolor que le estaba provocando la dura silla de la terraza, casi prefería tomarse el té de Ilisidi a volver a montar en Nokhada.
Pero ya estaban en el piso de abajo. Ilisidi disfrutaba de la fuerte brisa que soplaba desde el lago, una brisa que tiraba de las faldas y se abría paso entre los suéteres cuando uno salía del patio abierto y entraba en el de los establos.
Al menos esta mañana Nokhada estaba dispuesta a inclinarse para él, y esta vez, al menos, él estaba preparado para el latigazo de su movimiento de ascenso antes de terminar de montar.
Dolía. Dios, cuánto dolía. No exactamente el tipo de dolor que un hombre podía admitir o del que podría apartarse. Solo pidió que la insensibilidad llegara pronto, mientras se decía que sus antepasados habían sido jinetes y algo de esto debía de seguir en los genes de la especie.
Puso brusco fin a los vagabundeos de Nokhada, decidido esta vez a tener el mando de sus movimientos… lo que duró hasta que Ilisidi espoleó a Babs y Nokhada apartó de un empujón al mecheita de Cenedi para situarse tras su cola en la repentina carrera.
Salieron. Ilisidi y Babs desaparecieron detrás del acantilado, una zancada o dos antes de que Nokhada terminara de adelantar a Cenedi y se lanzara tras ellos.
Por lo que, a Dios gracias, era una vereda y no un abismo.
Bren no gritó ni puso objeciones, aunque sus piernas sí que lo hicieron, y por un momento el dolor fue muy intenso, en medio de una docena de traqueteantes zancadas por el polvoriento simulacro de camino que empezaba en el mismo punto en que el día anterior Nokhada había parecido volverse loca.
Si hubieran caído por allí, no se habrían despeñado, maldita fuera la criatura. Habrían bajado una buena distancia hasta una segunda terraza sobre el lago, claro que sí, pero esa terraza hubiese estado allí el día anterior aunque él no hubiese tenido la capacidad de mantenerse a lomos de su montura.
Y lo que resultaba igualmente interesante era que, con aquel salto sobre el acantilado a su disposición para burlarse del estúpido novato, Ilisidi hubiese escogido el día antes el camino recto, que era mucho más accidentado. Una segunda ocasión perdida, pues. Puede que, al final, lo del té sí que hubiese sido un accidente.
Aunque también, habida cuenta de que el día anterior había un intruso en el recinto, era posible que colocarse lo antes posible detrás de la loma que los ocultaría de la fortaleza hubiese sido una prioridad.
Y no había que olvidar tampoco que Banichi le había dicho que había estado vigilándolo en todo momento.
—¿Por qué no me dijo ayer que existía la posibilidad de que hubiese alguien aquí fuera? —preguntó a Cenedi, que encabezaba al resto de la guardia de la Viuda—. Sabía que estábamos en peligro. Banichi le había informado.
—Los escoltas —dijo Cenedi— estaban alerta. Y Banichi no estuvo muy lejos en ningún momento.
—Nadi, la Viuda corrió peligro. Con todos mis respetos, ¿fue algo razonable?
—¿Con los hombres de Tabini? —La cara de Cenedi tenía algunas cosas en común con la de Banichi. Era igualmente expresiva—. No, no hubo peligro.
¿Que no lo hubo? Puede que fuese una alabanza hacia Banichi, pero claro que habían corrido peligro, bajo cualquier acepción humana de la palabra, a menos que, cosa que ya se le había pasado por la cabeza la noche pasada, hubiese más sistemas de seguridad de los que Cenedi o Banichi estuvieran dispuestos a admitir. Continuó cabalgando junto a Cenedi, sumido en un silencio pensativo, mientras las olas lamían las rocas a sus pies. El cielo estaba teñido de azul. Las aguas bailaban. Un dragonet pasó como una exhalación junto a la cabeza de Nokhada y le hizo dar un brinco junto al borde del acantilado, un único movimiento que le heló a Bren la sangre en las venas.
—¡Maldita sea! —exclamó, y Nokhada y él libraron una silenciosa guerra por un momento, mientras Cenedi se mantenía completamente inexpresivo y retenía perfectamente el control de su mecheita.
Ilisidi marchaba por delante, ajena, aparentemente, a todo aquello. Cuando Bren ladeaba la cabeza y levantaba la mirada, no podía ver los muros de la fortaleza, solo la cara inclinada de la roca y, tras ella, el borde del murete moderno que dividía el patio pavimentado de aquella senda. Por delante, el camino se internaba sinuosamente en las montañas, hasta llegar a un promontorio desde el que se disfrutaba de una vista fabulosa, donde Ilisidi se detuvo y dejó suelta a Babs y donde Bren, al llegar, hizo lo mismo con Nokhada, pensando que si Babs no se arrojaba por el acantilado, Nokhada tampoco lo haría, por lo que no tenía de qué preocuparse.
—Un día glorioso —dijo Ilisidi.
—Una vista inolvidable —repuso él, y pensó que, en efecto, nunca la olvidaría, la altura, la potencia de la criatura sobre la que montaba, el alucinante paisaje del lago, extendido a su alrededor hasta donde alcanzaba la vista. Cuando iba a esquiar con Toby había disfrutado de vistas parecidas, pero nunca preñadas de significación atevi, nunca extranjeras como aquella, rebosante ahora de nombres, de identidad e historia. El Bu-javid, con sus presiones, sus programas, sus muchedumbres de traficantes de favores, no tenía tales vistas, ni tan absolutos y fascinantes momentos como los que Malguri ofrecía… entre períodos, todo hay que decirlo, como el del día pasado, de agobiante y asfixiante silencio, de jaquecas por el aceite de las lámparas, de rincones fríos y oscuros en las esquinas de salas cavernosas, y de rodillas cubiertas de ampollas por la proximidad a las chimeneas.
Por no hablar de las cañerías.
Pero tenía su encanto. Tenía sus momentos, tenía la increíble textura de la vida que no se medía con líneas rectas y medidas estándar, que no discurría por calles y límites, con gente que vivía apelotonada una encima de otra y luces que borraban las estrellas de noche. En aquel lugar uno podía oír el viento y las olas, podía encontrar una interminable variedad en las piedras y guijarros desgastados, y no había más agenda que el hecho inevitable de que el camino de ida y el de vuelta tenían la misma longitud.
Ilisidi hablaba sobre las naves mercantes y los pescadores mientras el fino rastro de un reactor pasaba sobre Malguri de camino al este, sobre la cesura continental, sobre la barrera que había impedido que dos civilizaciones de atevi se encontraran durante miles de años. Ahora era una cuestión de cuatro, cinco horas, así de fácil. Pero Ilisidi hablaba sobre recorridos a través de Maidingi que duraban días e implicaban territorios de diferentes aijiin.
—En aquellos tiempos —dijo— había que proceder con mucha cautela al entrar en las tierras de otros aijiin.
Sus palabras no carecían de propósito. Una vez más.
—Pero hemos aprendido mucho, nand’Viuda.
—¿Como qué?
—Que encerrar a los demás con murallas es como encerrarnos nosotros, nand’Viuda.
—Ah —declaró Ilisidi y, con un movimiento que él no había visto hasta entonces, hizo girar a Babs y salió al galope por la colina arrojando piedras en todas direcciones.
Nokhada fue tras él. Todos tuvieron que hacerlo. Y fue doloroso. Dios, fue muy doloroso cuando se lanzaron por la ladera en dirección al lago. Por delante de ellos, Ilisidi, con su coleta blanca al viento, sin cordón que indicara su rango, sin ornamento alguno, solo una casaca roja y blanca, y la esbelta y negra grupa de Babsidi, cuya cola se meneaba sin más propósito que quemar el exceso de energía mientras en la mente de Ilisidi, quizá, no había otra cosa que los espacios abiertos que tenía delante.
Ir tas ellos era la idea de Nokhada; pero con el resto de la guarda detrás y Cenedi a su lado, no podían hacer nada más.
Y entonces se detuvieron, en la estrecha media luna de una playa arenosa, donde el lago se curvaba, y un hombre que estuviera pensando en asesinos no podría evitar pensar que había lugares en aquella orilla donde un bote podía tocar tierra y llegar a Malguri.
Pero allí parados, mientras los mecheiti recobraban el aliento, Ilisidi habló del lago, de su profundidad, de sus moradores… de sus fantasmas.
—Cuando yo era niña —dijo—, un pecio emergió en la orilla sur. Era solo la proa, pero todos pensaron que podía ser la de un barco con un tesoro que se había hundido cuatrocientos años antes. Los buceadores se sumergieron por toda la costa. Dicen que nunca lo encontraron. Pero aparecieron algunas antigüedades en Malguri, que los criados limpiaron en barriles en el patio de los establos. Mi padre envió las mejores piezas al museo de Shejidan. Y debió de salirle muy caro. Pero la mayoría de la gente de la provincia de Maidingi las habría fundido para quedarse con el oro.
