El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 17 de 28

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El extranjero

Capítulo 7

 

 

En un patio inundado por los ecos y los rugidos de los mecheiti, Nokhada extendió una pata a la tercera vez que se lo pedía, más que nada, supuso Bren, porque todos salvo ella ya lo habían hecho.

Bajó pegado al costado caldeado por el sol de la criatura y observó con desconfianza cómo retorcía el cuello su cabalgadura y le mordisqueaba la manga y le clavaba los cuernos, afeitados pero aún formidables, en el costado para tratar de enderezar la retorcida rienda. Pero no era tan tonto como para volver a tocarla en el morro, así que Nokhada levantó de nuevo el hocico, olisqueó el aire, como una negra montaña entre Bren y el sol de media mañana, y se quejó de algo invisible, o simplemente decidió disfrutar del eco de su propia voz.

Los mozos se acercaron para coger las riendas. Bren le dio a Nokhada una palmadita en el flanco, suponiendo que era lo debido. La montura emitió un auténtico trueno, le arrancó las riendas de la mano y siguió al resto de los mozos, que la conducían al laberinto de patios de los establos.

—Úsala mientras estés aquí —dijo Ilisidi, a su lado—. En cualquier momento y a cualquier hora. Los establos tienen órdenes de obedecer al nand’paidhi.

—La Viuda es muy amable —dijo mientras se preguntaba si le quedaría algo de piel en las palmas de las manos.

—Aún sigues sin saber sentarte bien —dijo ella. Cogió el bastón que le ofrecía un mozo y se alejó en dirección a las escaleras.

Bren se lo tomó como una señal de que la conversación había terminado.

Pero ella se detuvo en el primer escalón y lo miró con las dos manos apoyadas en el bastón.

—Mañana por la mañana. Desayuno. —El bastón perforó el aire que los separaba—. Nada de discusiones, nand’paidhi. Este es el privilegio de tu anfitriona.

Se inclinó y siguió a Ilisidi escaleras arriba en medio del flujo general de sus criados y sus guardias, muchos de los cuales probablemente ejercían de ambas cosas a la vez, al igual que su personal.

Tenía el labio hinchado, había perdido la capa superficial de piel de su mano derecha, ciertas regiones íntimas de su persona estaban irritadas y prometían estarlo mucho más y, según la declaración de la Viuda, al día siguiente le esperaba una segunda sesión de lo mismo: aparentemente, había abierto una puerta que ahora no podía volver a cerrar.

Subió todas las escaleras hasta el balcón del apartamento de Ilisidi, pues era la única entrada al castillo que conocía, mientras la Viuda, de camino a sus aposentos interiores, no prestaba la menor atención a su presencia allí, lo que no suponía la grosería que habría sido entre los humanos, sino únicamente que, en ocasiones, a la Viuda no le interesaba seguir tratando sus asuntos con un inferior. A causa de su diferencia de rango, no le debía nada; y gracias a ese silencio, él era libre de marcharse, a menos que algún criado le diera instrucciones en sentido contrario.

Ninguno lo hizo. Atravesó la puerta de la Viuda y las áreas de recepción públicas de sus aposentos, en medio de la atención de los criados de menor rango, quienes abrían las puertas exteriores para dejarlo pasar, se inclinaban y le deseaban buena suerte cuando pasaba.

Buena suerte, les respondió él a su vez, con las apropiadas inclinaciones de cabeza, tras de lo cual se alejó por los pasillos, magullado y dolorido, pero provisto ahora de un mayor conocimiento de la tierra, de las provincias, de la visión del comandante del castillo, e incluso de la historia y el origen de los cañones que se veían en la puerta principal.

Donde —por Dios bendito— había varios vehículos aparcados.

Puede que algún oficial hubiese llegado a la ciudad. Puede que el prometido equipo de reparaciones hubiera llegado al fin y estuviese arreglando el sistema eléctrico. En cualquier caso, el paidhi no era una presencia que la mayoría de los atevi de las provincias pudiera ver sin inmutarse. Decidió apretar el paso y cruzó precipitadamente el vestíbulo a pesar de su pierna dolorida.

Y fue a darse bruces contra un grupo formado por personal del castillo y turistas, que salían en ese preciso momento.

Una niña empezó a gritar y se escondió detrás de sus padres. Los adultos permanecieron quietos como estatuas, como un muro negro de grandes ojos amarillos. Les ofreció una elaborada reverencia de disculpas y —era lo mínimo que podía hacer como paidhi—, consciente de que debía reparar el daño causado por su aspecto salvaje, su labio partido y su polvorienta chaqueta, dijo:

—Bienvenidos a Malguri. No sabía que tuviéramos visitantes. Por favor, tranquilicen a la jovencita. —Una pausa para recobrar el aliento. Una segunda reverencia—. El paidhi, Bren Cameron, a su entera disposición. ¿Puedo hacer algo por ustedes?

—¿Puede darnos un cordón? —preguntó un niño algo más crecido, que estaba delante.

—No sé si tengo cordones —dijo. A veces tenía algunos en su oficina, para las ocasiones formales. No sabía si Jago los había traído. Pero uno de los criados dijo que podía procurárselos, así como un poco de cera, por si tenía el sello.

Estaba atrapado. Banichi iba a matarlo.

—Discúlpenme —dijo—. Vengo de los establos. Tengo que lavarme las manos. Volveré enseguida. Perdónenme un momento. Con su permiso, gracias… —Hizo dos o tres reverencias más, se dirigió hacia las escaleras y se encontraba a mitad del piso de arriba cuando levantó la mirada.

Tano se encontraba en lo alto de las escaleras, con una expresión nada complacida, y un arma junto a la cadera. Lo llamó con un gesto y Bren subió a la carrera los últimos escalones. Esperaba que aquel breve intercambio de gestos se hubiese producido en un ángulo que hubiese impedido a los turistas comprender la razón de su repentina demostración de energía.

—Nand’paidhi —dijo Tano con voz severa—. Tendrías que haber usado el pasillo trasero.

—¡Nadie me lo dijo, nadi! —Estaba furioso. Se contuvo. El culpable era Banichi, que estaba al cargo… y el segundo responsable era, a todas luces, él mismo—. Tengo que lavarme. Le he prometido a esa gente…

—Cordones, nand’paidhi. Yo me encargaré. Corra.

Voló escaleras arriba, con dolores y todo, y cruzó a la carrera el pasillo que llevaba a su apartamento. No tenía tiempo de bañarse. Se lavó un poco, se cambió de pantalones y de camisa, se puso una chaqueta limpia, y se pasó las manos empapadas de colonia por el pelo revuelto, que estaba empezando a escapar de la coleta.

Entonces salió, volvió por el pasillo y realizó un descenso mucho más civilizado por las escaleras hasta lo que se había convertido en una fila de recepción, dispuesta junto a la mesa del vestíbulo, delante de la chimenea, con un depósito de cera, cordones, pequeñas tarjetas, y una hilera de nerviosos atevi. Para cada uno de ellos, una tarjeta que firmar, un cordón y un sello de cera, y, con la primera de estas firmas y el primero de estos sellos, un turista encantado y nervioso que había recibido una bonificación inesperada en su viaje, mientras una treintena más lanzaba miradas de soslayo al primer humano vivo que habían visto en su vida, salvo que hubiesen estado alguna vez en Shejidan.

El paidhi estaba acostumbrado a las miradas de los adultos. Los niños eran más difíciles de soportar. Se habían criado con los machimi sobre la guerra. Algunos de ellos parecían hostiles. Otros querían tocar la mano del paidhi para ver si su piel era de verdad. Uno de ellos le preguntó si su madre era del mismo color. A varios les dieron miedo sus ojos y otros le preguntaron si tenía un arma de fuego.

—No, nadi —les mintió, aunque con la conciencia bastante tranquila—. Nada de armas. Ahora estamos en paz. Vivo en la casa del aiji.

