El extranjero
Libro 3
1
El viento se movía con perezosa lentitud por el enrejado abierto del jardín. Era penetrante y olía a las flores que crecían fuera de la habitación y que solo se abrían por la noche. Un o’oi-ana repetía constantemente el mismo chasquido, clic clic, anunciando así una futura tormenta, mientras que Bren, que yacía despierto, pensaba que lo más sabio por su parte sería levantarse y cerrar el enrejado y las puertas antes de quedarse dormido. El viento cambiaría. La brisa marina se colaría en el dormitorio y lo enfriaría. A pesar del escaso grosor de las rendijas, el aire no tendría problemas para entrar. Pero aquella era una noche letárgica y bochornosa, y todavía estaba esperando a que el viento del este se viera relevado por el del oeste, mientras los primeros parpadeos de los relámpagos proyectaban la sombra del enrejado sobre la gasa inquieta de las cortinas.
Los paneles del enrejado tenían la forma de la fortuna y de la suerte, es decir, de baji y naji. La sombra de las vides danzaba al ritmo de la brisa que finalmente agitaba las cortinas con la promesa de que el calor pronto dejaría de ser agobiante.
El siguiente parpadeo iluminó la sombra del atevi como si se tratase de una estatua que de súbito hubiera aparecido en la terraza. A Bren le dio un vuelco el corazón al verlo reflejado en la gasa ondulada y en aquel balcón donde se suponía que nadie debía estar. Se quedó inmóvil durante un instante y luego se deslizó por el costado de la cama.
El relámpago siguiente le mostró que el enrejado seguía abierto y el intruso estaba metiéndose en su habitación.
Metió la mano debajo del colchón y sacó la pistola que había escondido. Abrazó el colchón como los aiji le habían enseñado y apretó el gatillo. La potencia del arma le dejó la mano entumecida y el fulgor que escapó del cañón los cegó a su visitante y a él. Movido por el terror hacia el oscuro y palpitante silencio, disparó una segunda vez.
Después de eso no pudo moverse. Estaba sin resuello. No lo había oído caer. Supuso que habría errado el tiro. La lánguida tela blanca de la cortina se mecía al son de la brisa fría que recorría libremente su dormitorio.
Sentía cómo le hormigueaban las manos mientras sostenía con fuerza el arma. No oía otra cosa que no fueran los truenos en la distancia o el crujido del cerrojo de la puerta de su habitación; los guardias debían de estar utilizando su llave, pensó.
Pero quizá no fuera así. Apoyó la espalda contra el costado de la cama y se abrazó las rodillas. Apuntó el cañón hacia el umbral y esperó a que la puerta se abriera con estrépito y le inundara la cara de luces y sombras.
Los guardias aiji no malgastaron su saliva en hacer preguntas. Uno corrió hacia la verja, salió al patio y se mojó con las primeras gotas que precedían a la tormenta. El otro, un tipo oscuro sin rostro, se inclinó sobre él y le arrebató el arma de las manos.
Otros guardias se unieron a los primeros, mientras que Banichi (estaba casi seguro que de que era su voz) lo despojaba de la pistola.
—¡Registrad el lugar! —ladró Banichi—. ¡Ocupaos de los aiji!
—¿Está bien Tabini? —le preguntó Bren, sobrecogido y tembloroso—. ¿Está bien, Banichi?
Pero Banichi estaba hablando directamente a la radio que llevaba en el bolsillo, por la que impartía otras instrucciones mientras ignoraba sus preguntas. Los aiji debían de estar bien, pensó Bren, o Banichi no estaría allí, hablando con tanta calma y convicción a los guardias que estaban fuera. Oyó que Banichi dispensaba las órdenes y como le respondía la voz de la radio que no había nada en la azotea.
Estaba asustado. Sabía que el arma era de contrabando. Banichi también lo sabía y podría arrestarlo por ello; quizá lo hiciera. Pero Banichi siguió hablándole a la radio y se limitó solo a cogerlo por los brazos desnudos y a sentarlo al borde de la cama.
El otro guardia regresó pasando a través de las puertas abiertas del jardín. Era Jago. Siempre trabajaba con Banichi.
—He encontrado un rastro de sangre y alertado a los de la verja.
De modo que realmente le había disparado a alguien. Empezó a temblar al tiempo que Jago volvía a perderse de vista en el exterior. Banichi encendió las luces y volvió a encararse con él. Era un atevi negro, de piel sedosa, aunque sus ojos amarillos se achinaron al mirarlo y su mandíbula esbozó un gesto de terrible enojo.
—Los aiji me dieron el arma —explicó Bren antes de que Banichi pudiera acusarlo. Banichi se quedó de pie y lo miró fijamente durante un rato.
—Es mi pistola —le dijo por fin.
Estaba confuso. Se quedó sentado donde estaba, con la piel de gallina, hasta que por fin se decidió a echarse una manta sobre el regazo. Escuchó un griterío en el jardín; era Jago que vociferaba al resto de los guardias.
—Es mi pistola —repitió Banichi, tajante—. ¿Acaso existe alguna duda al respecto? Se despertó al escuchar un ruido. Yo estaba aquí esperando al asesino. Le disparé. ¿Qué fue lo que vio?
—Una sombra. Una sombra que entraba por las cortinas.
Se sintió presa de otro escalofrío. Sabía lo estúpido que había sido al disparar directamente hacia las puertas. La bala podría haber seguido su rumbo por el jardín y hacia las cocinas. Podría haber rebotado en una pared y haber herido a alguien que durmiera en otra habitación. El trueno de la pistola persistía en sus manos y en sus oídos, como el olor a pólvora en el aire. Un aroma que no le era familiar y que tampoco tenía cabida en ese lugar…
La lluvia empezó a caer con fuerza. Banichi utilizó la radio de su bolsillo para comunicarse con los buscadores y para mentir al cuartel general diciendo que había sido él quien había disparado al ver al intruso dirigiéndose hacia las habitaciones de los paidhi y que debían despertar a los aiji si es que no habían oído los disparos. Pidió además que se duplicara la guardia y que los hombres se encaminaran hacia las puertas del sur antes de que la lluvia borrase las huellas.
Dicho lo cual, Banichi apagó la radio.
—¿Por qué han venido aquí? —le preguntó Bren.
Comprendía el significado de la palabra asesino, pero no entendía por qué se aventuraría uno en un complejo residencial atestado de guardias en el que los aiji dormían rodeados por cientos de personas deseosas de defenderlos. Nadie en su sano juicio lo haría.
¿Y para asesinarlo a él, a Bren Cameron, cuando eran los aiji los que ocupaban el escalafón más alto del poder? ¿Con los nai’aijin en sus casas, protegidos, qué sentido tenía aquello? ¿Qué beneficio obtendría una persona cuerda de eso?