—Hizo bien en salvarlas.
—¿Por qué?
—Por el pasado —dijo Bren, mientras se preguntaba si habría interpretado bien el pensamiento de Ilisidi.
—¿De veras? —Ilisidi le respondió con una pregunta, que lo dejó tan confuso como antes. Entonces ella volvió a ascender por la ladera y él se olvidó de toda la filosofía para dedicarse a proteger lo que temía que hubiese progresado hasta el estado de ampollas. Maldita mujer, pensó, y se dijo que si tiraba de las riendas y lograba controlar los instintos de Nokhada el tiempo suficiente para demorarse mucho, puede que la Viuda se lo tomara como una rendición, pero maldito si estaba dispuesto a rendirse, maldito si iba a pedir ayuda o descanso. Ilisidi lo expulsaría entonces de su compañía. Probablemente perdería todo interés por él y podría meterse en un baño caliente y leer cuentos de fantasmas hasta que los asesinos que lo buscaban se arrojaran contra las barreras que sin duda Banichi había levantado y se mataran, y entonces podría regresar a casa, con su aire acondicionado, las noticias matutinas y un té en el que se podía confiar. Cada vez más, le parecía la única salida.
Pero siguió el ritmo de Ilisidi. Los atevi lo llamaban na’itada. Barb lo llamaba ser un idiota. Nunca había pasado una hora tan larga como la que tardaron en llegar a casa, una hora en la que se dijo repetidamente que habría sido mejor caerse por la montaña y acabar con todo.
Finalmente las puertas del patio del establo aparecieron ante ellos, y luego quedaron detrás, junto con los mecheiti, ávidos de establos y comida. Consiguió que Nokhada inclinara un hombro y bajó desde las alturas apoyándose en unas piernas que no estaba seguro de que aguantaran su peso en el suelo.
—Un baño caliente —le dijo Ilisidi—. Te enviaré unas hierbas, nand’paidhi. ¡Nos veremos por la mañana!
Consiguió hacer una reverencia y, junto con el personal de Ilisidi, subir las escaleras sin cojear de forma demasiado ostentosa.
—El dolor desaparece —le dijo Cenedi en voz baja— en cuatro o cinco días.
Un baño caliente era lo único en lo que podía pensar en su largo camino hasta el vestíbulo delantero. Un baño caliente de una hora, más o menos. Una silla blanca que no se moviera. Leer después del baño se le antojaba un modo excelente de pasar el resto del día, sentado al sol, pensando en sus cosas, sin pensar en los aijiin y sus atléticos entretenimientos. Recorrió cojeando el largo pasillo y subió las escaleras hasta su piso a su propia velocidad.
Unos pasos rápidos cruzaron el suelo de piedra bajo las escaleras. Miró hacia atrás, un poco preocupado por su seguridad y vio que Jago se acercaba hacia las escaleras, toda energía y preocupación.
—Bren-ji —lo llamó—. ¿Te encuentras bien?
Su cojera era evidente. El cabello se había escapado de la coleta y tenía polvo, pelo de animal y saliva en la chaqueta.
—Muy bien, nadi-ji. ¿Ha sido un buen vuelo?
—Muy largo —dijo ella mientras se apresuraba a llegar a su lado subiendo los escalones de dos en dos—. ¿Se ha caído, Bren-ji? No se habrá caído…
—No, solo estoy dolorido. Es perfectamente normal. —Hizo un esfuerzo decidido por no cojear el resto de los escalones y la acompañó por el pasillo. Estaba seguro de que lo que más le apetecía a Jago en aquel momento no era disfrutar de la compañía de un humano que apestaba a sudor y pelo de mecheita. Ella despedía un agradable olor a flores. No se había dado cuenta hasta ahora. Se sintió ligeramente abochornado. Sudar era una falta de educación. Este era un secreto que se había transmitido discretamente de paidhi a paidhi. Los humanos acalorados olían de manera diferente, y entre los atevi, en cuestiones de higiene personal, diferente no quería decir bien. La administración se había encargado de meterles a martillazos esta idea a los jóvenes funcionarios en la cabeza. Así que trató, lo más discretamente posible, de mantenerse apartado de Jago, a pesar de lo mucho que se alegraba de que estuviera de regreso. Esperaba tener la ocasión de darse un baño antes de recibir sus informes, pero por encima de todo, lamentaba que no hubiese estado allí la pasada noche.
—¿Dónde está Banichi? ¿Lo sabes? No lo he visto desde ayer.
—Estaba en el aeropuerto hace media hora —respondió ella—. Hablando con un equipo de televisión. Creo que van a subir aquí.
—¿Para qué?
—No lo sé, nadi. Venían en el vuelo. Podría estar relacionado con el intento de asesinato. No me lo dijeron.
No era asunto suyo, concluyó. Banichi se encargaría de ello con su discreción habitual y probablemente el equipo acabara en el próximo vuelo.
—¿Ha habido más problemas por aquí?
—Solo con Banichi.
—¿Cómo?
—No está muy contento conmigo. Parece ser que he hecho o dicho algo, nadi-ji… ni siquiera estoy muy seguro.
—No es un asunto agradable —dijo Jago— denunciar el oprobio de un camarada. Dele tiempo, nand’paidhi. Algunas cosas no dependen de usted.
—Eso puedo entenderlo —dijo él mientras, en su fuero interno, pensaba que no había entendido. La noche pasada había estado concentrado en su propia desgracia de una manera totalmente irracional, y había excluido de sus pensamientos la propia inquietud de Banichi, que en cambio era muy razonable. Empezaba a darse cuenta de que era posible que el atevi hubiera necesitado de él algo que él no le había dado, antes de que se separaran, enfadados—. Creo que anoche me porté como un grosero, nadi. No tendría que haberlo hecho. Fue un desliz imperdonable en mi trabajo. Creo que tiene razones para estar enfadado conmigo. Espero que puedas explicárselo.
—No tiene usted un «trabajo» con él. Nosotros lo tenemos con usted. Y dudo mucho que se haya ofendido. Si le permitió ver su inquietud, debería tomárselo como un elogio.
Una idea poco habitual. Una parte de su cerebro empezó a registrar la memoria en busca de referencias. Otra se fue de vacaciones, es decir, se preguntó si eso significaba que, al final, le caía bien a Banichi.
Y la parte sensata y cotidiana les dijo a las otras dos que prestaran atención a lo que estaban haciendo y dejaran de esperar reacciones humanas de las mentes de los atevi. Jago quería decir lo que había dicho, punto final. Banichi bajaba la guardia con él, Banichi estaba molesto por un asunto sucio del que había tenido que ocuparse y ni él ni Jago estaban de repente, por el mero hecho de verse encerrados con un aburrido humano, a punto de demostrar sentimientos humanos. Los sentimientos no eran contagiosos, no eran transferibles, y probablemente Banichi estuviera tan frustrado como él, ya que no había hecho otra cosa que mandarle indirectas que él se había dedicado a ignorar. Como pareja para la velada, había sido un pésimo sustituto de Jago, que había tenido que marcharse para explicarle al Gremio por qué alguien quería matar al paidhi. Y probablemente, al final de la velada, Banichi tuviera sus propias ideas sobre las razones que podían llevar a alguien a pretender tal cosa.
Llegaron a la puerta. Sacó la llave del bolsillo, pero Jago se le adelantó con la suya y pasó al recibidor.
—Qué callado está —dijo mirándolo—. ¿Por qué, nand’paidhi?
—Anoche. Dijimos cosas… que lamento. Ojalá le hubiese dicho que lo sentía. Si pudieras hacerle entender que…
—Dicho y hecho no son ni hermanos —dijo Jago. Cerró la puerta, se guardó la llave y sacó el portafolio que llevaba debajo del brazo—. Espero que esto le alegre. Le he traído el correo.
Bren ya había desesperado. Había aceptado que no iba a superar los controles de seguridad; y ahora Jago echaba por tierra todas sus suposiciones sobre su situación en Malguri.
Cogió el fardo que ella le ofrecía y lo hojeó en busca de su correo personal sin esperar siquiera a sentarse.
Eran sobre todo catálogos, no tantos como de costumbre; importantes, pero ninguno de Mosfeira. Dos cartas de los jefes de los departamentos de Agricultura y Finanzas y una con el sello oficial de Tabini.