Uno de los padres preguntó:

—¿Está de vacaciones, nand’paidhi?

—Disfrutando del lago —dijo, y se preguntó si el intento de asesinato habría llegado ya a las noticias televisivas de la provincia de la que había venido aquel hombre—. Estoy aprendiendo a montar. —Vertió un poco de cera y selló el cordón a la tarjeta—. Las vistas son preciosas.

Resonó un trueno. Los turistas intercambiaron miradas ansiosas.

—Me daré prisa —dijo, y, acordándose de la nube negra que había visto desde la cima de las montañas, que se aproximaba a las orillas del lago, procedió más deprisa con la tarea. El diluvio diario, se dijo, y se preguntó si habría alguna razón para que Tabini solo visitase el lugar en otoño, y no en mitad del verano. Puede que hubiese enviado al paidhi allí para que se ahogase.

Seguía sin haber luz.

—Qué auténtico —dijo uno de los turistas refiriéndose a la luz de las velas.

Visita los baños, pensó con tristeza, y pensó en el agua del baño, que tardaría al menos media hora en calentarse. Sentía cierta incomodidad sentado allí, en aquella silla, que tenía muchas semejanzas con la silla de montar, con el paso de Nokhada y con la flexión de ciertos músculos cuya existencia separada nunca había llegado a sospechar.

Una bocanada de viento frío y húmedo cruzó la entrada, agitó la llama de las velas y desparramó parte de la cera del depósito sobre la madera pulida de la mesa. Bren pensó en pedir a uno de los criados que cerrara las puertas antes de que empezara a llover, pero todos ellos se encontraban convenientemente apartados y él ya casi había terminado. El último turista tendría su cordón en unos instantes y, además, la puerta daba más luz que las velas.

El eco de un nuevo trueno resonó en las paredes y llegó a los dos últimos turistas, una pareja de ancianos, que pidió:

—Cuatro tarjetas, si al paidhi no le importa, para los nietos.

Firmó y selló mientras los turistas, con sus tarjetas y sus cordones, se congregaban junto a las puertas. Los vehículos estaban dando la vuelta y el aire olía a humedad, un marcado contraste con la cera de los sellos.

Hizo una última tarjeta, con su último cordón, para el anciano, que le dijo que sus nietos eran Tabona y el pequeño Tigani, al que se le acababa de caer el primer diente, y que tenía un hijo llamado Fedi, granjero en la provincia de Didaini, y ¿no le importaría al paidhi una foto también?

Se levantó sintiendo el entumecimiento de los músculos y le sonrió a la cámara y al clic general de los obturadores que el tácito permiso dado por este gesto desencadenó. Ahora que había visto que los turistas eran accesibles se sentía mucho mejor, e incluso los niños estaban comportándose cada vez mejor. Pensó que nunca se encontraría más cerca de la gente humilde, salvo quizá en alguna que otra ocasión puntual en Shejidan, y se sintió obligado a responder con recíproca cortesía a causa del éxito del gesto y los hábitos de su trabajo, así que los acompañó hasta la puerta y hasta sus autobuses. Siempre era una buena práctica el gesto adicional de buena voluntad, a pesar de la frialdad de las relaciones; y, además, le caía bien la pareja de ancianos, que caminaban a su lado y estaban preguntándole por su familia:

—No, no estoy casado —dijo—. No, lo he pensado pero…

Barb se moriría de aburrimiento y frustración en el confinado espacio en el que vivía el paidhi. Se asfixiaría en la seguridad circundante, y en cuanto a la circunspección, nunca toleraría las preguntas de la junta, no pasaría los exámenes… Y además no la amaba, aunque era lo que necesitaba.

Un niño se le acercó corriendo, chocó contra su brazo y dijo, sin demasiada discreción:

—Soy igual de alto que tú, mira. —Cosa que era cierta. Pero sus padres se lo llevaron rápidamente, tras declarar que ese comentario era muy insheibi, muy indiscreto, maleducado y peligroso, y pedirle mil perdones al paidhi. ¿No podrían sacarse una foto con él si algún miembro de su personal tuviese la amabilidad de coger la cámara?

El paidhi sonrió a la manera atevi, aguardó mientras componían la foto y adoptó un aspecto lo más civilizado y cómodo posible en medio de la pareja mientras la cámara disparaba.

Sonaron más cámaras mientras se alejaba, una auténtica descarga de obturadores.

Y una sucesión de tres detonaciones secas más allá de las puertas. Se volvió, con el corazón paralizado de espanto, al reconocer los ruidos de los disparos, y entonces alguien lo arrojó contra la puerta mientras los turistas buscaban refugio bajo el pórtico y la lluvia.

Otro disparo. Los turistas gritaron.

Era Tano el que lo agarraba con tanta fuerza que casi lo asfixiaba. Tano, de cuya proximidad ni siquiera se había percatado.

—Quieto aquí —dijo el atevi, y salió con el arma en la mano.

Pero Bren no podía quedarse allí sin saber lo que estaba ocurriendo ni cuál era el peligro. Se arriesgó a lanzar una mirada tras la espalda del otro, mientras el resto de su cuerpo permanecía oculto detrás de la sólida puerta. Por las aberturas de una muralla de turistas, vio un hombre tendido sobre los adoquines bajo la lluvia, y, más o menos a la misma distancia, unas figuras atevi que, saliendo del césped, se aproximaban a la rotonda entre los cañones, meras sombras entre los velos de la lluvia. Uno de los conductores de los autobuses, ignorando todo lo que estaba ocurriendo, les gritaba a sus turistas que subieran, que los esperaba un largo viaje y tenían programada una comida en el lago si el mal tiempo remitía.

Los turistas subieron al autobús mientras las sombras atevi se congregaban alrededor del caído. Bren supuso que el tiroteo había terminado. Salió y se detuvo junto a la puerta, donde las húmedas bocanadas de aire lo abofetearon. Tano regresó corriendo.

—Métase dentro, nand’paidhi —dijo. El primero de los vehículos ya estaba alejándose, y algunos de los turistas, con la cara pegada a los cristales, se despedían con la mano. Les devolvió el gesto, hábito incontenible, paralizado por lo grotesco de la situación. El autobús entró en la rotonda que había detrás de los cañones y el segundo pasó junto a él.

—Ya nos encargamos nosotros, nand’paidhi, métase dentro. Creen que ha sido un machimi para turistas, no pasa nada.

—¿Que no pasa nada? —Contuvo su creciente indignación y controló su voz—. ¿Quién ha muerto? ¿Quién es?

—No lo sé, nand’paidhi. Trataré de averiguarlo, pero no puedo dejarte aquí. Por favor, vuelve arriba.

—¿Dónde está Banichi?

—Fuera —dijo Tano—. Todo está controlado, nadi, vamos, te llevaré a tu cuarto. —Su comunicador de bolsillo empezó a sonar y Tano lo encendió con una mano—. Está conmigo —dijo. Era la voz de Banichi, pensó Bren, gracias a Dios que era Banichi, pero ¿dónde estaba Jago? Oyó que Banichi decía algo en código verbal sobre un problema que ya estaba resuelto, y luego una segunda voz, cuyo género no era fácil de adivinar, como ocurría con todas las voces atevi, que decía algo sobre un segundo equipo y aseguraba que todo estaba bajo control.

—La Viuda —dijo Bren en voz baja, inquieto de repente. No había más remedio que preguntárselo, a la vista de las evidencias. ¿Estaba implicada Ilisidi, se encontraba bien, era de algún modo la responsable de lo que estaba ocurriendo allí, estaba con Banichi?

—Se encuentra perfectamente —dijo Tano antes de darle un nuevo y delicado empujón—. Por favor, nadi. Banichi se encuentra bien, todo el mundo se encuentra bien…

—¿Quién ha muerto? ¿Un forastero? ¿Alguien del personal?

