El extranjero
Capítulo 5
La luz le hacía daño. Moverse le hacía daño. Absolutamente todas las partes de su cuerpo le dolían si intentaba moverse, sobre todo la cabeza, y el olor a comida le revolvía las tripas. Pero alguien volvió a sacudirlo por el hombro y Tano se inclinó sobre él. Estaba seguro de que era el sirviente, aunque se sentía incapaz de enfocar la vista, y la luz lo molestaba muchísimo.
—Tiene que comer, nand’paidhi.
—Dios.
—Venga.
Tano empezó a ahuecar de forma implacable los cojines que tenía detrás de la cabeza y de los hombros, lo que hizo que la cabeza le doliera y el estómago se le revolviera aún más.
Se quedó ahí, pensando que ya había colaborado con sus torturadores más que suficiente, y vio a Algini junto al umbral de la puerta del baño, hablando con Jago. Ambos conversaban entre susurros. Sus voces emitían un eco distorsionado. Tano regresó con un cuenco de sopa y unas tortillas.
—Coma —le pidió el criado, pero él no quería.
Quería decirle que se marchara, pero los sirvientes no lo harían porque Tabini los había contratado y a él no le quedaba más remedio que obedecerles.
Además, las tortillas blancas eran lo que la gente comía cuando tenía el estómago mal, para asentarlo. Se acordó de Mosfeira, de su habitación y de su madre, pero en esta ocasión era Tano el que le sostenía la cabeza, el que insistía para que se comiera al menos la mitad. Y comió una miguita cada vez, mientras el dormitorio se balanceaba de un lado al otro y trataba de escaparse a su vacilante visión.
Descansó los ojos después de eso y se despertó al olfatear el aroma de la sopa. No la quería, pero bebió un sorbo cuando Tano le acercó la taza a los labios. Se abrasó la lengua. Sabía igual que el té. Quiso dejarlo al instante, pero su sirviente siguió insistiéndole para que comiera, diciéndole que esa era la única manera de eliminar el té de su sistema. De modo que sacó un brazo al aire frío, cogió la taza con la mano, dejó que Tano le acomodara los cojines detrás de la cabeza y bebió de la taza sin que se le cayera ni una gota hasta que su estómago decidió que no podía tolerar nada más.
Cogió la taza con las dos manos, exhausto e incapaz de decidir si quería volver a meter los brazos debajo de las pieles o si el calor que desprendía la porcelana era mejor. Quédate como estás, pensó. No quería moverse, no quería hacer otra cosa más que respirar.
Entró Banichi, despidió a Tano, y se acercó a su cama con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Cómo se siente, nand’paidhi?
—Como un imbécil —murmuró. Recordó, si es que no eran alucinaciones, a la Viuda-aiji, y una taza de té estrellada en la chimenea. Y un hombre, que hubiera jurado que era Banichi.
Que estaba de pie junto al umbral de la puerta.
El corazón le dio un vuelco.
Cenedi entró al ver que miraba en su dirección y se colocó al otro lado de la cama.
—Me gustaría ofrecerle mis disculpas —se disculpó—. Por mi profesión, nand’paidhi, debería haber sabido que ese té no le sentaría bien.
—Yo también, aunque dudo que vuelva a pasar. —Todavía tenía el regusto del líquido en la boca. La cabeza le dolía cuando pestañeaba. Estaba incómodo y no entendía por qué Banichi permitía que ese extraño entrara en su habitación. No pudo dejar de preguntarse si estaría jugando a algún juego sin sentido; fingiendo que creía lo que Cenedi decía. Aunque en aquellos momentos lo más apropiado era mantener su mal humor bajo control, hacer preguntas moderadas, mostrarse educado y no ofender a nadie innecesariamente.
—Ellos mismos preparan el té de la Viuda-aiji —le explicó Banichi—, lo hacen a partir de una antigua receta local. Incluyen un estimulante muy fuerte que la Viuda considera saludable o, como mínimo, tonificante. Como los seres humanos tienen un cuerpo tan pequeño, pesan tan poco y su reacción a los alcaloides suele ser…
—Dios.
—El compuesto es un té que se llama dajdi, que le aconsejo que evite en el futuro.
—El cocinero nos ha pedido que nos disculpemos en su nombre —le dijo Cenedi desde el otro lado de la cama—, no tenía ni idea de que un ser humano acompañaría al grupo de visitantes.
—Dígale que no se preocupe, por favor. —La cabeza le daba vueltas. Se apoyó sobre los cojines y estuvo a punto de tirar el contenido de la taza—. No le guardo ningún rencor. Todo ha sido por mi culpa, joder.
—Modales humanos —comentó Banichi—. Lo que el cocinero quiere que sepa, nadi, es que fue un accidente.
Se quedaron en silencio. Bren sabía que no había dicho lo que esperaba poder decir y que no debía soltar palabrotas en el proceso, pero la cabeza le dolía como nunca.
—No pretendía ofender a nadie —murmuró. Era la forma más práctica de salir del atolladero—. No tengo nada en su contra.
La cabeza le dolía de nuevo. Banichi rescató la taza de sopa de sus manos y la depositó en la mesa con un golpe seco que percibió como un trueno.
—La Viuda-aiji desea que su médico examine al paidhi —le explicó Cenedi— y quisiéramos que actuara como árbitro y testigo de las dos partes, Banichi-ji.
—Dele las gracias a la Viuda-aiji —le pidió el agente—. Aceptamos.
—No necesito un médico —les aseguró Bren. No quería que uno solo de los empleados de la Viuda se le acercara. Solo necesitaba un descanso, yacer sobre sus almohadas y dejar que la sopa se asentara.
Pero a nadie le importaba lo que él quisiera. Cenedi salió con Jago y regresó acompañado de un atevi entrado en años que traía consigo un maletín. El hombre apartó a un lado las pieles de animales y expuso su cuerpo al frío, le auscultó su corazón, lo miró fijamente a los ojos, le tomó el pulso y le preguntó a Banichi qué le habían dado, cuántas tazas de té había ingerido…
—Una —insistió, pero nadie escuchaba a la víctima.
Finalmente el doctor se inclinó sobre él, lo examinó como si se tratara del espécimen de una colección, le preguntó si tenía un gusto residual en la boca o si olía a té y dijo:
—Leche. Denle un vaso de leche cada tres horas. Fría o caliente.
—Fría —pidió, temblando.
Cuando se la trajeron estaba caliente y sabía a ese té repugnante, así que se quejó; pero Banichi la probó y le prometió que solo era el regusto de su boca y le aseguró que cuando desapareciera sería que había eliminado completamente la sustancia de su sistema.
Entre tanto, Algini, de quien ya había comprobado que no tenía sentido del humor, le traía cada poco tiempo zumo de frutas y le insistía para que se lo bebiera, hasta que tuvo que ir repetidas veces al «váter».
Banichi volvió a desaparecer y Algini no sabía nada acerca de su correo y tampoco podía suministrarle un enchufe porque, según él, no tenía autorización.
—Este es un monumento histórico, nand’paidhi. Desde mi punto de vista, cualquier modificación en las paredes tiene que autorizarla la comisión de Preservación. No podemos quitar uno de los cuadros para colgar en su lugar una pizarra, aunque sea en los mismos clavos.
Aquello no lo animaba.
—¿Qué posibilidades hay de volver a la ciudad pronto? —indagó.
—Puedo presentar una solicitud de su parte, nand’paidhi. Me temo que pronto no será. Estoy seguro de que la razón por la que lo han traído todavía está vigente.
—¿A qué se refiere?
—A la protección de su vida, nand’paidhi.
—Pues no parece que aquí esté más a salvo, ¿no es así?
—Hemos advertido a las cocinas que pregunten antes de preparar algunos productos concretos. El cocinero está muy preocupado y nos ha asegurado que tendrá muchísimo cuidado en el futuro.
Bren se enfurruñó como lo haría un niño, pero, al percibir la frustración de Algini, procuró cambiar el gesto. De todos modos, se sentía como un chiquillo al que llevaran de un sitio al otro, por el que decidían y al que ignoraban personas tan altas como castillos cuyas razones eran demasiado oscuras para compartirlas con él. Eso lo llevaba a comportarse como un niño, a pedirle a Algini cosas complicadas, para poder escabullirse por las escaleras, salir por la puerta principal y bajar por la carretera hasta el pueblo.
Eso era, al menos, lo que le apetecía hacer, pero a pesar de todo se quedó sentado en la cama como un buen adulto, y trató de no portarse como un grosero con el servicio y de beberse la jodida leche…
—¡Fría! —le ordenó a Algini, seguro de que no podría soportar ni una gota más si estaba caliente.