No era todo su correo. Ni siquiera el correo ordinario: no había nada de Barb ni de su madre. Ni comunicaciones de su oficina ni mensajes como: «¿dónde estás?», o «¿sigues vivo?».
Seguro que Jago sabía lo que faltaba. Tenía que saberlo. No era tan torpe. ¿Qué podía decirle? Ella estaba allí, esperando, posiblemente llena de curiosidad por la carta de Tabini.
O quizá muy consciente de lo que estaba pasando.
Empezó a sentir miedo por las respuestas, miedo por su propia ignorancia y su propio fracaso al interpretar lo que significan el silencio que lo rodeaba o las señales de Tabini, que tendría que haber captado.
Pasó el pulgar bajo el sello de la carta de Tabini, esperando rescate, esperando alguna explicación que no empeorara el desastre.
La letra de Tabini no era la más clara que había visto. La habitual enumeración de títulos. «Espero que te encuentres bien de salud», empezaba con la ampulosidad caligráfica característica de Tabini. «Espero que estés disfrutando de los recursos de sol y agua de Malguri».
Gracias, Tabini, pensó amargamente. Muchas gracias. La estación lluviosa, nada menos. Apoyó su dolorido costado en la mesa para leerla mientras Jago esperaba.
Algo sobre televisión. Televisión, por el amor de Dios.
«… mi propósito con esta entrevista es ofrecer a la gente de todo el mundo una visión de la mente y la apariencia humanas diferente a la que han conocido hasta ahora por los machimi. Tengo la sensación de que esta es una gran oportunidad que no habría que desperdiciar, y tengo gran confianza en tu capacidad diplomática, Bren. Te ruego que seas tan franco con estos profesionales como lo eres conmigo en privado».
—Nadi Jago. ¿Tú sabes lo que dice aquí?
—No, Bren-ji. ¿Hay algún problema?
—¡Tabini ha enviado un equipo de televisión!
—Eso explicaría la presencia de esa gente en el vuelo. Me sorprende que no nos avisaran. Aunque seguro que tienen credenciales.
«En las circunstancias que han hecho aconsejable tu aislamiento de la ciudad y sus contactos, no se me ocurre una estrategia que contrarreste mejor los planes de nuestros enemigos que cultivar el favor del público. He hablado personalmente con el jefe de la sección de noticias y opinión pública de la cadena y he autorizado que un prestigioso equipo de periodistas se reúna contigo en Malguri para llevar a cabo una entrevista que podría convertirse, o al menos así lo deseamos el estimado ministro de Educación y yo mismo, en la semilla de una serie de conferencias de prensa mensuales».
—¡Quiere que haga un programa mensual en la televisión! ¿Tú sabías algo de esto?
—Le aseguro que no, nadi-ji. Sin embargo, estoy segura de que, si Tabini-aiji ha concedido permiso a esos individuos para hablar con usted, es porque son gente muy respetable.
—Gente respetable. —Registró la carta en busca de más noticias devastadoras y solo encontró un «sé que el tiempo en esta época del año no es el mejor, pero espero que hayas encontrado solaz en la biblioteca y en compañía de la estimada aiji-Viuda, a quien confío en que tengas la ocasión de transmitir también mis mejores deseos».
—Esto es imposible. Tengo que hablar con Tabini. Jago, necesito un teléfono. Ya.
—No tengo autorización, Bren-ji. No hay teléfono aquí y no tengo autorización para sacarlo de…
—¡Al demonio, Jago!
—No tengo autorización, Bren-ji.
—¿Y Banichi?
—Lo dudo, nadi-ji.
—Vaya, como yo. No puedo hablar con esa gente.
Jago frunció el ceño y puso cara de ansiedad.
—El paidhi dice que Tabini-aiji ha dado su permiso a esa gente. Si Tabini-aiji ha autorizado la entrevista, supongo que el paidhi es consciente de que negarse sería motivo de gran vergüenza para ellos y su superior, vergüenza que se extendería a la corte del aiji. Si la carta del paidhi contiene permiso para negarse, debo pedirle que me deje ver esa carta.
—No es por Tabini. No tengo autorización de Mosfeira para hacer una entrevista. De ningún modo puedo hacerla sin contactar antes con mi oficina. Y desde luego no puedo hacerla avisándome con solo media hora de antelación. Tengo que contactar con mi oficina inmediatamente.
—¿No es su man’chi para con Tabini? ¿No es eso lo que dijo usted?
Dios, justo la respuesta previsible e imposible de responder que esperaba.
—Mi man’chi para con Tabini no me impide estar en desacuerdo con él o proteger mi posición de autoridad entre los míos. Es mi obligación, nadi-ji. Carezco de fuerza en esto. Está toda en vuestro lado. Pero mi man’chi me otorga la autoridad moral necesaria para pediros que me dejéis hacer mi trabajo.
Usar argumentos propios de un abogado formaba parte del trabajo del paidhi. Pero conseguir que Jago reinterpretara el man’chi era como solicitar una dispensa contra la gravedad.
—Banichi tendría que autorizarlo —dijo Jago con perfecta compostura—. Si tiene la autoridad, cosa que dudo. Si quiere que vaya al aeropuerto, le transmitiré sus objeciones, aunque me temo que el equipo de prensa llegará cuando lo diga su horario programado, lo que será antes de cualquier otra cosa y no sé cómo podría Tabini retirar un permiso que parece haber concedido sin…
—Me siento mal. Debe de ser el té.
—Por favor, nadi, no bromee.
—¡No puedo recibirlos!
—Eso le sentaría muy mal a mucha gente, Nadi. Estoy segura de que entiende…
—¡No puedo tomar esa decisión solo, Jago! No está dentro de los límites de mi autoridad…
—Si se niega a ver a esa gente, las consecuencias serán de gran alcance. No puedo predecir lo que pasará, Bren-ji, pero ¿no puede acceder, aunque sea formalmente? La entrevista no se emitirá de inmediato, y si hay consideraciones políticas, seguramente puedan hacerse cambios. Tabini los ha recomendado. Su reputación está en juego.
Jago no era mala abogada. Al menos estaba versada en el man’chi y sus obligaciones, y en las sutilezas por las que su gremio aceptaba o no los encargos: la vida y la muerte. Justificadas o no. Y no le faltaba parte de razón. La verdad es que no.
—¿Puedo ver la carta, Bren-ji? Por supuesto, no insistiré si no me lo permite, pero eso aclararía bastante las cosas.
Se la entregó. Jago se acercó a la ventana para leerla. Y no precisamente, pensó él, porque necesitase luz.
—Creo —dijo— que se le pide que sea muy franco con esta gente, nadi. Creo que entiendo la idea de Tabini-aiji, si me permite hablar con franqueza. Si ocurre algo, le será muy útil contar con las simpatías del pueblo.
—Si me ocurre algo.
—No hablo de nada fatal. Pero ya ha muerto un atevi.
Bren permaneció totalmente inmóvil, sin saber si estaba oyendo lo que creía que oía. Era la impecable honestidad de Jago. Ella misma no percibía que había prejuicios en sus palabras. Estaba pensando desde el punto de vista político de los atevi. Era su trabajo, con Tabini y con él.
—Un atevi.
—Tuvimos que hacerlo para salvarlo, nand’paidhi. Era nuestro man’chi. Pero no todo el mundo estaría de acuerdo.
Tuvo que preguntarlo:
—¿Y tú lo estás, nadi?
Jago retrasó un momento su respuesta. Dobló la carta.
—Por Tabini, desde luego. ¿Puedo guardarme esta carta, nadi?
—Sí —dijo Bren, y apartó la afrenta de sus pensamientos. ¿Qué esperabas?, se dijo, antes de empezar a preguntarse qué podía hacer sin haber consultado con su oficina, qué podían preguntarle y qué se atrevería él a responder.
Jago se llevó la carta a su habitación atravesando la sala, sin responder a su pregunta.
Una mujer honesta, que no le había dado razones para cuestionar el trabajo que estaba haciendo. No era eso lo que él había cuestionado, pero seguro que ella no lo veía igual.
Había ofendido a Banichi y ahora volvía a hacerlo con Jago. No estaba siendo un gran día.
—Jago —le preguntó alzando la voz—. ¿Vas a ir al aeropuerto?
La educación atevi tampoco aprobaba los gritos. Jago volvió a su lado antes de contestar.
—Si usted quiere, sí. Pero lo que he leído en la carta no me proporciona argumentos para desairar a esa gente, nand’paidhi. Lo máximo que puedo hacer es transmitirle a Banichi sus sentimientos. No veo qué otra cosa puedo hacer.
Bren se había quedado sin recursos. Hizo una pequeña y fatigada reverencia.
—Sobre lo que he dicho antes… Estoy cansado, nadi, y no me expreso bien.