—No estoy seguro —dijo Tano—, pero, por favor, nadi, no haga nuestro trabajo más difícil aún.

Se dejó llevar desde las puertas, lejos de la neblina que lo humedecía y le helaba la ropa, por el sombrío pasillo y luego por las escaleras. Mientras caminaba, no dejaba de pensar en las sombras que había visto moverse bajo la lluvia, en Banichi allí fuera, y en el cuerpo tendido sobre el camino empedrado, junto a los macizos de flores y los cañones del memorial…

Y también pensaba, con incomodidad, en la alarma de la pasada noche, y en la cabalgada por los acantilados menos de una hora antes, con Ilisidi y Cenedi, donde un simple rifle habría bastado para acabar con ellos. El vívido recuerdo regresó de repente, el de aquella noche en Shejidan, el espanto del arma en su mano, y Jago que decía, como en un mal sueño, que había sangre en la terraza. Como allí fuera, sobre el césped, bajo la lluvia.

Sus rodillas empezaron a temblar mientras subían por las escaleras. Tenía un nudo en el estómago antes de llegar a las puertas de su habitación, como si volviera a ser aquella noche, como si todo estuviera escapándose a su control.

Tano se adelantó dos pasos y abrió la puerta de su vestíbulo, un lugar que debía de ser como un refugio para él, donde el aire cálido lo recibió como un muro y la luz entraba a raudales por una ventana cegada por la lluvia. Hubo un relámpago y la ventana se tiñó de blanco por un instante. Los turistas estaban teniendo una visita pasada por agua. La comida en el lago parecía ahora poco probable.

Alguien había invadido el recinto la pasada noche y ese alguien estaba muerto sobre el camino. Todos sus planes se habían cancelado. No parecía razonable que nadie supiera cuáles eran.

Tano tocó la campanilla de los criados y le aseguró que un té estaba de camino.

—Un baño —dijo Bren— si es posible. —No quería estar con Djinana y Maigi en aquel momento, quería seguir con Tano, quería gente de Tabini, pero tenía miedo de decírselo a Tano, como si cuestionar los planes de este pudiera equivaler a cuestionar su conspiración de silencio, una señal de que el prisionero había reunido el valor necesario para rebelarse, una advertencia de que los guardias debían ser un poco más cuidadosos…

Otro pensamiento estúpido. A quienes quería tener a su lado era Banichi y a Jago, y Tano le había dicho que sus necesidades personales no podían hacer otra cosa que estorbar la investigación que Banichi estaba llevando a cabo en el exterior. Su necesidad de saber no era equiparable a la necesidad de Banichi de seguir el rastro bajo la lluvia, de interrogar al personal, de averiguar cómo había entrado esa persona, o si había venido en el autobús o él mismo había cometido un terrible error y se trataba de un desgraciado turista que se había alejado un poco para tomar una foto con un ángulo diferente.

La gente del autobús echaría de menos a un miembro de su grupo, ¿no? ¿No preguntarían los demás pasajeros por qué había un asiento vacío, o quién era aquel hombre, o si había sido un machimi, solo un actor, desde el principio, un entretenimiento para ellos? ¿No era algo histórico, un divertimento educativo propio de Malguri, donde ocurrían accidentes fatales en los paseos?

Djinana y Maigi respondieron con rapidez a la llamada. Se lo arrebataron a Tano y lo llevaron al salón, donde le hicieron sentarse cerca del fuego y le quitaron la chaqueta mojada mientras le preguntaban cómo había ido el desayuno con la Viuda, como si los turistas nunca hubiesen existido, como si no estuviera pasando nada ahí fuera, nada relevante para la vida de nadie…

¿Dónde estaba Algini?, se preguntó de repente. No había visto al compañero de Tano desde el día anterior, y allí fuera había un cadáver. No lo había visto la noche pasada, solo unas sombras que pasaban por delante de su cuarto. Puede que no lo hubiera visto desde el día antes, puede que con el incidente del té hubiera perdido la noción del tiempo desde que se marchara de Shejidan.

Tano no parecía preocupado. Pero los atevi no siempre expresaban las cosas con el rostro. No siempre expresaban lo que sentían, si es que sentían, y uno no podía saber…

—Enciende el calentador —le dijo Maigi a Djinana, y lo cubrió con una manta—. Nadi, por favor, quédese sentado hasta que entre en calor. Lo ayudaré con las botas.

Se sentó en la silla delante del fuego, mientras Maigi le quitaba las botas. Tenía las manos heladas. Y los pies también, sin razón aparente.

—Han disparado a alguien ahí fuera —dijo, embargado de repente por una sensación de imprudencia que lo impelía a desafiar el silencio de Maigi sobre el tema—. ¿Lo sabías?

—Estoy seguro de que se están ocupando de todo. —Maigi se arrodilló sobre la alfombra y empezó a calentarle el pie derecho con movimientos vigorosos de las manos—. Saben lo que hacen.

Se refería a Banichi y a Jago, según parecía. Muy bien. Había un hombre muerto. Puede que todo hubiese terminado y pudiera volver mañana a su posición, donde su ordenador funcionaría y podría recibir el correo.

¿Todavía sin luz, con turistas yendo y viniendo y con las locuras de la Viuda, que los ponían a todos en peligro con paseos matutinos?

¿Por qué no le había advertido Banichi, si tenía algo que advertirle, sobre la presencia de un extraño en el recinto, y por qué no le había llegado su advertencia sobre los turistas?

¿O es que Jago le había dicho algo el día anterior, algo sobre una visita…? No se había acordado, maldición, había estado pensando en el lío en el que estaba metido y la advertencia no había calado en su mente.

Así que no era culpa de ellos. Alguien lo había seguido hasta allí, y él había estado paseándose entre los turistas, donde podrían haber matado a cualquiera si los guardias no lo hubieran protegido con su presencia.

Tenía frío. Maigi lo dejó en la silla con la manta y le trajo un té caliente. Permaneció allí, con los pies envueltos en la tela delante del fuego, mientras en el exterior sonaban unos truenos que hacían temblar las ventanas y la lluvia azotaba los cristales por encima de las murallas. La ventana daba a la pradera que se extendía delante del lago. La lluvia sonaba como una descarga de gravilla. O una granizada. Lo que le llevó a preguntarse cómo la aguantaban los cristales. Si estarían reforzadas de algún modo y si serían también, considerando la presencia de la pared exterior y la posibilidad de que alguien pudiera escalarla, a prueba de balas.

La noche pasada Jago le había pedido que se mantuviera apartado de ellas. Algini había desaparecido antes de la pasada noche. Se había ido la luz.

Allí sentado, revivió una y otra vez la mañana, el desayuno, el paseo, Ilisidi y Cenedi, los turistas y Tano, caras alegres en su mayor parte y manos que lo saludaban desde la ventana del autobús, como si todo fuera un programa de televisión, como si todo fuera un machimi. Se había adentrado un poco en la campiña, había conocido gente a la que había convencido de que no debía tenerle miedo, como los niños, como aquella pareja de ancianos, y alguien había muerto delante de ellos.

Él había disparado un arma, había descubierto que podría llegar a matar por miedo, por —estaba empezando a descubrir— una terrible, terrible furia que albergaba en su interior, una furia que aún lo zarandeaba, una furia que no había sabido que poseyera, una furia que no sabía dónde había comenzado ni qué pretendía hacer ni si se dirigía contra él, contra los atevi o contra alguna situación concreta.

Lo de la noche pasada no había sido una falsa alarma. O de serlo, habría dicho Barb, habría sido una coincidencia de mil demonios. Puede que Banichi hubiera creído que estaba a salvo, y el responsable de todo, fuera el que fuese, hubiese conseguido acercarse sin que él se diera cuenta. Puede que hubiesen estado siguiendo al asesino desde el principio y que lo hubieran dejado salir con Ilisidi aquella mañana con la esperanza de inducirlo a abandonar su escondite.

