El extranjero

C. J. Cherryh · Capítulo 5 de 28

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El extranjero

Libro 2

1

 

La estrella extranjera estaba allí arriba, tenía una luna que cabalgaba ya sobre las colinas de arenisca. Se despedía, por tanto, de los últimos rayos de luz y Manadgi, que estaba acuclillado sobre unas extrañas y regulares huellas que había encontrado en el barro a la orilla de un arroyo, se metió las faldas del abrigo entre las rodillas y escuchó a todos los cuartos del cielo, tanto a los que podían ofrecerle sus auspicios como a los que no. Escuchó solo los tímidos gorjeos y el chasquido de una pequeña criatura oculta entre la maleza.

Resplandecían ahora otras estrellas desorientadas; eran como minúsculas chispas que describían movimientos irregulares alrededor de la primera. A veces, y unos ojos especialmente agudos podían contarlas, eran dos o hasta tres motas al mismo tiempo, que refulgían antes del amanecer o del anochecer en las proximidades de la estrella extranjera.

La cantidad solía variar. Se combinaban o no lo hacían. ¿Debía tener en cuenta a todas las que medraban en torno a la estrella o solo a las que aparecían y desaparecían, y desde qué momento? ¿Cómo podía nadie saber si eso significaba algo o no?

Hacía ciento veintidós años que la estrella extranjera había empezado a crecer en los cielos y los astrónomos no habían sido capaces de explicar por qué algo que, en un principio era tenue y apenas visible, se había transformado en la historia que ahora se contaba: en esa estrella que amanecía y se acostaba junto a la luna, en un baile prehistórico con el sol.

Luego los astrónomos habían sentido vergüenza al reconocer que ni siquiera con la ayuda de sus lentes y sus planetarios podían estar seguros de si la aparición era una luna o una estrella, puesto que por su apariencia y comportamiento podía tratarse de ambas cosas, mas nada querían asegurar acerca de su influencia. Algunos pensaban que era buena, otros que era mala, y existían tantas pruebas de lo primero, como de lo segundo. Solo nand’ Jadisheshi había sido claro al decir, con bastante agudeza por cierto, que auguraba cambios.

En cualquier caso, todos los astrónomos estaban de acuerdo en que, al mismo tiempo que la estrella aumentaba de tamaño año tras año, también crecía su inestabilidad.

¿Y alguien se atrevía todavía a llamarla bienaventurada?

Las huellas que yacían frente a sus ojos, los rastros de las máquinas eran, sin lugar a dudas, reales y relataban un ir y venir repetitivo al lugar de aterrizaje; algo evidente incluso por la noche, incluso para un morador de la ciudad. Los tachi, que vivían en aquellas colinas y que las conocían tan bien como un morador de la ciudad conocía su calle, decían que las máquinas habían caído desde el cielo, suspendidas de unas flores y que se habían dejado llevar por la corriente, hacia abajo y de forma constante, hasta aterrizar.

Así que, efectivamente, los visitantes tenían que proceder del cielo y con esas flores que descendían llegaron las máquinas que avanzaban por la tierra arrancando los árboles y aterrorizando a los niños tachi.

Manadgi había dudado de su origen, de la misma manera que dudaba que la sombra de la luna otoñal curara el reumatismo. Hoy en día la gente sabía que la tierra giraba alrededor del sol y que de la inclinación axial dependían las estaciones. Todas estas cosas sabían en aquella edad de la razón y lo entendían más desde que los astrónomos de la corte de los aiji optaran por ocuparse del problema de la extraña estrella y se encargaron de observar el fenómeno día a día con mejores lentes.

La luna, como ya sabían todas las personas educadas, era una esfera de naturaleza planetaria, que viajaba a través del éter al igual que la tierra (su prima menor), y los años se medían por la tierra, como esta calculaba el tiempo gracias al sol.

De modo que la caída de las máquinas de los cielos les resultó asombrosa, aunque no increíble. Al ver aquella huella imponente, que el carro de un granjero no habría podido hacer jamás, no resultaba descabellado pensar que habría gente viviendo en la luna. Podría imaginárselos cayendo a la tierra sobre enormes pétalos blancos o bajo grandes velas. Manadgi tenía la esperanza de poder verlos mañana porque el astro alcanzaría su plenitud y le parecía que era la fuente primigenia desde la que llegaban siempre los visitantes.