Desde las cocinas, donde estaba claro que no habían comprendido el significado de «leche fría», se la hicieron llegar con cubitos de hielo.
Al cabo de un tiempo, la leche por fin dejó de saberle a té y había tomado tanto zumo que era esto, y no sangre, lo que le corría por las venas. Y así se lo dijo a Djinana, que curiosamente pensó que era un comentario muy gracioso y original.
No lo era. Pidió que le trajeran libros sobre Maidingi; leyó sobre el castillo Malguri y hojeó las ilustraciones de brillantes colores. Prestó también atención a los pies de foto, donde se especificaba a qué siglo pertenecía cada una de las piezas.
La cama, por ejemplo, tenía setecientos años. Las visitas guiadas visitaban su suite siempre y cuando no hubiera algún inquilino en ella. Se imaginó a los turistas paseando por su dormitorio, a los niños mirando la cama, aterrados, y al guía contándoles la historia del paidhi que había muerto en el castillo Malguri y del que se decía que se paseaba por los pasillos por la noche o vagando por las cocinas en busca de una taza de té.
Pero era un segmento de la historia al que los humanos no habían podido acceder. Lo sabía; había leído todo cuanto habían escrito sus predecesores. Quería escribir una nota para que le trajeran los Anales de Maidingi de Tagisi de Maidingi, del clan Polgini, de la casa de Carditi-Aigorana, para poderlo guardar en la biblioteca permanente de los paidhiin en Mosfeira, pero entonces recordó que seguramente no lo autorizarían a llevárselo. Y, por supuesto, no podía olvidar que nadie podía mover ni una condenada bombilla para colocar un enchufe. Porque quizá descolgara el puto cableado histórico que recorría las jodidas vigas históricas.
Se conformaba con una batería solar. Se preguntó si en el pueblo más cercano tendrían algo medianamente compatible con su portátil y si podía cargar el importe a través del banco local; desde luego, Banichi sí podría.
Entretanto, tendría que aguantarse con el papel y el bolígrafo. Se levantó, y tras registrar las mesas, encontró papel, pero nada con lo que escribir. Buscó el que había utilizado para firmar en el registro. Había desaparecido.
Empezaba ya a perder la paciencia, de modo que llamó a los sirvientes y le dijo a Djinana que quería uno inmediatamente. Se lo trajeron desde las dependencias de los criados. La tinta no le sobraba y de vez en cuando soltaba algún que otro manchurrón, pero al menos escribía. Se enfundó en una cálida manta, se puso calcetines para calentarse los pies helados y se sentó a escribirle cartas deprimentes a su sucesor.
«Si —escribió sombrío—, algún humano consigue leer esto, guardo un arma debajo del colchón. ¿A quién debería disparar primero? ¿A Algini, que no puede colgar su pizarra de tareas? ¿A Cenedi, que probablemente no tenía ni idea de que ese té era mortal para los seres humanos? Tabini-aiji me envió aquí para que estuviera a salvo, aunque he estado más cerca de morir aquí, a manos de los cocineros de Malguri, que ante los asesinos de Shejidan…».
Algunas cosas no las escribió por miedo a que sus sirvientes o los agentes de seguridad (que al fin y al cabo eran iguales) registraran su habitación. Pero se preguntó acerca de la Viuda-aiji y se preguntó dos veces qué había querido decir Tabini con que aquella era la residencia de su abuela.
Dudaba que Tabini pudiera haber previsto la fatal invitación a tomar el té; le parecía demasiado casual y extraño, a pesar de su relación con la Viuda. No obstante, su escepticismo aumentaba considerablemente cuando los accidentes acontecían cerca de personas a las que se les había negado su derecho a gobernar en dos ocasiones consecutivas. La conclusión inmediata era que a Ilisidi no le gustaban los seres humanos.
Pero, como una mente envenenada y delirante podía llegar a pensar, ¿qué pasaba si lo que pretendía Tabini en realidad no era mandarlo allí a él, sino conseguir que Banichi y Jago pudieran entrar en Malguri sin despertar las sospechas de la guardia de Ilisidi?
¿Estaba quizá sometiendo a prueba a la mujer?
El mero hecho de pensarlo le rompía el corazón.
Todavía no tenía apetito a la hora de cenar, de modo que pidió que le trajeran solo un cuenco de sopa y unas tortillas, que le supieron infinitamente mejor que el día anterior, y decidió que podría seguir en aquel exilio sin televisión, sin compañía y sin teléfono.
Las comidas se habían convertido en un punto de referencia durante los días que, a falta de un reloj, calculaba gracias a los paseos por su suite, a las páginas de los libros que leía, al lento avance de las nubes por el cielo o al avance de las barcas por la superficie temblorosa del lago.
Se obligó a beber un té corriente y disfrutó de un postre de leche en el que encontró una sustancia grumosa y cuestionable, que le amargaba el gusto y de la que se deshizo con gran maña.
La comida terminó convirtiéndose en una diversión, en una afición, en una aventura, a pesar del cuidado del cocinero. El libro que tenía abierto junto al plato era una historia absorbente acerca de los espíritus perdidos que vagaban por Malguri; fallecidos en accidentes o asesinados. Se decía también que el lago estaba embrujado por los fantasmas de diversos pescadores y por el de un pobre señor de Malguri que saltó a sus aguas desde un acantilado vestido con la armadura para escapar de lo que el libro acertaba a llamar «un matrimonio inconveniente».
Curioso. Decidió que le pediría a alguien que le contaran todos los detalles escabrosos de la cuestión.
Tiró el último pedazo amargo de su postre de leche y dio buena cuenta de él, justo cuando Djinana entraba para, supuso, retirarle los platos.
—Creo que tomaré otra taza de té —dijo.
Se sentía muchísimo mejor. Djinana, sin grandes aspavientos, le dejó junto al plato un pequeño estuche de plata en forma de rollo.
—¿Qué es esto? —le preguntó.
—No lo sé, nand’paidhi. Se lo envía nadi Cenedi.
—¿Te importaría abrirlo?
—Es de parte de la Viuda… —protestó Djinana.
—Nadi, ¿te importaría abrirlo?
Djinana frunció el ceño y lo cogió, rompió el sello y desplegó el papel que guardaba en su interior.
Lo recuperó de manos del sirviente en cuanto se hubo asegurado de que no era más de lo que parecía ser. Aunque se acordaba de la oficina de correos del Bu-javid y del comentario que Jago le había hecho acerca de alfileres metidos dentro de los sobres.
En realidad no era tan diferente; era una invitación de la Viuda-aiji para tomar el desayuno.
La hospitalidad de cualquier aiji, fuera del nivel que fuera, no era fácil de rechazar. Tenía que compartir un techo con esa mujer. Ella casi lo había matado. Si se negaba, podía darle a entender que no creía que todo el asunto fuera el producto de un mero accidente. Y eso sería, sin duda, el inicio de las hostilidades.
—Dile a Banichi que tengo que hablar con él.
—Lo intentaré, nadi.
—¿Cómo que lo intentarás? ¿Dónde está, nadi?
—Me parece que nadi Jago y él han ido a algún sitio.
—Conque a algún sitio —repitió. Por fortuna o por desgracia empezaba ya a conocer bien los alrededores de la zona, por lo menos los emplazamientos históricos a los que se podía llegar en coche desde Malguri. Que él supiera, no había ningún sitio al que ir que no fuera el aeropuerto o el pueblo—. Entonces creo que hablaré con Tano.
—La verdad es que tampoco sé dónde está, nand’paidhi. Supongo que habrá acompañado a sus guardias.
—Entonces con Algini.
—Iré a buscarlo, nand’paidhi.
—No se les habrá ocurrido dejarme aquí solo…
—Lo dudo mucho, nand’paidhi. Pero le aseguro que Maigi y yo le prestaremos buen servicio.
—En ese caso, ¿qué me aconsejarías? —Le tendió a Djinana el rollo, el estuche y todo lo demás. El sirviente lo examinó y frunció el ceño.
—Desde luego es inusual —afirmó—, la Viuda no recibe a casi nadie.
Perfecto, pensó, así que está llevando a cabo un gesto extraordinario. La cosa se complica.
—¿Entonces qué debería responderle, nadi? ¿Consideras que es seguro?
El rostro de Djinana adoptó un gesto muy formal y sereno.
—Me temo que no puedo aconsejar al paidhi.
—Muy bien, ¿puedes decirle entonces a Algini que venga? Me parece que no es cuestión de retrasar infinitamente la respuesta.
