El extranjero
Capítulo 3
Manadgi pensó que quizá fuera la cobardía lo que le impedía acercarse al valle. O tal vez fuera la prudencia la que le aconsejara que, mientras el sol se ocultaba en silencio entre los edificios, dedicara la noche a observar y a pensar por si esto le granjeara algún entendimiento.
Una de las estructuras tenía ventanas. La mayoría no. El tamaño y la altura de las mismas no estaban claros desde aquella distancia. Había atisbado movimientos aislados de seres vivos entre los edificios al anochecer y, ocasionalmente, también después.
Vio las máquinas predadoras, que merodeaba por la esterilidad que ellas mismas habían engendrado. Ninguna de ellas se le acercó, quizá porque había tomado la precaución de alejarse de las huellas que, evidentemente, señalaban el recorrido que debían hacer por toda la zona, como si su objetivo no fuera el de alcanzar un punto específico sino más bien el de hacer cuantas más rutas pudieran sin alejarse del radio de los edificios.
¿Pero acaso necesitaban la devastación para poder caminar?
¿O tal vez los habitantes de la luna tenían otros propósitos al desnudar y desmembrar la tierra como lo estaban haciendo? Quizá temieran que sus enemigos se les acercaran. O puede que no quisieran proporcionar ningún escondite a los espías.
Era posible que su intención fuera la de demostrar lo que eran capaces de destruir o que, detestaba pensarlo, considerasen que aquella demolición era hermosa.
Tenía la intención de caminar hasta los edificios y presentarse ante alguna autoridad, pero al considerar esta última posibilidad se lo pensó dos veces.
Una de las máquinas pasó justo por debajo de su escondite, iluminando la hierba que bordeaba la devastación con una intensidad semejante a la del sol que acababa de desvanecerse. No tenía ruedas, sino unas placas unidas sobre las que se arrastraba. Su parte delantera era una garra que se mantenía rígida. Quizá sirviera para cavar o para hacer zanjas. O quizá fuese un arma.
Desde luego no le apetecía acercarse a eso y preguntarle cuáles eran sus intenciones.
Un haz de luz iluminó las rocas y recorrió la colina. Manadgi contuvo la respiración, sin atreverse siquiera a moverse. Seguramente alguien se sentaba a los mandos de esa máquina, se dijo a sí mismo, pero había algo tan inquietante en la rutina de esas luces que se le puso la piel de gallina al observarlo.
¿Y qué, se preguntó, si las labores de tales máquinas eran rutinarias? ¿Y qué si sus propietarios las dejaban sueltas para que destruyeran, para que cumplieran con sus objetivos sin tener en cuenta qué o a quién pisaran por el camino?
Un rayo de luz emergió de la ruidosa máquina e iluminó el paisaje a su espalda. Eso ha estado demasiado cerca, se dijo, y reculó, pero se detuvo en seco al ver el brillo del cristal y del suave metal entre la maleza y la hierba de la cuesta que yacía a sus pies.
Un ojo, pensó, el único ojo de la máquina, se abrió paso a través del herbaje, pero como no se movía, quizá no se hubiera dado cuenta aún de su presencia.
Había acudido allí con la intención de decidir si se acercaría. Pero no para esto. No para esto. Contuvo la respiración mientras se preguntaba si se atrevería a moverse, si podría hacerlo y cuánto tiempo habría estado ese ojo allí antes de que la luz de la máquina se lo mostrase.
El área de maleza en la que la máquina con la garra había desaparecido estaba ahora a oscuras y él se encontraba acurrucado de una manera extraña, preparado para alejarse, aunque sin saber si se atrevería, y preguntándose también si habría otra máquina parecida acechándolo con su mecánica paciencia o si esos ojos se hallarían diseminados por la hierba y las rocas, y cómo había sido capaz de pasar junto a ellos sin ser visto. Tembló al pensar que era responsable de los destinos de otros más importantes que él y que de su elección acertada o errónea, de la suma de esos extraños participantes cuyo número era incapaz de averiguar, y de una oportunidad cuidadosamente equilibrada, dependería que la balanza de los acontecimientos se inclinara hacia uno u otro lado; para bien o para mal de los aiji, sobre cuyos intereses se apoyaban muchas, pero que muchas vidas.
Estaba claro que los habitantes de la luna no tenían derecho a invadir el mundo tachi que los aiji regentaban. Los habían perjudicado con su arrogancia y con su poder, y habían desafiado a la gente de toda la Tierra y por ello debía ser él quien decidiera, aún a riesgo de que al ojo le nacieran piernas y echara a correr para informar o que lanzara un grito que alertaría a otros de su especie y que atraería así a la máquina de la garra de vuelta a la pendiente donde él se encontraba.
