El extranjero
Capítulo 3
«Algo va mal», era lo que se decía en los pasillos desde el mismo instante en el que el personal de la estación y los obreros de la construcción tuvieron vía libre para salir de sus camarotes. El rumor se propagó por las salas, donde los trabajadores, los pilotos y los mecánicos estaban en pie, codo con codo, observando detenidamente los monitores de vídeo que solo les ofrecían, en cada puto canal, el mensaje de: «A LA ESPERA».
—¿Por qué no nos dicen algo? —inquirió alguien, rompiendo el silencio —. Deberían hacerlo.
—¿Por qué no nos ponen el vídeo? —preguntó otro técnico—. Siempre nos lo ponen antes.
—Me parece que nos vamos a la mierda —opinó un piloto contratado—. Sí, nos van a follar vivos porque son demasiado buenos como para que les importe un comino lo que pensamos.
—Lo más probable es que no ocurra nada —aventuró un cuarto.
Siguió un silencio incómodo, porque nada se parecía a las veces anteriores. La nave se había sacudido peligrosamente al parar en seco, y los técnicos que sabían lo básico del espacio profundo tenían la cara tan larga y estaban tan nerviosos como los mineros del espacio de Sol y los constructores que no contaban con experiencia alguna en viajes interestelares.
Neill Cameron, sin embargo, discrepaba. Lo más probable era que sí estuviese ocurriendo algo. El mecánico podía percibir perfectamente la diferencia entre la entrada en aquel sistema y la última que habían hecho. Los amigos y parejas, como Miyume Little y él, solían limitarse a permanecer juntos y esperar. La mano de Miyume estaba fría y paralizada, mientras que la suya sudaba.
Posiblemente, le había dicho, los técnicos de arriba estuvieran preparando algún espectáculo para la llegada a su nuevo hogar.
Quizá tuvieran mucho que hacer porque aquel era un viaje de ida sin vuelta; la tripulación estaría averiguando dónde se encontraban los recursos para trazar el rumbo dentro del sistema y pronto les harían saber la conclusión para que la Fénix pudiera seguir los pasos pertinentes. Todo esto se lo había oído decir a uno en el salón y era lo que más deseaba que estuviera ocurriendo.
O la nave podía estar en problemas. Aquello se adivinaba en todas las preguntas, pero todavía era temprano para dejarse llevar por el pánico. La tripulación estaba allí arriba haciendo su trabajo y un astronauta del espacio solar sabía que lo mejor era evitar los conflictos y los rumores, fueran estos mentiras piadosas o las más negativas especulaciones que merodeaban por el subconsciente de todos los presentes, como la posibilidad de que hubieran entrado demasiado cerca de la estrella y la nave estuviera siendo atraída hacia ella.
Pero eso era una estupidez. Los robots ya habían estado allí para fijar con absoluta certeza la posición de T-230. La tripulación de la Fénix era un grupo altamente cualificado y seleccionado uno por uno. La nave, por su parte, también contaba con cinco años de experiencia en vuelos comerciales, antes de que se la derivase al proyecto de la estación que habría de construirse en la T-230. Y, desde luego, las N. U. no invertirían miles de millones en un equipo de segunda o en un equipo que no fuera a llevar la nave directamente a una estrella.
Por Dios, la atracción no podía ser el problema. Era una posibilidad demasiado remota.
Era capaz de coger un planeador y una minera y juntarlas de nuevo. Un mecánico podía solventar la mayoría de los problemas que surgían en una nave minera de intrasistema con un destornillador y algo de intuición; ¿pero qué demonios podía ir mal en un vuelo interestelar, qué podía estar pasando en los enormes motores que generaban aquellos efectos capaces de propulsarlos al hiperespacio? Todo aquello estaba más allá de su entendimiento y competencia.
El mensaje de «A LA ESPERA» se apagó de pronto. Vieron la imagen de una estrella en el monitor y se elevó un sonoro suspiro de alivio, ensombrecido solo por un chillido consternado que provenía del grupo de técnicos apostados en el centro de la sala. Miyume le apretó la mano con fuerza y él le devolvió el gesto cuando empezaron a oírles decir cosas como que aquella no era la estrella y que dónde coño estaban.
Aquel brillo blanquecino le pareció un astro. Puede que incluso Miyume opinara lo mismo. Pero los técnicos sacudían la cabeza y había también un resplandor rojizo en la imagen que no lograba comprender.
—Esa no es la G5 —dijo uno de ellos—, es una puta binaria. —Y cuando los simples trabajadores empezaron a preguntar qué significaba eso, el técnico los interrumpió diciendo—: ¡No estamos donde deberíamos, gilipollas!