—Nadi Bren. —Banichi se erguía sobre él con los brazos cruzados sobre el pecho. Bajó la mirada hacia él como si estuviera tratando con algún chiquillo irresponsable—. ¿Qué fue lo que vio?
—Ya te lo he dicho. Solo una sombra que entraba a través de las cortinas.
Aquel énfasis en la pregunta lo asustó. Quizá hubiera estado soñando. Tal vez había revolucionado a toda la casa por una simple pesadilla. Pensó que se había despertado sobresaltado y que por ello no podía estar seguro de lo que había visto.
No obstante, recordó que Jago había dicho que había encontrado sangre. De modo que le había disparado a alguien.
—Yo descargué el arma —volvió a insistir Banichi—. Levántese y lávese las manos, nadi. Láveselas dos o hasta tres veces. Y mantenga cerradas las puertas del jardín.
—Solo son de cristal —protestó.
Se había sentido a salvo hasta hoy. Los aiji le habían proporcionado el arma hacía dos semanas. Le habían enseñado a usarla en la casa de campo de Taiben y nadie lo sabía, ni Banichi ni tampoco el asesino. ¿Y si había soñado que el intruso entraba a través de las cortinas, si había disparado a algún inocente vecino en aquella noche insólita…?
—Nadi —añadió Banichi—, lávese las manos.
Pero la verdad es que no podía moverse, que se sentía incapaz de realizar cualquier acto mundano, de comprender qué había ocurrido o por qué, por Dios, por qué los aiji le habían obsequiado con aquel regalo extraño y sin precedentes, a menos que supieran con antelación lo que estaba a punto de ocurrir, o por qué se dedicaban ahora los guardias a transigir menos con los pases y las reglas.
No obstante, y en cualquier caso, Tabini-aiji le había pedido que lo mantuviera cerca de sí. Y él había temido que sus sirvientes pudieran hallar el presente en su habitación.
—Nadi.
Banichi estaba enfadado con él. Se levantó, desnudo y tembloroso como estaba, y caminó por la alfombra hasta el baño, cada vez con más náuseas.
Sus últimos pasos fueron un movimiento desesperado y calculado hacia el váter. Lo alcanzó justo a tiempo y vomitó en su interior todo cuanto había albergado en su estómago. Se estaba humillando, pero no podía hacer otra cosa. Sintió varios espasmos dolorosos antes de poder coger aire y tirar de la cadena.
Se sentía avergonzado y disgustado consigo mismo. Dejó correr el agua en la pila, y se lavó y se frotó una y otra vez hasta que sus manos ya no olieron a pólvora, sino solo al aroma acre del jabón y de los astringentes. Supuso que Banichi se habría marchado para pedirles a los criados de noche que limpiasen el cuarto de baño.
No obstante, al enderezarse y extender las manos para recoger una toalla, vio al hombre reflejado en el espejo.
—Nadi Bren —continuó Banichi solemne—, le hemos fallado esta noche.
Eso le dolió, lo hizo de veras, porque Banichi nunca se humillaría de la forma en que lo estaba haciendo. Se secó la cara y el cabello húmedo. Luego no le quedó otro remedio que mirar el rostro negro, de ojos amarillos, de Banichi. Estaba tan impávido y parecía tan poderoso como un dios.
—Fue muy valiente —insistió Banichi, y Bren Cameron, descendiente de los pasajeros del espacio y portavoz de esas seis generaciones que habían vivido y prosperado en la tierra y en el mundo de los atevi, percibió el comentario como una palpitante y fiera bofetada.
—Pero no pude detenerlo. Alguien anda por ahí suelto con un arma o…
—Nosotros somos los que no hemos podido detenerle, nadi. Su tarea no es la de capturarlo. ¿Le ha abordado alguien fuera de lo normal? ¿Ha visto algo peculiar últimamente?
—No.
—¿De dónde sacó el arma, nadi-ji?
¿Acaso Banichi pensaba que le estaba mintiendo?
—Tabini me la…
—¿De qué lugar? ¿Se movía despacio?
Al fin entendió adónde quería llegar Banichi. Al sentir el frío aire de la tormenta en la habitación se echó la toalla sobre los hombros. Oyó el sonido ensordecedor del trueno sobre la ciudad.
—De debajo del colchón. Tabini me pidió que lo tuviera cerca. Y no sé a qué velocidad se movía. Me refiero al asesino. Solo vi la sombra, me deslicé fuera de la cama y cogí el arma.
El ceño fruncido de Banichi se suavizó ligeramente.
—Demasiada televisión —le dijo sin expresar gesto alguno y lo cogió del hombro—. Vuelva a la cama, nadi.
—Banichi, ¿qué está pasando? ¿Por qué me entregó Tabini el arma? ¿Por qué me dijo…?
El otro le dio un fuerte apretón en el hombro.
—Váyase a la cama, nadi. Nadie le volverá a molestar. Vio una sombra. Me llamó y yo disparé dos veces.
—¡Podría haberle dado a la cocina!
—Lo más probable es que así fuera. Recuerde, nadi, que las balas siguen un curso. ¿No fue usted el que nos lo enseñó? Tome.
Para su sorpresa, Banichi sacó su arma de la pistolera y se la entregó.
—Póngala bajo el colchón —le pidió, antes de marcharse. Caminó hasta la puerta, salió al pasillo y cerró la puerta tras él.
Bren se quedó de pie, totalmente desnudo, con el cabello chorreando agua sobre sus hombros y el suelo. Oyó el pestillo de la puerta encajando en su lugar.
Se giró y escondió el arma bajo el colchón, en el mismo lugar donde había dejado la otra. Cerró las contraventanas y las puertas de cristal para impedir el paso del frío viento al interior y también la lluvia que salpicaba las cortinas y la alfombra. Jago, pensó, encontraría otro lugar por el que entrar.
Los truenos seguían sonando afuera. Sentía el frío helándole las vísceras. Trató en vano de estirar la ropa de cama y luego extrajo una pesada bata del armario. Se arrebujó en ella antes de apagar las luces de la habitación y de meterse bajo las sábanas enredadas. Adoptó una posición fetal y empezó a temblar.
¿Por qué yo?, se preguntaba una y otra vez. ¿Qué podía haber hecho él para convertirse en un problema tan grave como para que ese individuo arriesgara así su vida con tal de librarse de él? No podía creer que se hubiera colocado en semejante posición sin darse cuenta en ningún momento de su absoluto fracaso profesional.
Pero quizá el asesino pensara que era el morador más vulnerable y se aprovechara de que había dejado la puerta abierta para intentar llegar hasta otro apartamento, hasta otra persona, tal vez incluso hasta el propio Tabini-aiji.
Sin embargo había tantos guardias que el plan le parecía absolutamente descabellado. Además los asesinos, estuvieran o no contratados por terceras personas, no estaban locos ni eran propensos a asumir tales riesgos.