Demasiada televisión, había dicho Banichi aquella noche, con la habitación inundada aún por el olor de la pólvora y la lluvia en la terraza. Demasiadas obras machimi.

Demasiado miedo en la cara de los niños. Demasiados dedos que lo señalaban.

Quería su correo, maldición, solo quería los catálogos, las imágenes. Pero no iban a traérselos.

A estas alturas, era posible que Hanks lo hubiese echado ya en falta y hubiera tratado de llamar a su oficina sin conseguir nada.

De vacaciones con Tabini, le dirían. Hanks sabría la verdad. Tenían controladas las transmisiones atevi. Pero no lo reconocerían en el Bu-javid. Seguirían vigilando, una vez alertados del peligro, para tratar de encontrarlo, y lo maldecirían por no hacer su trabajo. Hanks empezaría a prepararse para reemplazarlo. Hanks siempre había estado resentida con él por haber conseguido el puesto.

Y Tabini la detestaría. Hasta podría decírselo a la comisión, de no ser porque ellos pensarían que lo hacía por razones interesadas o simplemente por su enemistad.

Pero si a él se le daba tan bien interpretar a Tabini —o interpretar las situaciones—, su situación actual no lo demostraba precisamente. No había hecho la llamada vital, no había alertado a Mosfeira de la situación…

Dios, qué estupidez. Tenía los desvaríos de un lunático descarriado y ahora estaba viendo cómo se venía abajo el tratado, como si los atevi hubieran estado esperando todos estos siglos solo para reanudar la guerra, ocultando un programa de misiles que habían estado preparando en secreto para poder bombardear Mosfeira.

Era tan estúpido como pensar que los atevi tenían satélites escondidos armados con rayos de la muerte. Las relaciones entre Mosfeira y Shejidan tenía sus períodos malos. La administración de Tabini era la menos secretista, la más tratable de todas las que habían conocido.

Rayos de la muerte, le diría Tabini, y después de reírse, lo invitaría a comer y a tomar una copa del licor que los humanos y los atevi podían compartir. «Ríete», le diría Tabini. «Bren, hay idiotas en Mosfeira y los hay en el Bu-javid. No te los tomes en serio».

«La mano firme, Bren-ji, como si apuntaras con el dedo, no hay diferencia.

»Buen disparo, buen disparo, Bren…».

La lluvia azotaba la ventana. Borraba las pruebas. Los autobuses se alejaban por la carretera y los pasajeros se reían, sorprendidos y divertidos por el encuentro.

No lo detestaban. Querían sacarse fotos con él para demostrarles su existencia a sus vecinos…

—Nadi —dijo Djinana desde la puerta—. Tu baño está preparado.

Bren reunió las fuerzas necesarias para levantarse, se envolvió en la manta y atravesó los dormitorios, el pasillo y las húmedas habitaciones en compañía de Djinana, hasta llegar al aire sobrecalentado del baño, donde pudo quitarse la manta y el resto de la ropa y sumergirse hasta el cuello en el agua caliente y humeante.

Las nubes se alzaron a su alrededor. El agua invadió los dolores cuya existencia no quería admitir. Podía permanecer allí sentado, empapándose, y mirar estúpidamente las antiguas piedras que lo rodeaban mientras se hacía preguntas tontas como por qué la bañera no atravesaba el suelo cuando el resto del segundo piso estaba hecho de madera.

O cosas como: ¿por qué los dos criados no le habían avisado de la alarma la pasada noche y por qué Cenedi les había dejado salir?

Habían hablado de cañones y guerras ancestrales.

Todo se volvió borroso. Las piedras, la precariedad, la edad, el calor, la amenaza contra su vida… El ruido de la tormenta no llegaba hasta él. Solo había alguna que otra sacudida provocada por un trueno, que ocasionalmente atravesaba las piedras, como unos cañonazos antiguos.

Y la voz de todo el mundo, que repetía «todo va bien, nand’paidhi, no tiene usted de qué preocuparse, nand’paidhi».

Oyó unos pasos en el exterior. Oyó unas voces que se alejaron y murieron rápidamente.

Puede que fuera Banichi que regresaba. O Jago, o Tano. O hasta Algini, si estaba vivo y se encontraba bien. La casa no parecía en estado de emergencia. En el fallo de la alta tecnología, el quemador de metano seguía funcionando.

El paidhi estaba acostumbrado a dejar completamente su bienestar en manos de otros. No había nada que él pudiera hacer. No tenía sitio adonde ir.

Se quedó sumergido en el agua, meneando los dedos de los pies, que estaban agarrotados y despellejados por culpa de las botas, y los tobillos, que estaban empezando a agarrotarse por culpa de la tensión de permanecer montado sobre el lomo del mecheita. Debía de haber flexionado las piernas por completo. Permaneció allí, derramando sus dolores en el agua, hasta que esta empezó a enfriarse y entonces decidió salir y se cubrió con una toalla para secarse. Djinana lo habría ayudado de buen grado, pero él nunca había tenido esa costumbre con sus propios criados, y mucho menos con desconocidos. Podía componérselas solo.

Así que se puso la túnica que le había dejado allí, regresó al estudio y se sentó frente a su chimenea para leer un libro y esperar a que llegara alguna información o alguna noticia sobre su liberación, o a que se helara el Infierno, lo que se produjese primero.

Puede que hubieran cogido al asesino con vida. Puede que estuviesen haciéndole preguntas y obteniendo respuestas. Hasta puede que, si era el caso, Banichi se lo contara…

O puede que no.

—¿Cuándo volverá la luz? —le preguntó a Djinana cuando este volvió para preguntar si el paidhi quería algo más—. ¿Te han dicho algo?

—Jago comentó algo sobre pedir un transformador nuevo —dijo Djinana —. Lo traerán en tren desde Raigan. Parece que algo ha volado en la central eléctrica que hay entre Maidingi y aquí. No sé qué. Probablemente el paidhi entienda esos sistemas mejor que yo.

Así era. No sabía que hubiese una estación secundara. Nadie se lo había dicho. Solo sabía, por las noticias, que una cuarta parte de Maidingi estaba esperando la misma reparación. Era lógico que una central eléctrica atrajera los rayos, pero no que nadie en cien millas a la redonda pudiera devolver la luz a una parte importante de la ciudad sin tener que solicitar un gran envío de maquinaria.

—Esta no es una provincia pobre. Seguro que esto se repite de vez en cuando. ¿Ocurre todos los veranos?

—Oh, a veces —dijo Djinana—. El pasado verano dos.

—¿Y los asesinos consiguen entrar? ¿Eso ocurre también?

—Por favor, nand’paidhi, tenga la seguridad de que no. Todo está arreglado ya.

—¿Está muerto? ¿Saben quién era?

—No lo sé, nand’paidhi. No nos lo han dicho. Estoy seguro de que están tratando de averiguarlo. No de preocupe por estas cosas.

—Creo que es natural que me preocupe por estas cosas —murmuró, con la mirada clavada en su libro. No era justo descargar sus frustraciones en Djinana y Maigi, que solo trabajaban allí y que se tomaban la reputación de Malguri como un asunto personal—. Me gustaría tomar un té, Djinana, muchas gracias.

—¿Con sándwiches?

—Creo que no, Djinana, gracias, no. Estaré aquí sentado, leyendo.

 

Había barcos fantasmas en el lago. Uno de ellos era una embarcación de pasajeros que aún tocaba puerto en las noches de mediados de invierno. En una ocasión lo había hecho en el puerto de la mismísima Maidingi, debajo mismo de los focos, y había tratado de subir a bordo a los incautos y los merecidamente condenados, pero su único pasajero, cien años atrás, había sido un juez que nunca había llegado a su destino.

