El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 2 de 28

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El extranjero

Capítulo 2

 

La nave cayó y la alarma empezó a aullar: «esto no es un ejercicio. Fallo en la computadora. Esto no es un ejercicio».

A McDonough se le iba a salir el corazón del pecho y sudaba a mares cuando presionó el botón para hablar con Taylor. Todos los monitores estaban en blanco.

«Esto no es un ejercicio…».

El proceso de ABORTAR estaba en marcha. La Fénix hacía lo posible por sobrevivir. Salió de v sin tener en cuenta a los frágiles cuerpos humanos que cobijaba en su interior.

Fénix intentó entonces volver a encender los ordenadores a partir del flujo entrante de información. Llamó a su capitán, al navegador, al piloto y al copiloto mediante descargas dolorosas. Sufrieron dos sacudidas más antes de que McDonough empezara a entrever los datos que se formaban en las pantallas de la estación de navegación.

El vídeo mostró la estrella.

No, las dos estrellas; una que relucía con una luz blanquiazul y otra de un suave color rojo. McDonough se quedó paralizado en su posición al comprobar que la Fénix se dirigía a la deriva hacia un infierno nuclear de color blanco.

—¿Dónde estamos? —preguntó alguien—. ¿Dónde estamos?

Fue una pregunta que el navegador confundió con un reproche. McDonough lo sintió como un puñetazo directo a su ya dolorido estómago. Miró al piloto en busca de respuestas. Pero Taylor se limitaba a mirar sus monitores, sin moverse.

—Inoki —dijo el navegador. El copiloto, sin embargo, yacía desmayado o algo peor.

—Decidle a Greene que suba. Que suban Greene y Goldberg al puente.

Ese era LaFarge por el altavoz de la tripulación, uno de los capitanes más antiguos, severo e intransigente, que llamaba ahora a los dos pilotos de reserva.

McDonough empezó a temblar y se preguntó si LaFarge reuniría a todo el personal de apoyo. Por una parte aquello lo atraía sobremanera, le apetecía tumbarse en su litera totalmente quieto y no tener que enfrentarse a la realidad, pero tenía que saber qué era aquella estrella binaria, dónde estaban y qué equivocación había cometido para llevarlos hasta allí. Los nutrientes que el enchufe médico le estaba inyectando lo hacían sentirse enfermo. Lo que veía ante sus ojos era una locura. Las ópticas no podían estar mal. Los robots no podían haber errado. Los instrumentos no podían estar equivocados.

—¿Señor? —Karly McEwan estaba sentada a su lado, tan aturdida como él. Era su mano derecha, su número dos, y se estremecía, aunque apretaba los botones intentando, a pesar de su evidente nerviosismo, de encontrarle algún sentido a lo que les había ocurrido—. ¿Señor? ¿La pongo en automático, señor?

—Por ahora sí —murmuró, o quizá lo hiciera algún resorte supremo de su mente, mientras que su inteligencia consciente operaba a un nivel muy inferior. El «por ahora», que había balbuceado por precaución, golpeó su vacilante intelecto como lo haría una maldición porque no se le ocurría ninguna manera rápida de crear una línea de base para el sistema—. Estaciones dos y tres: análisis del espectro. Estación cuatro, haga una comprobación de los gráficos. Estación cinco, reinicie y vuelva a mostrar las coordenadas del objetivo. —Su mente seguía dando órdenes, pero el resto funcionaba como Taylor, es decir, de ninguna manera—. Necesitamos a un médico aquí arriba. ¿Está Kiyoshi en el puente? Taylor e Inoki tienen problemas.

—¿Tenemos estabilidad?

Era la voz de Kiyoshi Tanaka, que preguntaba si era seguro desabrocharse el cinturón e ir a ver a los pilotos, pero cada una de las interrogantes parecía tener un doble sentido y cada una de ellas se perdía en lo desconocido.

—Tanta como podemos —le respondió LaFarge y, entre tanto, el programa de análisis del espectro los inundaba con una marea de datos, comprobaba todos los sistemas estelares que le constaban en el archivo, mostraba en la pantalla número uno de McDonough que no había ninguna coincidencia y lo subrayaba con un mensaje al pie de la misma que rezaba: «NINGUNA COINCIDENCIA, 3298 ARCHIVOS EXAMINADOS».

—Estamos recibiendo algunas preguntas del canal B —oyeron decir desde el sector de comunicaciones—. Los especialistas nos están pidiendo permiso para abandonar sus camarotes y quieren que se lo pongamos en pantalla.

La rutina de Taylor. Este siempre les había ofrecido a los pasajeros la oportunidad de ver cómo se alejaban del sistema terráqueo, cómo entraban en los puntos de masa y cómo los abandonaban…

—No —repuso LaFarge—, no habrá imágenes. —Hasta el más tonto se daría cuenta de que eso les traería muchos problemas—. Dígales que tenemos heridos en el puente y que estamos ocupados.

Tanaka ya había llegado hasta donde se encontraban Taylor e Inoki y McDonough vio cómo le inyectaba algo al primero. Los pasajeros empezaron a advertir la variación en la rutina y el mensaje de «NINGUNA COINCIDENCIA» no había cambiado.

¿BUSCAR MÁS LEJOS?

El ordenador había terminado de rebuscar entre las estrellas locales.

—¿Karly, has priorizado por defecto?