Tal vez el asesino se hubiera equivocado de habitación. Posiblemente hubieran alojado a alguien importante en las dependencias para invitados situadas en la terraza superior del jardín. Empero, no había oído nada al respecto, aunque lo cierto era que el ala del jardín cobijaba solo a la guardia, a los secretarios, a los jefes de cocina y de cuentas y a sí mismo; ninguno de los cuales ocupaba una posición especialmente controvertida.
Y sin embargo Banichi le había dejado su pistola para reemplazar a la del aiji que ya había sido disparada. Ahora más calmado comprendió por qué se había llevado consigo el arma y por qué le había obligado a lavarse las manos. Porque quizá el jefe de seguridad no creyera su versión, en cuyo caso interrogaría al paidhi y lo sometería a todas las pruebas policiales pertinentes.
Esperaba sinceramente que le ahorrasen aquel procedimiento. Y, hasta donde sabía, el jefe de seguridad no tenía nada en su contra, nada por lo que investigarlo, sobre todo porque él era la víctima de aquel crimen y tampoco tenía razones para dudar de la versión de Banichi. Sin olvidar además que este último era, en cierto sentido, incluso más importante que el jefe de seguridad.
No obstante, ¿quién querría entrar en su habitación de aquella manera? Su mente volvía una y otra vez sobre ello, y al hecho aterrador de que Banichi le había dejado su pistola. Eso suponía un gran riesgo. Alguien podría empezar a hacerle preguntas. O encontrar el arma en su habitación y rastrear su origen de vuelta a Banichi con el escándalo público que ello supondría. ¿Estaba siendo Banichi prudente al hacer aquello? Aunque estaba claro que este se estaba sacrificando de una manera insospechada y por una razón que quizá solo él supiera.
Empezó a cuestionarse la integridad de Banichi, pese a que su joven compañera y él eran sus preferidos entre los guardias personales de Tabini, los que más cuidaban de él, los que nunca abandonaban su posición junto al aiji y que parecían incapaces de hacerle algún daño.
Dioses, no, sospechar de ellos era absurdo. Banichi no le haría ningún mal. De hecho, ya había comprobado que mentiría por él. Y lo mismo ocurría con Jago, que lo haría sin dudarlo por Tabini. Al fin y al cabo él era el paidhi, el Intérprete, de modo que los aiji lo necesitaban lo que sin duda era razón más que suficiente para cualquiera de ellos. Tabini-aiji se tomaría muy a pecho lo ocurrido y empezaría inmediatamente a hacer preguntas, lo que provocaría toda una serie de conflictos.
Y, maldita sea, no quería que la ciudadela al completo estuviera pendiente de lo sucedido. No deseaba para sí esa notoriedad, ni tampoco convertirse en el centro de las peleas de los atevi. Aquella publicidad perjudicaría su posición entre ellos. En el mismo instante en que los políticos empezaran a husmear en sus relaciones personales, vería gravemente perjudicada su influencia y no cabía duda de que los políticos lo harían. Se abalanzarían sobre el problema en el momento mismo en el que la noticia saliera en televisión. Todos tendrían una opinión y una teoría. Ambas destruirían su trabajo.
Trató de acomodarse bajo la ropa de cama amontonada. Procuró pensar con claridad, pero el estómago vacío no le facilitaba la tarea y el olor a pólvora lo ponía nervioso. Si llamaba para pedir algo que le calmara los nervios, los criados de noche le traerían lo que pidiera o despertarían a sus sirvientes si así se lo exigía, pero lo más probable es que a los pobres Moni y Taigi los hubieran despertado para interrogarlos: «¿has disparado al paidhi? ¿Dejaste su puerta abierta?».
Seguridad recorrería de cabo a rabo la lista de empleados, convocando no solo a la plantilla nocturna, sino a todos aquellos que tuvieran relación con él. De modo que sospechaba que nadie de aquella ala seguiría dormido. Y lo más probable es que colina abajo o incluso en la ciudad se hubieran hecho eco de los disparos; de forma que las líneas telefónicas estarían saturadas, la estación de ferrocarril se encontraría bajo severas restricciones y, en suma, todo afectaría al tráfico del día siguiente. La situación estaba clara y no le era favorable. Había comprobado lo que le ocurría a alguien que despertaba las alarmas dentro de la seguridad de Tabini.
Le apetecía una taza de té caliente y unas galletas saladas. Pero solo complicaría la labor de los de seguridad si pedía cosas para sí puesto que sus sirvientes recorrerían de arriba a abajo los pasillos que los guardias vigilaban justo en ese momento.
Entre tanto la lluvia seguía salpicando contra el cristal. Y cada vez parecía menos probable que fueran a atrapar al asesino.
Moni y Taigi llegaron por la mañana con el carrito del desayuno y con el aviso de la sede central de que Tabini-aiji deseaba reunirse temprano con él.
Se lo esperaba. En previsión de ello se había duchado, afeitado y vestido solo antes del amanecer. Se puso sus habituales pantalones suaves con camisa, y se recogió el cabello en una trenza. Puso la televisión antes de que llegaran para ver los telediarios; temía que el caso lo conocieran ya todos pero, para su sorpresa, ni siquiera mencionaron el incidente. Tan solo hablaron de la tormenta de la noche anterior, que al parecer se había transformado en granizo en la ciudad de Shigi y dañado los techos en Wingin antes de perderse rugiendo en las llanuras.
Se sentía extrañamente decepcionado, incluso insultado, por aquel silencio. Cuando a uno le entraban asesinos en su habitación, por mucho que deseara mantener oculta la noticia, esperaba que se confirmara que un intruso había penetrado en las dependencias aiji. Esperaba, cuando menos, el tipo de información filtrada que se daba en esos casos o mejor aún, esperaba que dijeran que el intruso estaba ya en manos de los aiji y sometido a un duro interrogatorio.
Pero no dijeron nada por el estilo, por lo menos por televisión, y Moni y Taigi dispusieron su desayuno sin hacerle ningún tipo de pregunta o comentario acerca de lo ocurrido la noche anterior o sobre por qué estaban las toallas tiradas en el suelo del baño. Se limitaron únicamente a transmitirle el mensaje de la sede central, a arreglar los desperfectos haciendo como que no reparaban en ellos y no mencionar si corría algún rumor por los pasillos.
El señor y segundo heredero de la provincia de Talidi había asesinado a un pariente lejano la primavera pasada después de mantener con él una acalorada discusión acerca de una antigua pistola y los pasillos del complejo fueron un hervidero de comentarios durante varios días.
Pero esa mañana no. «Buenos días, nand’ paidhi». «¿Cómo se encuentra nand’ paidhi?». «¿Desea tomar más bayas?». «¿Té?».
Sin embargo, al final, Moni, que rara vez tenía algo que decir, le lanzó una mirada intensa y dijo:
—Nos alegremos de que esté bien, nand’ paidhi.
Se tragó el bocado de fruta. Se sentía agradecido. Satisfecho.
—¿Oyeron la conmoción de anoche?