Había una barca de pesca que en ocasiones aparecía en medio de las tormentas. La última, ni veinte años atrás, se le había aparecido a la tripulación de un pesquero de arrastre que tenía una vía de agua y estaba hundiéndose. Toda la tripulación había subido a bordo, salvo dos hombres: el capitán y su hijo, que decidieron quedarse a bordo de su barco. La barca de pesca, que según todos los testigos era vieja y estaba en un estado ruinoso, se alejó con la tripulación y nadie volvió a verla.

Todo el contenido de las leyendas parecía depender de la confianza mal emplazada, a pesar de que los atevi no tenían una palabra para este concepto: los fantasmas perdían todo su poder si las víctimas no creían lo que veían, o si sabían que las cosas eran demasiado buenas para ser ciertas y se negaban a dejarse engañar.

Banichi seguía sin volver. Maigi y Djinana hicieron acto de presencia para preguntarle lo que quería de cenar y le recomendaron un plato de caza, una especie de criatura esquiva de sangre fría que Bren no encontraba apetitosa, a pesar de saber que sus criados la consideraban una exquisitez. Pidió marisco en su lugar y Maigi le dijo que no había problema, aunque Djinana comentó que tal vez no fuera fácil de encontrar en aquella época del año; bajarían a la ciudad, y puede que allí hubiese algo, pero pasarían dos o tres horas antes de que pudieran servírselos.

—No me importa esperar —dijo, y luego añadió—: Podrían traer un poco para la comida de mañana.

—No hay hielo —se disculpó Djinana.

—Quizá en la ciudad.

—Podrían encontrarlo, nadi. Pero buena parte de la ciudad está sin luz y muchas casas querrán comprar un poco. Pediremos que…

—No, no, nadi, por favor. —Podía sobrevivir sin marisco en épocas de carestía—. Seguro que los demás necesitan más el hielo. Y si no se puede conservar… Por favor, no os molestéis. Si en la cocina pueden prepararme unas tostadas con fruta y un poco de té, sería excelente. Esta noche no tengo mucho apetito.

—Nadi, tienes que tomar algo más que pan y té. No has almorzado.

—Djinana, nadi, debo confesar que encuentro los platos de esta temporada un poco fuertes para mi gusto. Es un problema de percepciones diferentes. Nosotros somos muy sensibles a los alcaloides. En estos platos siempre hay y yo debo evitarlos a toda cosa. Si hubiera un poco de fruta o verduras kabiu… La Viuda tenía unos rollitos de desayuno muy delicados, que me han gustado mucho.

—Se lo diré al cocinero, no te preocupes. Y… —Djinana adoptó una expresión conspirativa— creo que queda algo de carne ahumada del mes pasado. Desde luego, es kabiu, si queda. Y siempre hacemos de más.

Carne en conserva. Fuera de temporada. Dios los bendijese.

—Nunca sabemos cuántos invitados vamos a tener —dijo Djinana, impasible—. Y es horrible que falte comida.

—Djinana-nadi, me has salvado la vida.

A Djinana pareció divertirle mucho el comentario y, muy complacido con la solución, se inclinó dos veces antes de marcharse.

De este modo, durante el resto de la tarde, Bren volvió a sus capitanes fantasmas y a los capitanes de los barcos que navegaban por las costas de Malguri durante las tormentas. Se decía que cuando se avecinaba un desastre repicaba una campana.

En lugar de campana, se abrió una puerta, unas botas mojadas atravesaron el vestíbulo y un empapado y muy cansado Banichi entró en el estudio y dijo:

—Comeré contigo, nadi.

Bren cerró el libro bruscamente y estuvo a punto de decir que la mayoría de la gente esperaba a que la invitaran, que no le había demostrado la menor educación y que estaba empezando a cansarse de que la gente pasara a su lado, lo ignorara o le hablara y le tratara como si fuera un niño retrasado.

—Es un placer tener compañía —dijo, y se convenció de que estaba realmente encantado de contar con alguien con quien hablar—. Dile a Djinana que ponga otro plato. ¿Jago vendrá también?

—Jago está de camino a Shejidan. —La voz de Banichi flotó hasta él desde el dormitorio, que había cruzado para dirigirse a los aposentos de los criados y el baño—. Volverá mañana.

Ni siquiera tuvo que preguntar por qué. No preguntó por qué un avión se arriesgaba a volar en mitad de una tormenta, la segunda desde el mediodía, pues seguramente se tratara del avión del aiji, que podía elaborar el plan de vuelo que se le antojara. Banichi desapareció en el cuarto de atrás y al cabo de un rato Bren oyó que el agua corría en el baño. La caldera debía de seguir encendida. Banichi no tendría que esperar para su baño.

En cuanto a él, regresó a sus campanas fantasmales y sus incautas víctimas, y a la infinidad de marineros perdidos por culpa de la famosa suerte de Maidingi, que siempre se alimentaba de las desgracias ajenas cuando un aiji residía en Malguri.

Eso era lo que decía el libro; y los atevi, que no creían en dioses omnipotentes, pero sí en que el universo y sus fuerzas cuasi divinas estaban gobernados por baji y naji, pensaban también que, al menos naji, podía fluir de persona a persona… O, al menos, lo habían creído antes de volverse modernos, cínicos e ilustrados y comprender que una potencia de fuego superior podía redistribuir la suerte entre gente que no se lo merecía en absoluto.

Había pasado toda la tarde sentado en el vestidor, desarrollando cardenales en zonas muy privadas. No estaba dispuesto a moverse, y mucho menos a vestirse para cenar, pues había decidido que ya que Banichi podía invitarse solo, podía también tolerar aquella informalidad.

El propio Banichi se presentó en el estudio ataviado exclusivamente con camisa, botas y pantalones negros, un poco más formal que él, pero no mucho, sin guerrera y con la coleta aún mojada sobre la espalda.

—Paidhi-ji —dijo con una reverencia.

—Sírvete una copa —respondió Bren, que estaba disfrutando de una antes de la cena, extraída de su propia reserva, que sabía segura. Tenía una jarra de Dimagi, que no podía beber sin que le diera jaqueca y cosas peores si se excedía. Un Dimagi excelente, suponía, puesto que era un regalo de Tabini. Le sirvió una generosa cantidad a Banichi.

—Nadi —dijo este mientras aceptaba el vaso con un suspiro y se invitaba solo a sentarse junto al fuego en la silla que había frente a la de su anfitrión.

—¿Y bien? —El licor le provocó un escozor en el corte del labio—. Hay un hombre muerto. ¿Era el mismo que invadió mi cuarto?

—No lo sabemos con seguridad —dijo Banichi.

—No era un turista extraviado.

—No era un turista. Era un profesional. Sabemos quién es.

—¿Y sigue sin haber Tentativa?

—Es un aspecto perturbador de este asunto. Era un trabajador con licencia. Con esto solo tenía que perder. Borrarían su nombre de los rollos, le denegarían los beneficios de su profesión y sus instructores caerían en desgracia. No se trata de asuntos sin importancia.

—Entonces lo siento por sus instructores —dijo Banichi.

—Y yo, nadi. Eran los míos.

Bren se detuvo en seco en este punto. ¿Banichi y aquel desconocido tenían algún punto en común? ¿Eran compañeros de estudios?

—¿Lo conocías?

—Nos habíamos visto con frecuencia, en ocasiones sociales.

—¿En Shejidan?

—Era hijo de una familia distinguida. —Banichi tomó un sorbo y miró fijamente el fuego—. Jago está escoltando sus restos al Gremio, junto con el informe.

Un mal día, decidió Bren. Se le había quitado el hambre por completo. Banichi le obsequió una mirada dura y sombría que fue incapaz de interpretar. Tampoco conocía sus opiniones, ni si las obligaciones que podía tener para con Tabini estaban por delante de las que lo vinculaban al Gremio o a aquel hombre, ni dónde estaba ahora su man’chi.

—Lo siento mucho —fue lo único que se le ocurrió.

—Tienes derecho a vengarte.

—No quiero vengarme. Nunca he querido una guerra, Banichi.

—Pues ellos la han declarado.