—No pasa nada si tarda un poco y estoy seguro de que a Cenedi no le importará esperar…
—Supongo que sabrá que Banichi no está aquí.
—No estoy seguro de eso, nadi. —La fachada impasible se quebró. De pronto parecía preocupado—. Creo que lo mejor será que vaya a buscar a Algini.
Djinana fue a cumplir su recado. Él aprovechó para servirse otra taza de té. Tendría que responder a esa petición de una u otra manera. No podía evitar pensar que la Viuda-aiji había esperado a que Banichi y Jago estuvieran fuera para invitarlo, aunque lo cierto es que tampoco comprendía qué demonios hacía toda su plantilla en el aeropuerto cuando Tabini les había encargado que cuidaran de él. Enrolló el papel con mucho cuidado, lo guardó en su estuche y le colocó la tapa. Y esperó a que Djinana volviera, se inclinará ante él, y lo mirara con gesto de preocupación.
—Nadi, no sé…
—… dónde está Algini —terminó por él.
—Lo siento, nand’paidhi. La verdad es que no sé qué decir. No me lo puedo ni imaginar. He preguntado en las cocinas y a nand’ Cenedi…
—¿Sigue esperando?
—Así es, nand’paidhi. Le he dicho que usted deseaba… consultar el protocolo.
¿Podía decirle a Cenedi que se sentía indispuesto? Eso lo salvaría, siempre y cuando la Viuda no recibiera sus propios informes del resto del servicio.
De lo que, por supuesto, no podía estar seguro.
—Nadi Djinana, si tu madre tuviera un arma y hubiese amenazado con matarme, ¿del lado de quién te pondrías?
—Le aseguro, nadi, que mi madre jamás…
—No formas parte del equipo de seguridad, de modo que yo no estoy bajo tu man’chi.
—No, nadi, yo trabajo para la comisión de Preservación. Soy cuidador. Es decir, soy un empleado del estado.
No podía creerse que hubiera un atevi en aquel mundo que no le mintiera, pero puede que este fuera el primer caso.
Tenía la sensación de que le había planteado la cuestión de una forma correcta o de una manera lo bastante inteligente como para que el sirviente no se saliera por la tangente. Pensó entonces que Banichi habría solucionado el asunto con una de sus famosas frases lapidarias como, por ejemplo «está usted a mi cargo, nand’paidhi». Lo que, sin duda, podía significar cualquier cosa.
Pero… ¿cuidador de Malguri? Estaba claro cuál era la posición de Djinana. No aprobaba que se colgaran pizarras, ni que se clavaran extensiones o clavos nuevos en las paredes del castillo. Sabía eso de él y, de hecho, tenía la impresión de que sabía más de Djinana que del propio Banichi. No cabía duda de que Banichi no se había mostrado precisamente muy comunicativo con él; o eso, o se había comportado con gran negligencia, lo que no le parecía muy del estilo del agente.
Aunque puede que hubiera ocurrido algo realmente catastrófico, como que alguien hubiese atentado contra el mismísimo Tabini.
La posibilidad le hizo sentirse enfermo.
Lo que, joder, era lo que menos necesitaba cuando por fin había conseguido empezar a encontrarse bien. No, Tabini no podía estar en peligro. El aiji contaba con un equipo de seguridad mucho mejor que el suyo; Tabini tenía a toda la puta ciudad cuidando de él, mientras que su plantilla estaba de paseo por el aeropuerto, dejándole a solas con Cenedi, que podía entrar cuando quisiera y hacerlos volar, a Djinana y a él, en pedazos si tenía tendencia a no hacer caso del biichi-ji y no le incomodaba manchar las históricas alfombras.
—Necesito un papel y una pluma.
—¿No tiene su estuche, nadi?
—No tengo ni idea de dónde lo han dejado mis sirvientes. No me dejaron intervenir en el proceso. Busca en los cajones. Si no lo encuentras, creo que tendremos que pasar sin él. Y si Banichi no está de vuelta mañana por la mañana, tú vendrás conmigo.
—Pero yo… —empezó a protestar Djinana. No obstante, se calló y se inclinó—. Conozco un poco el protocolo. Buscaré el estuche o, en su defecto, le proporcionaré uno del castillo. ¿Quiere el paidhi que le aconseje acerca de qué escribir?
—Dime, Djinana, ¿crees que doy miedo? ¿Que soy raro? ¿Crees que los niños tendrían pesadillas si me vieran?
—Eh… —el sirviente parecía agobiado.
—¿Te inspiro repulsión, nadi? No me gustaría que fuera así. Te considero unn hombre honesto, de los pocos que he conocido.
—Le deseo lo mejor al paidhi.
—Sabes de protocolo, de modo que… ¿crees que podrías acompañarme mañana y sacarme de allí sin que esté a punto de morir envenenado?
—Por favor, nand’paidhi, no estoy cualificado para…
—Pero eres honesto y eres bueno. Defenderías a tu madre antes que a mí. Como ser humano, eso me parece fundamental. Le debes a tu madre mucho más que a mí. Como me ocurre a mí con la mía, por cierto. Y, en realidad, podrías incluso pasar por humano, nadi, lo que creo que no tiene absolutamente nada de malo.
Djinana lo miró con un gesto de atormentada confusión.
—La verdad es que no entiendo adónde quiere llegar, nadi.
—Entre Malguri y su madre, nadi; si tuvieras que escoger la ruina de una o de la otra, ¿qué escogerías?
—La de mi madre, nadi. Mi man’chi es para con este lugar.
—¿Morirías por la reputación de Malguri, nadi-ji?
—No soy nadi-ji. Solo nadi, nand’paidhi.
—¿Morirías por eso, nadi-ji?
—Me sacrificaría por las piedras de este lugar, desde luego que lo haría, nadi-ji. No podría abandonarlo.
—Nosotros también —le dijo, con un humor extraño y malhumorado—. Nosotros, los humanos, entendemos el valor de las antigüedades. Damos importancia a la preservación. Sabemos lo importantes que son las viejas historias. Todo lo que poseemos y conocemos está en esas historias. Desearía que pudiéramos darte todo lo que conocemos, nadi, y que tú a cambio pudieras hacer lo mismo. Y me gustaría que los dos pudiéramos viajar a la luna antes de que seamos demasiado mayores.
—¡A la luna! —exclamó Djinana con una carcajada nerviosa—. ¿Y qué haríamos allí?
—O a la vieja estación. Es vuestra, nadi-ji. O al menos debería serlo.
Enseguida se dio cuenta de lo nervioso que estaba porque las cosas que le estaba diciendo al sirviente solía reservarlas para un solo hombre, para Tabini. Eran cosas que no se atrevía a decir ante el consejo porque los intereses de algunos, ocultos tras un manto del escepticismo hacia los seres humanos y hacia todo lo que el paidhi decía y hacía, podrían llevar a los atevi a sacar conclusiones erróneas.
De modo que tenía que conformarse con contarle la verdad a un cuidador. Y estaba furioso con Banichi, quien, casi con toda seguridad y de forma justificada, también estaba enojado con el paidhi. Pero el intérprete veía cómo se le escapaba la situación y cómo los atevi en los que había confiado empezaban a comportarse de manera extraña y distante, y a ocultarle respuestas importantes en un momento de crisis que quizá podrían haber evitado de haberlo visto venir llegar.
Sin duda había confundido a Djinana. El criado se limitó a recoger los platos y, cuando no pudo encontrar el estuche oficial del paidhi, le suministró uno antiquísimo que pertenecía a la fortaleza. También le trajo una pluma, papel y cera para sellar.
Con su mejor caligrafía escribió lo siguiente: «Acepto la graciosa invitación de la Viuda-aiji para desayunar a primera hora del día. El paidhi-aiji, Bren Cameron, con profundo respeto».
Pensó que aquella era la forma correcta de responder. Al menos eso le parecía. Solo esperaba, sin embargo, que a la Viuda no le registraran el correo. Le dejó leer a Djinana el mensaje antes de sellarlo con el lacre y con su sello particular, y le pidió que se lo entregara a Cenedi, que posiblemente ya estaría harto de esperar.
Después de eso, y una vez que Djinana se marchó para presentar el mensaje en su nombre, se puso a escribirle una carta a Tabini.
«Estoy inquieto, aiji-ma. Tengo la sensación de que habrá asuntos en la ciudad que reclamen mi atención porque sé que dejé algunos pendientes. Espero que sus empleados puedan suministrarme los informes oportunos porque me incomodaría sobremanera quedarme obsoleto. Como supongo que sabrá, Malguri no está informatizada y la posibilidad de realizar llamadas telefónicas queda fuera de la cuestión.