—Por defecto —respondió la navegadora segunda. La búsqueda de estrellas coincidentes se había iniciado en Sol y en las cercanías—. Nuestro vector a más o menos diez años luz.

McDonough se sintió aún más enfermo.

Nada de aquello tenía sentido. Los pilotos de reserva acudieron, y empezaron a hacer preguntas que los distraían y que además nadie podía responder, las mismas que cada navegador estaba formulándole a los instrumentos y a los archivos. El capitán le pidió al doctor que se llevara a Taylor y a Inoki fuera del puente; lo dijo entre maldiciones, mientras McDonough investigaba en solitario. Tanaka puso en pie a los dos pilotos, Taylor podía caminar, aunque no parecía saber adónde iba. Inoki se movía a duras penas: uno de los técnicos de comunicación tuvo que alzarle en volandas y transportarlo cuando el médico le desabrochó el cinturón y desconectó el tubo de su implante. Ninguno de ellos miró a Greene o a Goldberg cuando pasaron juntos a ellos. Taylor tenía la mirada perdida en el infinito y los ojos de Inoki estaban cerrados.

¿BUSCAR MÁS LEJOS?, repitió el ordenador, una vez agotadas todas las estrellas a treinta años luz de la Tierra.

—Contamos solo con el cinco por ciento del combustible —comentó el capitán con tranquilidad. Aquello no era más que una potencial sentencia de muerte—. ¿Hemos recibido alguna señal, Comunicación?

¿En esta estrella?, se preguntó McDonough.

—Ni una sola —respondió Comunicaciones—. La estrella es lo bastante ruidosa como para enmascarar Dios sabe qué.

—Regrese al máximo alcance del vector. Asuma que la pasamos de largo.

—Sí, señor.

Un minuto después los hidráulicos zumbaron en el casco. El enorme plato afloró desde su guarida y se desplegó, preparado para escuchar. V estaba listo para el despliegue, a salvo siempre y cuando se encontraran dentro del sol de la Tierra, pero no era así. No tenían datos de aquel sistema. Los estaban reuniendo, bebiéndolos desde cada sensor, pero no sabían con certeza si se encontrarían con alguna roca por el camino. Nadie se había aproximado jamás a una binaria o a una masa de tan grandes dimensiones. Solo Dios sabía lo que había ocurrido allí.

A McDonough le temblaban las manos mientras accionaba el alcance de las dos secuencias de búsqueda, y las extendía hasta cien años luz en todas las direcciones. La exploración, sin embargo, no produjo ningún resultado satisfactorio más allá del objetivo. Todavía no sabían dónde se encontraban, pero al cinco por ciento de la reserva de combustible tampoco irían muy lejos. Contaban con la nave minera: gracias a Dios que la tenían y también los componentes de la estación. Quizá pudieran reunir hielo en el sistema y repostar…

Salvo que la radiación del exterior era desproporcionada y que el viento solar que ese sol blanquiazul removía era de los asesinos. Aquella no era una estrella en la que pudiera prosperar nada orgánico y si los mineros se veían obligados a trabajar allí, tendrían que limitar sus salidas.

Aunque si la nave se veía, como bien podía ocurrir, atraída hacia la gravedad de esa gigantesca estrella…, se toparían con la radiación mucho antes de lo previsto.

—Hemos reiniciado la secuencia de iniciación —explicó Greene, sentado en el puesto de Taylor—. No encontramos ningún fallo en los comandos.

Lo que significaba que Taylor había tecleado exactamente las instrucciones que había recibido de navegación. McDonough sintió cómo su estómago masticaba e iba engullendo la fría aprensión.

—¿Alguna respuesta, señor McDonough?

—Todavía no, señor. —Mantuvo un tono de voz tranquilo, aunque no se sentía así. Sabía que no había cometido un error, pero no podría demostrarlo con ayuda de los instrumentos.

Una nave no podía salir del hiperespacio hacia un destino diferente del que se le había indicado antes de sumergirse en él. No podía. Era imposible.

En cualquier caso, aunque de alguna manera una partícula del hiperespacio hubiera interferido en el almacenamiento de datos y el ordenador hubiese perdido de vista el punto de destino, ofreciendo el mensaje «ERROR» como única respuesta viable, tampoco podrían haber viajado con el combustible que tenían hasta un lugar tan alejado de todas las estrellas que conocían.

Supuestamente, dos astros, al margen de la distancia que los separase, ambos con un espectro equivalente al de los gráficos, era lo único que necesitaban. Cualquier coincidencia de dos estrellas debería de bastarles para localizar su ubicación y no podían estar a más de cinco años luz del segundo punto de masa porque ya habían agotado casi todo el combustible. De modo que era imposible que estuvieran a más de veinte años luz de la Tierra, como mucho.

No obstante, no existía ninguna masa blanquiazul dentro de un radio de veinte luces a partir de Sol, salvo Sirio, y aquello, desde luego, no lo era. El espectro de esa pareja de soles no coincidía. No tenía sentido, nada lo tenía.

Empezó a buscar las pulsaciones. Cuando te faltaban puntos fiables de apoyo en las cercanías, ibas a por los más lejanos, los que no mentían, y empezabas a pensar en teorías a medio hacer, como macroestructuras cósmicas, interfaces plegadas o cualquier retazo de explicación que le ofreciera a la mente algo en lo que trabajar, una pista sobre dónde se encontraban o una probabilidad que, entre cien, pudiera ser la verdadera.