¿De qué están hablando?, se preguntó Neill. Lo que decían no tenía sentido y Miyume parecía cada vez más asustada. El resto de los técnicos les pedían que mantuvieran la calma y que no sacaran las cosas de quicio, pero el que había hablado en primer lugar gritaba por encima de las voces de sus compañeros.
—¡No estamos en la puta G5!
—Pues… ¿dónde estamos? —inquirió Miyume.
Era lo primero que decía desde el incidente. Se lo preguntaba a él o a cualquiera, pero Neill no sabía qué responder, no entendía cómo podían haber llegado a una estrella que no fuera T-230. Desde su punto de vista, y por la educación que había recibido, las naves siempre viajaban directas a sus destinos, eso era una ley física básica… ¿o no? Escogías el objetivo, construías el campo e ibas y, si tenías bastante combustible, llegabas.
Y, mientras tanto, su mente, calibrada con el hardware, pensaba si era posible que la hubieran pasado de largo y lo lejos que habrían llegado con el combustible de que disponían.
—Aquí el capitán LaFarge…
Era un mensaje general. Los congregados gritaron pidiendo silencio.
—… una desafortunada situación.
Fue todo lo que pudo oír y estaba desesperado por escuchar todo cuanto el capitán tuviera que decirles. Miyume le clavó las uñas en la carne de la mano, los murmullos empezaron de nuevo y ella pidió a voz en grito que se callaran, al igual que otros muchos.
—… problema posicional —fue la siguiente frase que escuchó con claridad. Luego— que no sitúa a la nave ante ningún peligro inminente…
—¡Es una estrella blanquiazul! —chilló el técnico—. ¿Qué demonios se cree que es?
Alguien hizo callar al idiota. Otros interrumpieron a los que tenían la intención de ponerse a formular preguntas.
—… pediría a todo el mundo que continuara con su rutina habitual — continuaba LaFarge— y que ayudara a la sección técnica de la tripulación mientras intentamos averiguar cuál es nuestra posición. Buscaremos nuestros recursos en este sistema para repostar. Estamos perfectamente equipados para solucionar la situación. Es todo. Estén tranquilos.
«Averiguar nuestra posición» sonaba bastante reconfortante. «Repostar» era aún más esperanzador. «Perfectamente equipados para solucionar la situación» transmitía la impresión de que la tripulación tuviera ya un plan. Una parte de Neill optó por creerlo, mientras que otra un tanto más frenética le gritaba: Esto no nos puede estar pasando, a nosotros no… Las cosas no pueden estar saliendo tan mal en esta nave porque tomaron muchas precauciones, cuidaron hasta el último detalle…
Los habían sometido a toda clase de exámenes, habían examinado sus capacidades y habían necesitado las mejores recomendaciones para presentarse al trabajo. No iban a montar a unos imbéciles en una nave que llevaba consigo todo el puto programa colonizador de la Tierra, y los desastres no podían entorpecer el progreso de una misión tan importante como aquella. La gente había dedicado mucho tiempo a planearla. Habían sido extremadamente cuidadosos. Todo había salido a pedir de boca.
—Averiguar la posición —repitió un técnico—. No me gusta nada. ¿No estarán hablando de atracción?
—No —le respondió otro más experimentado—. Estamos hablando de dónde nos encontramos. Que evidentemente no es donde deberíamos.
—Joder, repostar —se quejó un tercero—. Ahí fuera lo único que nos espera es un buen chapuzón de radiación.
Las naves planeadoras carecen del escudo necesario para trabajar ahí fuera, pensó Neill y de pronto se sintió mal al comprender la dinámica del asunto. Júpiter era tremendamente peligroso por la radiación. Y aquella cosa, ese sol binario con una luz capaz de distorsionar y emborronar las imágenes captadas por las cámaras…
Los pilotos mineros no sobrevivirían. No lo harían si el proceso se dilataba. No podrían desplegarse sin pagar un precio y sabía que los medidores de exposición se ennegrecerían mientras las horas iban acumulándose una tras otra. Las naves planeadoras contaban con escudos diseñados para el entorno en el que trabajarían y ese se suponía que iba a ser el suave e inocuo G5.
Pero no puso voz a sus pensamientos. Miyume parecía aterrada. Lo más probable es que también él lo estuviera. Las cifras empezarían a hablar por sí solas; eso era lo que los pilotos solían decir cuando las cosas salían mal. La compañía mentiría y el capitán que la empresa había contratado seguramente se negaría a responder a las preguntas, pero las cifras nunca engañaban. Jamás lo hacían.
Hablarían y los resultados no cambiarían, las cosas no serían distintas, no podían. En aquel momento los deseos ya no contaban.