»Acepte por favor mis más cálidos saludos, así como el deseo de que sus días sean auspiciosos y los desenlaces afortunados. Que baji-naji mire por usted. El paidhi-aiji Bren Cameron, con profundo respeto y devoción por la asociación y el Tabini-aiji, el…».
Tuvo que pararse y calcular la fecha contando con los dedos. Supuso que había perdido al menos un día. O dos. Se sintió confuso y decidió que solo había sido uno. Escribió la fecha y selló la carta con un lazo, pero vertió la cera directamente sobre el papel.
Se la entregaría a Banichi en su próxima excursión al aeropuerto y, pensó, a la oficina de correos.
Entonces, por si la primera nunca alcanzaba su destino, escribió una copia.
Djinana regresó entonces y le informó de que ya había entregado el mensaje. Le preguntó si seguiría necesitando el lacre.
—Tengo que ponerme al día con la correspondencia —le explicó él—. Apagaré la vela cuando termine, aunque tenía la intención de leer un rato antes de acostarme, gracias, nadi. Me parece que ya no te necesitaré más. ¿Se ha marchado ya el caballero que venía en nombre de la Viuda?
—Sí, nand’paidhi. Se ha encargado también de cerrar la puerta principal.
—Banichi tiene una llave.
—Sí, así es. También nadi Jago. Pero lo más probable es que entren por la cocina.
La puerta de la cocina. Por supuesto. La comida no le llegaba por las escaleras, sino por los pasillos secundarios, a través de las dependencias de los criados, por su dormitorio y la sala de estar antes de alcanzar la mesa del comedor.
—Estaré bien. Buenas noches, nadi Djinana. Muchas gracias por todo, me has sido de mucha ayuda.
—Buenas noches, nand’paidhi.
El sirviente se marchó a su habitación. Terminó de parafrasear la nota que estaba escribiendo y añadió:
«Si alguien encuentra esto y no ha podido leer con anterioridad algún mensaje parecido, Tabini-ji, sospeche de la mano que debería de haberle entregado la primera nota. Después de la taza envenenada de la Viuda, no confío en nadie de Malguri, ni siquiera en mis propios sirvientes».
Escondió el mensaje en el libro de visitas, suponiendo que el siguiente inquilino lo encontraría, si es que no lo sacaba él antes. Aquel no era un libro que Banichi fuera a leer.
Se fue a la cama con la absoluta seguridad de que lo que había escrito en la nota era muy cierto.
El trueno retumbaba en el exterior y el relámpago iluminaba las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal envuelto en las tinieblas nocturnas. Unos resplandores fugaces de color irradiaban de los fragmentos ámbar y azul.
Bren leyó hasta tarde, pues no tenía sueño y tampoco le apetecía compartir la cama con sus mórbidos pensamientos. Se puso a mirar fotografías e ilustraciones cuando sus palabras desembocaron en la crítica más aguda hacia la actitud y comportamiento de los atevi. Aquello perjudicaba seriamente su visión y comprensión de la situación. Leyó acerca de viejas batallas. Acerca de traiciones y envenenamientos.
Banichi llegó en medio de uno de los restallidos de los truenos, entró y se acercó al fuego. Una finísima capa de agua brillaba sobre su negro y plateado uniforme. Parecía enfadado.
—Nadi Bren, desearía que me consultara antes de tomar sus decisiones.
Se quedaron en silencio. Miró a Banichi sin decir palabra, sin expresión en su rostro y pensó en decir: Nadi, desearía que me consultara antes de marcharse.
Pero Banichi, por lo que sabía de él, era muy capaz de adivinar lo que estaba pensando, de la misma manera que él tenía que elucubrar acerca de lo que el agente estaría pensando o dónde estaba Jago o por qué los que se suponía que eran sus sirvientes estaban ausentes y no había manera de dar con ellos.
Y quizá no tenía razones para estar enfadado, tal vez los asuntos que Banichi tenía que llevar a cabo en el aeropuerto requerían de su absoluto desconocimiento, pero, joder, estaba furioso. Sintió una ira particular al ver a Banichi allí, de pie. Y también un dolor del que no se había percatado hasta ahora; un dolor absurdo y poco profesional, un dolor humano que había partido de Tabini y que se extendía a los dos atevi a los que creía entender.
Supuso que en ello tenía mucho que ver la diferencia en las costumbres y el entorno. El desequilibrio mineral. La ausencia de vitaminas. Los productos alimenticios que drenaban nutrientes en lugar de aportarlos o que reestructuraban químicamente lo que necesitaba. Se le ocurrían una docena de razones plausibles que podían explicar su comportamiento autodestructivo; en parte por la dieta y en parte porque, joder, su sensibilidad o su cultura lo habían enseñado a apreciar a las personas a las que dedicaba su vida.
—No tengo por qué ser el paidhi —dijo por fin, cuando le quedó claro que Banichi estaba dispuesto a permanecer en silencio eternamente—. No tengo necesidad de abandonar a mi familia y a mi gente y vivir en un lugar donde las nueve décimas partes de la población me detestan.
—¿Y cómo lo escogen? —indagó el agente.
—Por la carrera. Acaba siendo una especialidad. Si eres el mejor, y el paidhi deja su trabajo, tú asumes el puesto. Así ocurre. Lo haces para que la paz perdure.
—Es el mejor en su trabajo.
—Es lo que intento —le contestó—. Lo intento con todas mis fuerzas, Banichi. Pero es evidente que he hecho algo mal. Puede que haya ofendido a la Viuda-aiji. Posiblemente me haya metido en una situación muy peligrosa. La verdad es que no lo sé. Procuro asimilar que he fallado. Pero no lo sé. Aunque, como no estabas, no pude preguntarte. Y a Jago tampoco. No pudimos encontrar a Algini, y Tano estaba ocupándose de Dios sabe qué. De modo que le pregunté a Djinana, que evidentemente no sabía lo que me diríais… si hubierais estado aquí.
Banichi frunció el ceño.
—¿Dónde estabais? ¿O acaso no se me permite preguntar? Si realmente tuvieras la intención de responder, me habríais dicho que te marchabas y si no quisieras preocuparme, intentarías no restregarme las pistas por las narices, y no te negarías a contestar a mis más que razonables dudas, sobre todo cuando dependo de ti para proteger un Tratado de tanta importancia como el que tenemos entre manos. Si pudiera hacerlo solo, lo haría, pero no parece ser el caso.
Banichi no dijo nada, ni se movió durante un momento. Entonces se apartó de la chimenea y avanzó hacia el dormitorio.
Bren cerró el libro con un golpe seco. Banichi se volvió, sorprendido, cosa que satisfizo a Bren. Estaba claro que el agente estaba bajo una gran tensión.
—¿Dónde está Jago?
—Fuera… Tampoco quiere responder a sus más que razonables dudas.
—¡Qué te den, Banichi! —Se levantó de un brinco, aunque, a pesar de estar de pie, tenía que alzar el rostro para mirar al guardia a la cara—. Deberías decirme si estoy bajo arresto y confinado aquí. ¿Y dónde está mi correo? ¿Es que no llega hasta Maidingi ninguna línea regular? Desde mi punto de vista, aquello era un aeropuerto en toda regla.
—Los vuelos de Shejidan llegan una vez por semana. La mayor parte del país, nadi, vive a un ritmo diferente. Esté tranquilo. Disfrute del lago. Aproveche este ritmo más lento.
—¿Ritmo lento? Quiero una batería solar, Banichi. Quiero hacer una llamada de teléfono. No me digas que en este lugar no hay teléfono.
—Pues, de hecho, no. No lo hay. Este es un monumento histórico. El cableado desfiguraría el…
—Se puede poner cableado subterráneo, Banichi. ¿Y qué me dices de las cañerías que sobresalen del techo? Eso sin mencionar todos los cables que están a la vista.
—Es la única manera de que lleguen hasta aquí.
—Hay gas. Hay luz. ¿Por qué no hay enchufes? ¿Por qué demonios no puede bajar alguien al pueblo y comprarme en una tienda de electrónica un puñetero alargador y un enchufe? Estoy seguro de que puedo pasar sin una de las luces del techo. Y las paredes históricas no sufrirían ningún daño.
—No hay ninguna tienda de electrónica. El pueblo de Maidingi es un sitio muy pequeño, nadi Bren.