—Un guardia nos despertó —respondió Taigi—. Solo entonces nos enteramos de que había ocurrido algo.
—¿Pero no oyeron nada?
—No, nand’ paidhi.
Supuso que el estrépito de los disparos habría quedado amortiguado por el sonido de los rayos y truenos, el de la lluvia que caía y el del viento que silbaba por las colinas. Sin olvidar además que las detonaciones se habían producido en el interior y no en el exterior. La figura que había visto en el umbral la noche anterior había adoptado por completo un matiz onírico; se había transformado en un personaje salido de una pesadilla en la que los detalles fluctuaban y se solapaban continuamente. El silencio absoluto de sus sirvientes lo ponía nervioso, le hacía dudar incluso de su experiencia, de su comprensión y de sus expectativas.
Se alegraba, sin embargo, de escuchar explicaciones razonables. De modo que el eco no les había llegado a los sirvientes que dormían en la sección lateral de la colina, junto a las antiguas murallas. Lo más probable es que el trueno hubiera amortiguado el sonido. Seguramente habría tronado a la vez que el asesino hacía su entrada. Él no había estado muy pendiente de la tormenta porque sus oídos habían quedado ensordecidos por la detonación del arma, que le había parecido como el repiqueteo del destino malhadado, pero eso no implicaba que el resto del mundo lo hubiera oído también.
Pero Moni y Taigi parecían sinceramente preocupados o quizá incluso perplejos por su humano comportamiento. Tal vez se lo esperasen, y supuso que no sabrían qué más añadir. Resultaba un tanto complicado enterarse de los rumores cuando uno estaba en el centro del problema. Toda información, especialmente la que tenía relación con una crisis en la que peligraba la integridad personal, cobraba muchísima importancia; la posibilidad de que alguien supiera algo implicaba seguramente que algún personaje oficial se pusiera a hacer preguntas antes o después y nadie que estuviera cerca de él estaba por la labor de avivar el fuego de los rumores. Es más, tampoco él quería que cualquier sirviente que supiera algo sobre él anduviera especulando.
Por lo tanto, Moni y Taigi trataban de evitar en la medida de lo posible una segunda ronda de interrogatorios en mitad de la noche. No obstante, a nadie se le escapaba que la traición y los sirvientes solían ser dos elementos fundamentales en las tragedias atevi. En realidad el asunto era absurdo, pero, a pesar de ello, era muy posible que ellos sintieran el peso de las sospechas o incluso que temieran convertirse en el objetivo de unas acusaciones poco específicas que no podrían neutralizar con la ayuda de ningún testigo.
—Espero que este sea el final del asunto —les dijo—. Lo siento mucho, nadiin. Confío en que la policía no los moleste. Sé que son honestos.
—Apreciamos sobremanera su confianza —le agradeció Moni y ambos hicieron una reverencia al unísono—. Por favor, tenga cuidado.
—Banichi y Jago están en el caso.
—Eso es estupendo —añadió Taigi mientras dejaba un plato de huevos revueltos frente a él.
De modo que tomó su desayuno y luego se puso su mejor abrigo de verano; el que tenía el cuello de piel y sendas tiras de cuero hasta la rodilla.
—Por favor no se entretenga en los pasillos —le advirtió Taigi.
—Se lo prometo —se comprometió.
—¿Acaso no están ahí los de seguridad? —preguntó Moni—. Deberíamos llamarlos.
—¿Para que me acompañen hasta la sala de audiencias? —Una vez quebrada la barrera de la tensión inicial se percató de que lo que les ocurría era que estaban preocupados por él. Aquello lo satisfizo enormemente—. Les aseguro que no es necesario. Lo más probable es que solo fuera un demente que anduviera escondido en algún barril. Quizá vaya detrás del señor Murida, que estará en el jardín de agua hacia el mediodía. Dudo que vuelva a molestarme a mí. Además, los guardias del aiji andan merodeando por aquí, de modo que la situación es ahora mucho más peligrosa para él. —Cogió su llave y se la guardó en el bolsillo—. Pero tengan cuidado de echar los cerrojos. Sobre todo los del jardín. Al menos durante los próximos días.
—Nadi —se despidieron, inclinándose de nuevo.
Se dio cuenta entonces de que se encontraban sumidos en un estado de gran agitación, que lo habían estado desde el principio, pese a lo mucho que les costaba a los atevi demostrarlo abiertamente. Lo que le recordó que también debía disimular por todos los medios lo que sentía en realidad. De modo que salió alegremente por la puerta…
Y se estrelló contra un uniforme negro y, sí, muy por encima de sus ojos, contra el rostro ceñudo de un atevi.
—Nand’ paidhi —se presentó el oficial de la guardia—, me han pedido que lo escolte hasta la sala.
—Dudo que sea necesario —comentó.
Su corazón, sin embargo, latía desenfrenado. Lo cierto es que no conocía personalmente a aquel hombre, pero su uniforme no era de los que un asesino podría copiar con facilidad, por lo menos si estimaba en algo su vida. De modo que caminó junto al oficial por los pasillos del complejo, pasó al lado del puesto de vigilancia del guardia habitual y llegó a la zona central del edificio, donde se encontraba la atestada columnata entre la que silbaba un viento húmedo por la lluvia y el rocío de la mañana.
Aquel monumento antiguo se empapaba de la luz del sol y de las sombras por igual; las murallas fortificadas de Bu-javid, la ciudadela y el complejo gubernamental, se extendían sobre la elevada colina, a cierta distancia del núcleo urbano de Shejidan y separada de este. Al abrigo de las murallas descansaban todos los hoteles y los restaurantes que solían llenarse sin dejar un solo hueco vacío. La audiencia pública trienal, que casualmente empezaría aquella mañana, atraía a cientos de señores provinciales, de ciudad y del campo, así como a muchos oficiales de distrito. Llegarían hasta allí en tren o metro y caminarían el último kilómetro y medio desde los hoteles que rodeaban la antigua Bu-javid. Eran multitud de personas las que trepaban por el escalonado camino ceremonial llevando consigo sus peticiones, y tras pasar por debajo de la puerta fortificada de la Promesa de la Justicia, se abrían paso finalmente por las anchas sendas flanqueadas por flores hasta las famosas Puertas Nónuplas. Se transformaban al fin en una riada constante de altos atevi de espaldas anchas, con su tez negra como el ébano y sus brillantes trenzas azabaches; algunos, vestidos con delicados abrigos de telas doradas y de satén, y otros con materiales más sencillos aunque no menos elegantes. Los políticos reconocidos marchaban junto a los simples comerciantes; los señores de las asociaciones con los inexpertos y ansiosos. Todos ellos llevaban consigo sus peticiones enrolladas y atadas con brillantes lazos de colores y sus pequeños ramilletes de flores que dejarían, como ordenaba la tradición, encima de la mesa del vestíbulo.