—¿A ti? —Su desesperación iba en aumento. Tenía el estómago revuelto. Le dolían las muelas. Morder era doloroso—. Banichi, no quiero que os pase nada a Jago o a ti. No quiero que nadie muera.

—Pero ellos sí. Hay sobradas evidencias de ello. Un profesional les ha sido tan fiel como para quebrantar las leyes del Gremio… Por man’chi, nadi, esto es lo que debemos investigar. ¿Por quién era ese man’chi? Es la única motivación posible.

—Pero el tuyo es para Tabini.

Banichi vaciló en hablar. Entonces, con tono sombrío, dijo:

—Eso los convierte en doblemente imprudentes.

—¿No podemos arrestarlos? Han quebrantado la ley, Banichi. ¿No existe el modo de ponerle coto a esto a través de los tribunales?

—Eso —dijo Banichi— sería muy peligroso.

Porque eliminaría todas las restricciones. Eso lo entendía. No podía detenerlos legalmente hasta que hubiera un juicio en su favor.

—Lo único que necesitan es alegar una afrenta —dijo Banichi—, o un interés mercantil. ¿Y cómo podrías defenderte de todo? Nadie entiende tus asociaciones. El tribunal carecería de medios para comprenderlas.

—¿Y mi palabra no vale nada? Mi man’chi es para Tabini, igual que el tuyo. Deben saberlo.

—Pues no lo saben —dijo Banichi—. Ni siquiera yo puedo estar totalmente seguro de eso, nadi. Solo sé lo que tú me cuentas.

Se sintió helado y aislado. Y furioso.

—No soy un mentiroso. No soy un mentiroso, Banichi. No disputé durante quince años con los mejores de mi pueblo para venir aquí a decir mentiras.

—Durante quince años.

—Para que me enviaran a Shejidan. Para ocupar el puesto que ocupo. Para interpretar a los atevi. ¡Yo no miento, Banichi!

Banichi lo miró durante largo rato en silencio.

—¿Nunca? Yo creía que ese era el trabajo del paidhi.

—En este caso no.

—¿Hasta qué punto podemos ser puntillosos? ¿Cuándo mientes?

—Tú limítate a averiguar quién lo contrató.

—Ningún contrato podría haber justificar esta acción.

—¿Y qué podría haberlo hecho?

Banichi no respondió. Se limitó a mirar fijamente el fuego.

—¿El qué, Banichi?

—Nadie conoce los pensamientos de un muerto. Solo puedo lamentar que Cenedi tenga tan buena puntería.

—Cenedi lo mató. —Así que al menos podía contar con la lealtad de Cenedi e Ilisidi. Era un alivio.

Pero Banichi no parecía totalmente contento con Cenedi. O, al menos, con lo sucedido. Tomó un trago de su bebida, que se le estaba calentando en las manos, y no apartó la mirada del fuego.

—Pero estás preocupado —dijo Bren.

—Estoy totalmente en contra de los vehículos que usan para traer las mercancías. Son un riesgo imposible de asumir. Al menos los turistas tienen a alguien que los cuenta.

—¿Crees que entró así?

—Es muy posible.

—Van a interrumpir las visitas, ¿verdad?

—Hay plazas reservadas hace meses. La gente no estaría contenta.

Algunas veces se topaba con la forma de pensar de los atevi de maneras totalmente incomprensibles. E inesperadas.

—¡Esa gente ha corrido peligro, Banichi!

—No por el muerto ni por nosotros.

—Había niños entre ellos. Vieron cómo moría un hombre.

Banichi lo miró como si esperara la frase que le daría sentido a sus protestas. Como si hubiesen cambiado totalmente de tema.

—Está mal, Banichi. ¡Pensaron que era un machimi! ¡Que era un programa de televisión!

—Entonces no hubo ofensa, ¿verdad?

Antes de que pudiera seguir por esa línea de razonamiento, llegaron Djinana y Maigi con el carrito de la cena.

Sobre este había una selección de platos, los de temporada y las tajadas de carne ahumada que quedaba en las despensas. Los ojos de Banichi se iluminaron al sentarse en el comedor y retirar las tapas de las bandejas. Estuviera de luto o embarcado en una misión de asesinato, Banichi no sentía el menor reparo en llenarse el plano ni la menor disminución de su apetito.

El cocinero les ofrecía una selección de frutas preparadas, dispuestas con gran sentido artístico. Parecía muy apetitoso. No así la cabeza de la criatura que formaba el plato principal, que hacía las veces de tapa para la cazuela del estofado, pero Banichi la cogió por las orejas y la dejó delicadamente a un lado, por fortuna detrás de la cazuela. Otros animales muertos los observaban desde las paredes.

—Excelente —dijo Banichi.

Bren tocó con el dedo la carne en rodajas. Tenía los nervios a flor de piel. La silla era incómoda. Cogió el cuchillo, cortó un poco y trató de desterrar las historias de fantasmas y asesinos de su mente. El primer bocado le pareció excelente, y se sirvió un poco de carne y bastante salsa especiada, que le apetecía más que las verduras.

—¿Se sabe —preguntó mientras comían— algo de mi correo? Sé que has estado muy ocupado…

—He estado, como acabas de expresar atinadamente, muy ocupado. Puede que Jago se acuerde de recogerlo.

—Podrías llamarla. —Sintió un acceso de furia. O quizá solo fuera una desesperación confusa—. ¿Alguien se ha molestado en explicarle a mi oficina dónde estoy y por qué?

—Francamente no lo sé, paidhi-ji.

—Quiero enviarles un mensaje. Podría utilizar vuestra red de comunicaciones. Sé que puedes hacerlo desde el puesto de seguridad.

—No sin autorización. El paidhi no puede acceder a nuestros canales de seguridad de manera privada. Y ya supondrás lo que significaría algo así de cara al público. Le daría alas a tus detractores y los de Tabini.

—¿Y algún agente de seguridad?

—El correo sigue siendo mucho mejor. Mucho mejor, nadi. Ve preparando el mensaje. Yo lo enviaré la próxima vez que alguien lleve un despacho.

Banichi no le negaba lo que pedía. No le decía que no. Pero todo continuaba dilatándose en el tiempo, todo acababa en «lo olvidé» o «hay una razón para esto».

Terminó de cenar en silencio, para bien de su magullada boca.

Pero las preguntas seguían carcomiéndolo por dentro.

—¿Ha sido un accidente el fallo de los generadores?

—Probablemente. ¿Dejar a oscuras una cuarta parte de Maidingi? No es el estilo del Gremio.

—Pero anoche tú lo sabías. Sabías que había alguien en el recinto.

—No lo sabía. Lo sospechaba. Tuvimos una alarma del perímetro.

¿Tuvimos?, pensó amargamente. Pero lo que preguntó fue:

—¿Dónde está Algini?

—Volverá con Jago.

—¿Se marchó con Jago?

—Tomó un vuelo comercial. Ayer.

—¿Con un informe?

—Sí.

—¿Para qué? Disculpa mi franqueza, Banichi-ji, pero no creo que sea posible llevar a cabo una investigación. Para encontrar al agente concreto que está trabajando aquí sí, pero ni por un momento he creído que Tabini no sepa exactamente lo que está pasando y quién es el responsable. Ni creo que tú no lo sepas. No creo que no supieras dónde estaba esta mañana.

—Detrás de la colina, la mayor parte del tiempo. Me fijé en que cojeabas.

Su estado físico no contribuía a mejorar su humor.

—Podrías haberme advertido.

—¿Sobre qué? ¿Sobre que Ilisidi saldría a montar? Lo hace con frecuencia.

—Maldita sea, si me hubieras dicho que podía haber un francotirador, si me hubieras dicho que íbamos a dejar la casa, se me habría ocurrido una objeción razonable.

—La tenías. Podrías haber aducido tu reciente indisposición. Dudo que te hubieran arrastrado a los establos.