—No me ha ofendido, Bren-ji. La gente que opina así no está informada. ¿Quiere que intente hablar con Banichi?
—No —respondió él, desesperado—. No, yo me encargaré de ellos. Pero, eso sí, haz saber a Tabini que me ha colocado en una posición que podría costarme el puesto.
—Le transmitiré esa idea, no se preocupe —dijo Jago. Y si Jago lo decía de aquella manera, él la creía.
—Gracias, nadi —dijo, y la otra se inclinó y atravesó el dormitorio.
La siguió, con un catálogo de embarcaciones y otro de ofertas vacacionales, que pensaba reservar para leer durante el baño.
Adiós a su baño de una hora de duración. Tiró de la campanilla para llamar a Djinana y avisarle del cambio de planes, se puso el abrigo en el dormitorio, se dirigió cojeando al baño y se quitó la ropa manchada de polvo y saliva antes de entrar a la bañera que lo esperaba.
El baño estaba caliente y cubierto de espuma de hierbas. Si Djinana hubiese podido echar más agua caliente, de buen grado se habría pasado en él la mitad del día. El catálogo de embarcaciones acabó metido en el agua. Se había quedado dormido en mitad de la lectura y resbaló entre sus dedos: tan cansado y tan poco dueño de sus facultades era.
Pero entonces llegó Tano diciendo que había una furgoneta aparcada en el pórtico, y era la gente de la televisión, con Banichi, e iban a subir todos. ¿El paidhi tendría la amabilidad de vestirse?
El paidhi lo que tenía era ganas de ahogarse, más que sumergirse en las formalidades de la corte con aquel condenado abrigo hecho a medida, pero Tabini tenía otros planes.
No había traído sus notas sobre los problemas del transporte. Ahora lo lamentaba. Las preguntas se habían sucedido una tras otra hasta que, al menos la zona que estaba en contacto con la silla y el estómago que no dejaba de protestar por la falta de comida se habían vuelto insensibles.
—¿Qué —preguntó entonces el entrevistador— determina la tasa de transmisión de información? ¿No es cierto que todos esos sistemas existen ya en Mosfeira?
—Muchos de ellos sí.
—¿Y por qué no todos?
—No usamos el ferrocarril. El transporte aéreo resulta más práctico en nuestro caso. Por la altitud media.
—¿Y por qué no se lo ofrecieron al aiji hace doscientos años?
—Francamente, nos preocupaba que nos atacaran.
—Así que hay otras consideraciones aparte de las meramente ambientales.
El entrevistador era astuto. Y además había recibido instrucciones para hacer preguntas que tal vez no pudieran acabar en la versión final de la entrevista, pero tal vez sí. Tabini tenía confianza en aquel hombre y lo había enviado.
—También existe el peligro —dijo— de crear problemas entre los atevi. Tenían ustedes el ferrocarril, o casi, en el momento de nuestra llegada. Si les hubiésemos entregado inmediatamente el vuelo en Shejidan, podría haber causado perturbaciones entre las asociaciones más lejanas. No todos creían que Barjida-aiji estuviera dispuesto a compartir la tecnología. Mientras que unos trenes a vapor de mayor calidad eran una amenaza mucho menor. Podríamos haberles entregado los cohetes. Podríamos haber dicho, en las primeras negociaciones, aquí está la fórmula de la dinamita. Y gente irresponsable podría haberla usado para bombardear las ciudades de otros. Acabábamos de sufrir una guerra. Y había costado mucho detenerla. No queríamos darles armas para empezar otra. También nosotros podríamos haberles bombardeado una vez que construimos nuestros aviones, pero no quisimos.
—Buen argumento —dijo el entrevistador.
Eso esperaba. Esperaba que la gente lo creyera así.
—Nunca hemos querido una guerra —dijo—. Llegamos a este planeta sin pretenderlo. Causamos un daño que no queríamos causar. Parece justo ofrecer una compensación, que es lo que dice el tratado.
—¿Hay un límite en lo que nos entregarán?
Bren sacudió la cabeza.
—No.
—¿Y qué me dice de las autopistas?
Maldita sea, otra vez esa pregunta. Aspiró hondo mientras lo pensaba un momento.
—Desde luego, estoy al corriente de la realidad del transporte en las montañas. Tengo la intención de llevar mis observaciones a nuestro consejo. Y estoy seguro de que el nai-aijiin también tendrá recomendaciones que hacerme sobre ese punto.
Esta respuesta provocó algunas carcajadas. Y una pregunta muy sobria:
—Sin embargo es usted solo, y no el cuerpo legislativo, el que determina si una ciudad recibe los sistemas de transporte que necesita.
—No, yo solo no. En colaboración con el aiji, con los consejos y con el cuerpo legislativo.
—¿Y qué pasa con las carreteras?
—Que…
Que los mecheiti seguían a su líder. Que Babs era el líder y Nokhada no tenía alternativa, sin ir en contra de sí misma, que seguirla, maldita idea estúpida, y tenía que responder algo a esa pregunta, algo que no fuera un insulto para los atevi.
—Que —dijo, atrapado— no sabemos lo que podría ocurrir. Por las dificultades de la regulación. —Le entró el pánico. Estaba perdiendo el hilo. Estaba hablando sin sentido, y las palabras sin sentido sonaban a mentiras—. Teníamos miedo de que la asignación de recursos para la construcción de carreteras provocara disensiones en el seno de las asociaciones. La quiebra de un sistema de autoridad que no entendíamos.
El entrevistador, educadamente impasible, vaciló.
—¿Está usted diciendo, nand’paidhi, que su política se basa en la falta de entendimiento?
Oh, Dios.
—Inicialmente, puede. —Su mente volvió a enfocar repentinamente. El problema de los pueblos era el principal—. Pero no creemos que hubiese resuelto el problema de los pueblos. Si hubiese aparecido una autopista hace cien o doscientos años, se habría producido un crecimiento del comercio no regulado. De haber ocurrido eso, los intereses comerciales se habrían congregado alrededor de las autopistas y cuanto más rectas fuesen estas, cuantos más centros poblacionales conectasen, mayor sería su capacidad de atracción, mientras que nadie, salvo el aiji, habría defendido a los pueblos más apartados, que seguirían teniendo problemas de transporte, muchos más que ahora, solo que agravados por la polución de los motores y la concentración de mayor poder político en las vías principales de comunicación representados por esas carreteras. Desde mi punto de vista, hay lugar para un sistema de carreteras, pero en los pueblos, no en los grandes centros poblacionales, como vías secundarias de un sistema de transporte centralizado.
No había logrado captar el interés del entrevistador. Había descendido demasiado al detalle, al pormenor técnico, o al menos su análisis prometía sumergirse en cuestiones técnicas que al entrevistador no le interesaban o que, en su opinión, no interesaban al público. Lo percibió al ver cómo se removía en su asiento y fruncía el ceño. Se alegró de ello. Siguieron algunas preguntas más, sobre su hogar, sobre sus asociaciones familiares, sobre lo que hacía durante las vacaciones, gracias a Dios nada crítico. Estaba sudando bajo los focos cuando el entrevistador dio paso a las cortesías finales.
—Gracias, nand’paidhi —dijo, y Bren contuvo un suspiro de alivio al ver que se apagaban las luces.
—Lo siento —dijo al instante—. No estoy acostumbrado a las cámaras. Me temo que no he estado muy coherente.
—Habla usted muy bien, nand’paidhi, mucho mejor que algunos de nuestros funcionarios, se lo aseguro. Le agradecemos mucho que haya encontrado tiempo para nosotros. —El entrevistador se levantó, él hizo lo propio y Banichi también desde el apartado rincón donde las sombras habían ocultado su presencia. Todos se inclinaron. El entrevistador le ofreció la mano. Alguien debía de haberle aleccionado.
—Le han informado de nuestras costumbres —se aventuró a decir, y el entrevistador, complacido, se inclinó y le estrechó la mano con fuerza aplastante.
El vuelo comercial regresaba al anochecer. El equipo de televisión tenía que cubrir también el apagón de Maidingi. Gracias a Dios. Estaban guardando los focos y desconectando los cables, que discurrían sobre las antiguas alfombras desde pasillos lejanos como una infección de enredaderas rojas y negras. Maigi fue a desconectarlas en algún lugar cercano a las cocinas, donde, Bren estaba seguro, el personal no recibía a los desconocidos con los brazos abiertos. Todo se guardó en sus cajas. Los animales miraban con sus ojos de vidrio desde las paredes, tan asombrados y aturdidos como el paidhi.