El pasillo que había al final de la columnata abierta olía a lluvia y a flores, y en él se escuchaba el eco de unas voces, las de los atevi saludándose los unos a los otros o las de los que guardaban la cola para dar sus nombres a los secretarios, en cuyas mesas, situadas en el inmenso vestíbulo, se acumulaban los documentos y las peticiones.
A los cortesanos no les sorprendió ver al humano que se abría camino por aquel caos hacia la corte. Se trataba de un personaje pálido y menudo, varios centímetros más bajo y menos grueso que aquellos entre los que paseaba. Aquella sencilla presencia, cuya trenza carecía de adornos, de lazos o de recortes de cuero, no suponía una novedad salvo porque esta vez llevaba una escolta policial. Pero nadie, salvo la gente del campo y los que venían a pedir por asuntos propios e individuales, se lo quedó mirando.
—¡Mira! —gritó un chiquillo y lo señaló con el dedo índice.
Un padre mortificado bajó de un manotazo la mano irreverente, mientras el eco de la voz del pequeño se propagaba alto y claro por los techos abovedados. Los atevi se volvieron para mirar, aunque fingieron no verlos ni a él ni a su escolta.
Uno de los señores de provincias deambulaba por los pasillos seguido por sus sirvientes, por sus guardias y también por los del aiji, lo que despertó los comentarios groseros de algunos de los atevi presentes. Bren siguió andando con su escolta policial, con la misma intención de fundirse con la concurrencia para pasar desapercibido, ligeramente más nervioso después de lo del niño, aunque confiado al ver a los guardias del aiji apostados en cada una de las puertas y recodos. Aquellas eran, sin embargo, las precauciones que se tomaban habitualmente en el día de las audiencias.
Despidió con cortesía a su escolta cuando hubieron alcanzado la puerta del Susurro, que no era más que una pequeña sección de las grandes puertas ceremoniales y que conducía de forma discreta y extraoficial a la parte trasera de la sala de audiencias. Abrió la puerta, se deslizó silenciosamente por ella para no interrumpir la reunión que se mantenía en su interior, y la cerró con mucha suavidad.
De pronto le asaltó la preocupación. Moni y Taigi no lo habían despertado antes de la hora habitual, de hecho, habían aparecido a la de siempre porque carecían de otras órdenes y quizá también porque temieran hacer algo fuera de lo normal y tener que rendir cuentas al policía que guardaba la puerta de su dormitorio. Mientras avanzaba hacia la recepción para comprobar en qué momento podría colarse en el interior, solo pudo esperar que Tabini no estuviera esperándolo ya hacía tiempo.
Banichi estaba allí. Banichi, vestido con el uniforme negro que diferenciaba a la guardia personal del aiji, lo interceptó cogiéndole por el brazo.
—Nadi Bren, ¿pudo dormir anoche?
—No —le confesó y añadió, esperanzado—, ¿lo cogieron?
—No, nadi. Fue por la tormenta. No tuvimos suerte.
—¿Sabe Tabini lo que ocurrió? —Echó una ojeada al estrado, donde Tabini-aiji hablaba con el gobernador Brominandi, uno de los que acudían a las audiencias privadas—. Creo que estoy en la agenda. ¿Quiere hablar conmigo? ¿Qué se supone que debo decirle?
—La verdad, pero solo en privado. Al fin y al cabo el arma era suya, ¿no es cierto?
Le lanzó a Banichi una mirada preocupada. La noche anterior no le había dado la impresión de que dudara de su versión.
—Le dije la verdad.
—Estoy seguro —le dijo Banichi. No obstante, cuando hizo ademán de acercarse a la mesa de la recepción para dar su nombre al secretario, Banichi lo cogió de la manga y lo retuvo—. Nada oficial. —Asintió en dirección al estrado. Sin soltarle la manga, lo condujo hasta el pie del mismo.
Brominandi, de la provincia de Entaillan, estaba a punto de concluir con sus asuntos. El cabello negro del gobernador estaba salpicado de canas; sus manos vestían tanto los anillos oficiales como algunos meramente ornamentales. Su verborrea era además tan cargante que se le creía capaz incluso de aburrir a una piedra. Los guardias que se encontraban por allí no habían encontrado todavía la manera de hacerlo callar.
Tabini asintió a lo que Brominandi le decía, asintió una segunda vez y le dijo finalmente:
—Presentaré el asunto ante el consejo.
Parecía, por desgracia, que el gobernador volvía a abordar la cuestión de los derechos de los alujis sobre el río. Dos de las provincias del curso alto del río estaban enfrentadas con otras tres del curso bajo a causa del agua que necesitaban para regar sus cosechas. La trifulca se prolongaba ya desde hacía cincuenta años, en los cuales habían tenido sus más y sus menos. Bren entrelazó los dedos de las manos y se quedó junto a Banichi, con la cabeza gacha, tratando de pasar tan desapercibido como le era posible a un humano en la corte.
Finalmente Tabini aceptó la petición (o era acaso la contra petición) de Brominandi, que era una cosa sumamente pesada, con múltiples sellos y lazos que entregó a sus auxiliares legislativos.
Bren aprovechó el interludio para lanzarle una mirada a Tabini y este, a su vez, se la devolvió. Aquella era la señal para que tanto Banichi como él ascendieran los pocos escalones que los separaban del costado de la silla donde se encontraba sentado el aiji. En ese rellano, los peticionarios predilectos podían reunirse para hablar entre susurros, con lo que llenaban la blanca sala abovedada de una melodía constante de ecos murmurados.
—¿Sabes quién era, Bren? ¿Tienes idea? —le preguntó Tabini sin más preámbulos.
—No, aiji-ma. Le disparé, pero no acerté. Banichi me ha pedido que diga que fue él quien disparó.
Tabini le dedicó una mirada intensa a Banichi. Los ojos del aiji eran muy pálidos, casi fantasmales bajo algunas luces e incluso aterradores cuando estaba enfadado. Pero esta vez no parecía estarlo, ni tampoco asomaba el reproche en su mirada.
—Eso le evitaría tener que responder a ciertas preguntas desagradables.
—¿Qué objetivo tenía aquel intruso?
—Si lo que pretendía era robar, es que se trataba de un idiota. ¿Y los compromisos…?
—No —lo interrumpió Bren. Se sentía incómodo por la sugerencia. Pero Tabini lo conocía, sabía que las mujeres atevi sentían cierta curiosidad por él y solía gastarle bromas al respecto.
—¿No podría ser una admiradora?
—No, aiji-ma.
Tenía la esperanza de que no fuera así, porque recordó que Jago le había comentado que habían encontrado un rastro de sangre en la terraza.
Tabini-aiji extendió la mano y le acarició el brazo, como disculpa por su frivolidad.
—No se trata de restarle importancia al asunto. Es trascendente y mucho. Yo lo tomo muy en serio. Ten cuidado de cerrarlo bien todo.