—¡No me dijiste que hubiera peligro!

—Siempre hay peligro, nadi.

—No juegues conmigo, maldita sea. Me dejaste salir ahí, y mañana me costará encontrar una excusa, porque me he comprometido a hacerlo. ¿No estoy a salvo, entonces? No siempre comprendo vuestro sentido de la prioridad, Banichi, y tengo que confesar que este es uno de esos casos.

—El té fue la oportunidad de Ilisidi. Y Cenedi se encontraba con nosotros aquella noche, durante la búsqueda. Podría haberme matado de haberlo deseado. Hice la prueba.

Sus palabras tardaron un momento en calar.

—¿Quieres decir que le diste a Cenedi la oportunidad de matarte?

—Cuando haces promesas a desconocidos sin consultarme, paidhi-ji, me dificultas el trabajo. Jago estaba al corriente de la situación. Posiblemente Cenedi lo supiera, y comprendiera que debía ocuparse también de ella, pero Cenedi no es la persona a la que han contratado para acabar contigo, me he asegurado de ello sobradamente. Y esta mañana, estuve en todo momento entre la casa y tú.

—Banichi, mis más sentidas disculpas.

El otro se encogió de hombros.

—Ilisidi es una mujer anciana e inteligente. ¿De qué hablasteis? ¿Del tiempo? ¿De Tabini?

—Del desayuno. De no romperme la crisma. De un mecheita llamado Babs…

—Babsidi. Significa «letal». ¿Algo más?

Bren trató de recordar por todos los medios.

—De cómo son sus tierras. De las plantas que crecen allí. De los dragonet.

—¿Y?

—Nada más. Nada importante. Cenedi habló de las ruinas que hay allí arriba y de los cañones de la entrada. Subimos a una elevación, me hice un corte en el labio… Después de eso, se mostraron más corteses conmigo. Y los turistas fueron muy amables. Les di cordones, firmé sus tarjetas y hablamos de nuestras familias y nuestros hogares… antes de que algún idiota tratara de cruzar el patio. ¿Hice mal? Aconséjame. Te pido consejo.

Otra de las prolongadas y sobrias miradas de Banichi. Sus ojos eran de un amarillo increíblemente límpido. Como el vidrio. Igual de expresivos.

—Ambos somos profesionales, paidhi-ji. Y tú eres bastante bueno.

—¿Quieres decir que estoy mintiendo?

—Quiero decir que no estás menos de servicio que yo. —Levantó la jarra y les sirvió a ambos una cantidad moderada de licor—. Confío en tu instinto profesional. Ten tú confianza en el mío.

Volvieron a la fruta y la salsa de crema y licor. Un hombre podría dejarse seducir por eso, si la conversación de la velada no le hubiese revuelto las tripas.

—Si vas a enviar un correo —dijo Bren cuando la tensión de la atmósfera remitió un poco— podrías hacer que mandaran un mensaje escrito a mi oficina de Mosfeira.

—No hay problema —dijo Banichi—. Siempre que Tabini lo apruebe.

—¿Se sabe algo de la unidad solar que pedí?

—Me temo que, aun en el caso de que encontráramos una, hay otras prioridades. Hemos donado nuestro generador. Hay casas en el valle sin luz, con gente anciana y enferma…

—Claro. —No tenía nada que decir a esto. Era totalmente razonable. Como todo lo demás.

 

Confianza, le dijo Bren a las criaturas de la pared. Paciencia. Los ojos de cristal le devolvieron la mirada, algunos furiosos, otros plácidamente estúpidos tras haber esperado a sus cazadores con ecuanimidad, supuso.

Banichi le había dicho que tenía asuntos que atender e informes que escribir. Con tranquilidad, cabía suponer.

O no. Djinana vino, se llevó los platos y encendió las lámparas de aceite tras apagar el candelabro del comedor.

—¿Va a necesitar algo más? —preguntó.

—No —respondió Bren mientras pensaba que de todos los individuos que no recibían explicaciones ni disfrutaban de un horario normal en aquel lugar, Djinana era el que se llevaba la palma. No dejaba de preguntarse dónde estaba Tano. Tano, que supuestamente formaba parte de su personal. Mientras Algini seguía en Shejidan—. Seguro que no. Leeré hasta la hora de irme a la cama.

—Prepararé sus cosas —dijo Djinana.

—Gracias —murmuró. Recogió el libro y llevó la silla junto al fuego, donde, si se sentaba en ángulo, con las lámparas de la mesa a un lado, las dos fuentes de iluminación conseguían que leer fuera más o menos factible. Las llamas parpadeaban. Acababa de descubrir la principal razón de la existencia de las bombillas.

Djinana se llevó el carrito con los platos. Cuando trabajaba, nunca tintineaba ni un solo vaso. Las velas estaban ya apagadas en el comedor, que así quedaba reducido a una caverna oscura. El fuego proyectaba sombras con cuernos y alargadas orejas por toda la sala, y bailaba en los ojos de las bestias.

Oyó que Djinana abría el armario del dormitorio y luego se marchaba.

Entonces se hizo una extraña quietud en el lugar. Ni lluvia, ni truenos, nada más que el crepitar del fuego. Leyó volviendo las páginas pavorosamente crujientes de aquel atípico romance en el que no había deudas de sangre ni luchas entre clanes, ni dramáticos saltos desde la torre de Malguri, ni estrangulamientos, sino solo una pareja que se conocía y se hacía la corte en el castillo, y que al final resultaban ser los aijiin de dos provincias vecinas y tenían montones de brillantes hijos.

Una idea agradable, la de que alguien que había dormido en aquellos aposentos no había acabado mal; interesante, aquella noción de lances románticos, los regalos de flores, la prolongada y tierna relación de dos personas que, aunque cabezas de Estado, no tenían más domicilio que Malguri. Era una cara de los atevi que estos nunca le mostraban al paidhi, salvo que contase los flirteos que nunca sabía si debía tomarse en serio. Pero así eran las cosas, una serie de pequeños regalitos, atados a la puerta del otro, o enviados por terceros. Los matrimonios atevi no siempre acarreaban cohabitación. Muy a menudo no lo hacían, salvo cuando había niños pequeños, y algunas veces esta cohabitación se prolongaba en el tiempo y otras no. Lo que los atevi pensaban o los atevi sentían seguía escapándosele a través de su lenguaje.

Pero le gustaban los aijiin de Malguri, del mismo modo que le había gustado aquella pareja de ancianos, juntos de viaje, en busca, suponía él, de aventuras. Puede que no vivieran juntos: nada lo garantizaba.

Y a pesar del tiempo que hacía que los paidhiin estaban en el continente, nunca habían encontrado un modo elegante de preguntar, sorteando las reticencias de los nativos a hablar de su forma de vida, por sus costumbres, sus rutinas, sus hábitos. Todo esto se englobaba en la categoría de «asuntos privados», y por consiguiente no le incumbía a nadie.

Pensó en preguntarle a Jago. Al menos a ella le hacían gracia sus toscas preguntas. Y poseía una increíble erudición. Hasta puede que conociera la historia que estaba leyendo.

Echaba de menos a Jago. De haber estado ella allí no habría estado a punto de tener una pelea con Banichi. No sabía por qué se había invitado a cenar si estaba de tan mal humor.

Puede que algo hubiese ido mal.

En un día donde Cenedi había matado a alguien a tiros, y ese alguien había resultado ser un conocido de Banichi, claro que algo había ido mal, y Banichi tenía todo el derecho a estar amargado hasta la médula. El hecho de que los atevi no demostraran sus emociones y habitualmente reprimieran sus respuestas no quería decir que no estuviera furioso, y tampoco significaba que no echara de menos a Jago. Pensó que tampoco estaría pasándolo muy bien teniendo que soportar a un humano de carácter avinagrado y con un despliegue emocional digno de un niño atevi de menos de doce años.

Seguramente, hasta le debía una disculpa.