De momento no había hecho ninguna de las dos cosas. Así que quizá estuviera apagado. O tal vez no fuera una máquina independiente, sino una pieza desguazada de otra dañada. Si cayeron del cielo, es posible que una de las velas-pétalo fallara y que se estrellara contra las rocas.
Apenas le alcanzaba el aliento para llenar los pulmones, mientras reculaba silenciosamente, cada vez más atrás, forzando sus ojos mortales a mirar a la oscuridad, a ese ojo, y se preguntaba si aquel tendría orejas con las que oír el susurro de la fricción de las prendas, o el murmullo de su respiración, o incluso —y esto le parecía lo más probable— de los latidos de su corazón. Mas el ojo estaba apostado en la oscuridad, tal vez ciego o dormido, o quizá fingiendo una de las dos alternativas. ¿Podían los mecanismos oír, oler o pensar?
¿De qué manera se movían? ¿Activarían y desactivarían sus interruptores a voluntad? Eso le parecía imposible.
Al menos estaba inerte. Se puso en pie y avanzó con sigilo colina arriba. No encontró otros ojos entre la hierba. Llegó hasta el cerro y utilizó las rocas que todavía permanecían enteras a modo de escondrijo para recuperar el aliento y recobrarse del susto.
Los aiji, se dijo, tendrían que haber enviado a uno de sus asesinos; y no a un portavoz, sino a alguien de la guardia, acostumbrado a los peligros, que supiera cómo moverse en silencio y cómo juzgar las amenazas.
Y tras comprobar que la situación estaba fuera de su comprensión, lo más coherente habría sido retirarse con la información de la que ya disponía y aconsejar a los aiji y a los hasdrawad que enviasen a alguien con las habilidades necesarias para penetrar en aquella devastación. La verdad es que no veía una manera segura de acercarse.
No obstante, ¿acaso le había atacado alguna de las máquinas? ¿Habían dañado a los niños o podían los tachi demostrar que hubiesen matado a sus rebaños?
Admitió que el miedo había nublado su juicio hacía solo un momento. Aquellos aparatos mecánicos habían causado estragos en la tierra, pero no, y desde luego habían tenido la ocasión de hacerlo, a las personas o al ganado. Los chiquillos que hablaron sobre las máquinas escaparon ilesos y ninguna de ellas los había seguido hasta el pueblo. Los pastores que habían espiado el aterrizaje de las velas pétalo también habían escapado vivos e ilesos, y las máquinas de los habitantes de la luna no los habían seguido.
De modo que tal vez las máquinas fueran entidades sordas e incluso carentes de ingenio, por lo que echar a correr como había hecho le hacía sentirse ahora como un estúpido.
Por lo menos no había nadie allí que atestiguara su dilema, que lo viera arrebujado en aquel agujero, temblando y no precisamente de frío.
¿Era esa la historia que quería contarles a los aiji y a su corte? ¿Que había huido sin tomarse la molestia de echar un vistazo más de cerca? Confiaba en sus habilidades como observador y negociador. ¿Y fallaría en la tarea de reunir cierta información acerca de su posición y número? Aquellos datos les serían de utilidad mientras los hasdrawad debatían y los aiji organizaban otra misión quizá más agresiva.
No se atrevía a regresar con un informe poco preciso, ni a pedir que la tarea se la encargasen a un asesino, pues la reacción impetuosa de uno de ellos podría desencadenar unas hostilidades que tal vez no conviniese a ninguna de las partes. Había llegado hasta allí para preguntarles a los habitantes de la luna qué estaban haciendo y para obtener una respuesta que pudiera transmitirle a los aiji. Había tenido en cuenta desde el principio la posibilidad de que lo mataran por error o por una acción hostil. Era un riesgo que había aceptado cuando los aiji se reunieron con él cobijados en la seguridad de sus cuartos.
¿Podía retirarse ahora y decir que las máquinas lo habían amenazado, lo que le haría quedar como un cobarde, y aceptar que su informe conllevara unas consecuencias irremediables?
No, no podía. Ni por asomo podría justificar tales acciones. Los aiji habían confiado en su talento y lo habían escogido para la misión precisamente por esas facultades.
Supuso que los aiji también opinaban que era inteligente, juicioso y astuto y, aunque no deseaba decepcionarlos, sabía que sus recursos personales eran ahora escasos, que la noche era muy fría y que nada en su vida lo había preparado para aquella situación.