—La puerta del jardín es solo de cristal —comentó Banichi— y cualquier cambio despertaría sospechas.
—Pero un cable no lo haría —sugirió Tabini.
Bren se sintió consternado. Sabía que las puertas y ventanas del aiji contaban con protecciones letales y aquello no terminaba de gustarle.
—Me encargaré de ello —aceptó Banichi.
—Puede que sea yo el que tropiece con él —se preocupó Bren.
—Eso no ocurrirá —le tranquilizó Tabini—. Encárgate de ello esta misma mañana. Pon uno en cada puerta y que solo se pueda desconectar con su llave. Cambia también los cerrojos —le ordenó a Banichi.
—Aiji… —empezó Bren.
—Me aguarda una larga lista —lo atajó el aiji.
Con eso pretendía decirle que se callara y se sentara, y cuando Tabini hablaba en aquel tono, uno no tenía ya la oportunidad de seguir discutiendo. Se apartaron de lo alto del estrado y descendieron por la escalera hasta el cuarto escalón, que era el lugar que Bren solía ocupar normalmente.
—Quédese aquí, le traeré la nueva llave —le ordenó Banichi.
—¿Sabe si alguien va a por mí?
—Eso es lo que parece, ¿no cree? Y dudo francamente que se trate de una amante.
—Quizá sepa más que yo.
—Muchas cosas. ¿Cuál es la que le interesa?
—Mi vida.
—Tenga cuidado con el cable. El lado del jardín se activará también con una llave. Cambiaré su cama y la alejaré de la puerta.
—Es verano y hace calor.
—No todo iba a ser perfecto.
—¡Desearía que alguien me dijera qué está pasando!
—No debería desengañar a las damas, algunas de ellas se lo toman muy mal.
—¿Me está hablando en serio?
No, no lo estaba haciendo. Lo que intentaba era despistarlo una vez más. Y estaba convencido de que sabía algo, pero se quedó frustrado mientras Banichi se marchaba triunfal para convertir su dormitorio en una trampa mortal en la que los cables letales colocados delante de las puertas harían saltar por los aires a un humano somnoliento que se despertase en mitad de la noche a cerrar la puerta del jardín porque había empezado a llover de pronto.
La noche anterior se había sentido asustado, pero ahora estaba furioso por aquella invasión de su intimidad y en su espacio. Preveía además que aquello repercutiría también en su libertad para ir y venir por la ciudad, porque estaría siempre sujeto a las restricciones que le marcasen los guardias, las amenazas… Y todo por un loco que, por alguna razón, odiaba a los seres humanos. Esa era la única conclusión a la que podía llegar.
Se sentó sobre el escalón que le correspondía al paidhi-aiji y escuchó la última preaudiencia de las audiencias con la esperanza de oír algo que le diera una pista de si aquella situación tenía relación con un problema mayor, quizá con un asunto político. Por lo menos eso explicaría la obstinación de Banichi por ocultarle la información o el silencio de Tabini… Porque estaba claro que el aiji sabía algo que no le estaba diciendo. Todo ello le hacía sospechar que el intruso podía ser un atevi que sintiera un gran rencor hacia él.
Ningún asesino con licencia se atrevería a atacar a un humano que formara parte esencial del equipo de trabajo del aiji. Quizá no tuviera permiso para llevar armas consigo, pero, en cualquier caso, seguía siendo un oficial de la corte y un amigo íntimo del aiji de la asociación Oeste. Por lo tanto, ningún profesional se atrevería a ir en su contra.
Lo que dejaba solo a algún idiota que pretendía atacarlo como un gesto simbólico o quizá a alguien que odiara la tecnología o algo por el estilo, ¿quién podía saberlo? ¿Cómo podía averiguar tal cosa?
El único pensamiento que lo reconfortaba era que, si no se trataba de un asesino reconocido, sería un lunático o un aprendiz al que nunca entregarían la licencia; del tipo que se dedica a acribillar a los espectadores por error y que… en fin, seguía siendo peligroso a pesar de todo.
Mas Banichi, a diferencia de los demás guardias del aiji, tenía una licencia. No se le podía infravalorar, ni tampoco a Jago. La lluvia de la noche anterior había beneficiado al intruso que, o bien contaba con que el agua limpiara su rastro de la gravilla y el cemento de las sendas que recorrían el jardín, o había sido estúpido y afortunado.
Pero esa suerte se le había acabado pues Banichi estaba tras su pista. Y si había dejado alguna huella entre uno de los macizos de flores o en cualquier otro lugar tendría problemas.
Lo más probable es que no se atreviera a visitar a un médico con licencia. Tenía muy presente que había sangre en la terraza. Bren deseó hacerle la vida más complicada al asesino que seguramente no se esperaba aquella bienvenida. Pero esperaba, considerando que Banichi se estaba ocupando del caso, que la vida del que había contratado a ese asesino se torciera por completo o lo suficiente para que diera por zanjado el asunto.
Las puertas se abrieron. Los guardias y oficiales dejaron entrar a la multitud y el secretario aceptó del oficial de recepción el ingente montón de peticiones con lazos y sellos, además de las declaraciones juradas y los archivos.
El tratamiento que se otorgaba a las diligencias atevi y humanas era intrincado. No podían culpar a los primeros de ceñirse a las antiguas costumbres y de seguir entregando, por tanto, aquellas pilas de rollos difíciles de manejar. Existía, sin embargo, un archivo computerizado. Los secretarios que estaban en el vestíbulo lo actualizaban.
¿Pero acaso podían esperar que los atevi emplearan los números de los demás ciudadanos? En primer lugar tendrían que convencerlos de que los números personales que se les había asignado por ordenador estaban en concierto con sus otras numerologías. Habría que persuadirlos además de que al cambiar esos dígitos lo único que engendraban era el caos y la pérdida de los archivos porque siempre que algo empezaba a ir mal, los atevi culpaban a su número y querían cambiarlo de inmediato.
¿Y se podían crear una serie de códigos para cada provincia solo para simplificar el proceso informático? No, si los números no fomentaban los buenos auspicios. Aquellas sugerencias los llevarían a creer que la intención de la corte del aiji en Shejidan era menospreciar su importancia y su poder.
Existía además otro problema añadido, uno bastante calamitoso por cierto, y es que al teclear los nombres para introducirlos en el ordenador, estos también podían transformarse en números; cifras que podían entenderse como la dudosa y malévola intención de un aiji que conspiraba, claro que sí, con los humanos que habían traído consigo esa insidiosa maquinaria a la tierra.
Pero, desde luego, no todo lo que los humanos trajeran era pecaminoso. La televisión era una adicción. El volar se había convertido en algo esencial, aunque caótico, puesto que hasta que el aiji no hubo decretado la necesidad de establecer planes de vuelo después del famoso choque en el puente Weinathi, en el espacio aéreo todo dependía del «ver y esquivar».
Gracias a los dioses atevi, Tabini-aiji era completamente ateo.