¿Qué he hecho?, se dijo, y luego se preguntó si podría justificar todo lo que había dicho cuando escribiera su informe a Mosfeira. Pero al menos habían dejado de lado las cuestiones más delicadas. Había conseguido hacerlo, al margen de su lapsus con el asunto de las autopistas.
—Nos gustaría hacer más entrevistas como esta —dijo el hombre. Bren no recordaba cómo se llamaba: Daigani o algo por el estilo—. De hecho, nand’paidhi, sería un placer grabar una en Mosfeira. Quizá podríamos llegar a un acuerdo con su televisión para tener un equipo allí: entrevistas en la calle, a la gente normal, ese tipo de cosas.
—Es una propuesta muy interesante, que habrá que valorar —respondió. Era la respuesta apropiada a una petición como aquella. No podía dejar que en Mosfeira pensaran que había accedido a algo semejante—. Podría contactar con la gente apropiada… —Era un desafío deliberado, como decir «denme un teléfono», para Banichi, Jago y Tabini. Una docena de pensamientos incómodos se deslizaron por la parte trasera de su mente. Los periodistas tenían que saber que alguien había tratado de asesinarlo, pero ni siquiera lo habían mencionado. Ni una sola vez. La actitud conspirativa de Bu-javid en materia de seguridad se transmitía a la sangre de quienes vivían allí: uno no hablaba con la prensa sin autorización, ni propagaba rumores. Estas cosas se dejaban en manos de los departamentos con la autoridad para expresar la postura oficial.
Pero ¿no podía decirle a la prensa que un hombre había muerto allí el día antes? ¿O ya lo sabían y no querían preguntar sobre ello?
No sabía lo que había salido en las noticias la pasada semana. No sabía lo que la gente sabía y lo que no, y la política de su cargo era guardar silencio cuando uno no estaba seguro.
Así que puso cara de educado interés, hizo una reverencia y, a pesar del descenso en la temperatura del aire, siguió sudando. Estaba acercándose un frente. Los periodistas esperaban que su vuelo no topara con él. Por la mañana habían tenido que atravesarlo, en vuelo lleno de contratiempos que Jago había definido como «largo» y ellos mismos como «incómodo».
Pero las puertas principales ya estaban abiertas, y el viento entraba por ellas, así como la luz, más intensa que la de las bombillas de aquel pasillo, tenue y dorada. Se llevaron los focos mientras el entrevistador se demoraba para charlar un poco, y Tano y Algini, junto a la puerta, esperaban a que terminaran de sacar las cosas. Algini había venido con ellos. Lo mismo que Banichi. Jago estaba… en alguna parte, probablemente descansando, y mientras tanto, los pensamientos de Bren sobre lo que había dicho y había pensado seguían danzando en la parte trasera de su mente, pidiendo a gritos mayor atención y un análisis más profundo.
Entonces, Banichi, sin más ceremonias, se llevó al entrevistador a la puerta, donde se realizaría la última y obligatoria ronda de reverencias.
Bren cumplió con las exigencias de la cortesía y, una vez que el último de los periodistas se hubo marchado, apoyó los hombres en la parte interior de la puerta y suspiró de alivio.
—Tano y Algini los acompañarán al aeropuerto —dijo Banichi mientras se volvía como una sombra bajo el sol—. Puede que coman allí. Hemos encontrado un buen restaurante.
—Bien —respondió Bren, y no preguntó «¿por qué no vamos todos?» porque a la mayoría de los restauradores no les gustaban los asesinatos con las ensaladas. Entonces se dio cuenta de que había estado como un manojo de nervios durante la entrevista, no solo por las preguntas que pudieran formularle, sino porque no confiaba en el equipo de televisión, con todos aquellos trastos, y no los conocía.
Se había convertido, decidió, en un completo paranoico. Tenía miedo. Y la verdad es que no creía que un equipo de la televisión nacional fuera a sacar unos explosivos.
Qué estupidez.
—Lo ha hecho muy bien, nand’paidhi.
—No tenía las ideas claras. Podría haberlo hecho mejor.
—Tabini piensa que debería haber más entrevistas de estas —dijo Banichi —. Cree que ha llegado la hora de que el paidhi se convierta en un personaje público. Más en contacto con la gente.
—¿Eso va a detener a la gente que no me quiere con vida? —No pretendía ser negativo. Sin duda, la idea era buena. Sin duda, así lo creía Tabini. Pero su inquietud continuaba.
—¿Por qué no sube, nadi, y se quita el abrigo? Ya puede relajarse.
No sabía si lograría relajarse durante el resto del día, pero el cuello del abrigo le molestaba y se le había agarrotado el cuerpo de estar sentado sin moverse. Era lo único que le dejarían hacer o decidir durante todo el día. Su única y gran decisión.
Hasta el día siguiente.
Dijo, porque era el momento apropiado para hacerlo y porque antes había sentido el impuso y se había prometido que no dejaría pasar la ocasión:
—Anoche me porté como un maleducado, Banichi, perdóname.
—No me di cuenta —dijo Banichi. Su atención estaba prendida de la furgoneta, cuyas puertas estaban cerrándose en aquel momento.
—Siento lo de tu asociado. Y lo de tus instructores.
—No fue culpa suya. Ni mía. Solo lamento que mi compañero no fuera más inteligente… Aunque no que no fuera más hábil. —Le puso una mano en el hombro, lo que no consiguió animarlo—. Suba, nadi.
Vete, no me molestes, tradujo el paidhi. Los pensamientos de Banichi estaban en otra parte, así que decidió que tras el calor de los focos, iría a terminar el baño que le habían interrumpido antes. La gente no lo molestaba cuando estaba en el baño. No tenía que hablar de filosofía. Y además aliviaba unos dolores de los que no deseaba hablar con los criados.
Volvieron a encender la caldera y a calentar el agua. Bren aprovechó el tiempo para tomar un pequeño refrigerio y leer las cartas del primer comité, y entonces pensó —qué rápido cae la mente en las rutinas familiares— que debía tomar unas notas con su ordenador.
Pero no le dejarían tender un cable hasta las cocinas. No, eso solo se lo permitían a los cámaras de las noticias. Y nadie mencionó la posibilidad de regresar a Shejidan.
Así que se metió en el baño y apoyó la espalda en el borde de la bañera mientras el vapor subía a su alrededor. Tenía una copa con el licor que los humanos podían ingerir sin peligro, y un puñado de catálogos, el de las vacaciones entre ellos, además de uno de equipamiento deportivo. Y no es que fuera a servirle de nada un segundo par de esquís, u otro traje para la nieve, pero cuando consultaba aquellos catálogos, casi siempre lo hacía para dejar volar la imaginación.
Un trueno resonó en las paredes. Ociosamente, se preguntó si el vuelo habría salido a su hora. Así lo esperaba. Quería que se marcharan lo antes posible. También se preguntó si Algini y Tano estarían disfrutando de los rústicos placeres de la ciudad de Maidingi. Puede que estuvieran visitando la orilla del lago. Esperaba que no los sorprendiera un chaparrón.
Tomó un sorbito de su vaso. ¿Hielo en un buen licor, le había preguntado Tabini con incredulidad al poco de conocerse?
Al encontrarse con aquella petición, Djinana, mucho más diplomático, se había limitado a enarcar las cejas y parpadear. Ahora que había vuelto la luz y las cosas funcionaban, había hielo en la cocina.
Pasó la página, estudió las botas de esquí, y leyó el inserto de arte y cultura, cortesía de la compañía, en el que se describía la recuperación de antiguas obras de arte de los bancos de datos. Leyó un artículo sobre el complejo vacacional del monte Allan Thomas, el primer establecimiento de lujo de Mosfeira, donde una selecta minoría había resucitado la práctica del esquí.
Últimamente, los atevi estaban demostrando cierto interés sobre este deporte en sus propias montañas. Tabini lo había descrito como un suicidio… antes de empezar a mostrar a su vez un atisbo de interés al ver las cintas caseras que el paidhi le había traído tras recibir el permiso de la comisión.
Una pasión común en potencia, de los humanos y los atevi. Buena para las relaciones.
Casi había conseguido convencer a Tabini de que lo intentara, cuando había estallado la condenada crisis de seguridad. Tal vez aún pudiera hacerlo. Supuestamente, en las montañas Bergid, que estaban a una hora de Shejidan, habría buenas cuestas… para que los idiotas pudieran arriesgar el cuello, en palabras de Tabini.
La entrevista seguía preocupándolo. Le preocupaba lo que había dicho, las expresiones desconocidas para los atevi que podía haber utilizado… Y además no estaba acostumbrado a las cámaras de televisión y los focos.
Un nuevo trueno. Las luces parpadearon. Y se apagaron.
Increíble. Lanzó una mirada de odio al techo cubierto de sombras, donde la bombilla se había apagado.