—Por Dios… —La cabeza estaba empezando a dolerle muchísimo. El ritmo cardíaco se le estaba acelerando otra vez y eso le hacía sentirse mareado. La luz, el calor y el sonido de la leña que ardía en el hogar reverberaban en sus sentidos de una forma enloquecedora—. Banichi, ¿por qué está haciendo esto Tabini?
—¿Haciendo qué, nadi? Dudo que el aiji-ji tenga algo que ver con la ausencia de tiendas de electrónica en Maidingi.
No se rio. Se acercó y se apoyó sobre la estructura pétrea de la chimenea, se cruzó de brazos y miró a Banichi con auténtica furia. Estaba decidido a sacarle la verdad de una manera o de otra.
—Ya sabes a qué me refiero. Creo que me sentiría mejor si supiera que todo forma parte de una estrategia política. Desde luego no me siento bien pensando que esto ha podido ser culpa mía; que he podido hacer algo o complicarle la vida a Tabini. Me gusta, Banichi. No quiero que le ocurra nada malo al aiji por mi causa. Y tampoco quiero que os pase nada a vosotros, a Jago o a ti. Es mi man’chi. Los humanos somos así. Sentimos una insólita lealtad hacia las personas que nos gustan. Además, Banichi, a veces te portas mal conmigo.
—Eso es evidente.
—Pero, joder, aun así me gustas. Es difícil hacernos cambiar de opinión y, desde luego, nuestros sentimientos no cambian solo porque vuestro man’chi os indique lo contrario. No podéis libraros de nosotros cuando sentimos cariño por vosotros, Banichi. No te queda más remedio que estar conmigo, de modo que procura disfrutarlo.
No existía una traducción adecuada para «gustar». Para ellos implicaba preferir, por ejemplo, la ensalada verde y las bebidas con hielo. Pero lo del amor o el cariño era incluso peor. Banichi nunca se lo perdonaría.
El agente lo miró con ira; una y hasta dos veces respiró, rabioso.
—¿Y eso qué significa? ¿A qué se refiere, nand’paidhi? —le inquirió en un mosfei con evidente acento atevi.
—Estoy hablando de lo que siento hacia mi madre, mi hermano y mi trabajo. De lo que siento por Tabini, por Jago y por ti —le confesó con la voz entrecortada. Le faltaba el aliento. Perdió el control y lo soltó todo de golpe —: Banichi, recorrería andando cientos de kilómetros si así consiguiera que me dijeras una sola palabra amable. Te daría mi camisa si la necesitaras. Y si estuvieras en apuros, te llevaría a cuestas toda esa distancia. ¿Cómo llamáis a eso? ¿Ser idiota?
Banichi volvió a coger aire con resentimiento.
—Eso le costaría muchísimo.
—También cuesta que te gusten los atevi —dijo, sin poderse controlar—. Baji-ji, es la suerte que me ha caído en gracia.
—No bromee.
—No estoy de broma. Por Dios, no estoy de broma. Nos tiene que gustar alguien, forma parte de nuestra naturaleza porque si no nos morimos. Si no, Banichi, nos morimos. Quedamos con nuestras abuelas, aceptamos las tazas de té que nos ofrecen los extraños y ya no pedimos que nos ayuden, Banichi, porque… ¿para qué íbamos a hacerlo? ¿Para qué hacerlo cuando vosotros no entendéis lo que necesitamos?
—De modo que, si no adivino lo que le gusta, amenaza con arruinar mi reputación. ¿Es eso?
El dolor de cabeza se agudizó considerablemente. La visión se le nubló parcialmente.
—Gustar, gustar, gustar… Oh, por favor, deja ya de utilizar esa palabra, Banichi, paso por eso todos los putos días. ¿Es que no podrías hacerlo tú para variar? ¿Para entender, aunque solo fuera una vez, lo que pienso? Eres un chico listo. Sé que es difícil engañarte. Banichi, sigue el rastro solitario de mis pensamientos.
—¡No soy una maldita herramienta!
—Banichi-ji… —el dolor alcanzó su pico más alto y se mantuvo donde podía tolerarlo ahora que ya había descubierto sus límites. Apoyó la mano sobre la estantería de piedra que había sobre la chimenea. Palpó su textura, la sedosa suavidad del polvo acumulado durante generaciones, la piedra calentada por el fuego; una piedra arrancada de la superficie terrestre para construir aquella fortaleza mucho antes de que los seres humanos tuvieran siquiera en mente abandonar su planeta de origen. Antes de que se perdieran y quedaran desesperanzados. Trató de recomponerse, pues al fin y al cabo era el paidhi. El hombre situado en el centro de todo. Recordó que había sido su elección, que sabía que no recibiría recompensa alguna. Seguía creyendo, en cualquier caso, que los atevi tenían sentimientos y que el problema estribaba solo en encontrar las palabras adecuadas, en apretar el botón correcto, en hallar la clave del pensamiento atevi… Y que así recibiría de ellos todo lo que había sacrificado con la humanidad.
Entonces solo contaba con veintidós años y lo que ignoraba superaba con creces lo que sabía.
—Su comportamiento me preocupa —le dijo Banichi.
—Discúlpame. —Sentía que un nudo inmenso lo asfixiaba, lo incapacitaba para seguir hablando, aunque ya estaba mucho más relajado. Decidió no mirarlo a los ojos. Imaginó que no se perdería más que la sospecha y la furia plasmada en la mirada del agente—. He reaccionado de una manera muy poco profesional y me he metido en donde no me llamaban.
—¿Reaccionado a qué, nand’paidhi?
Estaba escogiendo mal las palabras, caminaba por terreno pantanoso. El dolor de cabeza le había provocado malestar en el estómago, aunque de momento todo era incipiente.
—Malinterpreté tu comportamiento. El error ha sido mío, no tuyo. ¿Me acompañarás a la reunión mañana y me ayudarás a protegerme de mi propia estupidez?
—¿Qué comportamiento malinterpretó?
Volvía de nuevo al ataque. Banichi se negaba a morder el anzuelo que le había lanzado. Y ya no le quedaban fuerzas para seguir discutiendo o para exponer sus argumentos con fría imparcialidad.
—Eso ya te lo he explicado, aunque me parece que no tenía sentido para ti. Supongo que nunca lo tendrá. —Dejó que su vista vagara entre las llamas que danzaban en el hogar y recordó la interpretación que Banichi había hecho de su explicación—. No era una amenaza, Banichi. Yo nunca te haría eso. Valoro tu presencia y tus buenas cualidades. ¿Vendrás mañana conmigo?
Retomaba lo más sencillo; volvía sobre las palabras con los que todos parecían sentirse cómodos. Las palabras frías, las superficiales.
—No, nadi. Nadie se invita solo a la mesa de la Viuda. Usted aceptó.
—Pero estás asignado a…
—Mi man’chi es para con Tabini. Mis acciones son las suyas. Espero que el paidhi no haya olvidado algo tan básico.
Estaba furioso. Miró a Banichi directamente, de forma prolongada, durante el tiempo suficiente como para que este se diera cuenta de que quería saber qué otras cosas de las que hacía o decía eran también las que decía o hacía Tabini.
—No lo he olvidado, ¿cómo podría?
Banichi lo miró, malhumorado.
—No se olvide de preguntar lo que va a comer y asegúrese de que el cocinero sabe que usted va a estar presente en la reunión.
Se abrió una puerta de la habitación más apartada. Banichi concentró en ella su atención al instante. Era Jago, con el uniforme empapado como el de Banichi. Parecía de buen humor hasta que se encaró con los dos. Su rostro cobró inmediatamente un gesto de total impasibilidad. Avanzó hasta el dormitorio sin decir una sola palabra.
—Disculpe —dijo Banichi con voz ronca y fue a reunirse con ella.
Bren miró iracundo la espalda uniformada, la larga trenza que se mecía de un lado a otro; observó a los dos guardias que, atravesando su habitación, se marchaban hacia las dependencias de los criados. Golpeó el puño contra la estructura de piedra de la chimenea y no empezó a sentir el dolor hasta que se apartó de ella.
Estúpido, pensó, estúpido y peligroso el haber intentado explicarle algo a Banichi. Sí nadi, no nadi. Limítese a usar palabras simples y claras, nadi.
Banichi y Jago se dirigieron a las dependencias de los sirvientes, donde se alojaban por separado. Bren se acercó a su dormitorio y se desvistió con la mirada clavada en la criatura muerta y furibunda que colgaba de la pared. Tenía la misma expresión que él en la última de sus peleas.
Le devolvió la mirada cuando se metió en la cama. Cogió su libro y se puso a leer, porque estaba demasiado airado como para dormir. Leyó acerca de antiguas batallas atevi, traiciones y asesinatos.