Aunque, como alternativa, estaba también la estrella inestable, cuya rareza persistente le había llevado a pensar que tenía algún tipo de relación con las máquinas, puesto que en realidad era una recién llegada a los cielos y, durante los últimos cuarenta años, había ido acumulando una plétora de pequeños satélites artificiales que de momento no eran otra cosa que diminutas chispas.

Pero claro, pensó Manadgi, estas también podrían aumentar de tamaño o acercarse a la tierra y enfrentarse a los hombres.

Quizá los habitantes de la luna hubiesen atraído la estrella extranjera hasta la posición que ocupaba actualmente e incluso era posible que navegaran en su mundo creado a través de los vientos del éter de una forma similar a como lo hacían los barcos de pasajeros con las brisas.

Cierto es que al principio no parecía existir ninguna relación entre la aparición de la estrella o el estado de la fase lunar cuando descendieron las velas-flor.

No obstante, cabía preguntarse lo perspicaces que eran los tachi y lo valedero de sus recuerdos puesto que, simples granjeros como eran, insistían en que se trataba de flores y no de lonas corrientes y molientes, y después de pasarse un cuarto del año discutiendo acerca de cómo habían caído aquellas personas desde las nubes, no había sido hasta ahora (cuando las máquinas ya se habían asentado en el lugar y andaban a su antojo destrozando todo aquello que les salía al paso) que el aiji de los tachi había exigido que el aiji de la asociación Mosfeirana castigara con dureza a los invasores que se dedicaban a destruir y a asustar a los niños.

Manadgi se puso de pie, se sacudió el polvo de las manos y encontró, bajo los últimos rayos de sol, una piedra plana que lo permitiría cruzar el arroyo sin mojarse los zapatos; un bloque de arenisca que una de las máquinas con ruedas había arrancado de la orilla mientras surcaba el camino que subía hasta la colina. La huella era bastante curiosa, pues tenía un patrón en las ruedas que repetía su diseño y el peso de las mismas había dejado una serie de zanjas en la tierra más húmeda. Y no se atascó, lo que probaba la fuerza del motor… lo que, por supuesto, tampoco le sorprendía: si los habitantes de la luna eran capaces de controlar los vientos del éter y cabalgar sobre sus velas hasta la tierra, tenían que ser, desde luego, unos ingenieros formidables. Sospechaba, además, que no solo lo eran en ese aspecto.

No tuvo ningún problema para seguir el rastro de la máquina gracias a los árboles desarraigados y a la hierba manchada de barro. La noche se cernía sobre él y empezó a desear que los habitantes de la luna no lo descubrieran allí, por lo menos hasta que él pudiera encontrarlos a ellos y averiguar cuál era la naturaleza y alcance de su actividad.

«No muy lejos», le había dicho el aiji de los tachi. En el centro del valle, detrás de la roca abuela.

Casi no se dio cuenta de que era esa misma al subir sobre ella, porque yacía de costado.

Aquello era angustioso. Pero, después de ver los árboles derribados y la devastación que había sufrido el arroyo, uno debía suponer ya que los habitantes de la luna eran una pandilla de personajes salvajes, que no temían en absoluto las posibles represalias o quizá ni siquiera supieran que los tachi eran personas civilizadas a las que se debía respetar.

Tenía la intención, al menos, de averiguar qué poder tenían los intrusos o si se podía tratar con ellos. Eso era más importante que otras cosas como, por ejemplo, de dónde venían, qué era aquella estrella inestable o cuál era su significado.

Manadgi esperaba averiguar todo esto.

Así fue hasta que coronó la siguiente elevación formada por la estéril huella de barro y vio, en la penumbra, los inmensos edificios blancos, cuadrados y austeros.

Se agachó, con el peso apoyado sobre los talones. No había otra manera de esconderse en aquel paraje que los habitantes de la luna habían mermado. El valle, que se habría transformado en una extensión de tierra desnuda y yerma, acogía a las frías estructuras cuadradas, pintadas con el color de la muerte. Las esquinas sobresalían sin formar alianza alguna con el paisaje. Se puso las manos frente a la boca para calentarlas porque el sol se estaba ocultando y empezaba a refrescar.

O quizá porque toda aquella rareza le pareció sobrecogedora de pronto y porque dudaba que pudiera sobrevivir si visitaba ese lugar pintado de manera tan amenazadora y deslumbrante, tal vez incluso desafiante, y desalineado con el entorno. Comenzó a temer los propósitos de esas personas que habían caído a la Tierra sobre velas de pétalos.