Y no es que el otro quisiera recibirla. El hecho de que lo entendiese no quería decir que ya estuvieran reconciliados, ni que lamentase menos la marcha de Jago a Shejidan. Jago era un poco más joven, un poco más remisa, según la interpretaba ahora, incluso tímida, pero al mismo tiempo más abierta que Banichi una vez que se decidía a hablar, fuera por su propia naturaleza o porque el man’chi de Tabini no recaía con facilidad sobre los hombres de nadie, y menos que nadie los de Banichi.

Le escocían los ojos de leer con aquella luz parpadeante. Para que el fuego diera la luz suficiente para poder hacerlo había que mantenerlo tan vivo que resultaba demasiado caluroso, y las lámparas de aceite enrarecían el aire. De repente se percató de que tenía un ligero dolor de cabeza, así que, demasiado inquieto para irse a dormir aún, se levantó y, caminando con cuidado para no despertar a la servidumbre, se trasladó a la parte más fresca de la habitación.

Echaba en falta las noticias de la noche. Echaba en falta poder llamar a Barb, o incluso, que Dios lo ayudase, a Hanks, y decirles lo que se atrevía a decir por una línea que sabía pinchada. No le quedaba más opción que hablar solo para poder oír el sonido de una voz humana en el silencio, para apartarse, aunque fuera por breve tiempo, de la inmersión en la mentalidad atevi y el razonamiento atevi.

Un motor se encendió en alguna parte. Bren se detuvo y escuchó. Decidió que alguien estaba saliendo del patio para bajar a la ciudad, o a algún lugar intermedio. Y tenía una idea bastante aproximada de la identidad de ese alguien.

Maldición, pensó, y se acercó a la ventana, pero desde su posición no podía ver el patio por culpa del ala del edificio delantero. Tiró del cierre que sujetaba el picaporte de las ventanas laterales para ver si le era posible averiguar si el coche se marchaba por la carretera principal o se alejaba en dirección a las colinas, o si al abrir aquella ventana estaba a punto de activar una alarma de cuya existencia no estaba al corriente.

Solo era la furgoneta de transporte de las líneas aéreas, maldición. Malguri tenía su propia furgoneta, que traía comida y pasajeros por aquella carretera. Podrían haberlo traído a él desde el aeropuerto.

Pero Banichi no había querido. Puede que quisiera sondear las cosas antes de confiar en Cenedi.

Puede que aún tuviera dudas.

El ruido del motor ascendió entre las paredes. No sabía. Pero el aire nocturno que entraba era frío y vivificante tras la atmósfera agobiante del cuarto. Aspiró profundamente una vez, y luego una segunda.

Era la primera noche desde que estaba allí que no llovía, la primera noche de completa oscuridad, y el cielo sobre el lago y las montañas del este estaban tan negros y claros y fríos que Maudette podía verse con claridad, envuelta en un tenue fulgor rojo, así como su compañero casi invisible, Gabriel, una auténtica prueba para la vista, sobre Mosfeira.

El aire nocturno olía de maravilla, cargado de la fragancia de las flores silvestres, supuso; no se había percatado hasta ahora de lo mucho que había echado de menos el jardín que había junto a sus habitaciones o lo enjaulado que se había sentido.

En las noches claras, sobre el monte Allan Thomas, a veces era capaz de ver la estación, justo antes del amanecer o del crepúsculo. Ya no lo hacía con tanta frecuencia como en su juventud, cuando Toby y él solían salir de excursión a las colinas, y contaban historias sobre la llegada al planeta e imaginaban —ahora la idea resultaba embarazosa— que había guerrilleros atevi ocultos en las colinas. Allí arriba habían librado guerras imaginarias, en las que habían abatido atevi por centenares, y habían recibido los disparos de villanos de la misma raza. Sus historias eran casi tan buenas como los machimi atevi sobre guerrillas humanas secretas apoyadas por megalómanos cuya base secreta estaba escondida en la estación, la Estrella Extranjera, como la llamaran los atevi en aquellos días pasados y guerreros.

Al menos habían elaborado una mitología común, un pasado común, una colección de héroes y villanos comunes, cuya condición en cada caso solo variaba en función del punto de vista.

Nunca le había mencionado a Tabini que su padre era descendiente ilegítimo de Polanski, el mismo Polanski que había logrado evitar una derrota segura en playa Media Luna y que había impedido que los refuerzos atevi llegaran a Mosfeira.

Y no es que el descendiente lejano de Polanski se enorgulleciera especialmente por ello. O al menos nunca lo admitiría en su trabajo actual.

Cada uno progresaba como podía. Él solo esperaba que los niños atevi no vieran a los humanos como conspiradores o dementes, al igual que hubiese preferido que los niños humanos no jugasen a cazar atevi en los bosques. Se le ocurrió la idea de hacer de ello uno de los temas principales de su discurso invernal ante la asamblea, pero no sabía cómo llegar a la industria del cine y la televisión que, en ambos bandos, reforzaban este tipo de ideas.

Sin embargo, no era muy inteligente, tal como estaban las cosas, permanecer en la ventana con el fuego a la espalda. Jago lo había apartado de allí la pasada noche. No parecía que el peligro pudiera proceder de otra ventana o del tejado del ala contraria, pero cualquiera podía adentrarse en el lago en una barca, aunque quizá no tanto como para que un asesino tuviera un blanco claro. Pero sí que podría desembarcar en las orillas de Malguri y superar las murallas y los acantilados que se extendían debajo de ellas, que eran formidables.

Retrocedió un paso y se dispuso a cerrar la ventana.

Unas luces eléctricas se encendieron a su alrededor. Una alarma empezó a sonar mientras él parpadeaba, deslumbrado. Cerró la ventana de un golpe y, con el corazón desbocado, le echó el pestillo, mientras por el pasillo llegaba el ruido de unos pies descalzos.

Tano apareció en la puerta, completamente desnudo, con el arma en la mano, seguido de cerca por Djinana, y este por Maigi, empapado y envuelto en una toalla. Por los pasillos de todo Malguri la gente corría y la alarma seguía sonando.

—¿Ha abierto una ventana? —preguntó Tano.

—Sí, nadiin. Lo siento.

El equipo de rescate exhaló un suspiro colectivo mientras en la habitación contigua sonaba la puerta, y Tano enviaba a Djinana en aquella dirección con un ademán.

—Nadi, volvemos a tener electricidad —le dijo a continuación—. El equipo de seguridad preferiría que no abrieras las ventanas, por tu propia protección. Especialmente de noche.

Djinana había dejado a un hombre en el pasillo exterior. Cenedi apareció con él y con un par de guardias de la Viuda. Tano les dijo:

—El paidhi ha abierto la ventana, nadi.

—Nand’paidhi —dijo Cenedi—. Por favor, no vuelvas a hacerlo.

—Te ruego mil perdones —dijo Bren. La alarma, que aún seguía sonando, estaba crispándole los nervios—. ¿Podría alguien apagar esa alarma?

Cenedi dio las órdenes precisas. Aún tardaron un rato en hacerlo, y tuvo que apagar todas las lámparas de aceite antes de poder sacar a toda la gente de su cuarto.

Una vez que la conmoción y el estrépito hubieron remitido y las puertas y ventanas se hubieron cerrado a cal y canto, él se sentó pesadamente en un lado de la cama y se preguntó dónde estaría Banichi y qué negros pensamientos estaría dirigiéndole la Viuda en aquel momento.

Manuda sorpresa, un sistema de alarma que dependía del suministro de energía general. No era el estilo de Banichi. Tampoco creía que fuera el de Cenedi. No creía haber visto todos los sistemas de seguridad de Malguri. Seguro que utilizaba energía solar. Era una tecnología que conocían.

Y a pesar de saber que era posible, había despertado a la casa entera y había quedado como un tonto.

Y seguro que no había hecho muy feliz a Ilisidi. También estaba convencido de eso.