Cada uno de los peticionarios disponía de un turno para exponer su asunto, que solía versar sobre el comercio, las obras públicas como construcción de carreteras, embalses, puentes y puertos, o sobre los derechos de caza y pesca enmarcados en los privilegios de las asociaciones que se encontraban bajo la influencia del aiji. De la creación de proyectos y de los detalles específicos de repartos y presupuestos se encargaban las dos casas de legislatura, los hasdrawad y los tashrid; no era tarea del aiji iniciar tales cosas, solo aprobarlas o denegarlas. Pero, en cualquier caso, había muchos, muchísimos asuntos que requerían el sello y la atención personal del aiji.
Su labor, entre otras, era la de solventar las disputas. Aquel día eran dos, la primera de una mujer contra su exmarido, al que ella había denunciado por reformar ilegalmente sus propiedades.
—Le aconsejo que lo lleve ante el tribunal —le dijo Tabini con sinceridad —. Así podría recuperar el dinero del sueldo de su exmarido.
—Preferiría matarlo —le espetó la mujer.
—Que registren lo que ha dicho —ordenó el aiji y con un gesto de la mano pidió que se pasara al próximo asunto.
Esa era la razón por la que los seres humanos preferían su enclave en Mosfeira. Mosfeira era una isla administrada por los humanos, donde nadie se peleaba por los números de los ordenadores y las leyes no aceptaban la vendetta como una vía para resolver una disputa.
Había solo una cárcel para las sesenta provincias y los aproximadamente trescientos millones de ciudadanos que vivían bajo el mandato del aiji. Una prisión en la que, por lo general, no había más de cincuenta personas a la espera de un juicio o de una audiencia, y de donde no podían salir a menos que se les permitiera expresamente. Existían además una serie de clínicas psiquiátricas para quienes las necesitaban. Había cuatro prisiones destinadas a realizar trabajos y en las que se encontraban presos todos aquellos antisociales incorregibles que se tomaban la justicia por su mano cuando, por ejemplo, uno de los gremios se negaba a incluir al sujeto dentro de su círculo de trabajo.
Los atevi cuerdos y respetuosos con las leyes se limitaban a evitar a las personas a las que les gustaba discutir. Procuraban que sus divorcios fueran correctos y no se obstinaban en ridiculizar y aplastar a sus enemigos naturales. A Dios gracias, los atevi preferían las negociaciones o, al menos, las resoluciones razonables antes que las disputas sangrientas o los enfrentamientos físicos. Incluso los humanos más altos y corpulentos eran una cabeza más bajos y un tercio menos voluminosos que los atevi corrientes, fueran masculinos o femeninos. Esta, por tanto, no era más que otra de las razones por las cuales los humanos preferían tener su propia jurisdicción.
Evidentemente había ofendido a alguien que no seguía las reglas. Su mente seguía dándole vueltas. Nadie había presentado una queja. Se suponía que debían notificárselo de ser ese el caso, o al menos esa era una de las normas inquebrantables de una disputa, pero ni siquiera le habían sugerido que alguien estuviera molesto con él. Y, sin embargo, Tabini había ordenado que instalaran en su habitación defensas mortales.
La conmoción del incidente de la noche anterior seguía reverberando en su mente, cambiándolo todo, hasta que de pronto se dio cuenta de que tampoco estaba realmente a salvo en los pasillos exteriores. Los asesinos profesionales eludían la publicidad y preferían que sus rostros no fueran conocidos, pero no podía evitar imaginarse un cuchillo que salía de la multitud o alguien que lo empujaba por las escaleras.
Y en no pocas plantillas de los señores había asesinos con los que trabajaba codo con codo y en los que nunca se había parado a pensar hasta… ahora.
Un hombre mayor se acercó a presentar el caso número cuarenta y seis en el que se pedía al aiji que acudiera a una conferencia regional acerca del desarrollo urbano. Esa petición fue a parar al montón, donde sería archivada.
Un día, le había dicho al aiji y sabía que sus predecesores también lo habían hecho, que los archivos se colapsarían bajo el peso de los sellos, los lazos y el papel. Los diez pisos de aquel edificio rectangular caerían envueltos en una nube de polvo. Aquella debía de ser la última petición de la sesión. El secretario no llamó a nadie más y la mesa de recepción quedó vacía.
Mas no, no lo era. Tabini llamó al secretario, que trajo consigo un papiro muy elaborado, adornado con los lazos rojos y negros de la nobleza alta.
—Una queja de tentativa —expuso Tabini, para sobresalto de los auxiliares y de los testigos presentes.
El secretario se puso el documento frente a los ojos y empezó a leerlo:
—Tabini-aiji contra unos desconocidos, quienes, sin haber presentado una queja de Tentativa, violaron la tranquilidad de mi casa y amenazaron con hacerle daño al paidhi-aiji, Bren Cameron. Si esta o cualquier otra agencia, en su pretensión de perjudicar al paidhi-aiji, le causara algún mal a los invitados o personas que habitan en mi casa, expongo mi deseo de solucionar personalmente el asunto por la vía de la vendetta, porque esta ofensa pone en peligro la seguridad de mi casa, y le encargaré el cumplimiento de dicha tarea a Banichi de Dajoshu, de la provincia de Talidi, que es mi agente con licencia. Lo firmo y ordeno que se publique, y se guardará junto con los demás archivos públicos con sus firmas y sellos.
Bren estaba conmocionado. Se supo el centro de atención cuando todas las cabezas se volvieron para mirarlo y los murmullos de rumores y preguntas se elevaron, adueñándose con su sonido de la sala, al abandonar Tabini-aiji el estrado.
—Se prudente, nadi Bren —le dijo el aiji, al pasar por su lado.
—Aiji-ma —respondió Bren y describió una profunda reverencia para ocultar su confusión.
La audiencia había terminado. Jago se incorporó con rapidez al destacamento de sirvientes y guardias personales que seguía al aiji, mientras este se abría camino sin problemas entre la multitud, hacia las puertas laterales y de ahí a los pasillos interiores.
Bren caminó en solitario, temiendo el recorrido que lo llevaría por los diversos pasillos, y preguntándose si el asesino o el que lo había contratado estaría observándolo en aquella sala y si su escolta policial lo aguardaría en el exterior.
Pero Banichi apareció por el camino, se puso a su lado y lo escoltó más allá de la puerta del Susurro hasta los pasillos públicos.
—Tabini ha expuesto la tentativa —le dijo a Banichi, mientras se preguntaba si este sabía ya lo que el aiji tenía planeado.
—No me sorprende —le respondió el agente.
—Debería coger el próximo vuelo a Mosfeira.
—Eso sería una grandísima estupidez.
—Nuestras leyes son diferentes y, además, allí un atevi es algo poco común. Encuéntreme al asesino entre esta multitud.
—Ni siquiera sabe si es uno de nosotros.