Pero esta vez se negaba a dejarse fastidiar. El agua caliente no se apagaba al instante. Las velas seguían en el candelabro. Salió de la bañera, cogió una de las velas del candelabro de la mesa, la encendió en la caldera y la utilizó para encender a su vez todas las demás. Oyó a los sirvientes, que hablaban a gritos en el pasillo. No con pánico, salvo quizá el cocinero, quien puede que tuviese sus razones para hacerlo, a tales horas. Pero con luz o con tormenta, Malguri seguiría adelante.
Volvió a meterse en el agua caliente, complacido en la sabiduría que le debía a su pasado atevi: el paidhi había aprendido que el mundo no se paraba cuando se iba la luz. Bebió un poco de su copa y reanudó la contemplación de los arneses de seguridad hechos a medida, en negro, blanco o verde fosforito.
Unos pasos apresurados se acercaron desde las habitaciones. El haz de una linterna, por delante de una figura negra y cubierta de destellos metálicos, le cayó sobre los ojos. Levantó la mirada.
—¿Bren-ji? —preguntó Jago—. Nuestras disculpas. Es un apagón general, me temo. ¿Está bien?
—Perfectamente —dijo—. ¿Estás diciendo que la maquinaria que acaban de traer e instalar… se ha estropeado?
—La verdad es que todavía no lo sabemos. Sospechamos que el primer incidente fue intencionado. Estamos investigando este. Por favor, no se mueva.
Adiós a la sensación de seguridad. La idea de un intruso en el pasillo mientras él estaba en el baño no era agradable.
—Voy a salir.
—Me quedaré aquí —dijo Jago—. No hace falta que lo haga, nadi-ji.
—Lo prefiero. Está bien. Solo voy a leer.
—Estaré en la sala de recepción. Se lo diré a Djinana.
Se marchó. Bren salió de la bañera y se vistió a la luz de las velas. Se llevó una de ellas al marcharse, pero alguien ya había encendido las lámparas del dormitorio y el salón.
La lluvia caía sobre las ventanas del cuarto de estar, teñida de una uniformidad grisácea que ya parecía normal. Lo sentía por Banichi, que probablemente se encontrase fuera en aquel momento. No sabía cómo se podía simular un apagón provocado por una tormenta eléctrica, ni lo que esperaba el responsable conseguir con eso.
Entró en la sala de recepción y se encontró a Jago delante de la ventana. La escasa luz convertía su perfil en una máscara, y su uniforme en una constelación. Estaba mirando al lago, o al cielo uniforme.
—No intentarán lo mismo de nuevo —dijo Bren—. No pueden estar tan locos.
Jago lo miró… y soltó una pequeña y extraña risilla.
—Puede que sean más inteligentes precisamente por eso. Esperan que no lo demos por hecho.
—¿Ellos?
—O él. O ella. No lo sabemos, nadi. Estamos tratando de averiguarlo.
No incordies, decidió él que quería decir. Se acercó y miró por la ventana, sin encontrar nada.
—Vaya a leer si quiere —dijo Jago.
Como si la mente pudiera regresar tan rápidamente a los catálogos de esquí. La suya, desde luego, no podía. No le gustaban los vacíos informativos. No le gustaban los guardias silenciosos apostados en las salas de recepción, ni la posibilidad de que hubiera una razón para necesitarlos, quizá subiendo sigilosamente en ese momento por las escaleras del exterior.
Lee, maldita sea. Quería una ventana que diera a un color que no fuera el gris.
No estaba de humor, decidió al fin. Demasiados nervios.
—Nadi Bren. Apártese de la ventana.
No pensaba estas cosas. Era lamentable que lo hubieran sorprendido dos veces. Sacudió la cabeza y volvió atrás.
Jago estaba mirándolo con inquietante preocupación. Obligada a cuidar de un idiota, suponía él, que se empañaba en caminar delante de las ventanas.
—Lo siento —dijo.
—Intente pensar como pensaría el que trata de alcanzarle —dijo—. No le facilite las cosas. —Vete, siéntate, relájate.
Un asesino del Gremio, había dicho Banichi. Alguien que él conocía. Con el que había tratado.
¿Y no sabía por qué había quebrantado las normas?
—Jago, ¿cómo se consigue una licencia?
—¿Para hacer qué, Bren-ji?
—Ya sabes. El Gremio. —No quería herir la sensibilidad de Jago. Le preocupaba haberse adentrado por territorio peligroso.
—¿Una licencia del Gremio? Uno lo decide. Lo escoge.
Eso no le decía lo que quería saber, qué empujaba a una persona normal a convertirse en asesino. Jago parecía ajustarse al perfil… si es que había un perfil para algo así.
—Bren-ji, ¿por qué lo pregunta?
—Curiosidad. Quería saber qué clase de persona va detrás de mí.
Jago pareció ignorar el comentario y dirigió la mirada de nuevo hacia la ventana. Hacia la lluvia y la nada.
—No somos todos iguales, Bren-ji. No somos una misma cara.
No es asunto tuyo, supuso él.
—Nadi —dijo, y se dispuso a marcharse para dejarla sola con sus pensamientos. Ojalá él pudiera librarse de los suyos.
—¿Qué clase de hombre se convierte en paidhi? —preguntó ella antes de que pudiera dar un segundo paso.
Buena pregunta, pensó Bren. Justo en el blanco. Tuvo que pensarlo un momento, y no encontró la respuesta que solía dar a esta pregunta. Ni siquiera fue capaz de encontrar al niño que había iniciado aquel camino, no pudo creer en él, ni siquiera de un modo marginal.
—Un idiota, supongo.
—No sé, nadi-ji. ¿Eso es un requisito?
—Supongo que sí.
—Bueno… ¿Y cómo se solicita el honor? ¿Qué clase de estupidez hace falta?
—Curiosidad. Querer conocer más que Mosfeira. Querer servir al planeta en el que estás y a la gente con la que vives.
—¿Wilson también era así?
Diana de nuevo. ¿Qué podía decirle?
—Usted —dijo Jago— no actúa como Wilson-paidhi.
—Valasi-aiji —repuso él— tampoco actuaba como Tabini.
—Cierto —dijo Jago—. Muy cierto.
—Jago, yo… —se rebelaba contra esta palabra, que en realidad no servía para casi nada. Sacudió la cabeza y se dispuso a marcharse.
—Bren-ji, por favor. Diga lo que quiere.
No quería hablar. No estaba muy seguro de su racionalidad, y tampoco de su autocontrol. Pero Jago esperó.
—Jago-ji, yo he pasado toda mi vida trabajando, lo mejor que sabía. No sé qué más puedo hacer. Y ahora he vuelto a perder el norte. No sé si me lo merecía. Pero me pregunto, nadi, si es culpa mía, si he ido demasiado lejos y demasiado deprisa y por qué tiene alguien tanto empeño en matarme. ¿Por qué, Jago? ¿Tienes aunque sea una remota idea?
—Usted ha traído cambios —respondió ella—. Para algunos, eso es aterrador.
—¿Por el puto ferrocarril? —La intensidad de la entrevista lo había dejado un poco aturdido. Jago no era más que una sombra para él, impasible, inalcanzable. Hizo un gesto de frustración y renuncia con la mano y se encaminó a la salita, solo para tener espacio para pensar, para sentarse y leer y apartar la mente de los extraños sucesos del día, con suerte antes de la comida, que ella podría compartir con él si nadie la envenenaba.
Pero se detuvo, temiendo insultarla.
—Si algún día —dijo— sale adelante la idea esa de la televisión, pediré que os dejen venir a Banichi y a ti a visitar a mi familia. Me gustaría que vinierais a ver cómo somos. Me gustaría que nos conocierais, nadi-ji.
—Sería un honor —dijo Jago con solemnidad.
Puede que hubiese arreglado las cosas. Salió a la salita y echó otro tronco al fuego, mientras el trueno volvía a sacudir las paredes. Jago lo había seguido hasta allí, evidentemente convencida de que eso era lo que él deseaba. Sin decir palabra, se dedicó a estudiar las estanterías.
Esto no interfería con su idea del deber, ni con lo que podía concebir como la sociabilidad. Bren cogió el libro y se dispuso a sentarse.
Volvió la luz.
Frustrado, levantó la mirada hacia la lámpara del techo.
—Debía de ser un fusible —dijo Jago desde el otro lado del cuarto—. Qué bien.
Bren se acordó del viejo tendido eléctrico junto a las tuberías del gas natural a lo largo del techo y se imaginó al complejo entero sumido en un desastre eléctrico.
—Malguri necesita un nuevo sistema eléctrico —musitó—. ¿Dónde tienen el depósito de gas?