Acerca de barcos fantasma que surcaban las aguas del lago y sobre una presencia que se dejaba ver en la sala de audiencias que había en ese segundo piso; una bestia espectral que de vez en cuando subía o bajaba por los pasillos, en busca de alguien o de algo.
Él era un hombre moderno y aquellas eran solo supersticiones atevi. No obstante, echó un vistazo a la criatura que pendía de la pared y luego decidió eludir su mirada de penetrantes ojos de cristal.
El trueno rugió y todas las luces se apagaron, salvo las que procedían de la chimenea encendida en la habitación contigua, que proyectaban un fulgor tembloroso que no alcanzaba a iluminar todos los rincones de su dormitorio y que dejaba en tinieblas el pasillo que conducía a las dependencias de los criados.
Supuso que un rayo debía haber caído sobre el transformador. Pero el lugar quedó sumido en un inquietante silencio. Lo único que se oía era un golpeteo distante que sonaba como un latido y que le llegaba como un eco por las paredes.
De pronto, en el pasillo de los sirvientes, el que estaba detrás del baño, escuchó unas pisadas que se acercaban a su dormitorio.
Salió de la cama y se quedó de rodillas.
—Nand’ paidhi —lo llamó una voz femenina—, soy Jago.
Sacó la mano de debajo del colchón y volvió a meterse en la cama. Se sentó y observó cómo el ejército de sombras en el que se habían convertido los criados entraba y salía de su habitación. No podía distinguir sus rostros. Vio el destello del metal en lo que creyó que era el uniforme de Banichi.
Una de las sombras se quedó allí.
—¿Quién eres? —inquirió con nerviosismo.
—Jago, nadi. Me quedaré con usted. Váyase a dormir.
—¡Debes estar de broma!
—Es solo un apagón, nand’paidhi. Lo que oye es el generador auxiliar. Mantiene la nevera en funcionamiento, por lo menos hasta la mañana.
Se levantó, fue en busca de su bata y se golpeó la rodilla contra una silla. Emitió un vergonzoso chillido.
—¿Qué quiere, nadi?
—Mi bata.
—¿Es esta? —Jago la encontró enseguida, a los pies de su cama, y se la entregó.
Recordó que la visión nocturna de los atevi era mucho mejor que la de los humanos y aquello lo hizo sentirse incómodo. Se puso la bata, se la anudó y fue a sentarse a la sala de estar, donde la situación le parecía menos provocativa y donde podría ver la cálida luz del fuego, así como el destello blanquecino e intermitente de los relámpagos.
Una sombra de la que se desprendían destellos metálicos lo siguió. Los ojos dorados de la atevi resaltaban en la penumbra. A los atevi, sin embargo, les ponía nerviosos que los ojos de los humanos pasaran desapercibidos en la oscuridad. Lo cierto es que sus mutuas diferencias eran motivo de sus mutuas pesadillas.
Pero, se dijo, no encontraría una compañía más segura en este mundo, y trató de convencerse también de que el apagón no era más que un producto de la tormenta, y de que Banichi regresaría frío, mojado y de muy mal humor.
Pero Jago no vestía su camisón. Iba de uniforme y estaba armada cuando las luces se apagaron. Al igual que Banichi.
—¿No duermes? —le preguntó, colocándose delante de la chimenea.
Los reflejos gemelos de sus ojos se eclipsaron, parpadearon, y luego desaparecieron cuando se acercó lo suficiente para apoyar un codo sobre la estantería que estaba encima de la chimenea. La sombra se cernió sobre él y el dorado del fuego resplandeció contra su piel de ébano.
—Estábamos despiertos —le dijo.
Evidentemente los asuntos no se paraban solo porque él no supiera sobre qué versaban. Sintió frío a pesar de la bata y añoró un descanso que sabía que necesitaría si pretendía encararse con la Viuda a la mañana siguiente.
—¿Está este lugar protegido? —indagó.
—Desde luego, nadi-ji. Cuando es necesario, sigue siendo una fortaleza.
—¿A pesar de los turistas y de todos los demás?
—Sí, por cierto, mañana vendrá un grupo de turistas, nadi. Por favor sea prudente. No es necesario que lo vean.
Se sentía cada vez más frágil. Estaba de pie, temblando a pesar de la bata.
—¿Es que nunca se ha escapado nadie y alejado del grupo para cotillear?
—La multa por hacer eso es muy alta —le explicó.
—Posiblemente también lo sea por matar al paidhi —murmuró con ironía. Su bata no tenía bolsillos. Por alguna razón los sastres atevi se negaban a ponerlos. Se metió las manos en las mangas—. Les costaría por lo menos la paga de un mes.
Aparentemente eso le resultó gracioso a Jago. Oyó que se reía. Era un sonido inesperado. Pretendía, sin embargo, ser un consuelo.
—Se supone que tengo que desayunar con la abuela de Tabini —le dijo—. Me parece que Banichi está furioso conmigo.
—¿Y por qué ha aceptado?
—La verdad es que no sabía que podía rechazar la invitación. No sabía si eso traería consecuencias…
Jago emitió un sonido fugaz y burlón.
—Banichi me dijo que lo había hecho porque creía que él es un desertor.
No quería reírse. Estaba enfadado y dolido; aunque lo cierto es que no dejaba de ser gracioso lo perplejo que se había quedado Banichi después de escuchar aquel torrente de sentimientos huérfanos. Lo descolocaba, sin embargo, el súbito interés de Jago por conversar. Aquel era un gesto sin precedentes.
—Algo me dice que ha habido una mala interpretación de los términos — aventuró ella.
—Le dije cuánto lo respeto —replicó él. Lo que, así expresado le parecía frío, distante y sí, también correcto. Volvió a recordar todo el absurdo asunto y a encararse con aquellas barreras infranqueables—. Respeto, aprobación. Es casi lo mismo.
—¿Cómo? —le preguntó ella sin tapujos.
Las palabras atevi no significaban lo que él pretendía. No podían y no lo harían jamás. Todo el sistema de escritura de los atevi era diferente al suyo, o por lo menos eso afirmaban los expertos. La dinámica de sus relaciones era distinta de una forma que ningún paidhi había logrado averiguar, posiblemente porque los paidhiin buscaban siempre palabras que encajaran con los sentimientos humanos y luego se engañaban acerca de los significados cuando el mundo de los atevi se convertía en algo insoportable para ellos.
Dios, ¿por qué había decidido hablar con él esa noche? ¿Era una estrategia política? ¿Quería interrogarlo?
—Nadi —dijo exhausto—, si pudiera decírtelo, seriáis capaces de entendernos mucho mejor.
—Banichi habla mosfei. Debería decírselo en su idioma.
—Banichi no siente en mosfei. —Ya era muy tarde y se sentía terriblemente estúpido. Intentó, sin embargo, hacer un último esfuerzo para que ella pudiera comprender la abstracción—. Traté de explicarle que haría cosas favorables por él porque me parece una persona favorable.
Eso, por lo menos, se acercaba más al plano abstracto; más que la sensación de que la suerte regía el destino del universo, lo que, de alguna manera lo relacionaba con lo que pensaban los dioses según los ragi.
—Midei —concluyó Jago sorprendida. Esa palabra no la había oído nunca y lo cierto es que había pocas palabras corrientes cuyo significado no conociera—. Dahemidei. Usted es Midedeni.
Ya eran tres en la misma frase. Estaba demasiado cansado para tomar apuntes y el puto ordenador se había quedado sin batería.
—¿Qué significa eso?
—Midedeni creía que la suerte y la aprobación eran dos elementos inherentes a las personas. Era, como podrá imaginar, un hereje.
Cómo no.
—De modo que pasó hace mucho.
—Oh, la mitad de Adjaiwaio sigue pensando algo parecido. Por lo menos en ese país se supone que te «asocias» con todos cuantos conoces.
¿Toda una asociación remota en la que había personas a las que les gustaban otras personas? Sintió, a la vez, la necesidad de ir hasta allí y el temor a que existieran otras diferencias esenciales o que pudieran poner en peligro el Tratado.
—¿De verdad cree eso? —le preguntó Jago. Y de pronto le pareció peligroso porque sus sentimientos abrazaban aquella posibilidad como una última esperanza. Se sentía incapaz de construir argumentos racionales cuando palpitaba en su interior la seductora noción de que quizá algunos atevi comprendían qué era el cariño—. ¿Los señores de la tecnología están de acuerdo con ello?
Estaba claro que Jago no creía que unas personas inteligentes pensaran de aquella manera.