—Entonces debía ser el humano más enorme que he visto en mi vida, joder. Perdóneme. —Uno no debía decir palabras malsonantes si era el paidhi-aiji, o por lo menos no debía hacerlo en un pasillo público—. Estoy seguro de que no era un humano.
—Sabe quién fue a su habitación, pero no quién lo contrató. Como sabe, paidhi, también en Mosfeira existe el contrabando. Esas relaciones que desconocemos son muy peligrosas.
El lenguaje tenía pronombres comunes que no especificaban el género, es decir, él o ella. Y los políticos y la plantilla del aiji empleaban esos pronombres de manera habitual.
—Sé dónde estaré más seguro.
—Tabini lo necesita aquí.
—¿Para qué? —Que el aiji estuviera ocupándose de otra cosa que no fueran los asuntos rutinarios era una novedad. No sabía nada al respecto, de modo que Banichi debía de estar comentándole algo de lo que nadie más tenía noticia.
Y, hacía unas semanas, Tabini había tenido un gesto sin precedentes con él: lo había armado y lo había instruido durante dos horas en su retiro personal. Habían bromeado y disparado a unos melones clavados en unos postes, y luego habían cenado. El aiji podría haber aprovechado cualquier minuto para advertirle de que estaba a punto de suceder algo distinto de los consejos y reuniones rutinarias y de que lo necesitaría.
Doblaron la esquina. Se dio cuenta de que Banichi no había respondido a su pregunta. Entraron en la columnata y dejaron a su espalda las murallas pálidas y regulares de la antigua Bu-javid. El tráfico en las escaleras era ahora de bajada en lugar de subida. Los atevi que habían guardado cola para las audiencias tenían ahora sus números y el aiji los recibiría siguiendo un orden.
Banichi le entregó dos llaves cuando llegaron a los pasillos poco transitados que conducían a las dependencias del jardín.
—Son las únicas que valen —le explicó el agente—. Tenga cuidado de no confundirlas con las antiguas. Las otras también funcionan, pero no desconectarán los cables.
Le lanzó una mirada de preocupación de la que el atevi pareció no darse cuenta.
—¿Acaso no puede asustar a ese bastardo? ¿Obligarlo a lamentar lo que ha hecho? Está claro que no es un profesional. No ha habido noticias de…
—Actúo dentro de los límites de mi licencia —le interrumpió—. La tentativa se ha archivado, ¿no es eso lo que me dijo? El intruso sería un completo idiota si lo intentara de nuevo.
Bren sintió un incómodo hormigueo en el estómago.
—Joder, Banichi…
—Ya he avisado a los sirvientes. Los criados honestos y listos, aquellos capaces de servir en esta casa, pedirán que se les deje entrar de ahora en adelante. Su apartamento ya no es diferente del mío. O del de Jago. Yo me cambio las sábanas.
A pesar de que creía conocer bien a Banichi y a Jago, no tenía idea de que estuvieran expuestos a tales peligros. Tenía sentido en el caso de los agentes o en el de Tabini, pero no en el suyo.
—Confío —añadió Banichi— en que no haya entregado a nadie un duplicado de las llaves. Me refiero a alguna dama. O a otras… eh… relaciones. No habrá apostado, ¿verdad?
—¡No!
Banichi también lo conocía; sabía que tenía relaciones en Mosfeira, una o dos que no eran contrarias a lo que el agente solía llamar «la noche de la cena romántica». Pero es que el paidhi-aiji no tenía tiempo para la vida social. Ni para las maniobras prolongadas o los sentimientos heridos, ni tampoco para los flirteos en los saludos y despedidas. Aunque, sobre todo, no le interesaba que nadie anduviera cortejándolo por su influencia o pudiera chantajearlo precisamente por ella. Sus amigas no le hacían preguntas y no esperaban más que un ramo de flores, alguna que otra llamada telefónica y una noche en el teatro.
—En realidad solo importa si ha repartido sus llaves por ahí.
—No soy tan idiota.
—Los idiotas de esa clase abundan en Bu-javid. He tenido que hablar seriamente con el aiji.
En ocasiones, cuando se les proporcionaba a los atevi algo de tecnología, la transformaban de una manera jamás pensada por los humanos. Estos inventores improvisados, diferentes al resto de sus congéneres, hilvanaban ideas de maneras totalmente inesperadas que daban lugar a consecuencias sociales o a ramificaciones técnicas a las que nunca se hubiera llegado de otra manera. El cable era una de ellas. Los atevi tenían cierta propensión a fabricar cosas que sirvieran a su seguridad personal y como su ley no prohibía el uso de maquinarias letales, nadie podía saber con certeza de qué maneras habían transformado otros objetos que se les habían proporcionado o qué uso hacían de ellos.
El paidhi procuraba mantenerse al día. Intentaba estar al corriente de toda la tecnología y de cada nuevo vocablo que surgía en el universo conocido. No obstante, siempre había algo que se le escapaba y las cosas prosperaban con gran celeridad; aquellos nuevos conocimientos estaban fuera de su alcance y la recombinación de los objetos quedaba completamente fuera del control humano.
Y, por encima de todo, los atevi eran muy capaces de hacer descubrimientos tecnológicos por sí solos y no sentían remordimiento alguno a la hora de mantenerlos ocultos. Lo cierto es que no eran personas muy comunicativas.
Llegaron hasta la puerta y Bren utilizó la llave que Banichi le había entregado. La puerta se abrió. Ni el cable ni la estera estaban a la vista.
—A la altura del tobillo y negro —le explicó Banichi—, pero está debajo e inactivo. Ha utilizado la llave correcta.
—Su llave —le espetó. No le hacían gracia sus bromas—. No veo la estera.
—Está debajo de la alfombra. No camine descalzo sobre ella. Sangraría. El cable lo sorteará sin problemas, podrá andar por encima de él cuando esté inactivo, pero no descalzo.
Apenas lo distinguía. Caminó a lo largo de la estera. Banichi se quedó al otro lado.
—Se abrirá camino a través del aislante —siguió informándole el agente — y también del cuero de una bota, paidhi-ji, siempre que esté activa. No la toque ni cuando esté inactiva. Cierre la puerta con llave y no merodee por los pasillos.
—Debo acudir a un consejo de energía esta tarde.
—Querrá cambiarse de ropa, nadi. Espere a Jago aquí. Ella lo escoltará.
—¿Qué significa esto? ¿Es que tengo que llevar una escolta adondequiera que vaya? ¿Saltará sobre mí el ministro de Trabajo? ¿Me atacará el jefe de Aguas?
—Paciencia, paciencia, nadi Bren. Comprobará que Jago es muy interesante. Está fascinada con su cabello castaño.
Aquel comentario lo enfureció.
—Ya veo que lo está disfrutando. No tiene gracia, Banichi.
—Perdóneme —dijo el agente muy solemne—. Pero complázcala. Escoltar a alguien es aburrido, joder.