—¿Qué gas?
—Metano.
—En la bodega —dijo ella.
—Bajo el edificio. Es una bomba, nadi, joder. Este lugar necesita hornos eléctricos. Si tienen luz eléctrica, unos hornos eléctricos no pueden ser un problema.
—El problema es el dinero —dijo Jago.
—Mientras buscan asesinos, ¿vigilan ese tanque?
—Todos los accesos al edificio —dijo Jago— están bajo vigilancia electrónica.
—Salvo cuando se van las luces.
Jago se encogió de hombros de manera casi imperceptible.
—Esas ventanas —dijo— no están vigiladas. Lo descubrí anoche. Cuando volvió la luz.
Jago frunció el ceño, se acercó a la ventana, pasó un dedo por el borde del marco y miró a su alrededor. Buscando el qué, Bren no habría podido decirlo.
—¿Cómo lo descubrió, Bren-ji?
—Abrí una ventana para asomarme. Entonces volvió la luz. Saltó la alarma. Creo que es un sistema antiguo.
—Desde luego que lo es —dijo Jago—. ¿Informó de lo ocurrido?
—Despertó a todo el personal.
Jago no parecía contenta, pero Bren no sabía lo que había visto al examinar la ventana.
—Salvo a Banichi —continuó.
—Salvo a Banichi.
—No sé dónde estaba, ya te lo conté. Habíamos tenido una discusión. Se fue a alguna parte. —Lo asaltó una idea completamente desagradable, pero mantuvo la boca cerrada y observó a Jago mientras esta se acercaba a la puerta, la entornaba, examinaba la pared que había detrás y fruncía el ceño. Los agentes de seguridad no hablaban de seguridad. Bren dudaba que se avecinara una explicación.
—Nadi Jago —dijo—. Banichi no estaba aquí. ¿Tienes alguna idea de dónde se encontraba anoche?
Fue como si hubiera dicho que estaba lloviendo. La expresión de Jago no varió. Devolvió la puerta a su posición anterior y salió a la sala de recepción.
Las luces volvieron a irse. Frustrado, Bren levantó la mirada hacia el techo, antes de seguirla al otro lado para protestar por su silencio y el caos de seguridad. Ella estaba junto a la ventana. Agarró el cierre del panel lateral, lo abrió y volvió a cerrarlo sin que saltara la alarma.
—¿Qué demonios está pasando, Jago?
Jago sacó su comunicador de bolsillo y apretó algunas teclas, un código que Bren no conocía.
La voz de Banichi respondió. Al menos, Bren estaba bastante convencido de que era su voz. Y la postura de Jago transmitía cierta tranquilidad. Respondió, cerró el comunicador y lo guardó.
—El incidente quedó registrado —dijo—. Nuestro sistema lo registró.
—¿El tuyo y de Banichi? —preguntó, pero el comunicador volvió a sonar y Jago lo sacó y respondió, con el ceño fruncido.
La voz de Banichi volvió a hablar. Jago arrugó aún más el entrecejo. Replicó con brevedad, se despidió, volvió a guardarse el comunicador en el cinturón y se encaminó a la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. ¿Qué está pasando, Jago?
Ella cruzó la habitación de dos zancadas, lo cogió por los hombros y lo miró.
—Bren-ji. Yo nunca lo he traicionado. Y no lo haré, Bren-ji.
Dicho lo cual, salió de la habitación con la misma rapidez. Cerró la puerta. Con llave.
¿Jago?, pensó él. Sus hombros sentían aún la fuerza de sus dedos. Y los pasos estaban alejándose rápidamente por el pasillo, mientras él seguía preguntándose dónde estaba Banichi la pasada noche cuando saltó la alarma.
Si había otro sistema… Banichi habría sabido que había abierto la ventana, si estaba vigilando. Y, por alguna razón, no había acudido al saltar la alarma general.
Quizá porque ya sabía que no era una amenaza. Pero el dar algo por hecho no era propio del Banichi que él conocía.
Todo había sido una locura, desde el desayuno con la Viuda hasta la aparición del equipo de televisión, con unas medidas de seguridad tan estrictas que no le permitían ni acceder a un teléfono. No le gustaba la sensación que tenía. No le gustaban las razones que podían hacer que Jago saliera corriendo de allí, tras decirle, en una lengua que carecía de una palabra concreta para el término «confianza», que confiara en ella.
Examinó cuidadosamente el picaporte de la ventana. Qué clase de persona podía entrar por una ventana situada sobre un acantilado, no lo sabía, pero tampoco quería averiguarlo. Fue a asegurarse de que la puerta exterior estuviera cerrada, a pesar de que había oído el crujido de la cerradura.
Pero ¿de qué servía eso, cuando allí todo el mundo tenía llaves del lugar?
De repente lo asaltó un pensamiento súbito y ansioso. Se dirigió al dormitorio, se arrodilló junto a la cama y metió la mano debajo del colchón.
El arma que Banichi le había dado… no estaba allí.
La buscó de nuevo, pensando que el servicio, al hacer la cama, podía haberla movido sin saber que estaba allí. Levantó el colchón para asegurarse: nada. Ni arma ni municiones.
Dejó caer el colchón y volvió a colocar las sábanas y las pieles. Luego se sentó en un lado de la cama y trató de mantener a distancia el pánico diciéndose que, salvo que dispusieran de medios de vigilancia de los que él no sabía nada, aún no podían saber que había descubierto que le faltaba el arma, así que no tenían por qué ponerse nerviosos.
Hecho: alguien tenía el arma. Alguien estaba armado con ella, alguien, y esto era lo esencial, que podía tener o no acceso a ese tipo de armas, de ese calibre y ese tipo de munición. El arma era de Banichi, y si no era Banichi el que se la había llevado, entonces alguien tenía en su poder un arma con una identificación y una marca característica en sus balas, que podían rastrearse hasta el comandante de Banichi en el Bu-javid.
Al margen de para qué se usase.
Si Banichi no sabía lo que había ocurrido, tenía que decirle que había desaparecido, y Bren no tenía teléfono ni comunicador, ni modo alguno de conseguirlos. El único modo de ponerse en contacto con él era salir, violar algún perímetro de seguridad y cruzar los dedos para que fuera Banichi quien respondiera a la alarma.
Se dispuso a hacerlo. No era el modo más discreto de llamar la atención, pero sí el único que se le ocurría.
Pero también era verdad que mientras no hiciese ninguna tontería, las cosas podían seguir tranquilas hasta que Banichi o Jago regresaran. La desaparición del arma no era algo que pudiera confiarle al personal de la casa. Probablemente Tano y Algini, que habían venido con él desde Shejidan, fueran de confianza, pero tampoco estaba seguro de esto.
Estaba confuso. Y cansado, tras una mala noche y una tarde llena de emociones. Puede que no estuviera tomando las mejores decisiones. Sin saber más de lo que sabía, no podía actuar de la manera más inteligente.
Un trueno lejano le hizo dar un respingo. Eso también se debía a su cansancio. Podría dedicarse a hacer saltar las alarmas, pero Banichi y Jago estaban fuera, bajo la lluvia, persiguiendo a alguien, o peor aún, persiguiendo a alguien dentro de la casa. En su imaginación vio el tanque de metano del sótano y a alguien con explosivos.
Pero no podían destruir Malguri. Los atevi no tomarían esa ruta. Era mishidi. Torpe. Violenta. No era biichi-ji.
Así que no harían explotar el palacio. Si ocurría algo, y una bala acababa donde no debía, una bala con marcas que podían relacionarse con Banichi, él podría explicar lo que realmente había ocurrido.
A menos que el cadáver en cuestión fuera él mismo.
No era buen momento para salir a pasear por los pasillos, decidió, ni para molestar a su propio equipo de seguridad, que creía saber dónde se encontraba. Había planeado pasar aquella tarde leyendo. En aquel momento se dio cuenta de que no tenía mejores planes. Se puso el pijama para estar un poco más caliente, regresó junto al fuego del salón y, tras recoger el libro, volvió a sumergirse en las historias de Malguri.
Sobre los atevi. Sobre la lealtad. Y sobre las expectativas fallidas.
También a él le había pasado: sentimientos que, simplemente, no estaban allí. No estaban, punto, y no tenía sentido, no era posible, cambiar nada relacionado con la biología. ¿Qué podía hacer? ¿Verter hormonas humanas en un torrente sanguíneo atevi, implantar electrodos en los cerebros atevi para generar impulsos que estos no tenían?
Y vaya usted a saber cómo defraudaban los humanos las expectativas atevi, a qué nivel emocional. Pues tenía que haber un nivel emocional.