Lo que hacía que le entraran ganas de preguntarse, como solía hacer el paidhi, si los humanos estaban cegados en alguna medida por el carácter primitivo de tales vínculos.
Reaccionó entonces a la idea y decidió finalmente que eran los humanos los que tenían razón y no los atevi.
—Con algo parecido —le dijo. Los expertos aseguraban que los atevi no podían sentir más allá de su estructura jerárquica. ¿Y Jago decía que podían? El corazón se le aceleró. El sentido común le decía que fuera precavido, que no se lo creyera, que existía cierta contradicción—. ¿De modo que podéis sentiros vinculados hacia alguien por el que no tengáis man’chi?
—Nadi Bren… ¿Me está haciendo una proposición sexual?
Se quedó helado.
—Eh… Yo… No… Jago-ji.
—Solo me lo preguntaba.
—Disculpa mi falta de decoro.
—Disculpe mi error. ¿Qué me estaba preguntando?
—Esto… —recuperar la objetividad le parecía una misión imposible o quizá es que nunca había existido—. Me gustaría leer acerca de los midedeni, si es que crees que podrías encontrarme un libro sobre ello.
—Claro que sí, aunque dudo que sea aquí. La biblioteca de Malguri se compone, sobre todo, de libros de la historia local. Los midedeni eran todos del este.
—Me gustaría que me consiguieras un libro con el que pudiera quedarme.
—Desde luego. Tengo uno, pero está en Shejidan.
Tenía la sensación de estar metiéndose otra vez en un gran lío. Y para colmo, le había dado la impresión, a una persona que informaba directamente a Tabini, de que estaba sumamente interesado en una herejía que llevaba siglos extinta.
—Lo más probable es que sea diferente —dijo, intentado solucionar el asunto—. Me parece imposible que la correspondencia sea exacta. —Jago era muy inteligente; su astucia era evidente y se arriesgó a comentar algo que normalmente solo le habría dicho al propio Tabini—. Son esas aparentes correspondencias las que luego nos decepcionan sobremanera. Queremos creer en ellas.
—Por lo menos en Shejidan somos educados. No nos dedicamos a matar a la gente por sus diferencias filosóficas. Yo nunca aceptaría un contrato de esas características.
Que Dios lo ayudara. No sabía si creer que eso era una broma de Jago. La segunda en lo que iba de noche.
—Ni yo te creería capaz de ello.
—Espero no haberlo ofendido, nadi.
—Tú también me gustas.
En atevi eso era muy divertido. Logró arrancarle una sonrisa, y luego vio que agachaba el rostro y entrevió un destello de sus ojos en el espejo extrañamente iluminado.
—Me parece que no lo he entendido —le dijo ella—. El significado se me escapa, nadi.
Ni siquiera la mejor de las voluntades de aquel mundo podía salvar la brecha que se extendía entre ellos. La miró y sintió una soledad que no lo sobrecogía desde su primera semana allí.
—Pero lo intentas, Jago-ji. Y Banichi también. Eso me hace sentir menos… —no existía una palabra exacta para solitario— solo.
—Compartimos un man’chi —añadió ella, como si hubiera comprendido algo de lo que le estaba contando—. El de la casa de Tabini. No dude de nosotros, paidhi-ji. Nunca lo abandonaríamos.
Volvía a alejarse del verdadero significado. No existía nada, nada que pudiera dar sentido a la lógica. La miró con atención, y se preguntó cómo era posible que alguien tan honesto, tan amable (lo que no dejaba de sorprenderle teniendo en cuenta que era una asesina con licencia) careciera de los elementos más básicos, de la sensibilidad necesaria para entender lo fundamentales que eran las emociones. Sencillamente, no terminaba de encajar. La mecha no prendía y le parecía inútil también agarrarse a la Adjaiwaio o a cualquier otra filosofía extinta.
La misma palabra, filosofía, lo decía: se trataba de una estructura intelectual, no emocional. Y el humano que osara tenerla como emblema, se arriesgaba a caer en el vacío y a sentir el dolor.
—Gracias, nadi-ji —le agradeció. Se apartó de la chimenea y se acercó a la ventana, donde no encontró más que las gotas de lluvia que destacaban sobre la oscuridad reinante.
Algo explotó o implotó. Y el sonido reverberó en las paredes una y hasta dos veces.
El ruido no podía proceder de una contraventana suelta. El origen parecía exterior, más allá de la muralla, hacia el suroeste, detrás de la entrada.
La casa estaba, sin embargo, sumida en el silencio. Un silencio perturbado únicamente por el sonido de la lluvia al caer y el de las llamas que crepitaban en la chimenea.
—Apártese de la ventana —le pidió Jago y él obedeció inmediatamente, reculando hasta que su hombro chocó con la dura piedra. Tenía el corazón desbocado y supuso que ella se marcharía corriendo para buscar a Banichi. De pronto se imaginó que cuatro o cinco asesinos habían conseguido burlar las defensas del castillo y que ya estaban dentro de sus antiquísimas paredes.
No obstante, Jago se limitó a permanecer a la escucha. No hubo un segundo estallido. Su radio emitió un sonido de advertencia; no se la había visto, pero estaba claro que la llevaba encima. La cogió y apretó el botón para recibir la voz de Banichi que le habló en código.
—Tano le ha disparado a dos sombras —tradujo, mirándolo. Era una figura negra que destacaba contra el fuego—. Está bien, no tiene licencia.
Con ello quería decirle que era perfectamente comprensible que Tano hubiera cometido un error. De modo que Tano, y supuso que también Algini, estaban fuera y contaban con el permiso para disparar en defensa propia, aunque no en lugares públicos.
—¿Qué era entonces, un trueno? —indagó—. ¿Es que están disparándole a la tormenta ahí fuera?
—Gatillo rápido y dedos nerviosos —le respondió Jago y apagó la radio —. No tiene de qué preocuparse, nadi-ji.
—¿Cuándo volverá la electricidad?
—En cuanto el equipo pueda subir desde Maidingi. Yo diría que se hará de día antes de que vuelva la luz. Pero son cosas que pasan, nadi. El cañón del patio atrae los rayos. Y, por desgracia, pasa lo mismo con el transformador. Le aseguro que es algo muy normal.
Quizá cancelaran el desayuno debido al apagón. Tal vez lo indultaran de su estupidez.
—Le sugiero que se vaya a la cama —le dijo Jago—. Me quedaré aquí y leeré hasta que entren los demás. Tiene un compromiso por la mañana.
—Estábamos hablando sobre el man’chi —dijo él, nervioso, aunque no sabía si por la tormenta, por los disparos o por sus propios fracasos. La conversación con ella había alcanzado un punto muy íntimo, lo que quizá explicara por qué Jago había pensado que le estaba haciendo una proposición sexual. Que Dios lo ayudara. Tenía que probar todas las líneas de comunicación que tenía al alcance. Se encontraba sumido en una crisis emocional y no podía evitar sentirse incómodo por la impresión que le había dado. Una impresión que sin duda compartiría con Banichi y que este le trasladaría a Tabini. El paidhi se está comportando de una manera sumamente extraña, le dirían. Le ha hecho una proposición a Jago, invitó a Djinana a dar una vuelta por la luna y piensa que Banichi es un desertor.
—¿De veras? —Jago abandonó su posición junto a la chimenea, se acercó a él y lo cogió por el brazo—. Volvamos a su habitación, nand’paidhi, o cogerá frío.
Tiró de él con brusquedad más allá de las ventana, lo que lo ofendió y lo dejó perplejo. Desde luego no se esperaba aquella reacción.
Pero se dejó llevar por ella y pensó que, si Jago estuviera realmente preocupada, le habría hecho andar a gatas por debajo. Solo quería que se apartara de una ventana iluminada por el llamativo fulgor del fuego y en la que se recortaba su sombra. Entre la ventana y el lago estaban las murallas exteriores.
¿Pero eran los rayos que atraía el cañón lo que ella temía?
—Váyase a la cama Bren-ji —insistió mientras la acompañaba hasta la puerta del dormitorio—. No se preocupe. Lo más probable es que estén comprobando los daños. Tendremos que llamar a la estación eléctrica y darles el informe pertinente. Y es evidente que debemos aumentar las precauciones durante los apagones. Pero es pura rutina. Puede que me oiga salir o puede que no. No se preocupe por su seguridad.
De forma que alguien podía ponerse en contacto con el aeropuerto a través de la radio. Estaba claro que sí. Pero era la primera vez que oía que alguien lo reconocía. También era evidente que no dormiría bien esa noche si andaban entrando y saliendo de su habitación.
No obstante, se sentó en la cama, y Jago volvió a la sala de estar y lo dejó casi a oscuras. Se quitó la bata, se metió bajo las pieles, escuchó y observó las sombras bailarinas que las llamas en el hogar proyectaban sobre las paredes y que hacían brillar los ojos de cristal de la bestia que lo examinaba desde su pedestal, al otro lado de la habitación.
Me han dicho que estoy a salvo, pensó. Que no me preocupe.
Casi tenía sentido estar hablando con ese animal; al fin y al cabo compartían la intimidad del dormitorio. Y además era una criatura de ese planeta. Había muerto a manos de unos atevi que habían disfrutado asesinándola. No había necesidad de que alguno de ellos sintiera lástima por el otro. No es que fuera el último ejemplar de su especie. Lo más probable es que hubiera todavía cientos de miles como ella, corriendo entre la espesura, igualmente encolerizadas y despiadadas.
Estaba perfectamente adaptada a aquel mundo. No construía vínculos con sus menores o asociados. No los necesitaba. La naturaleza le proporcionaba un sentido jerárquico de dominio, de supervivencia positiva y de inmunidad contra todo lo que amenazaba con romperle el corazón.
Había sobrevivido hasta que algo aún más cruel lo había asesinado y colgado de una pared, para que le hiciera compañía a un humano idiota, que se había metido solito en todo esto, que había corrido como un loco detrás del conocimiento y del honor de ser el mejor en algo.
Lo que se supone que tendría que bastarle para dormir plácidamente en noches como aquella. Estaba claro que hacía todo lo que estaba en su mano, y si se relajaba…
Pero no podía. El paidhi no podía empezar, a sus veintiséis años atevi, a humanizar a las personas con las que trataba. Se metería de cabeza en la peor de las trampas. Todos sus predecesores se habían enfrentado al mismo problema. Y él se sabía la teoría.
Lo había estado haciendo bien mientras estaba a solo una hora de vuelo de Mosfeira. Siempre que su correo llegara según lo previsto, es decir, dos veces por semana. Y…
Siempre que creyera que volvería a ver otra vez los rostros de otros seres humanos y que las cosas iban estupendamente y que Tabini y él eran tan tan buenos amigos.
Ah, quédate con esa palabra, amigo.
El paidhi se había metido en grandes problemas. El paidhi había estado rematadamente ciego.
El paidhi no sabía por qué estaba en aquel lugar, el paidhi no sabía cuándo podría regresar, el paidhi no saciaba sus necesidades emocionales con Banichi y Jago, a diferencia de Tabini, que lo había alimentado, que se había reído con él, que había bromeado con él incluso el último día.
Pero ahora todo aquello en lo que creía se estaba desvaneciendo. Tabini le había dado unas palmaditas en la espalda (con suavidad, porque las espaldas de los humanos se fracturaban con facilidad) y le había dicho que tenía un talento innato para disparar armas. Pero, centrándose en el asunto, ¿era Tabini bueno de verdad? ¿Y sabía el paidhi leer entre las líneas atevi?
Estaba claro que el punto débil de todos los paidhiin había sido su necesidad de establecer vínculos emocionales con aquellos que los rodeaban.
Y eso, sin duda, era una ventaja clara para los atevi porque cuanto más los conocían, más confiados se volvían y más sencillo era sonsacarlos.
Sentía un nudo que le atenazaba la garganta, un doloroso nudo humano que interfería con su valoración racional de la situación. De forma ocasional se había preguntado durante cuánto tiempo podría ayudar y si llegaría a adaptarse. No todos los paidhiin conseguían dedicar toda una vida a su profesión, y en muchos casos, al cabo del tiempo, la fuente de sus consejos se secaba. Wilson, por ejemplo, había sido de tan poca ayuda que los jefes habían decidido destituirlo a pesar de que el padre de Tabini se había negado a ello. Wilson había sufrido tres ataques al corazón durante el primer mes de vuelta en Mosfeira y había adoptado una actitud pesimista y gélida en cada uno de los encuentros que habían mantenido. En ningún caso le había dicho nada que pudiera serle de utilidad.
Los jefes lo llamaban agotamiento. Había decidido creerles y dejar de pensar que Wilson era un hijo de puta. Había conocido a Tabini durante las ocasiones en las que le tocó sustituir a Wilson, unos cuantos días sueltos durante los dos últimos años de la administración de Valasi. Siempre había creído que Valasi era la pareja perfecta de Wilson porque ambos eran sumamente pesimistas. Tabini, sin embargo, le gustaba… Ah, esa peligrosa palabra otra vez. En cualquier caso, nunca creyó realmente en el agotamiento de Wilson. Era imposible que un hombre se convirtiera en una entidad tan extraña y desagradable si su propio carácter no contribuía a ello. Nunca le había gustado Wilson y cuando le preguntó a su predecesor qué impresión tenía de Tabini, este le dijo con un tono de absoluto desapego:
—La misma que de los demás.
No, no le había gustado Wilson, pero sí Tabini. Desde siempre había pensado que había sido un gran error por parte de los jefes el permitir que Wilson asumiera un cargo con aquellos prejuicios y aquella actitud.
Tenía miedo. Calculó los años que podía permanecer en el puesto y los años que podría perder estúpidamente en aquella pretendida amistad con Tabini, y de pronto se vio como Wilson, sin esposa, sin hijos, sin amigos… Y Barb acabaría encontrando a alguien mejor que él: la vida era demasiado corta como para conformarse con un tipo que llamaba cada mil años y que se dejaba ver muy poco, que no daba explicaciones, que jamás hablaba de su trabajo. Su rostro se quedó muerto, como si alguien le hubiera seccionado los músculos y los nervios de la cara.
Podía dimitir. Podía irse a casa. Podía pedirle a Barb que se casara con él.
Pero no tenía la seguridad de que ella quisiera casarse. Sin preguntas, sin compromisos, sin problemas añadidos, solo fines de semana de cuento de hadas, de restaurantes y hoteles caros… Ni siquiera sabía lo que pensaba Barb en realidad, ni lo que quería, no la conocía de ninguna otra manera salvo en los términos que habían acordado y que seguían teniendo. Aquello no era amor. Ni tampoco una amistad íntima. Cuando intentaba recordar a las personas que había considerado sus amigos antes de ir a la universidad, la verdad es que no sabía dónde estaban ahora, si habían dejado la ciudad o se habían quedado en ella.
Ya hacía más de una semana que tendría que haberle contado a Deana Hanks cómo estaba la situación. ¿Qué haría si decidía darle la espalda a aquello para lo que se había preparado durante toda su vida?
Acabaría como Wilson; un hombre de setenta cuya única emoción había sido la de ver cómo asesinaban a Valasi, que solo había regresado a casa porque su carrera terminaba cuando lo hacía la de Valasi, con nada que aportar salvo los cuarenta y tres años de términos que había añadido al diccionario, un puñado de artículos especializados y un número récord de vetos en el proyecto de la autopista tramontana. Sin esposa, sin familia. No lo esperaba nada salvo un puesto de profesor en la universidad y ni siquiera entonces había sido capaz de comunicarse con sus estudiantes.
Wilson no podía comunicarse con sus alumnos humanos.
Estaba decidido a escribir un artículo en cuanto saliera de aquella situación. Escribiría sobre Wilson y sobre la interfaz de los atevi, sobre la charla que había mantenido con Jago y sobre por qué su predecesor, con esa cara, con esa actitud, con ese comportamiento, era incapaz de comunicarse con sus estudiantes.
El trueno rugió fuera. Pegó un brinco y se quedó sentado en la cama, con el corazón latiéndole frenético y ensordecido por la fuerza de la descarga.
El cañón, le había dicho Jago. Era común.
Volvió a tumbarse y empezó a temblar, no sabía si por el susto o porque la noche había sido una locura. O quizá porque ya no entendía qué demonios hacía allí o por qué el guardia Tano, del Bu-javid, se dedicaba a disparar cuando se suponía que solo habían salido para echar un vistazo al transformador.
Miraban los transformadores dañados por los rayos, mientras estos seguían cayendo sobre sus cabezas, al igual que la lluvia.
Esto es el Infierno, pensó, el Infierno, Jago. Disparan a las sombras. ¿Qué sombras, Jago, espera encontrarse Tano bajo la lluvia?
Las mismas sombras que cogían los vuelos programados una vez a la semana… ¿Y el equipo de seguridad mejor entrenado del planeta no sabe quiénes son y dónde están?
Insisto, Jago, esto es el Infierno.