No. No tenía por qué haberlo. Una vez más, el pensamiento antropocéntrico. No había nada en las leyes del universo que dijera que para que los atevi construyeran una civilización propia tenían que tener atributos humanos, o responder cuando los humanos trataban de establecer lazos con ellos desde un punto de vista humano. En un universo racional, eso no tenía por qué ocurrir. Más aún, en un universo racional, había más probabilidades de que los vehículos automóviles de los atevi y los humanos se parecieran que sus respectivas sicologías. Todos los vehículos automóviles, al margen de la especie que los hubiera diseñado, tenían ruedas para avanzar con mayor facilidad, ejes para mover estas ruedas, motores diésel o a vapor, engranajes en los motores y un tubo de escape para expulsar los gases: era cuestión de física. Lo lógico era que los aeroplanos, diseñados para viajar por fluidos de densidad homogénea, no se pareciesen a los automóviles. Ni los cohetes a los refrigeradores. La física imponía sus limitaciones a las máquinas y a las estructuras en función de su trabajo, y la física de la vieja Tierra y la del planeta de los atevi no se diferenciaba en nada.
Pero la biología, en el caso de los seres inteligentes, con montones de variables a tener en cuenta, con microentornos, con presiones evolutivas y el añadido del barroco genético a la mezcla, generaba una impresionante variabilidad potencial.
No era culpa de nadie. Como tampoco lo era que hubiesen acabado en aquella estrella. Un agujero de gusano, algún tipo de discontinuidad… Los físicos tenían sus propias teorías, pero nadie podía demostrar por qué estaban donde estaban, esto es, al otro lado de vaya usted a saber qué disco galáctico: ninguno de los espectros analizados se correspondía con el de Sol o sus vecinos, y los púlsares, que según los físicos tenían que haberles permitido determinar su posición, no lo habían hecho.
No habían sabido dónde estaban al llegar, y tampoco lo sabían ahora. No podían utilizar ningún referente absoluto, porque no sabían cuánto tiempo habían tardado en llegar hasta allí: por lo que sabían, podían haber pasado cientos de años en el subespacio, atrapados allí, ensamblando su estación.
Había sido un largo y lento trayecto, hasta el helado cinturón de asteroides de la estrella y de regreso a la zona vital, donde habían terminado de construir la estación: allí, por lo que él sabía, se había producido la política de verdad, la disyuntiva entre construir en la zona vital o hacerlo al borde de ella; y habían ganado los partidarios de la zona vital, aun a sabiendas de que eso significaría vivir alrededor de un mundo habitado, aun a sabiendas de que algún día eso significaría admitir que estaban tomando una decisión muy peligrosa con muy pocos datos para sustentarla.
Compromiso político: aceptar un problema futuro para resolver uno presente.
Añadamos a esto la degeneración de la refinería y las tormentas solares, cuyo límite nadie conocía por aquel entonces, así como la presencia del atractivo planeta allí, justo debajo de sus pies y, en fin… No harían daño, se llevarían bien con los nativos, que ya poseían el motor de vapor. De cualquier modo, estaban destinados a acabar encontrándose. Para qué arriesgar sus preciosas vidas empeñados en algo imposible.
Al menos, así era como uno de sus descendientes reconstruía, nueve generaciones más tarde, el proceso que los había llevado hasta aquella decisión… Los atevi no podían ser tan diferentes. Tenían locomotoras. Tenían molinos a vapor. Tenían industria.
Tenían una escritura endiablada, pero eso no se debía a la física.
Uno no se daba cuenta al conocer a un atevi. Hola, ¿cómo está usted, qué tal el tiempo? Eran gente amable. Un poco de comercio, algunas armas para cazar fuera de temporada…
Directo a la brecha cultural.
Tratabas de arreglarlo con los líderes locales: directo al remolino cultural.
Las veces que los primeros colonos habían metido la pata; las veces que se habían metido en el fango hasta las rodillas antes de comprender que la traición y el asesinato no eran lo mismo y que no podían ayudar a un aiji local contra otro sin involucrar a una asociación con influencia en todo el continente. Nadie esperaba que una civilización con un nivel tecnológico equivalente a la revolución industrial tuviera un gobierno mundial.
Pero, claro, si eras uno de los primeros colonizadores humanos, es posible que no esperaras que nadie se comportara de manera diferente a ti.
Cincuenta años atrás, dos paidhiin antes, Mosfeira había contenido colectivamente el aliento y había puesto sobre la mesa la comunicación por satélite y la teoría de cohetes, con la ferviente esperanza de que el biichi-ji y el kabiu impedirían que algún ingenioso atevi combinase estas tecnologías con la de los explosivos para enviar a sus rivales al Infierno.
Porque ahora pensaban que habían llegado a conocer a los atevi.
Que Dios ayude a los idiotas y los turistas.
Pasó una página sin leerla, se dio cuenta de que no la había leído, volvió atrás y trató de concentrarse en las obras de aijiin y consejeros cuyo recuerdo hacía mucho que se había perdido en los vientos de Malguri, había sido devuelto a la tierra por las lluvias y luego arrastrado al mar desde el lago Maidingi, con bastante más rapidez, por cierto, en esta época que en otoño.
Estaba amargamente furioso y su mente divagaba de un lado a otro dentro de los límites conocidos, como una criatura enjaulada.
Puede que fuera un punto al que llegaban todos los paidhiin. Puede que él fuera el más ingenuo de todos, quizá porque había desarrollado un vínculo con el más amistoso de los aijiin, y era condenadamente fácil ignorar las advertencias de todos los textos que había leído a lo largo de su vida y acabar cayendo en la misma trampa que los primeros humanos del planeta: esperar que los atevi fueran humanos. Esperar que hicieran lo que haría un humano bienintencionado y cuerdo. Y no solo eso sino que, por Dios, quería que se comportasen así, lo necesitaba desde un punto de vista emocional, y eso le había impedido prestar atención a las señales de peligro y hacer el trabajo para el que lo habían enviado allí.
Tendría que haber hecho aquella llamada de teléfono en Shejidan, aunque hubiese sido con los guardias del Bu-javid echando abajo su puerta. No tendría que seguir pensando, y menos ahora, que Tabini estaba sometido a algún tipo de presión y lo necesitaba desesperadamente en Shejidan, como se demostraba por el hecho de que la televisión que controlaba con mano férrea estaba tratando de organizar una serie de entrevistas para demostrar que el paidhi era un tipo simpático y amable y no un villano siniestro que planeaba conquistar el mundo o hacer que llovieran rayos de la muerte para aniquilar las ciudades.
¿Yo no lo traicionaré, Bren-ji?
¿Qué demonios significaban estas palabras, pronunciadas por Jago antes de salir y alejarse por el pasillo poco menos que corriendo?
¿Y dónde está el arma, Jago? ¿Dónde está el arma de Banichi?
Los troncos se consumieron y cayeron. Las chispas rociaron el conducto de la chimenea. Puso un nuevo madero y siguió leyendo.
Ni una palabra de Banichi o Jago sobre lo que estaba sucediendo, ya fuera que alguien había cruzado el perímetro de seguridad, que un visitante inesperado había llegado al aeropuerto o simplemente que habían recibido un mensaje importante de Tabini.
Pasó la página, se dio cuenta de que había dejado de leer por segunda vez, volvió atrás e hizo un nuevo esfuerzo por concentrarse en el texto, en el pensamiento atevi, y encontrarle sentido al antiguo y alambicado estilo.
Las luces se fueron se nuevo.
Maldita sea, pensó, y miró por las ventanas. La tormenta había quedado reducida a un chispeo, una serie de nubes grises y algunas gotas brillantes sobre el cristal. Las velas emitían una luz anaranjada. Una luz blanca entraba por las ventanas, como si las nubes estuvieran levantándose finalmente.
Dejó el libro, se levantó con la intención de ver cómo andaba el tiempo, y entonces oyó algo en su dormitorio y vio que Djinana entraba en el cuarto.
—¿El transformador o un fusible en mal estado? —preguntó con tono resignado.
—Espero que lo segundo —dijo Djinana. Se detuvo en la puerta y se inclinó—. Nadi, un mensaje para usted.
¿Un mensaje? ¿En este lugar sin teléfonos?
Djinana le entregó un minúsculo pergamino con el sello y el cordón de Ilisidi, vio enseguida, porque el rojo y el negro eran los colores de la casa de Tabini. Lo abrió con el pulgar mientras se preguntaba si tendría algo que ver con la cita de después de desayunar. Se cancelaba, quizá, o se posponía a causa del mal tiempo.
«Necesito hablar con usted inmediatamente», rezaba. «Nos veremos en el salón de abajo».
Y estaba firmado «Cenedi».